sábado, 21 de noviembre de 2015

El Vampiro de Polidori, lord Byron y las matemáticas de su hija Ada



EL  VAMPIRO  DE  POLIDORI,     LORD  BYRON  Y               LAS  MATEMÁTICAS  DE  SU  HIJA ADA LOVELACE



Previamente creo haber hablado de Mary Wollstonecraft Godwin. Les decía que ella viajó a Ginebra con su hermanastra Claire Clairmont, en compañía del poeta Percy Shelley, con la intención de pasar el verano en la Villa Diodati a orillas del lago Leman en compañía de Lord Byron, pues su reciente romance con la joven Claire de 17 años había devenido en un embarazo. Les contaba cómo fue que las dos hermanas y el poeta Percy Shelley llegaron a la cita con lord Byron, el 14 de mayo de 1816 cuando Mary comenzó a llamarse a sí misma “la Sra. Shelley”. Byron con su joven médico y secretario, John William Polidori, se les uniría el 25 de mayo, y comentábamos que en esa ocasión, se daría la creación de dos hitos de la literatura gótica, “Frankenstein” de Mary Shelley y “El vampiro” de Polidori. Daré algunos detalles sobre la obra del joven médico Polidori pues a través de la figura de Lord Ruthven, su personaje de la novela “The vampire” parece ser el precursor e inspirador de numerosos relatos y películas sobre vampiros desde “Carmilla”en 1872 de Sheridan Le Fanu, Alejandro Dumas quien también se inspiró en la figura de lord Ruthven en su novela El Conde de Montecristo, "Berenice" de Edgar Allan Poe, “La Familia del Vourdalak" de Tolstoi y "Drácula" de Bram Stoker.
 
Jhon William Polidori, admirador de lord Byron era un joven estudioso, de ascendencia italiana, quien a los 19 años se graduaría de médico en la Universidad de Edimburgo pero con un afán e interés en destacar en el mundo de las letras. Entraría en contacto con lord Byron quien deseaba un médico personal para que le acompañase en sus viajes por Europa y el joven bien parecido fue contratado por el poeta con el compromiso de llevarle también un diario sobre las incidencias del viaje. Se sabe que Byron se burlaba de Polidori y lo hacía víctima de bromas, lo llamaba Polly Dolly y aunque no hay evidencias escritas es posible que el joven médico sintiese atracción física por su cruel empleador. Cuando se dio la cita en la villa Diodati, Polidori aceptó la idea de escribir su relato e ideó un personaje aristocrático, que algunos ven como remedo de Byron. Aparece como lord Ruthven un aristócrata que duerme de día y viviría por las noches sus aventuras vampirescas. Leído el relato, en la villa Diodati, Polidori continuaría puliéndolo y se acercaría hasta el editor de lord Byron con el manuscrito sobre el viaje y su novela, la cual sin ningún inconveniente, pronto sería publicada. El editor, pondría la novela y el relato del viaje a nombre del lord Byron y esto molestó a Polidori quien se sintió afectado en sus aspiraciones literarias y molesto por cuanto Byron no rectificó el error de la imprenta de inmediato, posiblemente porque le gustó la novela, y por el contrario usó la situación para burlarse del joven. Aunque se modificó la autoría del “El Vampiro”, el joven médico se sintió mal por la actitud del poeta y seguramente esto lo deprimió. Dejó el trabajo, marchó a Italia donde tuvo algunos inconvenientes que ameritaron que lord Byron se acercase para salvarlo de un problema con la policía italiana. Ya con el libro vendiéndose exitosamente, Polidori pasó a Londres y percibiéndose él mismo como un escritor fracasado se encerró en su casa. Finalmente, a la edad de veinticinco años  considerándose un fracaso como escritor decidiría beber ácido prúsico para acabar con su vida. El año 1821, estando en Pisa, Byron recibiría la noticia del suicidio. Es notorio que Mary Schelley ignorase el libro de Polidori, aun cuando  el nacimiento de El Vampiro se había producido en paralelo a su Frankenstein.


George Gordon Byron había nacido 22 de enero de 1788, con una deformidad en su pie derecho por lo que su caminar excéntrico y al mismo tiempo distinguido le valdría para disimular su cojera. A los 9 años, una joven institutriz enfermera escocesa y calvinista, lo inició en la lectura de la Biblia y en el sexo. En la ciudad escocesa de Aberdeen, estudió latín e historia en la Aberdeen Grammar School. Regresaría a Inglaterra al fallecer su tío abuelo Lord William Byron y vivirá entonces con su madre en la Abadía de Newstead. En 1802 morirá su prima Margaret Parker, de la que estaba enamorado. En 1805 se trasladó a Cambridge y será un brillante estudiante, destacando por sus trajes extravagantes y por su vida licenciosa y despilfarradora; dejó la universidad por falta de dinero y mudado a la calle Picadilly 16 de Londres, volvería con su madre a Southwell y se dedicaría en cuerpo y alma a la poesía. Ese año publicó su primer libro de poesías, Composiciones fugaces que el párroco de la zona impidió saliera a la venta y lo quemó. En 1807 publicó su libro de poemas Horas de ocio. En 1809 ocupó un escaño en la Cámara de los Lores, y escribió una cruel sátira. Se iría de viaje dos años por diversos países de Europa. En España, escribió el poema La chica de Cádiz, viajó por Portugal, Albania, Malta y Grecia, y estuvo en Turquía. En estos viajes tuvo relaciones, con mujeres y con hombres. En 1811 murieron su madre y dos de sus amigos en un mes, y se refugió en su medio hermana Augusta, por lo que se le acusaría por incesto. Ella estaba casada y en la primavera de 1814 dio a luz a su tercera hija, Medora, rumoreándose que era de Byron. La publicación en 1812 de los primeros cantos de Las peregrinaciones de Childe Harold, narrando sus viajes por Europa, le dieron fama. Criticado por sus continuos amoríos fue insultado públicamente en la cámara de los Lores. Le gustaba que lo odiaran pues también le temían. En 1815, publicó Melodías hebreas, y se casó con Anna Isabella Milbauke, en la noche de bodas le diría «Te arrepentirás de haberte casado con el diablo»; Anna Isabella lo abandonó en 1816, tras dar a luz a la única hija legítima del poeta, Ada. Los rumores sobre sus relaciones incestuosas con su medio hermana Augusta sus poemas antipatrióticos y acusaciones de sodomía provocaron su ostracismo social. Amargado, Byron abandonó Inglaterra en 1816. Nunca volvió. Desde 1817 hasta 1822 viajando por Italia, recorrió Pisa, Génova y Roma. En 1821 participó en la revuelta de los Carbonarios en Rávena y se enroló en movimientos contra el Papa. Vivió un tiempo en Venecia, con la condesa Teresa Guiccioli, separada de su anciano marido. Byron, se interesó por el Fausto de Johann Wolfgang von Goethe. A finales de 1821 escribió Manfredo, influido por el Fausto, acabó varios cantos de su Don Juan y creó un periódico con Percy Shelley. En abril de 1822 murió su hija ilegítima Allegra de 5 años, nacida de su relación con Claire Clairmont, hermanastra de Mary Shelley con quienes se había reunido en la villa Dioditi en Ginebra. Su gran amigo Percy Shelley murió en un naufragio ocurrido el 8 de julio. En marzo de 1823 designado por el Comité de Londres para la independencia de Grecia, marchó en 1824 para luchar por la independencia de ese país, entonces parte del Imperio otomano. Allí escribió su última composición A mis treinta y seis años. Fue recibido como un héroe por los griegos, quienes querían hacerlo comandante. El 10 de abril enfermó gravemente. Los médicos le prescribieron unas sangrías,  y días después, extenuado por la enfermedad y llamándolos asesinos, permitió a los médicos sacarle toda la sangre que desearan. Moriría el día 19 de abril en Missolonghi, sin haber cumplido su sueño de independencia griega.
Ada Augusta (1815-1852), fue la hija legítima de lord Byron y de su esposa Anna Isabelle Noel Byron, y tendría 9 años de edad cuando su padre, quien poco había sabido de ella, moriría en las marismas de Missolonghi desangrado por los médicos. A pesar de este detalle, en Las peregrinaciones de Childe Harold, el poeta escribió “¡Ada! Hija única de mi sangre y de mi corazón” y según André Maurois, ella había sido “la más imaginaria de todas sus creaciones”. Su madre Anna Isabelle, con la ilusión de que Ada Augusta no desarrollase las ideas locas de su padre poeta, la condujo desde niña hacia el estudio de las matemáticas y ella terminaría por interesarse en los aspectos filosóficos de las mismas. El 8 de julio de 1835 Ada se casó con William King, 8vo barón de King, convirtiéndose a su vez en baronesa de King. En 1838 su marido se convirtió en conde de Lovelace, con lo que ella utilizó el título de "la honorable condesa de Lovelace" durante gran parte de su vida de casada. El conde Lovelace, un joven noble con espíritu científico estudiaba con el astrónomo John Herschel la influencia de la luna sobre la germinación de las plantas. En la década de 1840 existieron una serie de rumores sobre las aventuras amorosas de Ada y sobre su pasión por el juego. En 1851, junto con algunos de sus amigos intentó crear un modelo matemático que les ayudar a ganar grandes apuestas y fracasó generándole deudas y una situación de chantaje donde se vio forzada a confesar ante  su marido el problema que tenía. Para aquella época, el profesor Charles Babbage de la Universidad de Cambridge había inventado una “máquina analítica” con tarjetas perforadas y Ada Lovelace se entusiasmó tanto con aquel invento que se autoproclamó “la sacerdotisa de la máquina de Babbage”. Entre sus notas sobre la máquina se encuentra lo que se reconoce hoy como el primer algoritmo destinado a ser procesado por una máquina. Ada Lovelace a menudo se ha descrito como la primera programadora de ordenadores, pudiendo según algunos considerar que Ana Lovelace inventó el software. Desde 1844 Ana  mantuvo una relación secreta con John Crosse, el hijo de Andrew Crosse un poeta vecino. Se dice que ellos se interesaron en examinar la electricidad, las fuerzas magnéticas y la luz. Entre ambos establecerían protocolos de investigación llegando Ana a tener que empeñar las joyas de la familia para subvencionar sus trabajos. Aprovechando su situación económica Ada soñaba con crear laboratorios donde se lograse poner en ecuaciones las moléculas cerebrales hasta dilucidar las leyes que rigen la neurobiología. Heredera del carácter inquieto y soñador de su padre, aspiraba crear una poesía matemática. Ada Lovelace fallecería a los 37 años por un cáncer dejando endeudado a su marido, el conde Lovelace. En 1953, aproximadamente cien años después de su muerte, las notas de Ada sobre la máquina analítica de Babbage fueron publicadas bajo su nombre real, estando ahora reconocida dicha máquina como un modelo temprano de ordenador y las notas de Ada como una descripción de su software
Maracaibo, noviembre 22, 2015

viernes, 13 de noviembre de 2015

Frankenstein: Abbot y Costello y William Ospina



      FRANKENSTEIN Abbot y Costello y William Ospina

Antes de haber leído el libro de Mary Shelley “Frankenstein o el Moderno Prometeo” la magia del cine en mi infancia me presentó a Frankenstein en un film del año 1948 que mis hermanos y yo vimos muchas veces. En esa película conoceríamos también a  Béla Lugosi, el real y verdadero Drácula y a Talbot, el sufrido personaje interpretado por Lon Chaney Jr en la película titulada en español “Abbot y Costello contra los fantasmas”. En ella sucintamente se narraba cómo los cuerpos del Conde Drácula y de Frankenstein viajaban a los Estados Unidos desde Londres para ser exhibidos en un Museo del Terror y para disfrute y risa veíamos al flaco Chick (Bud Abbot) y en particular al gordito Wilbur (Lou Costello), los dos desastrosos transportistas encargados de llevar los cuerpos inertes hasta el museo, mientras ya la luna estaba llena y seguramente el acónito había florecido, y estas situaciones llevaban a Talbot a transformarse en el hombre lobo. Pero en la noche, las temibles criaturas volverían a la vida: el Conde Drácula (Béla Lugosi) escaparía del Museo y se llevaría al monstruo de Frankenstein (Gleen Strange) para buscarle un nuevo cerebro. Después para poder atraparlos, Chick y Wilbur con la ayuda de Larry Talbot y el problema de la luna llena, llegarán al castillo donde sucederán las escenas de terror y de risa que nos llevaban a ver el film cada vez que lo ponían en cartelera. Han transcurrido muchos años y todavía, la expresión de Wilbur repitiendo que sí, que había visto al monstruo, o a Drácula, “vi lo que vi, lo que vi, lo ví”, está presente en el recuerdo tanto como cuando al final de la película en un bote, una figura con un cigarrillo le dice “permítame presentarme, soy el hombre invisible”…

Pensé en esa película de nuestra lejana infancia en estos días, a enterarme de que Frankenstein realmente existió y que había un castillo que terminaría por transformarse en una leyenda. Se llamaba Konrad Johann Dippel, y había nacido el 10 de agosto del año 1673 en el Castillo de Frankenstein, cerca de Darmstadt, Alemania. Konrad Johann Dippel fue, o intentó ser un científico. Le interesaba la física, la química, y la alquimia; había estudiado teología, filosofía y alquimia en la Universidad de Giessen, obteniendo el grado en teología en el año1693 y crearía un laboratorio en su Castillo de Frankenstein donde practicó la alquimia, Entre otras cosas, descubrió un aceite animal conocido como aceite empireumático, el aceite de Dippel, empleado como antiséptico y para desnaturalizar los alcoholes. Luego trabajando con nitroglicerina, Dippel destruyó una torre, sin lograr probar que el compuesto podría aplicarse con fines medicinales. La gente decía que Dippel realizaba cruentos experimentos con cadáveres en el castillo y se hablaba de que intentaba transferir el alma de un cadáver a otro. Estos rumores llevaron a que los pobladores decidiesen expulsarlo del castillo y debió finalmente abandonar la región. Luego lo veremos en el año 1704, residiendo en Berlín, donde volvería Dippel con Heinrich Diesbach a utilizar su aceite de Dippel para substituir el carbonato potásico trabajando con textiles para producir tintes rojos y obtuvieron un tinte azul que se conoció como azul berlinés, azul prusiano o azul de Prusia, de manera que ambos, Dippel y Diesbach crearon en París, una fábrica del colorante azul de Prusia, hoy día muy conocido y utilizados por los pintores. A pesar de todas estas peripecias, nuestro personaje, Konrad Johann Dippel, nunca abandonó sus recuerdos ya que firmaba las cartas con el addendum "Frankensteinensis". La leyenda sobre su vida en el Castillo de Frankenstein se fue expandiendo entre los pueblos vecinos. 

Son numerosas las películas sobre el monstruo de Frankenstein, más de un centenar desde el film de 1910 de J. Searle Dawly, destacando algunas, como la ya mencionada de 1948 de Charles Barton y “El joven Frankenstein” de Mel Brooks 1974, por cuanto han tomado el asunto en una vena cómica, y decenas de films para la televisión. Evidentemente es controversial pensar que existe alguna relación entre Dippel como personaje real y la inspiración del mosntruo prometeico de la novela de Mary Shelley. Los historiadores germanos creen con mejor criterio que la leyenda sobre este hombre que hacía experimentos en el castillo de Frankenstein se extendió entre las poblaciones en los alrededores y habiéndola conocido, el escritor de cuentos infantiles Jacobo Ludwig Karl Grimm quien con su hermano Wilhelm crearía las historias infantiles de Blancanieves, La Cenicienta, Barba Azul, Hänsel y Gretel, La Bella Durmiente, La fuente de las hadas, Juan sin miedo y Pulgarcito. Jacobo le haría llegar la leyenda a la traductora de sus cuentos, Mary Jane Clairmont quien estaba casada con el escritor inglés William Godwin y era la madrastra de Mary Wollstonecraft. El escritor Godwin fue inicialmente anarquista y liberal también fue famoso por las mujeres con las cuales estuvo casado. Primero con la escritora feminista Mary Wollstonecraft en 1797 con quien tuvo una hija, también llamada Mary, que sería la compañera del poeta Shelley y la autora de la novela “Frankenstein o el Moderno Prometeo”, después, en 1801 se casó con Mary Jane Vial Clairmont y a partir de entonces, Godwin habría de escribir cuentos dedicándose a la literatura infantil. En 1805 fundó una librería, que dirigió durante casi 20 años. 

Mary y Percy Shelley con su hijo, habían viajado a Ginebra con Claire Clairmont, para pasar el verano con el poeta Lord Byron, pues su reciente romance con Claire había devenido en el embarazo de ésta. El grupo llegó el 14 de mayo de 1816 a Ginebra, en donde Mary comenzó a llamarse a sí misma «Sra. Shelley». Byron se les unió el 25 de mayo, con su joven médico y secretario, John William Polidori, y alquilaron la Villa Diodati. Entre otros temas, las conversaciones de los veraneantes en la Villa Diodati se basaban en los experimentos del filósofo del siglo XVIII Erasmus Darwin, del cual se decía que había animado materia muerta, y de la posibilidad de devolverle la vida a un cadáver o a distintas partes del cuerpo. Sentados alrededor del fuego de la chimenea en la villa de Byron, el grupo también se entretenía leyendo historias alemanas de fantasmas. Esto llevó a Byron un día a sugerir que cada uno escribiese su propia historia sobrenatural. Años después, en 1831, Mary Shelley describiría aquel verano como «húmedo y poco amable en lo que respecta al clima, ya que la lluvia incesante nos obligó a encerrarnos durante días en la casa». Hoy sabemos que las tormentas violentas de ese año 1816 considerado uno de los más fríos de la historia, fueron la repercusión de la erupción volcánica del monte Tambora en Indonesia, ocurrida el año anterior. (Sunstein, Emily W. Mary Shelley: Romance and Reality. 1989. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1991). Esta circunstancia climatológica y geográfica daría origen al título de la reciente novela (2015) del escritor colombiano William Ospina “El año del verano que nunca existió”.
 
Fue entonces cuando Mary Shelley escribió Frankenstein y Polidori su relato El Vampiro, que han dado pie a numerosas lucubraciones sobre monstruosas criaturas nacidas de la literatura fantástica y presentes en el cine. La reciente novela de William Ospina es una recreación de esta anécdota y se transforma apoyándose en sucesos históricos en un ensayo literario de corte autobiográfico. El escritor, ganador de un Rómulo Gallegos, sin rechazar ninguna de las herramientas que le ofrece el proteiforme espacio de la novela, ahondará en la vida y personalidad de los personajes asistentes a la villa Diodati y en las repercusiones que la creación de Frankenstein y de los vampiros suponen en la actualidad a través de una brillante y compleja obra literaria.
Más adelante ya habrá oportunidad para conveersar sobre el joven doctor Polidori, sobre los vampiros de Bram Stoker o Las piadosas de Andahasi. Por ahora, es suficiente.
Gracias por leerme.
JGT

lunes, 9 de noviembre de 2015

A siete años de la partida de Mario Armando Luna.





    Semblanza de mi amigo y hermano mexicano, Mario Armando Luna

Conocí personalmente a Mario Armando Luna en octubre del año 1977 en la oportunidad de las XXIII Jornadas de la Sociedad Venezolana de Anatomía Patológica (SVAP) que se efectuaban en Maturín, ciudad capital del Estado Monagas al oriente de Venezuela. Quienes para la época éramos jóvenes patólogos, revoloteábamos como inquietos moscardones alrededor de los dos invitados de honor al evento, y hoy todavía me parece ver al doctor Luna, recién “aterrizado”, sentado entre nosotros, con Héctor Battifora, ante una mesa cubierta de jarras de cerveza helada, mientras esperábamos por la reconfirmación de las habitaciones en un nuevo y pequeño hotel que todavía estaba en obras. Había toda una barahúnda de patólogos pugnando por precisar sus inexistentes reservaciones en un reacomodo de espacios físicos, mientras como en un oasis nos sentíamos quienes alrededor de Mario Armando disfrutábamos de su chispeante locuacidad jalisqueña que nos sonaba tan divertida como si estuviésemos reviviendo una película de Cantinflas. Él nos explicaba sonriente como al sumergirse una copita de buen ron en su jarra de cerveza, ésta se transformaba en “un submarino” y reíamos con asombro ante sus ocurrencias viendo como Héctor, famoso patólogo peruano de bigote y con un aire itálico, parpadeaba escrutador con una actitud bastante más circunspecta. Fue entonces cuando Mario Armando aceptó el reto y tras probar un “ají chirel” (verde y pequeñito, muy común entre los ajíes del oriente venezolano), sonriente y lagrimeando nos dijo… “¡Pos si que pica!”, y luego luego de pedir más “chireles” nos invitó a acompañarle en la degustación. Habrían de transcurrir más de veinte años cuando en junio del 2001, en Morro Jable, ciudad del sur de Fuerteventura, la más grande de las Islas Canarias, ante varios platos repletos de verdes pimientos recordamos “los chireles” de Maturín, y mientras intentaba yo que soy poco amigo del ají picante en una especie de ruleta rusa acertar con el uno de cada tres, ¡ y es que picaban y mucho!, Mario Armando hizo pública la historia completa de nuestro primer encuentro. Nos había tocado en suerte, compartir una pequeña habitación hotelera donde todas las madrugadas se levantaba Mario Armando y salía a trotar por el pueblo en compañía de Héctor. En aquellos días estaba muy de moda el “jogguin” y Mario Armando decía que ambos practicaban el ejercicio aeróbico “para mantenerse en forma”. Él iba adelante y le tocaba ir espantando a los cochinos que se les atravesaban y a los perros que les perseguían en aquellas caminatas a campo traviesa. Al regresar, se encontraba conmigo, su compañero de cuarto quien recién llegaba de una parranda nocturna. Lo que le parecía insólito nos relataba, era como luego de un par de horas de sueño, un baño y un café, nos viésemos en las conferencias donde él mismo recuerda como le sonreía, cómplice a su nuevo “cuate” el recién conocido “patólogo maracucho”.

Lo cierto es que desde hacía varios años, yo sabía de Mario Armando Luna. Le conocía como un brillante patólogo mexicano, de Guadalajara, por tanto jalisqueño, quien estaba radicado en Houston y a quien había visto en las reuniones de la Sociedad Latinoamericana de Patología (SLAP) alternando con otros famosos patólogos mexicanos como Ruy Pérez Tamayo y Héctor Márquez Monter. El VIII Congreso de la SLAP del año 1971 se había realizado en Maracaibo, y el siguiente en 1973, se dio en tierras yucatecas. Fue allí en Mérida, donde con el Anfitrión Álvaro Bolio y con su maestro Héctor Márquez, había vuelto a verle, hasta que al fin, el setenta y siete lo pudimos invitar a Venezuela. A partir de aquellas inolvidables Jornadas de la SVAP en Maturín, Mario Armando se convirtió en un invitado muy frecuente a nuestras reuniones, no solo por su sapiencia sino por su buhonomía que nos llevó a quererlo entrañablemente y a apreciar cada vez con mayor respeto sus grandes cualidades humanas. Era Mario Armando un ser especial, siempre afable y risueño, muy emotivo, capaz de hacer desternillarse de risa a un auditórium pleno de oyentes o de mantenerlo en vilo con los datos actualizados sobre ciertos tumores, o sus hallazgos en las autopsias de los enfermos de SIDA. Mario Armando poseía una bondad muy particular que se transmutaba en singular eficiencia al ejercer personalmente su papel de buen samaritano. Fue una especie de servidor público a motus propio, a tiempo completo, y así, le resolvía problemas personales a decenas de gentes. Muchos seres anónimos, familiares o pacientes con cáncer, se favorecieron al escucharle conversar con ellos, darles confianza y ánimo, ayudarles al agilizar un diagnóstico, presto y preciso, muchas veces con costos mínimos cuando no podía lograr su exoneración, o para facilitarles indicaciones sobre los protocolos de tratamiento más convenientes a ser aplicados en cada caso, o la información sobre el pronóstico de los mismos. Estas actividades de Mario Armando, efectivas y usualmente silentes, beneficiaron a cientos de enfermos con cáncer de casi todos los países hispanoparlantes, razón por la cual, el buen patólogo mexicano del MD Anderson, se fue transformando en el más querido, admirado y respetado embajador de buena voluntad para todos los habitantes de los pueblos de Latinoamérica y del Estado español. Así viajó Mario Armando, de un país a otro por América y Europa, impartiendo sus conocimientos que fueron publicándose, en más de 250 trabajos en revistas y en más de 30 libros, sobre la patología del cáncer, durante más de 45 años de ejercicio en el Centro de Cáncer del hospital MD Anderson de la Universidad de Texas. Simultáneamente nos ilustraba Mario Armando con su jovialidad característica, sobre arte, literatura, música, cine, deportes e historia, especialmente sobre la historia y la política que influye en el devenir de los pueblos de Hispanoamérica, con sus problemas y desigualdades, que se acentuaban con las variaciones de las presiones del norte y el sur y de este y del oeste antes y después de la guerra fría.

Voy a regresar a la década de los ochenta, cuando me tocó la suerte de asistir un par de veces a Congresos de la International Academy of Pathology. En 1980 al XIII Congreso en París, y en 1986 al XVI Congreso de la IAP en Viena. De ambos eventos tengo recuerdos muy especiales de dos grandes amigos patólogos, Hernando Salazar y Mario Armando Luna. Tan importantes fueron para mí que algunos episodios de estos eventos han quedado plasmados en una de mis novelas, “La Entropía Tropical”. Pero, sin duda que el lugar común de los encuentros con Mario Armando, cuando no lo teníamos invitado a nuestras Jornadas de la SVAP, eran los Congresos de la SLAP. Inolvidables peripecias las del año 1981 en el XIII Congreso en La Paz Bolivia, donde nuestro amigo con los demás patólogos mexicanos quienes no parecían haber padecido por “el soroche” de la altura, se agruparon en una candente reunión a orillas del Lago Titicaca para establecer su peso en la Sociedad imponiendo sus criterios ante una propuesta para mover alguna de las reuniones más al sur, siempre entre el Río Grande y  La Patagonia. Luego, nos vimos en 1985 durante el XV Congreso de la SLAP que tuvo lugar en Costa Rica, donde como en los otros países de Centroamérica Mario Armando siempre fue admirado y querido por todos. 

Al intentar mantener un cierto orden cronológico en mis recuerdos, me veo en la necesidad de hablar en este momento del año 1986 y de la oportunidad que me ofreció el Seminario de Patología Ginecológica coordinado por Hernando para el XVI Congreso de la Academia Internacional de Patología en Viena. Siento que es más fácil trasladar a esta crónica, fragmentos de algunas situaciones, ya años atrás noveladas en “La Entropía Tropical”, las que ahora me atrevo a reescribir con la verdadera identidad de los personajes.……“Andaban por allí, todos mirando la voluminosa figura de Hernando cual si fuese una ballena leprosa, el propio Lázaro, y vinieron con Pelayo otros compatriotas y se le acercaron, y tú les veías cual si estuvieses en barrera de sombra, de lejitos, y ellos le saludaban, tal parecía que algunos se alegraban sinceramente de su reactivación. De pronto, está ante ti, ¡es él!, ¡es el propio Mario Armando en carne y hueso!, y tú sientes esa gran alegría de ver a otro gran amigo, de esos de verdad verdad,  y el abrazo hace que se bañen de vino blanco y de vino tinto, y están en mitad de un gentío, y les empujan y los tropiezan, y tienen que hablarse a gritos, ¡pos que bueno que pudiste venir!, si qué bueno verte, y otro abrazo y el vino salpica y moja a la gente alrededor, y a ti eso te importa un comino, es tu amigo, y que gusto el que estés aquí, ¿a poco no que te quedabas en tu tierra?, y saltan fragmentos de comida sobre quienes les rodean, y tú ves a Hernando en la distancia, está entre los pibes, y el abrazo del oso de Mario Armando te aplasta mientras le escuchas que te dice, ¡jíjole cuate!, y tú le respondes, ¡hermanazo querido!, ¿cómo viniste?, ¡a poco me dijiste que no podías venir?, y pues sí, le dices, sí, ¡me vine dejando el pelero!, y ¡ay chirrión!, pues luego luego me cuentas no más,  fue una decisión de última hora, pos a mí me pagaron pero me lo descuentan de las vacaciones, a mí no, y él te dice, pues no más apareció Batsakis el jefe y me dijo, se me va para que muestre en Viena el poster de María Eugenia ¡es que está rebueno!, ¿el  poster?, ¡ah, pos ambos!, ¿no?, pues te cuento que yo tiré un fiao, es decir me vine a las costillas de una tarjeta de crédito, puede que me paguen algo a regresar, pero si no es así, ni venía, ¡ah no!, pos ni modo, vamos a celebrar esto, ¡pos sí, que bueno que viniste! …  … es el vino vienés, sin duda alguna, estoy disparatero, sonreíste recordando que quienes le conocen dice que es buen tercio, pero ¿qué podías hacerle?, era esa tu impresión, ¿tal vez por su pinta de parecer demasiado importante?, también un poco así es el cuate de los ademanes y los codos al desnudo, lo pensaste al verle regresar hacia ti, él se acercaba con entusiasmo, apurando una copa de vino blanco, líquido denso y dorado, debe ser liebefraumilk, obviamente, lo pensante al instante cuando él ya te interpelaba.- ¿Te llamas Jorge, cierto?, pero dime, ¿es que siempre has sido así, tan solemne, tú? –¡Pos para solemne tú mismo mano!,¡a poco tú!, ¿dizque sufres de encefalitis litúrgica? Había llegado Mario Armando, su compatriota y tu amigo a salvarte justo en la raya, y tú de veras pensaste que de veras el cuate parecía la mera mamá de Tarzán envuelta en huevo, y en flagrante maracucho tendrías que imaginarlo en la Plaza Baralt al mediodía envuelto en una media de nylon, ¡es el vino vienés!, y Hernando regresó para sacarte de tus alucinaciones personales…   … Con Paco anda Gregorio, el patólogo de Innsbruck, es calvo, con mirada de sabio, quizás por su sonrisa detrás de una barba a lo Louis Pasteur, ma Goyo es un sabio culto, parla italiano, francés, tirolés, inglés y hablando entre todos se acabó el vino, y la gente comenzó a irse, y Mario Armando se te acercó para decirte, óyeme manito ahora sí que vamos a celebrar este encuentro, y Paco y Gregorio marcharon adelante, y tu ibas con Hernando y Mario Armando, cuando Luís corrió detrás de ustedes, ¡no me dejen atrás! Y Paco con Gregorio parecían conducirles a todos por las estrechas calles del ring, en el centro de Viena, hasta una pequeña, antiquísima taberna en la vecindad de la iglesia de san Esteban, ¡más vino!,… 

Es imposible que deje sin relatar el final de esta jornada pues siempre constituyera un motivo de bromas y de risas por parte de Mario Armando. Hernando se jactaba ante nosotros por haber subido a un escenario antes de comenzar una ópera y cantado, ¡en la mera Scala de Milán!, una breve cancioncilla sobre “una mula rucia de la sabana de Maturín” que “tenía una peladurita de la cola hasta la crin”, pero en aquel viaje a Viena… ¡En esta vuelta, le ganamos mano!, decía siempre Mario Armando, cuando me recordaba como habíamos, ¡orinado, nada menos que contra las paredes del Teatro de La Ópera de Viena!... Siempre preferí creer que todo aquello fue producto del vino vienés, pero era una de esas anécdotas que frecuentemente repasaba, para reírnos con él. Además, y como prueba irrefutable de que estas cosas sucedieron en alguna ocasión, existe una foto que nos tomó Hernando, donde aparecemos en una taberna vienesa, Mario Armando y yo, con Carlos Bedrossian, a quien él apodaba cariñosamente “Charly The Wolf”, y quien fuera testigo de algunas de nuestras andanzas por la ciudad del Danubio azul. 



Ese mismo año 1986, nos volveríamos a encontrar en las tierras más antiguas de América, en el macizo guayanés. Mario Armando era el invitado de honor en las XXXI Jornadas de la SVAP, y le escuchamos con atención, de nuevo en el extremo oriental de Venezuela, en Puerto Ordaz, y con él, admiramos los raudales de río Caroní y el enfrentamiento de sus aguas en dos tonos al desembocar en el Orinoco, antes de correr hacia el Delta e ir a dar al Océano Atlántico. Al año siguiente, el XVI Congreso de la SLAP fue en Salvador Bahía, y un nutrido grupo de patólogos venezolanos asistimos y volvimos a disfrutar de la compañía de nuestro amigo, el famoso patólogo mexicano de Houston, quien para entonces era un experto sobre el tema del SIDA y provocó un revuelo de prensa por sus declaraciones en torno a algo que apareció en los diarios como “o beso nero”… En aquella oportunidad, recuerdo que algunos nos atrevimos a meternos en el mar. A mi me dieron un tremendo revolcón las olas, a Mario Armando, más prudente, me parece verlo con su traje de baño beige, de zapatos y medias, caminando sonriente por la orilla de la playa.

En 1989, nos tocó preparar el XVII Congreso de la SLAP en Caracas, el evento fue distinguido con el nombre del doctor Blas Bruni Celli, el padre de Pancho y MariaEugenia, patólogos muy queridos de Mario Armando y durante aquella semana, disfrutamos de la compañía de numerosos amigos patólogos latinoamericanos. Desde el hotel Hilton de Caracas, nos desplazamos en una serie de autobuses hasta Higuerote para ver los Diablos danzantes de san Francisco de Yare, y fueron muchos los episodios inolvidables, vividos en aquellos días…  Ya finalizando ese año 89, nos vimos de nuevo en el XXIV Congreso Centroamericano de Patología. Este se realizaba en Nicaragua nación en un proceso revolucionario que venía padeciendo por las dificultades de llamada “guerra de los contras”. Estaba Managua todavía en ruinas por el terremoto del año 1972, y conversábamos en una azotea desde donde se divisaba de un lado el lago Nicaragua y cerca de nosotros, no tan alto, el auditórium Olaf Palme, edificio construido con la ayuda del gobierno de Suecia, me parece oír de nuevo nuestros comentarios sobre las dificultades de los pueblos de América... Con Mario Armando, siempre interesado en los vaivenes de la política recuerdo que hablamos, largo y tendido, con nuestro amigo cubano Israel, “el comandante Borrajero”, en una interesante plática que rememoro siempre, embebida por el aroma del ron Flor de Caña y el eco de “Nicaragua Nicaraguita” en el corazón. Fue aquella una oportunidad para intercambiar opiniones e ideas, con Mario Armando e Israel que afortunadamente tendríamos la suerte de reactualizar varias veces en el futuro.

La década de los noventa la amistad con Mario Armando se consolidó a través de extraños giros del destino. Finalizaba el año 1991 cuando Arturo Rosas Uribe nos relató en Caracas, lo bien que le había ido en el País Vasco donde había sido invitado con otros profesores latinoamericanos para dictar un Curso de Actualización en Patología. Su entusiasmo me llevó a solicitar vía fax mi inscripción para el año siguiente y en noviembre del año 1992, lloviendo a cántaros y en una ventisca helada llegamos Saudy y yo a el hotel “De Londres y de Inglaterra”, prestigioso alojamiento de San Sebastián (Donostia), en Gipuzkoa, frente al Mar Cantábrico. La magia de cuanto nos ocurrió en aquel viaje, donde fuimos recibidos y atendidos cual si fuésemos profesores invitados de honor, se inició con el fraternal abrazo al encontrarnos con Mario Armando en el instante de nuestra llegada al hotel y se prolongó mediado por el empalagoso carisma de Saudy, quien pronto estaba ayudando a Elvira y a Amaia con otras jóvenes encargadas de la organización del evento, durante toda una serie de conferencias y almuerzos dirigidos por un corpulento joven gipuzkoano de risa estentórea, Eduardo Blasco Olaetxea. Desde entonar viejas canciones en euskera aprendidas en mi primaria y bachillerato jesuítico, hasta el último día de aquel viaje fantástico por el País Vasco, nos hallaríamos envueltos en una corriente de empatía que nos llevaría a comunicarnos estrechamente con Mario Armando, y con Eduardo, para imbuirnos en una pasión por querer hacer más por nuestros jóvenes especialistas patólogos, mirando hacia el futuro. Siempre he pensado que la magia de todo esto, tuvo mucho que ver con Saudy, y así, la última noche cuando ya casi todos estaban descansando luego de un largo paseo por las bodegas vinícolas del Marqués de Cáceres, decidimos salir hacia la noche helada y lluviosa para ser llevados por el viento y un par de cuadras adelante tuvimos que guarecernos en un pequeño local todavía abierto, “un chiringuito” donde hallamos a Eduardo y a sus chicas, las organizadoras, para repasar las vivencias del Curso, reírnos hasta el llanto y decidir en medio de gin tonics, que había que salir a localizar a Mario Armando. Aquella madrugada, tras una interminable despedida con besos y lágrimas por aquello de que “quien sabe cuándo nos volveremos a ver”, daría inicio a una amistad cómplice que nos llevaría a Mario Armando, a Eduardo y a mí, a transformarnos en materializadores de sueños. Fue así como nos convertimos en Editores formales de la colección de libros AVANCES en Patología, editamos novelas también, creando la Fundación Gipuzkoa Edts con la idea de ayudar a la divulgación actualizada de la Patología para nuestros colegas patólogos “desde el Río Grande a la Patagonia”. La prosecución de aquella idea nos llevó mediadas incontables reuniones en diversos países a Mario Armando desde Houston, a Eduardo desde Euskadi y luego desde Fuerteventura en las Canarias, y a mi desde Caracas y finalmente desde Maracaibo, a vivir intensamente una lucha tenaz contra incontables factores que se confabularon, más allá de lo esperado para frenar nuestros sostenidos e ilusionados esfuerzos. Durante dieciséis años enfrentamos corrientes de opinión adversas, muchas por el simple hecho de empeñarnos en escribir en nuestro propio idioma. Sobre todo, y fue lo más duro de soportar, hubimos de sortear crueles golpes del destino que nos fue raleando las filas con la desaparición física de nuestros seres más queridos.

Aprovecharé antes de referirme a la evolución de nuestra confraternidad y de cómo persistimos en la consecución de nuestros proyectos, para señalar algunos logros personales de Mario Armando Luna como patólogo. Su principal interés profesional estuvo centrado en la patología de los tumores de cabeza y cuello y en particular sobre los tumores de las glándulas salivales. Fue pionero al hablar de la transformación maligna de los adenomas, de la existencia del tumor de células mioepiteliales, de los factores de importancia pronóstica para predecir la evolución de los carcinomas y estableció sistemas histopatológicos para darle grados al carcinoma adenoideo quístico. Se supo rodear de discípulos que habrán de perpetuar su memoria y expandir sus enseñanzas a través de los Grupos de Estudio de Cabeza y Cuello. Desde el año 1968 Mario Armando Luna había sido nombrado director del Servicio de Autopsias del Centro de Cáncer del hospital MDAnderson de la Universidad de Texas, donde llegaría a ser Profesor Asistente y  también alcanzaría el título de Profesor Titular en la Escuela de Odontología de la misma Universidad en Houston. Igualmente se interesó Mario Armando en las enfermedades infecciosas, e iniciándose la década de los ochenta al comenzar la epidemia del SIDA, fue él quien realizó las autopsias de los pacientes que fallecieron en el MDAnderson e hizo con sus hallazgos originales observaciones de las que derivaron numerosas importantes publicaciones en particular sobre las infecciones oportunistas producidas por bacterias, hongos y virus en estos pacientes. Los cambios histopatológicos provocados por las drogas antineoplásicas fueron descritos por Mario Armando a través de importantes observaciones en el material de las autopsias de pacientes oncológicos y fue él quien desde la década de los setenta cuando se utilizaba la Bleomicina para el tratamiento de los tumores testiculares examinó y describió en detalle la fibrosis pulmonar secundaria a esta droga, como también cambios histopatológicos inducidos por Mitomicina, ARA-C y otras drogas usadas en el tratamiento de leucemias, linfomas y del cáncer de mama. A pesar de haberse jubilado formalmente en el hospital MDAnderson desde el mes de agosto del año 2002, él continuaría en sus labores académicas a tiempo parcial. Viajaba frecuentemente dictando conferencias sobre su especialidad en charlas que sazonaba habitualmente con jocosas ocurrencias o con temas novedosos que captaban el interés del público que asistía siempre con gran entusiasmo a sus pláticas.

 No tuvimos la suerte de alternar con la familia de Mario Armando, pero a través de su compadre Alberto Ayala sabemos de sus 3 hijos y de su esposa, a quien conocimos personalmente en Cartagena de Indias, y así también conocimos de su entrañable amor hacia su padre, a quien el mismo apodaba “el Gallito Luna” al relatar sus anécdotas. El año siguiente de nuestra primera conexión gipuzkoana, fue 1993, e iniciaríamos una larga temporada de fructíferos intercambios. Creamos en Caracas, usando una denominación sugerida por Israel Borrajero, el Centro Nacional de Referencia en Anatomía Patológica del Instituto Anatomopatológico (IAP) de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Ese mismo año 93, Eduardo con parte de su personal técnico venido desde Euskadi ofrecerían el “Primer Curso-Taller sobre Hibridación in situ para VPH”, en el IAP de la UCV y Mario Armando recibiría del Sr. Ministro de Sanidad Dr. Rafael Orihuela, la Cruz Nacional de Sanidad otorgada por el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social de la República de Venezuela. Desde ese año, la participación de Mario Armando y de Eduardo Blasco-Olaetxea en los eventos anuales de la SVAP se hicieron casi regulares. Recuerdo una charla en el Aula E del IAP donde Mario Armando leyó fragmentos de un manuscrito para darle a conocer a nuestros residentes la figura del Dr Ruy Pérez Tamayo y al final reveló que eran palabras textuales de “una novela” inédita mía, la que terminaría transformándose en “La Entropía Tropical”. También había leído el manuscrito de “Escribir en La Habana” novela que fue premiada en una Bienal de literatura el año 1994, y la cual fue publicada en Euskadi por decisión de Eduardo en los días en que el primer volumen de la Colección de Avances en Patología sobre tumores de Cabeza y Cuello, coordinado por Mario Armando estaba también en la misma imprenta. La asistencia nuestra a los Cursos de Patología en San Sebastián se hizo más frecuente e incontables anécdotas surgieron de nuestros amistosos encuentros donde nos encontramos con muchos patólogos latinoamericanos entre ellos, Rosai, Ayala, Albores Savedra, Arias Stella, Ordoñez, Cubilla, González Crussi, Font y otros. Cuando Mario Armando como experto en SIDA defendió el uso de los preservativos, ante el rechazo de los Obispos de San Sebastián con gran desparpajo el especialista de Houston diría para la prensa, “pos que no los usen ellos”. Los recuerdos de las diversas visitas al País Vasco, están llenas de anécdotas de nuestro buen amigo el patólogo jalisqueño. Inolvidables almuerzos con tantos patólogos invitados, venidos desde lejanos países de América a dictar cátedra y traer novedades sobre aspectos de la patología que habrían de ser publicados en el futuro cercano. Todo aquello no era más importante que escuchar a Mario Armando y a su compadre y compañero desde sus inicios en el MDAnderson, Alberto Ayala, rememorar con nostalgia haber cantado tantas rancheras y corridos cuando Alberto era guitarrista del grupo apodado “Los Chulapones”, o cuando con Arturo Rosas Uribe ganaron un trofeo jugando boliche. Pero quizás de las tantos episodios vividos en el país Vasco que le gustaba recordar a Mario Armando era el de los partidos de fútbol en el estadio de Anoeta, especialmente asistir al derby contra el Athletic Club de Bilbao, los llamados Leones y contra ellos arengar a gritos con todo el público, “no son leones, son maricones”. Al final fumarse un puro era para él un deleite especial. Las visitas a las bodegas de La Rioja en ocasiones al regresar en la noche en los autobuses cuando escanciábamos las botellas de vino que nos habían obsequiado y siempre finalizábamos cantando desde las mañanitas y Cielito Lindo hasta Maite, para quedar exhaustos con los excesos de risa al escuchar las ocurrencias geniales de Mario Armando.

El destino comenzaría a torcer las cosas cuando enfermó Don Carlos Blasco de Imaz, el padre de Eduardo quien debió ser tratado en el MDAnderson por un Fibrohistiocitoma maligno retroperitoneal. En Houston tras duros tratamientos de quimioterapia y luego de vuelta a Euskadi, la enfermedad de Don Carlos amainaría en medio de la gran amistad entre Eduardo y Mario Armando en la consecución de las metas planificadas. Para ese entonces editaríamos en Maracaibo, el segundo Volumen de Avances, intitulado Temas de Neuropatología el cual sería coordinado por el neuropatólogo venezolano Jesús Enrique González. Tras una recaída Don Carlos fallecería en San Sebastián y meses más tarde Doña Juana, su viuda, enfermaría de un carcinoma del paladar. De nuevo en un periplo para buscar el tratamiento adecuando, Eduardo viajaría con su madre a San Juan Puerto Rico. Tras ser operada con éxito fallecería por un accidente en el postoperatorio tardío. Eduardo y su familia se marcharían de Euskadi para vivir en la isla Canaria de Fuerteventura.

En el IAP de la UCV en Caracas ya comenzábamos a organizar el 3er Volumen de Avances cuando Saudy en Junio del año 1997 sería operada por un cáncer del colon. Ese mismo año, 1997, en noviembre durante el Congreso de la SLAP en Panamá, Mario Armando asistiría solo por unos días pues una enfermedad de carácter inmunológico le afectaba con mialgias y tenía que tomar medicación constante. En aquella reunión, también nuestro amigo Hernando me confesaría estar enfermo de leucemia. En la isla de Fuerteventura Eduardo, con el grupo de Investigadores Canarios en Cáncer liderados por Nicolás Díaz Chico, y con el asesoramiento de Mario Armando y de amigos patólogos latinoamericanos, comenzarían a planificar la creación de un sistema que agrupase los investigadores sobre cáncer de las islas Canarias. De sus esfuerzos surgiría la creación de Instituto Canario de Investigación sobre el Cáncer (ICIC), y en 1999 se daría la llamada “Declaración de Fuerteventura” por la cual se estableció un compromiso para crear vínculos con los patólogos latinoamericanos y favorecer la investigación en patología. Haciendo honor a ese compromiso comenzarían a ser invitados a Fuerteventura muchos patólogos latinoamericanos. Recuerdo a los coterráneos de Mario Armando, los colegas De la Garza, Mohar y Meneses, a Bosch y a Nubia Muñoz discutiendo sobre el VPH, al inefable “comandante Borrajero” con quien en una oportunidad llegamos a creer morir de la risa en algún ágape saturado de mojo canario y papas saladas tras las ocurrentes y disparatadas ideas de Mario Armando… En fin, fueron muchos buenos momentos para recordar. Ese año 1999, la reunión de la SLAP fue en el Perú y llegamos hasta Lima luchando contra todos las adversidades. Recuerdo como brindamos con Mario Armando y los amigos patólogos de la llamada “cofradía del Padre Bruno”, extrañando la ausencia de Hernando quien no pudo acompañarnos por estar padeciendo un Herpes zoster muy doloroso. El año siguiente, el 2000, en Julio, Hernando fallecería en los Estados Unidos. La compañía de Mario Armando y el estímulo de Eduardo fueron invalorables en la dolorosa enfermedad de Saudy, tras varios episodios de cirugía y muchas sesiones de quimioterapia, nos llevaron a todos, para compartir con Nubia Muñoz una semana en el Congreso Español sobre el Cáncer en Galicia. Estuvimos en La Coruña terminado de organizar nuestros soñadores proyectos mientras mirando el mar de Galicia y en una lucha por prolongar los días vivíamos queriendo mitigar los padecimientos de Saudy quien finalmente fallecería en Caracas el 27 de marzo del siguiente año 2001.

En junio, Mario Armando y Eduardo me arrastraron hasta Fuerteventura y bautizamos el Volumen 3ero de Avances. La edición de “La patología del SIDA” que había sido auspiciada por el Cabildo de Fuerteventura y el ICIC, contenía en principio la experiencia venezolana adquirida sobre unas 300 autopsias en pacientes con SIDA. Ese mismo año, 2001 el Congreso de la SLAP se dio en Managua y allí de nuevo Mario Armando padeciendo por sus dolorosos males, nos acompañó solamente unos días. Me tocó conocer a su coterráneo Miguel Reyes Mugica y a Eduardo Zambrano con quienes estableceríamos vínculos de amistad y cooperación. Pronto iniciaríamos bajo la tutela de Eduardo Blasco Olaetxea y con la estrecha colaboración de Mario Armando, una serie de reuniones en las islas Canarias que terminarían consolidándose en las Conferencias Atlánticas de Patología Molecular, eventos estos que habrían de darse en Fuerteventura con creciente éxito coordinados por Eduardo y con el auspicio del ICIC desde el año 2005 hasta el 2008.

Estas reuniones en Canarias fueron presididas por ONCO 03 y ONCO 04 en Fuerteventura coordinadas por Eduardo Blasco y conspirando nosotros, los Editores de AVANCES. Esta última se dio en febrero del año 2004 con la participación de histotecnólogos y patólogos venezolanos reunión esta que coincidió con la primera visita de Eduardo Zambrano a Fuerteventura. Estos acercamientos a la isla majorera, nos llevarían a firmar acuerdos de cooperación entre la SVAP, el ICIC y el Gobierno de Canarias. También los eventos en Venezuela con Mario Armando y Eduardo Blasco como conferencistas habituales comenzaron a incorporar a patólogos de Canarias y del Estado Español. En noviembre del año 2003 en las XLVI Jornadas Científicas Nacionales en Caracas asistirían con Eduardo y Mario Armando, un par de amigos canarios Juan Rivero y Marichal quienes con Eduardo Zambrano conocerían por primera vez  la llamada octava isla y estarían presentes en el conocido como “el desayuno del hotel Ávila”, un animado coloquio con Mario Armando que se inició a las 8 de la mañana en el hotel a las faldas del Ávila y culminaría tras cientos de historias, tragos y canciones, interrumpidamente a las once de la noche. En esta reunión le escuchamos muchas anécdotas, y nos enteramos de cómo su padre “el Gallito Luna” decía ante la preocupación de la familia por supuestamente andar buscando jovencitas en sus predios, que todo aquello no eran sino “habladurías, habladurías”, no les crean, decía cuando orgulloso le presentaba a sus amigos, su hijo, el famoso patólogo de Houston. “Este es mi hijo, el cirujano” para luego reírse por lo bajito con Mario comentándole “¡Ya me los chingué, mi cirujano de muertos!”. El año 2004, el Congreso venezolano fue en Caracas y fueron inolvidables las palabras de Mario Armando recordando al recientemente fallecido excelente patólogo, Luis Gonzalo Gómez, exalumno del MDAnderson y un gran amigo. Esta charla  valió igualmente para que nos diese un recuento audiovisual sobre una decena de patólogos latinoamericanos en esa ilusionada esperanza de que nos conociéramos todos como una hermandad. Ya me había tocado la suerte de compartir unas semanas antes unas aventuras vividas con Julia y con Mario Armando en Cancún, Quintana Roo, durante el XLVII Congreso Mexicano de Patología. Allí nos veríamos con Carlos Manivel, Miguel Reyes y con Eduardo Zambrano, también con Carlos Bedrossian quien iría a Caracas ese año, y con el maestro Rui Pérez Tamayo. El año 2005, la reunión de la SVAP sería en la isla de Margarita, allí Mario Armando y Eduardo Blasco estuvieron como invitados con Francisco Nogales, Miguel Reyes Múgica, Aldo González Serva y otros patólogos. Al año siguiente, el 2006, Mario Armando al fin llegaría a visitar la ciudad de Mérida en los Andes venezolanos, me había contado que se la imaginaba como Morelia, y allí compartiría el programa científico con Ángel Pellicer, Eduardo Zambrano y Gustavo Zanelli para disfrute de los patólogos venezolanos.

La Primera Conferencia Atlántica en Fuerteventura, islas Canarias se dio el año 2005 y nos reuniría con Mario Armando y con Ayala, Reyes Mugica, Nubia Muñoz, José Palacios, Keyla Pineda, José Jessurum y Miguel Sánchez. En ella, me correspondió improvisar una breve semblanza del famoso jalisqueño pues le sería otorgado el premio Atlántico en investigación sobre Cáncer. Mario Armando también el 2006 durante la 2da Conferencia Atlántica compartiría con Manivel, Fernandez Álvarez, Corominas, Zanelli, Pellicer y Cabrera. En esa oportunidad me tocó a mí el honor de recibir el Premio Atlántico de Investigación en Cáncer, galardón que ya había sido otorgado por el ICIC también a Nubia Muñoz y a Alberto Ayala junto con investigadores como Ángel Pellicer Manuel Perucho Mariano Barbacid Sergio Moreno Dionisio González y Nicolás Díaz Chico todos de habla hispana. En el mes de septiembre del año 2006 se organizaría 36 Congreso Colombiano de Patología, y 1er Congreso Ibero-Colombo Venezolano y del Caribe en Cartagena de Indias. Viajaríamos varios patólogos venezolanos a esta reunión que era un homenaje a Nubia Muñoz. Yo  viajaría con Julia y nos harían compañía Eduardo Caleiras y Milena, con Jesús Enrique González y Mariela, con Aldo y Alida y allí con Mario Armando y con Eduardo Blasco quien estaría acompañado por Yoli y por Marichal y por Nicolás Díaz Chico y Pilar seríamos invitados para una inolvidable reunión en la casa de Arfilio Martinez quien con Maritza había preparado una hermosa fiesta donde brindamos y cantamos hasta el amanecer. Recuerdo como con Henry González rasgando el cuatro nos desgañitamos con Mario Armando repasando a Juan Charrasqueado y al final Arfilio nos llevaría de vuelta al hotel en coches tirados por caballos. En ese evento, aprovecharía la oportunidad para ofrecer en suelo colombiano, una semblanza de nuestro amigo muy querido, el desaparecido patólogo Hernando Salazar quien siempre sintió un especial cariño por Cartagena.

Mario Armando Luna, ese ser tan alegre y a la vez tan sentimental, tan buena gente y de una cultura tan vasta, fue una bella persona. Recuerdo estaba en Venezuela, en una de sus muchas breves estadías en nuestro país, y se sintió muy mal, realmente apesadumbrado al conocer la noticia de la muerte de su maestro Héctor Márquez Monter. Precisamente casi un año antes de su última a visita a Fuerteventura, nos enteramos de cómo la desaparición física de su padre igualmente le afectó terriblemente y nos relataba que sentía como esa pérdida le había arrebatado parte de sus más hermosos recuerdos de la infancia y juventud.  En el mes de Junio, del año 2008, durante la Cuarta Conferencia Atlántica de Patología Molecular, Mario Armando se trajo a sus jóvenes discípulos mexicanos del Grupo de Cabeza y Cuello, a Minerva Lazos, Leonora Chávez, Alfredo Ávila y Guillermo Juárez, y con ellos compartió sus charlas sobre lesiones benignas y tumorales. También asistieron a esa reunión Anais Malpica, Aldo Reigosa, Jesús E. González, Enrique de Álava, Asmiria Arenas y Melisse Milano, Enrique López Loyo y Arfilio Martínez. Amigos canarios como Antonio Cabrera, Juan Rivero, Juan José Cabrera y Jorge Sastre nos acompañaron a Julia y a mí con el anfitrión y organizador de todos esos Cursos, Eduardo Blasco Olaetxea y resulta triste decirlo, pero cuando nos despedimos de Mario Armando, en aquel bello pueblo de Corralejo en Fuerteventura, ya al finalizar la Cuarta Conferencia Atlántica de Patología Molecular, él parecía presentir su próxima partida pues se quiso despedir formalmente de nosotros. Abatido, muy triste y llorando, nos dijo, que lo sentía mucho pero creía que no nos volvería a ver.

He querido narrar todos estos hechos como siento que le hubiese gustado a Mario Armando, el amigo bueno de todos, quien sabía tanto de cuanto era importante en la vida, el incansable lector de mis manuscritos, coeditor de los Avances, el entrenador del football de los niños de Houston, el mismo que cuando estudiaba bachillerato le “metió un gol” a Plácido Domingo quien “porteaba” para el equipo contrario, el melómano incansable pues cantar se transformaba para él con todos nosotros en una obligada necesidad, el incansable bailarín siempre rodeado de las más bellas mujeres galanteadas por su chispeante simpatía… Me toca escribir esta crónica, para rendirle para siempre un muy sentido homenaje a su memoria. El buen amigo Mario Armando, nos ha dejado en noviembre del año pasado 2008, pero su recuerdo persistirá entre quienes tuvimos la suerte de conocerle y debe ser mantenido por instituciones tales como la SLAP, el hospital MDAnderson, la SVAP, el ICIC y otras corporaciones, centros de trabajo y de investigación que fueron testigos de su paso por esta vida.

Jorge García Tamayo
 Maracaibo, Julio, 2009
Artículo publicado en el Volumen Quinto de la Colección  AVANCES EN PATOLOGÍA, 2009.