domingo, 3 de enero de 2016

Apuntes de viajero en tierras lejanas: encuentro en Viena.






APUNTES DE VIAJERO EN TIERRAS LEJANAS  III
----------------------------------------------------------
ENCUENTRO EN VIENA

Esa noche, al descender por la escalera del hotel me encuentro con  quienes me habrán de acompañar en una gira nocturna. La he acordado en la mañana al aceptar otro “tour vienés”. Una pareja de ancianos y nueve mujeres de edades indefinidas, increíblemente feas, indudablemente mexicanas. Lo deduzco por sus cuchicheos e inocentemente, luego-luego pienso que son de una escuela, seguramente maestras, o egresadas de una promoción especial, tal vez el grupo de las feas fueron premiadas y están aquí, paseando, ¡tan lejos de su patria!, vainas que a uno se le ocurren así, de repente y tal, y están parloteando, platicando se dirán entre ellas, hasta por los codos, sí. Así medio a empujones nos meten rápidamente en un autobussete, así con doble ese, y nos llevan dando bandazos al sitio de reunión, el lugar de concentración, área para turistas, campo, ¿de concentración?, donde hay una decena de grandes autobuses, sin ss, y yo sigo descartando jaibas nazis, me introduzco en uno de ellos para escuchar lo que diga el guía, un flaco paliducho quien informa presto por un parlante cual será el idioma que usará para los presentes en el recorrido nocturno, llámenlo night-tour si quieren, pero él hablará en holandés y claro está, también en español. Una ola de gringos con típica apariencia de turistas desciende entonces precipitadamente, seguidamente tras de ellos viene otra ola, pero de japoneses tropezándose, con cámaras fotográficas y maletines azules, todos van descendiendo y el bus se queda despoblado. Contracorriente ascienden otros personajes, me dejo impresionar por un grupo de jovencitas, evidentemente españolas. Se les ve llenas de salero y capto un dejo madrileño en el hablar, ellas entraron  riendo, y se han ubicado detrás de mi asiento. Entonces percibo una entonación andaluza en la voz de una de ellas y recuerdo al gato Jims, el de las comiquitas de la tele, y ¡bien! Pues dale que te pego, ¡con aquer tono andalú!,  las niñas se han creío que yo soy del equipo holandés, y se han puesto a decí la mar de tonteras, con un revoloteo risueño que se troca en risas regurgitadas y las percibo detrás de mi asiento... “Ozú Maricarmen que pa mí, hasta el Esperanto habla este tío. ¿Qué te has creío, ¿no le ves? ¡Que es de Holanda hija! Que sí, pero... ¿Te apetece? ¿Qué tal si nos está entendiendo? ¡Ay Pili, no pasa nada. Ay niña, ¡que yo muero de la vergüenza!” Tranquilamente, pongo cara de estúpido y volteo con una mirada perdida mientras reviso la mercancía. Estaban unas más buenas que las otras. “¿Os fijáis que es majo el holandés? ¡Que te escucha mujé! ¡Que para mí, este tarao no entiende ni la ache! Es como si fuera sordo y mudo, te lo repito yo Maria José, ¡es un pringao!”
    El autobús se detiene frente a un restaurante húngaro. Esta será la primera parada de la noche, dice el guía. Descendemos y nos colamos entre las notas dulces de violines zíngaros y me encuentro rodeado de gente vestida de supuestos gitanos. Nos movemos entre las mesas en un recinto poco iluminado con grandes arcos encalados y vigas de madera negra que sostienen un techo abovedado. Sobre las mesas con manteles de cuadros blancos y rojos colocan los platos de una sopa. Es un caldo humeante de fideos con pollo. Pienso en el difunto pollo, debió darse un baño de pasada en aquella agua, tal vez se restregó con un cubito de caldo concentrado. Me siento distraído, todavía sin hablar con nadie y noto un instante después que estoy en una mesa ante una pareja que parecen ser holandeses, al final terminarán resultando portugueses, por eso es que no les entiendo lo que van cuchicheando, por más que intento captar su jerigonza, esta me suena a gallego y recuerdo a las españolitas del autobús. Ante mí se sienta un joven rubio. Sin duda es holandés, netherlandés, así lo digo internamente. Todos nos atisbamos en silencio. Los cuatro debemos tener, ¡una cara de estúpidos! La parejita cuchichea y los dos sonríen. ¿Qué cosas se estarán diciendo entre ellos mismos? Miro al catire de frente y se me ocurre que igual él pensará de mí, ¡cara de imbécil!, allí sentado, sin cruzar palabra. ¡Que estupidez! Eso me digo y me pregunto, ¿qué tal?, ¿y si no me da la gana de abrir la boca?  Después acepto que debe ser todo producto de esta incurable timidez, tan mía… Las mexicanas en una mesa vecina, se han animado y cantan “cielito lindo”. Los violines zíngaros gimen y lloran. Las españolitas le han caído como moscas a un catire gigantón que no habla una papa de español e intenta hacerse entender en un inglés chapuceado que ellas tampoco parecen comprender. Torre de Babel, Arca de la Alianza, Puerta del Cielo... Después de un largo silencio post pollo húmedo y fideítos, nos levantan cual mansos corderos y, alé alé, se escucha decir, así sin emitir balidos regresamos al autobús. El vino blanco funciona, y las españolitas se llevan al catire gigante hacia el asiento trasero. Oigo decir. “Si este tío de enfrente no fuese tan pelma, también nos lo agarrábamos Maripili. ¡Ay como nos mira!” Pienso que todo el asunto es anormal y vuelvo y me lo repito, ¡maldita timidez!
      El autobús arranca y va girando y circunvalando en ascenso por una gran oscura montaña. Vamos hacia Glizerling, una zona vinícola en lo alto de Viena. La noche es negra con el cielo estrellado. El autobús parece desenrollar un ovillo cuesta arriba, como si fuera al compás de un valse que en sordina creo escuchar, la máquina ronronea y gira, cruza, asciende, tuerce y se retuerce hasta que al fin llegamos. Nos detenemos ante un caserón de paredes muy blancas donde hay un gran patio cubierto de parras con grandes racimos de uvas colgando. Posiblemente es la casona de un gran viñedo, o un Club nocturno, ¿qué sé yo? Entramos y unos amplios ventanales nos muestran un prodigio de luces, allá lejos. Es Viena, montaña abajo, son miles de lucecitas titilando y arriba las estrellas y los valses de Strauss sonado todo el tiempo. ¡Tener Viena a los pies! Me da por pensar de nuevo en el emperador Eugenio, Viena por todo lo alto… Bailan y bailan las parejas, tejiendo círculos concéntricos y cuando llegan al centro de la pista, como atraídos hacia un vórtice, se repelen y a la reversa, cadenciosamente regresan, creando nuevas ondas de música ondulante, retornan hasta la periferia de la pista, siempre girando. Hay vino en abundancia. Viena tiembla vuelta un enjambre de luciérnagas en la distancia. Me alejo del grupo, no veo más a las españolitas ni a una sola de las maestras mexicanas. Con una cierta desesperanza atisbo buscando un prójimo que hable en cristiano. A mis espaldas escucho decir algo en castellano, una pareja de edad madura habla con un acento que me llena de curiosidad, suena familiar. Me les acerco algo asustado, y me interpelan. Son panameños. Han venido desde su tierra a conocer al novio de su hija. Saludo a la pareja de enamorados que les acompaña. Hay otra hija, le doy la mano, mucho gusto me dice, y de momento no entiendo lo que me sucede, más pronto lo capto, ella es, es ella, la imagen de mis sueños de adolescente, reiterados, la conozco desde toda la vida, la miro deslumbrado y me digo, sí, es ella, y me sonríe. Es ella, especie de Liz Taylor, de, ¿cuando éramos jóvenes?  Está casada con un suizo y vive en Basilea, tiene tres niñas, la menor de un año, la mayor tiene diez, y ella ha comenzado a hablarme sin detenerse, pero yo sigo pensando, sí, es ella... La miro y no acabo de creerlo, ¡sin duda alguna! Sus ojos grises de un azul verdoso con suaves tonos índigo violáceos, su rostro fino, sus labios, su sonrisa. ¡Es ella!, la de mis ensoñaciones cuando solo contaba unos diez años, ella la de mis amores locos entre diez a quince, ella, la esperada, una imagen de mis sueños imberbes, la inefable. Mi Liz Taylor me mira y siento que me desnuda el alma. Me habla sin detenerse, unhú, ummhú, y sigue haciéndolo. Sigo sin decir nada, estoy embelesado. Ella me cuenta sobre los quanta de energía, un tema que la tiene fascinada, asegura conocer  la manera de poder viajar por las galaxias. Ella es lectora de “El Retorno de los Brujos”, devoradora de la obra de los lamas, del tibetano que inventó el Tercer Ojo, y me dice ser fanática de Teilhard de Chardin. Su viejo padre nos interrumpe, es jurista y me quiere hablar sobre Ciencias Políticas. A ella le interesa más la glándula pineal y la endocrinología, sabe sobre Gregorio Marañón, conoce los secretos del tercer ojo de los tibetanos y el de los  dinosaurios. Escucho, río, bebo vino, mis ojos no se separan de mi Liz Taylor, su mirada me confunde, pterodáctilos sobrevuelan encima de un gigantesco Tiranosaurio Rex, si parpadea se le ocultan, lo pienso, ¿será quizás el vino?, sus palabras suenan muy claras, ¿cómo mis pensamientos?, giran los bailarines, suenan los valses, su mirada violeta tan clara, brilla intensamente, al fin estamos ella y yo, frente a frente...
      En las vecindades de la  zona vinícola, regresamos al tour. Nos hemos sentado todos muy juntos en la parte trasera del autobús, dispuestos a que nos transporten a una típica taberna austriaca. Al llegar veremos tajadas de salchichón y embutidos sobre los platos, y, ¡ah qué bien!, hay una jarra de vino para cada uno. No ceso de escuchar a mi Liz Taylor, es un intercambio apasionado de ideas que prefiero imaginar recíproco. Me dice al notar mis miradas de embeleso que ella es una señora ya de cierta edad, una de sus hijas nació un veintidós de noviembre, ¡oh!, las coincidencias. Para qué valen, ¿a qué se deben?, no lo sé, ni me interesa, mientras veo como floto en el espacio sideral seguimos conversando. Me doy cuenta de que ni sé su nombre verdadero, pero eso tampoco vale para nada, miro sus ojos, es la mirada que me acompaña desde cuando dejé de ser un niño y me atrevo, ¡poder del vino!, se lo digo, ¿Cómo podrá tomarlo?, por eso me eres tan familiar, ¿lo aceptará? Ella enmudece unos instantes. No es posible explicarlo. Nos envuelve una irreal aura ambarina y entonces le hablo con todo el desenfado que me provoca esa noche estrellada, llena de música que va naciendo de violines gitanos, uveros plenos de racimos crecen sobre nosotros. Decir las cosas sin saber con certeza de que hablamos, es algo impresionante, siento que estoy llegando al final de un camino previamente trazado, con ella he hablado, ¡me atreví al fin!, desde siempre, centurias, años luz, ¡he esperado tanto tiempo para encontrarla!, y ahora, somos ambos los únicos habitantes del planeta, entre galaxias y nebulosas, flotamos suspendidos por los  luminosos quantas de energía radiante que veo nacer desde su mirada de un color azul violáceo indefinible.
      Regresamos en el autobús. Las mexicanas cantan en coro, “ese lunar que tienes cielito lindo junto a la boca”... Las españolitas me han fulminado con la mirada al oírme hablando castellano y se han mudado a los asientos delanteros con su gigante holandés. “No se lo des a nadie, cielito lindo”... Ella está a mi lado. Estamos muy juntos. Respiro el mismo aire, y me ilumina su mirada violeta. Súbitamente el autobús se ha detenido en una calle muy estrecha. Un auto rojo, descapotado ha chocado en una esquina, las cuatro ruedas están girando aún y la gasolina se escapa sobre el pavimento. Luces rojas intermitentes y sirenas llenan la escena en un instante. Fuera del auto, hay una joven pálida de negros y ondulados cabellos, sangra por la boca y está manchando su vestido de noche que era blanco. Debajo del auto, se divisa el brazo del conductor que está aplastado por la máquina. Una laguna moaré se está formando con el gotear de la gasolina. Largos segundos, oscuridad, destellos rojos y azules y amarillos. Nosotros parecemos petrificados. Logro escuchar un murmullo de fondo. Los pasajeros del autobús se han abalanzado sobre las ventanillas. Mi Liz Taylor se me ha prendido del brazo, me lo estruja, percibo el calor de su respiración anhelante, me toma las manos, siento su cuerpo temblar como una hoja, gime, me mira a los ojos y me suplica que los ayude.  Siento que debo hacer algo, ¡soy médico al fin y al cabo! Mi sangre se revuelve. Sus ojos claros se humedecen. Chirrían los cauchos del autobús. El chofer grita unas palabrejas que no entiendo, gira el volante, cruza por un instante y la escena comienza a alejarse de nosotros. Escucho el ulular de las sirenas, las luces centelleantes van reduciendo su tamaño y desaparecen en el vidrio trasero. Ella, sentada a mi lado, ha tomado mis manos y cierra sus ojos para concentrar su energía vital, así seguramente ha de ayudarles en tan difícil trance. Todos regresan a sus puestos. Ella en silencio concentrada en su labor suspira, transcurren largos segundos, o minutos, y ella finalmente abre sus párpados sin soltar mis manos. El viaje continuará y mientras tanto nosotros no cesaremos de mirarnos, en silencio. Ha llegado el momento de despedirnos, la gira ha concluido, los viejos panameños seguirán por un trecho, ella me explica, mañana volaré hasta Suiza, mi esposo me espera, en Basilea. Yo pienso que antes del mediodía todos se irán volando, no más Viena, ¿y yo? Hemos llegado a nuestro hotel, ellos me informan, se levantan, adiós, adiós, ¿qué hacer? Después el autobús siguió su curso y ya nada importaba para mí. Quedaré solo. El chofer me pide que descienda. Terminó todo. Estoy solo yo, los pasajeros se fueron. Íngrimo y solo, me encuentro al otro lado del ring. La una y treinta de la mañana y debo cruzar todo el centro de Viena para llegar hasta mi hotel. El vino y los recuerdos de la mirada azul magenta me transportan a través de la ciudad. Camino, corro, voy paso a paso, a ratos vuelo, sobrevuelo las torres de la iglesia de San Esteban, logro atisbar el brillo del Danubio a lo lejos, ondula y gira con los compases de Strauss, la música  me lleva a través de las callejuelas del ring vienés, va resonando dentro de mi cabeza...
     He despertado. El sol penetra a raudales por la ventana. Estoy en la habitación de mi hotel. Estaba soñando. ¿Tenía una pesadilla? Quiero repasar uno a uno los eventos de la noche anterior, la gira, ella, sí... ¿Cómo saber cuánto es verdad y cuanto es solo parte de un sueño? Me levanto rápidamente. Salgo a la calle sin desayunar. Regreso a pie, desandando paso a paso el ring, calle por calle. Ante la iglesia de San Esteban me niego a creer que por la noche sobrevolé sus altas torres, diviso el campanario, ojivas medievales. Sé que me llama. Es la mirada clara de mi Liz Taylor de mi juventud, ella está en alguna parte de Viena y yo, no sé qué hacer. Camino, troto, corro, me detengo, ¡ni tan siquiera sé su nombre! Son ya más de las once de la mañana. ¿Cuál puede ser su hotel? Todos los edificios se parecen. Cruzo la calle, y regreso, miro hacia arriba, ¿es aquí?, no... Otra vez el reloj. Son las once y cuarenta y cinco minutos, sé que ella tiene que irse al aeropuerto, volará a Basilea, la gente en la calle me tropieza. Ahora es mediodía. Quiero llorar. Es una sensación extraña. He perdido algo irrecuperable. Tal vez fue todo un sueño. Siento un sabor amargo y se me ocurre que no es muy lógico lo de tomarse las cosas tan a pecho, pero, ¿cómo evitar esa especie de angustia que me atenaza el cuello? Pensar que jamás he devolver a verla. Así, desconsolado voy de regreso. Deshecho, cabizbajo, deambulando por el mismo sendero, entre casas y gentes que ya no veo, no quiero saber de nada más ahora. ¿Por los destellos malva de su mirada clara? Ella trajo de nuevo hasta mí, lejanos sueños, de imberbe adolescente, o era de veras ella, la de siempre, ¿la de toda la vida y de otras vidas en el pasado? Ha desaparecido ahora, hasta cuando...

De "La Entropía Tropical", novela (Ediluz, Maracaibo,2003) 
Maracaibo 3 de enero del año 2016



sábado, 2 de enero de 2016

La guerra del gas en la historia ( 2008-2010 ) y en la novela ( 2011 )





                            RUSIA – BELARUS - UCRANIA
 LA GUERRA DEL GAS EN LA HISTORIA (2008-2010)
Y EN LA NOVELA ( 2011 el año de la lepra )

“ Después del accidente de Chernóbyl en 1986, Belarus atravesó una crisis energética. Es esta la época, cuando Rusia presionaba al presidente de Ucrania Yushchenko en la llamada “guerra del gas”. El gas utilizado por las naciones orientales de Europa llegaba hasta ellas por gasoductos que corren a través de Ucrania el país vecino de Belarus, poseedor de una poderosa industria pesada, productor de automóviles, autobuses, aeroplanos, coches de subterráneo y hasta naves para el espacio. Mientras Rusia y Ucrania se disputaban el aporte energético derivado del gas para su desarrollo industrial, Belarus, seguía siendo un país primariamente agrícola aunque comenzaba lentamente a industrializarse. Las vecinas naciones de la Europa oriental, Rumania, Hungría, Polonia y Bulgaria, padecían por las reducciones del suministro de gas natural, cuando llegó el momento para la compañía rusa Gazprom, y esta dejó de enviar gas natural a Ucrania. Moscú y Kiev iniciaron entonces una disputa donde Rusia esperaba convencer a los inversionistas de Praga, París, Berlín y Londres de que era Ucrania la culpable de la carestía del gas. En el fondo aquella “guerra del gas” se daba entre dos poderosas compañías, la rusa Gazprom y la ucraniana Naftogaz, pero la situación evolucionó hasta el mes de mayo del año 2009, cuando Vladimir Putin y Yulia Timoshenko resolvieron el conflicto con la creación de una firma intermediaria RusUkrEnergo, con sede en Suiza, cuya inversión era compartida a partes iguales por los poderosos rusos de Gazprom y por un grupo de oligarcas ucranianos. La necesidad de los bielorusos de entrar en la competencia petrolera comenzó a clarificarse luego. Sus hábiles negociadores políticos, especialmente su amigo Sheiman, pusieron en marcha los acuerdos con la nación caribeña más rica en hidrocarburos del hemisferio occidental. Un año antes de la aparente resolución del conflicto gasífero, fue justamente cuando Dimitri Yakolev llegó a enterarse a través de noticias de agencias de prensa internacionales, de que en aquel país caribeño existían grupos de investigadores que estaban desarrollando una vacuna para el mal de Hansen. Yakolev con el grado de teniente, ya siendo un eficiente funcionario de la KGB bielorusa desde muchos años antes se había interesado en esos tópicos médicos. Estando radicado en Afganistán acompañando a Viktor Vladimirovich Sheiman, para la época uno de los comandantes de las fuerzas rusas destacadas en aquella República, Dimitri conoció lo necesario para obsesionarse con una idea para él brillante. Tras un accidentado viaje por tierra desde Kabul hasta Peshawar en Pakistán, él se vio confinado, por motivos ajenos a su voluntad a residir durante un par de meses en aquella ciudad. Un accidente en la carretera, con un traumatismo sospechoso de una lesión del fémur, lo obligó a hospitalizarse en Peshawar. Allí conocería y se haría amigo de dos curiosos investigadores nipones, Shinji Masanori y Hiroaki Kashiwabara. Los amigos de Dimitri resultaron ser unos microbiólogos japoneses que estudiaban la lepra en muestras provenientes de diversos países del mundo. Los investigadores se habían radicado en aquella ciudad de Pakistán al haber determinado que en las muestras de lepra proveniente de los hospitales Lady Reading y Peshawar-Kai, de Peshawar, se producían mutaciones que alteraban las secuencias en diversos genes de las micobacterias. Shinji e Hiroaki le explicaron a Dimitri, excelente conversador quien mostraba mucho interés en el trabajo de sus nuevos amigos, como fue que hallaron estos cambios en los genes folP1, rpo B y gyrA de los bacilos de la lepra, y como éstas mutaciones, que ellos lograban desatar, habían modificado la estructura de la cubierta bacteriana que las hacía resistentes a los tratamientos. El agente de la KGB quien venía de estar presente en una larga serie de reuniones  y charlas dictadas durante tormentosos meses vividos en Kabul, donde los jefes del Ejército Rojo habían planteado y discutido con la KGB el tema del uso de armas biológicas para acelerar las acciones del conflicto local, comenzó a madurar una idea. Según el teniente Yakolev, Belarus necesitaba algo que ofertar, algo que les ayudase a reintegrarla a la Madre Rusia y ambas naciones, estaban obligadas a recuperar a la vecina Ucrania para borrar definitivamente los absurdos
sueños europeizantes de los ucranianos. Algunas de estas inquietudes las conversaría Dimitri con sus amigos japoneses, mostrándose interesado en el asunto de las mutaciones de los bacilos pues había surgido en él la idea de que pudiesen usarse algunos de aquellos extraños fenómenos de la Biología Molecular con propósitos bélicos. Bacilos leprosos que podían transformarse en un arma potencial por su agresiva conducta secundaria a las alteraciones inducidas en sus genes por las mutaciones. Esa era, para él, la sencilla razón de su interés, y a pesar de la absoluta negativa de los investigadores japoneses quienes tomaron a broma las propuestas del ruso blanco, él continuó empecinado en examinar todas las puntas de aquel espinoso tema, y en ese maremagnum estuvo sumido durante varios años. Al regresar a Belarus, lo había discutido con algunos superiores de la KGB de su país sin ningún resultado. Pasó la temporada larga de su preparación en España y casualmente, se había dado la afortunada conexión de su presidente con el país caribeño productor de gas y de petróleo. Allí, curiosamente habitaban un par de grupos de investigadores estudiando las corinebacterias responsables del mal de Hansen. Dimitri se empapó sobre todo lo concerniente a una cierta vacuna, cuya efectividad era discutible y pronto estuvo informado, no solo sobre la vacuna elaborada en la capital del país, sino también de cuanto habían avanzado las investigaciones del grupo dirigido por el profesor Arístides Sarmiento en la región occidental”.

Si quiere usted saber “de que va esto” ( como dicen los españoles ), trate de leer la novela “El año de la lepra”(elotro@elmismo Editores). La distribuye Edic Ven y se puede todavía hallar en algunas librerías (vg.Tecni-ciencia Libros, El Buscón, etc). 
Maracaibo, enero, 2016

viernes, 1 de enero de 2016

Uno en Budapest





APUNTES DE VIAJERO EN TIERRAS LEJANAS III

UNO EN BUDAPEST

Uno allí, todo nervioso, mirando a la gente, pensando que si… ¿Puede que unos gringos en la fila, también vayan al Congreso de Neuropatología?, Corre este año setenta y tres, y tener uno que ir hasta Budapest, ¡para ver gringos haciendo una cola!, ¿cómo explicárselo uno? También hay unos hindúes y hasta negros africanos con toda una indumentaria extraña, con trapos a rayas de múltiples colores, luciendo una pinta de lo más folclórica y todos, curiosos personajes, estamos haciendo la fila, y uno allí, sin poder entender qué diablos irían a hacer tantas gentes, y ¡tan raras!, y ¡a Hungría! ¿Qué papel jugará cada cual por allá?, y ¿qué pensará cada uno para sí mismo cuando esté sentado en el asiento del avión?, uno va haciéndose preguntas hasta el momento cuando le llega el turno de subir por la escalerilla, y al rato, ya en el aire, con las ruedas metidas en su panza, va uno viajando, ¡con las Aerolíneas Austriacas¡ Tan solo para hablar un rato sobre unas amibas!, amibas que son de vida libre, que no es lo mismo que decir, ¡amigas de vida alegre!, y también uno recuerda que deberá hablar sobre unos virus, unos microbios que tienen forma de bala, son los virus de la rabia, la que usualmente se ve en perros, y uno debe mostrarlos con la electronmicroscopía, pero en las neuronas del cerebro de humanos… Así va uno, volandito en el DC 9 de AA, y sabe que en las nubes serán solo veinte minutos, un brinquito no más, lo que dura el paseo aéreo entre Viena y Budapest. Uno notará que se le va a ir el tiempo, por el aire, en un suspiro. Será acaso suficiente para tratar de entender cuál es el significado, para captar la relevancia, o si quieren, la trascendencia, de haber penetrado, uno, ¡casi nada!, uno mismo, que es maracucho, cruzando, atravesando, ¡y por el aire!, la famosa “cortina de hierro”.

Uno allí, estará sentado pero se sabe rompiendo “el telón de acero”, por primera vez. Uno rasgando el cielo, AA se ha vuelto un puñal de plata, ir a parar como en la serenata, ¡al mundo socialista! Tal vez por eso, uno es asediado, casi bombardeado por imágenes del pasado, el anticomunismo ancestral de mi tío y el fanatismo de algunos de mis caros amigos estudiantes de Medicina. Eran las dos versiones, pin pom, como cuando cayó Berlín, y luego el Japón, eso decían los versitos y uno era bien pequeñito en ese entonces, pero los oía, cantados, pom pom claudicación… ¿Como la de mis compañeros?, mis admirados camaradas febriles de la Facultad, transformados a corto plazo en burguesitos del nuevoriquismo. Jeje… Algunos,  ¡por obra y gracia de una beca disfrutada en los Estados Unidos!, otros sin beca, adaptándose, ¿y el comunismo burgués de nuestros dirigentes políticos?, ¿y el de los sindicaleros?,  le viene a la cabeza todo ese mollejero… Primero fue parado en un rin y luego un molde de hielo hasta lograr nalgas azules en la Seguridad Nacional, mi inocente compañero de clase sin poder confesar nada pues todo lo ignoraba mientras Gumersindo escapaba por las trochas, ¿y ahora?, el Gumer se comió las lentejas de su plato en London… ¡Miércoles! ¿Cómo entenderlos?, tal vez porque el dinero todo lo tuerce, ¿hasta el izquierdismo?,  ¿lo tuerce a la derecha?, sobre todo si es de blablablá, todo se puede, hasta llegar a tener, el viejo aforismo de la bolsa, ¿para bolsas?, el que no ha tenido y llega a tener, ¿y las fotografías de la revista LIFE en español?, loco se quiere volver, nos mostraban los tanques en las calles y los jóvenes cargados de piedras con caras de consternación… Aquella era la Hungría de mí viaje, sí, la del golpe reformista de Irme Nagy, y luego llegaría Kadar, y con los tanques la represión. ¡Por los bigotes de Stalin! ¿Y dónde dejáis el zapato de Nikita?, era la ley del todo o nada… Pero uno allí, iba flotando entre nubes de algodón. Uno va cavilando, con hindúes, con africanos, hasta hay gringos… Uno va volando entre Viena y Budapest, una singladura aérea oscilante, quizás cruzamos sobre el Danubio azul. Comienza el descenso...

Aeropuerto, pasaporte, vacunas, la visa, y uno, ahí, de pie, ante un viejito de amable sonrisa, ¡venezolano!, ¡desde tan lejos!, bienvenido, pase, pase, y uno ahí, mirando a los demás, todos tratados así, con tan buenos modales, sin presiones, buenas maneras, por encimita así, pase pase, sin revisiones, también los otros así, pase pase, y uno ahí, medio extrañado, pensando en que algo raro estaba sucediendo, que tal vez no era el país como uno lo esperaba, como se lo habían pintado, o planteado, el país pobre que uno creía, el que le contaron, y uno ahí con su maleta, esperando una requisa que no llega, si no tiene nada que declarar, pues pase pase, y uno entonces comienza a preguntarse cuál era la cortina, ¿dónde estaba el telón?, uno, ¿por dónde lo cruzó?, y uno se pregunta desconcertado, cuantas sorpresas habrá de vivir en los próximos días. Todavía anda medio aturdido uno y va por ahí, preguntando cómo hacer para irse hasta el hotel, pues tome un taxi, ¿sí? Claro está, eso le dicen en la información y uno ahí, sintiéndose tonto, pues es lógico, debe funcionar, ¿un taxi?, ¿cualquier taxi?, pues sí, pues claro y pase pase, y todavía el recelo de pensar y ¿cómo le hago?, y va hasta una taquilla, y uno dice que quiere cambiar unos cheques de viajero, que es lo que trae, y pues sí, ¿cuánto necesita?, deme usted, lo que desee, ¿en efectivo?, ¡cuánto usted quiera señor!, y uno ahí es cuando empieza a creer que el país tras la famosa cortina no es como le pronosticaron, que no es un misterio, que es un país machete, o es chévere, o quizás de pinga, o que se yo como, pero a uno le parece que es todo tan diferente a lo esperado, y uno se atreve a pensar si será un poquito como la patria entrópica y tropical de uno, y al salir a la calle y no ver lluvia, ni nada gris, sino todo tan brillante, con verdor de esperanza, uno ahí mismo, acariciado por una fresca brisa, en la calle, toma un taxi y arrebujado de emoción pide ir al hotel y decide enfrascarse en el paisaje...

La tierra es muy negra, los pastos son muy verdes, se ve poca gente, seguramente por ser domingo, uno lo piensa, o a uno, ¿se lo explica el chofer?, y uno sin saber en cual idioma le habla, pero uno le entiende. Conversamos. Nos acercamos a la ciudad, ya se ven más personajes y uno con admiración detalla a las gentes, van bien vestidas, pasean grupos de adultos y llevan niños, familias seguramente, una cosa es evidente, resalta, destacan las jovencitas, rubias o morenas, terriblemente atractivas, sus ojos como almendras, a veces claros, las faldas muy cortas, las aceras húmedas, las piernas torneadas, ellas caminan por las calles de Budapest y uno va en el taxi, silencioso, y las ve pasar y sigue diciéndose que Hungría debe ser un país subyugante, esta nación, este país, el de los viejos Magiares, a uno le impresiona, y cada vez hay más colorido, y hay plazas y parques llenos de árboles, y uno piensa que ya tiene que estar acercándose al hotel, el Duna, un intercontinental, y uno dice para sí, que no será de pollo y fideos, como la sopa, ¡disparates pues!

De pronto desembocamos en una plazoleta y uno lo detecta por vez primera. Allí, de frente, está el río Danubio, el famoso Danubio Azul, y al preguntarle al chofer, tal vez en húngaro, él lo corrobora. Uno desde el taxi ve los puentes cruzando sobre el río y detalla en la otra ribera el Castillo Real y el Monumento a la Liberación y más allá, a lo lejos y sobre un pequeño monte, divisa el Bastión de los Pescadores y la Iglesia de San Matías y después uno se enterará que no le dicen San, simplemente Matías. Ya casi cae la noche, y en ese preciso momento se encienden las luces, y toda la ribera queda iluminada.  Se estremecen los reflejos en las aguas del río y uno allí dentro del taxi mira como ascienden las luces por los puentes y como se multiplican en el Castillo y van  creando destellos en las sombras espliego-magenta de la ribera opuesta, y el cielo detrás y arriba, aún es azul jaspeado por trazos purpurinos. Va a caer la noche, muere el día y entonces uno siente como si se le pusiera la carne de gallina, uno, allí mismo, en el taxi, así lo piensa, y dice, ¡gación!, maracucho con pelos verticalizados tras la cortina de hierro, ¡bicho!, uno es raro ejemplar, curioso espécimen, un fenómeno extraño, y uno no sabe que debe hacer, si reírse de sí mismo, o pensar en la suerte de vivir esos momentos. En el río hay muchos barcos, uno ve especie de ferrys, otros parecen remolcadores y algunas barcazas ancladas en la ribera y parecen restoranes, están llenos de gente, todos repletos de comensales, uno detalla los personajes, ¡no tiene cara de turistas, ¡tienen que ser húngaros!, ¡y están cantando!, suenan violines, se abrazan amorosas algunas parejas, la gente sonríe, y uno, ¡pues claro está!, uno no puede creer que las cosas sean así. ¡Detrás de la cortina de hierro!, y busca uno con afán ver cosas negativas, hay edificios grises, es evidente que algunos bombillos alumbran poco, ¡horror!, en la orilla opuesta, uno logra divisar ¡un gran aviso de Pepsi Cola! Uno repite para sí mismo, esto tiene que verse para poder creerse, o mejor aún, debe vivirse, o vivenciarse, ¿así se dice? Uno percibe, con emoción y rubor como el mundo socialista del año mil novecientos setenta y tres, lo ha impresionado favorablemente, y a uno, puede que le cueste aceptarlo, pero allí está todo, ante las meras narices de uno, quien además no cesa de repetirse que, ¿cómo puede ser cierto? Uno sabe que durante la guerra derribaron todos los puentes sobre el Danubio, uno ha visto las fotos, uno está consciente de que los húngaros han vivido desde entonces pisados por los rusos, uno sabe que es verdad que los alemanes desbastaron la hermosa ciudad, esa que en ese instante y ante uno mismo, se esconde entre las sombras en el primer anochecer de uno tras el telón de acero, y uno está allí, ante el Danubio, escuchando el eco del gemido triste de los violines gitanos y siente que todo se le está transformando en algo maravilloso, estupendo. Era que uno creía otra cosa, se lo dice a sí mismo, como excusándose, uno esperaba otra cosa pero está en el sitio, allí mismo, en Budapest, por vez primera, para afirmar sin atisbo alguno de vergüenza, que está en la ciudad más hermosa del mundo, y se imagina uno lo que sería con un poco de mantenimiento, de pintura, de cariño, la ciudad luz se te ha quedado atrás, sinceramente, eso es lo que uno piensa frente al río que corre bajo los grandes puentes...

 Maracaibo, 1 de enero del año 2016