Desde
septiembre en 2017 conversábamos en este blog sobre los pulpos y su
habilidades, hablamos de los pulpos “de sangre azul” (https://bit.ly/3mVTpe7). Algunos
investigadores dadas sus extrañas habilidades han llegado incluso a proponer
que los pulpos vinieron del espacio. El 3 de agosto de 2015, cuando el genoma
del pulpo se publicó en 'Nature',
algunos de los científicos que trabajaron en su secuenciación se referían a
este animal como a “lo más parecido a un extraterrestre” . En septiembre, el año 2022 mostramos unos
pequeños pulpos de anillos azules (https://bit.ly/3mZUiSO) que son muy
venenosos, pero regresemos a los pulpos gigantes…
En los océanos del Cretácico tardío,
hace entre 100 y 72 millones de años, existieron pulpos gigantes con aletas que
podían alcanzar los 19 metros de longitud, que eran carnívoros y que ocuparon
la cima de la cadena alimentaria, compitiendo con los grandes reptiles marinos
que hasta ahora se consideraban los únicos amos de aquellos mares.
Los pulpos siempre han sido muy difíciles de estudiar
en el registro fósil porque son invertebrados. A diferencia de los dinosaurios,
no dejan huesos, y a diferencia de los amonites,
no dejan conchas. Lo que sí perdura son sus mandíbulas, estructuras duras que
los científicos llaman “picos” por su parecido con los de las aves de presa. Esos picos, cuando se conservan bien, cuentan
muchas historias: no solo permiten calcular el tamaño del animal, sino también
qué comía. El desgaste de las mandíbulas es la clave del estudio. Los
cefalópodos que se alimentan de presas de concha dura —crustáceos, moluscos,
peces óseos— desarrollan un desgaste característico en el filo y la punta
del pico, que se erosiona con el uso reiterado. Es el mismo
principio que un cuchillo que se afila contra piedras: la herramienta guarda la
memoria de su trabajo.
En los ejemplares adultos de Nanaimoteuthis,
el desgaste llegó a eliminar hasta el 10% de la longitud total de la mandíbula,
más que en cualquier cefalópodo moderno conocido, lo que sugiere una actividad
depredadora intensa y sostenida durante toda la vida del animal. Sobre la
solidez de esas estimaciones, Ikegami es cauto pero firme: "N. haggarti era
comparable en tamaño al calamar gigante actual, y muchas estimaciones lo
superan. La conclusión de que estuvo entre los mayores invertebrados de la
historia de la Tierra es robusta", afirma el investigador. Ikegami
admite que no se puede medir la inteligencia en un fósil, pero sí inferirla:
“El desgaste asimétrico no demuestra directamente la inteligencia, pero sugiere
que Nanaimoteuthis no era solo un depredador grande y
poderoso: puede que también tuviera un comportamiento avanzado e incluso
conductas individuales, similar en cierta manera a los pulpos modernos".
Una pregunta inevitable es… dónde
vivían? Los pulpos gigantes modernos habitan las profundidades abisales. Pero
Ikegami descarta que Nanaimoteuthis llevara ese estilo de
vida: “No era un entorno costero, pero tampoco el tipo de ambiente de aguas
profundas donde viven hoy muchos pulpos gigantes. Era un ambiente de mar
relativamente abierto, con una vida marina diversa. Nanaimoteuthis era
probablemente un gran depredador; usaba sus largos brazos, sus poderosas
mandíbulas, su gran cuerpo y su enorme movilidad para capturar y devorar presas
como amonites, grandes bivalvos, peces y otros cefalópodos".
Además, hay un detalle más revelador todavía:
el desgaste no es simétrico. El filo derecho de la mandíbula aparece más
gastado que el izquierdo en ambas especies. Esta lateralización, es decir, la
tendencia a usar preferentemente uno de los dos lados del cuerpo, está asociada
en animales modernos a cerebros más desarrollados y a comportamientos
cognitivos más complejos. Los pulpos
actuales la presentan, y su inteligencia, documentada en numerosos
estudios, es comparable a la de muchos vertebrados. El hallazgo
sugiere que los pulpos ya eran animales inteligentes hace 100 millones de años.
Recordemos que el Cretácico tardío, hace entre 100
y 66 millones de años, es el período que termina con el gran impacto
que extinguió a los dinosaurios. Era un mundo de mares cálidos y
poco profundos que cubrían amplias zonas de los continentes actuales. En esos
mares reinaban, según el consenso científico, los grandes vertebrados:
mosasaurios de hasta 17 metros, plesiosaurios de hasta 12, tiburones
aplastadores de conchas como Ptychodus, de hasta 10 metros.
Los invertebrados eran, en ese relato, las víctimas; organismos que
desarrollaron conchas cada vez más gruesas y elaboradas como respuesta evolutiva
a la presión depredadora de los vertebrados.
El nuevo estudio pone patas arriba
ese relato. Nanaimoteuthis haggarti no era una víctima: era un
competidor. Con sus entre 7 y 19 metros de longitud, sus poderosas mandíbulas,
sus largos brazos flexibles —la estrategia de caza de los pulpos no requiere
una boca enorme, sino extremidades que atrapen y sujeten mientras el pico
desmembra— y su probable inteligencia, estos cefalópodos gigantes probablemente
ocuparon el mismo nivel en la cadena alimenticia que los mosasaurios. Si se
cruzaron, nadie lo sabe aún.
Pero la posibilidad de que un pulpo
del tamaño de un autobús articulado cazara reptiles marinos deja de ser ciencia
ficción. Y, en cualquier caso, vertebrados y cefalópodos llegaron al mismo
punto —ser grandes depredadores inteligentes— por caminos distintos, pero
sorprendentemente paralelos. Los vertebrados perdieron sus placas de armadura y
redujeron sus escamas para ganar velocidad y agilidad. Los cefalópodos,
finalmente, eliminaron su concha externa para convertirse en animales de cuerpo
blando, más rápidos, con mejor visión y mayor capacidad cognitiva. Ambos grupos
desarrollaron mandíbulas potentes.
Una parte fundamental del estudio fue
metodológica. Una docena de las 27 mandíbulas analizadas no fueron encontradas
con pico y martillo, sino con lo que los autores llaman “minería digital de
fósiles”: una combinación de tomografía de alta resolución —que genera imágenes
de secciones transversales de la roca a escala microscópica— y un modelo de
inteligencia artificial, entrenado para detectar estructuras orgánicas, o sea,
restos animales, en enormes conjuntos de imágenes. La técnica, desarrollada por
el propio equipo, permitió encontrar mandíbulas que habrían pasado
completamente desapercibidas con métodos convencionales, dicen, y visualizarlas
como modelos tridimensionales digitales sin necesidad de dañar la roca que las contiene.
Maracaibo, domingo 3 de mayo del año 2026