sábado, 20 de mayo de 2023

Las células de Merkel

Las células de Merkel fueron descubiertas por Friederich Merkel en 1875 por medio de la tinción de cortes de piel con Azul de Metileno. Hoy día se detecta su presencia por técnicas de inmunohistoquímica y se identifican por la expresión de una citoqueratina, la CK 20 que permite su detección precisa. El viernes 21 de febrero de 2020 (https://bit.ly/4541IWU) ya en el blog se dijo algo sobre estas curiosas células.

En los seres humanos, están situadas dentro de la epidermis en la capa basal, y se concentran en las crestas glandulares ecrinas de la piel, en los folículos pilosos de la piel vellosa, y en ciertas mucosas. La pregunta de si las células de Merkel se originan a partir de progenitores epidérmicos embrionarios o de la cresta neural ha sido una cuestión de intensa controversia desde su descubrimiento. Aquí voy a tratar de simplificar que hay sobre esta controversia.

NO SE HA PODIDO INCORPORAR FOTOS ( y no entiendo porque...)

Una hipótesis ha postulado que las células de Merkel se derivan de las células de la cresta neural ya que son células excitables que sintetizan neuropéptidos y expresan moléculas presinápticas y factores de transcripción proneural como muchas otras células derivadas de la cresta neural. Esta teoría suena razonable, pero hay otra hipótesis de que las células de Merkel se originan a partir de progenitores epidérmicos, ya que están localizadas en la capa basal de la epidermis y expresan queratinas (K8, K18, K19 y K20). Además, ellas están presentes en la epidermis antes de la aparición de los nervios.

Lo cierto es que la capa simple de Ectodermo epitelial cutáneo se va a diferenciaren dos tipos de células: los queratinocitos embrionarios y las células de Merkel embrionarias. Los queratinocitos basales ó germinativos van a proliferar e ir ascendiendo dando origen a los estratos de la epidermis. Las células de Merkel primitivas se van a diferenciar en: Células de Merkel Dendríticas que establece conexiones dendríticas con los queratinocitos vecinos y distantes y se mantienen unidas a los queratinocitos vecinos, mediante desmosomas, y las Células de Merkel No dendríticas localizadas en la dermis subyacente, donde producirán los estímulos necesarios para que el epitelio se invagine en la dermis y de origen tanto a las glándulas sudoríparas ecrinas como a las unidades pilo-sebáceas-sudoriparas apocrinas.

Las células de Merkel han sido vistas como “mecanorreceptores” que son receptores sensoriales que reacciona ante la presión mecánica o las distensiones. Existen cinco tipos principales de macano receptores en la piel glabra humana: 1-los corpúsculos de Pacini, 2- los corpúsculos de Meissner, 3-los corpúsculos de Krause, 4-las terminaciones nerviosas de Merkel y 5-los corpúsculos de Ruffini. Existen también mecanorreceptores en la piel con pelos, y las células del pelo de la cóclea son de hecho los mecanorreceptores más sensibles de todos, traduciendo las presiones de aire en sonido.

Las terminaciones nerviosas de Merkel son mecanorreceptores de la piel y mucosas y sabemos que ellas proporcionan información al cerebro. Dicha información tiene que ver con la presión y la textura. Cada terminación consta de una célula de Merkel en oposición cercana a una terminación nerviosa. En ocasiones reciben el nombre de discos de Merkel. Una única fibra de un nervio aferente se ramifica para inervar hasta 90 terminaciones parecidas que se clasifican como mecanorreceptores de adaptación lenta de tipo I.

Los discos de Merkel, son complejos célula de Merkel-neurita, llamados domo táctil o terminaciones nerviosas de Merkel y son mecanorreceptores que se encuentran en la piel y mucosa de los vertebrados. Son complejos celulares formados por agrupaciones de: células de Merkel especializadas táctiles de la epidermis, por queratinocitos columnares y por dendritas de neuronas sensoriales aferentes. Son abundantes en los dedos.

Los domos táctiles emergen como parches de células de Merkel con queratinocitos agrupados, en la etapa embrionaria. El desarrollo de las células de Merkel, se asocia en espacio y tiempo con el desarrollo, de los folículos pilosos primarios. Antes del nacimiento, dentro del domo táctil las células de Merkel rodean el infundíbulo en la parte superior de los folículos pilosos protectores, y poco después del nacimiento, el domo táctil migra a un dominio en forma de media luna, en posición caudal con relación al folículo piloso.

Las terminaciones nerviosas de Merkel tienen una amplia distribución en los mamíferos. Pueden encontrarse en la lámina basal de la piel glabra y la piel peluda, en los folículos pilosos y en la mucosa oral y anal. En los humanos, las células de Merkel -como los corpúsculos de Meissner- surgen en las capas de piel superficiales, y se encuentran agrupadas debajo de la cresta de la punta de los dedos que constituyen las huellas dactilares. En la piel con pelo, las terminaciones nerviosas de Merkel se agrupan en estructuras epiteliales especializadas denominadas "discos del pelo".

En los humanos, las células de Merkel son identificables y pueden ser trasplantables, varias semanas antes de que los nervios lleguen a la epidermis fetal. Experimentos de rastreo de linaje con ratones transgénicos recientemente parecen aclarar la pregunta. Atoh1 / Math 1 se expresa en células de Merkel en desarrollo y adultas. Se usaron ratones (K14; Atoh1-CKO) o (Wnt1; Atoh1-CKO) para estudiar los resultados de la delección condicional del Atoh1 de los linajes de la piel o de la cresta neural, respectivamente

La eliminación de Atoh1 del linaje de la piel da como resultado la ausencia de células de Merkel en todas las localizaciones de la piel, incluida la región del bigote, mientras que la eliminación del linaje de la cresta neural no tuvo ningún efecto sobre esta población celular. Estos datos demuestran un origen epidérmico de células de Merkel de mamíferos. En los adultos, las células de Merkel sufren un recambio lento y son reemplazadas por células que se originan de las células madre epidérmicas.

Existe un tumor maligno llamado carcinoma de células de Merkel, (CCM) un cáncer de piel agresivo y poco frecuente con alto riesgo de recidiva y de propagación. La mayoría de los casos de recidiva tienen lugar dos años después de que el primer tumor haya sido diagnosticado. Esta neoplasia es 30 veces menos frecuente que el melanoma pero su tasa de mortalidad es de 1 de cada 3 casos, comparado con 1 de cada 6 para el melanoma.

El Carcinoma de células de Merkel está relacionado con la inmunodepresión. Las personas con VIH, o quienes han recibido un trasplante de órgano son 15 veces más susceptibles de desarrollar el tumor, que las personas que no están inmunodeprimidas. La piel expuesta al sol puede contener dos veces más células de Merkel que la piel no expuesta. Observaciones que subrayan la existencia de un conjunto celular indiferenciado capaz de regenerar las células de Merkel durante la vida adulta; lo que explicaría la regeneración de las células de Merkel durante la curación de heridas cutáneas.

Hay estudios sobre una estrecha relación entre la exposición a la luz ultravioleta y el carcinoma de células de Merkel, el cual se ha vinculado al carcinoma epidermoide, el carcinoma basocelular y a la enfermedad de Bowen, todos casos, relacionados con la exposición a la luz UV. Los pacientes con psoriasis que reciben tratamiento con rayos UV tienen una incidencia del tumor 100 veces mayor a la de la población general.

Maracaibo, sábado 20 de mayo del año 2023

viernes, 19 de mayo de 2023

¡Otra vez el regionalismo!


Aunque me digan como en el chiste aquel… ¡Vais a seguir, rascaito! Acepto que en 2015 ya hablé del regionalismo en este blog (lapesteloca) y aproveché para hacerlo a propósito de haber festejado mis 40 años en "la SLAP" (Sociedad Latinoamericana de Patología). Recordaría la grata sorpresa cuando me eligieron Secretario de la Sociedad Venezolana de Anatomía Patológica (SVAP), en 1971, tan solo tres años después de haberme iniciado como patólogo en Maracaibo…

¿Qué tiene que ver esto con el regionalismo? Es una pregunta casi lógica, pero es que todo vino a suceder casi inmediatamente después del VIII Congreso de la SLAP, un evento que en 1971 se dio en Maracaibo con gran éxito y gracias al doctor Franz Wenger, quien supo aglutinar a los pocos especialistas en Anatomía Patológica de la ciudad y nos convenció de que sí podíamos. Cuando el doctor Alberto León -patólogo de Valera- se encargó de la presidencia de la SVAP, nosotros -los patólogos maracuchos- quienes además de sabernos regionalistas, no éramos muchos, (y el verso sale sin ningún esfuerzo), asumimos aquel éxito como un logro local, al entender que, con aquello, precisa y simultáneamente, la directiva de la SVAP, por vez primera había “salido del cenáculo capitalino”. Por eso, este asunto que suena “gremial” fue visto como un triunfo muy “regionalista”. ¡Así somos nosotros! 

Como secretario de Alberto pasaría a organizar con él, unas complicadas Jornadas de la SVAP en Margarita y él en una “campaña admirable” visitaría los Servicios de patología del país para conocer sus necesidades. En 1973 me correspondió aceptar la presidencia de la Sociedad y durante los dos años de mi gestión, recuerdo que en el 74 hicimos las Jornadas en Valera, y era importante, para que el país conociese el Servicio de Patología del Alberto León: que era una joya… Éramos una directiva de maracuchos, y con Ennio Fereira, Ávila Mayor, y Alberto León, todos trabajamos muy duro. En mi novela La Entropía Tropical relato algunas vivencias de aquellos tiempos que allí quedarían plasmadas.

La SVAP continuaría durante seis años más fuera de Caracas y en ese ínterin, ocurrió que el Sanatorio Antituberculoso se transformó en el hospital General del Sur de Maracaibo, y su laboratorio de microscopía electrónica se deterioró terriblemente ya que la investigación en patología ultraestructural se vino abajo al dejar el doctor Pedro Iturbe el Sanatorio para dedicarse a la Medicina Familiar. Esa es una historia conocida que se asocia al porqué decidí pedir un año sabático en LUZ y me fui a Caracas aceptando trabajar como neuropatólogo en el Instituto de Patología del hospital Vargas.

Ya he hablado antes de “el regionalismo” que nos caracteriza a los zulianos y también he relatado de cómo estando en Caracas, tras haber recibido la aprobación del CONICT para un microscopio electrónico HitachiH500- esperaba proseguir mis trabajos de investigación en enfermedades virales (EEV y VPH) y debí dejar el hospital Vargas pero afortunadamente, pasé a ser profesor de patología a dedicación exclusiva del Instituto Anatomopatológico (IAP) de la Universidad Central de Venezuela (UCV).  Esto que yo denominé durante muchos años “mi exilio capitalino”, valdría para desarrollar mis trabajos de investigación sobre la patología ultraestructural de los tumores y de las enfermedades virales tratando de estimular la investigación en todo el país a través de las Jornadas de la SVAP la cual me tocó volver a presidir en 1991. 

Regreso al tema del regionalismo, precisamente ese año 1991, cuando en un evento nacional de mi especialidad dije públicamente, -para preocupación de mis amigos-, que ya tras 13 años de estar viviendo en Caracas, me preguntaba si acaso en ese “andar por el trillado sendero de la ciencia”, no habría llegado para mí el momento de regresar a mi tierra, pero nadie estuvo de acuerdo… Así, que el tiempo siguió su curso inexorable; y entretanto, en la Dirección de Cultura de la UCV, me convencieron de que mi manuscrito de La Entropía Tropical, era una novela y con el correr de los años, seguí escribiendo, y publicando varias novelas, todas muy llenas de maracuchismos… Estos avatares con muchas luchas, y tristezas que me marcaron profundamente, durante los años 1997 al 2004, cuando finalmente decidí regresar a Maracaibo… 

El año 2014 ya tras 9 años de estar ejerciendo medicina privada en mi ciudad natal en la ceremonia de clausura de la “Semana Zuliana de la Narrativa” tuve la oportunidad de pronunciar un discurso queriendo resumir lo complejo que para mí había sido ser patólogo y escribidor de novelas. En aquella oportunidad un joven politólogo Miguel Insignares, resumiría brillantemente mi novela “Escribir en La Habana” mostrándonos en una caleidoscópica e inolvidable revisión toda la música, literatura, cine, santería y las terribles desigualdades del sistema político que acabaría con la libertad del pueblo cubano desde 1959, pero meses después, Miguel sería fatalmente asesinado para robarlo, por el hampa, impunemente ya desbordada, en las calles de nuestro Maracaibo, donde ya era muy evidente que estábamos padeciendo la tragedia que aún vive la nación entera desde que se inició este siglo XXI.

En diversas ocasiones he hecho un comentario y nunca me ha mortificado ya que ha ido siempre acorde con mi particular definición al decir que soy: “un maracucho regionalista de la República del Zulia”. Así lo afirmé en 2001 ante Mandy Zambrano una joven periodista de “Vitae Academia Biomédica digital” la revista virtual de la UCV en una entrevista (El don de la palabra hecho literatura). Aquella frase fue dicha para fastidio e incapacidad absoluta de asimilarla por numerosos interlocutores. Quizás el recuerdo de este hecho es lo que me ha llevado hoy -a estas alturas del partido- a volver a escribir aquí puede que repetitivamente sobre el regionalismo zuliano. Una expresión sentida de algo que de lo más complacido arrastro desde mi muy lejana infancia.

En una novela del doctor Manuel Dagnino (1834-1901) “Misterios en el lago”, él postulaba a Maracaibo como la ciudad alternativa a Caracas, destacando sus propios valores históricos: la Batalla del Lago; sus valores civiles innegables, como Rafael María Baralt o el propio Dagnino quien era un representante de innegables avances en la Medicina. Las particularidades lingüísticas, vegetales y/o animales, la geografía, el lago y sus alrededores, todo esto y muchos otros índices le permitían remarcar desde aquellos tiempos el sentido de pertenencia de una conciencia nacional independiente característica del habitante de esta región.

Esta realidad, eran hechos, puesto que ya en 1880 éramos el principal puerto exportador de café y cacao, y en 1882, se fundó el Banco de Maracaibo, y luego vendría el Banco Caracas y el Banco Comercial. En 1883 cuando se constituyó la Compañía Tranvías de Maracaibo, el 24 de julio de ese año, fue inaugurado el Teatro Baralt. El alumbrado eléctrico, brillaría desde 1888 y ese año, el 24 de octubre nacería la primera edición de la Revista "El Zulia Ilustrado" y se crearía la Escuela de Artes y Oficios. Maracaibo habría de ser la primera ciudad del país donde se proyectó una película. "Muchachas bañándose en el Lago" filmada en 1897 por los hermanos Trujillo Duran. Recordando a Chinco Ferrer… “Me doy la lija de decir yo, al Zulia lo quiero mucho, cuando de ese lago escucho el chapoteo del marullo, se me infla el pecho de orgullo al saberme maracucho". Acotaré como señalara él mismo, que fue Simón Bolívar quien, en su Carta de Jamaica, escribiría: "La Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una república central, cuya capital sea Maracaibo".

Para corroborar detalles de cuanto regionalismo puede hallarse en mis novelas, les invito a leer, o releer La Peste Loca, La Entropía Tropical, Ratones desnudos, Escribir en La Habana, El año de la lepra y Para subir al cielo…”. Se puede complementar este ejercicio con la lectura de historia nacional en El movedizo encaje de lo uveros y así, creo, al menos quienes se aun sean capaces de sentirse “regionalistas” creo asegurarles que pasarán un buen rato. Gracias anticipadas.  

Maracaibo, viernes 19 de mayo del año 2023

jueves, 18 de mayo de 2023

SAMPLEGORIO


Otra vez les tocaba hacer acto de presencia en el mitin. Así denominaban antes a las concentraciones masivas de los ciudadanos cuando iban a escuchar entusiasmadas al Mesías. Era el momento. Ya habían llegado los chimbangleros, los sambeniteros y los sanviteros, todos con un tremendo merequetén empecinados en bailar al santo para ahuyentar el hambre que era peor que la peste. Quizá por eso, vos los veías descender desde el Cerroeloscachos y del Nuevomundo, llegaban de los Altos de Jalisco, de la Pomona, de por La Limpia, desde La Curva y las Playitas, caminando por la CañáeMorillo y hasta del Empedrao allá por Santa Lucía... Venían sucios, cubiertos de cenizas, ¡con una pintaelocos!, vestidos con bartolas, muchos suplicando perdón, mesándose los cabellos, jalándose y tironeándose las parraguerras como si estuvieran de huevito. Parecían estar esmollejaitos de bola, como si el coco les patinara, con chivo o con iguana, siempre en coco. Venían con sogas en el pescuezo, curricanes en el cuello, pitas en el cogote, más sucios que el siruyo. Llegaban todos con velas y relicarios, azotándose hasta sacarse la chicha, dándose correazos sobre ellos mismos, dándose y dándole a los demás, y era que ellos querían expiar sus culpas. Al menos, eso decían. Es por haber sido tan requetebolsas gemían unos, tan regüeleñemas gritaban otros, y era que desde hacía ya unos años habían dejado de creer que el mal que los diezmaba, era un castigo del cielo. Se sentían culpables ellos mismos. Venían repartiendo fuete, y repartiéndose. Dame, a mí, dame, ¡dame más!, dale más duro, ¿queréis maduro?, y ¡juápiti y zuácata!, y así por las calles, largando el forro, levantando un polveroloco, y con aquel pocoteeperros flacos y carcomidos por la sarna que se les pegaban atrás.

Venían esgañitándose cantando, perdona a tu pueblo señor, misericordia, no estéis eternamente enojado, rogándole al propio Mesías porque todos sabían que a él tenían que adularlo, era una de sus características recónditas. Pero, curiosamente, todavía confiaban en el tipo. Él era el mismo a quien en voz baja todos mentaban como “er mesiánico”, y ellos pensaban que todavía los podría salvar. Podríos, en billetes verdes estaban los Ministros,¡y sus comilitones!, podríos y gordos como cochinos cebaos estaban algunos del grupúsculo que controlaba a los controladores de los controlados. Se sentían eternizados, y fresco si se echaban. Pero la gente estaba excesivamente necesitada y regresaba, volvía con un dejo de entusiasmo, pensando que tal vez esa sería la ansiada oportunidad de mejorar. Todos, en esta cruzada, venían hasta la ciudad de fuego en un verdadero rebullicio, y los clérigos de la colegiata, los diáconos, los coadjutores, los vicarios, los capellanes y hasta unos monaguillos, corrían en emergencia, se esmachetaban a esconder las palomas de la paz, a ocultarlas en las alturas. Te explico. Es que tenían que encaramar a los avechuchos en los campanarios, para que no se los manducaran como había sucedido en otras ocasiones cuando se reunían en concentraciones patrióticas. ¡El hambre era pelúa! Venid y vamos todos, repetían, pero ninguno parecía saber nada. Eso sí, todos estaban enseñaitos de bola, sabían cómo debían protegerse y defenderse de las terriblemente célebres pústulas podridas y de las oligarquías conservadoras.

Todavía algunos recordaban los epítetos aquellos, de las manos peludas y de golpistas, eran términos ahora caídos en desuso, prohibidos por el Mesías mismo, y es que todos sabían que no se debían ni mencionar, puesto que era como sacar la soga en la casa del ahorcado. Además era peligroso, porque se podía resbalar el más pintao. ¡No ve que ellos estaban por todas partes! Andaban de cachuchita, de boina, o pelones, pero mosca, ¡ojo e garza! Tenían el poder de las armas. Siempre pertrechados, y vos ahí, temblando porque de quien menos lo esperabas, ¡tras!, por menos de lo que vale un plato de lentejas, y es que había el hambre hereje, evacuaban casi el piano de cola con orquesta y todo... Eran esas, unas de las pocas oportunidades propicias, pues, ¡la delación era otro de los escasos negocios en los que se podía progresar! Era la manera de entrar en órbita y disfrutar de una ñinguita del poder… ¡Comer! Ellos defendían el pellejo de sus cofrades, todos iban de kaki, o de verde oliva, algunos con parchos en la ropa, sin poros, sencillamente, remendados, o camuflados, y cuando se podía, ellos dejaban, con un sentido amable y permisivo, que se resolvieran las cosas por su peso, como en un almacén de telas de los de antes, de liquidación. Esto que llamaban, las matazones, si eran permitidas, puesto que si eran para sobrevivir, ¡que se bañaran en sangre! ¡Es plash! ¡El muerto hereje!, prontuario semanal, como sábado sensacional, eso decían los numeritos. Pero era parte del acuerdo. Por eso, a pesar de lo sangrón, evidentemente era inexpugnable el sitio, y por eso era conocido en el argot popular como el Miraflores menstrual.

Entonces fue cuando en la tierra caliente, con la promesa de la asamblea de los ciudadanos y demás jaibas, novedosas para los tiempos que corrían, aparecieron los flagelantes. ¡Juápiti, flíquiti y zuácata! Venían en un solo cardumen. Embartolaítos, y como en una onda epidémica. Ellos eran, ¡que locura!, eran una propia peste. Representaban lo que había quedado de los elípticos comités para defender la jaiba aquella, ellos con sus delatores los que ubicaron los últimos mendrugos en cada pueblo, antes de que les dieran los hierros y las fucas, pero ahora pelando estaban, y fuetecito en mano era como andaban. Una miasmita, y puesto que parecían locos, eran verdaderos mamarrachos, algunos iban disfrazados todavía con sus boinas rojas, otros hasta de curas, puesto que la sotana podía valer para lograr alguna limosna, la mayoría ya se sabían poner sus caretas bien, y lucían hasta gorras militares, o una cachucha que siempre podía dar dividendos. Entre todos ellos había mancos y quebraítos con su popora atrás, varios enanos, un montón de tuertos virolos, tullíos, escrofulosos, machetepandos, hasta se colearon algunos leprosos de contrabando. Unos venían con la chingolita y otros con la pata coja, varicosos, maricosos, mocosos, ociosos y bastantes morbosos. Era todo el producto de la hambruna sostenida y de la desesperación resignada. ¡Pero ya va! Es que estos usualmente eran nada más y nada menos que los simuladores. Ya viene la plaga, cantaban unos, nos gusta bailar, aullaban otros, y todos venían danzando al son que les tocaban. Bueno, es que esos siempre habían existido, ¿no es verdad? Unos parecían ser víctimas de la sabrosita, como si de un rascabucheo picoso se tratase, y se estremecían, brincando con furia, cualquiera pensaría era por la piquiña, pero daban que pensar, en realidad algunos lucían movimientos espásticos, desesperados, exagerados. Movimientos extrapiramidales por carencias vitamínicas sostenidas, con el consiguiente mal coréico por hipovitaminosis, una especie de pelagra momificante... Ese había sido el dictamen del científico y lo fusilaron, pero mejor ni te cuento. Se diría que era una propia turba de suplicantes quienes llegaban. Venían esguañangándose para acercarse al tipo y de repente y tal, lograr su perdón, o poder tocarle la orla de su manto, y es que algunas veces él se ponía una capa roja como si acaso todos no supieran ya que en la intimidad de su palacio, él se las tiraba de Superman. Todavía usaba el camisón verde-oliva para imitar a su Padre Creador, o se ponía su franela roja, o a veces la negra, con esa rica sensación que le producía el sentirse musolínicamente poderoso. La negra era la que le escondía mejor los collares del santoral mayombero, o le disimulaba el refajo con la tacamaca en el ombligo y la doble vuelta de la bandera nacional enguaralada girando tres veces alrededor del maruto.

Muchos estaban religiosamente convencidos de que con la penitencia que representaba haber subsistido durante tantos traslados en los autobuses y la sudadera de los días y meses de padecimientos, cada peregrinación debería servir, suponían ellos, para lograr algún crédito, un subsidio de la municipalidad, unos cobritos desde una alcaldía, la olvidada cesta ticket o, por lo menos apoyo moral en alguna gobernación de Estado, pero todos estaban seguros que al final no habría nada para ninguno y que tan solo el pote sin fondo de la partida secreta, sería la última esperanza. Ya se conocía que aquella era la única fuente de divisas seguras y por eso, todos pensaban que en algún momento, le podrían hacer el gran favor al tipo, o sea, lo que él les pidiera, y complacerlo, y entonces, ¡manque sea, algo nos pichará!, se decían. Luego, resignadamente gemían, vai pues, si no es hoy, pues será mañana... ¡Vana ilusión! Pero ya el Mesías estaba al llegar. Había que verle la cara a esa remollejamentasón de locos, hasta cienmil, bueno eran como unos quinientosmil más o menos, e iban todo el tiempo alabándole sus cualidades de hablador. Porque dejame decirte que a él le encantaba verlos así, arrastrados, entre jalándole y columpiándose, de bus en bus, de casa en casa, de pueblo en pueblo, ¡con una ilusión del carajo!, coreando consignas, ¡arriba la saliva, lancemos los gargajos, solo él nos sacará de abajo!, y hasta rimaba la jaiba, y mientras tanto sonaba el tambor. Dale que dale, los chimbangles meneándose, culoepuyas, kukurbatas, minas y hasta bongós. Pucutucu pumpum. ¿Y los látigos? No te me vayáis a olvidar de los bejucos, con agujetas, corozos, cascajos, con alfileres, hasta con alpitas los arreglaban. Ellos juqui y juaqui, con pepas de guásimo, los más suaves, ¿vos me entendéis?, ¡dándose fleje mano!, y de vez en cuando a cualquiera le daba un patatús por el sol, un soponcio, hasta un tabardillo les podía entrar a esos pobres cristianos. ¿Vos no te fijáis que venían envueltos en olas de calor? Es que el aire era hirviente, como si fuera una bola de tocineta, espeso, se podía cortar con una cuchilla mellada, pero ellos todavía con esperanzas, porque así son los pobres, seguían palante con el entierro, y se flagelaban, y se sacaban los chisguetes, largaban los pedazos, los trozos, estrozaos iban quedando. Si no fuera porque la cañandonga que siempre matizaba todos aquellos momentos, hubiese sido insuperablemente hermoso el espectáculo y en ausencia de los borrachitos, de repente y tal podía caerles un rayo, o venía un ángel y los mandaban a todos para el cielo. Por eso, ellos venían en una sola lamentadera, suplicando y pidiendo perdón, estaban convencidos de que la situación estaba mal, pero querían cobres en la tierra, y a esas alturas del partido, ya los pedían por misericordia, porque, ¡es que era mucha la necesidad mi hermano! Bueno, te diré que daban más funciones que El Variedades, y fuete y fuete. Así, sufriendo esperaban conseguir que el tipo desde allá arriba, desde la mera tarima, a las dos pasadas venía y se condolía y hasta les tiraba algo. Creían ellos. En realidad, se quejaban más que camión de cochinos, ni que decir de aquel perfume, los efluvios de la cañandonga suavizaban el ambiente, afortunadamente, porque usualmente estaba a puro berrenchín, a butacón de tullío, a bragueta de loco, y era lógico, porque, calculá vos, ¿cómo se iban a bañar? Vos te podéis figurar el calorón y aquel olorcito tropical, sin cambiarse los sayones, ¡durante semanas! Escuchando todas las letanías y los sermones, las cátedras de adoctrinamiento estúpido, porque no era más que la repetición del millón de bolserías que vomitaba el mismo loco una y otra vez, multiplicado por los parlantes en una interminable retahíla de falsas promesas. Todo aquel palabrerío insulso con el cual el tipo iba desbarrando, esas cosas que antes denominaban, ¿cómo era que les decían?, las falacias... Era el rey de la mentira, pero vos me entendéis como es la jaiba, de que jefe es jefe y con o sin conchoncho, ya sabéis como es de crédula la gente. Bueno pues, ellos se la mantenían ahí, pegados al corte, en aquel sofoco y entretanto, los adláteres mandaban a repartir la caña pareja.

Claro que de tanto danzar y sacudirse, terminaron por llegar al sitio. A punta de púa y rolo, como unos mismos borregos, fueron arribando a la ciudad de fuego, con el catirito resplandeciente, el cielo azul sin nubes en un día por demás fulgurante... Eso sí, te cuento que abajo de las matas de mango, de nísperos, de cotoprices y de mamones, estaban en situación de espera, ¡casi nada!, los vendedores de cepillado, los chicheros, el de la horchata y el de la vitamina, los buhoneros, tipos raros con cucuruchos en la cabeza, con boinas terciadas, con cachuchitas y pañuelos de colores, algunos lucían cristinas, otros con chisteras y otros sencillamente estaban cocorraspaos. Ya el gentío estaba por llegar y esperaban por ellos el empanadero, el cafecero, los mandoqueros, pero también estaban los distribuidores de la cañandonga y andaba el proveedor, el distribuidor, el vendedor de pitillos, y el de los polvos, iban mezclados entre un montón de poleros, por el calor ya sabéis. Aquello era una especie de ventolera, y todos parecían llegar desde el mismísimo cipote viejo, porque ¿de dónde más podían salir tantos autobusetes y camioneticas y volteos rellenos de locos. Dementes tenían que estar los buenos ciudadanos, casi caquécticos pero esperanzados, con el hambre hereje, y con su tripones lombricientos y plenos de mocos, de pelos ralos y desleídos por el sol, eso sí, pero firmes en la espera, con o sin yodo, pudiera ser que alguito, algodón, ya sabéis, sin ton ni son, les llegara...

Hubo de darse el momento de las explicaciones. Venían en el discurso, y desde la tarima. Como un rugido sordo se escuchaba, eran los gritos confundidos con el gruñido del hambre en las tripas, pero estaban comenzando a aceptar la vaina, por el cansancio, vos sabéis... Estaban comenzando a considerar que aquel sistema era nada más y nada menos que el popularmente denominado muchos años atrás, el del “gendarme necesario” y ¡raspinflay maifren! Eso fue lo que le propusieron al popule meus, nada más al comenzar el nuevo año le dijeron, este será “el de la remollejamentasón”, siempre era así, en períodos gloriosos dividían las jaibas, porque las regiones ya habían desaparecido y la logística era unidireccional. Ellos no entendían muy bien el lenguaje. Estaban confundidos por la hambruna que era enloquecedora, pero todos sabían que el país estaba desde hacía mucho tiempo desfederado y en total bancarrota. Eso era un hecho cumplido, ya hasta las cárceles se habían lavado y algunos en el fondo comenzaban a recordar con nostalgia a los bisabuelos, y a soñar con que habían superado etapas más fuertes, todo aquello de “plan y pal cuartel” y “a nivelar el tonel” y poder hablar hasta de la “manteca vegetal Los Tres Cochinitos”. ¿Vos te acordáis? Pero estaban en un nuevo año, y cualquier cosa valdría la pena, con tal de no perecer con las tripas pagadas al espinazo. Entretanto desde arriba, seguían lloviendo las promesas, y por abajo las mujeres flacas y esmirriadas le hacían carantoñas a los barrigones mamarros de las cachuchas, ¿por qué?, ¿qué otra cosa podían hacer? En realidad, desde la tarima, el tipo les ofrecía la felicidad a manos llenas, y hasta lloraba emocionado el muy sinvergüenza, dizque amando a sus hermanos fenecientes en medio de aquella pobreza franciscana, pero eso sí, como siempre, todo era puritas promesas y más promesas. Todos sabían que tanto blablabla era para tenerlos confundidos pero tranquilos, y menos mal que no necesitarían preocuparse en medio de aquel mollejero porque al final repartían la caña y ¡por lo menos, había música!, porque siempre ellos organizaban una fiesta. Llegaron así a la tarima los timbaleros, los tamboreros y charrasqueros, los furreros, con la tambora y con un cuatro, y ¿cómo es?, con el güiro, vos sabéis. Unos vinieron guapachosos, con una rochelita, merecumbiando y al ratico aparecieron los vallenatos con sus porros, acordoniando, siempre con la cumbiamba, con un verdadero samplegorio montado, como que si todo lo que estaba aconteciendo fuese una sola mamaderitaegallo.

Había una terrible amnesia colectiva y era comprensible, por el hambre, efecto directo de la dieta hipoprotéica... Había que andar en una de antiparabolismo porque si no, era que te enfermabas, ¡seguro que sí! Nadie les pedía la opinión a los que quedaban todavía, pero muchos sabían que el diagnóstico, lo habían hecho los expertos, los investigadores, los que examinaban el humor colérico y el flemático y el sanguíneo y el melancólico, ellos venidos de la gran isla, solo decían "parchos", ponémele parchos porque ya llegamos al serote. Parchos sí, y no vulcanizados, parchos porosos, en la barriga, en las costillas, de caraña en el ombligo, con antiflogistina caliente, o de tacamahaca, pero parchos. Algunos con más interés en la madre natura, olían las brisas para interpretar lo que les llegaba desde las fosforescencias del lago fecal. Sin gaviotas, ya se había vuelto un negro pozo séptico de aceite y lodo despojado de seres vivientes, pero ¡que caracha!, ya no había remedio alguno. No ve usted que habían dejado pasar demasiado tiempo y todos sabían que al final, a todos les caería hasta coquito. El humo color zapote venido del Tablazo envolvía la ciudad y los pescados que se aventuraban desde el lejano mar, traían más mercurio que termómetros de hospital. Lo que llegaba por aire y agua a las márgenes de la ciudad de fuego era enea con rrinquincalla. Los galenos que sobrevivieron, hubiesen recetado sanguijuelas o sangrías, puesto que desde hacía tiempo se había puesto de moda el desaguadero, pero, ¡pobre Hipócrates!, se fueron por la línea de los purgantes, un delicioso, tamarindo sin pepas, aceite de ricino, un kiloesulfato, y si la gusanera era muy vermichélica les daban entonces leche de Higuerón. ¿Cómo te digo? Era que así andaba la gente, regresando a las hierbas aromáticas porque ya ni con las lavativas se mejoraban. Telas de araña tenían obstruyéndoles el tracto gastrointestinal, y si les examinabas el trasero, ellas formaban como motas, por el desuso. Los viejos galenos en lo que veían un hinchón, decían de inmediato: ¡sangría y cauterio! Puro emplasto caliente, sinapismos, azufre, vinagre, miel de abejas, cuernoeciervo, polvo de unicornio, al del cachito torneado me refiero... Pero igualmente había quien, con más sentido común, usaban polvos de antimonio, del que espanta al diablito, pero a pesar de las buenas intenciones, era por demás evidente que no lo habían logrado ahuyentar.

Por supuesto que no todo era amargura. Ellos siempre andaban repartiendo los otros polvitos, los blancos, para lavar y para aspirar, esos penetraban a raudales desde que la frontera se había solidificado en un magma verde por las plantaciones de coca y las grandes factorías con altas chimeneas que preparaban las diferentes prescripciones de la heroína purificada. Además todos andaban uniformados de verde y así se mimetizaban con la madre naturaleza. Al hacer compras, con un mercado de ñame y ocumo, podías recibir tu panela de mariajuna y en cualquier esquina, fluían las drogas al gusto del consumidor. Hasta la vulgar morfina, y el opio extraído de las bellotas de las amapolas, podías obtenerlas sin récipe médico. La medicina simplificada se había impuesto y la familiar, era como el refresco aquel de la botella grande, estaba pasada de moda, totalmente fuera del perol porque las botellitas contenían todas un líquido rojizo y dulzón y además ninguna llevaba etiqueta. Así andábamos cuando el Mesías todavía lampiño, una de sus mayores frustraciones siempre fue no poder dejarse una chiva, él decidió hacer una nueva concentración, una de esas obligatorias, pero eso sí, multitudinaria. La intención sería tan solo, para conversar durante unas seis horas sobre la necesidad de apretarse el cinturón, porque se avecinaban días difíciles para el futuro de la nación... Afortunadamente, sin calármelo, desperté en ese preciso instante.

NOTA: El diccionario dice que “Samplegorio” es una expresión popular que significa alboroto o desorden con el ingrediente de riña en algunas partes como en la subregión Perijá. Su uso actual es muy poco en la ciudad capital –Maracaibo- pero común en otras. Este samplegorio que creo ya alguno debe haber conocido previamente. Esta textualmente copiado de mi novela La Peste Loca(1997).




Maracaibo, jueves 18 de mayo, del año 2023

miércoles, 17 de mayo de 2023

Las coplas de Jorge Manrique


Tuve la suerte de tener un profesor de literatura en bachillerato (3er año) que logró acentuar mi amor por los libros y mi interés por la lectura de las obras de los grandes escritores: Mariano Parra León fue un sacerdote de gran importancia para los zulianos...


"Si hay en el Siglo XV un nombre y una composición que haya resistido todos los cambios y perdurado para todos los gustos, es sin duda alguna “Las coplas de Jorge Manrique”. Tomada en conjunto, la obra lírica y didáctica de Jorge Manrique, es la del primer poeta de su siglo, exceptuando a Santillana. Podríamos decir, sin embargo, que, si no fuese por su obra maestra, “Las Coplas”, que en un momento supremo de inspiración en el que esta le venció a él y él venció a todos, yacería olvidado entre el vulgo de los muchos trovadores provenzales.

La principal característica de su obra, es la originalidad. En ella, todo lo que dice son conceptos y decires ya conocidos antes de él. De aquí proviene precisamente el prestigio de su fama. Durante la Edad Media, el tema de toda meditación era la muerte. Era repetida en prosa y en verso, en latín y en lenguaje vulgar, resonaba en los pulpitos y tomaba forma dramática en las danzas de la muerte asediando la imaginación de todos. Se comparaba la vida humana con el sueño, el sol, la sombra, con la flor que pronto se marchita, con los ríos que van a la mar…

Ya para el siglo XV la idea de la muerte era tan común que llegó a vulgarizarse. Es entonces cuando aparece Manrique quien sacando las ideas de su abstracción las renueva y les da un acento de ternura y melancolía, poniendo junto a los temas de lo pasajero y terrenal tan corrientes en la Edad Media al exponer un mejor concepto sobre la existencia humana y terrenal, que lleno de novedad y grandeza supone nada menos que un nuevo sentido de la muerte.

Manrique escribió esta elegía, inspirado en la honda emoción que le causo el recuerdo de la inestabilidad de las cosas de este mundo, ante el cadáver de su padre. Las coplas suman cuarenta estrofas y en las veinticuatro primeras, habla de lo efímero de la vida y de la vanidad de las cosas de este mundo.

Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte, contemplando

Como se pasa la vida/ como se viene la muerte, tan callando.

Cuan presto se va el placer/ como después de acordado, da dolor

Como a nuestro parecer/ cualquier tiempo pasado, fue mejor

Y pues vemos lo presente/ como en un tiempo se es ido, y acabado

Si juzgamos sabiamente/ daremos lo no venido, por pasado

Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar, que es el morir

Allá van los poderíos / derechos a su acabar y consumir.

Estos son los primeros versos de “Las Coplas” y como se puede ver, la estrofa es de pie quebrado, compuesta de dos octosílabos seguidos de un tetrasílabo y formando una estrofa de doce versos. Todo el poema exhala un aire consolador y reconfortante que se extiende en las conmovedoras escenas. En las dieciséis ultimas coplas, Manrique evoca la figura de su padre, don Rodrigo y se lamenta de su muerte con varonil entereza. Para él, la vida nuestra en la tierra es solo un camino para la muerte que iguala a todos y llama a todos a su hora. Por ella entramos a la otra vida, pero mientras vivimos esta vida, labramos con nuestras obras una tercera vida: la vida sobrenatural.

La vida terrenal, la de la fama, es según Manrique el fundamento de la vida humana y por el cual debemos conseguir la salvación…

Estos reyes poderosos/ que vemos por escrituras, ya pasadas

Son casos tristes llorosos/ fueron sus buenas venturas, trastornadas

Así que no hay cosa fuerte/ que a papas y emperadores y perlados

Así los trata la muerte/ como a pobres pastores de ganado.

Jorge Manrique nos enseña como las cosas de este mundo, son pasajeras y lo podemos ver en estas otras estrofas:

¿Que se hizo en rey don Juan? / ¿Los infantes de Aragón?, ¿Que se hicieron?

¿Qué fue de tanto galán? / ¿Qué fue de tanta invención?...

Hasta aquí llegaba mi trabajo del tercer año de bachillerato en un cuaderno escolar “Tesis” cuando nuestro inolvidable profesor de Literatura en el Gonzaga era el padre Mariano Parra León, quien, para aquellos años, era el párroco del templo de Santa Bárbara en Maracaibo y le dio una puntuación de aa/a lo que uno jactancioso (“jochao”) llamaba “20 puntos”. Lo cierto es que he copiado textualmente (mi letra era y sigue siendo pésima -la clásica “letra de médico” a pesar del “método Palmer de caligrafía comercial”) - pero descifré el manuscrito para plasmarlo en este mi blog lapesteloca.



Jorge Manrique (1440-1479) era miembro de una familia de la nobleza más rancia de Castilla (hijo de don Rodrigo Manrique, maestre de la orden de Santiago, y sobrino del poeta Gómez Manrique). Jorge Manrique compaginó su afición por las letras con la carrera de las armas, participando junto a su padre en las luchas que precedieron al ascenso de los Reyes Católicos. Combatió con su padre del lado de Isabel la Católica contra los partidarios de Juana la Beltraneja. Su obra maestra, son “Las coplas” compuestas a raíz del fallecimiento de don Rodrigo (1476) y publicada en 1494 en Sevilla.


Su estilo posee una elegante sobriedad, fruto del empleo de los vocablos más sencillos pertenecientes al habla patrimonial. Las coplas de pie quebrado (por la popularidad de la obra, pasarían a llamarse coplas manriqueñas), donde el tono exhortativo característico del poema refuerza la gravedad de los versos, en una evocación serena del tiempo pasado.


Maracaibo, miércoles 17 de mayo, del año 2023

martes, 16 de mayo de 2023

El olfato en las moscas


En el aire hay disueltas millones de sustancias que dan origen a los olores que percibimos. La naturaleza siempre no ha prodigado con aromas agradables y la mayoría de las flores, la madera o los cítricos, exhalan sus olores característicos pero también hay olores desagradables, como los que desprenden los cuerpos en descomposición o los excrementos.

 

Aunque les suene a aquello de Ripley “aunque usted no lo crea”, la nómina de los animales con mejor olfato la puntean los elefantes, que tiene casi cinco veces más receptores olfativos que el ser humano, que la rata, la vaca, el caballo o los tiburones. En este listado también tenemos que incluir a las moscas y ya les explicaré por qué. En febrero de este año, decíamos en este blog que Mejía Godoy decía que eran “los perjúmenes” los que nos sulibeyan (https://bit.ly/3HBx4cl), pero lo cierto es que antes nos bastaba el aroma para saber que un café era “Imperial” o “Fama de América”; ahora ya expropiadas las cafetaleras, nos queda tan solo su aromático y grato recuerdo.

 

El descubrimiento de los receptores olfativos se produjo hace casi 20 años, en 1991. Sin embargo, desde entonces se ha avanzado poco en la identificación de los genes involucrados en estos procesos. Los receptores olfativos (OR) están distribuidos por toda la cavidad nasal, principalmente en las células olfativas. Cada neurona expresa sólo un tipo de receptor y, por tanto, toda la población de neuronas responde a un determinado odorante. En los mamíferos, estos receptores se expresan exclusivamente en el epitelio olfativo, donde se unen a odorantes específicos y desencadenan la liberación de neurotransmisores como la acetilcolina y la dopamina, que median la percepción del olor.


El olfato de las moscas está muy desarrollado, y les permite detectar compuestos volátiles a grandes distancias sin gastar tiempo ni energía hasta la fuente odorífera. No es la nariz prodigiosa lo que usan las moscas ya que sus receptores de aromas se encuentran localizados en las antenas, en donde hay unas neuronas que son receptoras olfatorias capaces de captar las moléculas que forman los olores. Estas conexiones explican, entre otras cosas, por qué las moscas se cepillan de forma meticulosa y regular sus antenas, como una forma de evitar que haya sustancias que puedan dificultar la recepción olfativa.

 

Hoy día sabemos que las moscas son capaces de diferenciar centenares de compuestos orgánicos volátiles a concentraciones muy bajas pudiendo, además, diferenciar olores químicamente muy similares. Una vez que han sido identificados las neuronas receptoras de las moscas generan una señal eléctrica específica que es enviada, a lo largo de un axón neuronal, hasta el centro olfativo primario del cerebro de la mosca (el lóbulo antenal). En este lóbulo hay dos clases de neuronas, unas que son, primariamente excitatorias y otras que son inhibidoras. Desde allí la información se envía hasta la zona cerebral que se encarga de regular el aprendizaje de las respuestas a los olores y a las regiones responsables de dar respuestas innatas a los olores.


En los excrementos hay cuatro sustancias responsables del mal olor: indol, cadaverina, putrescina y escatol, los cuales se producen a partir de la fermentación pútrida. El indol se origina a partir de la degradación metabólica del triptófano, un proceso que es llevado a cabo por algunas bacterias (Bacterium linens y Clostridium sporogens) que poseen enzimas capaces de hidrolizar y desaminar el triptófano (triptofanasas). La cadaverina es un líquido incoloro que en contacto con el aire húmedo despide vapor y un olor fétido. Es un metabolito que se origina a partir de la descomposición de otro aminoácido, la lisina. Por último, el escatol se produce a partir de la disgregación de la hemoglobina, la proteína que se encarga de transportar el oxígeno en la sangre. Químicamente el escatol es similar al indol y contribuye al olor inconfundible de los gases intestinales.

 

Pues bien, las moscas sienten una atracción incontrolable hacia el escatol, ya que les ayuda, como si de un GPS se tratase, a localizar los excrementos, el lugar en el que depositarán sus huevos. En general las moscas no suelen construir nidos, es decir, no edifican estructuras para reproducirse, sino que ponen sus huevos en lugares estratégicos, que puedan ser utilizados por sus larvas como alimento.

 

En los mamíferos, estos receptores se expresan exclusivamente en el epitelio olfativo, y es en la nariz donde se unen a odorantes específicos y desencadenan la liberación de neurotransmisores como la acetilcolina y la dopamina, que median la percepción del olor. Además de estar implicados en la detección de los olores, los ORs desempeñan un papel en la regulación de la actividad de las neuronas sensoriales. 

 

Los ORs son una familia de receptores acoplados a proteínas G que detectan los odorantes e inician la cascada de transducción de señales en el cerebro. Los OR se expresan en los cilios de las neuronas sensoriales olfativas situadas en la cavidad nasal y se unen a la membrana que se encuentran en la superficie de las neuronas sensoriales olfativas (OSN). Las OSN son neuronas especializadas que se encuentran en la mucosa olfativa, que recubre el tracto respiratorio superior. Cada receptor está codificado por un gen, que produce un único receptor funcional (una proteína) compuesta por 7 dominios transmembrana.

 

Los receptores se dividen en dos grupos basados en la homología de la secuencia: Clase I: tienen siete dominios transmembrana y son los responsables de detectar los olores volátiles, y Clase II: contienen ocho o más dominios transmembrana. Se cree que estos receptores están implicados en la detección de odorantes no volátiles. Cada ser humano contiene aproximadamente 100 millones de neuronas sensoriales olfativas que se localizan en dos regiones distintas: el epitelio olfativo principal y el órgano vomeronasal. La región del epitelio olfativo principal consta de tres capas: la capa basal, la capa sustentacular y la capa apical. La capa basal contiene células madre que dan lugar a nuevos OSN durante la edad adulta.

 

Cuando un odorante entra en la cavidad nasal, interactúa con los OR, desencadenando una reacción en cadena que conduce a la activación de moléculas de segundo mensajero en el interior de la Neurona Sensorial Olfativa (OSN), también llamada Neurona Receptora Olfativa (ORN). Esto desencadena la apertura de los canales iónicos, permitiendo que los iones de sodio entren en la célula. Como resultado, el potencial eléctrico de la OSN aumenta, haciendo que las fibras nerviosas disparen potenciales de acción.

 

Se estima que hay entre 1.000 y 2.500 genes ORs en los seres humanos que nos hace capaces de distinguir hasta 1 billón de olores distintos. Estos genes codifican proteínas que actúan como interruptores moleculares que transmiten mensajes químicos a través de las membranas celulares. La diversidad genética reside en nuestro ADN, es decir, en la información que se encuentra codificada en nuestra secuencia del genoma. Cuando hablamos de receptores olfativos, existen variantes genómicas que influyen en dicha diversidad. 

 

Entre las variantes genómicas existentes encontramos el gen OR51B5 (Gen receptor olfativo 51 B5). Es en este gen que se encuentra asociado con la sensibilidad al olor de la canela. El gen OR10A2 (Gen receptor olfativo 10 A2): en este gen existe una variante genética que estudios científicos consideran responsable de la aversión que ciertas personas sienten por el cilantro. El gen OR6C70 (Gen del receptor olfativo 6 C70): entre las distintas regiones genómicas de este gen se encuentra una variante asociada a la intensidad con la que percibimos el olor del regaliz. Los daños en los receptores olfativos pueden producirse debido a diversos factores como son la exposición a toxinas ambientales, las mutaciones genéticas y el envejecimiento.

 

Las toxinas ambientales que pueden dañar la función de los receptores olfativos incluyen metales pesados como el mercurio, el plomo, el arsénico y el cadmio; disolventes orgánicos como el benceno, el tricloroetileno y el xileno; pesticidas como el DDT, la dieldrina y el endosulfán; herbicidas como la atrazina y el glifosato; productos químicos industriales como el formaldehído, el etilbenceno, el estireno y el tolueno; y contaminantes atmosféricos como el ozono y el dióxido de nitrógeno.

 

Las mutaciones genéticas que pueden dañar los receptores olfativos están las asociadas a la fibrosis quística, a la insensibilidad congénita al dolor con anhidrosis y el síndrome de Kallmann. Finalmente, se sabe que el envejecimiento afecta a la función de los receptores olfativos. De hecho, hay pruebas que sugieren que el número de receptores olfativos disminuye con la edad.

 

Maracaibo, martes 16 de mayo del año 2023

 

lunes, 15 de mayo de 2023

Onírico (2)


La caída es lenta. Por debajo del auto ves pasar las casas del pueblo, cual, si fueses volando, y logras ver a la gente, el impulso es tan grande que como ya sabes, irán directamente al mar. Todo es muy lógico, como una consecuencia, pero no acaban de llegar al agua, se acercan, ya va a ser, y te aferras con todas tus fuerzas al asiento, te adhieres a la puerta, puedes todavía acurrucarte, en espera del golpe, cada vez más pequeño, chirriquitico, te vas volviendo, engurruñado esperas y logras pensar en que el golpetazo te aturdirá, pero no llega aún, y de repente estás libre. Sobrevuelas la plaza del mercado del pueblo, estás flotando y desciendes entre las gentes quienes no parecieran verte. Todo es extraño, no te ven, pero tú si puedes palparlas, las tocas, les hablas, las empujas, no te perciben, les revuelve el pelo, es el viento se dicen, algunos se ríen. No puede ser, te lo dices a ti mismo, es como un sueño. Estás bastante más tranquilo. Ahora piensas en quien te quiere, en ella, quien te ha querido. Te elevas suavemente, te vas volando, sabes que vas hacia ella, vas planeando, inicias un periplo aéreo y estás contento porque vas hacia donde ella debe estar, esperándote...

Todo esto es muy extraño. Creo comenzar a entenderlo. ¡Volando! Me parece cómico ser Superman después de viejo. ¡Shazam! Como un mismísimo Capitán Maravilla. Esto es ridículo, lo dices para ti... Entonces recuerdas la carrera loca en el automóvil, las casa grises y blancas, el cielo azul, las curvas en la carretera mojada y luego, la caída... La caída lenta. Me confunde ese tiempo, corre a otra velocidad, no es de ocho a superocho, ni de dieciséis a treinta y cinco milímetros, es simple y en una vulgar cámara lenta, slow motion. Tiene que existir una explicación para el fenómeno... Cuando lo piensas, tú regresas al recuerdo de algunas historias escuchadas sobre “vida después de la muerte”. El cono luminoso para subir al empíreo, admirado en un cuadro de Hyerónimus Bosch... Volar. Libre, como un pájaro, estabas en el aire y no quieres terminar de convencerte.

Son ficciones, me digo insistiendo. Me miro las manos, son reales, debo aceptarlo. Me sorprende el verme vestido todo de blanco. No lo había notado. Estoy envuelto en una especie de túnica, como un sari… ¿Hindú? Parezco un senador romano, César, y los idus de marzo, y te da risa. ¿Qué es esto de andar embatolado? ¡Como Ghandi! No me hace mucha gracia, ya él se murió, pero no es eso lo que me preocupa. Siento que voy descendiendo, miro de nuevo mis manos, notos mis dedos, son morenos, mis uñas son diferentes. No puedo estar dándole valor a estos detalles, superfluos... Me estoy viendo a mí mismo, atisbando mi propia apariencia, y he cambiado, creo que sí, pero no estoy ante un espejo, pero soy yo, de eso estoy bien seguro... Soy real, soy yo, no tú, ni él. Me aferraba a cualquier cosa para analizar las variables, pero me desconciertan, to be or not to be, y en el ínterin, me está invadiendo una preocupación que considero está justificada. ¿Miedo tal vez? Una especie de temor larvado, silente, me acongoja, me embarga...

Estoy llegando al sitio. No se cómo he flotado hasta el patio interior de esta casa. Ahora es de noche y hay frío, todo es lúgubre, las paredes mohosas, hay antiguas estatuas de piedra y de mármol, la hiedra que asciende reptante y sinuosa, se funde con la maleza en el suelo ocultando lápidas pringosas. Hay grandes árboles y me aturde el silencio. Desciendo, voy caminando y percibo el frío de las losas en mis pies. Heladas, rectangulares, mármol blanco jaspeado de gris, manchado por la humedad del tiempo, con inscripciones que no deseo leer, lapidas que van aflorando entre la maleza. En el fondo diviso una pared de piedra bordeada de sauces y cipreses. Siento ganas desesperadas de llorar, de gritar, de llamarte... El silencio es total. Una de las lápidas parece estar fuera de su sitio. ¿La he tropezado? Me detengo, creo que comienzo a entender mejor lo que está ocurriendo. La losa movida deja ver un gran hueco en la tierra húmeda y negra. Lo sé. Estoy ante mi tumba. Todo parece llevarme a una irrefutable conclusión. Estoy muerto. He regresado y es un contrasentido. Así como estoy aquí, afuera, de pie ante la tierra removida también sé que estoy allí, adentro. Las malezas se agitan a uno y otro lado como barridas por un viento gélido. Las losas se desplazan entre la grava y la tierra se remueve sola, se entreabre el negro suelo y escapan chorros de un vapor extraño, sulfuroso, observo una argamasa de cartones mojados, de capas superpuestas de detritus y tejidos en descomposición que se agitan y se van deshojando ante mí. Algo crece, late, comienza a emerger de aquella masa informe con apariencia humana, como si le costara un gran esfuerzo.

Se desgarran liencillos, se abren múltiples gasas, se rasga la mortaja y húmedo, oscuro y maloliente, entre un deshilachado envoltorio, cual, si rompiese una crisálida, mi cadáver emerge. Sé que estoy obligado a aceptarlo, soy yo, y me miro con detenimiento, joven aún, al muerto le han hecho una autopsia pues está suturada la piel con la forma de una “y” griega que va desde los brazos hasta el pubis, es evidente que lo han hecho muy rápido, lo noto por el trazo desviado de las costuras en el pecho, el tórax entreabierto deja ver en el fondo que nada late adentro. El cabello se nota húmedo, quizás es demasiado negro, los ojos entreabiertos son la noche misma y el soplo permanente del helado cierzo coagula estrías color vino que emergen de la boca y se riegan por el rostro creando un bermejo arabesco en las mejillas. A pesar del profundo desasosiego que me embarga, siento que están las cosas llegando a un punto muerto, esclarecido y sin retorno, y ahora para mi todo parece ser muy cuerdo. Me estoy viendo yo mismo desde fuera, pero ya sé que ahora sería absurdo tener miedo.

Me han hecho saltar, he dado un respingo, me han tomado por los brazos y me hablan quedamente, no debo hacerlo, no puedo oponerme ante los hechos. No sé quienes me atrapan, me tienen maniatado para tratar de convencerme de que desista ya. Eso está mal, no puedo levantarme, está prohibido, es un absurdo, ya no hay más remedio, tengo que aceptarlo. Me rebelo No quiero. ¡No! Llanto, lágrimas que no emergen, no hay palabras, y grito, aúllo, vocifero en silencio. Quienes me retienen son otros entes similares, cubiertos de mortajas, con grandes costras cochambrosas, uno de ellos burbujea de una manera extraña, masas viscosas que me susurran en los oídos. Me piden que me tranquilice. Quiero llamarte, grito sin resultado alguno. Me desespera ver que mi amada no está para escucharme, o para ayudarme, siento que se levantan más figuras, estoy perdido y… ¡Quiero que me oigas! Ellos sonríen, tratan de calmarme, pegajosos, apacibles, untuosos y desmigajándose, mis descarnados compañeros. ¡Qué horror!

No quiero resignarme, yo te amo. ¿Cómo resignarme a perderte para siempre? Ellos se integran en una sola cosa nebulosa y sé que formaré parte de ellos y de la tierra misma, yo estoy fuera de cierta manera, pero no quiero, no acepto esta locura que me ocurre. Al final del desconsuelo y la tristeza paso a la resignación. Sin duda tengo que aceptarlo, con este aspecto… ¿Cómo regresar? Todo se vuelve muy oscuro y no ceso de pensar en ti, amor, en ti, cariño, aquí, embargado por esta horrible soledad, en ti que ya no estás conmigo, en ti a quien no he de ver más nunca, solo este fría profunda y silenciosa soledad, tal vez, ¿Cuando? Aquí arriba, ¿Volverás flotando? Quizás, y nuevamente regresaremos para siempre, a juntarnos...

Fin de Onirico 1 y 2

NOTA: El texto dividido en dos partes, es copia textual de la novela La Entropía Tropical -Maracaibo Ediluz, (2003). Maracaibo, lunes 15 de mayo del año 2023


domingo, 14 de mayo de 2023

Onírico (1)

 


El paseo en auto se ha interrumpido. La tropa marcha bajo el sol. El cielo es azul y a lo lejos revolotean unos pajarracos. Se han detenido ante un contingente de hombres armados. Un oficial se acerca. Tú le escuchas llamarte por tu nombre y apellido. Piensas entonces… ¿Cómo demonios sabrá mi nombre? Pero tienes que descender del auto y los obligan a entrar en formación detrás de la tropa. Es todo un exabrupto y tú lo aceptas ya que, si no hay más remedio, deberán proseguir a pie... Te miras la correa y con orgullo al contar los huequitos, piensas que has perdido peso, sonríes mientras te colocas en la fila, absurdamente, uno detrás del otro, fila india, y marchas, caminas, tropiezas bajo el sol inclemente y estás con pasmosa seguridad, esperando acercarte paso a paso, hasta el campamento militar. Tibia y seca, la brisa acaricia tu rostro mientras ves como los soldados organizan sus bártulos y van armando las tiendas de campaña. Escuchas... A discreción, atención, fiurrrrrmmm... Sabes cuan imperativo es el almorzar antes de proseguir la marcha. Observas las rústicas mesas de madera, ni las habías notado a pesar de ser interminablemente largas, están ubicadas debajo de los árboles, con asientos de listones de madera infinitamente largos... El viento agita la verde arboleda que sombrea el improvisado comedor. Es una orden. ¡A comer!, así lo entiendes, y si no queda más remedio, pues habrá que alimentarse... El cocinero es un gordo y va sirviendo arroz, pollo, plátanos maduros y un humeante plato de espesa sopa. El delantal que luce, fue blanco, ahora está sucio de grasa, tú lo miras y detallas minuciosamente los mapas de la grasa sobre su abdomen globuloso.

 

Sin saber por qué te has levantado y caminas hacia una choza cercana, abres la puerta, y penetras en la densa oscuridad, tú notas como casi tocas el techo con la cabeza. Una anciana encadenada te mira silenciosa desde un ángulo del recinto sombrío y maloliente. Esa escena, la has visto antes, estás casi seguro, hace tiempo… Fue quizás en la revista Life, en una fotografía en blanco y negro, un reportaje, sí, seguramente… ¿Te impresionó, cuando eras niño? Pero esta es una situación nueva, se está produciendo en este momento y la anciana está ante ti, encadenada, prisionera… ¿Es esta una reservación del ejército? Un campo de prisioneros, tal vez, o tan solo es un recodo perdido en la maraña de tus neuronas, esto lo piensas, pero no logras ensamblar tus ideas... Al recapacitar por un momento, concluyes que no estás en los Humocaros, ni en la Sierra de San Luis, el sitio es, hacia el Oriente, no sabes por qué, pero tú lo has visitado antes, es un campamento para entrenar personal en la lucha antiguerrillera… ¿Acaso T4 Cocuyar? No lo precisas y eso te hace sentir mal, aunque estás seguro de que todo ocurre en predios del ejército, por eso hay tantos muchachos, son jóvenes, visten de caqui, vienen llegando en camiones, repletos, parecen estudiantes, todo lo detectas a través de una hendija en la pared, no hay ventanas, la vieja parece sonreírte en la penumbra, está escribiendo algo en la arena del suelo, pero tú sabes que tienes que salir… Ya, al estar en el sol los verás haciendo calistenia, todos a pleno sol hacen ejercicios, disparatadamente. ¿Qué será de la vieja, y que habrá querido decirme? Te preguntas estas cosas, y escuchas, reciben una orden, como hormigas otra vez se reúnen todos, ya lo sabes, en formación, a marchar, un dos, un dos, una mano te toma por el brazo, y te colocan frente a un Jeep. Tú, saltas, te sientas, y arrancan brincando como locos y en medio de una polvareda gris, se lanzan en una carrera desenfrenada envueltos en una nube densa de tierra y tú te aferras a un tubo para no salir despedido, y saltas y brincas bajo el sol mirando como salen disparadas las piedras, la grava, tú le dices granzón y entonces piensas que seguramente todas esas piedras deben venir desde las canteras de la isla de Toas...

 

La marcha por el camino lleno de peñascos, hace saltar constantemente al jeep. Dando brincos, llegaste hasta el borde, ¿a la periferia de tu mente?, ves un suburbio del pueblo, divisas las primeras casas y las otras, blancas y grises se pierden en una bruma caliza. Es un pueblo a orillas del mar. ¿Cuál ciudad? Casas blancas con techos muy negros, alternan con casas grises, las calles parecen tortuosas y las viviendas se apiñan encaramándose unas sobre las otras. El cielo es azul y el mar brilla con destellos intermitentes. Súbitamente frenazo y polvareda. Un oficial nos detiene. Te preguntas si será capaz de identificarte... Te miran. Has descendido del vehículo oficial. Ellos hablan. Ves como discuten y entiendes que se refieren a tu situación. Alguien se ha ofrecido para llevarte, parece ser una persona con mucho dinero porque tiene un gran auto, pero tú no le ves bien la cara, es joven y está bien vestido, de paltó y corbata, tú no le ves la cara, pero ya sabes cuál era la propuesta, quieren buscar algo que necesitan con urgencia, aunque no comprendes exactamente que puede ser... Ya en el auto, el chofer elegante te comenta sobre la gran cilindrada del motor, máquina nueva, último modelo, eso te dice... Tú no logras identificarlo. ¿Quién es él? Van muy rápido. Percibes con la velocidad como entra seseante el aire por una de las ventanillas laterales, silbando, y se te ocurre que es un Ford y que debe tener problemas de ensamblaje, algo chilla, ese detalle te preocupa, pero el chofer te explica que desaparecerá el chillido cuando alcancen la máxima velocidad. Una vertiginosa carrera se está iniciando a través de las irregulares callejuelas del pueblo. A menudo bordean precipicios a la orilla del mar, las casas grises y blancas de un lado y del otro, el aire y allá en el fondo, muy lejano, el mar. Tienes miedo y se te ha olvidado el asunto de la identidad del conductor, ahora solo piensas en el riesgo que corren a esa velocidad, cada vez mayor.

 

Ha llovido y el pavimento está mojado. Las curvas son muy cerradas. Tú, piensas en el peligro, y dices para ti, hay que tener cuidado, quieres decirle al conductor que debería tener más cuidado ! Las palabras no salen de tu garganta, se ahogan y tú comienzas a sentir miedo, estás empezando a asustarte... En realidad, estás aterrorizado. Pánico sientes al ver como se atraviesa en el camino un autobús, y el chofer tiene que maniobrar con destreza para evadirlo, escuchas el frenazo de un automóvil blanco. Piensas que afortunadamente el tipo es buen conductor, pero te preocupas cuando notas que se ha propuesto ir tras el auto blanco, quiere darle alcance y tú miras su pie en el acelerador, a fondo, se acercan, viene una curva muy estrecha, en un segundo logra rebasarlo. Miras el seguro de la puerta, ves hacia el mar, piensas que deberías sacarlo, “por si acaso nos caemos al mar”, te lo dices en tu mente, será más fácil escapar, salirme, viene otra curva más cerrada, piensas que estás en peligro, pero no puedes decir nada, no salen tus palabras. El tipo sigue conduciendo a una velocidad desenfrenada y notas que en realidad no has logrado verle bien su cara, no le conoces, ni sabes quién es él y eso te preocupa. Súbitamente, unos segundos bastan, seguramente se descuidó, lo dices para ti al notar como se salen del camino. Están en el vacío y sientes que van en el aire y como caen, percibes todo como en una película con cámara lenta y logras pensar en la puerta, en el seguro de la puerta, ¡Oh Dios! Ves cómo van cayendo a través de la ventana, el seguro, casi lo alcanzas, y en medio de la caída te sientes más tranquilo, podré salirme cuando estemos bajo el agua, lo dices para ti cuando sabes que has logrado quitado el seguro a la puerta, será más fácil…

Continua y finalizará mañana.

NOTA: El texto dividido en dos partes, es copia textual de la novela La Entropía Tropical  -Maracaibo Ediluz, (2003)-

Maracaibo, domingo 14 de mayo, del año 2023