domingo, 24 de febrero de 2013

Azul y rojo en "La Singarcita"



AZUL Y ROJO EN “LA SINGARCITA"

Dentro del bar “La Singarcita” todo es azul eléctrico. Arsenio decidido cruza las hojas batientes de la media puerta y se acerca a la barra. Se sienta en una silla de madera y mira de frente las botellas ante los espejos, reflejan un par de jamones y unas ristras de ajo plásticas que están colgando sobre las cabezas de un par de sombras sentadas en la barra. El bar La Singarcita, quizás pretendiendo un aire de tasca, luce unos bombillitas rojos que chispean navideños, creando por el contrario un ambiente malsano. Esto lo piensa él mirando al hombre que se ubica dentro de la barra. Es un moreno de ojos biliosos y de momento, se encuentra en el extremo opuesto, cuchicheando con una mujer que va luciendo una peluca rubia llena de crespos. Voltean ambos a mirarlo. Un aura rojiza parece aureolarlos. Arsenio tan solo desea una cerveza. Un tercio Polar bien frío. Esto se lo dice al barman quien se desplaza denotando escaso entusiasmo mientras se aleja de la vieja de los crespos que lo observa con cierto descaro. Arsenio le devuelve la mirada. Ella está cubierta con un polvo rosado y colorete que repella sus líneas de expresión, lo que llaman arrugas, piensa Arsenio quien entiende que no la ha visto nunca. ¡Imposible conocer todas las ficheras de Caracas, n´joda! Lo piensa aceptando que puede que sea por los rones de la tarde a que Migdalia, pero cree que es la primera vez que entra a ese local. El sitio, lo conocía, pero por fuera, por el nombre, sugestivo y el aviso de neón, azul y rojo, azul y rojo, lo tenía ubicado, letras de neón, prendían y apagaban, en rojo y en azul. “La Singarcita”. Arsenio se bebe casi toda la botella de cerveza de un solo tirón y concluye que de verdad está bien fría. Chasquea al final y mientras observa al moreno que le da la espalda y regresa a cotorrear con la vieja, eructa y coloca la botella vacía ante él.
Entonces fue cuando Arsenio se dio vuelta examinando las cuatro mesas de metal sin manteles y las figuras sombreadas de las gentes. Una rockola estaba emitiendo destellos amarillentos y trepidaba con un ritmo colombiano pero él no quiso esforzarse en saber si era “El binomio de oro” u otro vallenato, los cantores repetían con insistencia la historia de un tipo raro a quien “se le mojaba la canoa”. Volvió a mirar, lo hizo a través del espejo de la barra que tenía frente a él y poniéndole más atención y contó tres mesas, y creyó notar que estaban ocupadas por hombres bebiendo cerveza o ron y en dos de ellas se veían también tres mujeres. En la penumbra no se observaban bien sus formas pero una de ellas estaba sentada en las piernas de un cliente, bebedores todos, ya noctámbulos domingueros. Entre todos hablaban, bebían, fumaban y en general gritaban entre ellos. Una de las mujeres reía sin parar. Arsenio encendió un cigarrillo. En otra de las mesas una mujer sola, estaba sentada ante una botella de ron Pampero. Arsenio la detalló. Era una morena alta y  en ese momento bebía en un pequeño vaso. Arsenio vio como se empinaba un trago. Ella era corpulenta. Arsenio pensó, buenaza tal vez, no se divisaban muy bien sus formas ya que todos estaban flotando en una pegajosa oscuridad azul con chispas rojizas de los bombillos rojos centelleantes que en una ristra adornaban el tope de la barra. Arsenio se volteó hacia el barman y le hizo unas señas para solicitarle otra cerveza. A pesar de estar de espaldas a la mujer de la botella, no la perdía de vista a través del espejo situado frente a él. Dos sujetos entraron y se sentaron también en la barra, él los observó emergiendo entre el humo violáceo de su cigarrillo, y después los miró reflejados en el espejo. Así notó que uno era chino. Volvió a mirar a la mujer que se empinaba otro vaso de ron, y en el espejo notó como el cigarrillo creaba una nube azul con trazos plateados. Aspiró una bocanada queriendo aclarar su visión mientras pensaba que sin duda la morena era un hembrón. Eso dijo para sí y luego creyó que era un signo prometedor el verla bebiendo sola. Esa morenota está bien buena. Lo dijo para sí mientras se empinó la nueva botella de cerveza que estaba helada de verdad. Entonces Arsenio volteó hacia la derecha para ver al chino y pensó en Migdalia, ¿por lo feo del chino, sería?, no, recapacitó, es algo, quizás de su aroma, no la del chino, no… Luego pensó, ¿ver a Migdalia china? ¡Sa Yegua! Con ella, estaba fino, certero pana, la entubaría de nuevo, atrinca es... En estas cosas fue en las que se puso a recapacitar entonces, mientras se bebía trago a trago toda la botella. ¡Ay mamita! Tras un pequeño eructo nasal, le pidió otra fría al moreno del bar. No se le iba de la mente Migdalia. La imaginaba ya en cueros, la veía en una cama redonda, la federica ensartada y él… Arsenio notó entonces que la morenota de la botella de ron lo estaba mirando por el espejo, ella lo escrutaba, no le cabía ni un pelín de duda, y Arsenio creyó notar un destello pícaro en sus ojos. La rockola soneaba en ese momento con “el diablo de la salsa”. Buena tripeada me puede salir con esa jevota. Él lo pensó mientras apuraba toda la botella de cerveza imaginando que ya lo del resuelve con Migdalia aunque era preciso no estaba para ese momento a punto. Una machacadita de ajo, ni mal me caería. Eso dijo para sí, mientras a través del espejo le hizo a la morena de la botella de ron una mueca que pretendía ser un guiño. Pensando en el ajo y en el foin en la tripeada, decidido, se volteó para admirarla de frente. Ella nuevamente apuraba un trago, y al instante sacó una lengua gorda muy rosada y la hizo girar por el borde del pequeño vaso. Arsenio observándola ya de frente, a pesar de la oscuridad se dijo que sin duda estaba pudriéndose de buena. Se fijó en su bemba roja imaginándose ver de nuevo su lenguota. Un culazo así a esta hora estará fino, además me lo merezco. Eso dijo para sí mismo y no obstante regresó mentalmente a Migdalia y a su bikinito negro. Lo de su jevita estaba decidido, para después habría de ser. La negrota cruzaba y descruzaba las piernas por lo que él terminó por convencerse de que ante una heavy batatuda así, él era capaz de olvidarse de Migdalia y lo demás, pues era un hecho cierto que en tiempo de guerra cualquier hueco es trinchera. ¡Es que la falda se le está reventando! Arsenio tomaba nota de los detalles e iba recordando a su chama con su batica roja y el bikinito negro, allá cerro arriba, la federica recién bañada, chorreando agua, con sus ojos de susto... Que vainas tan raras las de uno, tan federica que es esa coñita y me sigue gustando burda, pero quien quita, de repente y tal nos empatamos en serio, pero yo este boche no lo pelo. Se acomodó mejor llevándose la mano a la entrepierna y  musitó para sí mismo. ¡A esta negrota me la raspillo esta misma noche! Descaradamente se removió en su banqueta mientras lo acomodaba de manera que la morenaza en la mesa frente a él pudiese morbosearlo a su antojo. Se bebió los últimos tragos de la botella de cerveza sintiéndose ya rijoso sin saber si era por el recuerdo de Migdalia, por la jeva de la botella o porque las cervezas lo estaban apremiando ya en las ganas de orinar. Le pidió otra cerveza al barman y mientras la esperaba, con parsimonia se levantó. La rockola en ese momento retumbaba el coro de una salsa de Blades. Decisiones/ cada día alguien pierde/ alguien gana/ Ave María! Lentamente se acercó como una sombra azul a la mesa frente a él.  Decisiones/ todo cuesta/ salgan y hagan sus apuestas/ de cada día!... Arsenio trató de no atenderle a la música y tomó la botella de cerveza en su mano. /Que…sus reflejos son mucho más claros/ y tiene más control. Arsenio acercó una silla y se sentó en la mesa sin dejar de mirar a los ojos de la morena... /Por eso hunde bien el acelerador/ sube el volumen de la radio/ para sentirse mejor/ bien chévere!... Arsenio decidido tomó la mano de la morena. Era grande y pesada, así la sintió él... La rockola proseguía. …/y cuando la luz cambia a amarilla/ las ruedas del carro chillan/ y el tipo se cree James Bond… El barman de los ojos biliosos llegó con otra botella de cerveza, y la colocó sobre la mesa mientras la música proseguía en las decisiones. …/ la luz del semáforo comerse/ y no ve el camión aparecerse/ en la oscuridad... Arsenio comenzó a decirle cosas en el oído y ella se reía. …/Digo yo que la pregunta para la eternidad es... La morenota puso su manaza sobre la pierna de Arsenio… ¡Persígnate men! Amén... Arsenio mismo lo pensó, ¡persignarse no!, ¡pa lante es que brinca el sapo! Esto fue lo que él se dijo en aquel momento, se trataba de tomar decisiones.

En el instante cuando le asestaron la primera puñalada a Arsenio Matos en el flanco derecho por debajo de la novena costilla, él estaba a punto de acabar o de correrse, se le iba escurriendo la vida en un paroxismo seminal, había llegado al mero tope, al clímax de la bulla de los plátanos, se venía, estaba explotando en un orgasmo de antología, apoteósico, espeluznante, él allí, de pie, separando un tanto las piernas, impertérrito, totalmente vestido, repleto de cervezas no orinadas, de espaldas a la bocacalle oscura que dejaba ver intermitentes azul y rojos los destellos del aviso de neón sobre la puerta, al cruzar la esquina, él allí, entre las negras bolsas plásticas del aseo urbano, al lado del depósito metálico de basura del “Bar La Singarcita” que exudaba un acre aroma a detritus, él, allí se encontraba, en aquel instante preciso, aferrado a la pelambre crespa y grasienta de una anaconda humana ya sin peluca, él, enhiesto y estertoroso, Arsenio, apodado Blackaman, mal llamado Blackamatos, estaba allí, en el propio sitio, vivenciando una muerte chiquita, y ya había comenzado a bizquear, gimoteante, electrizado, enchufado en una caverna de vibricias y desquiciantes latigazos, allí dentro de un acolchado laberinto de lengüetas enloquecedoras, él sentía derretírsele la espina dorsal. En eso mismo estaba Arsenio Matos, cuando sintió aquel golpe seco y por un momento no pudo entender el como ni el porqué del aire que penetraba silbando con la hoja de acero en su cavidad pleural, tampoco pudo imaginar que su pulmón derecho se colapsaba retrayéndose con dolorosa violencia y menos aún que todo estuviese aconteciendo en el instante sublime de escapársele el ser nublándole la conciencia del ya no ser...

Mutatis mutandi. El travesti demostraba ante él la magia subyugante del vampiro. El felino al acecho, su rival por culpa de la federiquísima Migdalia, lo venía cazando desde hacía varios días, el Gato felino finalmente lo había detectado. Su mirada de perro azul lo ubicó entre la vaharada ácida del callejón, en el oculto socavón trasero del bar. Vengador, el Gato, sigiloso avanzó, acompasado y silencioso se acercó a él, dispuesto a asestarle el zarpazo final. Dos por una sola paga, la doble matanza, doubleplay, estrockados y estocados, pero quebrados, así habrán de quedar, ambos dos. Todos estos pensamientos en deliciosa febril y rápida cadencia, las disfrutó el Gato unos segundos antes de usar su hoja de doble filo. Desde hacía ya un rato había visteado a Blackaman quien se encontraba enredado en una especie de telaraña maldita. Luego de trasponer el umbral de la calle Arsenio quedó envuelto por una capa roja y negra, la noche los acogotó, azul y rojo, pestañeaba y él estaba inmovilizado por su mirada, negra y fulgurante, la lenguota gorda y rosada, él obnubilado por la cerveza y el deseo, en la oscuridad azul, afloró rojo y tambaleante, al meterse en el callejón vacilaba tropezando, pero sí, él había tomado una firme determinación, e iba guiado por el aura de aquel perfume barato, acicateado por breves habilidades táctiles, obsceno obseso, obcecado había cedido, obstinado, había accedido, asediado, y presintió ser yugulado por la angustia de aquel ser a quien comenzaba a ver disfrazado de deseperanzadora soledad, sin importarle mucho, así, con certera determinación él sabiéndose ya conocedor del secreto del vampiro, se dejó conducir de su mano, con una precisa intención en su alma. Arsenio llegó al basurero en la callejuela detrás del bar cuando había calculado ya como habría de matarlo, ¿tal vez luego?, al terminar lo haría, acabaría con su perra vida, lo merecía aquella rata, sarna asquerosa, quien lo había engatusado, el engaño era una afrenta a sus semejantes, mas sin embargo Arsenio se dejaba ir, y por un momento de arrebato se olvidó de sus intenciones, quizás el escozor de las papilas gustativas, sialagogo humor del vampiro empecinado, ya sin peluca, desaparecida casi su feminoide corpulencia, ante él, a los pies de su próximo verdugo, lloroso, y suplicante, desplegando sus habilidades, rojo y azul, se había postrado ante él, y ocultos ambos bajo la capa del vampiro, azul y roja, Arsenio cedió. No le importó, después será, lo dijo y se dejó envolver, quedó listo en la vida, oficiaría su ritual, la mirada bovina suplicante se trocó  en un instante y brillaron los colmillos con ácida sialorrea, todavía sin haber arribado a la hora del aquelarre, sin llegar aún la media noche, tan solo azul y rojo, Arsenio flaqueó ante los colmillos romos y la succión, e intermitentes hilillos de sangre correrían, e iba ahogándose el vampiro, rojo y azul, dientes desgarrando venas pletóricas, azul y rojo, mientras él no lograba ni pensar, bizqueante, o no quería desprenderse de la grasienta pelambre, y sentía como todo giraba en un sorbérselo y absorberle toda la existencia misma, y así ruidosamente, provocándole espasmos incoercibles, se le desprendía la vida, ya casi explotando mientras se regodeaba en la muerte chiquita y el otro lo devoraba, incorporándose ambos dos en un intercambio antropofágico, en el preciso instante de la verdad, cuando la hoja filosa, hiende, desgarra, penetra casi hasta la aorta en la línea media del tórax, y azul y roja toda su sangre habrá de escapársele a borbotones con su vida...

Arsenio se halló súbitamente ante una tribu de antropófagos vegetarianos, legión de enanos deformes quienes desnudos saltaban contorsionándose, encima de él, aullando y riendo con chillidos desquiciantes. Los demonios metamorfoseados en pequeñas bestezuelas habían descendido reptando entre los troncos de las palmeras que brotaban del vertedero de basura, y rasgaban los bolsones de negro hule, mientras habían comenzado por lamerle las palmas de sus manos, sudorosas, oleaginosas por el aceite, de los frutos moriches, o quizás de la encrespada cabellera ya sin peluca, el cráneo que brillaba con el aceite de coco oliendo a rancio, aparecían flotando entre el aroma de los desperdicios eructados desde las bolsas plásticas, sobre lechugas marchitas, y restos filamentosos de una ensalada de repollo ya demasiado agria, a él nada le importaba mientras apretaba las mandíbulas y se aferraba estertoroso, pues tenía los ojos cerrados y ya casi que se iba, pero los caníbales vegetarianos se encaramaban por encima de él, y él con los ojos muy apretados se venía, acababa, y los pigmeos endemoniados iban masticando, machacando en fragmentos blandos y ensalivando todo su cuerpo, mientras él, Arsenio, sudaba, entendiendo que que ellos, los antropófagos vegetarianos, se comerían todas las matas, las plantas, firme en el piso, hasta las plantas de sus pies, acabarían mordisqueadas por la horda de contrahechos enanos, las plantas carnívoras, se abrían y se cerraban, sedosas, como guantes, venían las moscas, volaban girando, él se venía cuando el pulmón colapsado por la entrada del aire era solo un muñón terriblemente doloroso, y ellos como locos iban mordisqueándole con finas dentelladas, palmas y plantas, que ya no sudaban, ellos saltarines le roían sus gomas, goteaba goma arábiga, hule, árbol de caucho, euforbiaceas, gota lechosa, él enraizado en el piso, raicillas, rizófagos, pelos absorbentes, rizomas hirsutos, crespos oleosos, se le resbalaban, mientras el dolor hacía que aflojara sus garras, cedían las tenazas y surgían más pequeñas, diminutas efigies demoníacas que se aferraban a sus piernas, y salían y emergían, y correteaban desde los pipotes de basura, y lo empujaban...

Arsenio terminará por caerse, rodará entre el humus, en medio de la tribu de vociferantes salvajes, aquellos pigmeos antropófagos, caníbales vegetarianos que roían desesperadamente las raíces del árbol de su vida, el leño caído, desgajado, cediendo ya, hasta verle flaquear en sus cimientos. Se tambaleará y caerá, él los escuchará chillar aullando, ¡fuera!, ya viene, ¡abajo! Él estaba aferrado a la raíz de los cabellos y ellos, los demoníacos pigmeos aparecieron disputándoselo, en el instante mismo cuando el Gato felino emergió de la noche azul y roja para darle el toque final a su vida. Ahí donde los engendros luchaban saltando entre los humeantes detritus del socavón azul y rojo, allí do se pelearon para comerle el tronco, la médula, el tuétano del palo, mástil leñoso, arbusto ramificado, ahí se le fracturó su arbolito genealógico, su tallo de la felicidad, la filigrana del paraíso, su tronco troncho tronzado, árbol de la vida que se le escapaba en un hilo de savia bruta, allí su sapiencia quedaría ida, elaborada, y cual savia derramada, su vida, ya frustrada, quedaría perdida, para siempre jamás...


Con algunas modificaciones, este es un fragmento de “Para subir al cielo…”, novela ganadora del Premio “Bienal de Narrativa Elías David Curiel”, Edo. Falcón, 1997 

jueves, 21 de febrero de 2013

EL CUERVO de Edgar Allan Poe



El Cuervo

por Edgar Allan Poe


Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones,
sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
inclinaba soñoliento la cabeza, de repente
a mi puerta oí llamar;
como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta
mano tímida a tocar:
"¡Es - me dije - una visita que llamando está a mi puerta:
eso es todo y nada más!".

¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,
y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
Cuan ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura
procurando en vano hallar
tregua a la honda desventura de la muerta Leonora;
la radiante, la sin par
virgen rara a quien Leonora los querubes llaman, ahora
ya sin nombre... ¡nunca más!

Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras
me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
de tal modo que el latido de mi pecho palpitante
procurando dominar,
"¡Es, sin duda, un visitante-repetía con instancia-
que a mi alcoba quiere entrar:
un tardío visitante a las puertas de mi estancia...,
eso es todo, y nada más!".

Poco a poco, fuerza y bríos fue mi espíritu cobrando:
"Caballero, dije, o dama: mil perdones os demando;
mas, el caso es que dormía, y con tanta gentileza
me vinisteis a llamar,
y con tal delicadeza y tan tímida constancia
os pusisteis a tocar,
que no oí", dije, y las puertas abrí al punto de mi estancia:
¡sombras sólo y... nada más!



Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,
quedé allí-cual antes nadie los soñó-forjando sueños;
más profundo era el silencio, y la calma no acusaba
ruido alguno..., resonar
sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora
yo me puse a murmurar,
y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora...!
Esto apenas, ¡nada más!

A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia,
Pronto oí llamar de nuevo, esta vez con más violencia:
"De seguro-dije-es algo que se posa en mi persiana,
pues, veamos de encontrar
la razón abierta y llana de este caso raro y serio,
y el enigma averiguar:
¡Corazón, calma un instante, y aclaremos el misterio...:
es el viento, y nada más!".

La ventana abrí, y con rítmico aleteo y garbo extraño,
Entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.
Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,
con aspecto señorial,
fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta
de mi puerta el cabezal;
sobre el busto que de Pallas representa
fue y posóse, y ¡nada más!


Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza
con su grave, torva y seria, decorosa gentileza;
y le dije: "Aunque la cresta calva llevas, de seguro
no eres cuervo nocturnal,
¡viejo, infausto cuervo oscuro vagabundo en la tiniebla...!
Dime, ¿cuál tu nombre, cuál,
En el reino plutoniano de la noche y de la niebla...?
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".

Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,
si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;
pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura
que lograse contemplar
ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,
ave o bruto reposar
sobre efigie en la cornisa de su puerta cincelada,
con tal nombre: "Nunca más".

Mas el cuervo fijo, inmóvil, en la grave efigie aquélla,
sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella
vinculada, ni una pluma sacudía, ni un acento
se le oía pronunciar...
Dije entonces al momento: "Ya otros antes se han marchado,
y la aurora al despuntar,
él también se irá volando cual mis sueños han volado".
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".

Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido,
"no hay ya duda alguna-dije--, lo que dice es aprendido;
aprendido de algún amo desdichoso a quien la suerte
persiguiera sin cesar,
persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo,
sus canciones terminar
y el clamor de su esperanza con el triste ritornelo
de: ¡Jamás, y nunca más!".

Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa,
mi sillón rodé hasta el frente de ave y busto y de cornisa;
luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía
dime entonces a juntar,
por saber que pretendía aquel pájaro ominoso
de un pasado inmemorial,
aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso
al graznar: "¡Nunca jamás!".

Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma,
cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.
Esto y más-sobre cojines reclinado-con anhelo
me empeñaba en descifrar,
sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella
luminosa mi fanal,
terciopelo cuya púrpura ¡ay! Jamás volverá élla
a oprimir, ¡ah, nunca más!

Pareciome el aire, entonces, por incógnito incensario
que un querube columpiase de mi alcoba en el santuario,
perfumado. "¡Miserable ser-me dije-Dios te ha oído,
y por medio angelical,
tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora
te ha venido hoy a brindar:
bebe, bebe ese nepente, y así todo olvida ahora!".
Dijo el cuervo: "Nunca más".

¡Oh, Profeta-dije-o duende!, mas profeta al fin, ya seas
ave o diablo, ya te envía la tormenta, ya te veas
por los ábregos barrido a esta playa, desolado
pero intrépido, a este hogar
por los males devastado, dime, dime, te lo imploro.
¿Llegaré jamás a hallar
algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?.
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".

"¡Oh, Profeta-dije-o diablo! Por ese ancho, combo velo
de zafir que nos cobija, por el sumo Dios del cielo
a quien ambos adoramos, dile a esta alma dolorida,
presa infausta del pesar,
si jamás en otra vida la doncella arrobadora
a mi seno he de estrechar,
la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora...".
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".

"¡Esa voz, oh cuervo, sea la señal de la partida
--grité alzándome--, retorna, vuelve a tu hórrida guarida,
la plutónica ribera de la noche y de la bruma...!
¡De tu horrenda falsedad
en memoria, ni una pluma dejes, negra! ¡El busto deja!
¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho! ¡De mi umbral tu forma aleja...!".
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".

¡Y aun el cuervo inmóvil!, fijo, sigue fijo en la escultura,
sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura....
y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,
las visiones ve del mal;
y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo flota..., nunca
se alzará..., nunca jamás!

Edgar Allan Poe
(1809-1849)

Versión al castellano de Juan Antonio Pérez Bonalde

CANTO A ESPAÑA de Andrés Eloy Blanco




CANTO A ESPAÑA
Andrés Eloy Blanco * 

    
                  I
Yo me hundí hasta los hombros en el mar de Occidente,
yo me hundí hasta los hombros en el mar de Colón,
frente al Sol las pupilas, contra el viento la frente
y en la arena sin mancha sepultado el talón.
Trajo hasta mí la brisa su cascabel de plata,
me acribilló los nervios la descarga solar,
mis pulmones cobraron un aliento pirata
y corrió por mis venas toda el agua del mar.
Alcé los brazos húmedos a la celeste flama,
y cuando cayó en ellos el tropical fulgor
cada brazo creció, como una rama,
cada mano se abrió como una flor.

Súbitamente el agua gibóse en un profundo
desbordamiento de maternidad...
Me sentí grande, inmenso, sin cabida en el mundo,
infinito y molécula, multitud y unidad.
Volví los ojos hacia mí: yo mismo
me oí sonoro, como el caracol,
¡y el ave de mi grito voló sobre el abismo,
bebiendo espuma y respirando sol!

Sentí crecer raíces en los pies, y por ellos
una savia ascendente renovaba mi ser;
hubo un afán de brote del torso a los cabellos,
cual si toda la carne me fuera a florecer.

Sombrado allí, bajo la azul rotonda,
integre la metáfora ancestral:
árbol en cuyo tronco se parte en dos la onda
y en cuya copa se hace trizas el vendaval...
¡Noble encina española de los Conquistadores,
que en mitad del Océano perfumas el ciclón,
bajo el mar las raíces, junto al cielo las flores
y perdida a los cuatro vientos la ramazón!
¡Cuando yo florecía, con los brazos tendidos,
eras tú quien estaba floreciéndome así,
y fui sonoro porque tuve nidos
cuando tus ruiseñores anidaron en mí!

¡Árbol del Romancero, Tronco de la Conquista,
Raza donde Dios puso su parte más artista.
follaje donde vino la paloma a empollar!
Surja a tu sombra el canto que incendie la ribera,
mientras te cubre con su enredadera
la reverberación crepuscular...
 

                        II
No son para la Lira manos que odian la calma;
¡para cantarte me he pulsado el alma!

Con un temblor de novia que se inicia,
con un azoramiento de novicia,
el candor de las páginas, rebaño de gacelas,
aguarda ante mis ojos la llegada del Cántico,
virgen como la espuma del Atlántico
antes del paso de las carabelas...
 

                        III
¡La Partida! Cacique, alza la frente
y cuéntame de nuevo lo que has visto;
tres naves que llegaron del Oriente,
como los Reyes Magos al pesebre de Cristo.

Desprendida del texto, sobre la mar caía
de Balaam la vieja profecía.
Con un fulgor total de luna llena,
marcando el derrotero,
parecía colgada de una antena
la mirada de Dios en el lucero.
¡Estrella que defines sobre la frágil onda
la ruta del bajel,
en ti sintetizaron su mirada más honda
los ojos de Isabel.
Tú recuerdas al nauta en su camino
que es Dios quien fija el rumbo y da el destino
y el marino es apenas la expresión de un anhelo,
pues para andar sobre el azul marino
hay que mirar hacia el azul del cielo!
Melchor, Gaspar y Baltasar de España,
siempre en el aire inédito al bauprés,
¡y tú, Mar de los Indios, a su paso te abrías
como el Jordán herido por el manto de Elías
y el mar de los milagros al grito de Moisés!

Traen los Reyes el oro de las joyas reales,
la mirra de la luz
y el incienso que luego subirá en espirales

del alma de los indios al árbol de la Cruz.
¡Qué sorpresa oceánica, que abismal armonía
la de aquellas auroras sin tormenta ni bruma,
mientras en los costados de la «Santa María»
derribaban las olas sus jinetes de espuma!

¡Qué prodigio de azul!
Las carabelas
tienen azul arriba y abajo y adelante.
Sólo un blanco: las velas:
Y un verdor de esperanza: el Almirante.

¡Quiero volver a España! -clamó la algarabía-,
porque no presentía en esa hora
que estando atrás España, su barca dirigía
hacia España la proa.
Y cuando al fin la Anunciación de Triana
fue de grímpola en grímpola, de mesana en mesana,
y en pleno mar la Isla irguió su flor,
para los Reyes Magos que buscaban su nido,
aquel mundo, del mar recién nacido,
fue como el de Belén, el Salvador.


                        IV

Y el Cacique de carne, desde el vecino cerro,
vio salir de las aguas unos hombres de hierro...

Mis caciques son ágiles, escalan las montañas
y sus pies son pezuñas y sus uñas guadañas.

La sierpe del Origen
cubrió los rudimentos de la casta aborigen;
de ella sacó el abuelo su astucia recogida
y en las Evas indianas multiplicó su vida.

Fue su cuna un nidal; la hoja de parra
no llega hasta el secreto de su sapiencia suma;
ave fue, porque sólo del huevo, luz y bruma
que las carnes desgarra,
se engendra al mismo tiempo el pie de garra
y el arco iris de la sien de pluma.

Marcan la eternidad de sus dolores
en piedra de Epopeya diez Cuzcos, diez Tlaxcalas;
abajo las cenizas de los Emperadores,
y arriba, el cuerno errante, que es el dolor con alas.

No piden a su Dios la buena suerte,
ni vana holganza, ni alegría estrecha;
dejan a lo divino lo que sigue a la muerte,
y el resto lo confían al tino de su flecha.

Y es su Pascua, La Pascua Matutina,
más clara que la Pascua jovial de Palestina,
porque si en los católicos rebaños
el Pastor galileo nace todos los años,
cada aurora del Indio florece epifanías
porque el Sol, Dios supremo, nace todos los días...


Esa era América. ¡Nadie te dio nada!
De ti lo esperó todo, tú fuiste el Dios y el Hada;
su palma estaba sola bajo el celeste azul,
su luz no era reflejo, sino lumbre de estrella;
presintiendo tus cruces, ya había visto Ella
cien calvarios sangrando bajo la Cruz del Sur.


Y hubo sangre en mis montes y no en mis llanos,
y tú fuiste hacia el Mundo con un mundo en las manos.
América, desnuda, dormía frente al mar,
y la tomaste en brazos y la enseñaste a hablar.
Y toda la excelencia
de tu sagrada estirpe -valor, trabajo, ciencia-
floreció por los siglos en el hombre injertado;
indio, cerebro virgen, español, alma en vuelo...
así en el campo nuevo, cuando pasa el arado,
la primera cosecha no deja ver el cielo...
 

                        V
Para cantar a España, traigan a nuestro coro
unos, su voz de bronce, y otros su voz de oro.

Poeta, labrador, soldado, todos,
en diversos altares y por distintos modos.
¡Poetas, por el numen vital del optimismo!
¡Canten sus églogas los labradores,

entone el jardinero su madrigal de flores
y agite el navegante su poema de abismo!

Y canten por la España de siempre, por la vieja
y por la nueva: por la de Pelayo
y por la que suspira tras la reja,
por la de Uclés y la del dos de Mayo;
por la del mar y por la de Pavía
y por la del torero... ¡España mía!,
pues siendo personal eres más grande;
¡por la de Goya y por la de Berceo
por el Pirineo,
que ansiando más azul subió hasta el Ande!
Por toda España, torreón de piedra
con un Cristo tallado, bajo talar de yedra.

Por la que da una mano del Quijote en Lepanto
y en Calderón descifra, como Daniel, la Vida,
y por la que saluda y tira el manto
cuando la cigarrera va a la corrida...
Por Gerona sin Francia, por Numancia sin Roma,
por Galicia emigrante, por Valencia huertana;
por la que se sonroja cuando asoma
el estilete de Villamediana;
por un Alfonso diez, que hace las leyes;
por un Alfonso trece, que es la ley de los Reyes,
por la que, mientras ruge Gonzalo en Ceriñola,
toma una espina al huerto de Loyola,
toma una flor al huerto de Teresa;
por Aragón, donde la Pilarica
dijo que no quería ser francesa...
por León y Asturias, Aventino de España;
por Guipúzcoa, dormida en la montaña;
por los tres lotos de las Baleares.
y por Andalucía que va a Sierra Morena
y Andalucía de la Macarena
y Andalucía de los olivares.

Por Canarias del Teide, que es un fanal y un grito
-canario de Canarias-. ¡Oh, dulce Don Benito!...
por Cataluña, cuerno de abundancia;
por Navarra, que dijo: -¡Mala la hubiste, Francia!
Por las lanzas de Diego velando una Menina;
por la tierra que ríos de maravilla riegan
y por Castilla, a cuyos pies doblegan
Saúl la espada y Débora la encina.
Castilla, hembra de acero de forja toledana,
cuyo canto en la vía requebró Santillana,
Castilla, que en las armas de Santander gobierna
su nave con las velas hinchadas de galerna;
Castilla del Imperio y de Padilla,
Castilla, que en sus Reinos es la Madre Castilla
para los goces y los desamparos,
desde Isabel, que forma la Escuadrilla,
hasta Victoria de los ojos claros...

Y canten por la España ultramarina,
la que dirá a los siglos con su voz colombina
que el Imperio Español, no tiene fin,
¡porque aquí, Madre mía, son barro de tu barro,
lobeznos de Bolívar, cachorros de Pizarro,
nietos de Moctezuma, hijos de San Martín!

... Y una vez que refleje la exaltación suprema,
por el prodigio vasco sintetice el Poema;
¡por el prodigio vasco! Tierra de Rentería,
donde el primer Bolívar, mirando al mar un día
pudo decir: -¡También Vizcaya es ancha!
¡Por ti, cántabra piedra, que me diste la gloria
de Aquel que va gritando por Historia,
caballero al galope de un rocín de la Mancha!
 

                        VI
¡Madre! Europa está toda florecida de espinos...
Ven... Aquí verás musgo en los senderos,
porque para tus lanzas no tenemos molinos
y para tus escudos no tenemos cabreros.
-¡Madre mía!- te digo, y se diría
que mi voz va creciendo si dice «¡Madre mía»!...
Ven, que por ti somos mercado y jubileo,
ven con la cruz y con el caduceo,
con tu enseña de sangre, donde flota una espiga;
¡sé tú, Ximena y Carmen, laurel entre claveles;
sé la España que tiene los ojos de Cibeles
y la España que lleva la navaja en la liga!...
De ese huerto en que fundes barros americanos,
América florida se te dará en olor;
así Dios, aquel día, tomó el barro en sus manos,
y el barro tuvo lágrimas y floreció de amor...

¡Hazte a la mar, España! Eres su dueño,
porque tus carabelas le arrancaron al Sueño,
y desde que, angustiado de trinos españoles,
el turpial de «Goyescas» se abatió en las arenas,
hay más gemidos en los caracoles
y son más armoniosas las sirenas.
¡Hazte a la mar, Quijote! Nave de la Esperanza,
una adarga la vela y el bauprés una lanza;
cierra contra el rebaño que en las olas bloquea,
cobra al futuro el secular reposo,
que hay en estas riberas del Toboso
lecho de palmas para Dulcinea.

¡Todo el mar de Occidente rebota de murmullos!;
¡el Árbol de la lengua se arrebuje en capullos!;
haya en España mimos y en América arrullos;
¡el mismo vuelo tiendan al porvenir las dos,
y el Mundo, estupefacto, verá las maravillas
de una Raza que tiene por pedestal tres quillas
y crece como un árbol, hacia el Cielo, hacia Dios!...



* Andrés Eloy Blanco († 1955) fue escritor de variados registros, considerado como el poeta de la cultura popular venezolana. En 1923 la Academia de la Lengua Española otorgó al poema CANTO A ESPAÑA el premio en el Certamen Hispanoamericano de Poesía celebrado en Santander y organizado por la Asociación de la Prensa.

domingo, 17 de febrero de 2013

Oficio de escribir



Oficio de escribir
   Él cerró los ojos y comenzó a recapitular. Se confundía con viejas historias, las escuchadas brotando de las cavernas edéntulas de tristes ancianas apergaminadas, ¿hacía cuantos años?, otras tal vez relatadas por los habitantes de aquellos desolados pueblos. Los cuentos eran cotejables con los documentos que él aún poseía. Durante la última semana se había empeñado con afán febril en armar de nuevo todo el rompecabezas. Tenía que llenar cuartillas en blanco, extraer las ideas, ¿de su imaginación?, o quizás, se trataba de dejar constancia ciertos datos, fechas, notas, lugares y personajes. Lo lamentable, pensó, es que nadie sabe donde comenzó todo esto. ¿Cómo era aquello de un pueblo sin historia? ¿Tradiciones o traiciones?  Cerró los ojos y con el balanceo del chinchorro creyó ubicarse sobre una mula, como si hubiese sido él mismo uno más del grupo, y espantó las moscas con el cabestro. ¿Era un jueves o un viernes? Un viernes era…

   Ante el aparato que había caído fulminado desde el cielo, les vio descender. Los apodados felinos llegaron chapoteando en un barrizal sangriento, con el comisario al frente, otros descendían, en rappel e iban reptando. Dirigiendo el grupo estaba el hombre de las planchas de marfil, y él, oculto, desde la hondonada, le vio sonreír en medio de la selva. Atisbó como acariciaba la cacha de su machete.  Después, volvió a sentir las riendas de cuero en su diestra poco diestra, rugosas, un paso y otro, la cincha rozaba su entrepierna, volteó a mirarles, todos iban bien pertrechados, armados hasta los dientes. ¿Hasta la cacha? Con suficiente bastimento. Entonces fue cuando se acercaron hacia los árboles, bajo la colcha movediza y ondulante de los cujíes, y mientras la brisa refrescaba, se metieron hombres y bestias bajo las ramas, en el monte. 

   En oleadas le llegaban los recuerdos. Todos dirían que había sido un accidente. Era más fácil, así… Sin querer abrir los ojos, él se meció en el chinchorro hasta sentir el leve soplo colándose deliciosamente entre la urdimbre. Hojitas de cují, verdes, amarillas, infinitas, flotando, en el suelo, secas, enanas, delgadas, con su nervadura individual, partidas, un minúsculo encaje vegetal tembloroso. Después de andar toda la mañana sobre las mulas, la aridez del terreno iba desapareciendo y el ramaje sombreaba denso, más azul si andaban bajo los cedros y las ceibas. Pasaron entre frondosos guásimos, luego debajo de gigantescos matapalos, copudos cotoprices, mamones cargados, nísperos impregnados de miel y leche. Disminuían poco a poco los cujíes y ya casi ni se escuchaba el tintineo de los entorchados platanicos dorados cargados de semillas entre los millares de hojitas verde tierno, ellos colgando sonoros, o las negras cimitarras de las cañafístolas golpeando en el aire o crujiendo bajo los cascos de las bestias, entre las sombras de los caimitos. Avanzaban. En un claro el sol les deslumbró. A un lado grandes aceitunos y guásimos, les rodeaba un bosquecillo con arbustos que les cerraban el paso entre guayabales e hicacos y más lejos aún, parecía existir una selva infinita de mangos. Entonces fue cuando llegaron hasta ellos como una nube de plumas, piando y aleteando, cientos de pájaros bulliciosos. Volaban desde el bosque de mangos y el aleteo o quizás los trinos alborotaban el perfume dulzón de las frutas. Cercados por aquella nube revoloteante, pudieron salir de entre los hicacos y bajo los guayabales dejando atrás con el bullicio el olor de las guayabas que impregnaba el confín de las tierras llanas. 

   Estaban frente a las imponentes montañas violáceas de la serranía cuando él se quedó mirando a los pequeños arbustos cuajados de gomosos y brillantes caujaros. Frutillas de murciélagos, pensó. Esperan por las ratas aladas, esto dijo y sonrió al recordar a Yoleida y su pasión por los desarrollados quirópteros degradados en roedores alados por efecto de la tomadera de pelo, cuantos recuerdos vividos en aquellos días de las investigaciones sobre los reservorios de la rabia paralítica. Las ratas salvajes eran los reservorios de la peste loca, pero nunca fueron hallados. Las de la peste bubónica urbana fueron ratas guaireñas, las combatidas por el bachiller Rangel. Ratas aladas, eso simulaban ser los vampiros de la rabia. No más ratas, no más vampiros chupasangre, ni murciélagos comecaujaros, ¡qué rabia! Todo aquello se había paralizado, estaba perdido para siempre jamás... Mientras él tan solo rememoraba ante las cuartillas en blanco, miraba las páginas, una tras otra, para ser llenadas, garrapateadas, él pensó... Aparecerán rasantes, crepusculares y quizás entonces ellos con vertiginosos giros, regresando en un atardecer sangriento, les señalarían la entrada de la caverna infernal. Un fragor debajo de la tierra les detuvo. Se miraron entre ellos y descendieron de sus cabalgaduras. Esperaron un rato hasta escuchar un nuevo rugido. Estaban en el Paso del Diablo. 

   El leve balanceo del chinchorro le distrajo por un momento. Hizo memoria. Cuando de la espesura surgió el comisario. Venía rodeado por sus subalternos e iban todos de lo más pertrechados. Pudo notar el brillo de sus prótesis dentales e imaginó la Escarpa Mutia, no sé porqué pero él pensó en el marfil de los colmillos de los elefantes cuando iban a morir al propio sitio donde Tarzán y yo nos conocimos en mi infancia. Entristec por un momento. No era para menos, yo me puse nostálgico. 

  La lluvia estaría arreciando. Un vapor de tierra húmeda lo impregnaba todo. Los guásimos, los aceitunos y hasta los caimitos de la plazoleta simulaban dormir bajo la llovizna. Más allá, los almendrones lavados tremolando bajo el soplo de la lluvia fina mostrarían tiznes rojizos entre las hojas verde tierno. Los goterones fueron pesando cada vez más, desgajándose de las nubes. Arrastrándose casi, los uveros se retorcían bajo el peso del aguacero. La lluvia se había precipitado aquella vez antes de que él decidiera regresar a su covacha y no había tenido más recurso que refugiarse bajo el alero. Hacia el poniente se notaba desleída una banda oleaginosa, color caramelo, y él recordó la mirada de la gringa. Los reflejos ambarinos siempre le revolvían la bilis y regresaba inexorablemente a los ojos seductores de la rubita. 

  Es por la humedad, pensó él. Luego se meció nuevamente y estremeciéndose cerró sus párpados. Al sentir las gotas salpicando su rostro desde el alero los abrió de nuevo para mirar hacia abajo y notó como su pantalón iba empapándose con el escupiteo pringante desde las charcas grises. Oía el repiqueteo saltarín, agudo, asincrónico y mirando a lo lejos imaginó como brincarían las gotas de lluvia en el techo de zinc. La llovizna arreciaba lavando la plaza. Fue entonces cuando él recordó los tiempos de su vida rural, en Casigua del Cubo, con aquella pluviosidad inclemente de las tierras al sur del lago, la corriente encrespada del Gran Catatumbo, grandes troncos flotando río abajo, una curiara, cargada de plátanos verdes. Las gotas reventaban como piedras en el techo de latón corrugado y para no mojarse, él se incrustaba en el vano de la puerta. Nadie le abría. Ni una hendija. Si por lo menos se hubiese podido refugiar en un zaguán. 

   Su mirada se perdió borrosa muy lejos. Entonces suspiró. De nuevo creyó olisquear su presencia. Como quisiera poder nuevamente amanecer abrazado a ella. Se había acostumbrado a escuchar el rumor de la lluvia en la madrugada, tantísimas veces, ellos fundidos en un solo ser. Suspiró muy hondo queriendo creer que ella regresaría y quiso extasiarse admirando los hilos de agua que espiralados descendían del alero. Chorritos, eso son, se dijo a sí mismo e intentó sonreír. Añoraba el calor de su piel morena. ¡Oh Me he vuelto un viejo! Lo musitó, pensando en sus adoloridas coyunturas e imaginó que sus huesos eran unas esponjas que absorbían y acumulaban la lluvia, una garúa helada de siglos y siglos. El agua lentamente había disuelto el color de todas las cosas. Comenzaba a soplar una brisa gélida cuando él salió del refugio. Emergió entumecido y se dirigió a su casa sintiendo cuchilladas de frío en las costillas. El rumor del viento creaba aullidos entre los vidrios rotos de las casas vacías. Cuando entró en el jardincito del frente, a pesar del chubasco y de la lluvia prolongada, percibió el vapor de los nardos. Huele a muerto, rezongó para sí mismo y luego guiñando los ojos miró por última vez hacia la plaza. Entonces se dijo en voz baja. Estas son las vainas de llegar a viejo. 

   Lo recordaba perfectamente. Cuando había cesado la lluvia, una brisa comenzó a soplar refrescando una madrugada de calma chicha, los zancudos venían desde las ciénagas buscando alimento, sangre tibia las hembras, polen de flores y mieles de frutos los machos con sus palpos engalanados de pelos y de plumas. En la quietud silenciosa, a él le dio por pensar en Ramos Sucre, en Blanco Fombona, en Bello y en Simón Rodríguez. Después su mente se detuvo en El Cabito, el presidente capachero de los sesenta y de los nuevos ideales. ¿Era acaso otro Ulises aquel diminuto andino que jamás pudo regresar? Sin volver a Itaca. Su imaginación relinchaba viajando hasta San Pedro Alejandrino con la imagen ojerosa y enflaquecida de Simón Antonio, después fueron los rascacielos neoyorquinos y José María enfermo y decepcionado, también estaba José Antonio, tocando violín, ¿un centauro anciano trastocado en músico?, luego percibió el amargo sabor de un pulque hirviente y se sintió en un recodo del camino hacia Cuernavaca, ¿un auto transformado en amasijo de hierros para Andrés Eloy?

  Volvió a pensar en la avioneta y los felinos del hombre de las planchas de marfil. Los hombres sacaron entre aquella chamusquina de hierros y de planchas metálicas, lo que andaban buscando y entonces se alegraron. Pude notarlo, lo percibí en los gestos y el eco de las risas. Ellos usaban guantes, simulando ser títeres en la escena de un macabro teatro. El hombre de la risa sardónica dio la orden, ¡nos largamos! Los guoquitoquis creaban ruidos muy extraños dentro de aquel aterrador paisaje donde como un dinosaurio herido emergía entre el follaje, terso y plateado el fuselaje de la nave. El comisario señaló el camino. Misión cumplida se dijeron, estoy seguro de que logré escucharlo. Se dieron media vuelta y desaparecieron en el acto. Allí quedó, tan solo a una pedrada de distancia, maniatado de furia nuevamente y además convencido de que todos los hechos estaban irremediable y tristemente consumados. 

    Esto, era siempre lo mismo, o era otra cosa, ¿o siempre había sido lo mismo?, la sonrisa y los lentes del que quiso ser presidente lo acechaba, su imagen pujante había sido un paradigma de esperanza. Así al querer regresar al hilo perdido, nuevamente el fantasma de Ulises lo estremeció. Entonces, él mismo se vio sobre su mula y pensó que todo era un absurdo pues a él no le correspondía estar jugando ningún papel, aquella no era su historia. Es un asunto serio esto de ponerlo todo por escrito. Es un oficio, como otro cualquiera, escribir, escribir, escribir... Parecía como si La verborrea exagerada y los delirios de escritor de su amigo posiblemente eran culpables de aquel disparate. Seguramente él escribiría sobre Penelope. Sí, ambos eran amantes de la mitología, pero, él leía a Joyce. ¿Qué demonios podía saber él mismo sobre esas cosas?, si él era, escasamente un médico con pretensiones de ser  investigador. Recordó a Mike Nelson, y entonces se dijo a si mismo que él nunca podría imaginarse como su amigo, leyendo a Proust, a Elliot y menos a Ezra Pound. 

   Él era diferente. Él era un tipo normal, uno que casi tan solo conocía aquello de "cuando venga el hombre de las sillas negras", y esto porque lo había leído hasta aprenderlo caletreado cuando era niño. ¿Cómo se iba a ver escribiendo ahora? Muy capaz era sí, de mezclar a Hegel con Rama, o al maestro Cabrujas con Bretch. En su silencio obligado, pobre y carcomido de recuerdos, ahora ¿iba a ponerse a reunir trazos y deshechos para relatar viejas historias? ¡Ese no era él! ¿Qué diablos hacía queriendo transformarse en un escribidor de oficio? ¿Interpretando el papel de algún pobre exilado? ¿Acaso había sido él un político? ¿Un hombre de partido? ¿Un banquero o un testaferro haciendo grandes negocios? ¿Un claretero metido a redentor? Ni siquiera eso. No poseía lo que llaman, un verbo encendido, ni era un luchador social como otros... 

   Era más que ridícula la obligada situación que le mantenía en el destierro, que lo acogotaba todo el tiempo y lo envolvía transmutándolo en un Cipriano Castro de pacotilla sin haber nunca disfrutado ni de sus poderes ni de sus placeres. ¿Él? Precisamente él, quien se había apropiado por motus propio del rol de Rangel, intentando dedicar su vida a la investigación. ¿Él? ¿Escribano de oficio? Amanuense gratuito, quizás. Era absurdo encontrarse ahora, por obra y gracia de su curiosidad morbosa, en esta lejanía, enfrentando cuartillas. En absoluta soledad. En un pueblo costero, de la tierra de nadie, donde no pudiesen hallarlo... ¡Escondido! ¡Cobarde situación! ¿Por qué no enfrentar la muerte buscando la verdad de frente? ¿Por qué no ir tras la verdad y abrazarla con guadaña, mortaja y todo? Aquel afiche que tuvo durante tantos años en su cuarto de joven lo expresaba bien, “morir de pie o vivir arrodillado”. 

   Se es o no se es, decía Marcos Vargas. ¡Como era uno de iluso! Niñez, juventud, años sesenta, una década, dos décadas, ¿tres? ¿Cuántos años? ¿Qué edad tendría el año dos mil veinte? Cada quién posee una verdad diferente. ¿Conveniencias? Cabeceó y creyó dormirse. ¿Falsedades? Estaba decidido. Estaba conminado a ser escribidor, formal y decidido. Se meció nuevamente impulsándose con el pie que colgaba fuera del chinchorro. Dormir, soñar, morir… 

   Se le confundían las ideas. Cuando despertó en la madrugada pudo percibirlo sin dificultad alguna. Lo husmeaba y estaba debajo de su lengua. Era almizcle. El frío viento del norte le traía el aroma de ella. Ha vuelto, pensó él, y vacilante se levantó acercándose a la ventana. Los penachos de las palmeras azules se mecían con suave y susurrante vaivén. Todavía el titilar de escasas estrellas mortecinas chispeaba sobre el escaldado pueblo costero. Temprano estuvo recordándola mientras degustaba la noche persiguiendo el periplo lunar. Ahora sentíase obligado a creer en lo irreal de aquel sutil aroma, tan incongruente como el viento fresco que le estremecía al amanecer. Regresó al chinchorro. Pronto la luz se encargaría de transformarlo todo. Volvería ser entonces uno más de los sudorosos moradores de aquel caserío frente al mar. Abrasado de sal, el pueblo estaba circundado por ciénagas infinitas, por manglares inmensos cubiertos de pistias, bora, nenúfares y eneales que se perdían a lo lejos. Sus márgenes saladas estaban demarcadas por miríadas de medusas nacaradas y brillantes, como gigantescas perlas. Anémonas rosadas y aguasmalas violáceas con estrías sangrientas que difuminaban sus gelatinosos límites hacia el poniente. Las casas se habían dejado envolver en una bruma fosforescente que se extendía más allá del mar hasta los confines del horizonte. Tan lejos de su suelo nativo estaba, y no obstante, nuevamente pensó en ella. Recordó el olor dulzón de su cabellera, el perfume cálido de sus axilas y creyó sentirla al alcance de su mano, más no se atrevió a abrir los ojos. Permaneció en la oscura y silenciosa penumbra de sus recuerdos. Daba rodeos jugueteando, por el temor de ser incorporado a la terrible y desoladora realidad. Cuando sintió el frío penetrando sus huesos decidió levantarse y encender el quinqué. Disfrutó entonces con las imágenes del humo, haciendo volutas desde la pita y la vaharada a infancia lejana que le traía el kerosene. Se puso los lentes y sus manos temblorosas acariciaron las hojas de papel. Entonces tomó asiento frente al abultado manuscrito. El cielo comenzaba a impregnar las motas algodonosas con un tinte rosado purpurino.

Con algunas modificaciones, este texto ha sido extraído de “La Peste Loca”, novela publicada por la Secretaría de Cultura de la Gobernación del Estado Zulia en 1997, recientemente por Windmills Edts, está en en Amazon books.