Paul
Cézanne (1839-1906) es el pintor
francés posimpresionista
que ha sido considerado ser el padre de la pintura
moderna. Sin embargo, Cézanne fue un pintor ignorado
que desconfiaba de los críticos, tenía pocos amigos y su trabajo se hizo en
medio de un gran aislamiento. Hasta 1895 expuso solo ocasionalmente, siendo
apreciado tan solo por algunos impresionistas.
La
investigación terca de una forma cerrada no era para él solo una
investigación estética, sino también un modo de crear algo duradero. Si
para Van Gogh el paisaje era el teatro de la
violencia sentimental que lo afectaba, para Cézanne el mismo paisaje era una
sólida realidad que quería conservar en la solidez de la forma como único
refugio para la inquietud de los sentimientos.
Como todos los
impresionistas, Cézanne heredó de Courbet un odio contra la literatura en el
arte y consideraba que un cuadro debía vivir solo por la fuerza de la pintura,
contando tan solo con los medios que le son propios, sin ayudarse de las narraciones.
Un procedimiento creativo que no era ni del todo científico ni del todo
abstracto. Para Cézanne, la abstracción comenzaba tras profundizar en el conocimiento
de un tema, estudiaba la naturaleza con meticulosidad, afirmaba que para pintar
bien un paisaje debía conocer sus hasta características geológicas… -El
aroma de los pinos, que es áspero al sol, debe desvanecerse ante el olor verde
de los prados (…) Esto es lo que hay que captar, y solo con
los colores, sin literatura- decía.
En Cézanne hay
meditación y reflexión intelectual: El paisaje se humaniza, se refleja
y piensa en mí- decía. Su obra ya plantea el problema moderno de la
autonomía del arte: sus pinturas son entes en sí mismos, con leyes propias,
aunque se originen en lo real, porque en él la creación no es un mero
hecho especulativo. Quería que sus cuadros tuvieran vida propia y que no
existieran más que por la fuerza de la pintura, sin mezclarse nunca con la
literatura o la música, ni siquiera con la ciencia: Cada pincelada que
doy es como un poco de mi sangre mezclada con sangre de mi modelo, en el sol,
en la luz, en el color- decía.
Es también un
pintor orgánico; incluso el color no es para él una entidad abstracta sino una
auténtica energía natural, pero también era forma. Para Cézanne, el dibujo en
sí no debía existir porque la naturaleza no dibuja y este se halla ya en la
plenitud de la forma. Por eso su pintura no podía ser gráfica o dibujada, sino
plástica y de volúmenes; afirmó: En la naturaleza todo está modelado
según tres módulos fundamentales: la esfera, el cono y el cilindro. Es
necesario aprender a pintar estas sencillísimas figuras y luego ya se podrá
hacer todo lo que se quiera.
Pero una vez
creadas las formas, hay que relacionarlas entre sí, y ese es el problema de los
planos, su orden y articulación: la composición. En ese aspecto Cézanne inició
una nueva solución del problema de la perspectiva. Miró los objetos no desde un
único punto de vista, sino desde varios. Solo así conseguía captar mejor los
volúmenes: un mismo objeto yacía en perspectivas diversas que lo deformaban en
el sentido vertical, longitudinal y hacia abajo, y la línea del horizonte
perdía su misma horizontalidad para inclinarse conforme a las exigencias
plásticas del cuadro.
Esas
modificaciones llegarán en el cubismo a la destrucción completa de la
perspectiva renacentista y al nacimiento de una nueva dimensión del espacio pictórico,
una dimensión que excluía la idea de la distancia, el vacío y la medida, en
definitiva, la idea de un espacio material en favor de la de un espacio
evocativo, no ilusionista, en el que los objetos podían abrirse, explayarse y
superponerse.
Los primeros
que comprendieron e interpretaron con intransigencia a Cézanne fueron Picasso,
Braque y Léger. Y ese es otro capítulo en la historia de la pintura…
Maracaibo, viernes 23 de enero del año 2026
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