Este relato se inicia cuando el Director del
Instituto de Patología del hospital Vargas de Caracas, había sido designado
como Ministro de Sanidad en el llamado Primer Gobierno de CAP (Carlos Andrés
Pérez) y el Dr. Javier Arias Stella prominente patólogo peruano ocupaba su
cargo vacante y se lucia brillando en las reuniones con los ginecólogos del
hospital; era cuando los Drs Héctor Vegas Rodríguez, Manuel Emilio Labrador y
Felix Valderrama eran los patólogos adjuntos en el Instituto, encargados de las
biopsias, las reuniones con los Servicios del hospital y de la enseñanza de
autopsias y patología quirúrgica a los médicos, futuros patólogos cursaban la
residencia en anatomía patológica.
El respeto y la veneración hacia la egregia figura
de “el director en comisión de servicio”,
luchando por organizar “el cuero tieso”
que siempre ha representado el Ministerio de Sanidad del país, se percibía como
algo casi místico. En realidad, el Dr Blas Bruni Celli, era un gran
anatomopatólogo, de ganado prestigio, respetado por sus aportes académicos en
diversas ramas de las ciencias… En ese ambiente aparezco yo, venido del Zulia, contratado
para cumplir durante un año sabático universitario, trabajando casi
exclusivamente como neuropatólogo.
Mis primeras experiencias con los tres médicos
patólogos adjuntos del Instituto, me enseñaron que las cosas no eran igual que
en mi tierra natal. Fui captando prontamente ciertas novedades, como advertir
que cuando hablaba y no me entendían era por decír cosas con esa especie de “tomadera de pelo” que caracteriza a la
gente de mi región, y entretanto me enteré de que en Caracas no existían
“lampazos” sino coletos, que no se debía decir “coger” por tomar y que las
cholas no eran unas chancletas. Me parecía impresionante como ir a almorzar en
algún restaurante en La Candelaria con mis colegas patólogos era un acontecer
común y luego aprendería a salir con varios residentes, Valdemar Balza, Justo
Roa y Rojitas, a beber cerveza en las inmediaciones de La Candelaria en el
centro, y más tarde con los estudiantes y con mi personal técnico, y paso a
paso irían quedando para el recuerdo muchas reuniones agradables y felices,
informales, especialmente imborrables momentos en El Pozo Canario.
Se me hace difícil no personalizar esta temporada
de un año, desde julio 1975 a julio del 76, pero debo tratar de referirme en
particular a la situación de la microscopía electrónica(ME) en el Instituto de
Patología del hospital Vargas. Existía un ME Hitachi HS-7S, abandonado en el
sótano del Instituto, y con la esperanza de poder usarlo para proseguir los
trabajos iniciados en mi tierra traté de ponerlo a funcionar. Me traje a un
joven técnico, el hijo de nuestro técnico de ME, JesúsVivas, quien se había trasladado
al Instituto de Investigación Clínica de LUZ y así, Francisco (Quico), me ayudó
a entrenar a dos jóvenes recién graduadas como histotecnólogas en el mismo
Instituto, Saudy Escorihuela y Teresa Cabañas, quienes se habían interesado en
aprender a cortar en el ultramicrotomo y a procesar material para su estudio
ultraestructural. Era poco lo que se podía hacer con el equipo HS-7S por lo que
introduje una solicitud ante el CONICIT para lograr un ME Hitachi H-500 y poder
proseguir los estudios sobre el virus de la encefalitis equina(EEV).
Mis obligaciones como neuropatólogo en el
Instituto, consistían en fijar los cerebros de las autopsias, examinar las
biopsias neuroquirúrgicas y todos los viernes a las 9 de la mañana, hacer en la
sala de autopsias una reunión -para cortar los cerebros ya fijados de las
autopsias- a la cual asistían los patólogos, los neurólogos y los
neurocirujanos del hospital. El mismo día viernes de 10 a 12m hacíamos una
reunión clinicopatológica en el auditórium del Instituto, con la presentación
de un par de casos de Neurocirugía y de Neurología, los cuales se discutían, y
donde los neurólogos del Dr Ponce Ducharne y su Sra, capitaneados por el
incansable Jaime Boet, planteaban sus opiniones logrando que los cirujanos del
Dr. Martinez Coll, discutiesen usualmente acaloradamente, sus diversos puntos
de vista.
Aquellas reuniones marcaron toda una temporada de
febril actividad con gran interés por las actividades neuropatológicas en el
hospital Vargas. Durante cada semana, uno de los residentes de Neurología
permanecía en el espacio que me habían designado en el Instituto, examinando
aspectos de interés sobre neuropatología, en lo que constituyó un experimento
de docencia que me llevó a conocer y a querer como buenos amigos a colegas, que
serían destacados neurólogos como Freddy González Merlo, Douglas Barrios y la
diminuta y hermosa Dra Beatriz González. Estando en Caracas, aproveché para
reactivar mis contactos de Virología en el IVIC con el Dr José Esparza y
reactivamos los planes para hacer investigación sobre EEV, particularmente en
el desarrollo del proyecto para demostrar experimentalmente el daño intrauterino
provocado por este virus.
Casi había transcurrido un año cuando sucedió algo
que resultaba impensable, pero que los patólogos del Instituto
Anatomopatológico (IAP) de la Universidad Central de Venezuela (UCV) ya me lo habían
advertido. El Director del Instituto de Patología tuvo que regresar del MSAS;
el Dr Arias Stella le entregó su cargo y afortunadamente fue acogido por su
amigo el Dr Luís Carbolnell en el IVIC (Javier
era para el momento un exiliado político), y a mí se “me sugirió” que
regresase a mi ciudad, con el argumento de que “es mejor ser cabeza de ratón que
cola de león”.
Debía pues regresar a Maracaibo, cuando casi se
cumplía el tiempo de mi año sabático. Avisado como estaba de que esa situación
podría plantearse, traté de sostenerme argumentando que había recibido la
aprobación del CONICIT para un nuevo ME y que deseaba quedarme y reactivar las
actividades de investigación en ultraestructura. Supe entonces que existían
otros proyectos del Dr BruniCelli que incluían el regreso de un nefrólogo para
hacer inmunofluorescencia en las biopsias renales y me dijo que bien podía yo
utilizar el ME del Instituto del Dr Convit, puesto que un nuevo ME era un
compromiso demasiado complicado para la dirección del Instituto… ¿Cabeza de
ratón?
Vino un fin de semana tormentoso donde los
patólogos en el IAP de la UCV me recordaron lo que ya me habían anunciado, pero
también se mostraron amables y amistosos, de manera que tras conversar con el
Dr Pedro Grases director del IAP, acepté pasar a la UCV si se hablaba en buenos
términos con el director del Instituto del hospital Vargas y podía ingresar al
IAP con el nuevo ME Hitachi H-500 del CONICIT. Estos trámites
se cumplieron en cosa de una semana y pasé a incorporarme como “Profesor
Contratado” en el Instituto Anatomopatológico de la Facultad de Medicina de la
UCV hasta tanto se pudiese “homologar” mi cargo de Profesor Asistente en LUZ.
Esta “tramitación” duró casi tres largos años
durante los cuales, con 5 hijos en colegios privados, y un sueldo básico en la
UCV, pasé a pintar al óleo con espátula por las noches y logré hacer varias
exposiciones de pintura hasta llegar a vender más de un centenar de
cuadros que me permitieron sobrevivir mientras me ocupaba de organizar la
Sección de Microscopía Electrónica del IAP de la UCV, y colorín colorao, esta
historia que no es cuento, se ha terminao.
NOTA: El jueves 24 de enero del
año 2013, este trabajo fue publicado en este blog (lapesteloca) con el título de “La neuropatología en el hospital
Vargas”.
Maracaibo,
lunes 7 de septiembre del año 2026
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