domingo, 24 de septiembre de 2017

Estamos, desde hace un tiempo ya…




Estamos, desde hace un tiempo ya…

El Martes, 27 de septiembre del año 2016 en mi blog, lapesteloca.blogspot.com, publiqué un artículo titulado ¿Estaremos en nuestro período especial? (http://bit.ly/2debtsQ). Allí citaba al conocido profesor Dr Rafael Muci-Mendoza. Lo cito nuevamente en este actual trabajo, de hoy, para complacer a mi amigo Mario Sotolongo quien no acepta leer cosas sobre Cuba por que le da un ataque nauseoso. Lo comprendo, pero también lo invito a distraerse con esta puesta al día de mi profesor Muci-Mendoza.

““Mi presencia en el suelo cubano en 1991 y luego en 1993 fue como trasponer un muro de opacidad y adentrarme en los dominios de un gobierno miserable y mentiroso que creyó que podía engañar a la Misión Humanitaria con la cual estuve involucrado en 1993 para investigar una causa obvia de pérdida visual colectiva mantenida en secreto durante 3 largos años sin que moviera la conciencia ni la lealtad de una clase dirigente inhumana. ¿Les suena…? El quid del problema radicó en el empleo del sufijo griego itis que denota inflamación en vez de plantear el termino neuropatía, que incluye diversas causas como compresión, trauma, isquemia o falta de sangre, infiltración por tumores malignos, y lo obvio, un origen tóxico-nutricional, etc. En las mentes obcecadas de la nomenklatura convenía inventarse un virus sembrado por manos imperialistas en la Isla y precisamente, cuando su economía hacía aguas por los cuatro costados era indispensable echar mano al viejo expediente del enemigo externo… ¿Les suena…? Nuestra estrategia fue cambiar el término neuritis por neuropatía y con la ayuda de un grupo de investigadores de alta factura llegar pronto al diagnóstico: ¡Hambre pura y simple…! La falta de una respuesta sencilla condicionó que más de 50 mil almas perdieran la visión y estuvieran sometidos a tormentosos síntomas neurológicos por compromiso de sus nervios periféricos, mientras los jerarcas daban vivas a la Revolución y repartían migajas en forma de multivitamínicos ¨gratuitos¨… Troté por la Quinta Avenida que en su momento debió ser majestuosa. Hermosas y enormes casas desconchadas, abandonadas y pidiendo un cariñito a ambos lados de la amplia vía, dejadas a la pudrición donde se atiborraban familias cuyas pocas ropas secaban en balcones y ventanas. ¿Les suena…? Una que otra, perteneciente a una embajada surgía deslumbrante como un oasis en medio de un sediento desierto. El caldo de cultivo de la «neuritis» fue una situación insostenible de factores políticos y económicos propios de regímenes autoritarios bajo extremos racionamientos: tal vez el más importante: la malnutrición pues la ingesta nutricional disminuyó de 2.850 kilocalorías por día en 1989 a 1.863 por día en 1994 cuando el mínimo recomendado para el adulto humano es de 2.100 a 2.300 calorías, pero más patético aún fue que niños y adultos mayores recibían apenas 1.450 calorías por día. Todo esto se acompañó de pérdida de peso que pudimos constatar apreciando el bajo consumo calórico y 4 personas turnándose en una bicicleta, y que entre 1990 y 1995 fue entre un 5% y 25% del peso corporal. ¿Les suena…?. Una abigarrada combinación de factores nutricionales y tóxicos (licor de alambiques caseros, tabaco importado con gran contenido de alquitrán, elevado contenido de cianógenos (cianuro) en la harina de yuca y en la cáscara del tubérculo, el hecho de chupar y chupar caña de azúcar para aplacar el hambre, sin atisbar  que el déficit de vitamina B1 o tiamina (vitamina no acumulable), B12 y ácido fólico, era el camino hacia el beriberi, la degeneración combinada de la médula espinal y la neuropatía periférica, determinó la emergencia de una epidemia de neuropatía óptica y polineuropatía periférica asociada a carencia de nutrientes y vitaminas en la población ya conocida desde los campos de concentración japoneses.  Aparecieron los primeros casos esporádicos entre 1991 a 1992 para luego progresar a ritmo exponencial hasta mayo de 1993 con 30.000 pacientes y continuó ascendiendo hasta 1997. Conjuntamente, aumentó la tasa de mortalidad materna en un 60% por causas obstétricas comunes y 43% de la mortalidad materna total. La tasa de mortalidad infantil se atenuó por la disminución de la tasa de natalidad debido a la pobreza, el incremento del número de abortos, y el aumento de la distribución de anticonceptivos. ¿Les suena…?””

Hoy Domingo 24 de septiembre de 2017, el doctor Rafael Muci-Mendoza escribió sobre el “Elogio de período especial Redivivo” palabras que subscribo totalmente, donde decía entre otras cosas… 

La situación es ahora peor que la que sufren los cubanos, a pesar de que formamos parte de la misma comarca, ¨Cubazuela¨. No hemos podido contraponer la dirigencia de una oposición realmente patriota que nos lleve a expulsar los invasores. Nunca creo se ha oído en la Asamblea Nacional una referencia de rechazo a los cubanos; la palabra parece un anatema que no debe pronunciarse, y con rabia justificada me pregunto, ¿Por qué…? ¿Quiere decir que a la canalla que nos gobierna se ha unido otra que no queriendo abandonar sus privilegios nos traiciona en forma continuada…?  Pero iremos a votar, todavía nos queda una rendija de democracia por donde deslizarnos y debemos ser fieles a ella”.

Maracaibo, 24 de septiembre de 2017

sábado, 23 de septiembre de 2017

El dibujo de la familia



El dibujo de la familia

Desde el comienzo del segundo año de vida, todos los niños garabatean. A diferencia del adulto que “garrapatea” su escritura para expresar algo, los niños garabatean sin intencionalidad, si pretender comunicarnos nada. Entre los dos y los tres años, sus garabatos o sus dibujos, son trazos que se asocian con sus movimientos, de manera que al continuar su crecimiento, entre los tres y cuatro años en general el niño puede identificar lo que quiere mostrar en sus dibujos sin que pretenda asociarlo con nada conocido. Todo este proceso pertenece al garabateo. Formas verticales u horizontales, círculos y, o diagonales, rayas pues y algunas veces el niño se detiene y quizás es porque ha detectado en su obra alguna semejanza con algo, o con alguien…

Esta actividad debe ser personal, es creativa, y no debe uno inmiscuirse, no debe “ayudársele”, ni tratar de dirigirlo. El niño ira progresivamente avanzando, algunas veces con aparentes retrocesos, pero seguirá adelante en un proceso que dura aproximadamente un año. Al niño no debemos preguntarle, ¿Qué es eso?, ¿Qué es esto?... Sus círculos y rayas fueron hechos con regocijo. Estos dibujos que pudiésemos llamar kinestésicos realizados entre los tres y cinco años deben respetarse y lo ideal sería que no se interviniese en ellos.

Solo expresando lo que se siente por dentro se puede mantener vivo el fuego de la creatividad. La práctica ampliamente conocida de ofrecerle a los niños libros para colorear, no es lo más adecuado para estimular la creatividad. Se debe poner al niño en contacto con los materiales para que se exprese, tiza, o lápices, creyones, etc, para luego admirar sus progresos, desde el garabateo hacia las figuras, pues la gente se irá transformando en la parte más importante de su vida. A los 4 meses ya el bebé reconoce a su madre y a los 6 meses ya reconoce a los extraños.

Algo fundamental es entender  que el niño dibuja sus impresiones mentales de los objetos o los personajes que ve y no corresponde a su representación gráfica, de modo que no será una representación de lo físico, sino más bien será la representación de los elementos emocionales e imaginativos que él posee y que lo indicen a dibujar, Sus dibujos hablarán más del artista que los ejecuta que de los objetos o figuras que puedan representar. Este fenómeno fue llamado inicialmente por Luquet “realismo intelectual”.

Se puede decir con certeza que el niño dibuja lo que sabe, no lo que ve, por eso sus dibujos expresan una verdad, no toda la verdad ya que podríamos decir que la expresión gráfica en el niño está coloreada por sus sentimientos.  De manera que sabemos que el realismo gráfico infantil no es visual sino intelectual. Cuando dibuja personas, el niño nos habla de sí mismo más que acerca de otro ser puesto que tan pequeño, aun no estará condicionado por “su superyó”. Los dibujos infantiles son expresiones de la mente que pueden verse como “universales” ya que sus mentes no han sido todavía educada en los moldes de nuestra llamada, cultura.

Todos los niños del mundo iniciarán así sus dibujos sin importar el sexo, la raza, la geografía de su país y/o la cultura de sus padres, pobres o ricos. Por estas razones, si les inducimos sobre lo que deben dibujar estaremos coartando su expresividad natural y siempre debe entenderse que los dibujos infantiles tienen poco valor si quieren interpretarse como proyecciones de su personalidad, o de los miedos u hostilidades que enfrentan y que seguramente influirán en su conducta. Hay que estar bien documentado sobre la normalidad y las características de la expresión gráfica infantil de acuerdo con sus distintas etapas de maduración, antes de pretender saltar a conclusiones.

Por eso me estoy refiriendo en esta oportunidad a “el dibujo de la familia en el niño”, que no representa de ninguna manera un test de capacidad mental ni debe usarse para reemplazar el conocido test de Goodenough que implica el dibujo de la figura humana. Cuando se le pide a un niño que dibuje a su familia, el resultado estará influido por sus sentimientos y el producto de ese dibujo conllevará siempre una respuesta predominantemente emocional. El niño en ese dibujo dirá poco de lo que realmente sabe y mucho sobre sus sentimientos porque su respuesta al dibujar será más una manifestación de sus sentir personal. El psicoterapeuta Louis Corman fue quien inició la técnica del dibujo de la familia.

El procedimiento consiste en sentar al niño ante una mesa con papel y un lápiz, o creyón y pedirle que dibuje su familia. Sin darle más detalles, sin entrar en explicaciones, él debe dibujar en un tiempo prudencial a su familia.  La prueba finaliza cuando el niño avisa que terminó el dibujo y lo entrega. Como es de suponer, habrá algunos parámetros elementales que serán tomados en cuenta al examinar el dibujo. Nombraré alguno de los más importantes: 1-Tamaño de las figuras; 2-Orden de las figuras; 3-Posición en el grupo familiar;  4-¿Está él presente?;  5-¿Alguno del grupo familiar fue excluido?;  6-¡Se diferencian los sexos?;  7-¿Quién tiene más adornos?; 8-¿Quién tiene más acentuados los brazos y las piernas?; 9.¿Existen otras cosas agregadas al dibujo? …

Con estos recursos y más que los conocedores de esta técnica manejan, se puede aplicar aquella máxima tan conocida que dice que “un dibujo vale más que mil palabras”. 
Gracias por su atención.
Maracaibo, 25 de septiembre de 2017

viernes, 22 de septiembre de 2017

La balsa de la fragata Medusa




La balsa de la fragata Medusa

Théodore Géricault en el panorama de la pintura francesa fue  un pionero del Romanticismo. Había nacido en Ruán, en 1791, y en 1798 se trasladó con su familia a París, donde se formó artísticamente en los estudios de Vernet y de Pierre Guérin. La carrera de Géricault como pintor se extendió  a lo largo de diez años,  y sin embargo su obra es notable y abundante. En La muerte de Hipólito y La captura del caballo salvaje, su planteamiento todavía es clásico pero ya el modelado de las figuras a través de la luz, muestran los rasgos de su pintura claramente romántica.  Théodore el joven pintor romántico francés con tan solo 28 años, inmortalizó en el año 1818, un dantesco naufragio donde por incompetencia desembocaría en el asesinato y el canibalismo

El 2 de julio de 1816  la fragata Medusa (Méduse) debía dirigirse a Senegal, por aquel entonces colonia, para aceptar que Inglaterra la devolviera al Estado Francés, según los términos de la Paz de París. El capitán de la fragata, el vizconde Hugues Duroy de Chaumereys hizo caso omiso de los consejos de los oficiales más experimentados y erró en la interpretación de los mapas, terminando por hacer encallar la nave en un banco de arena a unos 60 kilómetros de la costa de la actual Mauritania. La tripulación constaba de casi 400 almas, pero los botes salvavidas solo tenían capacidad para 250 personas por lo que se construyó una balsa improvisada con los restos del barco que diera cabida al resto de los 150 tripulantes. Las barcas debían arrastrar a la balsa hasta la costa, pero el exceso de peso imposibilitó tal misión, al ver esta situación, el capitán, desde uno de los botes, ordenó que soltaran amarras, abandonando a los 150 desgraciados a su suerte.
 
La primera noche se ahogaron 20 personas y en la segunda, una reyerta interna provocó que los soldados mataran a 65 personas. Una semana a la deriva, tan solo quedaban 28 supervivientes. Finalmente, se decidió arrojar al mar aquellos que estaban enfermos o heridos, y solo quedaron 15. Durante los 6 días posteriores hasta que fueron rescatados, estos náufragos se vieron obligados a beber agua de mar, su propia orina e incluso llegaron a practicar el canibalismo. “El Naufragio de la fragata La Medusa“, es el título de un libro que narra en detalle los acontecimientos, desde la cobarde y temeraria actuación del capitán Chaumereys, que sería destituido y condenado a 3 años de cárcel, hasta las atrocidades que se cometieron en nombre la supervivencia. 

El joven pintor Théodore Géricault, se reunió con dos de los supervivientes del naufragio y luego le solicitó a otro de los náufragos, un carpintero, que realizara una maqueta de la balsa donde. Para conseguir su cometido consiguió que posaran algunos de los otros supervivientes y se sirvió de restos de cadáveres sacados de la morgue para que los cuerpos que iba a pintar estuvieran dotados del máximo realismo anatómico. Todavía se conservan algunos de estos bocetos, que aún hoy impactan por su crudeza. En un lienzo de 491 cm × 717 cm y con óleo pintó una obra que como el artista lo había anticipado, resultó ser muy polémica en su primera exhibición, en el Salón de París de 1819, y se ganó tanto elogios apasionados como condenas y habría de convertirse en un icono del Romanticismo francés al representar una ruptura con respecto a la calma y orden de la escuela  neoclasicista entonces predominante. De 1820 a 1822, Géricault estuvo en el Reino Unido, donde pintó sobre todo carreras de caballos, en respuesta a su gran afición al mundo de la hípica. Hacia 1822-1823 realizó una excepcional serie de retratos de enfermos mentales, como preparación para una obra que no llegó a ejecutar. La balsa de la Medusa fue adquirida por el Louvre poco tiempo después de la muerte prematura del artista, en París el año París, 1824, a los 32 años de edad.

Maracaibo 22 de septiembre del  2017

… en La Habana…( III )



… en La Habana…

TERCERA PARTE

“Poco después rodábamos en el Volkswagen ruso hacia San Lázaro. Teníamos que visitar primero la casa del santón, del gran babalocha. Y lo increíble del asunto era el que ya yo no pensaba más en Natasha, y me decía a mí mismo que era mejor así porque me daba un pálpito de que con la bella rusa entre nosotros pudiera ser que se llevaran presos a mis amigos ecobios. No quería enredarme más la vida. ¿Qué tal si el adivino babalao nos revelaba que Anabella estaba enterada del secreto de los microfilms? Todo fluía de una manera tan natural que tampoco notaba ningún cambio en el ánimo de Eduardo, a pesar de su evidente interés por la rusa. El merequetén de los brincos del Volkswagentrosffky y la promesa de ver al gran Abakuá de nuestros dos nuevos amigos, parecía ser nuestro principal objetivo de esa noche. Pero antes teníamos que detenernos en el vecindario de San Lázaro, el patrono de todas las llagas, de la lepra y de los chancros sifilíticos, esos detalles no tenían que refrescármelos, los había leído un tiempo atrás... La casa del babalocha se estaba cayendo, como todas las de aquel vecindario. Afuera se reunían algunos negros ataviados con collares, todos iban de guayabera y en grupos por la calle, hombres y algunas mujeres casi todos bebiendo aguardiente. A lo lejos se escuchaba una radio con música de guaracha, en sordina. Todo será muy sencillo nos dijo el babalao quien era un negro calvo y muy gordo. Su guayabera blanca y sus collares no disimulaban el sudor y la agitación ante la oferta de dólares para conocer los designios de los Orishás. El gordo insistía en que teníamos que adaptarnos a todo lo que exigían las reglas de la Ocha. En una especie de canastillero adosado a la pared estaban los dieciséis dilingunes. El santón los tomó en su mano derecha. En el suelo divisé unos platos con sangre. Todo el rito fue similar al de la noche anterior, pero éste no precisó de semillas y tablero, leyó el destino con los caracoles y nos informó como Changó, la diosa de los siete rayos estaba con nosotros, nos habló a los dos, de los dos vengadores con la espada y la capa roja y nuevamente nos informó de la situación, estaba algo complicada. Para concluir afirmó que, aunque las alas de la noche se interpongan pesarán más las palomas sobre el comandante pero eso sí, no habrá escapatoria, caerá la espada de Changó y lloverá la sangre... Eduardo captó mis señales y nos salimos antes de que se diera el sacrificio de dos infortunadas palomas blancas, con las cuales quizás nos hubiese dado el gordo un baño de sangre. En la calle nos esperaba el Volkswagenosky con Enrique y Ramón quienes ya tenían una nueva botella, ahora de chipedrin. Sin hacer muchos comentarios salimos hacia los muelles y entramos en el reino de Yemayá. Era el barrio de la Virgen de Regla. Así después de dar vueltas y vueltas por calles desoladas oscuras y malolientes nos detuvimos ante una casa de dos pisos. Es el templo abakuá. Nos lo dijo Ramón. Enrique descendió de la máquina mientras nosotros esperábamos silenciosos y pasándonos la botella de chipedrin. Enrique regresó con buenas noticias. Había hablado con el egún  abakuá y nos permitiría pasar si antes hacíamos la ofrenda. Qué carajo, le dije a Eduardo, ya estamos sobre el burro y tenemos que arrear. Descendimos del Volkswagenoff. La casa parecía desolada, pero obvia mente estaba llena de cuerpos, era la materia no visible que se percibía en cada oscuro rincón. Escuchaba voces tratando de orientarme en la penumbra cuando nos detuvimos ante la puerta entreabierta de una habitación al fondo del caserón. Entramos y miré el suelo que era de cemento pulido con muchas líneas y trazos creando un dibujo difícil de entender. Había cuatro circunferencias de colores amarillo, rojo, azul y blanco, dibujadas en el piso. Los billetes verdes de no sé cuántos dólares de Eduardo fueron colocados en medio del círculo blanco y rápidamente fueron cubiertos con grandes hojas de malanga. El egún era un negro brillante de ojos saltones y miembros largos como patas de araña, el hombre de una edad difícil de definir, nos invitó a pasar con un murmullo ininteligible que prosiguió en un dialecto extraño y culminó con una serie de invocaciones, especie de letanía cuyo curso pude seguir cuando se transformaron en una mezcla de latín y español, hilando un santoral pleno de deidades y símbolos como el Arca de la Alianza, Salus Enfermorum y Regina Angelorum... Súbitamente se puso de pie y se dirigió a un gran armario de madera adosado a una de las paredes y abrió sus puertas. Por el resplandor del fuego noté que había una colección de velas que el hombre iba encendiendo ante un altar lleno de ídolos y de cromos de colores con imágenes de santos de la iglesia. Se volteó hacia nosotros y salió de la habitación. Eduardo y yo nos miramos. Frente al resplandor de las velas los noté a todos temerosos y de un color amarillento. Un instante después regresó el egún con un gallo debajo del brazo. El ave traía el cuello pelado y rojo como esos gallos patarucos, bueno para lanzarlo en un ruedo. El negro sacó del cinto un gran cuchillo y sin mediar palabras le dio un tajo vertical en el cuello de modo que el animal continuó vivo pero con cada estremecimiento sangraba a chorros. Nos miró entonces y aproximó la cabeza y el cuello sangrante a su boca, sorbió la sangre y la escupió hacia un lado. Estábamos los cuatro sentados rodeando al hombre cuando Enrique a mi lado me explicó en voz baja que tendría que lamer la sangre del gallo. Yo veía al babalawo y él lo hacía con un gusto tal que pronto estuvo pintado cara y torso con la sangre que brotaba espasmódicamente del cuello del gallo. Se colocó ante Ramón y extendiéndole el ave le presentó el pescuezo y éste lamió la sangre cerrando los ojos. Yo pensé que no sería capaz y en un pestañear de segundos tenía ante mí al negro sudoroso y ensangrentado, sin mirar el gallo noté cómo se escurrían hilos bermejos entre sus dedos y sobre sus grandes manos y entretanto fui admirando las plumas del gallo embadurnadas, hasta el momento cuando tuve el cuello y los cañones brotados ante mí, tenso, el cogote parecía un mecate empapado, y yo creía escucharlo decir, ¡chupa ya idiota! Haciendo de tripas corazón le pasé la lengua, no sin un estremecimiento y me quedé mirando cómo Enrique sacaba su lengua y se la pasaba de un lado al otro al pescuezo sangrante del gallo mientras el corazón quería salírseme del pecho. Cuando le tocó el turno a Eduardo, pensé que no lograría disimular su asco y por un instante me figuré que arrancaría a correr, apreté los ojos y al abrirlos lo vi sonriente con la nariz y la barbilla empapadas de rojo y con un guiño me miró como si quisiera decirme, ¡es cojonudo! Saqué el pañuelo disimuladamente y la mirada de Eduardo me contuvo, entonces lo mantuve en mi mano mientras el negro iba diciendo cosas y se iba restregando la sangre en el torso desnudo. Entonces en voz baja le pregunté a Ramón que cuándo sabríamos algo sobre los designios de los Orishás. Pensé si acaso podría ser posible esperar algo peor en el ritual que estábamos viviendo pero me contuve escuchando a Ramón, quien brevemente y muy serio me comunicó que ya habiendo bebido el ayé, era el momento de estar atentos. Cerré los ojos por un instante y no sé si lo imaginé pero presa de convulsiones como si estuviese en medio de un baile de San Vito apareció saltando un hombre de pequeña estatura vestido con un traje de paja y una máscara africana negra con rayas rojas, entró contorsionándose y bailando al son de un pequeño tambor, lo hacía sonar con sus manos des nudas mientras iba y venía sacudiéndose espasmódicamente. Al mirar a Ramón, él me informó en voz baja que no era más que el ireme quien auyentaría el maleficio, pudiera ser que existiese un aura maligna rodeándonos a todos los ecobios, un cierto aire de maldad.... Bastó con pestañear y el ireme danzarín desapareció. Entonces se hizo un instantáneo silencio y el egún comenzó a decir cosas, una detrás de la otra... -Por las siete potencias lucumies ahora es el momento de la verdad, por la virgen de las Mercedes, Obatalá, por Yemayá la virgen de Regla nuestra santa patrona, Oh, ven Yemayá y remueve los mares, Oh por Changó que sea bendita, Oh Santa Bárbara justiciera que se abran los cielos y que caigan sus rayos y sus centellas, que venga Ogúm y también San Miguel Arcángel, que descienda Orimilá, ay San Francisco y San Pedro, Eleaguá y San Pablo, que nos visite el Anima Sola, venga a nosotros Oshúm, Oh, qué grande y bendita es la virgen de la Caridad del Cobre... Yo a pesar del rito y de la circunstancia desagradable de estar embadurnado con la sangre del gallo, pensé en el chinchorro del rezandero y como en aquel cuento, me dije, si sigues metiéndole santos se te reventarán las cabulleras, pero en ese momento, no sé por qué, el oficiante se dio vuelta y extendió una esterilla ante él dejando ver un bulto negro sobre la misma. En la oscuridad parecía un feto deforme, pero pronto lo reconocí como un ídolo hecho de madera, el cual no podía ver bien, puesto que el hombre lo sobaba empegostándolo de sangre y haciendo una suerte de ruidos guturales. Entonces pensé que el aguardiente me estaba haciendo efecto, todo era demasiado disparatado y me sentí mareado, casi con ganas de echarme a dormir sobre la estera, allí mismo en el piso de la oscura habitación. Cerré los ojos y pensé que estaba muy cerca del mar, avanzaba por un camino desconocido, bordeado de ipecacuanas y caminábamos entre chamizos y grandes arbustos y a mis pies sentía como reventaba lianas de una maleza que imaginé era pura malanga enredándonos el paso. En un momento nos hallamos a la orilla del mar. A lo largo de la costa que terminaba perdiéndose a lo lejos en una bruma caliza, se esparcían entre miríadas de conchuelas marinas, numerosas medusas gelatinosas y cientos de camarones nadando en una espectral fosforescencia tachonada con las estrías bermejas de las algas filamentosas y los destellos nacarados de los caracoles fracturados por el constante batir de las olas. Desde allí podíamos escuchar el golpe del tambor y con el tucupucu de la kukurbata pensé en el taquititaqui sobre la mina. Ascendimos más allá de las dunas para llegar al sitio alrededor de una fogata, donde las mulatas batían sus faldones y se agitaban y sacudían sus enaguas fragosas y crujientes al menearse frenéticamente. Después suavemente, iban ondulando sus cuerpos rítmicamente con los golpes del tambor. Flotaba en el aire un vaho a hembra sudada y ellas iban y venían, empapadas en salitre mientras yo las observaba, untuosas e imaginaba una melaza almizclosa que embadurnaría sus tensos nalgatorios batiéndose sin cesar y presentía el calor de sus cuerpos, mientras giraban y se estremecían con el ritmo del guataque, ellas se agitaban a un lado y al otro, e iban y volvían revolviendo el aire y el polvo que levantaban sus pies desnudos con efluvios de especies y de brea, con un aroma a jengibre, clavo con azafrán y albahaca y un toque de menta, que nos embalsamaba eternizando el momento. Abrí entonces los ojos y observé el ídolo sobre la estera de espartilla. Eran dos figuras hechas de una sola pieza de madera negra. Cual siameses estaban unidos por el abdomen en tanto sus cráneos dolicocéfalos y sus bembas se proyectaban hacia fuera al igual que sus cortos brazos con toscas manos que parecían pedir misericordia, ellos se torcían girando de modo que cada uno quería como separarse del otro y ambos ostentaban un corto falo negro que parecían lucir en la raíz de sus cortas piernas terminadas en grotescos pies, como si fuesen simples apéndices complementarios de su monstruosa y desagradable apariencia. El rojo y el negro de la madera de la estatuilla y de la sangre se me confundían cuando el oficiante alzó el ídolo de los siameses y lo mantuvo en alto diciéndonos, cual si me leyese el pensamiento.
-Que el rojo y el negro de la bandera de la revolución los proteja. Los colores de Elleguá quien todo lo decide están diciéndonos la verdad. Elleguá les abrió las puertas de la felicidad y es Elleguá quien se las cierra. Todo está en marcha, habrá de llegar el momento de Changó y caerá su espada.
Cuando el hombre me miró, yo pensé en Natasha, ¿dónde estaría? ¿Por qué todos los Orishás se empeñaban en darnos un mensaje tan singular? ¿Dónde estaba yo sin la capacidad para captar la esencia del mismo? Presentía que el paquete del aeropuerto
y la desaparecida señora del cabello blanco tenían algo que ver en todo lo que decía el oficiante abakúa. Me bastó cerrar los ojos para verla amarrada en una silla, ella sudaba copiosamente, era la tía de la niña del aeropuerto y estaba bajo unos reflectores, ella lloraba y frente a la silla vestida de verde olivo estaba Natasha, de pie, se acercó, la tomó por el pelo y volteándole la cara le dijo. ¡Confiesa gusana! Confiesa... Abrí los ojos y Eduardo me estaba sacudiendo. ¿Qué te pasa Marcelo? ¡Somos unos ecobios cojonudos! Había concluido el rito. Estábamos solos y nuestros amigos del Volkswagenoffky al rato aparecieron. A tropezones nos condujeron a casa. Nosotros sin decir nada, sin preguntarles nada, todo era como una maldición y había que callar. Yo me sentía tan mal que no quise hablar en todo el trayecto, sin embargo recuerdo que pensé en cómo podría hacer para lograr levantarme y asistir a la visita guiada al día siguiente, tenía por delante la ida para conocer dos hospitales y las instalaciones científicas más prestigiosas de La Habana. Eran las cinco de la mañana cuando llegué a la casa de protocolo.

Fin de la 3era, y última parte …

Maracaibo 22  de septiembre del 2017
Las demoras han sido por fallas en internet ( se perdió la plataforma para todoo el Estado Zulia, por muchas horas...)