jueves, 24 de septiembre de 2026

Mascarones de proa


Mascarón de proa fue el nombre que se les dio a unas figuras escultóricas talladas en madera y pintadas, que lucían los barcos antiguos, especialmente entre los siglos XVI y XIX, y las llevaban en la parte delantera exterior de la proa. Servían como elementos decorativos, como amuleto protector contra los peligros del mar y como símbolo de identidad para una tripulación que era mayoritariamente analfabeta.

Desde los comienzos de la navegación se podía ver en las proas de los barcos diversos elementos, normalmente esculturas que eran los mascarones de proa. Tenían diferentes significados dependiendo de la época y del lugar. Podían tener un sentido religioso, totémico, propagandístico, decorativo o de cualquier otro tipo. De manera que, durante muchos años, los adornos, formas y líneas en la proa de algunas embarcaciones, podían indicar la nacionalidad y aún más, casi hasta la localidad donde se había construido un buque. Pero el mascarón de proa nos podía revelar algo más, algo mucho más íntimo de los moradores de una nave: sus creencias y hasta su religión. A lo largo de los tiempos los mascarones de proa fueron sufriendo modificaciones que han sido paralelas a los desarrollos tecnológicos, hasta que ya en el siglo XIX y principios del siglo XX, la aparición de la propulsión a vapor y los cascos metálicos de los navíos, llevaría a que desaparecieran los marcarones, quedando relegados a los museos o a coleccionistas de proas de grandes veleros.

Estas esculturas que remataban los tajamares adornando las proas de los buques, las cuales fueron durante siglos un símbolo representativo de las embarcaciones, llegaron a destacar por encima incluso del nombre de la embarcación, como si el mascaron fuese un sello distintivo que representaba todas aquellas cosas existentes conectado el barco con en la vida de la mar, con supersticiones, creencias religiosas, miedos, virtudes, sufrimientos y alegrías, grandeza y miseria. Por ello los mascarones de proa estuvieron siempre rodeados de un cierto misterio y de un halo poético, donde cada figura guardaba una historia diferente: temporales, batallas, viajes extraordinarios, infortunios, aventuras e incluso un naufragio como capítulo final de su vida.

El problema de la conservación de estos figurones de madera, radica en el ambiente en el que han vivido, la gran cantidad de agua salada a la que se han enfrentado, el ardor del sol, diferencias de temperaturas, en resumen, las inclemencias meteorológicas, sumadas a los balances y cabezadas de cada nao, iban destruyendo la madera que podía representar una figura humana, un dios, o un ser fantástico, colocado como adorno en lo alto del tajamar de las embarcaciones, luciendo un aspecto imponente con una cierta arrogancia que pudiese pretender que ese elemento, quisiera de estar realmente vivo, con un ferviente deseo de lanzarse de un a salto a la mar.

La postura arrogante de los mascarones de proa, formada por un cuerpo rígido y una cabeza erguida, obedecía a la necesidad de adaptar la silueta del figurón a las formas del buque, y de esta forma mantener la armonía de las líneas. Los mascarones se tallaban generalmente con maderas de poco peso, intentando que fueran poco sensibles a la humedad, para evitar la putrefacción. La escasez de este tipo de maderas contribuyó a la reducción del tamaño de los mascarones, con su posterior eliminación. Los figurones inicialmente se pintaban y se doraban, aunque posteriormente también se barnizaron, y como base se utilizaban los colores azul y verde. Los mascarones, a partir del romanticismo, ya no se doraban. Se pintaban de blanco o del color marrón claro que fue tan propio de los palos y vergas, desapareciendo a partir aproximadamente del 1915, año en que comenzaron a pintarse de gris.

El tajamar de los navíos del siglo XVIII, curvados hacia dentro, llevaba un mascarón casi vertical. Posteriormente se fueron curvando en contra, con su concavidad al mar e inclinándose el mascarón hacia éste, apareciendo el eje principal ya casi paralelo al botalón. A mediados del siglo XIX, con excepción de las fragatas de hierro de espolón, cuyas formas de proa se diferenciaron francamente de los mercantes, comenzó posiblemente el origen de esa fisonomía, la de los buques comerciales y de guerra. Los mascarones de proa de los buques más antiguos, representaban los dioses del mar o de la guerra o figuras de animales puestas en la proa para preservar al buque y a su tripulación. Era para recordar que la mar representaba para ellos el fin de todas las cosas, el límite del pequeño mundo conocido, y para adentrarse en él, debían encomendarse a todos los seres divinos y sagrados.

Los fenicios considerados los descubridores de la navegación, guardaron celosamente los secretos de sus navegaciones y de la construcción de sus naves. Se sabe a través de unas piedras halladas en Sidón, que la proa de aquellas naves, ostentaban la cabeza de un animal de aspecto ambiguo y largo cuello curvo como el de los cisnes. Los griegos no crearon grandes obras de ese género. Sólo podemos reseñar un relieve de la época en el cual se conmemora la construcción de una nave célebre. Se ve el astillero y a diferentes artesanos trabajando en su respectivo cometido, entre ellos aparece un carpintero tallando la proa.

Los barcos recibían el nombre de la zona donde eran construidos, llamaban Semena a la nave de Samos y Parona a la de Paros. También era común darle el nombre de algún animal o el de alguna divinidad protectora. La grababan o pintaban en el sitio más visible del barco, es decir la proa, el signo o señal que habían escogido para distinguirlas de las otras y para hallar protección. Los egipcios, con su afán de poseer una tumba fastuosa, en sus tumbas no sólo pintaron con todo detalle los Baris, embarcaciones de recreo del Nilo cuyo mascarón era un loto y las naves de guerra con una cabeza de león, sino que con el personaje difunto enterraban pequeñas naves funerarias, talladas con todo detalle, halladas intactas miles de años después, han permitido contemplar en la roda de ellas cabezas de gamo, armoniosas volutas y en algunas, una cabeza de toro. Para los egipcios, un navío se debía asemejar a un pájaro de vivos colores deslizándose sobre las aguas.

En la India y Ceilán, en el momento de la botadura, el barco se consagraba o ponía bajo la advocación de una diosa (Amman, Ramaswami, Lakschmi) y en la proa siempre aparecía esta divinidad tallada primorosamente. En China la parte más noble o sagrada era la popa, por tanto se daba más importancia a la decoración de esta parte de la nave. En China como en Indochina fueron corrientes las regatas de remeros, con unas embarcaciones muy angostas, cuya forma y ornamentación imitaban las figuras de serpientes y dragones. En las cortes imperiales de Indochina las embarcaciones llevaban tallas de gran calidad artística, policromadas y doradas. En las costas de Bali se utilizaban pequeñas piraguas con la talla en la proa de la cabeza del pez elefante Makara y en ocasiones la cabeza de un cocodrilo.

El máximo exponente de la cultura naval de todos los tiempos puede atribuirse al Bucentauro, la galera o gran falúa de los desposorios de Venecia con la mar, que tuvieron origen en la victoria de cabo Salvore, conseguida por los venecianos en 1117, sobre las fuerzas de Federico Barbarroja. El Bucentauro de entonces debía su nombre al hecho de llevar en la proa un centauro montado sobre un buey, y cuando por el paso de los años amenazaba con irse al fondo fue sustituido por la Nave de Oro, denominación esta por la riqueza de sus elementos decorativos. En 1795 se acabó la bella y tradicional ceremonia veneciana cuando los revolucionarios franceses entregaron la república adriática a Austria. Napoleón, ordenó arrancar todo el oro del Bucentauro y entregárselo al tesorero de Milán..

Pablo Neruda tenía una fascinación profunda por los mascarones de proa, a los que cariñosamente llamaba "mascaronas". Los rescataba de anticuarios, puertos australes, ferias de pulgas y naufragios para darles un nuevo hogar. Estas figuras de madera eran piezas centrales en su vida y en su famosa Casa Museo de Isla Negra, inspirarían gran parte de su poesía oceánica. Estos remanentes de los antiguos buques a vela, que surcaron los océanos del mundo hace 200 años atrajeron el interés de Neruda, quien deslumbrando su imaginación con estos fragmentos de embarcación, que guardan el misterio de la totalidad del mar y del viaje oceánico con historias envueltas en misterios, lo que no hacía más que aumentar sus encantos ante la mirada del poeta.

Estos mascarones, de proa pasaron de navegar los mares, para terminar en desguazaderos, naufragios y cementerios de barcos. O escondidos en ferias de las pulgas y anticuarios, antes de ser descubiertos y reunidos por Neruda en su casa de Isla Negra encendiendo los sentidos e imaginación del poeta con historias en un mundo pretérito del que sólo observamos sus huellas. “A una estatua de proa”: Canto General de Pablo Neruda. “En las arenas de Magallanes te recogimos cansada, navegante, inmóvil bajo la tempestad que tantas veces tu pecho dulce y doble desafió dividiendo en sus pezones… …” Para mí tú belleza guarda todo el perfume, todo el ácido errante, toda su noche oscura. Y en tu empinado pecho de lámpara o diosa, torre turgente, inmóvil amor, vive la vida…

Maracaibo, jueves 24 de septiembre del año 2026

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