jueves, 22 de marzo de 2018

Mario y Sila




Mario y Sila

Cuando estudiaba el 5to grado de instrucción primaria en el Gonzaga de Maracaibo, conocía a dos hermanos quienes también estudiaban en 4to y 5to grado, eran Mario y Jorge y se apellidaban Pozo. Comenzábamos a estudiar historia universal y habiendo dejado atrás los dos triunviratos, estábamos examinando la etapa republicana del Imperio Romano, por los años 509 a.C-27 a.C en la que aparecerían dos personajes, y como uno se llamaba Mario, yo casi hermanaba al otro tipo como Jorge, pero no eran realmente hermanos, ni eran esos sus nombres, eran Mario y Sila. Uno sabía por lo que había aprendido (lo usábamos para los debates, siempre era buena idea aprenderse “la letra chiquita”),  sabía que “Sila era de origen patricio y Mario era de origen plebeyo”. Los personajes para mí, sin ningún parecido, eran comparables con mis amigos los hermanos Pozo…  De estos recuerdos del pasado surgió una pregunta que le hiciera unos años atrás a Víctor Vielma, si de veras Sila era patricio o si acaso el plebeyo era él y no Cayo Mario. Víctor me ofreció detalles que casi eran novelescos sobre la vida en Roma de aquellos tiempos para ambos sujetos, él sabe de todo sobre el Imperio Romano, donde hubo ricos y pobres luchando por el poder, y desde entonces había querido redactar una breve crónica sobre Mario y Sila.

En aquella época republicana, quienes tenían acceso a las magistraturas eran los ricos. Ellos dejaron de lado los valores tradicionales, incluso los religiosos, respetados en la época monárquica, para hacer gala de derroches y ostentación ante el pueblo. Una clase social de adinerados vivía en la opulencia y los campesinos y proletarios, vivían sumidos en la miseria. Por el abandono de sus campos para ir a las campañas militares, y los pesados tributos que habían de pagar los pobres precisaban de urgentes reformas. Se haría un intento con las que trataron de impulsar los hermanos Graco (130 a. C) pero fracasarían ante la oposición de las clases poderosas. El año 108 a. C. llegó Cayo Mario al consulado, cargo que ocuparía en siete oportunidades. La plebe vio en él, el símbolo de sus reivindicaciones de clase, ya que se mostraba partidario de la plebe. Siendo líder del partido popular, la plebe vio en él, el defensor de su clase. No solo fue elegido cónsul, sino también fue puesto al mando de las fuerzas que lucharían contra Yugurta, en el norte africano…

Lucio Cornelio Sila pertenecía a una ilustre familia pero era de una rama patricia que ya casi estaba echada a perder por la indolencia de sus antepasados. El año 108 a. C. Cayo Mario llegó a ser Cónsul, cuando la plebe vio en él, el símbolo de las reivindicaciones de los desposeídos, y no solo fue elegido cónsul, sino que también fue puesto al mando de las fuerzas que lucharían en el norte africano de manera que toda esta situación interna dividió marcadamente a Roma en, aristócratas y populares, y todo conduciría a una guerra civil. Como es común las acciones fueron lideradas por inescrupulosos que usaron al pueblo para consolidarse en el poder. Los populares, seguidores de las ideas de los Gracos, se apoyaban en las asambleas populares contra el poderoso senado. El año 105 a. C., Mario cambió su política y dejó de lado al pueblo empobrecido para gobernar en favor de la nobleza aristocrática, este hecho concebido gracias a la gestión de Sila, que en ese momento desempeñaba el cargo de cuestor. Ambos Mario y Sila ascendieron juntos a partir de entonces en campañas militares aunque ya se despertaban los recelos entre el jefe Mario, y su subordinado Sila, quien reclamaba para sí los honores de las victorias. El año 104 a. C., Mario fue elegido cónsul por segunda vez. Los pueblos itálicos decidirían unirse contra Mario, conformando una confederación e iniciaron una guerra con objetivos sociales.

El año 94 a. C. la pretura fue ocupada por Lucio Cornelio Sila, el hombre perteneciente a la clase patricia, como ya dijimos, quien había sido un destacado lugarteniente de Mario. En el año 88 a. C., accedió al Consulado tras derrotar a los rebeldes italianos. Durante la ausencia de Mario aprovechó Publio Sulpicio Rufo, un colaborador de Sila y de los optimates, se pasó al bando de los populares y logró sancionar un decreto por el cual ponía el mando de las legiones a cargo de Mario, relevando a Sila, quien enterado de esto, convenció a sus hombres de que era necesario atacar Roma. Lo hizo y  victorioso, Sila, limitó las facultades de los tribunos de la plebe. En el 87 a. C Sila dirigió una campaña contra el rey del Ponto, Mitrídates, momento que aprovecharon los populares para vengarse, estallando una nueva revuelta al mando de Cinna, quien unido a Mario, y a su hijo del mismo nombre, habían armado un ejército en su exilio en África, y atacaron a los conservadores optimates dirigidos por Octavio. Estalló de nuevo la guerra entre populares (con Cinna al mando) y conservadores (con Octavio al frente)… Mario volvió del exilio en África junto con su hijo (Mario el joven), acompañado de un ejército que había logrado reunir a las fuerzas de Cinna para derrotar a Octavio. Mario entró en Roma y, siguiendo sus órdenes, sus soldados comenzaron a ejecutar a los partidarios de Sila, incluyendo a Octavio, en una matanza que conmocionó a Roma, entre las filas de los nobiles hubo 100 muertos y sus cabezas fueron expuestas en el Foro. Cinco días después, Quinto Sertonio ordenó a sus tropas (mucho más disciplinadas que las de Mario, que se habían reclutado entre gladiadores, esclavos y demás) aniquilar los libertos responsables de las atrocidades, acción que Mario se tomó con sorprendente calma. El Senado, en control de los populares dictó una orden exiliando a Sila, y Mario fue nombrado nuevo general, y Cinna, por su parte, fue elegido para un segundo consulado, y Mario para un séptimo. El senado quedó en poder de los populares que ordenaron el exilio de Sila. Sin embargo, poco más de un mes después de su vuelta a Roma, a los 17 días de acceder al consulado, Mario murió repentinamente, a la edad de 71 años. 

Mario ya había muerto, y Cinna también. Sila, luego de vencer al ejército de Mario el joven (hijo de Mario) y de Papirio Carbón, a cuyos hombres reprimió con extrema dureza, fue proclamado por el senado, en el año 82 a. C como dictador perpetuo, con funciones legislativas y de organizar la Constitución. Sila intentó dar visos republicanos a ese período, dando mayor poder al senado, cuyo número elevó de 300 a 600, y limitando las potestades de los magistrados, estableciendo edades mínimas para el desempeño de los cargos, y sobre todo el de los tribunos de la plebe, que solo podían presentar proyectos legislativos con autorización senatorial, y cercenando su capacidad de veto. Ejerció un gobierno de terror y proscripciones contra sus enemigos políticos, a quienes se les confiscaban y vendían sus bienes. En el año 80 a. C, Sila abdicó en Cneo Pompeyo, su lugarteniente, y su yerno. Se instaló en una villa de Puetoli, en Campania, cerca de la perteneciente a Cayo Mario, la  vendió a un precio ridículamente bajo a su hija Cornelia, y allí escribió en 22 libros sus Memorias (completadas más tarde por su liberto Cornelio Epicado). Sila regresó a las grandes fiestas y a las disolutas compañías que caracterizaron su juventud, dedicando su tiempo, en palabras de Plutarco, “a beber con ellos y contender en bufonadas y chistes, haciendo cosas muy impropias de su vejez y que desdecían mucho de su autoridad”. Y así permaneció, lúcido y jocoso, dirigiendo sus asuntos con la misma manera imperiosa y expedita de siempre, hasta el mismo día de su muerte. Sila falleció como consecuencia de una terrible enfermedad, según lo descrito por Plutarco, parecía ser algún tipo de cáncer intestinal.

Maracaibo 23 de marzo 2018

miércoles, 21 de marzo de 2018

Derecho Romano




Derecho Romano

La cena había sido copiosa, no podría llamársele opípara, pero fue suculenta y muy bien escanciada. Al momento de saludarlo, ella sonrió tímidamente y él captó algo, un no sé qué en la oscura profundidad de su mirada, tras las pestañas densas, bajo sus cejas tan pobladas. Seguramente fue un gesto, cierto mohín de niña malcriada, mas a pesar de los años, se le revolvió el ayer. Ahora él estaba en la primera posición, en situación privilegiada. Había llegado al tope de su carrera política y lucía investido de todos los poderes, listo para sentarse en la silla presidencial. Había venido encaneciendo y engordando progresivamente, pero con todo y lo parsimonioso de su circunspecta imagen, le bastó una mirada de la jovencita y allí se quedó, preguntándose que como podía ser, diciéndose que quién sabe de donde habían surgido aquellos lejanos recuerdos que él juraba estaban ya perdidos en el tiempo.

Precisamente venir a sucederle cosa tal aquella noche, la primera que pasaba en Estambul, era un desaguisado, y era tal el absurdo, que pensó achacarle todo a una severa dispepsia postprandial. Se daban todas aquellas cosas durante uno de esos eventos de la democracia europea. Amigos todos, de paseo, luego de la reunión de uno de los Clubs internacionales, cuando desde Praga se fueron a Belgrado y luego pasaron a Bucarest, y por los Dardanelos hasta ver el Bósforo con la luna rielando para admirar detrás, allá a los lejos, envueltas en la bruma del atardecer, las torres, minaretes y las cúpulas de la antigua ciudad capital del Imperio de Oriente. Ponerse a pensar entonces en el mismísimo Constantino era plausible, pero tras aquella mirada de la jovencita, fue su profesora de Derecho Romano, corpus iuris civilis, quien destelló en su mente como un rayo en sordina.

Desde que comenzara a estudiar Leyes, el Derecho Romano había sido su asignatura preferida. Esta se le mezcló irremisiblemente con la voz y el perfume de Mayra. Muchos años habían transcurrido y estar en el propio Bizancio y soñar con la ley de las doce tablas, era un asunto casi de lógica cartesiana, pero ¡carach!, ciertamente no era ortodoxo, que a esas alturas a él le diese por pensar en Mayra. Anocheciendo en Estambul, en la soñada Constantinopla, la misma urbe cuajada de milenios de historia... ¡Y yo dizque recordando a Mayra, que carach! Eso se dijo él mismo, y así, desatendiéndole a la música sinuosa y envolvente, quiso insistir en extasiarse atisbando a lo lejos la inmensa cúpula de la gran catedral. Estar regurgitando sus recuerdos lejanos con la cena, y simultáneamente, era ya un oprobio, mas sin remedio rumió y se relamió en la imagen de su maestra de Derecho Romano.

Se sintió entonces digiriendo lo que llegaba hasta su mente. Las pandectas y el digesto, y  Mayra, ¡claro está! Estaba atortajado. Lo dijo para sí. Se hallaba sin poder evadir en ese instante la imagen del sin par Justiniano, y lo quiso pensar coronado con hojas de laurel y tomillo, ¿tal vez de eneldo?, luciendo egregio con su manto malva, y ahora él, investido también y en tan simbólico momento, sin saber por qué rayos pero a su mente quien estaba regresando era Mayra. ¿Podría envolverse en ella?, ¿con ella?, ¡qué clase de hembra había resultado ser!, ella, su profesora de Derecho Romano. Y quiso pensar en ambos dos, come involtini, en sábanas de seda, cual tortellini, más bien  ahora seguramente tortelloni, come una cotolette a la piazzola, ahora sí, bien revueltos, como tequeños enrollados en la mismísima toga purpurina... ¡Que locura! ¿Y por qué ahora? Se dijo pensativo... ¿Quizás será por algo singular?

Por encima de todas las cosas, de su ascenso en pos de nobilitia, del fas y el ius, venían hasta su mente cual cuentos de camino y como en olas, los recuerdos. Debe ser por el viaje. Así se dijo él mismo. Es por tantos, tan variados eventos, ¿será por el cansancio? Por toda aquella agitación de los contactos, o quien quita y no vaya a ser per il risotto que sin duda estuvo un poco pasado de azafrán... Como en una polenta, todo viene a ser parte de lo mismo. Mas para él todas aquellas disquisiciones pseudoculinarias no eran fortuitas, eran partes de un todo y por demás imprescindibles, en verdad de lo más necesarias, para su futura proyección política. Ya estaba casi listo para ejercer el mando.

Ahora le llegaba en oleadas una marejada de recuerdos. Se le mezclaba con la vida de unos viejos amigos que había visto nuevamente en el viaje. Repasó mentalmente, la mirada de la jovencita y el perfume de Mayra y obligadamente percibió en sus narices el cote de boeuf con las pommes de terre. Comí más de la cuenta y mucho vino. Seguramente demasiado. Esto se dijo al regresar al entrecôtte bourdellese, admirando las cejas, las pestañas, y el brillo de sus ojos. Eres cual hurí de un profeta.  Así mismo había piropeado una vez a su bella maestra de Derecho Romano. Él era solo un jovenzuelo imberbe y ella era, suculenta, solo por pensar algo, mas ahora, tras recordar el símil, nuevamente regurgitó. Todo se estaba dando por la mirada de una niña parcialmente velada, bailarina del vientre… Era una cosa de lo más absurda.

Por instantes creyó sentirse joven nuevamente. Se halló tumbado, oteando un cielo arrebolado, conticinio al final de una arcana velada cultural, retrotrayéndose casi hasta su niñez, ¡que disparate!, volver ahora a su primera infancia allá en Barquisimeto, ¡desde Estambul!, ¡no juegue! ¿Por qué a través de Mayra su profesora de Derecho Romano?… Rebuenaza que estaba. Y la pensó, sonriendo para sí... Sabrosona, se dijo él mismo relamiéndose, charlote de pomme, o más bien una crostata di pesche. Denso y profundo, un cierto aroma de amareto casi logró anegar en los brumosos humores de su mente el tintineo de su risa loca. ¡Qué cosa más disparatada! Quiso poner en orden sus desquiciados pensamientos. En aquel sitio resultaba completamente inadmisible tal comportamiento, era un desvío, un desafuero, seguramente relacionado con las ya escanciadas botellas de vino borgoñón.

Era cómo mezclar aquella su misión sagrada, su rol, representando a su país ante las embajadas, y los arreglos de la chancillería, con sus chanchullos, sí, y hasta un par de pendejos tours, porque esta vez, si los había tomado. Sí, todo aquello regurgitando, y confundiéndose con la mirada de la joven del velo, su vientre terso, ojos tan grandes y el calorcito de la piel de Mayra. Regresó a la visión de sus nalgas turgentes, las de ella, las veía cimbreando, oscilando, y creyó percibir como iban y venían con él, ese vaivén, el de ella, y era que no podía despegar su mirada de la sinuosa jovencita. Ya suspiraba al verla regresar sin dejar de mirarla, y ella se acercaba oscilante, velada su sonrisa, lo envolvía entre las tersas y pobladas pestañas y abría grandes sus ojos bajo las cejas negras muy espesas. Ella volteó la cara y la eclipsó una nube desgranando sonidos de timbal y de flautas hasta girar, y de nuevo regresó a su pupila. Odalisca rendida a mis pies yo Sultán… Eso pensó poético.

Oscilaba toda ella, muy amplias sus caderas se movían suavemente mientras serpenteando se acercaba tachonada de lentejuelas plateadas que relucían, y él sentía cual si fuese para él solo todo el relampagueo de su mirada tras el velo. Él podía reconocer en sus pupilas los destellos del fuego aquel que alimentara en su pecho su profesora de Romano Derecho. Ella hacía sonar unas diminutas castañuelas de metal. Las tocaba muy quedo, e iban destellando, ahora sonando más brillantes, con sus manos, ondulantes, en sus delgados dedos, tintineantes. La música era lánguida, encantada, era una música soñada. De las mil y una noches… Entonces él pensó que quizás Mayra había sido realmente la dama de los cuentos interminables, su Scherezada. Esta niña, la odalisca del vientre, tal vez ahora, ¿puede que haya nacido turca?, ¿luce apariencia cierta de morisca?, ¿será una joven berebere?, ¿quizá escapada de un harén?, ¿la mujer de un jeque árabe?, ¿quizá ella profesará alguna religión?, ¿será la mahometana?, ¿tal vez ella es egipcia?... Entretanto el vientre terso se movía, y las caderas iban y venían, oscilando, y se mareaba en tanto que ondulando hasta él envuelta en tules ella regresaba. Era como un mar con oleaje agitado, con gaviotas y espuma, sí eso era, y su ombligo, era una de las cosas más hermosas que él hubiese visto, tanto que era de esas cosas que le obligaban a recordar a Mayra...

Hacía sonar las campanillas que en sus pies relucían cual diminutos cascabeles ciñendo los tobillos y estaba toda envuelta en una especie de celofán, ¿con mil hojuelas?, destellaba en un halo de luz que la rodeaba, espeso, cual etérea gelatina envolvente, translúcida… Él la veía blanca como una diosa misteriosa, atornasolada, y su vista se aferraba a sus muslos níveos, y a su mirada, y pensó... ¡Oh es una odalisca irreal! No puede ser. Gimió, y se sintió yaciente, mientras ella reptante, iba serpenteándole en derredor. Su cabecita y sus ojos aleteaban sin despegarse del entorno mientras él sentía correr a chorros el sudor que anegaba su rolliza humanidad. Somos ambos, se decía convencido de que ahora era ella quien le miraba fijamente y él la veía, de frente, más al instante ella se volvía y girando se le perdía entre nubes.

¡Ay Mayra! Eran sus ojos cálidos unos pozos profundos, de un verde denso, jade, magenta, hermosos, y ahora… Tras el velo que cubría su rostro, él adivinó una sonrisa pícara, ¿un guiño cómplice? La música espesaba sus flotantes velos y entre vueltas, ellos oscurecían sus formas opalescentes, e iban destellando con el salpicar de la pedrería y su vaivén, en la densa penumbra. ¿Y él? Abierta la boca, seca la lengua, anhelante, mirándola extasiado. En aquellos instantes, se sintió reaccionar y pensó que era el propio Califa de Bagdad, se creyó un Simbad el Marino, más importante que el mismísimo Harum al Raschid, se sintió reencarnado en el propio Solimán el Magnífico. Más al verla girar y al comenzar a desaparecer alejándose de él, prefirió creer que tal vez fuese más prudente considerarse cual simple Blackamán, con su turbante rojo y la pepa brillante en la frente, tal y como llegó al mismísimo Barquisimeto de sus mocedades, y es que siempre había sido, realmente era, ¡su ilusión primigenia! ¡Que carrizo!

Creyó estar inmerso en un cuadro de Eugene Delacroix. Sensación muy extraña, pues hacía ya tantos años de aquellas cosas, del perfume de Mayra, y el Derecho Romano, de modo que era necesario preguntarse, ¿por qué ahora? Una mirada le había bastado y las nalgas de Mayra habían venido a darle funciones en Constantinopla. ¿Cómo aceptar aquel vainero?, ¿Cómo?, y  ¿Cuándo?, si eran ya olvidados, casi huraños y tristes sus recuerdos de un pasado remoto. ¿Por qué ahora, precisamente en su importante situación, y ellos venían a transformase en una sola inconveniencia. Ciertamente, pensó que todo aquello era para engrincharse, y sin dudarlo se sintió machorreado. ¿Por qué venir ahora a pensar estas zaparapandas? En el tope de su misión sagrada, venir ahora a sentirse como… ¿El ladrón de Bagdad? ¿Cómo Sabú? Él con su papada y su barriga bien cuidada, ¿podría pasar por ser un Tamakúm moderno? ¿Alí Babá? ¡Vade retro! ¿Dónde se estaba entonces ubicando? Rodeado de tantísimos amigos, sus subalternos, aláteres, sus secuaces y comilitones, él, cada vez más rodeado de felicitadores, futuros jalabolas, ¿era acaso tan solo un criollo Alí Baba?¿Y los cuarenta ladrones? Es que de repente, como se encontraba al otro lado de la tierra, bien lejos de su patria, paseando rico, ¡un bolón iba gozando!, por esos predios, representando el papel de un sultán de La Arabia Saudita venezolana, y… ¿Qué tal? Estaba atortajado, ¡carach!, y los precios del crudo fluctuando, habían subido, pero ahora iban bajando. Todo lo que sube baja. Él había escuchado ese axioma. Iban cayendo, nunca le había dado crédito a los rumores, ¡decreciendo! Se le ocurrió pensar… ¡Se me está yendo el roto por el descosío! ¡Ay coño Mayra! Entonces consideró la posibilidad de estar en un aprieto y de que tal vez había tenido la manga demasiado ancha. Una manga de coleo, un caballo, camello, estrecha la manga, y más apretado el ojo de la aguja y...  Se dijo para sí ¡que caracha! y qué ¿quiné sabe que vendría después? ¿La piedra de molino atada al cuello? ¡Naguará! Tranquilo y sin nervios, se dijo afónico a sí mismo, y conteniendo un breve eructo au oignon con un rescoldo de pesto, se sintió devuelto al mundo de su odalisca quien ya para aquel momento y finalmente desaparecía del salón.

Maracaibo 22 de marzo 2018

NOTA: el 13 de febrero del 2013, este artículo apareció en mi blog lapesteloca. En aquellos días, escribía yo para “el gusano de luz” y mis trabajos aparecían en internet, algunas veces con visualización de numerosos lectores como me lo comunicarían satisfechos a propósito de “Las hijas de Chelita”. Usualmente eran retazos de mis novelas en preparación, pero este “Derecho Romano” lo hice pensando en el personaje. Quiero suponer que mis lectores de ahora, cinco años después, sabrán identificarlo.

martes, 20 de marzo de 2018

El amor al trabajo




El amor al trabajo

En la duermevela de mi tinitus chirriante, esta madrugada me sonaba Andrés Eloy con su “Coloquio bajo la palma”… “Lo que hay que ser es mejor y no decir que se es bueno ni que se es malo, lo que hay que hacer es amar lo libre en el ser humano, lo que hay que hacer es saber, alumbrarse ojos y manos y corazón y cabeza y después ir alumbrando. Lo que hay que hacer es dar más sin decir lo que se ha dado, lo que hay que dar es un modo de no tener demasiado y un modo de que otros tengan su modo de tener algo, trabajo es lo que hay que dar y su valor al trabajo”… Después me puse a pensar en mi padre, quien trabajaba y trabajaba, sin descanso, no tomaba vacaciones y recordé algo que nos había inculcado desde muy niños, lo que él llamaba “el concepto de la responsabilidad”… Casi como una consecuencia me llegaron unos sonetos eternizados en mi mente: “Trabaja, joven, sin cesar trabaja: la frente honrada que en sudor se moja, jamás ante otra frente se sonroja, ni se rinde servil a quien la ultraja. Tarde la nieve de los años cuaja sobre quien lejos la indolencia arroja; su cuerpo al roble por lo fuerte, enoja; su alma del mundo al lodazal no baja”. Allí me detuve porque no estaba seguro de quien era el autor, y pensé, mañana lo averiguaré,  y es más, me dio hasta para imaginar que ese habría de ser un buen tema para mi blog lapesteloca.

Elías Calixto Pompa, nació en Guatire el 14 de octubre de 1837 en la casona de la hacienda El Palmar. Hijo de Gerónima Lozano y Gerónimo Pompa, militar e investigador de las propiedades curativas de las plantas venezolanas, publicando el libro “Medicamentos indígenas”, quizá la obra más editada, por un venezolano. Elías Calixto, fue un comerciante de profesión, poeta y dramaturgo de vocación, que no tenía espíritu de militar, pero no pudo eludir los enfrentamientos políticos que le valieron cárcel e incluso exilio. De formación autodidacta, el poeta logró ser diputado de la Asamblea Legislativa por el Distrito Caucagua. Su poesía le permitió trascender las tierras venezolanas para difundirse por todo el territorio americano y convertirse en lectura recomendada, en las aulas españolas, cuna de grandes poetas. Su encomienda al niño… “Estudia, y no serás cuando crecido ni el juguete vulgar de las pasiones, ni el esclavo servil de los tiranos”; su exhortación al joven… “Joven trabaja, sin cesar, trabaja; la frente honrada que en sudor se moja, jamás ante otra frente se sonroja, ni se rinde servil a quien la ultraja”; su exigencia al adulto… “Entreabre con amor tus labios viejos, y alumbra al joven que te sigue el paso, con la bendita luz de tus consejos”, constituyen una exaltación de espiritualidad dirigida al ser humano en cada una de las etapas de su vida, que le marcarán un rumbo y un sentido a su propia existencia. Sabemos que antes existía un médico de la familia, Elías Calixto Pompa se convirtió en el poeta de la familia. Para los padres de finales del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX los sonetos Estudia, Trabaja, Descansa, se convirtieron, en el soporte de orientación fundamental en la formación de los hijos en todo el mundo hispanohablante. 

Lo que viene ahora, no es “un corolario”, ni son conclusiones como las que hace Oppeheimer en sus programas de la TV. Es algo que leyendo sobre Elías Calixto Pomba recién encontré  y que  siento que va en concordancia con los tiempos (annus horribilis) que vivimos en nuestro país… En el 2009, durante la V Cumbre de las Américas que se celebraba en Trinidad y Tobago, el presidente de Venezuela para aquellos días era Hugo Chávez y le regaló a su homólogo estadounidense Barack Obama, un ejemplar de “Las venas abiertas de América Latina”, el conocido libro de Eduardo Galeano (1940-2015).  Luis Britto Garcia, siempre ha estado presente como fiel personero de “El Régimen” y lo hemos detectado hasta apareciendo por la TV contetuliando con José Vicente Rangel. Pues Britto García opinaría por “aporrea” que era “una situación casi subversiva, que los Presidentes regalasen libros”  y se preguntaba: “¿Cómo estará interpretando Obama el libro?” Britto García haría entonces el siguiente comentario:  “La dedicatoria que Chávez puso al libro, es de un poeta, uno de los más cursis poetas del Mundo, Elías Calixto Pompa. La dedicatoria decía: "Es puerta de la luz un libro abierto entra por ella, niño y de seguro veras a Dios y su poder más cierto resplandecer con su fulgor más puro". Como dicen los abogados, “A confesión de partes relevo de pruebas”. Esa es la opinión que sobre el poeta de Guatire tiene el escritor Luis Britto, laureado con el “Casa de las Américas” (premio cubano, codiciado por algunos como un trofeo, desde que se inició la dictadura en la isla caribeña).

Maracaibo, 20 de marzo, 2018