martes, 16 de enero de 2018

La Guaira de Natalia



La Guaira de Natalia 

Natalia se fue mimetizando entre cujíes y tunas, cardones, abrojos, ramas de bora, nenúfares, trillas y dunas. Ella se convirtió en una baquiana y conocía palmo a palmo el terreno, era capaz de orientarse en lo más intrincado de un manglar y más que una socióloga comenzó a transformándose en una parasitóloga experta en artrópodos. Él insistía en que eran sus conocimientos de sociología los que la habían compenetrado tan exageradamente bien con los ecosistemas y que muy pronto se iba a transformar en una consumada patóloga-experimental. En ese entonces y era de esperarse, del cariño y del desempeño mancomunado en el trabajo rudo del campo pasaron a las confidencias. En las noches, con la luna cabrilleando en los manglares como espejos de celofán, rodeados de cálidas charcas englobando en emanaciones oscuras y salobres a cientos de insectos y orillando el susurro de animales salvajes, él le habló de las desdichadas experiencias de su vida, de la esperanza depositada en sus hijos, de sus amigos y del pasado, ya casi olvidado, pero sobre todo del futuro y sus obsesiones sobre la peste loca, de los mosquitos, del cáncer, del virus de la rabia y los vampiros. Natalia, perdida la mirada tras las cejas gruesas, no permitió que él hallara en el fondo de sus ojos ninguna respuesta; su juventud le escuchaba y tan solo parecía decirle: adelante. 

Entre los encajes y las filigranas de la maleza contra el cielo lunar, ella también le confió historias extrañas sobre su abuelo don Sebastián. Aquellas eran curiosas aventuras vividas en las callejuelas del viejo puerto de la Guaira. Le relató la pelea que don Sebas personalmente emprendiera contra la policía de Estrada y sus hombres de la Seguranal, una guerra a muerte en tiempos del perezjimenismo, llena de allanamientos y de persecuciones, una lucha que cesaría el año cincuenta y ocho y que luego él por su cuenta recrudecería en los sesenta. Una mescolanza de novelescos eventos plenos de acción y rebosantes de sol, de barcos, de intentonas y de fracasos, de esfuerzos para cambiar las injusticias del mundo, donde la gallardía y el amor de don Sebas era lo más pintoresco, pues él pasaba de prófugo a héroe y de perseguido a comandante de guerrillas urbanas. Los relatos de Natalia resumían una inconformidad ancestral contra la opresión de diferentes gobiernos, donde al final de todos los inverosímiles cuentos, aparecía ella, joven, morena, la nieta que relataba todas aquellas vivencias de su abuelo, a través de la figura de su madre, conversándole, de pie ante una mesa acolchada, planchando eternamente. Así ella conoció desde muy niña a su abuelo Sebastián, el increíble aventurero, el intrépido justiciero, don Sebas. En ocasiones,  a ella le era difícil asociar al Martín Valiente de las historias maternas, con el viejito del sombrero de paja y del tabaco, con su carterita de caña blanca, su eterna sonrisa y la mirada llena de amor, siempre en la cocina donde su madre planchaba y planchaba ropa por encargo y especialmente su almidonado uniforme blanco, inmaculado, para asistir sin faltar a la escuela por encima de cualquier contingencia. 
 
Creció sin saber por qué llevaba en ella ese sentimiento contestatario que la mantenía en una eterna confrontación, en la escuela y en el liceo, leyendo y haciendo periódicos y cartas murales para expresar sus ideas y el sentir de sus compañeros. Cuando ya era bachiller, muy joven, pronto destacaría entre las mejores. Así entró en la Universidad, en Sociología y se  graduó cum laudem, uno de esos galardones apreciados por muchos; pero en su caso, lo ostentaba sin ninguna jactancia, pues no podía ser el caso para quien venía desde muy abajo. Quizás por ello, o tal vez por su sed de aprender y su espíritu indómito, estaba viviendo algo que nunca soñó y además muy lejos de su teatro de operaciones. Había asumido con entusiasmo aquel extraño trabajo en otras tierras, al occidente del país, con otras gentes. 

Él le pidió un día, acompañarla e ir a visitar a su madre, él quería conocerla, en su casa, y juntos viajaron desde Maracaibo hasta Maiquetía. Sin subir a la capital se fueron directamente desde el aeropuerto al puerto de la Guaira. Un taxi los dejó más allá de la casa de la Compañía Guipuzcoana, cerca de la iglesia. A pie ascendieron por calles estrechas y empinadas llenas de basura, moscas, perros realengos, negritos barrigones y olores ácidos. Cerca de la casa ya estaban rodeados por un tropel de niñas con pelos entorchados llenos de tiras de papel y de tela y varones de cabezas encrespadas o luciendo una mota lanuda y sudorosa. Entre ellos, los perros y un bullicio de gritos interrumpido por la música de salsa estridente que emergía a través de los ventanales de las casas, fueron ascendiendo a pie. Al final de la calle Palma Sola, cerca del cerro, estaba la casita de la madre de Natalia. Desde la puerta se divisaba el mar brillando contra los edificios del puerto y hacia el infinito, el horizonte se perdía en una bruma rosada. La madre y las hermanas de la joven socióloga salieron a recibirlos. Todas eran alegres, dicharacheras, llenas de color y de risa, con ese dejo en el hablar tan característico de las guaireñas. Así pasaron el día riendo a carcajadas, entre bromas y cerveza fría, con los golpes de brisa fresca que en el patio trasero les traía la música continua de la salsa caribeña. La música desgranada en añil inundaba todo el vecindario…
Texto con mínimos cambios extraído de la novela “La Peste Loca” http://www.amazon.es/Peste-Loca-Jorge-Garc%C3%ADa-Tamayo-ebook/dp/B00887NN8I
Maracaibo, 16 de enero del 2018

La Guaira de Rangel




La Guaira de Rangel

Un rato después caminaban todos por las calles vecinas a la Aduana. Tú marchabas con los médicos y seguido por dos negritos de albo uniforme cargados con las cajas y las jaulas. El doctor Cordero te había quitado la maleta y orgulloso la llevaba personalmente. Tú le habías permitido ese gesto cordial, pues estabas consciente de que la escasa ropa y algunos libros no hacían mucho peso. Caminaste con ellos un par de cuadras por calles empedradas sintiendo el calor del sol. Cerca se veían matas de uvas playeras y muchas piedras antes de llegar a la arena de la playa. Las casas estaban de espaldas al mar. Finalmente se detuvieron  en la puerta de un caserón grande de paredes pintadas de azul. Desde el zaguán notaste como brillaba el sol en el patio central, se veía lleno de luz y de plantas floreadas. Soplaba la brisa pero el calor comenzaba a apretar inclemente. Los médicos señalaron la casa y te informaron que esa habría de ser tu residencia. Luego de las presentaciones de rigor y los saludos a Doña Alfonsa, pronto llegaría el momento de volver a despedirte. Había que irse a examinar a los enfermos.

En compañía de los médicos, caminaste cuesta arriba por una estrecha calle guarnecida por balcones de madera. Ibas con tus instrumentos en un pequeño maletín; todos ascendían paso a paso penetrando en un laberinto de callejuelas y el sol brillaba como una línea larga hendiendo sombras azules entre las paredes encaladas. Al fin llegaron hasta a la iglesia. Existía un pintoresco paisaje de casas apiñadas con techos de tejas y de paja y en algunos parajes los balcones parecían enfrentarse de lado y lado. Las casas de paredes de bahareque estaban pintadas con colores vivos o simplemente lechadas con cal y en las calles escasos hombres y muchos niños y perros, amén de unos jumentos, se movían entre una cantidad de mujeres del pueblo quienes iban y venían con ropas en grandes cestas desde una acequia vecina. Las mujeres se reunían hasta situarse bajo una arboleda en un recodo del riachuelo cantando, riendo y cotorreando a la par que descendían a lavar sus ropas de múltiples colores e iban extendiéndolas sobre las grandes piedras blancas entre las que corría sinuoso el río bajo la sombra de los árboles.

Percibiste la brisa fresca en el verdor que rodeaba el arroyo y miraste a las mujeres en su quehacer y a los niños que chillaban jugando en el agua, y te pareció que sería poco probable que la peste se estuviese incubando entre aquellas gentes. Desde la plazoleta de la iglesia el sol brillaba en la media calle. En tu periplo ascendente continuaste detrás de los médicos. Subían por una empinada callejuela bordeada de aguas negras. Notaste entonces como los desperdicios se apilaban en algunas esquinas, sobre las aceras y despedían un olor desagradable, ácido, acre... Al llegar a una esquina, viste como yacía panza arriba a pleno sol y muerta, una gorda rata. Aguas negras emergían hacia la calle desde algunas casas. Las piedras del pavimento habían sido remplazadas por tierra que se apisonaba o se disolvía polvorienta con las carreras de los niños en alpargatas o descalzos. Al mirar hacia atrás a lo lejos divisaste las oficinas de la Aduana y más allá, pudiste ver un par de barcos fondeados en el puerto. El mar era de un azul de Prusia intenso y el cielo a esa hora casi no tenía color alguno. Mientras avanzabas, escrutabas con curiosidad el interior de algunas de las viviendas pobres. En ese momento comenzaste a presentir malos ratos futuros.

Experimentaste un dejo de preocupación al observar que no mejoraban de apariencia las casas a medida que penetraban en aquel laberinto de callejuelas. Detectaste muchas viviendas roñosas y no obstante, algunas estaban pintadas de colores o encaladas y sus balcones coloniales de madera pulida parecían pregonar la situación más holgada de sus habitantes. Ante una de estas viviendas coloniales se detuvieron los médicos. Tú te quedaste admirando a una linda jovencita quien canturreando barría la acera. Vestida con una  bata blanca el vaivén de su cabecita destacaba el negro de sus lacios cabellos. Fuiste entonces invitado a transponer el umbral para visitar al señor José Antonio Ruiz quien tenía más de dos semanas enfermo con una infección de los ganglios inguinales. Antes de dejar la calle soleada, volteaste a mirar los ojos de azabache de la niña quien levemente pareció sonreírte. En el cielo algunas gaviotas aleteaban flotando hacia el mar. Tú, en el quicio de la puerta, te detuviste a mirarla y la niña haciendo un mohín retiraría los cabellos de su cara para verte mejor. Te estremecerás al comprender que han llegado a tu mente recuerdos muy lejanos, casi olvidados en el tiempo...

Texto extraído de la tercera parte de la novela “El movedizo encaje de los uveros”, Ediluz, 2003       https://www.amazon.com/movedizo-encaje-los-uveros-Spanish/dp/1520319088
Maracaibo, 16 de enero del 2018

domingo, 14 de enero de 2018

Hospitales en Venezuela, ¿zonas de peligro para la salud?






Hospitales en Venezuela, ¿zonas de peligro para la salud?
El 19 de octubre del año pasado (2017), Laura Carrillo Nieto publicó este reportaje:
La OMS indicó que 1 de cada 10 personas sufre una afección al ingresar a un hospital para un tratamiento. Hasta un 30% de los pacientes venezolanos son perjudicados por errores médicos y por falta de higiene en entes de salud pública del país.

El sistema de salud nacional se encuentra gravemente deteriorado. Las ventajas que representaba nacer en un territorio político y jurídicamente comprometido con salvaguardar las condiciones mínimas para la protección de los derechos fundamentales desaparecen. Actualmente, vivir en Venezuela es un riesgo para todos los ciudadanos.  La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, en sus artículos 83, 84, 85 y 86, sostiene que es una obligación del Estado garantizar la salud como parte del derecho a la vida y, en ese sentido, promover y desarrollar políticas públicas orientadas a elevar el bienestar colectivo. Sin embargo, pese a los esfuerzos mediáticos por parte del Gobierno nacional por demostrar que existe un compromiso en brindar atención médica de calidad a la población, con proyectos como el Plan Cayapa Hospitalario —anunciado en marzo de 2017 por la ministra de salud, Antonieta Caporale, para fortalecer el sistema preventivo en el país—, quienes acuden a la emergencia de un hospital o clínica del país afirman que la realidad es, indiscutiblemente, otra: un sistema sanitario deteriorado, en el que las pésimas condiciones de infraestructura, la insalubridad, la falta de personal calificado y la escasez de recursos e insumos médicos imposibilitan la atención oportuna al paciente, lo que atenta contra su seguridad  y empeora su delicada situación. La Encuesta Nacional de Hospitales 2017 (ENH), realizada en 92 hospitales venezolanos por la organización Médicos por la Salud con el apoyo de la Subcomisión de Salud de la Asamblea Nacional, indicó que 89 % de los servicios de rayos X ofrecidos se encuentran inoperativos o intermitentes; en 71 % los de ecogramas; 94 % los de tomografía computarizada y en 94 % los de laboratorio. Además, 64 % de los servicios nutricionales se encuentra fuera de funcionamiento. Mientras que, por su parte, la Federación Farmacéutica Venezolana denunció que el desabastecimiento de fármacos supera 80 %, con el agravante de que unas 150 referencias de alta rotación necesarias para atender enfermedades crónicas se encuentran prácticamente desaparecidas del mercado. Asimismo, la escasez de recursos y la deficiencia en políticas de control sanitario indispensables para la prevención de enfermedades y la correcta atención clínica supone enormes peligros para los pacientes que, con la intención de recibir un diagnóstico o un tratamiento para su padecimiento, terminan por exponerse durante su estancia en el hospital a efectos adversos como el contagio de infecciones nosocomiales o intrahospitalarias. 
Todo esto aunado, en primer lugar, a la falta de profesionalismo de una generación de médicos que, respaldada por el Ejecutivo, asume arbitrariamente la responsabilidad de salvar la vida de pacientes aun con insuficiente formación académica; y, en segundo, a la inconsciencia ética de la directiva de algunas instituciones que se han caracterizado por someter a los miembros de sus organizaciones a la realización de prácticas inadecuadas, como la reutilización de inyectadoras y otros materiales desechables. Las consecuencias son lamentables y quedan expuestas en el Boletín Epidemiológico Nº 52 publicado por el Ministerio del Poder Popular para la Salud (MPPS) en 2016: la reaparición de al menos tres enfermedades infecciosas, el aumento de 30,12 % de muertes en niños menores de un año y ascenso a un 65,79 % de mortalidad moderna en relación al año anterior. Para el Observatorio Venezolano de la Salud, estas cifras revelan el deterioro en el cuidado y atención médica, sobre todo, de las mujeres y niños, ya que las causas de muertes en madres y neonatales expuestas en el documento pueden ser prevenidas y abordadas con un excelente pronóstico si se contara con el personal, las herramientas y las condiciones adecuadas. 
Mónica Chirinos, especialista en Seguridad del paciente y calidad asistencial, explica que el principal problema es que «desafortunadamente, en Venezuela, una política de seguridad del paciente no está establecida claramente», lo que provoca que todas las acciones que se realicen estén dispersas y no tengan una repercusión contundente; ni que las instituciones de salud tengan un respaldo a la hora de realizar alguna acción que tenga que ver con resguardar la seguridad del paciente. «En el mundo, el servicio de salud es más peligroso que otras organizaciones. En el caso de Venezuela, si existen los mínimos controles, si la gestión de riesgos es nula, si prácticamente existe una anarquía en las situaciones cuando el compromiso debería ser mayor para garantizar una mejor seguridad del paciente, la situación se intensifica. Para el venezolano es muchísimo más riesgoso ir a una institución de salud que la inseguridad en calle», afirma Chirinos.
Un problema de salud pública: Desde el 2002, la seguridad del paciente es considerada un problema de salud pública. La Organización Mundial de la Salud (OMS) indicó que 1 de cada 10 personas puede sufrir una afección al ingresar a un hospital para recibir un tratamiento y las posibilidades de que esta fallezca debido a un error médico es de una entre 300. Mientras que en «de cada 100 personas hospitalizadas, siete en países desarrollados y 10 en países en desarrollo, adquirirán al menos una infección asociada con el cuidado sanitario». No obstante, pocas son las políticas implementadas en los centros de salud venezolanos para salvaguardar la vida de los ciudadanos.  El 10 de octubre de 2017, la presidenta del Colegio de Profesionales de la Enfermería del Distrito Capital, Ana Rosario Contreras, denunció la carencia de insumos de higiene como cloro, guantes, jabón y soluciones antisépticas; así como la reutilización de jeringas para la administración de dosis a los enfermos, medida impuesta por la dirección de dos hospitales de Caracas y que puede ocasionar infecciones asociadas con bacterias para las que no hay antibióticos. Ya en el 2010, la Sociedad Venezolana de Infectología advertía que la incidencia de las infecciones intrahospitalarias superaba el 25 % cuando en el resto del mundo oscilaba entre 3 y 7 %, y lo aceptable es que no superen un 5 %. Hoy, se estima que 30 % de los pacientes que asisten a una institución médica nacional se ve afectado por su precario estado higiénico, según estudios de la Red Defendamos la Epidemiología.  Para Chirinos, «si los entes gubernamentales, como la Contraloría Sanitaria, están afectando la seguridad del paciente y no realizan los controles sanitarios necesarios, se está haciendo cómplice de estas situaciones; sobre todo cuando ellos, como entes de control, al menos deberían garantizar que existan las condiciones de aseo e higiene correcto en las instituciones».
¿Negligencia médica tolerada? :Entre las principales causas de los efectos adversos que amenazan la seguridad del paciente se encuentra el nivel académico de algunos profesionales médicos del país que, sin el debido compromiso de quienes diariamente son proveedores y ofertantes del servicio, «muestran actitudes como la pasividad y el desinterés para brindar una atención de calidad», según explicó la especialista.   En el 2012, la Academia Venezolana de Medicina alertaba sobre las deficiencias del personal de la salud formado por el Gobierno nacional a través del Programa Nacional de Formación en Medicina Integral Comunitaria para la atención a pacientes en los entes pertenecientes al Área de Salud Integral Comunitaria del MPPS.   El análisis —denominado La Enseñanza de la Medicina fuera de la escuelas universitarias formales: la Medicina Integral Comunitaria» y el cual integra el documento Educación Médica, firmado por 11 expertos en la materia— revela que la primera generación de pasantes del proyecto era incapaz de realizar un examen físico completo, por lo que resultaba imposible realizar un diagnóstico y aplicar un tratamiento adecuado. Además, se identificaron fallas en el manejo de conocimientos básicos sobre anatomía, fisiología, farmacología, fisiopatología y bioquímica.  Múltiples casos de afecciones graves e incluso muerte en manos de estos y otros doctores han sido expuestos a la luz pública, evidenciando la falta de vocación del personal médico y el riesgo que esto supone para la vida de los venezolanos.  La fiscal nacional con competencia plena 59º Marisol Zakaría manifestó que, durante el periodo 2016-2017, 89 denuncias por fallecimientos y 118 por lesiones fueron reportadas al Ministerio Público desde todo el país; lo que refleja un aumento en el número de personas que reportaron acusaciones, sobre todo en Caracas y el Zulia. Mientras que, de estas cifras, 30 muertes ocurrieron en niños y adolescentes el año pasado, según indicó el informe anual Somos Noticia 2016, publicado por la organización no gubernamental Centro Comunitario de Aprendizaje.
En el caso específico de Maracaibo, la doctora Mónica Chirinos sostiene que en 4 instituciones de la ciudad —2 públicas y 2 privadas—, la cantidad de incidentes con daño al paciente supera un 19 % la tasa promedio de eventos de Latinoamérica, lo cual corresponde a un 10 %; siendo Traumatología, Pediatría y Medicina Interna los servicios donde se cometen más errores por parte de los profesionales. «Ningún trabajador de un hospital o clínica tiene intención de daño. Sin embargo, es suficiente con su estado de enfermedad de un paciente, como para que también el proceso le genere daño. Lo importante es sensibilizar a los profesionales de la salud para que acepten su cuota de responsabilidad, reconociendo la importancia de esta situación, haciéndoles partícipes en las medidas de mejora», explica.  Para Mónica Chirinos, ante el crítico estado actual del sistema de salud venezolano y las fallas en respuestas eficientes por parte de los organismos estatales encargados, la única solución para preservar la seguridad del paciente es evitar acudir a un centro médico. Por tal motivo, es necesario iniciar un proceso educativo orientado a incentivar la participación de toda la población en la defensa de su derecho a la salud y la vida.«La gente se debe aferrar a las buenas prácticas, como promover hábitos alimenticios adecuados y hacer ejercicio. Hay que cuidarse para evitar ir a una centro médico», aconseja. Asimismo, invitó a los ciudadanos a educarse porque «en la medida de que se informe y sea participativo en todo lo relacionado a la situación de la salud que están ocurriendo en Venezuela, se sensibilizará y evitará muchas cosas. Es necesario empoderar al paciente para que esté pendiente y no sea sujeto de un daño peor del que lleva».  Para ello, los interesados pueden acceder a la cuenta en Instagram @seguridaddelpaciente_vzla, «a partir de la cual se podrán obtener datos sobre los últimos estudios en esta área y métodos de prevención, así como los proyectos y actividades impulsadas por los gremios de la salud», comenta.
Maracaibo 14 de enero del año 2018