lunes, 19 de diciembre de 2016

La palabra escrita


La palabra escrita

Hasta 1450 y aun en años posteriores, los libros se difundían en copias manuscritas por amanuenses,  monjes y frailes quienes estaban dedicados exclusivamente a la réplica de ejemplares por encargo del propio clero o de reyes y nobles. Los monjes copistas realizaban su función y creaban las ilustraciones y las letras mayúsculas como producto decorativo y artístico del propio copista. En la Alta Edad Media se utilizaba la xilografía para publicar etiquetas, y trabajos de pocas hojas, y se preparaba el texto en hueco sobre una tablilla de madera, que se acoplaba a una mesa de trabajo, donde se impregnaban de tinta negra, azul o roja. Luego se aplicaba el papel o pergamino y con un rodillo se fijaba la tinta. Ya en el año 1234 se conoce que existían artesanos durante la dinastía Koryo (en la actual Corea), conocedores de los avances chinos con los tipos móviles. Los coreanos crearían un juego de tipos móviles de metal que se anticipó a la imprenta moderna. Sin embargo, aproximadamente el año 1444, la imprenta nacería  de la mano de Johannes Gutenberg quien en Maguncia, inventaría la prensa con tipos móviles y publicaría la Biblia de 42 líneas considerado como el primer libro impreso con tipografía móvil. Desde entonces, la palabra escrita se divulgó por el mundo.

Han transcurrido seis siglos y ahora, en 2016, podemos mirar el sentido de la palabra escrita en medio de esta especie de revolución cultural provocada por los acelerados avances de los medios electrónicos y la cibernética que están modificando hasta la noción misma del Arte.  Ya en el pasado siglo XX, Paul Valery (1871-1945) escritor, poeta, ensayista y filósofo francés opinaba sobre la transformación que sufría el arte, ideas que serían comentadas posteriormente por Walter Benjamin (1892-1940). Valery escribiría: “En todas las artes hay una parte física que no puede ser tratada como antaño, que no puede sustraerse a la acometividad del conocimiento y la fuerza modernos... Es preciso contar con que novedades tan grandes transformen toda la técnica de las artes y operen por tanto sobre la inventiva, llegando quizás hasta a modificar de una manera maravillosa la noción misma del arte.” El mundo de la letra impresa se ha transformado, las letras brillan en rutilantes monitores donde los humanos pueden acceder a la divulgación de conocimientos, el arte, recreación y las letras… La literatura toda, se encuentra flotando en el ciberespacio y los humanos para acercarnos a ella recurrimos a medios electromagnéticos. Inadvertidamente hemos regresado a los tiempos de Pitágoras y el conocimiento no nos llega a través de las letras, sino de los números. Los números creadores de imágenes, y son complejos binarios que construyen códigos que pueden transformarse en palabras. Tenemos un nuevo lenguaje, el de los números que hablan a través de las imágenes.

Hoy día, es el dedo presionando teclas el que escribe… El rey Baltasar ofreció un gran festín con mucho vino a mil de sus dignatarios cuando aturdido por el vino escanciado en copas de oro y plata que su padre Nabucodonosor se había llevado del Templo de Jerusalén, vio aparecer una mano que, con sus dedos escribría en  la pared del palacio real: “mené, téquel, fares”. Daniel fue llevado de inmediato a la presencia del rey y le diría: “mené” quiere decir “contado”: Dios ha contado los días de tu reinado y ha terminado;  téquel” quiere decir “pesado”: has sido pesado en la balanza y te falta peso; y “fares” quiere decir “dividido”, es decir: tu reino ha sido dividido y entregado a medos y persas. Baltasar ordenó entonces que vistieran de púrpura a Daniel, y que pasara a ocupar el tercer puesto en su reino. Aquella misma noche, Baltasar, rey de los caldeos, fue asesinado. ¿Por qué este asunto? Aquí para verlo en una pintura de Rembrandt de 1635... Es que hoy día, de nuevo es el dedo… Ya no es el cincel, un buril, ni un estilete, ni carbón de piedra o una pluma de ganso, no es un lápiz de grafito, creyón o pluma fuente, no es la estilográfica ni el bolígrafo, es el dedo y no ante una máquina de escribir de esas que tenían una cinta con color rojo y negro, ni es la eléctrica con una bolita donde estaban girando todas las letras, ahora el dedo presiona una tecla del tablero de un CPU, o de una laptop, o de un teléfono inteligente, y son de nuevo los dedos señalando las letras, unas letras que pueden estar flotando en una nube o encriptadas en un microchip, pero que en un momento dado salieron de la mente de algún ser humano habitante de esta “modernidad”. 

Cada vez más[, estamos conscientes de que ahora las palabras se crean a través de los números que codifican imágenes para ser leídas en pantallas y que aquello de, el papel y la tinta, y los libros, con sus páginas nacidas de la madre naturaleza, con su textura y su aroma característicos, tiende a desaparecer. Tristemente pareciera de debemos aceptar que el fenómeno de ésta inminente sustitución será lamentablemente irreversible y la humanidad habrá de palparlo cada vez más  aceleradamente. La palabra impresa dejará de ser  manoseable, será electrónica y quizás no valdrá mucho el peso de cinco siglos de palabras escritas en papeles entintados, ante el poder de las imágenes creadas por los números. Tal vez no debería ser tan drástico en este tema de la sustitución de las palabras por imágenes virtuales, quizás el proceso no arrollará la literatura como un catastrófico tsunami. Pienso, y así lo ha expresado Sergio Ramírez, que el acto de transferir a la mente de otro lo creado por la imaginación en palabras escritas, nunca podrá ser sustituido por medios electrónicos en imágenes mecánicas nacidas de números. La transferencia a la mente de otros, de lo que algunos piensan e imaginan, es el fenómeno que dio origen a la literatura y que depende absolutamente de la palabra escrita la cual al arribar a la mente del lector valdrá para construir imágenes, seguramente diferentes a la creadas por otro lector y hasta por el mismo autor, el escritor, fuente de lo que siempre ha de permanecer como, la literatura.

Toronto, 19 de diciembre del año 2016
 

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