viernes, 24 de julio de 2015

SINIESTRO es el 9no de los 12 RELATOS SINIESTROS




SINIESTRO

         Veníamos bordeando la cinta del mar desde Paraguaipoa cuando el helicóptero decidió depositarnos en aquella playa infinita. Finalmente habían precisado el sitio y era necesario recomenzar la búsqueda, quizás desde la falda de la lejana montaña. Mientras esperábamos por la Comisión, recordé su imagen en la pantalla chica. Esa gestualidad tan suya, y su sonrisa de oreja a oreja. ¡Él quería ser presidente! A lo lejos se perdía el añil en la bruma caliza. ¡Les va a hacer un macuare! No hacía ni una semana que me lo habían pronosticado. Ahora la situación era preocupante.
Contemplando el mar recordé sus planteamientos sobre la importancia estratégica del Golfo. Ese era uno de sus temas favoritos por el cual los politiqueros lo acusaban de un exceso de nacionalismo. Eran muchos los intereses en su contra. El oleaje gris parecía orlado de azahares. ¿Un nuevo líder? No era un político de esos de partido, pero era carismático! Él sabía cómo llegarle al pueblo y desde luego eso lo hacía muy peligroso. El encaje del mar era absorbido en segundos por los tornasolados gránulos de arena cubiertos cadenciosamente por el inexorable regreso de las olas.
Llegó la guardia, ¡al fin!, y nos encaramamos en dos grandes camiones. ¡Yo estaba tan seguro de que seríamos los primeros! Cuando todavía en el aire escuchamos la funesta noticia radiada por la guardia fronteriza, estábamos convencidos de que nadie podría llegar hasta el sitio adelantándose a nosotros. Muy pronto los camiones se metieron tierra adentro. Penetramos en el espesor caluroso de la tarde. La brisa hirviente lamía las piedras y arañaba los cardones con un gusto salobre, como si quisiera encender en chispas los resecos pajonales que emergían tercos entre las dunas.
Era un asunto delicado. Sin duda alguna, el candidato venía diciendo demasiadas cosas y en el fondo, yo estaba convencido de que había sido amenazado... Dejamos muy atrás la playa, entre nubes de polvo y traqueteando fuimos cogiendo el monte. Después de un par de horas saltando y dando tumbos y bandazos descendimos al pie de las montañas. El lebrel y los hombres bien entrenados comenzaron a hollar la maleza y todos fuimos penetrando en la intrincada ramazón.
Grandes resoplidos acompañaban al animal husmeante entre la cada vez más espesa vegetación. Una humedad salvaje parecía haber conquistado los secos pastos de la yerma Guajira e iba espesándose y multiplicando sus enredaderas tentaculares hasta transformar el encalado infierno de arena en un retorcerse de brotes tiernos. La vegetación agigantándose emergía sobre una húmeda hojarasca de esmeraldas amarillas y jades burbujeantes. Envueltos en una blanda y rastrera neblina gris avanzábamos respirando el soplo denso y asfixiante de la selva que iba empegostándonos hasta sofocarnos.
Nosotros los intrusos, insistíamos mancillando paso a paso las capas superpuestas de humus y detritus, buscando el sitio señalado. Yo iba íntimamente deseando no llegar a encontrarlo jamás. Recordé su expresión sonreída en la pantalla chica cuando nos proponía las soluciones lógicas. Hacía solo dos días al desaparecer la nave y declararla en emergencia, todos hicieron conjeturas. Se dijo entonces que el país no soportaría más marramucias.
Paso a paso íbamos avanzando durante horas con una exasperante lentitud. El lebrel se detenía por segundos olisqueando e instantes después, perseguido por nosotros continuaba adelante. Pensaba en sus mensajes por la tele, ellos le granjearon el respeto y el cariño del pueblo, él estaba sin ninguna duda desenmascarándolos. Un país de televidentes no soportaría otro cuento chino, era evidente, un siniestro nunca podría considerarse un accidente...
En lo alto, el cielo estaba fragmentado en hojas acuchilladas por la luz. El aliento ácido de la tierra emanaba como un vaho denso y fosforescente. Destellos de arco iris seccionaban las lianas multiplicándose entre los troncos leñosos y bajo los inmensos helechos llenos de silentes recovecos umbríos, salpicados de turquesa, con trazos de celestes ignotos e índigos indescifrables. El lebrel inquieto, atendía a un lado y al otro, levantaba su testa negra y brillante, alzaba su hocico mojado y su jadear constante nos contagiaba con una desesperante incertidumbre. Se detenía, husmeaba y proseguía su búsqueda incansable. Las piedras eran negros espejos arropados con líquenes y musgo blando. Rollizos hongos bermejos, amarillos y grises lloraban gotas nacaradas aplastados por nuestras botas.
Comenzaba ya a caer la tarde cuando los lagartos decidieron todos asomarse entre los montones de florecillas malva, campánulas purpúreas, clavellinas moradas y violetas magenta. Ellas se separaban y les dejaban ver el sol revolcándose entre las cenizas del atardecer. Se agitaron inquietos los machorros y los gordos tuqueques silbadores al percibir el intenso chirriante estridor de las chicharras creando una sinfonía increscendo. Ensimismado como estaba en su olisqueante búsqueda, el lebrel no parecía prestarles la menor atención.
El día se estremeció agonizando entre los últimos candiles del sol de los venados. El animal súbitamente se detuvo. Su cola tensa, una pata delantera en el aire, parecía una sombra chinesca presintiendo lo irremediable. Mariposas cansadas regresaban a posarse en la tibia humedad de las grandes hojas, aleteando suavemente, sin querer despertar a los cocuyos durmiendo aún entre parásitas y helechos. Abejorros plateados y libélulas orladas de un halo azul eléctrico zumbaban fijando su posición ante el astro incandescente.
Haces de fuego se colaban entre las ramas impregnadas por una bruma de naranjas pasadas. Sentíamos ulular el viento sobre los árboles centenarios. Estrías rosadas y manchones violáceos remplazaban la luz empapando los cenicientos algodones de la noche inminente. Ya no veíamos ni nuestras propias manos. Yo solo percibía el brillo de las pupilas del lebrel y podía escuchar su incesante jadeo cuando súbitamente ladró. Fue un estruendo horroroso que provocó decenas de ecos centuplicados en la oscuridad de la selva.
Decidimos acampar en aquel sitio, porque la noche inmisericorde se nos había arrojado encima. Yo casi no dormí a pesar del cansancio. Las horas se me confundieron y pensando en la imagen de nuestro candidato y en sus proyectos, temía elucubrar sobre el próximo día. La madrugada todavía transpiraba un azul de maleza y rocío y se podía vislumbrar un titilar de estrellas entre las hojas, arriba, muy en alto, cuando percibí una vaharada de carroña y gasoil.
Estaba aún despertándome pero podía sentir la hedentina en mis narices y supongo que fue entonces cuando escuché los gemidos del lebrel. Era un quejido sordo, doliente, sonaba muy lejano. Me levanté en silencio y me dejé conducir por el eco lastimero del animal aullando. Así fue como casi sin darme cuenta llegué hasta el sitio. La cabina de plexiglas brillaba herida por los primeros destellos del amanecer. Habíamos acampado casi a un tiro de piedra del sitio del siniestro y podía ver las aspas de uno de los motores Allison y una parte de un ala.
Entonces los pude detectar bastante bien, lucían sus boinas terciadas, e iban uniformados de camuflaje, algunos descendían en rapell desde los árboles, otros se desplazaban silenciosamente en el claro abierto en medio de la verde maraña. En ese instante, desde el fondo de la maleza vi el fogonazo y abruptamente cesó el aullido del lebrel. Todavía humeaba su arma cuando de la espesura surgió el comisario. Venía rodeado por sus subalternos e iban todos de lo más pertrechados. Pude incluso, notar el brillo de sus prótesis dentales e imaginé la Escarpa Mutia, no sé por qué pero pensé en el marfil de los colmillos de los elefantes cuando iban a morir al propio sitio donde Tarzán y yo nos conocimos en mi infancia.
Un hilo blanco todavía emergía en la boca del silenciador de su magnum. Se acercaron hasta las retorcidas piezas del aparato y él, aún sonriente, le asestó una patada a la mancha negra e inerte del lebrel desmadejada sobre la tierra llena de sangre. Pronto los hombres sacaron entre aquella chamusquina de hierros y de planchas metálicas, lo que andaban buscando. Entonces se alegraron. Pude notarlo, lo percibí en los gestos y el eco de las risas. Ellos usaban guantes, simulando ser títeres en la escena de un macabro teatro.
Él dio la orden: nos largamos! Los guoquitoquis creaban ruidos muy extraños dentro de aquel aterrador paisaje donde como un dinosaurio herido emergía entre el follaje, terso y plateado el fuselaje de la nave. El comisario señaló el camino. Misión cumplida se dijeron, estoy seguro de que logré escucharlo! Se dieron media vuelta, a rastras se llevaron la sombra ensangrentada del lebrel y desaparecieron en el acto. Allí quedé, tan solo a una pedrada de distancia, maniatado de furia nuevamente y además convencido de que todos los hechos estaban irremediable y tristemente consumados.


"Crinejas y dos lazos rojos", es el 8vo de los 12relatos siniestros





CRINEJAS Y DOS LAZOS ROJOS

            Sentirás la sangre tibia en tu espalda y verás cómo se impregnan tus manos. Comprenderás que el asiento se te está transformando en un charco bermejo. Será entonces cuando concienciarás que tiene que haber sido tu arteria intercostal, la de la última costilla, la flotante. Fue allí donde sentiste el golpe, un toque suave, entre el gentío, al entrar al vagón, y tú casi ni percibes la herida que tiene que existir, pero no obstante sabrás que ha de ser una arteria intercostal, rasgada, y que ella misma se ha vuelto un tibio grifo abierto. Es como un río que fluye y se chorrea por tu costado derecho, y te calienta, y te mancha de rojo, que cubrirá tu espalda, tus nalgas y tus manos, las que te mirarás sin querer comprender que será lo que está sucediendo. Entonces, pensaste en la negrita de las crinejas, allá en el suelo, sin llorar pero mirándote, con sus ojos muy grandes y sus dos lazos rojos en el pelo. Demasiado rápido. Todo lo acontecido había sido sorpresivo, casi instantáneo e incomprensible. Sentirás que te ahogas mientras intenso, el dolor se concentra y se aprieta dentro de tu pecho. Comprenderás ya sin remedio, que todo se produce por el colapso de tu pulmón derecho. En la seguridad de que es una estocada lo que ha venido provocando todo aquello, preferirás creer que nada de cuanto ocurre es cierto, pues nunca pensaste que esta situación pudiese darse, es decir, en el primer momento... “Me empujaron”. Eso fue lo que imaginaste al abrirse las puertas, justo al momento de entrar, un leve golpe y entre el gentío casi caíste sentado en el asiento, con tu morral encima.
Fue allí mismo cuando percibiste el calorcito que comenzó a inundarte por la espalda y las nalgas, por casi todo el cuerpo que se te fue mojando y pronto comenzó a empegostarte de bermellón. En ese instante, observaste tus manos rojas por la sangre. Son estos los concretos hechos que te obligan de momento a examinar tu situación. La pleura estará rota. Se ha producido un neumotórax. Eso ya lo sabes y estarás consciente de que tibiamente, te desangras a borbotones por tu costado derecho. Comenzarás a temer que quizá no llegues a la próxima estación del Metro. Notarás como la gente que antes te rodeaba, se va apartando y ahora te hace un cerco. Algunos gritan, les ves sus rostros, demudados, ansiosos, y entonces volverás a recordar a la niña en el suelo. La negrita con sus crinejas y sus dos lazos rojos, la cara sucia, no lloraba, estaba allí sentada, y tú, casi te vas de bruces al tropezar con ella. Pero sucede que estarás en el vagón del Metro y ya quizá ha quedado muy lejos la estación de “Gato Negro”.
Aceptarás que te sientes muy mal, que estás disneico, que vas empeorando, y en ese instante, pensarás que ya casi nada ni nadie te salvará. Lo sabes, no habrá remedio... Escucharás nuevamente dentro de tu cabeza los alaridos de la madre,  ”¡desgraciado, maldito!”, y te repites para ti mismo, tal vez en un intento por tranquilizarte, que fue ella, fue su propia madre quien la dejó en el suelo. Te lo dices y de nuevo la escuchas, “perro maldito, casi me la matas, ¿cómo que eres ciego?” Sucedió todo así, de lo más rápido, seguramente porque tú estabas muy cansado, estabas medio ido cuando comprabas el boleto, te habías puesto el morral sobre tu pecho, por delante, y tal vez esa decisión te impidió ver a la niña en el suelo. Te fue imposible detectarla. Estaba la negrita acurrucada allí a tus pies, y tú estuviste a punto de pisarla. Eso fue todo. Sufriste un tropezón con ella, en el momento imaginaste un bulto, una caja, un maletín, ¿quién sabe que pensaste? Dando traspiés, brincando como loco, casi cayéndote, mientras ella, ni lloriqueó, tan solo sorprendida por el golpe de tus zapatos, te miraba allá lejos, desde el suelo. Allí quedó sentada, con sus ojos muy grandes brillando en la carita sucia, con sus crinejas y los dos lazos rojos. Te fuiste de narices dando tumbos, puede que fuese el peso del morral, eso pensaste de momento y sin caerte, sobreponiéndote lograste equilibrar tu cuerpo. Echaste a un lado tu morral y llegaste con una mano a sostenerte en el suelo y desde allí la viste, ella seguramente sorprendida te miraba, allí sentada, sin llorar pero el rugido de los usuarios en la línea de los boletos se hizo ensordecedor. “Maldito, desgraciado”, “por lo menos excúsate”, “so perro”, “escuálido maldito”, las voces se sumaban a los agudos alaridos de la madre, “¿no ves por dónde vas?, coñoetumadre”, y volteaba pidiendo apoyo a una turba que se arremolinaba rompiendo el orden de la fila. “¡Haz algo chico!”, “¡hey, desgraciado!”... Tu corazón se aceleró dentro del pecho. Estabas tan cansado, que te dio rabia la situación. Todo cuanto ocurría era tan absurdo que te dijiste sin más miramientos. “¡Váyanse todos bien largo al carajo!”, y por eso, pues nada más te diste media vuelta. “¡Excúsate maldito”, retumbó un vozarrón desde la fila. Al ya cruzar la valla, aceleraste el paso y decidiste descender al andén. Mientras bajabas por las escaleras consideraste una excusa tal vez salvadora. “Es que vengo demasiado cansado, ya no doy más, y no la vi, eso fue todo, ni la vi y era que allá en el suelo a mis pies, ¿cómo iba a verla?... ¡Caray, es que cuando llegan vienen todas juntas!, las cosas malas, digo...” Lo pensaste y regresó a tu mente la interminable noche de la pasada guardia, otra vez te tocó de primer ayudante y cuan brillante era tu colega Antulio, el mejor neurocirujano de la ciudad, sin duda alguna, y, además, lo salvamos. En un segundo dentro de tu cabeza, reviviste las horas de tensión, allá, de pie, en el quirófano. Tal vez reconfortándote, recordaste como operaban una herida de bala en la cabeza. Pensaste que habían sido unos malandros... Así es el oeste de esta ciudad, todos se matan entre ellos, un disparate sin sentido, no hay Dios ni ley, solo nosotros que intentamos curarlos. Esta es la capital, ¡que vida! “La sucursal del cielo” le decían en tu tierra, cuando viniste desde tu pueblo, desde las tierras llanas, en La Pascua, a terminar con el bachillerato, a estudiar y estudiar, y al final te graduaste de médico, y aspiras emular al gran Antulio... Llegaré a ser un neurocirujano. Repasaste los hechos, y quizá para exculpar tu tropezón con la negrita, recordaste como tintineó el plomo contra el metal de la bandeja... Le sacamos la bala. Lo hicimos, te lo repetirás al recordar cuando sentiste el suspiro de alivio de la instrumentista... La Petrica, que está más buena que comerse un pollito con las manos...
¡Que estupidez pensar en eso en estas circunstancias! Es cierto. Te lo dirás al regresar a aquel momento cuando volteaste para mirar hacia la boca del túnel por donde estaba apareciendo el tren. Si algo me consta, si algo sé, es que salvamos al malandro. Piensas que lo dejaste estable. El increíble Antulio, tu maestro te iba luego a decir... “¿Y qué tal si vuelven los que le dieron el pepazo?, esos caifanes puede que lo masacren, que se lo echen al pico durante el postoperatorio”... Deben ponerle vigilancia, eso fue todo cuanto pensaste, mas sabías que no contaban con agentes del orden, ni Dios ni ley ni Santa María, pero te dio por recordar que estaba estable, buenos signos vitales, lo chequeaste antes de salir con tu morral a cuestas... Fue allí mismito donde te cacheteó la primera sorpresa del día. Eran tan solo las seis de la mañana y ya te habían robado el auto del estacionamiento. “Se lo palearon pana”. Fue todo lo que pudo decirte el vigilante. “Soy nuevo aquí, ¿cómo voy a saber quién es el dueño de cada carro?” Estabas tan cansado que ni insististe, al fin y al cabo ya era la tercera vez que te robaban un automóvil y por eso tu Volswagen era un cacharro viejo, todo destartalado. “No respetan ya ni a los carros viejitos mi estimado!” Si lo sabrías tú mismo y el cuidador burlado todavía rezongaba. “¡Una mierda respetan!” ¿Qué podías añadirle para completar aquel cuadro? “Está bien chamo, tranquilo, que yo me iré en el Metro”...
Entonces la localizaste por el celular y le pediste que te esperase en una estación... “¿En la estación de “Chacaito”?” Ella te preguntó y ya al estar de acuerdo se despidió de ti. “Adiós amor, adiós”, y tu pensaste, que si tomabas prontamente el Metro, en una hora podrías estar durmiendo a pierna suelta, y en tu casa... Pero ya el Metro raudo avanza y tú sigues sentado ahogándote, y ahora estás todo torcido, has resbalado y vas anegándote en la laguna de tu tibia sangre. Gritos en la estación de “Agua Salud”, pero el maquinista no debe saber nada porque se vuelven a cerrar las puertas y los carros avanzan y ves luz, un elevado, un traqueteo, y hay frío. Sentirás la disnea cada vez más intensa, la opresión en el pecho, con dolor, y pensarás si acaso se les ocurrirá tocar alguna alarma. Detendrán los vagones, seguramente, y entonces puede que nunca llegues a encontrarte con ella. No podrás verla. En vano te esperará, quizá aguardará por tu salida en la estación de “Chacaito”. Notarás como la gente ya se te está nublando y no puedes creer que todo sea por la negrita de las crinejas y los lazos rojos, más bien, te dices, pueden haber sido los malandros. Tal vez fueron los mismos que abalearon al chamo que operamos. Tal vez se desquitan conmigo. Me acuchillaron... Pero los ojos grandes de la negrita no se te olvidan, brillantes y  su carita sucia, con sus crinejas, y los dos lazos rojos, allá en el suelo y los rugidos de la gente que se te confunden con el agudo timbre de la alarma. Pueden ser gritos, y quizás son los insultos de la madre, recuerdas como volteaste antes de descender por la escalera del andén y les viste correr, eran muy grandes y agitaban los puños, no entendiste ya que te decían, que cosas te gritaban, pero ahora, todos comienzan a danzar en torno a ti. El mundo, los vagones del Metro, van girando, y lo hacen sin sentido alguno. El dolor en el pecho te obliga a doblarte sobre ti mismo y tienes que cerrar fuerte los ojos. Hay un pitido que se acerca desde muy lejos, suena como un silbato. Sabes que ella te esperará, sin encontrarte, ya en sus brazos no descansarás, hay frío y todo se oscurece, “...estas son las cosas que día tras día”, ¿por qué esa melodía viene a sonar dentro de tu cabeza?, que absurdo es todo, lo piensas con gran desilusión, sin furia alguna. Ya casi ni puedes ver la gente, “...me alejan de tu corazón, querida mía, amada mía”, ¿es la voz de Hector Cabrera?, no, ¿será Cherry Navarro?, hay mucho frío y tengo seca la garganta, querida mía, amada mía...



martes, 21 de julio de 2015

El Zorzal Es el séptimo de los 12 Relatos Siniestros




EL ZORZAL

          Yo nací en el Saladillo, claro que no me consta, en esa época yo estaba muy chiquito y de bola que no puedo acordarme, pero pa que vos veáis, con ese orgullo me enseñaron a vivir, ser maracucho y saladillero. ¿Qué más queréis? A todo tiro andaba jochándome de esas dos cosas, diciéndoselo a media humanidad, cuando coñito, me refiero, de a cada rato se lo sacaba al Perico; vos sabéis que él era del Empedrao y yo venía y le decía, mirá Perico, ¿vos me vais a echar a Santa Lucía con la Chinita? después montábamos esa discutidera... Pero así y todo, el Perico era mi mejor amigo. Cuando carajito los cuentos de las vainas que a uno le ocurrieron son naturales, los de la edad, ¿comprendéis?, entonces todo era una felicidad, una pura inocencia y vos te creías todo lo que te decían, especialmente sobre ciertas jaibas, como los graves problemas del amor. Imagínate vos en aquellos tiempos... Es como cuando te hablaban sobre el origen de la gente, la procedencia pues, ¿me entendéis? Uno es de por aquí y puede que diga que ni le consta, pero uno se siente y sabe que es de aquí, otros ni se sabe, fijate que por estos predios siempre ha habido mucho camuflao, frijolillo tirándoselas de queso duro y quizás por eso será que uno se creía muchas vainas... Fíjate el caso del mudo, nosotros creíamos una cosa, como todo el mundo, hasta los argentinos se creían el cuento y hubiéramos jurado que teníamos razón, pero la verdad es que no era así. Yo siempre creí que él había nacido en el propio Buenos Aires, quien sabe si en una casita del barrio del Abasto... Figurate, pasaron los años, que podéis hacer, ellos pasan, muchos años y nosotros siempre en el mismo predicamento, muy creídos y tiempo después, bastante después de lo del avión si supieras, supimos la jaiba, conocimos la verdad. Te digo, él para nosotros seguía vivo... Lo tuvimos tan cerca, sólo un mes antes del desastre de Medellín y lo teníamos que mantener vivo, cantando en la garganta de todos, le oíamos el rasgar de su guitarra en las noches estrelladas. El sol del veinticuatro viene asomando, el sol del veinticuatro... Como si estuviera todavía entre nosotros. Los compañeros de mi niñez fueron sus tangos... Para mí, también de un modo muy especial están mezclados los tangos con el recuerdo de unos ojos negros y de una tierna sonrisa, aquella niña de cabellos negros, rizados, recién lavados de boquita diminuta... ¡Cómo han pasado los años! Con el correr del tiempo, la imagen viva del hombre se nos fue transformando en un fantasma grandioso. Tampoco desapareció la imagen de la niña  de  la  mirada   triste   y   yo   no   pude   lograr  su materialización. Fantasmas que crecían cual si todo hubiese sido una leyenda, aquellos ojos y la figura del zorzal con su guitarra, él continuaba cantando y los de la cuerdita, ya disueltos algunos vínculos, lo seguimos admirando, pero cada quien por su lado, con su propia medida. Creo que fue para ese entonces cuando vinieron los uruguayos diciendo que él había nacido en Tacuarembó y claro está, nosotros no les creíamos. ¡Después vinieron tantos entendidos! Hasta que al fin, ya ni recuerdo quien nos develó el secreto de su misterioso origen. Todos tenemos un sitio de origen, vos sabéis, ya a veces este es un secreto. Nosotros, maracuchos entendemos que somos de un sitio muy especial, pero hay algunas criaturas que son de una región del espacio, que está más allá de las vainas lógicas y entonces uno se explica por qué es fácil transformarse en fantasma y seguir vivo, otros cristianos somos seres humanos. No lo queríamos creer, pero las evidencias apuntaban a un origen terrenal para Charles Rumualdo Gardés. Él había tenido un comienzo, de carne y hueso, él vino al mundo y no era etéreo, fue un 11 de diciembre, la ciudad fue Toulousse, el país Francia, el año 1890. ¡Vos te podréis imaginar nuestra consternación! Nos resultaba muy difícil de creer... Yo que lo vi en persona, metido bajo un ring de boxeo, ¡con todo el sol del mediodía maracucho sobre la cabeza!, yo no podía asimilar la idea así no más. ¡Imaginate vos! ¡El morocho era francés! No sé si te podré explicar, pienso que fue como una especie de lección, como para que se me grabara aquello de que no importa donde se nace sino donde larga uno el forro, ¿me entendéis? Y así; de bola, ¿veis?, yo entonces creí que entendería mejor ciertas jaibas, de esas que la gente llama, las vainas de la vida... ¡Imaginate vos! A las dos pasadas, Carlitos no tendría ni cuatro años cuando su madre Bertha se lo llevó a vivir en Buenos Aires, un carajito solamente, pero allí se iba a quedar, allí iba a crecer, a cantar y si no hubiera sido así, la historia sería otra. ¿Vos te podéis figurar como hubiera sido? Bueno vos te lo podréis imaginar, pero yo... A lo mejor si hubiese sentido desde temprano el sabor y la dentera de ese caujil tal vez no hubiera tenido que invertir tantos años buscando aquella mirada triste de una niña, imaginaria me figuro, porque ya no sé si fue real o soñada. Y no la vi más. ¿Será que todo es mentira? Es un solo tango, eso debe ser lo que llaman el destino. Todo es oscuro, como la noche afuera y llueve tanto y a lo lejos, el quejido de un bandoneón. De estas cosas... ¡Qué iba a saber nada Majarete, ni el Perico y menos Cacha-floja que vivía idoebola! ¡Ni tampoco Bolaequeso, ni yo mismo! Ni soñarlo... Tantas ilusiones, durante tantos años, iban siempre a girar en torno a Gardel y nunca me lo hubieran creído mis amigos... Ya no vienen, ni siquiera a visitarme, cuerdaepillos, nadie viene a consolarme, nos hacíamos llamar los báquiros y no éramos más que una pila de carajitos bellacos. Andábamos juntos, la mañana del ansiado día de su llegada, nos apretujábamos entre el gentío, cogidos de la mano, no esperdigarnos era la consigna. Hace más años que el simborrio... ¿Te podréis imaginar? La época del Presidente Pérez Soto, una mañana del mes de mayo y ese gentío sudando. De dril blanco y con pajilla los hombres, con paraguas las mujeres. Si te interesa, te diré que fue el treinta y cinco y todos los de la pandilla nos abrimos paso a codazos y patadas y logramos llegar al borde del malecón. Más cerca del "Libertador" no podíamos estar y como todos, mirando deaparriba, esperando verlo, soñando con oírlo. Sacá tu cuenta paqueveáis. Nosotros estábamos coñitos. Ahora ve como son las vainas, yo soy un viejo y él sigue igualito, no ha envejecido un año más, ni una cana, ni una arruga, ni un pelo se le despeina de su engominada cabeza y canta igualito, hasta suena mejor ahora. Es como si el tiempo no nos perdonara a algunos y a otros los respetara. Es el tiempo que no volverá y la bola del mundo gira, o yira y solo te queda el parloteo de las estrellas, si, te basta con parpadear y ya lo tenéis allí, lo que vos queráis, la mirada aquella, la boquita y el cabello rizado, recién lavado, es que chico, yo la vi tan de cerca, estaban tan juntos... Te queda el recuerdo, ¿y que más queréis?, cuando tengáis mi edad veréis cuanto vais a depender de ellos. Convencete de que el tiempo viejo, no vuelve. A mi afortunadamente me resulta fácil recordar. Yo prolongué aquellos segundos en años de una búsqueda infructuosa, revivir la ilusión permanente de tropezarme otra vez con su mirada. Es fácil, para mí, es sencillo regresar a los días de la llegada del vapor "Libertador"... El catirito, brillando bien arrecho sobre nuestras cabezas, la gente se arremolinaba desde temprano, habían llegado a pie, en mulas, en el tranvía, todos en el malecón, ¡qué mollejero!, como cientocincuentamil personas por lo menos, peor que una procesión por la calle derecha. Todavía no era el mediodía cuando se vio movimiento allá arriba y vos hubieras visto el jaibero que se prendió entre la gente cuando apareció en la barandilla del vapor, sonriente, de casimir gris, con su sombrero de lado y la gente no hacía más que aplaudir y chiflar, entonces saludó con la mano y poco a poco comenzó a bajar por la escalera. ¡Bértica hermano que rebullicio! Nosotros nos habíamos acercado tanto que casi lo hubiéramos podido tocar, pero llegó como una ola de esa marea humana, cuando ya el tipo casi pisaba tierra, el empellón del negro Charleston nos sentó a Majarete y a mí en el suelo y después nos pisotearon. ¡Pero que nos iba a importar!  De allí, salimos esmachetaos, logramos adelantarnos al hormiguero humano y fuimos a dar frente a la Curazao Trading. En medio de la calle estaba el ring de boxeo y allí entre una sola arrempujadera y pisotones nos situamos en una de las esquinas. Nos sentíamos como si fuéramos los second del morocho y desde allí, apretujaítos, sudando como unos cocíos, lo vimos subir a la lona y la gente gritando y pidiéndole canciones. Que si, cántame ésta, que si esta otra, vai cantá este tanguito, el otro, vos sabéis Ya encaramo, el morocho se arreguindó del micrófono, que era un bicho de esos grandes plateado, él sonriendo, como si la multitud que hervía a su alrededor no tuviera nada que hacer con él y comenzó a cantar... La gente enmudeció y él se mandó de un solo tarrayazo tres tangos de esos bien conocidos. Vos tendrías que haberlo vivido para creerlo. Después entre el vainero de los gritos y los aplausos, casi lo sacan en hombros. Nosotros nos fuimos con la corriente hasta la plaza Bolívar. El río humano reverberaba. Sonaba todavía en mis oídos la musiquita de una de aquellas canciones, muñequitas perfumadas, con sus boquitas pintadas, Mary, Julie, chicas de Nueva York y nosotros las habíamos conocido a Nelly y a Julie, ¿te podéis imaginar chico?, salidas de su propia boca, bajo el ala de su sombrero, casi debajo de él mismo, en aquel ring de boxeo, brillante su sonrisa con el sol y nosotros en ese jaibero entre cuerdas y los cables del micrófono... Llegamos en medio del río humano hirviente hasta la emisora Ecos del Caribe y esperamos fuera, en medio de la calle, los entrevistaba un perifoneador que se llamaba Luis García Nebot, eso nos dijeron y allí fue donde oímos la noticia. El sábado del debut, la emisora pondría altoparlantes hacia la plaza y en la calle íbamos a poder oír todo lo que ocurriera en el teatro Baralt. La entrada al teatro era sólo dos bolívares, bastante, pero uno como muchacho no tenía ni esperanzas de colearse, por eso la noticia nos abrió una nueva expectativa y la cuerdita hicimos planes para esperar hasta el sábado. Ese día, el gentío comenzó a llegar desde temprano, se llenaron las calles y la plaza y ya era casi de noche cuando apareció el automóvil del Presidente Pérez Soto. Antes de entrar al teatro, no más estaba descendiendo del carro cuando saludó a la gente y todos los aplaudimos con furor. Esperamos un rato... De pronto comenzamos a oírlo. "Cuesta abajo", "Mano a mano", "Mi Buenos Aires querido", "La Cumparsita", "Por una cabeza", todas las que tenían que ser... ¿Qué más queréis que te cuente entonces? Así fue y nosotros unos carajitos vivimos unos días de delirio, gozamos una y parte de la otra. Con Majarete y Cachafloja yo lo volví a ver frente al Metro y desde afuera lo oímos otra vez en la calle del vecindario del Odeón, le oímos todas las canciones que ya nos sabíamos. En uno de los últimos días de su gira nos fuimos una tarde, cargados de mamones y cotoperices que acabábamos de bajar de las matas a que el padrino de Leche Fría, andábamos la cuerdita completa, nos sentamos en la acera frente al hotel Granada y allí nos dedicamos a pelar ese pepero. El Granada nos quedaba cerca, porque de la carretera Unión a nuestras casas en los Valles Fríos era solo un brinco de dos cañadas. Entonces le montamos una cacería, comiendo mamones. Al fin lo vimos llegar, en un coche descapotado, venía con aquella jovencita, no era una mujer de mundo, un instante después nos tocó verlos muy de cerca... Era una tierna maracuchita de ojos negros, muy grandes, boca pequeñita, cabellera de negros crespos, recién lavada, envueltos los dos en un aura de flores, descendieron de la máquina, todo fue tan breve, en ese momento, no recuerdo lo que pensé, uno no se imagina las cosas cuando las ve, creo que nos pareció como una representación teatral, el bacán que la acamala, dentro del hotel estarían los cafishos milongueros, hasta no sé si pensamos en su buena suerte. A mí, con todo y la pila de años que han pasado no se me olvida la mirada de la pebetica criolla, la busqué durante meses y luego en todo el curso de mi vida, chiquilla de mi barrio, estaba seguro de que podría encontrarla, sus ojos, su sonrisa velada, cual si hubiera sido una aparición irreal, aquella criatura primorosa, casi niña, descendió del automóvil ante la sonrisa de Carlitos y el asombro nuestro y desapareció para no volver. Recuerdo que nos miramos, primero Majarete y yo, el Perico y Bolaequeso sonrieron cómplices. Leche fría se molestó cuando el Perico le dijo, creo que le dijo, ar coño creí que era tu hermanita Zulima... Todos nos levantamos como si nos hubieran dado una orden y cogimos la ruta de la cañada que baja del Granada hacia los Valles Fríos, atrás quedaron las pepas de mamón y un conchero verde. Entre los cujíes, bajando hacia la casa, el Perico me detuvo y trató de convencerme para que regresáramos y los viéramos otra vez, cuando salieran del hotel. Yo no acepté. Sentía que algo me había golpeado bajo y no sabía si era un asunto de mi amor propio. No quise volver. No nos pudimos reunir más. Parecía como si se nos hubiese cortado la inspiración y ni siquiera fuimos al malecón al final de Bella Vista cerca del manicomio, no estuvimos presentes el día que despegó el hidroavión con el zorzal. Se nos fue. Así que vos veis, yo nací detrás de San Juan de Dios y me pasé la vida oyéndolo y cantando con él pero creeme lo que te digo, hasta hoy, nadie supo de la jaiba que le echó a este carajito, hace más años que el siruyo y por culpa de Charles Rumualdo, aquella pebetica marabina, de ojos grandes y negros, de boquita pequeña y cabellera negra, llena de crespos recién lavados, esa es la pura verdad.

El hijodalgo gipuzkoano 6to Relato de los 12 "Siniestros"




EL HIJODALGO GIPUZKOANO

   
         El calor es húmedo y pegajoso, el hombre maniatado, presiente su presencia. El potro se acerca salpicando el barrizal, quiebra el cristal violáceo de un remanso y avanza hundiendo sus cascos en las charcas, golpeteando entre las peñas. La figura se alarga estirándose sobre el caballo. Piafa la bestia agitando sus crines.  Ahora es él quien boca abajo respira presuroso, cierra los ojos y cree ceñirla, estrechar su tibio cuerpo, los muslos torneados, la curva de sus caderas, duele el costado, una daga! ¿Todo se debe el azar? Hijodalgo deslenguado, ¿quizás un puñal acerado?, alabardas y picas, ¿un estoque?, hasta el fondo, acabará con él. Resuena brillante el tintineo de los arneses, ya se acerca en su cabalgadura. Esquilas de bronce doblan a lo lejos, ¿ovejas?, tal vez tropiezan contra los pedruzcos entre las zarzas y las breñas. Ya viene, se avecina chapoteando fango.
         Desde la picota, él al fin lo detecta. Cree verlo flotar en una niebla de pestilencia. La figura ha brotado de la noche y viene sobre la bestia. Él se rebela, mas al moverse gime, sin poder contenerse, sin un adarme de remotas caricias, para siempre perdida toda esperanza. Un suspiro lacerante desgarra su pecho, una lágrima  pugna por emerger de sus ojos vidriosos. ¿Un fresno solitario?, aroma de alelíes se esparce con el aura leve del amanecer, y él cree arrebujarse en su cálido regazo e imagina rodear sus muslos con un abrazo estrecho. Ha levantado la cabeza y ahora lo escucha. Tuerce su mirada mas no logra detectarlo. Aprieta con furia sus párpados para admirar la hermosura de su cabellera rojiza como un incendio, sus piernas largas, sus nalgas anchas y duras, retadoras, el centro mismo de su vientre. La sombra trémula tasca el freno y ya cercana se recorta contra los peñascos. Muy lejos, unas campanas tocan a rebato...
       Efluvios azufrados ascienden desde el suelo empantanado. ¡Que horrenda desventura!, fementido, se siente asaltado por la desesperanza. De su cuerpo ha rato que han brotado arroyuelos de sangre. Empapados de lluvia se han ido lavando los emplastos de salmuera que calafatearon su desnudez. Jamás habló, nadie ha logrado amedrentarle. Relincha el animal caracoleando y se confunden sus resoplidos con el aullar de los lebreles que se aproximan rumorosos entre el follaje. Se percibe lejano el resonar rugiente del río, girando en torbellinos en lo profundo del desfiladero, que entre las peñas del bosque luce compactado de robles y abedules, de castaños y enebros, y emergen todos como monstruos fantasmales entre las piedras. 
       Molido a palos, el caballero vascongado, yace jadeante.  La figura opaca sobre el rucio jamelgo luce rijosa e insaciable. El hideputa ríe con una carcajada lóbrega. El hijodalgo gipuzkoano casi descoyuntado sobre la garrucha le mira de soslayo. Llagadas sus espaldas, escucha las risotadas lúbricas. Apretando los ojos logra imaginar la sonrisa de su amada, las líneas de sus labios, sus besos cuajados de risas, amor meloso, dulce la ambrosía de su boca. Entre las rocas del riachuelo hay azaleas floreando entre las aguas y una orla de espumas las agita, burbujean en las raíces de un sarmiento rugoso. En su corteza, él puede ver aún las iniciales de ambos... Recuerda… Ligia, cuanto te he amado...
      El belfo peludo de la bestia ante sus ojos oscurece la luz en una nube espesa de vapor ceniciento. La figura ha retirado la capucha y entonces destaca sobre el cielo jaspeado de sangre su cornuda figura. Torneadas las enhiestas aspas, plateadas por la luna que se asoma entre los nubarrones, ellas destacan cubiertas por escamas nacaradas, perladas hasta fulgurar con destellos maléficos. Súbitamente estremecido, el de los cachos pareciera decidido a hablar. Hace temblar la cornamusa que porta en banderola con el sonido de su voz metálica. Él percibe un vapor espeso que lo envuelve trayéndole el hálito helado de sus palabras, parecieran nacer desde un agrietado socavón, encima de la bestia inquieta.
       Cual murmullo creciente él le escucha maldecir. Sibilantes brotan sus improperios. Greñudo y sudoroso, él levanta la mirada y logra atisbar sus rasgadas hendiduras fulgurando amarillentas, lo oye, escucha una tras otra aquel sartal incoercible de imprecaciones. Piojoso, disoluto bribón, fornicador maldito, traidor, puto. Él sabe que recomenzará el garrote. Soportará eso y más aún. Resistirá. Es por ella, y él se sabe fornido, resistirá por ella cualquier prueba, mas, ¿hasta cuándo? La mano enguantada como una garra de fierro se acerca hacia su cabeza y él cierra los ojos, dulces caricias amada mía, siente las uñas metálicas al arañarle la nuca, su piel de seda, le ha colocado un dogal, collar de perlas y como brillan al girar en el baile, la soga al cuello, ¡tira ya!
       La jauría ha llegado en ese instante ensordeciendo al bruto. Los perros de caza laten al unísono girando entre sus patas traseras. El jamelgo se ha encabritado. Una gota de sangre se desliza desde la frente perlada de sudor hasta el filo de la nariz aguileña del hijodalgo gipuzkoano. Al relinchar del corcel se le suma el corcoveo, el animal patea defendiéndose de las mordeduras de los lebreles, ya sus dientes le desgarran las patas... La figura de la cornamusa, la hace resonar como un fuelle, dilata sus hendiduras verticales amarillentas que fulguran, ha soltado la adarga y luego aúlla desaforadamente, resopla y de nuevo vocifera ingurgitando el cuello, empinándose sobre su cabalgadura. Ahora ha extraído su espada de la vaina y maldice blandiéndola en alto.  Súbitamente ha de aferrarse al cuello de la bestia para no caer. El corcel patea inmisericorde. Se le acercan jadeantes varios mastines y se lanzan sobre el tumulto. Maldiciendo imprecaciones el de los cuernos ha soltado su lanza, pierde su espada y en un instante como una catapulta es despedido del caballo. Se le ve cual masa  humeante  saltando por los aires para caer rebotando al lado de su víctima. Hay un esbozo de sonrisa en la facies del caballero gipuzkoano. La luna destaca el cuerpo del canalla, el brillo acerado del mandoble ha atravesado desde la espalda la cota de malla y lentamente un borbollón de sangre brota como una fuente en medio del pecho. Se va creando a raudales al pie de la hoja una laguna negra cubierta por vapores glaucos mientras la tierra empantanada pareciera no querer absorber la viscosa sustancia...
        Con un último estremecimiento el caballero gira sus ojos, cierra los párpados, sonríe y pareciera haber expirado. En tierra, casi debajo de su cuerpo, la figura de los cuernos parece un bulto informe. Restos de la cornamusa destrozada por la furia de los lebreles flotan en el fango. Tan solo brilla el mandoble. Quebrados contra las piedras están los cuernos del casco, su testa hendida luce fracturada y deja escapar un material pastoso que se disuelve en la humeante charca mientras desgonzados flotan sus miembros en el lodazal. Las garras con los pesados guantes de fierro aún se estremecen, se abren y se cierran hasta ya no moverse, nunca más...