viernes, 8 de enero de 2016

Apuntes de viajero en tierras lejanas. V. Washington DC.





APUNTES  DE  VIAJERO EN TIERRAS LEJANAS. 
  V
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WASHINGTON D. C.

Desde el aire, él va volando sobre Washington Distrito Capital, el Capitolio y el Obelisco parecen manchas blancas y él piensa en Arlington, y busca el cementerio, ¿dónde estará la tumba de Kennedy?, voltea, no lo divisa, pasan las nubes y él piensa... Fue un veintidós de noviembre en Dallas, lo liquidaron, es la fecha de mi cumpleaños, curiosa coincidencia, Santa Cecilia es la patrona de los músicos, así decía mi madre, los cerezos deben estar floreciendo, pero tan solo se ven allá abajo y grises los tejados de las casas, termina el frío de marzo y comienza el mes de los tontos, april showers bring me flowers... La primavera del año sesenta y siete llega a Washington antes de que arribe a las onduladas planicies de Wisconsin. Él quien es un médico residente del Departamento de Patología de la Universidad de Wisconsin, vuela hasta la capital de los EUA, con pasajes y viáticos pagados por los gringos. Por eso tal vez, se pregunta a sí mismo... ¿Estarán tratando de conquistarme para que me quede a trabajar con ellos? Debo tomar con seriedad sus proposiciones, son muy buenas, como para pensarlas. Tan solo un médico-residente y me han enviado para que presente los resultados de mis trabajos experimentales ante una pléyade de expertos, en una audiencia donde estarán los mejores patólogos de Norteamérica, estoy seguro. Ya me lo habían dicho… Desde el aire él reflexiona.  Me han pedido que me quede en Wisconsin y no regrese a mi país, ellos creen que aceptaré, pero yo sé que no lo haré, por muy buena que sea la oferta, no puedo, no quiero, siento que me debo a mi gente...

Es la reunión de los patólogos de Norteamérica, y le han dado la alternativa, él la aceptó y decidió presentar ante una gran audiencia su trabajo de investigación. Él es maracaibero, de Venezuela, y por extrañas circunstancias del destino, le ha tocado conocer la capital del país de los gringos llegando por el aire y enviado por la Universidad de Wisconsin. Él lo piensa y se dice a sí mismo que es una gran suerte y a la vez es muy curiosa su situación, paradójica por demás... En definitiva, él quien se siente hijo de la tierra más amada por el sol, cree que ha sido una especie de curso de pingüinología el cursado durante todos esos años vividos en Madison-Wisconsin, con inviernos de ocho meses a muchos grados centígrados bajo cero, nieve y frío interminablemente... 
Las luces se encienden indicando que deben extinguirse los cigarrillos. No más humo y carcinógenos para los macrófagos pulmonares... Él lo piensa, y es que está convencido de que el pulmón es un campo virgen para la investigación, será el área del futuro, los intereses de la NASA con sus astronautas del proyecto Apolo apuntan hacia un detallado examen de la patología pulmonar. La cabina presurizada del Jet de Eastern Airlines donde viaja le recuerda las cámaras de baja presión donde habitan sus acuritos, o concretamente los de Enrique Valdivia, y entonces él recuerda a su amigo investigador y sonríe. Mira por la ventanilla. Las nubes pasan rápidamente ocultando el paisaje. Washington está allá abajo con su Capitolio y el Pentágono, allí donde se dictan pautas y se delibera sobre la vida y la muerte en la interminable guerra de Vietnam... Fugazmente él recuerda una de aquellas películas francesas de guerra en el cine Venecia, a una cuadra de su casa...  Dien Bien Fu, y cientos de paracaidistas en blanco y negro que van  descendiendo en la selva mientras  las ametralladoras siguen tableteando... El avión también ahora desciende, rápidamente. ¡Indochina! Muy pronto he de pisar el suelo donde se decide la suerte de los soldaditos americanos, soldaditos de plomo, ahora de plástico, jugar a la guerra, como jugar a ser doctores y abrir y suturar iguanas, duro el cuero pero la aguja gruesa y la sedalina de la abuela las dejaba como nuevas, y se iban corriendo, cayendo y corriendo, así salían las iguanas… Ahora despanzurro acures, estudio la actividad de la fosfatasa ácida en el alvéolo pulmonar de acuritos hipóxicos en cámaras con baja de presión de oxígeno. ¿Entenderán mi inglés?...  Mentalmente comienza a repasar las posibles preguntas, y las probables respuestas. ¡Tener que decirlo todo en el idioma de Shakes! ¡Que molleja! Lo dice en voz muy baja y mirando a su alrededor sonríe. Aterrizaron. El avión está ya rodando sobre la pista.

El hotel Hilton de Washigton DC es el sitio donde se dará la reunión anual de la Asociación Americana de Patólogos y Bacteriólogos. Luego de la inscripción con una plaquita de plástico en la solapa que lo identifica como natural y procedente de Madison-Wisconsin, él avanza hacia el salón principal y pronto divisará una figura que se le antoja extraña y fuera de lugar. Casi sin poder creerlo se encuentra de frente con Carmelo Solano, un anatomopatólogo malgenioso de su ciudad natal, el mismo a quien los estudiantes de Medicina apodan “el diablito” y en ese instante él no recuerda si lo de “Underwood” proviene de sus cejas peinadas hacia arriba como flechas o de sus ojos bachacoides rayados y amarillentos, o tal vez el sobrenombre se debe a lo despiadado que es con sus alumnos en los exámenes. Crea fama y acuéstate, piensa él… Allí ante él, en Washington, está nada más y nada menos que su Satanás vernáculo quien lo mira en ese momento y le dice.
- Vos tenéis que ser de por allá, y bírtica chico. ¿Vos no te acordáis de mí?
- Claro que me acuerdo de usted doctor Solano, ya el doctor Itriago me escribió hace tiempo contándome que usted estaba haciendo un curso en los Estados Unidos...
- ¡Sí chico!, figurate que aquí hay un mollejero, es decir un bojote de patólogos venezolanos, de Caracas, ¿vos sabéis?, desde allá vinieron a este Congreso y todos son mis amigos, bueno, son conocidos y por allí andan...
- En realidad yo no los conozco, a ninguno pues, sí claro que me gustaría que me los presentara.
- Sí, ahoritica mismo los vemos, están todos metidos en una reunión en aquella sala, ¿vos la veis? Mirá y decime una cosa. ¿Cuándo es que te vais a regresar? - Probablemente en diciembre. Estoy haciendo neuropatología por recomendación del doctor Wenger, ya completando mi cuarto año de entrenamiento como residente y metido en otras cosas, especialmente en hacer investigación.  Precisamente vengo a presentar en este Congreso algunos de los resultados de mí trabajo.
-¿Así es la jaiba? Eso sí que es algo bien raro, mirá y  decime. ¿De qué vais a hablar?             
- Bueno, es un trabajo experimental sobre la ultraestructura del pulmón en los acures...
- ¡Miergación! Mirá ya se terminó la conferencia, y van saliendo. ¿Veis allá, aquel señor alto y flaco, es el doctor Rivero, él dirige el Instituto de Patología más importante del país. El que está al lado, el alto, es Suárez, trabaja con él, en Caracas. Vení que te los voy a presentar… Doctor Rivero, le quiero presentar a un estudiante de patología que es maracucho.
Se dieron la mano, él se presentó y el doctor Rivero quién al saludarlo le diría…
- Es un placer. ¿De Maracaibo dice? Pero aquí en su tarjeta se lee, que usted es, ¡de Wisconsin!
- Si, no, bueno, en realidad soy de Maracaibo pero estoy terminando ya mi cuarto año de residencia de Patología en Madison y vengo para presentar un trabajo...
-¡Que interesante! ¿Cómo la pasa con el frío? Mire, le presento al doctor Suárez, es también venezolano él es quien más sabe de patología del corazón en nuestro país. Trabajamos en el Instituto de la Universidad...

Él se impresionó gratamente con sus colegas. El doctor Rivero lucía una figura alta y delgada y le recordaba a un personaje que él no podía descifrar, al final pensó que era uno de los hermanos Soler del cine mexicano cuya imagen le llegaba en blanco y negro, desde el cine Landia, a tres cuadras de su casa, muy lejos, en su niñez. Sí, eso era. Su voz atiplada fluía en un inglés perfecto, con un dejo británico. Lo escuchó disertar en público con un lujo de conocimientos que impresionaba a la audiencia. Él admiraba su discurso desde un par de filas detrás de sus compatriotas y pensaba que eran una buena representación de su tierra lejana. Eran patólogos de la capital. Él solo sabía de los cuatro gatos de su ciudad natal, quienes por cierto incluían a “Underwood”, todos siempre giraban alrededor del profesor Wenger, le parecía a él que ninguno era sucesor del otro patólogo el alemán, Eberhard Franz, quien había sido su profesor en el cuarto año de medicina... De repente sus cavilaciones fueron interrumpidas por el diablito quien se acercó para preguntarle.
-¿Vos conocéis al doctor Henry González? es un neuropatólogo que también trabaja en Caracas.
Él saludó a un joven en franelita blanca de manga corta y se imaginó que González era otro médico-residente de patología como él. Pronto se enteró de que Henry un experto neuropatólogo quien se especializaba en enfermedades neuromusculares y se rió al notar el asombro del médico residente de Wisconsin ante su pinta de baby-face.
- Estoy en el Instituto de Las Fuerzas Armadas de Washington, ¡a la orden!
Casi se le cuadra militarmente. Él, impresionado, hubiese querido contarle sobre su profesora, la baronesa Zurhein y sus inquietudes para ejercer como neuropatólogo cuando estuviese de regreso su tierra, pero entre la timidez y sentirse cual extraño maracucho entre caraqueños, súbitamente ubicado entre colegas, y en la capital de EUA, se quedó callado…

Así llegaría el día siguiente. Se acercaba el momento de la presentación del trabajo. En términos beisboleros, él pensaba que “el café iba a estar servido”, e iba con Enrique Valdivia como coach en tercera. Los Senadores de Washington no eran su equipo, porque Aparicio jugaba precisamente en el campo corto de los Orioles de Baltimore. Visto como en un partido, él sentía que el estadio estaba full, de bote a blicher, no cabía un alma. El umpire principal era nada menos que Averill Liebow uno de los más sabios ya viejos patólogos pulmonares de la nación norteña. Él en el círculo de espera se siente tranquilo, y hace swing varias veces mirando al pequeño Liebow, con los pelos muy cortos, casi al rape, con una sonrisa de oreja a oreja. El pitcher se inclina observando las señas del receptor. Él se golpea los zapatos con el bate y se dispone a pararse en el cajón. Entra en caja el pitcher, pisa la loma levantando los brazos, se impulsa hacia la goma... Los resultados del trabajo y su discusión le salieron en los justísimos diez minutos que le otorgaban. Tal y como él lo había ensayado y fríamente calculado. Las diferencias entre los macrófagos pulmonares y los neumocitos tipo II a través de la actividad de la fosfatasa ácida desentrañaron insondables misterios y el doctor Liebow no necesitó estimular las preguntas de la audiencia, ellas vinieron solas. Las respuestas ya estaban codificadas en la mente de él y por eso también fluyeron precisas mientras para sí pensaba. ¡Bértica! ¡Parece que entendieron mi inglés zuliano! En primera fila, él veía la cara complacida de su coach Enrique Valdivia mientras él continuaba respondiendo preguntas del público, pero él no se escuchaba a sí mismo, no podía oír sus propias palabras  en inglés pero les decía… -Es muy probable que la presencia de escasa positividad para la enzima fosfatasa ácida en los sáculos del complejo de Golgi de los neumocitos granulares, lejos de reflejar la existencia de mecanismos de digestión celular, esté asociada con los procesos metabólicos de las grandes células alveolares cuyo papel en la fisiopatología pulmonar es cada vez mejor comprendido y cuyo activo metabolismo lipídico es de capital importancia para la formación de dipalmitol lecitina, el surfactante pulmonar. ¡Cañonazo por encima de la segunda y la bola se mete hasta lo profundo del center field cerca de la pizarra! El público ruge. Luego llegaría el comentario del umpire Liebow con sus felicitaciones. Atónito él escucha su opinión sobre la importancia de su trabajo presagiando el futuro de la patología pulmonar como el preámbulo de una nueva era, la de los patólogos super-especialistas quienes a través de la investigación y de poderosos nuevos equipos, desentrañarán los misterios de la citofisiología y las alteraciones intrínsecas de las grandes células alveolares...

Ahora son casi todos recuerdos perdidos en el tiempo, en una maraña de años y de vivencias idas, situaciones acaecidas en tierras muy lejanas del suelo nativo, destellos del brillo del afamado viejo profesor, chief umpire?...  Amigos del deporte, la publicidad Álvarez López y Ecos del Zulia les presentaron su programa informaciones deportivas, esperando que haya sido del agrado de ustedes, desde Washington, les saludamos y deseamos suerte, y que disfruten de los cerezos en flor, nos despedimos, con estos comentarios primaverales, el premier Arturo Celestino Alvarez y Nestor López quienes les decimos como el musiú, vengan paque lovean porque como las golodrinas de Gustavo Adolfo, estos días pasados no volverán, ¡ni de jaiba!

Maracaibo, 8 de enero del año 2016

jueves, 7 de enero de 2016

No son los muertos lo que en dulce calma





No son los muertos
UNA POESÍA Y SU VERDADERO AUTOR : ANTONIO MUÑOZ FEIJOO, 
POETA DE POPAYÁN, COLOMBIA.

From: "Carola Pessino", Argentina
To: tamen1981@hotmail.com
Subject: No son los muertos...
Date: Mon, 09 Apr 2001 01:39:35 -0000

Estimado Jorge:
Después de buscar arduamente la poesía "No son los muertos los que en dulce calma...", dices que el autor es Antonio Muñoz Freijoo, quien es o era?.        Mi mamá recita esa poesía constantemente y no sabemos de dónde la sacó. Tuvo un derrame cerebral y no se acuerda. Hay gente que me dijo que era de Bécquer..     Me podrías dar más datos?
Muchas Gracias
Carola

From: Jorge Montoya
To: "Carola Pessino"
Subject: Re: No son los muertos...
Date: Mon, 09 Apr 2001 00:27:47 -0500

Hola Carol!...He puesto el apellido equivocado,
debía ser Feijoó y no Freijoó. Desde que yo tenía 7 años le oía esa primera estrofa a mi padre, pero él la confundía siguiendo estrofas de "Reír Llorando"
de Dios Peza. En 1995 que llegué a AOL, leí todo el poema de Peza y me di cuenta que no estaba esa estrofa, entonces comencé a preguntar y preguntar pero nadie sabía. Fue hasta 1999 que alguien me envió este mail donde aparentemente se clarifica este misterio, más aún, me proveyó con las otras dos estrofas de este bello poema... aquí lo comparto
con vos.

"ANTONIO MUÑOZ FEIJOO (1851-1890) Nació en Popayán realizó sus estudios en     la Universidad del Cauca, fundador de la ¨Escuela Literaria¨, redactó varios semanarios políticos y otros de carácter exclusivamente literarios. Autor de numerosas producciones literarias entre ellas poemas idílicos y épicos, además     de escribir comedia.  Una de las composiciones que mejor suerte  ha corrido de cuantas escribiera Muñoz Feijoo es la tan discutida ¨No son los muertos los que en dulce calma....¨, a propósito de la cual el crítico mejicano Alfonso Junco publicó en ¨La Opinión´ de Los Angeles, California, un interesante artículo que aquí recogemos por su indiscutible interés histórico. Dice así:

¨Hace nueve años, planteábamos el mismo problema: ¿De quién son estos versos? Minúsculo problema que   se presta a repercusiones mayúsculas. Llovieron respuestas. Muchos aficionados y muchos doctos intervinieron amablemente y  después de eliminar errores, precisas citas y remover recuerdos y volúmenes, venimos a seguir sin saber de modo decisivo y fehaciente quién es el autor de la repetida estrofa:

¨No son los muertos los que en dulca calma
la paz disfrutan de la tumba fría;
muertos son los que tienen muerta el alma
y aún viven todavía!" 
 
En Méjico, casi todos nos sabemos de memoria la estrofa.....y todos ignoramos quién la forjó. Y no es que falten afirmaciones impresas: corre en libros la estrofa suscrita ora por Díaz Mirón, ora por Núñez de Arce, ora por Mariano José de Larra. Pero ahora me llegan voces de Colombia, en que con toda precisión y formalidad   se atribuye esa estrofa (con otras dos que la acompañan formando una sola composición) a un poeta para nosotros incógnito: Antonio Muñoz Feijoo de Popayán, que floreció en el último tercio del siglo XIX.

Don Alberto Carvajal de Cali, Colombia, escribió:
El señor Feijoo fue compañero y condiscípulo de mi padre    y él me contó al oirme recitar la primera estrofa de esa poesía –que es la estrofa universalmente conocida en el continente americano de habla española o al menos la       que todo el mundo sabe de memoria-, cómo nacieron estos versos:  
He aquí lo que mi padre me dijo aquel día:

¨Visitaba yo con frecuencia la casa de Antonio. Tanto   él como yo vivimos los rosados años de la adolescencia  y gozábamos hablando de nuestros estudios, nuestras ilusiones y nuestros nacientes proyectos literarios. Popayán era en aquella época,    un centro de los de mayor actividad literaria y social. Quizá el más movido del país, después de Bogotá. Su universidad disfrutaba de bastante crédito en la República. Nosotros formábamos parte de un grupo de muchachos aficionados a las letras. Allí estaban Simón Rojas, Miguel Medina, José María Velasco entre otros. Un domingo llegué a casa de Antonio. Como estuviera escribiendo me acerqué sin que me sintiera y alcancé a ver por encima de su hombro una hoja de papel en la que había tres estrofas sin título. En cuanto se enteró de mi presencia, me dijo: ¨Acabo de escribir una poesía, pero estoy en un aprieto: No sé cómo bautizarla porque está formada por tres cuartetos de distinta rima que contienen, expresado en diversas palabras, los tres el mismo pensamiento. Vaciló un instante y, para leérmela, trazó encima de ellas estas palabras:
¨UN PENSAMIENTO EN TRES ESTROFAS¨
El novel poeta no contaba entonces más de 17 o 18 años.¨

No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de la tumba fría;
muertos son los que tienen muerta el alma
y aún viven todavía!

No son los muertos, no, los que reciben
Rayos de luz en sus despojos yertos;
Los que mueren con honra son los vivos
Los que viven sin honra son los muertos.

La vida no es la vida que vivimos.
La vida es el honor y es el recuerdo
Por eso hay muertos que en el mundo viven
Y hombres que viven en el mundo muertos.

En cuanto esta pequeña poesía llegó a manos de Julio Flórez, él la publicó en su periódico ¨Rayo X¨ sin dar crédito a Muñoz Feijoo, lo que dio a dudar que Flórez fuera su autor. Finalmente volvió a manos de la familia Carvajal y reposa en las páginas del album familiar


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¿Qué es la muerte?
Última clase de Patología Quirúrgica III.Parca El profesor había cumplido con el programa, nos reunió a los cinco estudiantes y nos dijo:
– Aprovechemos para hablar de cosas que no están en los libros. Hablemos sobre sentimientos, hablemos sobre trato con los pacientes, hablemos de filosofía.
Si hay una característica casi patognomónica en los estudiantes de medicina es un terror casi histérico a todo lo que no sea medicina. He visto estudiantes pasar fiestas enteras hablando de medicina… pero no se les ocurra hablar de otra cosa porque te miran desconcertados, con sus sistemas simpáticos trabajando a full tratando de disponer sus cuerpos para la fuga.
Y este profesor con su propuesta, los había desconcertado.
Miró a Quique, un tipo más bueno que el agua (…y estudiante de medicina), y le dijo:
– Enrique, ¿qué es la muerte?

Enrique pareció relajarse… esa la sabía!
– ¡La muerte es el cese de las funciones vitales!-      
Lo repitió casi como leyendo aquel libro de Biología  Básica de primer año y los ojos del profesor se inyectaron…
Conociéndolo, y para salvar a Quique, me apuré a recitar el siguiente poema:

    No son los muertos los que en dulce calma
    la paz disfrutan de su tumba fría,
    muertos son los que tienen muerta el alma
    y viven todavía.

    No son los muertos, no, los que reciben
    rayos de luz en sus despojos yertos,
    los que mueren con honra son los vivos,
    los que viven sin honra son los muertos.

    La vida no es la vida que vivimos,
    la vida es el honor, es el recuerdo.
    Por eso hay muertos que en el mundo viven,
    y hombres que viven en el mundo muertos

Los ojos del profesor, esta vez se llenaron de lágrimas.
El poema se llama “Un pensamiento en tres estrofas” y fue escrito, casi con seguridad, por el colombiano Antonio Muñoz Feijoo. Digo casi con seguridad porque el mismo es atribuido a muchísimos autores: Amado Nervo, Gustavo Adolfo Bécquer, Abdón Rodríguez Zea, Manuel Ricardo Palma Soriano, Julio Flórez y Simón Díaz Zelaya.
El Dr. Lisandro M. Carnielli era médico, residente de oftalmología (2009), divulgador, escéptico y ateo.
En Rosario, Argentina,( Pale blue dot.)
(Este relato (¿Qué es la muerte?) fue publicado  el  28/09/2009)
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No son los muertos, revisado y mostrado nuevamente en
Maracaibo, 7 de enero del año 2016.

miércoles, 6 de enero de 2016

Apuntes de viajero IV. Madison, Wisconsin.




            APUNTES DE VIAJERO EN TIERRAS       
 LEJANAS   IV
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MADISON, WISCONSIN

Desde el avión todo es blanco, y él piensa en el helado de vainilla del Alfa, tan blanco, y allá abajo debe estar igualmente tan frío. El compromiso estaba hecho y se acercaba a su destino. Desde la tierra del sol amada haber ido a sobrevolar las planicies heladas de Wisconsin, en aquel febrero del año 1964, es una situación totalmente novedosa. Así deberá su futuro cercano. Lo piensa, mira de nuevo por la ventanilla y cree sentir que el aparato ha iniciado su descenso, hay nubes bajas que ocultan por momentos las capas de helado de vainilla…
Brilla y refulge con un tono blanco grisáceo el sendero helado que conduce al edificio Mac Ardle en el campus de la Universidad. La nieve cae en grandes copos sobre el resbaladizo camino, y desde allí pueden verse los ladrillos rojos de la pared lateral del hospital, brillan con el mustio sol que se refleja en las ventanas cerradas a doble vidrio. La protección invernal y los destellos solares no logran impedirle observar desde la calle una luz ambarina, arriba, en la ventana del laboratorio 207.  

Embozado en su bufanda gris, él se acerca a la gran puerta negra y al empujarla penetra en el recinto sofocante de los grandes radiadores metálicos. Su nariz enrojecida aún, gotea helada por la caminata de ocho cuadras, interminables, a veinte grados bajo cero. Restriega sus zapatos húmedos en el felpudo...  Se dijo a sí mismo por enésima vez: gracias a Dios que este congelamiento del carrizo es tan solo una situación temporal, si creyera que no voy a regresar más nunca a mi tierra, no sé lo que haría, pero sin duda no soportaría este clima de osos polares con tanto entusiasmo. Se despoja del gorro de lana y sacudiéndose el pelo sube paso a paso por la escalera de metal. Sus pisadas resuenan y su juvenil figura aparece encogida por el frío, tiritando bajo la tenue luz amarillenta que nace de los bombillos en el techo y se cuela por los pasillos. Se arranca su bufanda y se frota las orejas casi insensibles y enrojecidas. Está ante la puerta del laboratorio. Mira los percheros en la pared. Sin desprenderse aún de sus guantes de cuero forrados con piel de conejo, comienza a desabrocharse el grueso abrigo...
La puerta del laboratorio está entreabierta. Él finalizó su desvestimiento y calcula que ya ha llegado la señora Schaeda. Ella con su voluminosa pinta de sueca de película de Bergman debe estar en el bioterio alimentando a los acures. Él lo piensa, sonríe y se estremece e inicia el lento proceso de colgar en el perchero sus múltiples trapos, el paltó, un sweater una franela gruesa y al final, apoyándose en uno de los radiadores, fastidiosamente comienza a sacarse las botas de goma que protegen sus zapatos...   

El cielo gris ha comenzado a clarear y todavía continúa nevando. A través de la ventana el paisaje es blanco, inmaculado, tan solo los faros amarillentos de los coches brillan sobre la helada superficie de la calle Mound.  La robusta señora Schaeda hace su entrada triunfal en el laboratorio y lo saluda amigablemente. Sus acuritos ya están preparados. A los acures, también les dicen cuyis, conejillos de india y guinea pigs, son casi todos muy blancos, peludos como motas, otean con sus ojitos rojos y moviendo los bigotes sonríen pelando los incisivos. Él los mira imaginando que ellos presienten su próximo final y se figura que por eso están inquietos en sus jaulas. La gorda Schaeda sonríe mientreas él revisa sus anotaciones.
Decide entonces él, que ha de sentarse para leer una separata reciente sobre las alteraciones de las grasas en el alvéolo pulmonar de los acures cuando viven sometidos a bajas presiones de oxígeno. Mira su reloj y recuerda que después de sacrificar a los animalitos tendrá que ir a controlar varios casos con la baronesa...    Con el zumbido de la campana extractora para protegerse de los vapores del osmio, comienza el proceso de anestesiar a los animales, luego tendrán que perfundirlos, luego la disección del peto y la parrilla costal, tomar las muestras de los pulmones, el corazón, el hígado, los pequeños fragmentos seleccionados para su procesamiento y próximo estudio con el microscopio electrónico. Cuando ya están finalizando la tarea, llega Enrique Valdivia. 
Entra sacándose los guantes y arrojando su chaqueta de cuero sobre el escritorio. ¡Pucha como hay de frío afuera! Lo dice entre dientes y en castellano y Rodrigo observa sus pequeños ojos negros moviéndose con rapidez, su nariz aguileña y oscuros cabellos le dan un aire latino inocultable. Inquisitivo examina los frascos con el material en fijación. Rodrigo le muestra sus notas pero Enrique insiste en controlar el pH de nuevo. Quiere constatarlo personalmente, es crucial en este experimento, masculla. Después, ya convencido, le propone ir por una taza de café caliente. Lo beberemos antes de la incubación en el medio de Gomori, le dice él y luego añade mirando el reloj, es que la baronesa me espera antes de diez minutos.  

Un rato después, ambos entran con sus jarras de café aguado al laboratorio de Neuropatología. La adusta figura de Gabrielle Zurehin mira complacida el reloj que lleva con una cadena plateada sobre el pecho y sonríe al comprobar que falta medio minuto para la cita acordada. Enrique le pide que al terminar el control le envíe de vuelta a su asistente, lo necesita en su laboratorio.   Tarareando una tonada de los Beatles, por el pasillo amarillo, como en un yellow submarine,  se alejará Enrique con su jarra de café americano y mientras lo ve irse, él apura el último trago de su café de agua turbia para sentarse ante el microscopio de frente a la baronesa.
 Gabrielle es la personificación del orden y de la disciplina. El inquiere sobre los más nimios detalles de todo cuanto ha visto en las láminas de vidrio y ella va respondiendo a todas sus preguntas y aclarándole sus dudas. Mientras toma notas, él a su vez contestará una por una las preguntas con las que a su vez la chief neuropatóloga, lo va bombardeando en su inglés prusiano. Por segundos él piensa si acaso ¿serán ciertas las historias que repiten sobre ella?, su imponente castillo en las riberas del Rhin, las laderas boscosas de la selva negra alemana, ¿soplará el cierzo entre los pinos en las posesiones de la baronesa?, ¿será verdad? Su prestigio como investigadora y neuropatóloga es internacional…
Él entiende lo increíble de su suerte, la importancia de aprender con ella los secretos del estudio de la patología del sistema nervioso. Ni sabe él cuanto influirá en su destino. Es alemana, cuarentona o más y con una ilimitada capacidad para el trabajo. ¡Gabrielle es brillante!  Ahora él se atreve, y la mira directamente a sus ojos. Ella aprieta sus labios de un rojo intenso. Sonríe y le pregunta. ¿Es Lavanda verdad? Me gusta como hueles... Él siente como se le ha subido la sangre al rostro y llevándose el pañuelo de regreso al bolsillo se sumerge en las preparaciones de Klüver para visualizar la mielina y toma otras láminillas teñidas con Holtzer para detectar los astrocitos reactivos. Cuando la mira nuevamente es para preguntarle sobre unos núcleos muy azules que parecen curiosos oligodendrocitos en otros preparados teñidos con hematoxilina-eosina. Es con el “echení”, como le dicen ellos a la coloración de rutina, como debe acostumbrarse a hacer los diagnósticos neuropatológicos.
       En el laboratorio de Enrique le esperan los trocitos de sus acuritos incubándose en unos platos de Petri para detectar luego con el microscopio electrónico las enzimas lisosomales. Por la ventana se ve el cielo de un azul muy pálido. Ya hace rato que cesó de nevar. Con ansiedad, él siente que se acerca la hora del mediodía, es su oportunidad diaria de sentarse en el microscopio electrónico, estará desocupado por dos horas y cada vez es mayor el número de cosas que observa y la cantidad de información que incorpora a su joven cerebro. Todavía faltan dos días para mi turno semanal de autopsias. Lo piensa y recuerda que antes de la guardia le dará tiempo de revelar y copiar todas las fotografías que irá tomando en el microscopio.  Si logra terminar de copiarlas en la tarde, tendrá un tiempo libre para estudiar los casos de la reunión de biopsias. Eso piensa él… 

      Antes de penetrar en la oscuridad del laboratorio que alberga el microscopio electrónico, se detiene un instante y recuerda los cadáveres de los dos niños que acaba de ver al atravesar la sala de autopsias. Una leucemia aguda y un tumor de Wilms decían sus records clínicos. Estaban muy pálidos los pequeños, y él se preguntará si serán acaso serán agentes virales los que de veras provocan las enfermedades neoplásicas. Hay un profesor loco que así lo cree, para él son solo conjeturas, y aunque él no ha hablado personalmente con Temin, si lo ha escuchado en sus conferencias. ¿Por qué les dirán lectures? Él se pregunta a sí mismo muchas cosas... Los patólogos pudieran ser portadores sanos... ¿Qué tal yo, llevando los virus de los cadáveres hasta los humanos? ¡Que locura! Entonces recuerda a sus dos hijos pequeños, en la casa rodeada de nieve y de árboles pelados. El mayorcito ha estado con fiebre, ¿quizás será gripe? Tendré que irme un poco más temprano a casa, lo dice para sí y luego recapacita. Cuando lo haga, ya el sol habrá desaparecido y la temperatura deberá estar por los veinte bajo cero. Al entrar en el cuarto oscuro piensa. ¡Ojalá que vuelva a nevar!, me encanta ver caer los copos blancos en la noche... 


Con algunas modificaciones puntuales, extraído de “La Entropía Tropical”, novela, Ediluz 2003.
Maracaibo, 6 de enero del año 2016