jueves, 21 de marzo de 2019

El aprendizaje de la escritura… (III)






El aprendizaje de la escritura… (III)

Para finalizar, debo decir en esta tercera parte, que mientras he escrito mis novelas he inventado numerosos personajes, y algunos han cobrado vida propia hasta creerse parecidos a los vivos y quizás por ello, querer ser como algunos de esos que aparecen en los libros, otros, supongo que creen pensar que son casi como la gente, seres que están vivos, como los que uno conoce. La verdad es que escribimos engendrando vidas que probablemente llegan a nuestra mente desde el subconsciente, o como remembranzas de la infancia. Estos personajes aparecen solos, algunos buscando un espacio donde guarecerse, quizás se trata de algún sitio donde poder ocultarnos nosotros mismos y sobrevivir dentro de las muchas vidas que somos capaces de inventar. Porque si algo es cierto es que nuestro derecho a soñar como escritores, tiene que ser preservado.

Como los buenos actores cuando tienen que representar a ciertos personajes, quien escribe, precisa entrar en un estado de concentración muy particular; un trance que podría verse como de locura, una especie de rapto de esquizofrenia transitoria en el que nos sumergimos durante la creación literaria. Quien escribe, especialmente quien escribe novelas, necesita vivir dentro de sus personajes, pensar como ellos, sufrir, amar y hasta morir con ellos, y en ese estado, entre ser él mismo y ser a la vez otro, u otros, los personajes de la obra, uno dejará fluir el inconsciente hasta que los fantasmas afloren, y broten esas ideas ocultas hasta comprender y convencerse de que la novela, no es tanto de quien la escribe, sino de los personajes que por ella transitan. El escritor terminará siendo como un amanuense gratuito que va traduciendo y plasmando en letras lo que sus personajes le señalan. Al final siempre insistiremos en que el producto terminado, deberá ser más de los lectores, que de sus autores, pues la lectura habrá de crear vasos comunicantes entre ambos, escritor y lector…

Milan Kundera había nacido en Checoslovaquia pero escribía en francés. Joseph Conrad era polaco y escribía en inglés. Esto puede parecer admirable, sin embargo, coincido con el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, para quien ese fenómeno le parece una dolorosa mutilación. Ha dicho Sergio, que sería algo como los “castrati” del siglo XVII quienes si bien padecían por la ablación quirúrgica para ganar una nueva voz, perdían la propia. Digo esto para insistir en que debemos preservar nuestro lenguaje propio. Augusto Roa Bastos escribía en español y en guaraní. Quien lee “Los ríos profundos” de José María Arguedas puede percibir la sintaxis quechua. El güiro y el son se escuchan sonoros en la poesía de Nicolás Guillén. La fuerza telúrica que emana del macizo guayanés explota en “Canaima” de Rómulo Gallegos.

América es un crisol de razas, de tradiciones y de costumbres arraigadas en el suelo de cada región, pero el idioma es uno solo. Es el mismo de Cervantes y de Góngora, el mismo de Rubén Darío y de Gabriel García Márquez, y esta realidad debe producirnos una  gran satisfacción. El idioma español o castellano, el nuestro, es el mismo español que usó el puertorriqueño Rafael Sánchez cuando escribiera “La guaracha del Macho Camacho”, es el de Vargas Llosa en su Casa Verde y el del Gabo en los tiempos del cólera, ambos premiados con el Rómulo Gallegos y con el Nobel de literatura. El idioma que utilizara Borges para describir el ángulo del sótano en la casa de Beatriz Viterbo donde él vio el Aleph, es el mismo que Cortázar empleó para presentarnos a La Maga en Rayuela, allá en París, y es el de Rulfo y el de Fuentes, es el mismo que usan Ednodio Quintero y Liendo y Sánchez Rugeles. Hace más de 50 años, en las heladas praderas de Wisconsin conocí a Enrique Valdivia, un chileno de Antofagasta en cuyo español se sentía el soplo del desierto de Atacama, que él mezclaba con peruanismos del Cuzco, casi ascendiendo a Machu Pichu... Mi amigo Enrique analizaba divertido nuestro lenguaje caribeño pues no entendía, ¡como podíamos nosotros llamar “mamón” a una fruta!, y disfrutaba con las variaciones entre agarrar y coger, y otras palabras que para él eran desconocidas, ya que pertenecían a nuestro español vernáculo. Tan simples pueden ser las palabras para nosotros, como percibirse cual compleja jerigonza para otros, y habrá a quien le cueste creer y comprender, y hasta le parecerá difícil tener que aceptar, que en cualquier otra ciudad de nuestro país, es muy probable que no entiendan que es un guineo, ni un lampazo y menos un recao de olla. Por eso repito que debemos preservar nuestro lenguaje, y darle apoyo a la creación literaria autóctona. De esa manera contribuiremos simultáneamente a la preservación de nuestro patrimonio cultural.

Ésta en una razón por la cual algunos nos hemos esforzado en escribir como hablamos. En una apuesta por preservar nuestra identidad, me gustaría ver que nos acostumbramos cada vez más a usar nuestro lenguaje, sin temores, atreviéndonos a ello. Es importante saber decir utilizando el lenguaje escrito lo que escuchamos en nuestro alrededor. Arriesgarnos a poner en letras el hablar de la calle, el léxico de los hombres y las mujeres de nuestra región. Esta forma de hacer literatura eventualmente debe dar sus frutos y conformará un verbo literario nuestro, vernáculo. En español o castellano, hemos aprendido a escuchar a Carlos Ildemar cuando nos dice: “a la jaiba, el pajarito en el mango”, o cuando nos cuenta que: “con candela y otra escupitina, los boborotes se quedaron mirando pa San Felipe”. Esas son tan solo algunas palabras del lenguaje poético que existen en su libro premiado, “Provinciano Cósmico”, pero ellas están allí impresas y resuenan para perpetuar nuestro lenguaje. De “Bandido” de Quintero Weir van otras muestras: “Arriba del copito, está pringando, cuando pringa así, ve que molleja, me despavilo. Yo me le arreguindé, y es que vos lo que estáis es loco, y eso que sois mamarúo. Vai vení. Bértiale, ve que el guachimán, está tumbando las chiritas, pero a mi me convidaron,  y es que cuando menos se percata, lo puede agarrar la hora del burro, y andéis dando vueltarrinquines. Pero si me voy, es que me encaramo por el bahareque

Tengo un amigo, que toca la guitarra, y canta. El cantar tiene sentido, lo he repetido antes. Algunas veces él canta tangos, y yo quisiera para finalizar, como una reflexión, repetir en este momento algunas estrofas de uno de esos tangos que mí amigo canta, y que me gusta mucho. Se denomina “Convencernos”. “Convencernos, no ser descreídos, que vence y convence el que está convencido/ No sentir por lo nuestro un falso pudor, y aprender de lo nuestro el sabor… / Convencernos un día de veras, qué todo lo bueno no viene de afuera /Que tenemos estilo y un modo y hace falta jugarlo con todo. / Ser nosotros por siempre y a fuerza de ser, convencernos  y así convencer./ Y ser, al menos una vez  nosotros, sin ese tinte del color de otros/ Recuperar la identidad, plantarnos en los pies, crecer hasta tapar la inmadurez/ Y ser al menos, una vez, nosotros, tan nosotros, bien nosotros, como debe ser”.
(Fin de la parte III)
 Este trabajo dividido en tres partes (I, II y III), resume parcialmente el texto de una charla
 ofrecida en Maracaibo el 28 de junio del año 2014.
Mississauga, Ontario, 21  de marzo, 2019 

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