jueves, 29 de marzo de 2018

Amores de manicomio




Amores de manicomio

Corría el año 1959 cuando el doctor José Asunción Carloni comenzó a trabajar como médico–interno en el Manicomio de la ciudad de fuego. En esa época tenía tan solo 24 años y para él, tener que lidiar con dementes era una novedad. Ágatha Gallegos era en aquel entonces una esbelta y juncal jovencita de 22 años. Su tez era tan blanca que parecía translúcida, de rubia cabellera y con una mirada de un color ultramarino, a veces claro e indefinido. Un año antes había sustituido a una tía abuela en sus obligaciones como auxiliar en el Manicomio y era muy querida por el personal de enfermería, por las auxiliares y por algunas monjitas que todavía laboraban en el hospital.

Ágatha estudiaba en las noches y estaba gestionando su ingreso en la Escuela de Enfermeras con la ilusión de ser una mujer como “la dama de la lámpara”, su admirada e idealizada Florencia Nightingale, de quién años atrás había tenido la oportunidad de leer una biografía. Cheo Carloni–Corso habría de recordar toda su vida la primera vez que se encontró con Ágatha Gallegos. Al verla sintió que las piernas se le llenaban de espuma helada y las rodillas se le derretían cual barras de mantequilla al fuego. Ante ella, su corazón se le desbocó dentro del pecho como un potro salvaje al galope tendido. Ese día había llovido torrencialmente y el denso y asfixiante calor húmedo  transformaba el ambiente de la consulta en una caldera. En la tarde, al  concluir su labor, el médico abandonó aquel sofoco y abrió las puertas para respirar aire puro. Emergió hacia un patio central rodeado de nardos por lo que al sentirse envuelto en el vaho perfumado de las pequeñas flores blancas, a su mente llegó con los recuerdos el aroma de las coronas del entierro de su padre.

En esto estaba cuando súbitamente la divisó, de pie, en el centro de uno de los patios enladrillados del Manicomio, reflejada en los charcos de agua que tachonaban el piso de mosaicos pintados con arabescos negros y amarillos. Allí estaba ella, aureolada por la reverberación vespertina del sol de los venados que ya naranjeaba por todo lo alto el reborde de las tejas, y destacaba su grácil figura creando una extraña luminiscencia casi extraterrena con una corona de reina nacida de los reflejos y destellos del sol en su dorada cabellera. Ágatha lo miró fijamente y de sus manos se deslizaron hasta el suelo un par de sábanas que llevaba a guardar y así transcurrieron eternos segundos hasta que ella se percató de que la lencería estaba a sus pies ensopada de agua y que ante ella estaba el joven aquel, que la miraba fijamente y boquiabierto, envuelto en su inmaculada bata blanca.

Texto (con mínimas modificaciones ) del Capitulo 21 (Amores de manicomio) de mi novela “Ratones desnudos”. Edit: elotroo@elmismo, Mérida, Ven 2011.

      Maracaibo 29 de marzo 2018

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