jueves, 13 de diciembre de 2018

La paciencia del escritor



La paciencia del escritor

Quiero mostrarles un retazo de mi novela “El año de la lepra” publicada en 2011 por la editorial “elotro@elmismo” de Mérida, Venezuela. Espero poder usarlo como ejemplo, para brevemente comentar sobre el pésimo sistema editorial que existía en nuestro país (ojo: hablo en pasado, porque ahora ya todo lo cultural es “tierra arrasada” ), donde se editó una obra, prometida –por escrito- para hacerla de cierta manera, resultando de otra, y sin corrección de galeradas, -habiendo pagado a un corrector- con fallas en los acentos diacríticos y otros gazapos reiterados en el texto (vg. geto por gueto), sin supervisión por parte del autor sobre estos detalles, ni del manejo control o supervisión, ni sobre la distribución o la venta de sus libros… La esperanza habrá de quedar cifrada en alguna segunda edición, donde hasta el título podría modificarse por el de la idea original: “2011, el año de la lepra”

De las páginas 194 y 195 del Capítulo 7, en la edición original de la novela (2011).

El atardecer de aquel sábado de diciembre fue llegando paulatinamente a Los Puertos de Altagracia. El sol parecía descender perezoso en un cielo uniformemente rosado que recién comenzaba a salpicarse con unas nubecillas grises transformadas hacia el sur en nimbostratus violáceos. Mientras los amigos que bebían cerveza se despedían de Ábrego Jota quien debía marcharse en un Jeep con rumbo al norte por la vía de Quisiro, la esfera hirviente se hundía creando sombras chinescas tras los edificios de la “ciudad de fuego”. Momentáneamente las aguas del Coquivacoa simularon sobre las olas un chisporrotear sangriento que se apagaba como una hoguera, extinguiéndose. Arrulladas por el chapotear de los marullos, en la orilla del lago las sombras de la noche se compactaban en el momento cuando Víctor volteó rápidamente para mirar hacia el oeste y notó como la isla, su isla, se fundía también en la oscurana. En el Bar La Providencia, bajo la luz amarillenta de dos bombillos se hizo presente el pescador contratado por Rubén. Caronte Fernández era un anciano flaco y desgarbado aunque nervudo, quien lucía un sombrerito de paja y fumaba un corto tabaco en un ángulo de su boca sin dientes. Rubén se adelantó a saludarle y se lo presentó a sus amigos, quienes se acercaron interesados en saber quién era el hombre que habría de guiarlos hasta la isla esa misma noche. Le extendieron la mano y Víctor no resistió la tentación de decirle a Brinolfo en voz baja.
-¡Nombre si tiene! … ¿Caronte?, ¡vaya al carajo!
Rubén se acercó al individuo y le planteó una situación que le preocupaba. Le explicó que quería pagarle de una vez por el trabajo que iba a realizar esa noche.
–Habíamos hablado de una parte después, pero creo que mejor será ahora, no sea que después nos pase una vaina y te quedéis sin los cobres.
El viejo se rio de buena gana y le dijo que sí, que mejor sería que le pagara de una vez. Después añadió…
-Plata en mano y culo en tierra.

* * *
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Así fue como los hermanos Romero, Rubén el ingeniero petrolero y Brinolfo el médico veterinario, en compañía de Sergio Montiel, colega de Brino, con Víctor Pitaluga el biólogo con quién el profesor Arístides Sarmiento contaba para perpetuar las investigaciones del genial microbiólogo Silvester Korseniowsky, decidieron en compañía del pescador Caronte Fernández, abandonar la bodega “bar” La Providencia en Los Puertos de Altagracia y acercarse en la noche hasta la isla de los leprosos para descubrir algunos posibles secretos desconocidos por ellos mismos.

Hasta aquí el comentario que durante siete años me he venido haciendo introspectivamente, y el cual finalmente hago público y les agradezco por compartirlo a través de la lectura de este mi blog lapesteloca.

Mississauga, Ontario, jueves 13 de diciembre, 2018

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