Mascarón de
proa fue el
nombre que se les dio a unas figuras escultóricas talladas en madera y
pintadas, que lucían los barcos antiguos, especialmente entre los siglos XVI y
XIX, y las llevaban en la parte delantera exterior de la proa. Servían como
elementos decorativos, como amuleto protector contra los peligros del mar y
como símbolo de identidad para una tripulación que era mayoritariamente
analfabeta.
Desde los comienzos de
la navegación se podía ver en las proas de los barcos diversos elementos,
normalmente esculturas que eran los mascarones
de proa. Tenían diferentes significados dependiendo de la época y del
lugar. Podían tener un sentido religioso, totémico, propagandístico, decorativo
o de cualquier otro tipo. De manera que, durante muchos años, los adornos,
formas y líneas en la proa de algunas embarcaciones, podían indicar la
nacionalidad y aún más, casi hasta la localidad donde se había construido un
buque. Pero el mascarón de proa nos podía revelar algo más, algo mucho más íntimo
de los moradores de una nave: sus creencias y hasta su religión. A lo
largo de los tiempos los mascarones de
proa fueron sufriendo modificaciones que han sido paralelas a los
desarrollos tecnológicos, hasta que ya en el siglo XIX y principios del siglo
XX, la aparición de la propulsión a vapor y los cascos metálicos de los navíos,
llevaría a que desaparecieran los marcarones, quedando relegados a los museos o
a coleccionistas de proas de grandes veleros.
Estas esculturas que remataban los tajamares adornando las proas de los buques, las cuales fueron durante siglos un símbolo representativo de las embarcaciones, llegaron a destacar por encima incluso del nombre de la embarcación, como si el mascaron fuese un sello distintivo que representaba todas aquellas cosas existentes conectado el barco con en la vida de la mar, con supersticiones, creencias religiosas, miedos, virtudes, sufrimientos y alegrías, grandeza y miseria. Por ello los mascarones de proa estuvieron siempre rodeados de un cierto misterio y de un halo poético, donde cada figura guardaba una historia diferente: temporales, batallas, viajes extraordinarios, infortunios, aventuras e incluso un naufragio como capítulo final de su vida.
El problema
de la conservación de estos figurones de madera, radica en el ambiente en el
que han vivido, la gran cantidad de agua salada a la que se han enfrentado, el
ardor del sol, diferencias de temperaturas, en resumen, las inclemencias
meteorológicas, sumadas a los balances y cabezadas de cada nao, iban
destruyendo la madera que podía representar una
figura humana, un dios, o un ser fantástico, colocado como adorno en lo alto
del tajamar de las embarcaciones, luciendo un aspecto imponente con una cierta
arrogancia que pudiese pretender que ese elemento, quisiera de estar realmente
vivo, con un ferviente deseo de lanzarse de un a salto a la mar.
La postura
arrogante de los mascarones de proa, formada por un cuerpo rígido y una cabeza
erguida, obedecía a la necesidad de adaptar la silueta del figurón a las formas
del buque, y de esta forma mantener la armonía de las líneas. Los mascarones se
tallaban generalmente con maderas de poco peso, intentando que fueran poco
sensibles a la humedad, para evitar la putrefacción. La escasez de este tipo de
maderas contribuyó a la reducción del tamaño de los mascarones, con su
posterior eliminación. Los figurones inicialmente se pintaban y se doraban,
aunque posteriormente también se barnizaron, y como base se utilizaban los
colores azul y verde. Los mascarones, a partir del romanticismo, ya no se
doraban. Se pintaban de blanco o del color marrón claro que fue tan propio de
los palos y vergas, desapareciendo a partir aproximadamente del 1915, año en
que comenzaron a pintarse de gris.
El tajamar de los navíos del siglo XVIII,
curvados hacia dentro, llevaba un mascarón casi vertical. Posteriormente se
fueron curvando en contra, con su concavidad al mar e inclinándose el mascarón
hacia éste, apareciendo el eje principal ya casi paralelo al botalón. A
mediados del siglo XIX, con excepción de las fragatas de hierro de
espolón, cuyas formas de proa se diferenciaron francamente de los mercantes,
comenzó posiblemente el origen de esa fisonomía, la de los buques comerciales y
de guerra. Los
mascarones de proa de los buques más antiguos, representaban los dioses del mar
o de la guerra o figuras de animales puestas en la proa para preservar al buque
y a su tripulación. Era para recordar que la mar representaba para ellos el fin
de todas las cosas, el límite del pequeño mundo conocido, y para adentrarse en
él, debían encomendarse a todos los seres divinos y sagrados.
Los
fenicios considerados los descubridores de la navegación, guardaron celosamente
los secretos de sus navegaciones y de la construcción de sus naves. Se sabe a
través de unas piedras halladas en Sidón, que la proa de aquellas naves, ostentaban
la cabeza de un animal de aspecto ambiguo y largo cuello curvo como el de los
cisnes. Los griegos no crearon grandes obras de ese género. Sólo podemos
reseñar un relieve de la época en el cual se conmemora la construcción de una
nave célebre. Se ve el astillero y a diferentes artesanos trabajando en su
respectivo cometido, entre ellos aparece un carpintero tallando la proa.
Los barcos
recibían el nombre de la zona donde eran construidos, llamaban Semena a la nave
de Samos y Parona a la de Paros. También era común darle el nombre de algún
animal o el de alguna divinidad protectora. La grababan o pintaban en el sitio
más visible del barco, es decir la proa, el signo o señal que habían escogido
para distinguirlas de las otras y para hallar protección. Los egipcios, con su
afán de poseer una tumba fastuosa, en sus tumbas no sólo pintaron con todo
detalle los Baris, embarcaciones de recreo del Nilo cuyo mascarón era un loto y
las naves de guerra con una cabeza de león, sino que con el personaje difunto
enterraban pequeñas naves funerarias, talladas con todo detalle, halladas
intactas miles de años después, han permitido contemplar en la roda de ellas
cabezas de gamo, armoniosas volutas y en algunas, una cabeza de toro. Para los
egipcios, un navío se debía asemejar a un pájaro de vivos colores deslizándose
sobre las aguas.
En la India
y Ceilán, en el momento de la botadura, el barco se consagraba o ponía bajo la
advocación de una diosa (Amman, Ramaswami, Lakschmi) y en la proa siempre
aparecía esta divinidad tallada primorosamente. En China la parte más noble o
sagrada era la popa, por tanto se daba más importancia a la decoración de esta
parte de la nave. En China como en Indochina fueron corrientes las regatas de
remeros, con unas embarcaciones muy angostas, cuya forma y ornamentación
imitaban las figuras de serpientes y dragones. En las cortes imperiales de
Indochina las embarcaciones llevaban tallas de gran calidad artística,
policromadas y doradas. En las costas de Bali se utilizaban pequeñas piraguas
con la talla en la proa de la cabeza del pez elefante Makara y en ocasiones la
cabeza de un cocodrilo.
El máximo exponente de la cultura naval de todos los tiempos puede atribuirse al Bucentauro, la galera o gran falúa de los desposorios de Venecia con la mar, que tuvieron origen en la victoria de cabo Salvore, conseguida por los venecianos en 1117, sobre las fuerzas de Federico Barbarroja. El Bucentauro de entonces debía su nombre al hecho de llevar en la proa un centauro montado sobre un buey, y cuando por el paso de los años amenazaba con irse al fondo fue sustituido por la Nave de Oro, denominación esta por la riqueza de sus elementos decorativos. En 1795 se acabó la bella y tradicional ceremonia veneciana cuando los revolucionarios franceses entregaron la república adriática a Austria. Napoleón, ordenó arrancar todo el oro del Bucentauro y entregárselo al tesorero de Milán..
Pablo Neruda tenía una fascinación profunda por
los mascarones de proa, a los que cariñosamente llamaba "mascaronas". Los rescataba de
anticuarios, puertos australes, ferias de pulgas y naufragios para darles un
nuevo hogar. Estas figuras de madera eran piezas centrales en su vida y en su
famosa Casa Museo de Isla Negra, inspirarían gran parte
de su poesía oceánica. Estos remanentes de los antiguos buques a vela, que surcaron
los océanos del mundo hace 200 años atrajeron el interés de Neruda, quien deslumbrando
su imaginación con estos fragmentos de embarcación, que guardan el misterio de
la totalidad del mar y del viaje oceánico con historias envueltas en misterios,
lo que no hacía más que aumentar sus encantos ante la mirada del poeta.
Estos
mascarones, de proa pasaron de navegar los mares, para terminar en desguazaderos,
naufragios y cementerios de barcos. O escondidos en ferias de las pulgas y
anticuarios, antes de ser descubiertos y reunidos por Neruda en su casa de
Isla Negra encendiendo los sentidos e imaginación del poeta con historias en un
mundo pretérito del que sólo observamos sus huellas. “A una estatua de proa”: Canto General de Pablo Neruda. “En las arenas de Magallanes te recogimos
cansada, navegante, inmóvil bajo la tempestad que tantas veces tu pecho dulce y
doble desafió dividiendo en sus pezones… …” Para mí tú belleza guarda todo el
perfume, todo el ácido errante, toda su noche oscura. Y en tu empinado pecho de
lámpara o diosa, torre turgente, inmóvil amor, vive la vida…
Maracaibo, jueves
24 de septiembre del año 2026
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