domingo, 19 de marzo de 2017

De Orson Wells al Obabakoak de Atxaga




De Orson Wells al Obabakoak de Atxaga

Orson Wells en el verano del año 1955 haría esta declaración pública: “No son mediterráneos, ni alpinos, magiares, celtas, germanos, semíticos, escandinavos ni arios. Nadie sabe quiénes fueron sus antepasados. Según ellos, Adán y Eva eran vascos puros. Son como los pieles rojas de América. Estaban aquí antes de que llegaran otros europeos. Hablan una lengua propia y extraña de origen desconocido. No. Los que aquí viven no son ni franceses ni españoles. Son vascos, y el surgimiento y caída de otras repúblicas y de otros reinos nunca les han hecho olvidar que son… vascos”. Orson Wells 14 años antes del 55, cuando apenas había cumplido 26 años ya había asombrado al mundo con su Ciudadano Kane. Después, el año 55, se paseaba por los valles y los montes de Iparralde, en el País Vasco francés, y rodaría un par de filmes La tierra de los vascos y La pelota vasca, que había aceptado por encargo de la BBC para contar, a través de minidocumentales para televisión sus personales visiones del mundo y concretamente de Euskal Herria.

José Irazu Garmendia (Asteasu, Gipuzkoa, 1951), conocido con el seudónimo de Bernardo Atxaga, autor de cuentos, novelas, poesía y ensayo, cuya obra ha sido escrita y publicada íntegramente en euskera y traducida a numerosas otras lenguas, es un experto en las aproximaciones al mundo del cine, y en especial sobre Orson Welles de quien ha dicho no sin un dejo de sorna, que Welles se permitió “bastantes licencias poéticas” rodando las andanzas de pelotaris, taberneros, pastores y dantzaris”. El escritor vasco afirmó que él creía saber cuál había sido  el detonante del interés del cineasta por el País Vasco: “un artículo que su amigo Charles Wertenbaker publicó en 1950 en la revista The New Yorker sobre la caza de palomas en la localidad navarra de Etxalar, a dos pasos de la frontera, donde probablemente pudo empezar a forjarse una idea sobre lo que para el ciudadano Welles era la arcadia vasca”… 

Atxaga es autor de Obabakoak, novela que mereció el Premio Euskadi, el Premio Nacional de Narrativa  de España (1989), y el Premio de la Crítica (1989) y sobre la que se ha filmado una hermosa película titulada Obaba dirigida por Montxo Armendáriz basada en la novela Obabakoak. La película trata de la naturaleza del misterio, de la búsqueda de lo desconocido, de las cosas no dichas y, de las que decimos y hacemos. Lourdes, a los 23 años, viaja hacia los territorios de Obaba. Pero Obaba no es el lugar que Lourdes ha imaginado, y pronto descubre que quienes viven allí, están anclados en un pasado del que no pueden -o no quieren- escapar. Las miradas, los gestos y actitudes que, unas veces de forma consciente y otras sin pretenderlo determinan el sentido de la existencia aparecen poco a poco, gracias sobre todo a Miguel (Juan Diego Botto), un joven desenvuelto y alegre con quien la maestra entabla amistad, e irá  conociendo retazos de la vidas de las gentes, sobre su niñez, de su juventud, de sus ilusiones perdidas: la joven maestra que pasea su soledad por las calles de Obaba, el adolescente Esteban, que recibe cartas de amor en sobres de color crema. Sin embargo, siempre hay algo que se escapa, que Lourdes no alcanza a comprender, como será el misterioso comportamiento de los lagartos de Obaba…

Otras novelas de Atxaga son El hombre solo (1994) En España durante el Mundial de Fútbol de 1982, un grupo de amigos intenta llevar a cabo un plan contra el sistema en el hotel que regentan en las afueras de Barcelona, en el que está alojada la selección polaca de fútbol y que se convertirá en el escenario de una novela de intriga que nos lleva a la mente del hombre “a quien todos llamaban Carlos”, que saca a sus compañeros de su rutina y sin avisar, lo mete en el territorio del miedo, del que él no ha logrado salir en años de lucha armada. Esos cielos (1996) Irene decide separarse de la organización armada a la que pertenece y tras cuatro años de cárcel, es una mujer de treinta y siete años de quien Atxaga nos muestra el rostro de alguien que en la cárcel, ha sufrido por amor, y que necesita enfrentarse a su soledad una vigorosa denuncia de la opresión sobre el ser humano. Se ha dicho que Atxaga con la historia de Irene continúa su genial El hombre solo y ésta es incluso mejor. El hijo del acordeonista (2004) es la novela más personal de Atxaga, un verdadero mosaico hecho con distintos tiempos, lugares y estilos, va la historia de dos amigos: Joseba y David, el hijo del acordeonista. Desde los años treinta hasta finales del siglo XX  desde Obaba hasta California, de la infancia en la escuela a los infiernos de la guerra y de la violencia, Atxaga aborda de forma valiente el tema de la memoria, la nostalgia, la amistad y también de la tristeza del que deja su tierra sabiendo que no volverá. Y en el centro de las múltiples ramificaciones la única posibilidad de salvación frente a las circunstancias más dramáticas: el amor.

Maracaibo, 19 de marzo, 2017


sábado, 18 de marzo de 2017

La Santa Maria y el Fuerte Navidad



La Santa María y el Fuerte Navidad

La Santa María fue la mayor de las tres embarcaciones que Cristóbal Colón utilizó en su primer viaje al Nuevo Mundo en 1492, la nao era propiedad de Juan de la Cosa y le digo nao porque no está muy definido si realmente era una carabela. Las otras dos naves de la expedición fueron las carabelas La Niña y La Pinta. Nao puede definir sencillamente a un navío, quizás carabela, pero igualmente puede referirse a una “carraca”, que era un gran navío de vela redonda de alto bordo utilizado para transportar grandes cargas en largos trayectos. La Santa María pudo tener unos 23 m de eslora y tres mástiles.  En el Diario de Colón se numeran las velas que arbolaba: “maestra y dos bonetas y trinquete y çebadera y mezana y vela de gavia". Sin duda, la Santa María era el barco de mayor desplazamiento de las tres naves y a diferencia de las otras dos carabelas, se sabe que la Santa María no retornó a España al embarrancar en la isla La Española en diciembre de 1492. Se dijo que sus restos sirvieron para construir el Fuerte Navidad, el primer asentamiento español en el Nuevo Mundo.

Cristóbal Colón, perdió su nave capitana, la Santa María, al encallar a media noche en un banco de arena de la isla La Española. Se sabe que la pérdida de la Santa María aconteció mientras se encontraba al timón un grumete sin experiencia y Colón se hallaba descansando tras dos días sin dormir. Con ayuda de los indios, Colón envió lo que quedó de la Santa María a otra de las naves, la Niña, y con los restos de la Santa María se construyó el 12 de diciembre de 1492, el llamado Fuerte Navidad, al que trasladaron la artillería de la nave destruida. Allí quedaron 39 hombres, entre ellos un cirujano, un sastre, un tonelero, un carpintero, un calafatero y un bombardero, con provisiones para un año y semillas para sembrar. El fuerte quedó al mando del alguacil Diego de Arana, cuando el 16 de enero de 1493, Colón emprendió el regreso a España. Colon y expresaría formalmente su intención de regresar al fuerte Navidad, durante un segundo viaje. 

Transcurrido casi un año, se organizó el almirante don Cristóbal Colón preparó una flota de diecisiete naves y zarparían de la bahí­a de Cádiz en el amanecer del 25 de septiembre de 1493 tomando rumbo a las Islas Canarias donde tení­an previsto detenerse para reponer agua, alimentos y recoger algunos animales. El 2 de octubre llegaron a Gran Canaria y el 5 a la Gomera. El 7 de octubre partieron navegando rumbo norte hasta encontrarse con otra gran isla, a la que llamaron Santa Marí­a de Guadalupe. Fondearon y desembarcaron buscando contacto con los indígenas que huyeron hacia las montañas. Colón, al igual que en el primer viaje, ordenó a toda su tripulación que no robase ni rompiese nada para no crear mala imagen de los cristianos y para que los indí­genas confiasen en ellos. Al charlar con algunos jóvenes que habían quedado en el poblado, estos resultaron ser esclavos de los caribes, indí­genas caní­bales que habí­an ocupado aquellas islas y atacaban habitualmente el resto de islas caribeñas. 

El 10 de noviembre, retomaron camino buscando la isla Española y encontrándose con más islas a las que fueron poniendo nombre: isla de Montserrat, Santa Marí­a la Redonda, Santa Marí­a de la Antigua, San Martí­n, Santa Úrsula y las Once Mil Ví­rgenes, actuales Islas Ví­rgenes, y San Juan Bautista actualmente Puerto Rico.  El 22 de noviembre llegaron a las costas del norte de la Española, y en la pení­nsula de Samaná, desembarcó uno de los indios originario de esa región, que habí­an llevado a Castilla, y quien convertido cristiano regresaba para pregonar su nueva religión. Prosiguieron hacia el Fuerte Navidad y antes de arribar a la zona, en el puerto de Monte Cristo, vieron dos cadáveres flotando en el agua, pero no pudieron averiguar si eran cristianos o nativos por su avanzado estado de descomposición. Finalmente, en la noche del 27 de noviembre las naves castellanas fondearon frente al lugar donde habí­an construido el fuerte casi un año antes. La oscuridad imposibilitaba ver si habí­a bajos en el agua por lo que optaron por esperar al dí­a siguiente para acercarse más a la costa y desembarcar ya con la luz del dí­a. No vieron a nadie en tierra firme, e incluso dispararon sus lombardas y no obtuvieron respuesta alguna. A las pocas horas encontraron otros dos cadáveres siendo uno de ellos barbudo, indicio de que seguramente fueran españoles.  

Al dí­a siguiente desembarcaron varios marineros y hallaron el fuerte reducido a cenizas, todo estaba destruido y la guarnición aniquilada por los indígenas isleños, pero de los españoles del fuerte no localizarían a ninguno, ni vivo ni muerto. Tras informarle a Colón de la situación y éste el dí­a siguiente hizo una ronda buscando indios que le pudiesen explicar lo acontecido pero todos huí­an hacia la selva.  Colón regresó a la nao Marigalante frustrado hasta que se acercó a las naves una canoa de indios. Le explicaron al Almirante que el cacique Guacanagarí no podí­a ir a visitarle porque se encontraba herido y le invitaron a visitarle en su poblado. Colón acudió a la cita y el cacique le explicó que en la lucha por defender el fuerte Navidad había resultado herido. El médico de la expedición Don Diego Álvarez de Chanca le examinó, y no observó ninguna herida. El cacique les contó que Caonabo, era uno de los caciques más poderosos de origen caribe, y observaría como el grupo dejado en el fuerte estaba dividido en dos bandos por disensiones provocadas por el oro y las mujeres. Cuando uno de los grupos decidió abandonar el fuerte, al internarse en la isla fue fácilmente cazado por los guerreros de Caonabo, después éstos se dirigirían al fuerte a terminar con los restantes marineros que allí­ permanecí­an junto a Diego de Arana. A pesar del apoyo prestado por Guacanagarí­ a los cristianos, todos perecieron. El poblado de los indios de Guacanagarí también fue arrasado y quemado. Estos hechos fueron un duro golpe para Colón, por lo que la expedición de su primer viaje se convirtió en un fracaso frente a los castellanos y los reyes. Su prestigio comenzó a palidecer. Ante el evidente peligro de que Caonabo volviese  a atacar la zona decidieron buscar un emplazamiento más seguro hacia el este y allí­ fundar la primera ciudad española en el Nuevo Mundo: La Isabela.

Maracaibo, 18 de marzo de 2017

jueves, 16 de marzo de 2017

De cómo no “escribir para dar un mensaje”…




De cómo no “escribir para dar un mensaje”…

Rosa Montero en su libro “La loca de la casa” nos comenta: “Eres eterno mientras inventas historias. Uno escribe siempre contra la muerte”, y citará a Vila-Matas en su novela premiada con el Rómulo Gallegos, “El viaje vertical” donde afirmaba que: “La novela es la autorización de la esquizofrenia”. Rosa Montero nos habla con emoción de su sentir por la novela: “La vida es incomprensible, absurda y ciega, por eso la novela que es un género vivo, se mantiene en perpetua evolución. La novela intenta poner orden en el caos de la vida”. “El narrador intenta ordenar el caos y atisba el dibujo final del laberinto. Las novelas como los sueños, nacen de un territorio profundo y movedizo que está más allá de las palabras”. Al penetrar cada vez más en las profundidades del subconsciente, o tal vez en las interioridades del alma, la escritora nos dice: “Basta con pensar en lo que soñamos para que sea posible intuir que tenemos otras existencias, ¿vidas paralelas?, las reales y las del sueño. Cuando nos dormimos y empezamos a soñar, entramos en realidad en otra vida, en una existencia paralela que guarda su propia memoria, su continuidad, “su causalidad enrevesada”.

Nuestro escritor, Eduardo Liendo, dijo una vez : “El escritor, por muy desamparado que se encuentre, por suicida que sea, es el amante preferido de la existencia. Por eso quizás su mayor desafío es vencer a la muerte con el filo de la palabra escrita”. Eduardo Liendo quien por cierto no padece de “la vanidad del escritor consagrado” un mal que es común en algunos escritores de oficio. Sobre este fenómeno, nuevamente Rosa Montero, diría con gran desparpajo. “La vanidad del escritor no es sino un vertiginoso agujero de inseguridad”... “un basurero emocional”. “La fama es la versión más barata, inestable y artificial del triunfo”, y “el éxito en la sociedad de hoy no está relacionado con la gloria sino con la fama”. “Uno puede vender su alma al poder por tantas cosas, y lo que es peor, por tan poco precio”... “Lo malo es que luego llega el poder y el embeleso por el poder, y a menudo lo desbarata y lo pervierte todo”. “Escribir para dar un mensaje, traiciona la función primordial de la narrativa, su sentido esencial es la búsqueda del sentido. Se escribe, pues, para aprender, para saber, y una no puede emprender ese viaje de conocimiento llevando previamente las respuestas consigo”.

En la novela “Escribir en La Habana” una joven conversa: “Leer, siempre es difícil mi dóctor, es complejo, leer un libro es más complicado que leer un periódico. Tu amor es una noticia del pasado, no es literatura, es como lo que hay en los periódicos. ¿Para qué leer las noticias si son de ayer? Son noticias ya pasadas, propagadas y hasta olvidadas”. Yo la miré queriendo desentrañar el sentido de sus cuitas pero ella continuó. “Un libro, mi dóctor, se puede leer dos o más veces, la literatura es para releerla, inténtalo Marcelo querido. Lo que cada uno encuentre en los libros depende más del lector que del autor, sobre todo del lector que sea capaz de releer. ¿Qué hiciste con Natasha, leíste un periódico o trataste de releerla como un libro?” Se rio con picardía, el verme balbucear tratando de defenderme, quería decirle que si era por leer, yo ni siquiera había terminado con la tía Julia, pero imaginé que ella cambiaría las cosas y se saldría por la tangente con algún chiste sobre su tía Alicia. Al fin pude expresarme. No es leer, es el cómo entender muchas cosas lo que me preocupa. Al fin había logrado decirle algo, más ella sin dejarme proseguir me interrumpió para decirme. “Preocupada debería estar yo por saber cómo escribir bien, por aprender a narrar, a escribir verdadera literatura, no sólo para terminar mi tesis sobre el barroco. ¿Sabes Marcelo? No quiero ser escritora para escribir la verdad, esa es la que sale en los periódicos, yo quisiera escribir cuentos, relatos, transformarme en una verdadera narradora. ¡Tú no te imaginas Marcelo cuanto deseo poder escribir con un nivel de excelencia! Quiero ser una escritora, yo en mi juventud y con toda mi inexperiencia quisiera poder escribir desde mi condición de mujer joven y no soportaría hacerlo enmarcada por contraseñas, asfixiada por los tabúes y los remilgos que ahogan la femineidad tradicional de los míos. Quiero ser yo misma, yo verdadera, yo sencilla y a la vez muy amplia y permisiva. Es que, ¡chico!, yo no creo que el ser auténtica tenga ver con estar inventando grandes conflictos. Para escribir, yo no quisiera intentar plagiar la realidad. Esa está en la prensa, ya te lo dije y además sé que te parezco loca, porque precisamente me estoy graduando de periodista, pero es así. Dime Marcelo, ¿conoces acaso si existe un límite entre la ficción y la mentira?” Yo pensé en Cuba, y estaba a punto de decirle algo concreto cuando me interrumpió de nuevo. “Yo no escribiré para relatar mis vivencias, yo creo Marcelo, que una debe escribir para inventar la vida,” Ella lo decía con tanto énfasis y con una vehemencia tal que me impresionó. Al instante, ella no pudo impedir una emocionada referencia de su admirado Carpentier. “Como él mismo decía, suspiró Anabella, yo insisto mi querido Marcelo, que es preferible cien mil veces, una novela policial lograda que una epopeya fastidiosa. Quizás algún día yo decida escribir sobre este viaje y claro está, cambiaré todas las cosas a mi antojo, aunque también sin duda alguna, puede que el tiempo modifique los hechos, recuerda lo que Borges decía, la memoria existe porque existe el olvido”…

Maracaibo 14 de marzo de 2017

lunes, 13 de marzo de 2017

Los barrios porteños y el tango




Los barrios porteños y el tango

El Abasto sobre la Calle Lavalle,  fue inaugurado en 1893 y  está indisolublemente unida a la historia del tango. A principios del 1900 en Agüero y Lavalle, o en la esquina de Tucumán y Anchorena, tenían su paradero el acordeonista Angel Villoldo autor del famoso "El Choclo", y Enrique Cadìcamo, o se podía ver a Ovidio Josè Bianquet,, conocido como El Cachafaz, considerado el mejor bailarín de la historia del tango. Más adelante, ya por los años 20 en esta zona eran frecuentes las peleas entre rufianes y malevos, y los bailes frecuentemente eran interrumpidos por grandes trifulcas que comenzaban en los bares para terminar luego a tiros y a puñaladas. En uno de estas peleas José "Cielito" Traverso, famoso guapo del Abasto y uno de los dueños del Bar O'Rondeman en Agüero y Humahuaca, mató a uno de la familia Argerich por lo que debió exiliarse en Uruguay. En este bar fue donde allá por 1910, precisamente debutó Carlos Gardel bajo el amparo de Alberto "Don Yiyo" Traverso, hermano de "Cielito". Sabemos poco de las andanzas porteñas del adolescente Carlos Gardel cuando era un joven muchacho apodado “El Francesito”, y más tarde “El Morocho del Abasto” quien aprendió a bailar el tango y lo bailaba muy bien. Sin embargo, el baile es una cosa y la música es otra. La íntima conexión entre Gardel y el tango no se estableció sino años después. Anibal Troilo, “el bandoneón mayor de Buenos Aires” nació en 1914 en el barrio del Abasto y los cantantes Roberto Rufino y Virginia Luque también. En los alrededores siempre hubo fondas y bares, hospedajes, conventillos, prostíbulos y, comités políticos. 
 
Por aquellos años, los comités eran uno de los principales lugares para la difusión del arte local. Importantes payadores cantaban en esos llamados comités y Gardel no solamente cantaba en el café de los caudillos Traverso, también lo hacía en el comité conservador contiguo. En el Abasto él conoció a José Betinotti y a Ambrosio Río que eran payadores y cantores criollos. Allí también conocería en ocasión de celebrarse una reunión privada en casa de un pianista de apellido Gigena, nada más y nada menos que al uruguayo José Razzano quien fue su amigo, compañero artístico y administrador. Razzano fue un referente valioso para varias generaciones de autores y compositores. Estuvo 20 años junto a Gardel, compuso con él alrededor de 100 temas, algunos de mucha repercusión entre los seguidores del tango. El tango porteño hizo furor en los años siguientes y los cantores de cafetines y comités pasaron con la ayuda de la edición de discos a ser los grandes portavoces del canto criollo, desplazando así a los payadores.

“Decí, por Dios, ¿qué me has dao, que estoy tan cambiao, no sé más quién soy? El malevaje extrañao, me mira sin comprender... Me ve perdiendo el cartel de guapo que ayer brillaba en la acción... ¿No ves que estoy embretao, vencido y maniao en tu corazón? Te vi pasar tangueando altanera con un compás tan hondo y sensual que no fue más que verte y perder la fe, el coraje, el ansia 'e guapear. No me has dejao ni el pucho en la oreja de aquel pasao malevo y feroz... ¡Ya no me falta pa' completar más que ir a misa e hincarme a rezar! Ayer, de miedo a matar, en vez de pelear me puse a correr... Me vi a la sombra o finao; pensé en no verte y temblé... ¡Si yo, -que nunca aflojé- de noche angustiao me encierro a llorar!... Decí, por Dios, ¿qué me has dao, que estoy tan cambiao, no sé más quién soy?”  

Esta es la letra de "Malevaje"(1929) con música de Juan de Dios Filiberto y letra de Enrique Santos Discépolo, autor también de  Cambalache”(1934), quizás  el tango más emblemático de Enrique Santos Discépolo. El hecho de que Carlos Gardel grabara casi todos sus primeros tangos ayudó en gran medida a la difusión y legitimación de Discépolo como autor y compositor de un género lleno de autores y compositores. En ese sentido, la versión gardeliana del 10 de octubre de 1930 de “Yira yira” figura entre los grandes momentos de la música argentina. Filiberto era un compositor del barrio de La Boca, y fue un creador de tangos exitosos internacionalmente, su música se la llamó canción porteña y esta devino del barrio en el que nació y se crió donde vivió toda su vida. El barrio de La Boca (en la zona sur de Buenos Aires), a fines del siglo pasado, arrinconado contra el río, era un arrabal poblado de italianos, en especial genoveses y criollos, gauchos y gente del campo. El arrabal era una línea que separaba la ciudad del campo y ambos se confundían en sus gustos y costumbres. La misma música se destacaba a uno y otro lado y los ritmos tradicionales, que  confluyeron en el espíritu creativo de Filiberto fusionándose con el tango, que éste escuchó y mamó desde su propia creación.

Maracaibo, 13 de marzo de 2017