lunes, 6 de mayo de 2019

“Lobo es el hombre para el hombre”


“Lobo es el hombre para el hombre”

"Lobo es el hombre para el hombre" (en latín lupus est homo homini), es una frase célebre, extraída de la obra dramática “Asinaria”, del comediógrafo latino Plauto (250-184 a. de C.). La frase latina fue popularizada en el siglo XVIII por el filósofo inglés Thomas Hobbes en su obra “El Leviatán” (1651). Hobbes escribiría “el hombre es un lobo para el hombre” en latín homo homini lupus, para referirse a que el estado natural del hombre lleva a una la lucha continua contra su prójimo.  La frase, terminaría por convertirse en la metáfora del animal salvaje que el hombre lleva por dentro. El hombre ha sido capaz de dirigir guerras, practicar exterminio de grupos sociales, realizar atentados, asesinatos y secuestros, someter a otros individuos a la esclavitud, tráfico ilegal de personas, etc. No obstante, Thomas Hobbes señalaba que, la paz y la unión social pueden ser alcanzadas cuando son establecidas en un contrato social, en el que se define un poder centralizado que tenga la autoridad absoluta para proteger a la sociedad, creando una comunidad civilizada.

He regresado a hablar sobre la famosa frase, porque las circunstancias políticas actuales, casi que me lo han reclamado, pero quiero enfatizar que en este blog, hace tiempo que vengo repitiendo estas ideas. En este blog (lapesteloca.blogspot.com), el lunes, 3 de septiembre de 2018, y con el título de “Leviatanes de mar y de papel”, comenté que:  Thomas Hobbes (1588 –1679), fue un filósofo inglés considerado uno de los fundadores de la filosofía política moderna, y en su obra más conocida, el Leviatán (1651), sentó las bases de la teoría contractualista, de gran influencia en el desarrollo de la filosofía política occidental... …Hobbes comparó el Estado con un monstruo (Leviatán) compuesto de hombres, que se ha creado bajo la presión de las necesidades humanas, más ha sido disuelto por la guerra civil debido a las pasiones humanas… …A pesar de que generalmente no se lo cataloga como tal, Hobbes puede ser reconocido también como uno de los antecesores de la Escuela Clásica de la criminología, puesto que el mismo ya reconoce en Leviatán los principios de legalidad, jurisdiccional y de proporcionalidad de la pena.

El Domingo, 19 de agosto de 2018. En lapesteloca.blogspot.com, y con el título de: EL ODIO, les decía:  “Ódiame por piedad yo te lo pido/ Ódiame sin medida ni clemencia/ Odio quiero más que indiferencia porque/ El rencor hiere menos que el olvido”: de  Julio Jaramillo. … Algunas reflexiones del libro de mi inolvidable colega, amigo y compadre Alfonso Ávila Mayor “Aprenda a vivir eternamente y muera tranquilo”; en una sus llamadas Monografías cortas, tomadas del escrito intitulado: “El odio”(pp 198). Me pareció que en estos tiempos tan revulsivos en nuestro desgarrado país, tocar este tema pudiera ser interesante o, al menos digno de análisis. Odio es definido en la DRAE como “antipatía o aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”. Es un sentimiento contrario al amor, a la solidaridad humana, a la amistad y como veneno del propio espíritu una amenaza permanente para el odiado…   Egoísmo genético. La rapacidad del hombre a la que hacía referencia el filósofo inglés Thomas Hobbes, tiene indubitablemente un fundamento básico genético egoísta… Nuestros genes pueden ordenarnos ser egoístas, pero no estamos necesariamente obligados a obedecerlos toda nuestra vida… …El odio es pasión propia del hombre. 

El Lunes, 11 de marzo de 2019. En “Los Chaney, y la licantropía”, comentaba que: en estos terribles días cuando se sobrevive en mi país, hablar de actores de cine de terror, o de “hombres lobos”, supongo que podría ser adecuado si recordamos aquello de que “el hombre es el lobo del hombre” como referencia horrores que seres humanos pueden ser capaces de cometer… Así que, hablemos pues de “La licantropía”, que es el poder que tiene un ser humano para transformarse en lobo o licántropo...  El Miércoles, 13 de marzo de 2019, en “Otra vez el lobo, de película”, decía que… Años más tarde, leyendo “Los motivos del lobo” del inmortal nicaragüense Rubén Darío, entendí el origen del poema que mi madre me enseñó en mi infancia y les invito a leerlo, o a releerlo para reconocer a “El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y dulce Francisco de Asís”, y entender que tras convencer al lobo, así como la Caperucita del poema infantil, tendrá que terminar por entender cuáles son los verdaderos “motivos del lobo”, para regresar quizás a aquello de que “el hombre es el lobo del hombre”.
 
Finalmente, en otro Lunes, el 4 de febrero de 2019, en un “Mensaje para Antonio Cabrera de León” le decía: … “todavía Antonio, habrías de cerrar con broche de oro. No puedo dejar de llamar tu atención usando un viejo aforismo médico, muy conocido entre los patólogos, “Primun non nocere”, y es que si acaso no te importa dañar conciencias falseando la verdad, quizás el peligro lo llevas encerrado en ti mismo, al fin y al cabo aceptarás que “Homo homini lupus este”. La perla la colocas al traer a la palestra a tu impresentable expresidente de los españoles, el innombrable Rodríguez Zapatero, defensor a ultranza de la narcodictadura de Maduro y sus secuaces… …Por eso repito lo que he dicho en ocasiones, yo con fanáticos, sean del Opus night o del Raspin fly, no llego ni a la esquina.

Hasta aquí este recuento para el cual, regreso al blog, hoy, un  lunes 6 de mayo en Mississauga, Ontario, Canadá finalmente ascendiendo a 12 grados Centígrados, este año 2019…

domingo, 5 de mayo de 2019

Pucu tucu pucu tucu en el Catatumbo (2)





Pucu tucu pucu tucu  en el Catatumbo (2)

Hemos desembarcado y penetramos en la densa selva tropical que rodea uno de los manglares del río Catatumbo. El sitio será el que escogieron los tramperos para colocar sus jaulas. Uno se asombra ante el coraje de Hernando Drott. ¡A su edad! El sanitarista colombiano salta entre las piedras y sobre los troncos derribados de gigantescos árboles, pisa con mucho cuidado pero va tan rápidamente que pareciera volar sobre los charcos, sobre las hondonadas, sin aferrarse a las lianas, sin tocar la corteza de los añosos gigantes de madera que descuelgan sus bejucos podridos y fabrican enredaderas como crinejas listas para sostenerse sin caer, mas él no las toca, ni trastabilla, es un veterano, incansable y va entre la maraña rodeado de un enjambre de mosquitos que parecieran salir de todas partes para envolverlo e inmediatamente dispersarse hasta hacernos sangrar a los demás.

Hernando se detiene. Parece emerger entre un vaho tibio y denso, sobre una espesa capa de helechos de un verde muy tierno. Voltea y sonríe entre grandes hojas azules de inmensas uñas de danta sobre las que gotea el agua. Resbala sobre hojas en una ramazón que desciende desde los árboles hasta penetrar la tierra gredosa y negra, embebida de agua, repleta de pozos tapizados por una hojarasca que ya no es crujiente desde donde emergen retorciéndose  nervudos troncos, abrazados por parásitas y recubiertos de musgo verde y apretado. Henri Fossaert ha guardado su pitillera negra con anillo de oro, la mete en uno de sus bolsillos junto a su libreta de anotaciones. El microbiólogo de la Sanidad suda copiosamente, la tela de su camisa se le pega al cuerpo. Karl se rasca la barba y por un momento espanta los zancudos con su sombrero de jipi japa que ya se ha manchado de sudor.

Sonrío yo también entonces, al recordar cuando conocí a Karl, en su laboratorio, de Panamá. Desde el aeropuerto de Tocumen me atreví a visitar expresamente su laboratorio de arbovirus de la Zona del Canal. En auto llegué al Instituto Gorgas, y desde entonces habían transcurrido varios años, pero el virólogo gringo estaba igualito, no había cambiado un pelo, y parecía disfrutar como el que más las inclemencias de la selva tropical. Andrés, el corpulento asistente del doctor Fossaert parece ser una sombra detrás de su jefe, su cuerpo de gigante moreno se hunde profundamente en las ciénagas sin que él parezca inmutarse por ello. Henri, perlada la frente de sudor, me mira haciéndome un gesto de admiración y sonríe al señalarme mi pierna enyesada. Soy un patólogo, y supuestamente ando cazando virus, con una bota de yeso que me aprisiona la pierna derecha y ando con un garrote de madera que me sirve de bastón. Debo ser una visión grotesca en medio de la selva.

Hora tras hora siento como el yeso me está pesando cada vez más, como si fuese de plomo y sin poder avanzar, medio enredado, sin dar otro paso, detengo la marcha. En un momento me quedo rezagado. Toda la inmensidad de la selva oscura, veteada de misteriosos trazos violáceos y azul verdosos con destellos fosforescentes me rodea, y se me llena de ruidos la cabeza. Siento extraños crujidos, chirridos, agudos sonidos que se confunden con el trepidar de cientos de insectos y voy respirando un aire cada vez más espeso, escaso, impregnado de maderas podridas y de gran humedad. Sudo, y toda la ropa pareciera absorber un helado y misterioso líquido que se confunde con la respiración acezante de la selva.


Miro hacia arriba, y en la tupida arboleda, enredada entre lianas y bejucos, mi vista va tropezando con orquídeas y lirios como estrellas albas entre parásitas, se desprenden luengas barbas y descienden y yo aprovecho para mirar mis pies, el yeso embarrialado, las grandes hojas de los helechos bordeadas por miles de puntitos negros, algunas encrespadas, otras queriendo enroscarse en los troncos, enrollarse en las raíces de los monstruos sarmentosos que emergen del suelo. Doy unos pasos, piso en falso, y la pierna sana se entierra hasta la ingle en un profundo hoyo lleno de hojas y de barro. Como un cañón disparando hacia arriba, queda la pierna enyesada y el dolor me hace gritar. Me han oído y me buscarán. Lo pienso...

Un rato después, en el sitio de las trampas, estoy sentado en un lodazal, y me interrogan pero insisto en que no me duele. Me río del dolor. Observo sorprendido como Henri se inyecta insulina en una pierna. Pálido y sudoroso, el doctor Fossaert también sabe sonreír, mientras veo como Andrés trata de espantar una nube de mosquitos que lo rodea. Mi agotamiento está acercándose al límite, pero en realidad ya no siento dolor en el esguince, el tobillo está tan hinchado que ya se ha vuelto insensible, y el yeso, a pesar del barro que lo cubre, allí, estando sentado en el suelo, pareciera no pesar tanto. Si tan solo hubiese un soplo de aire puro, un hálito fresco, eso pensaba mientras al pasarme la mano por la cara, siento las irregulares protrusiones de las incontables picaduras de los feroces zancudos. La sed es insoportable y el agua de la cantimplora parece una sopa caliente. Creo que sobreviviré. Si logro salir de esta selva maldita, podré sobrevivir a cualquier contingencia que me depare el destino. Recuerdo que así lo pensé observando mi pierna adormecida dentro del cascarón de yeso.               

Uno que tan solo vino para acompañar a los expertos internacionales, con esa sensación de cucaracha en baile de gallinas, medio asomado, patólogo con grillos de investigador. Uno en ese merequetén, revuelto con sanitaristas y microbiólogos, con una pata tiesa, enyesado por esguince. Uno, va río abajo, en un cayuco, flotando sobre un afluente del Catatumbo, con un yeso sí, por quedarme dormido en la madrugada, remontan vuelo cientos de garzas blancas frente al manglar, dormido con los pies puestos sobre la mesa, mala educación, roncando, dormido ante los papeles del manuscrito de un interminable trabajo de investigación sobre la ultraestructura del sistema nervioso de ratones lactantes inoculados con el virus de la EEV, y la lancha que es de aluminio con motor fuera de borda, va rauda y veloz, pucu tucu, y despertar a las cuatro y media de la madrugada, medio dormido aún, puu tucu, dormido desde la punta del pie hasta la espalda, puu tucu, solo se escucharía el crack del tobillo y la pierna parecería comenzar a llenarse de hormigas, luego el dolor intenso, pucu tucu, pucu tucu, es el motor de la lancha y el cayuco que pasa a un lado oscila peligrosamente, no pasó nada, el yeso embarrialado se ventila con el aire, y uno está feliz al hacer lo que la gente de Malariología denomina, trabajo de campo, pucu tucu, pucu tucu y se pierde la estela del río plena de espuma entre los caños, pucu tucu…

Con la gente de Malariología me he sentado a saborear un plato de sopa con delicadas presas que parecen pechugas de gallina y que resultarán ser gordas y jugosas iguanas. Luego en un plato de peltre floreado, degustaremos un mojito de mana mana, un sabroso pescado de río y el chivito en coco ya viene humeando en una bandeja sobre la rústica mesa. Después de haber tomado tantas muestras de sangre de caballos y de mulas, luego de haber desandado tantos potreros y hierbazales cuajados de garrapatas, miro el yeso y siento que la pierna está hinchada dentro de una porquería de cascarón que me aprieta el tobillo.

Él está sentado ante una mesa de tablones, en la ribera del río Catatumbo, frente a más de veinte cueros de babas que se secan al sol y frente a una troja donde también se salan grandes pescados muy blancos. Él admira sombreada de un azul violáceo la tierra lejana que deja crecer grandes platanales con sus hojas verde tierno. Mientras mastica el gustoso chivito en coco, él levanta la mirada y recorre uno a uno a sus nuevos amigos, los hombres de Malariología y sin saber por qué, se encuentra pensando en Marcos Vargas, el personaje de don Rómulo, el de Canaima, y entonces él repite para sí la frase: “se es o no se es”. Los mira nuevamente y no le cabe un ápice de duda que valió la pena haber venido. Mientras observa como Karl devora su presa de iguana y Hernando saborea una cucharada del caldo y nota como Henri diseca cuidadosamente su chivito, él piensa de nuevo en lo lejos que se hallan tantos jerarcas de la Sanidad, en lo poco que se sabe y en lo mucho que tienen que aprender todos sobre la peste loca de las bestias, valió la pena, dice para sí y en su mente retumba como un eco “se es o no se es”.
(Con modificaciones puntuales, el texto es de mi novela “La Entropía Tropical”(Ediluz 2003).

Mississauga, Ontario, domingo 6 de mayo del 2019.

sábado, 4 de mayo de 2019

Pucu tucu pucutucu en el Catatumbo (1)



Pucu tucu pucutucu en el Catatumbo (1)
                                                                          Para José Esparza: mi amigo, el arbovirólogo.

Fue una decisión bien tomada. En las tierras húmedas del sur del lago de Maracaibo, es lo que llaman: trabajo de campo. No todos los días sale uno a buscar los reservorios del virus de la encefalitis equina venezolana (EEV)... Ancha y turbia, baja la corriente del río Catatumbo. Desciende desde la Sierra de Perijá, de por allá lejos, de los Montes de Oca, y serpentea deslizándose en las intrincadas selvas que albergan a los feroces indios motilones. Luego nos tocará la tarea de detectar los anticuerpos, ¡que caray!, eso será después. Ahora somos como soldados en la primera línea, vamos con los tomadores de muestras, los que ponen las trampas y cazan los animales entre zancudos, y mientras, uno mira como cientos de aves sobrevuelan sobre los caños y los manglares mientras escucha el pucu tucu, pucu tucu, de la lancha.

Desde la orilla uno mira el puente y lo ve lejos, allá arriba y aquí mismito se están escondiendo unos cayucos en la trémula sombra del que en lo alto, hace un rato, nos permitió pasar sobre el río... Aquí vinimos para precisar la ubicación de los reservorios del virus, del agente causal de la encefalitis venezolana, la fiebre equina. Llegamos para a poner trampas y viviremos una cacería de mosquitos en la tupida selva tropical. Uno llegó aquí invitado para ayudar cazar, con ellos, quienes desde temprano se levantaron, como los zancudos que crean nubes ascendiendo desde las charcas, entre las intrincadas enramadas del manglar, bajo la bora y las pistias, mientras sus larvas están flotando en el agua que sube y baja, sin chapotear, sencillamente acariciando las raíces retorcidas del mangle, o bajo las eneas que uno ve oscilar con el viento desde la lancha.

Aedes Tenorrincus, Aedes Aegipty con medias de rayas blancas, Culex Melanoconium, Psorósfora que es un poco más gordo y más negro, Aedes Triserratus, zancudos o mosquitos, la misma miasma te dicen, algunos con escapulario del Carmen. Mosquitos que pican y dejan ronchas, mosquitos con sus glándulas salivales repletas de arbovirus, zancudos repletos de minúsculos parásitos, de Plasmodium Falcíparum, o Vivax, o ¿quizás Malarie? Para protegernos de ellos nos metimos anoche unas pepas de Aralen.

En un cayuco, dos niños se van remando río abajo, siguen la misma ruta de los tramperos, los amigos que esperan cazar rabipelados, ratas de monte, matos de agua, piropiros, cuanto bicho viviente se meta a curiosear en cada jaula... Los cayucos van y vienen bajo el puente, repletos de plátanos amarillos y verdes, de guineos quinientos y de titiaros, de guineos manzanos que cambian de color bajo la sombra del puente. Nosotros vamos en una lancha de aluminio y la familia entera con sus cinco tripones viene de frente en una piragüita con toldo rojo. Haciendo pucu tucu, pucu tucu, todo el tiempo, pucu tucu, el motor fuera de borda, pucu tucu.            

Pucu tucu. Uno se siente extraño en la lancha, con una pata blanca de yeso yaciendo sobre una cava de anime, es como para hacerle juego, y uno sabe que allí, adentro, están fríos los reactivos. ¡La osmolaridad es de capital importancia! Uno mira a sus compañeros. De caqui y muy arrugado es el sombrero de Hernando, de jipi japa es el sombrero de Karl. Henri está impecablemente peinado, pareciera usar Glostora con rubina, tal vez Brilcream, no será aceite de coco, más bien alguna lavanda, y no es por la manera de brillar, huele y es que Henri Fossaert es un dechado de elegancia y pulcritud. Aún en medio de la selva, no es como uno, en fin, uno anda sudando a mares y con una pierna enyesada. Uno lo recuerda y pucu tucu, pucu tucu, la lancha hace un giro entre los caños y va dejando una blanca estela de espuma que desaparece entre las raíces peladas, y casi nos agachamos para meternos entre las sombras violáceas bajo la ramazón de los mangles.
¡No ve usted que los mosquitos no tienen sangre!, ellos tienen un líquido… Bueno, es una especie de líquido, por dentro, como la linfa, algo como linfahemática, osmóticamente hablando, ¡es diferente a la sangre!, es bien diferente, ¡lo puede imaginar cualquiera!, las proteínas y los fosfolípidos de las membranas de un Culex Melanoconium nunca se fijarán igual que las de un vertebrado vulgar y silvestre. ¿Cómo se fijarían las de un ratón?, o de una rata de campo por ejemplo, digo yo, porque fíjese no más, para que no diga que la cosa es así nada más, el caso digo, de la formación de la partícula viral, cuando viene el nucleocápsido y se va a incorporar en la membrana plasmática de un mosquito, ¡se pega si tiene sus receptores, claro!, y si no lo hace, no hay tu tía, es decir, no hay EEV, no puede reproducirse el virus, la partícula infectante, se incorpora, así es ese virus, tiene toga, una capa que es protectora, pero en los zancudos, la capa será, de origen mosquítico. O sea, vos te tenéis que imaginar lo que significa un togavirus de origen zancúdico y otro de naturaleza ratérica y… ¿Cómo será uno de un burro?, y así sucesivamente y llegará una partícula viral con su envelope, como decían las viejas, si, con su toga, y quizás esté naciendo en un tachoncito, uno de esos virus que le inoculó un zancudo y que se multiplican dentro de un tachón que duerme con mucha fiebre en un chinchorro de un caney guajiro…Pensando estoy, y los ojos se me van detrás de un montón de garzas blancas que vuelan rasantes frente a la lancha, pucu tucu, pucu tucu, pucu tucu.           

Uno piensa… Anoche en el campamento. Caja Seca estaba anegada, empapada por la torrencial lluvia de anteayer. Grandes charcas frente a la casita de Malariología y cuando uno llegó se pintaban tortuosas con el cielo azul y unas nubes flotando en el barro y todo el paisaje aparecía patas arriba. Es el ejército de la Sanidad. Uno percibe una vocación, siente que hay una especie de devoción secreta, un compromiso extraño que pareciera guiar al pelotón de soldados de la salud. Los microscopios rudimentarios, las colecciones de insectos, las cajas llenas de frotis, neveras con tubos de ensayo, los mapas, las lámparas de kerosene, máquinas fumigadoras, cascos amarillos, botas de goma. Andan los hombres en yips amarillos, y descansan en chinchorros multicolores y la sopa que es densa y bien sabrosa... Malariología: una especie de regimiento de caballeros cruzados, así lo piensa uno y dormita cavilando sobre el fenómeno de la sobrevivencia de un ejército en un Ministerio ya sin mística, sin una cabeza visible. Se estremece en estertores la gran Compañía ante la desaparición de su jefe, el General Gabaldón.

En la casa de la gente de Malariología, pensar en todo esto, parece una exageración. Coraje admirable el de estos hombres desasistidos, parcialmente desincorporados. Sus bases desmanteladas, víctimas en la Venezuela del modernismo y de la petroleopulencia. Como si ya las enfermedades tropicales se hubiesen acabado, como si ya no existiesen más mosquitos, ni gusanos, ni parásitos para ningún pata en el suelo, porque el país es rico… Sería una vergüenza hablar de parasitosis o de diarreas, o de fiebres, ¡en este país! Pero uno, está convencido de que tiene que producirse un repunte de la Malaria. Como las siete plagas de Egipto, un día de estos llegará la reactivación de todas estas endemias descuidadas, quien sabe dentro de cuantos años y el paludismo volverá a hacer estragos y vendrán las epidemias pero ya no habrá nada que hacer. El país, puede que sea muy rico, pero ya para ese momento habrá desbaratado completamente la estructura preventiva de su ejército, se habrán desbandado sus soldados, los que habían de salvaguardar la salud, en la primera línea... Hamacas y chinchorros se cruzan en el pequeño ambiente protegido por la tela metálica. Mi pierna enyesada sobresale en un chinchorro rojo con borlas amarillas. Mañana saldremos al amanecer, lo pienso y bostezo cerrando los ojos.  Ahora las garzas se espantan ante la lancha que avanza entre las aguas verdosas de los caños, y solo se escucha el pucu tucu, pucu tucu…

(Continuará mañana)
Mississauga, Ontario,  sábado 5 de mayo del 2019.

viernes, 3 de mayo de 2019

Algo más sobre Drácula


Algo más sobre Drácula
En una crónica escrita por Mike Kuhlenbeck, el 5 de marzo de este año, 2019 sobre el conocido actor Bela Lugosi, famoso por sus interpretaciones cinematográficas del Conde Drácula, nos mostraba una faceta poco conocida del actor. Hablaba de Bela Lugosi como líder de movimientos obreros antifascistas y relataba detalles sobre lo sucedido en su patria, Hungría, en los años previos a la Segunda Gurerra Mundial. En agosto del año pasado 2018 en este blog (lapesteloca.blogspot.com) comentaríamos (https://bit.ly/2GWnFNv) como fue que Florence Stoker, la viuda de Bram el escritor original de “Drácula” les permitió a los dramaturgos Hamilton Deane y John L. Balderston que adaptasen la novela a una obra de teatro, la cual en 1924 se presentó en Inglaterra. Cuando los derechos de la obra fueron vendidos a John Balderston, este, en 1927 estrenó la versión estadounidense en  Nueva York y el rol de Drácula, fue interpretado por el actor húngaro Béla Lugosi.

Béla Ferenc Dezső Blaskó
nació el 20 de octubre de 1882 en Lugos, un pueblo del Reino de Hungría (ahora se denomina Lugoj y está ubicado en Rumania), tan solo a 50 millas del castillo donde habitó el príncipe Vlad III, conocido como Vlad Draculea (en rumano Vlad Tepes), quien es en la actualidad considerado en Rumanía, un héroe nacional, también conocido como “Vlad El empalador” por su afición por el empalamiento como método de ejecución. Los turcos otomanos lo denominaban Kazıklı Bey (Señor Empalador) cuando se encontraron en sus bosques a numerosos prisioneros empalados.

Lugosi había iniciado su carrera actoral en 1902 y pronto, a los 20 años, adoptó el nombre de Bela Lugosi. Ya transcurrido un año, los críticos comenzaron a llamarlo “El Laurence Olivier de Hungría” siendo invitado a unirse al personal del Teatro Nacional de Budapest. Durante la Primera Guerra Mundial se alistó en el Ejército Austro-Húngaro llegando a ser Capitán de la División 43 de Esquiadores. Fue herido en combate y al finalizar la contienda, regresó a su oficio como actor en el cine mudo cuando este comenzaba a desarrollarse en Hungría. 

En 1918, Lugosi había sentido el llamado de la revolución y estaba decidido a unirse a quienes solicitaban mejoras condiciones laborales en una época de graves penurias para el pueblo de Hungría. En diciembre de 1918, Bela Lugosi se inscribió en el Partido Comunista de Hungría que recién había fundado su líder Bela Kun. El 21 de marzo de 1919 se fundaría la República Soviética de Hungría que habría de durar tan solo 133 días. El gobierno de Kun introdujo las primeras medidas de protección para las minorías étnicas e impuso cumplir solo con 8 horas de trabajo y Lugosi organizaría la Unión de Empleados del Teatro que más adelante habría de transformarse en La Unión Nacional de Actores de Cine, de la que pasaría a ser su Secretario General.
El 17 de abril en un Congreso de la Unión Nacional de Actores, Bela Lugosi públicamente diría “No hace ni un año que tras ardua y decidida lucha logramos crear la Asociación Socialista de Actores”. (Arthur Lenning, “The Immortal Count: The Life and Films of Béla Lugosi”). Los sueños de una nueva nación se esfumarían cuando la República Húngara Soviética fue derrocada el 6 de agosto de 1919 y los gobiernos que le sucedieron estuvieron dirigidos por aristócratas conservadores que impusieron un estado fascista que sería conocido como “El Terror Blanco” y arrasaría con las conquistas que sus ciudadanos habían soñadoramente logrado. Numerosos comunistas y judíos serían encarcelados, torturados y asesinados en Hungría. En medio de estas trágicas situaciones, Lugosi logró escapar a Viena y desde allí a Berlin esperando hallar espacios en el cine alemán. En diciembre de 1920 emigraría a los Estados Unidos y empezó a interpretar pequeños papeles en el cine mudo y en el teatro hasta alcanzar allí su más resonante éxito como protagonista de la adaptación teatral de Drácula en 1927. Mientras en Europa, los comunistas húngaros no se repondrían hasta la llegada del Ejército Rojo en 1944.

En su etapa crepuscular Béla Lugosi, después de haber sido el famoso actor de películas de terror durante los años 1930 a 1940 y entre cuyos papeles siempre destacaría el del Conde Drácula, se haría amigo de Ed Wood, y participaría en sus primeras películas. Ed Wood un personaje del cine quien fue definido tras su muerte en 1978, gracias a la desastrosa dirección de sus películas. como el peor director de cine todos los tiempos La segunda película de Wood, fue Bride of the monster (La novia del monstruo;1955), la cual supuso la primera incursión del peculiar director en “el género de terror”, donde le otorgó el papel de protagonista a Béla Lugosi, secundado por el luchador sueco Tor Johnson. Durante la realización de este film, y poco después de concluir su filmación, Bela Lugosi ingresó en un centro de desintoxicación por su adicción a la morfina. Tras una larga racha de sufrimiento y noches de soledad en las que su única  esperanza era que Ed Wood le estaría pronto ofreciéndole protagonizar la gran película de su regreso, Béla Lugosi murió en agosto de 1956, y fue enterrado como él mismo lo pidió: vestido con su capa de Drácula. 
Mississauga, Ontario, viernes 3 de mayo de 2019