viernes, 17 de febrero de 2017

Trórula de Salerno




Trótula de Salerno

En el siglo XI, apenas saliendo de la centuria anterior, el verdadero siglo oscuro de la Edad Media, existe un hecho digno de mención: la escuela médica de Salerno. La escuela de Salerno se destaca por ser la primera escuela que dio oportunidad a la mujer para adentrarse en el mundo del conocimiento científico. En ella, sabemos de la aparición de un grupo de mujeres dedicadas al estudio y la práctica de la medicina. Por desgracia, la historia de la medicina ha olvidado prácticamente todos los nombres de estas mujeres, conocidas como “Las damas de Salerno”. Así pues, en esta escuela existieron una serie de mujeres y entre ellas aparecen nombres como Salernitana, Constanza, Calenda, Rebeca Guarna, Abella… Pero, sin duda, la mujer que más destacará será Trótula de Salerno.

El nombre y la obra de Trótula, figura al frente ya que por sus estudios y el conocimiento de la medicina de Hipócrates y de Galeno, sumados a sus propias investigaciones, la colocan en un lugar privilegiado en el terreno de la ciencia. Si bien es poco lo que se sabe sobre la vida de Trótula, se conoce que vivió en Salerno, ciudad italiana situada al sureste de Nápoles, en la bahía de Pestum, entre los siglos XI y XII donde ocupó la cátedra de medicina en la Escuela de Medicina, en la cual muchas mujeres fueron estudiantes y profesoras de dicha ciencia. Algunos la han identificado como la esposa de un médico, Johannes Platerius, y la madre de Matthias y Johannes el Joven, dos autores de libros de medicina; además, parece ser que perteneció a la noble familia de los DiRuggiero. Se piensa que murió en su ciudad natal en 1097. En relación con su obra, se han identificado dos textos de los que parece haber sido autora: el Passionibus mulierum curandorum y el Oenatu mulierum, libros estos en que algunos historiadores han creído ver la obra de un hombre; otros arguyen, no obstante, que esta falsa identificación se debe a la infinidad de copias que de su obra se hicieron durante el siglo XII, copias en las cuales su nombre fue sustituido por su forma masculina: Trottus, terminando por darle la autoría a su marido. No hay pues, un acuerdo general al respecto. No sería en modo alguno sorprendente que quien hubiese escrito dichos libros fuera efectivamente una mujer, ya que es bien sabido que las mujeres en Italia tuvieron grandes posibilidades de educación, y todo parece indicar que, tal como señala Margaret Alic, sus universidades siempre estuvieron “abiertas a las mujeres, y era tradicional su presencia en ellas como estudiantes o como profesoras”.

En virtud del ocultamiento natural que las mujeres han padecido en el curso de la historia, tampoco sorprende que buena parte de las tareas llevadas a cabo por ellas haya sido olvidada o quizá hasta consciente o inconscientemente, borrada. Muchas investigadoras, historiadoras y estudiosas de las distintas trayectorias de otras mujeres en el pasado. Ya lo ha dijo Umberto Eco refiriéndose a las filósofas: “No es que no existieran mujeres que filosofaban. Es que los filósofos han preferido olvidarlas, quizá tras haberse apropiado de sus ideas”. Quizás es por ello que también se han olvidado de Trótula, y aunque tal vez nunca lo sepamos, con base en lo que se ha podido saber sobre esta médica del siglo XI, para rescatarla del olvido y poner de manifiesto cuando menos su factibilidad histórica y su relevancia científica, va esta breve reseña extraída de diversas fuentes.

La escuela de Salerno entre los siglos XI y XII fue una institución educativa considerada como la primera universidad de Europa. En los siglos de confusión en los que se gesta el periodo medieval tras la caída del Imperio Romano tratarán de inventarse nuevas configuraciones culturales que asuman en su seno al cristianismo naciente, e igualmente se intentará recuperar el pasado pagano. Nuevos modelos vitales y sociales, la ciencia, la filosofía, y el arte serán reconfigurados con un elemento nuevo: la religión. Nace entonces un horizonte de ciencia y religión y ambas inician su recorrido. Por ello será en los claustros donde surgirán los primeros signos del nuevo desarrollo cultural. La primera ciencia que empieza a florecer será la medicina. Si bien la Iglesia comenzó desdeñando el conocimiento científico de los paganos por considerarlo profano y antirreligioso, no pudo obviar las artes curativas, pues no era posible soslayar un deber cristiano como el cuidado de los enfermos. En el siglo VI encontramos a los benedictinos dedicados a estudiar las obras de Hipócrates y Galeno, aunque no será sino hasta el siglo IX que la ciencia médica aparezca con un carácter secular en la escuela de Salerno. A lo largo de ese siglo y del siguiente, dicha institución alcanzaría un reconocimiento cada vez mayor como centro de actividad médica, y ya en el siglo XI se convertiría en la primera facultad de medicina del mundo occidental. La enseñanza se centraba en la medicina antigua, en la práctica de la medicina hipocrática y sobre todo de la galénica, que era la predominante, aunque con el tiempo también se incluyeron los conocimientos derivados de la medicina árabe. Así pues, en la escuela de Salerno no sólo se enseñaba medicina sino que en ella estaba depositado el saber médico de la época, si bien a finales del siglo XII tal fama empieza a ser oscurecida por el florecimiento de otras escuelas de medicina, como las de Bolonia, Padua y muchas otras.

 
El siglo XI marca así, con la escuela de Salerno y sus famosos y reconocidos médicos, un periodo importante en la evolución de la ciencia médica, y en dicha época, encontramos a Trótula, maestra de medicina en la escuela de Salerno. Si dudamos de esta distinción si podemos decir que ella debió estudiar la medicina previamente y ahí mismo. Es posible imaginar a Trótula asistiendo a cursos durante un periodo aproximado de cinco años, tiempo en que seguramente se ocupó del estudio de la Articella, una antología de breves tratados médicos que incluía una introducción a la medicina de Johannitius y a las obras hipocráticas. Aunque al parecer dichos textos fueron sustituidos por las obras de Galeno y algunos otros autores hasta el siglo XIV, no resulta aventurado señalar que en aquella época, al menos en Salerno, la obra de Galeno era ya bien conocida y hasta parece que había mayor predilección por éste que por el mismo Hipócrates. Trótula y sus compañeros de escuela conocieron las obras hipocráticas, galénicas y algunas árabes. Ella debió cursar asimismo una especie de talleres prácticos que estaban dirigidos a dominar las artes curativas. Al haberse conservado algunas de sus obras, podemos determinar que sus estudios le proporcionaron un marco de referencia que le hizo posible llevar a cabo una investigación amplia y acertada que la condujo al campo de lo que hoy conocemos como las especialidades de la ginecología y la obstetricia. Trótula se encaminó al ámbito de las enfermedades propias de la mujer e hizo allí aportaciones relevantes, como fueron sus investigaciones sobre el control de la natalidad y la infertilidad. Escribió sobre procedimientos dietéticos, ejercicios físicos y belleza, y también sobre una serie de problemas médicos generales, como la sordera, el cáncer, los dolores de dientes y las enfermedades de los ojos; además, cosechó gran fama como cirujana. Al parecer se adelantó en mucho a la propia práctica de su época en cuestión de procedimientos quirúrgicos y anestésicos.

Dos obras se atribuyen a Trótula. La primera y más importante es Pasionibus mulierum curandorum, texto conocido como Trotula major que comprende sesenta y tres capítulos que tratan sobre la menstruación, la concepción, el embarazo, el parto y las enfermedades en general, así como de los tratamientos y remedios recomendados. La otra obra es un tratado de cosmética, disciplina ésta que se incluye en el Corpus hippocraticum, llamada Ornatu mulierum, también conocida como Trotula minor. En ambos textos se reconoce la mano de una mujer, y sus lineamientos teórico-prácticos parecen ser muy modernos. En particular, el Trotula Major ha corrido con toda suerte de aventuras e incidentes a lo largo de la historia; hasta el siglo XVI se usó como texto de medicina en las escuelas, y en el siglo XVIII forma ya parte del folclore popular.


Llámese o no Trótula, siguiendo a los historiadores italianos de la medicina, es posible sostener medianamente la autenticidad de nuestra Trótula y, sobre todo, la existencia de las mujeres médicas de Salerno y tomando como base la referida obra, sobre la ciencia médica de Trótula, lo primero que llama la atención es lo que podemos llamar su “vocación médica”, que se caracteriza por dirigirse directamente en favor del sector que considera más desprotegido: las mujeres, de quienes anhela el alivio de su sufrimiento. La misma Trótula nos lo dice en el prólogo de su obra: Puesto que las mujeres son por naturaleza más débiles que los hombres, es razonable que las enfermedades abunden en ellas con más frecuencia, especialmente alrededor de los órganos implicados en la labor de la naturaleza. Como esos órganos están localizados en un sitio apartado, las mujeres, por modestia y por la fragilidad y delicadeza del estado de esas partes, no se atreven a revelar la dificultad de sus enfermedades a un médico hombre. Por lo cual yo, apiadándome de sus desventuras y por instigación de cierta matrona, empecé a estudiar cuidadosamente las enfermedades que con mayor frecuencia afligen al sexo femenino. En pleno Medioevo –época de oscuridad y estancamiento– una mujer decide que las enfermedades de las mujeres han de ser tratadas particularmente dentro de la ciencia médica porque responden a los mismos mecanismos de cualesquiera otras enfermedades. Y entonces, si de ciencia se trata, afecciones como la menstruación, la concepción, las relaciones sexuales y todo lo que con ellas se relacione, han de responder a leyes naturales que permitan diagnosticar, prevenir, tratar y curar utilizando los mismos principios y recursos que proporciona la ciencia médica en general.

Maracaibo, 18 de febrero del año 2017

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