lunes, 26 de enero de 2026

El rinoceronte lanudo


Esta es la historia de un rinoceronte lanudo, que fue hallado en el estómago de un lobo que vivió hace 14.400 años… No prosigue ni finaliza esta historia diciéndoles que era una broma, o un cuento… ¡No! Seriamente hablando, me he enterado de que unos investigadores del Centro de Paleontología de Estocolmo el año 2018 lograron recuperar el genoma de un rinoceronte lanudo a partir de un pequeño trozo hallado en la autopsia de una cachorra de lobo gris…

 

Les cuento: resulta que hace 14.400 años, unas cachorras de lobo gris de apenas dos meses de vida se resguardaban en su madriguera después de cenar un suculento pedazo de carne de un rinoceronte lanudo.  La cueva, que se encontraba cerca de donde hoy se erige la aldea de Tumat, en el noreste de Siberia, y súbitamente se derrumbó sobre ellas, sepultándolas.

 

Las bajas temperaturas provocaron que aquella tumba quedase congelada en el tiempo durante milenios. No obstante, aquel trágico momento se ha convertido en un feliz hallazgo que ha permitido a investigadores del Centro de Paleogenética de Estocolmo recuperar todo el genoma de aquel animal peludo el cual, a pesar de estar extinto ahora, hace mucho tiempo que sirvió como última cena a aquellas cachorras de lobo.

 

Los resultados fueron publicados en la revista 'Genome Biology and Evolution' con el comentario de que:”Nunca antes se había secuenciado el genoma completo de un animal de la Edad de Hielo hallado en el estómago de otro”; esto lo afirmaba Camilo Chacón-Duque, quien fue investigador del Centro de Paleogenética y ahora trabaja en la Unidad de ADN antiguo de SciLifeLab, de la Universidad de Uppsala. “Además, es la primera vez que se obtiene con tan alta resolución a partir de una muestra tan inusual”.

 

Ahora que vivimos tormentas de hielo y nieve en el planeta tierra, toda esta inusual historia sobre aquella cachorra de lobo viene “al pelo” y podemos pensar que comenzaría cuando Sergey Fedorov, de la Universidad Federal del Noreste (Rusia) y su equipo encontraron en 2011 su cadáver enterrado en el permafrost. Se muestra la cueva donde se hizo el hallazgo (ver). Después de los análisis iniciales, años más tarde, en 2018, Fedorov junto con Mikkel Holger Strander Sinding, de la Universidad de Copenhague, examinaron el contenido de su estómago.

 

“En aquel momento, ellos se encontraron un pedazo de carne –así lo relató el investigador-.“y fue un hallazgo inesperado, dado el nivel de preservación en el que se encontraba el tejido, que no había sido digerido en absoluto”. De inmediato, los investigadores supieron que aquella 'última cena' pertenecía a un “mamífero mediano o grande”. Su primera sospecha fue que, por el color, aquel trozo, en el que claramente se distinguía músculo, piel e incluso pelaje, perteneció a un “león de las cavernas”. “Pero como no estaban seguros, le pidieron a Love Dalén (Universidad de Estocolmo) y a David Stanton (Universidad de Cardiff) que hicieran un análisis genético del tejido, lo cual permitió obtener suficiente ADN para identificar la especie con certeza”; así lo relataría Chacón-Duque.

 

¡Epa! No crean ustedes que el trabajo fue fácil: nada que ver. El ADN del rinoceronte lanudo se mezcló con el de la loba gris… Los análisis de ADN les sacaron de su error: aquellos restos pertenecían a un rinoceronte lanudo (Coelodonta antiquitatis), un enorme animal de hasta cuatro metros de largo por dos de alto y que podía pesar más de tres toneladas. No obstante, este espécimen, aunque muy común en Europa y el norte de Asia en el Pleistoceno, era especial: se trataba de uno de los últimos rinocerontes lanudos recuperados hasta la fecha (al menos, una pequeña parte de sus restos), muy cercano al momento de la extinción de la especie, que se dio hace unos 14.000 años.

 

Pero como decía, el trabajo no fue fácil. Aunque el permafrost había conseguido preservar el tejido y el ADN en buenas condiciones, al estar en el estómago de la cachorra de lobo gris, los materiales genéticos de ambos animales se mezclaban, complicando los análisis. Además, el objetivo que se marcó el equipo era una empresa muy ambiciosa: a partir de aquel material, su intención era reconstruir todo el genoma del rinoceronte lanudo; es decir, todo el 'libro de instrucciones' genético de aquella especie.

 

“Fue realmente emocionante, pero también muy desafiante”, dice la estudiante Sólveig Guðjónsdóttir, autora principal del estudio, quien realizó el trabajo como parte de su tesis de máster en la Universidad de Estocolmo. Usando técnicas moleculares de laboratorio muy sofisticadas para trabajar con ADN altamente degradado, además de tecnologías de secuenciación, los científicos del Centro de Paleogenética pudieron rescatar todo ese tesoro genético.

 

“Las condiciones de baja temperatura y de congelamiento relativamente constantes que ofrece el permafrost nos dan una oportunidad única de recuperar ADN de especímenes que murieron hace decenas de miles de años e incluso cientos de miles de años”, señala Chacón-Duque. “Por ejemplo, el año pasado lideré un estudio donde logramos extraer información genómica de varios mamuts desde cientos de miles e incluso hasta más de un millón de años. Y Love y otros miembros de nuestro equipo han logrado recuperar genomas completos de individuos de más de un millón de años”.

 

Una vez que el equipo rescató el genoma del rinoceronte de Tumat, lo comparó con los de otros dos genomas más antiguos de la misma especie, datados en torno a 18.000 y 49.000 años atrás. Estas comparaciones permitieron a los investigadores examinar cómo la diversidad genómica, los niveles de endogamia y el número de mutaciones perjudiciales cambiaron a lo largo del tiempo durante la última Edad de Hielo. Aquí se muestra el fósil de un rinoceronte lanudo (ver) hallado en el permafrost -no es el espécimen objeto de estudio- (Mammoth museum of North-Eastern Federal University).

 

El resultado les sorprendió: esperaban encontrar signos de deterioro genético a medida que la especie se acercaba a la extinción, pero no los hallaron. Esto indica que el rinoceronte lanudo probablemente mantuvo una población estable y relativamente grande hasta justo antes de su desaparición, y que se extinguió de manera 'súbita'.


“Si bien esto no era lo que esperábamos encontrar, no es una idea completamente nueva. En la última década, muchos estudios que usan genomas obtenidos a partir de especímenes de museo de especies que aún existen hoy en día, han demostrado que en algunos casos este colapso puede ocurrir en 100 o 200 años. Estas cosas dependen mucho de la historia natural de una especie. A veces una población puede permanecer estable por miles de años (pero con una adaptabilidad y diversidad genética muy reducidas), incluso después de haber sufrido colapsos poblacionales (esto lo encontramos el año pasado en un estudio en el que analizamos mamuts lanudos de la Isla de Wrangel, el último lugar en el que existieron, donde vivieron por más de 6000 años)”.

 

El equipo piensa que la hipótesis más factible es que el colapso se produjo por el cambio climático. Este periodo final de 400 años coincide perfectamente con el inicio de un fenómeno de calentamiento climático ampliamente descrito en la literatura científica, el Máximo Tardiglaciar. Dado que el rinoceronte lanudo era una especie altamente adaptada a condiciones temperadas y que no se caracterizaba por dispersarse fácilmente y colonizar otros hábitats”, incide el investigador.  Dalén señala también: “Nuestros resultados muestran que los rinocerontes lanudos tuvieron una población viable durante 15.000 años después de que los primeros humanos llegaran al noreste de Siberia, lo que sugiere que el calentamiento climático, más que la caza humana, causó la extinción”.


Maracaibo, lunes 26 de enero del año 2026

 

 

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