El
Llullaillaco tiene una altura de: 6723
metros sobre el nivel del mar(m.s.n.m.). Es un volcán activo, y se encuentra en la Cordillera
de los Andes, en la Puna de Atacama. Este
gran volcán destaca por su ubicación fronteriza, su enorme altura y su
historia arqueológica. Está situado exactamente en la frontera entre Argentina
(Salta) y Chile (Antofagasta). El
Llullaillaco es el segundo volcán activo más alto del mundo y una de las
cumbres más destacadas de Sudamérica. Se trata de un estratovolcán de gran
volumen, conformado por domos y coladas de lava de erupciones pasadas. Su
última gran erupción registrada ocurrió en 1877, aunque en tiempos geológicos
recientes ha mostrado actividad.
El Llullaillaco es considerado el segundo volcán activo más alto del mundo, luego del Nevado Ojos del Salado, y su última erupción ocurrió en 1992. En realidad, el volcán más alto de los Andes chilenos en la región de Atacama es el Nevado Ojos del Salado, el cual también se alza como el volcán activo más alto del mundo y el punto máximo de todo el territorio chileno. El Nevado Ojos del Salado es un estratovolcán a 6891 m s. n. m, y es el volcán más alto de la Tierra, la segunda cima más alta de los hemisferios sur y occidental, siendo solo superado por el Aconcagua (6960 m s. n. m.). Su bloque principal culmina en 3 picos, los cuales poseen una alineación oeste-este; en ese orden, Oeste (6721 m s. n. m.), Central (6752 m s. n. m.) y Principal (6893 m s. n. m.). Este gigantesco complejo volcánico está ubicado al este de Copiapó (región de Atacama) y al oeste de Fiambalá (provincia de Catamarca). Debido a su ubicación en plena Puna de Atacama, la montaña presenta condiciones climáticas muy secas, con nieve únicamente durante el periodo invernal y solo en las cotas superiores. Existen fumarolas en los alrededores de la cima, pero no se han registrado erupciones en tiempos históricos. Se ha sugerido que la ausencia de registros eruptivos se debe a la remota ubicación de la montaña, virtualmente inaccesible hasta tiempos muy recientes.
También conocidas como cima
chilena y cima argentina, respectivamente, si bien ambas
son cumbres limítrofes. Debido a su ubicación en plena Puna de Atacama,
la montaña presenta condiciones climáticas muy secas, con nieve únicamente
durante el periodo invernal y solo en las cotas superiores. Pese a que
existen fumarolas en los
alrededores de la cima, no se han registrado erupciones en
tiempos históricos. Se ha sugerido que la ausencia de registros eruptivos se
debe a la remota ubicación de la montaña, virtualmente inaccesible hasta
tiempos muy recientes.
Las momias de Los Andes, son cuerpos
de la época prehispánica extraordinariamente conservados de manera natural por
el frío extremo, el viento seco y la altitud de las altas cumbres
cordilleranas. Los casos más icónicos son
las Momias de
Llullaillaco (Argentina-Chile) y la momia Juanita
(Perú). Los incas realizaban sacrificios humanos de niños y jóvenes elegidos
por su pureza como ofrenda a los dioses (apus) en las cimas de los
volcanes. Los menores eran preparados meses
antes y llevados en procesión desde Cuzco hasta santuarios de altura superior a
los 6,000 metros. Junto a los cuerpos se enterraban objetos de oro, plata,
conchas marinas y ajuares textiles intactos. El clima gélido de alta montaña
congeló los tejidos blandos, órganos, cabellos y vestimentas sin intervención
artificial. Los niños de Llullaillaco (descubiertos en 1999) y
la Doncella se resguardan hoy bajo estrictos controles de frío en el Museo de
Arqueología de Alta Montaña en Salta, Argentina. El estudio de su ADN y
contenido estomacal ha permitido conocer la dieta, el consumo de coca y chicha,
y la genética de los pueblos andinos de hace quinientos años.
Las momias de los niños, que fueron
sacrificados por
los incas, y se hallan
excepcionalmente conservados por alrededor de quinientos años. El 1 de diciembre de 1964 Bión González y Juan Harseim
escalaron el Llullaillaco, descubriendo un Santuario de Altura. El arqueólogo
estadounidense Johan
Reinhard dirigió tres expediciones entre los años
1983 y 1985 investigando sitios arqueológicos en la cumbre y las laderas de la
montaña. Durante una expedición dirigida por Johan Reinhard y la
arqueóloga argentina Constanza
Ceruti en 1999 se desenterraron los tres Niños del Llullaillaco,
sacrificados en el lugar y momificados por congelación, con una antigüedad
aproximada de 400 años. Los cadáveres corresponden a una niña de 11 años,
conocida como «la doncella», una niña de unos 6 años, «la niña del rayo» y un
niño de 4 años. Las momias son exhibidas en el Museo de
Arqueológía de Alta Montaña de la provincia de Salta en Argentina.
El excepcional estado de preservación de las momias halladas en la cima del volcán provocó
la curiosidad del especialista en microbiología Steve
Schmidt, de la Universidad de Colorado, EUA.,
quien dedujo que los microbios que
podrían existir en este ambiente extremo, si había alguno, deberían tratarse de
extremófilos muy especiales.]En
2009 Schmidt organizó una expedición a la cumbre del volcán a fin de tomar
muestras de suelo cerca del yacimiento arqueológico. Luego de realizar pruebas
genéticas sobre los microbios, su grupo encontró varias cepas únicas que no se habían descrito antes. Los más
abundantes eran de un subconjunto de actinobacterias,
el grupo que diera origen a los antibióticos de
uso humano.
Otra historia, la relata Verónica Silva Pinto (Santiago, 49
años), quien es curadora del área de antropología del Museo Nacional de
Historia Natural de Santiago de Chile. Ella
reescribió la historia del Niño del
cerro El Plomo, hallado intacto en 1954 a más de 5.400
metros de altura en los Andes meridionales, frente a Santiago, en
la zona central de Chile. Hasta su indagatoria, el
relato, que perduró por siete décadas, fue que el niño de unos ocho años había
muerto por hipotermia, hace más de 500 años. Pero hoy se sabe que su deceso fue
por un golpe en el cráneo, en el contexto de la ceremonia de la Capacocha, durante el Imperio inca, en una
ofrenda a los dioses en la alta montaña. Para ello peregrinó desde Cuzco,
acompañado de una gran comitiva y en un largo viaje de nueve meses, lo que
Silva reconstruyó al analizar el cabello, peinado con decenas de pequeñas trenzas,
que dio cuenta de la alimentación que recibió en el periodo de preparación. No
fue su único hallazgo, en una investigación que le demoró 14 años.
Silva cambió
otro relato, sobre la causa de muerte de las llamadas Doncellas del cerro Esmeralda,
una joven de 18 años y una niña de nueve, también ofrendadas en una ceremonia
de la Capacocha en la cordillera de la Costa. Sus cuerpos fueron hallados en
1977 a unos 900 metros de altura en Iquique, en el extremo norte chileno,
cuando el terreno se dinamitó para construir un camino. Por las marcas en sus
cuellos se había concluido que fueron estranguladas, pero la antropóloga del
MNHN, en base a evidencia bioantropológica y tomográfica, ha determinado que
aquellas huellas son producto de los textiles con los que sus cuerpos fueron
envueltos. Y por el análisis de su cabello pudo establecer que su peregrinaje
fue de cinco y tres meses.
La
antropología es la ciencia que estudia los cuerpos humanos desde la evolución
hasta hoy Veronica Silva lideró una
investigación junto al profesor Domingo C. Salazar-García, de la Universidad de
Valencia, en España, donde cursó su doctorado. Es un equipo multidisciplinario
de distintas áreas, en el que destacan las chilenas Marcela Sepúlveda,
arqueóloga; Eugenia Gayó, paleoecóloga; María Luisa Cerón, química e ingeniera
y Verónica Catalán, dermatóloga.
Veronica Silva fue una niña curiosa y
observadora que creció husmeando en enciclopedias, en una casa en el sector
suroriente de Santiago de Chile, a mediados de los años ochenta, se convirtió
en julio de 2026 en la primera antropóloga física chilena. Hija de un
veterinario y una paramédica. Momia, sin embargo, es un término que, desde que
estudió antropología física, ella no se permite usar. “Yo hablo de personas, con mucho
respeto. Para mí, momia es objetivarlos”. El de las Doncellas fue el
primer estudio de Silva, lo que le abrió una ventana para después abocarse al Niño del cerro El Plomo. Los tres
murieron en la Capacocha, en las dos ceremonias de este tipo que han sido registradas
en Chile. La antropóloga enfatiza que, para los incas, y “en general para los pueblos
andinos”, la muerte tenía un significado totalmente distinto al que se
entiende hoy, pues “no es el fin de la vida, sino un tránsito hacia otro estado,
hacia los dioses y el mundo espiritual”. Y agrega: “La
Capacocha era una ceremonia en la que se elegían niños, niñas y mujeres jóvenes
por su belleza y su perfección. Es decir, eran los más preciado que tenía el
Imperio y eran ofrendados a huacas o
lugares sagrados. El poder que iban a tener era mucho más importante que el que
tendrían vivos".
Maracaibo, martes 4 de agosto del
año 2026
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