domingo, 5 de abril de 2015

ICTUS son fragmentos del Capítulo IV de La Peste Loca(novela)




ICTUS
Todo había comenzado por un mareo y se le fue desvaneciendo el mundo hasta quedarle tan solo un pito agudo, larguiiísimo, infinito, permanente, sonando dentro de su cabeza, un estridor que se convertía a ratos en barullo o en un aullido trepidante, sin cesar ni un instante y parecía ser, ese rugido agudo, el que le impedía abrir los ojos. Él no lograba articular las palabras, pues no podía moverse ni un solo milímetro de su posición, boca arriba, echado, encamado, sin lograr ni siquiera quejarse. Tal vez podría rezongar, pero era tan agotador, tan cansón intentarlo siquiera, y además nada de nada ocurría, ¡todo era tan prolongado!, bun dum, bun dum, bun dum. En la oscuridad del espacio, bun dum, hasta un punto tal, que con el tiempo, estando inmerso en ese conciliábulo introspectivo, embebido en una especie de jalea de sensaciones interiores, internas, intestinas, propias, personalizadas, intangibles pero interminables y sin escape aparente, bun dum, bun dum, en esas desagradables circunstancias, Evanán Jesús Ferrer comenzó a sospechar que no transitaba como en otras ocasiones el tórpido curso de un maldito sueño, y que todo aquello que le ocurría, no estaba enredándolo en la telaraña de una pesadilla. No quería ni pensarlo, pero todo parecía ser real y a él le daba como un pálpito, de que las cosas le estaban ocurriendo a él mismo, y para colmo, todo aquello parecía ser de verdad verdad. Comenzó entonces Chucho Evanán a preocuparse con un dejo de miedo, empezó a atemorizarse en silencio y fue pasando del susto a la desesperación, derivada de su incapacidad para escapar de la celda de su propio cuerpo, donde lo tenían, bun dum, bun dum, ¿suspendido?, bun dum, bun dum, sin que él supiera quienes eran los responsables, ¿detenido?, ¿dónde?, sin entender como ni porqué, estaba preso, lo tenían atrapado... ¿Shiata outá? Estaba considerando esa posibilidad seriamente, tal vez lo que estaba viviendo era lo mismo que estar muerto, ¿o quizás estaba muriendo lentamente? Los cabos se iban atando en su mente con nudos y más nudos, dentro de su confundida cabeza, sentía sus pensamientos enredados, aunque a ratos comenzaban a tener una lógica más diáfana, cuando en el momento más inesperado, o el menos esperado, lo zarandearon de un lado a otro, llamándolo desde muy lejos. Se sintió entonces girando, en un vórtice centrífugo, mareado y cada vez más cansado y pensó, ¡váyanse al carajo! Decidió hacerse el loco y así durmió durante una temporada indefinida, ¿una época?, años quizás... Cuando le entreabrieron un poco los párpados, él andaba desde hacía tiempo dando tumbos en la penumbra de una gran confusión porque creía despertar a ratos y se estaba convenciendo ya de que él era simplemente un muertovivo.
Como producto de aquella presunción, la claridad ubicó a Evanán Jesús en otra dimensión. Se percató entonces de no estar en su casa, ni enfundado en sus pijamas, captó el hecho desagradablemente insólito de estar desnudo, ante una enramada de cables, tubos de plástico y mangueras de goma, y comprendió que tan solo era capaz de poder ver ante él una sábana plegada, especie de cortina verde, de un verde perico. Entonces fue cuando comenzó a entender las cosas. Al menos eso prefirió creer él mismo ante la claridad al poder percibir los destellos de objetos reales, de contornos más nítidos. A pesar del adormecimiento quiso sobreponerse, él sentía un atontamiento desquiciante, ¡era un embobamiento brutal, amorfo, un embrutecimiento, plácido adormecimiento, sueño, ¡eso era!, una adormidera infernal, seguramente catalepsia, parálisis, apoplejía, hemiplejia, dislexia, discrasia, afasia, embolia... Así le llegaban los vocablos, cada vez más complejos, sonaban en sus oídos atontados palabras como, accidentecerebrovascular, eran susurros, los tonos llegaban en diferentes revoluciones, lesión tromboembólica en la región insular, deformando las voces. Eran ellos, los que le rodeaban, quienes decían todo aquello, entre cuchicheos, en medio de una bruma densa, seguramente allí estaban todos... Espectador no invitado a una función y la sala oscura, era como andar a tientas, dando tumbos en un pasillo interminable como boca de lobo, seguramente era la casa del terror. Evaristo el mayor era muy pequeño y él también tuvo aquella sensación de pánico al presentir que se tropezarían en las sombras con algo, con alguien y la boca llena de cotufas, rositas, gallitos, palomitas de maíz y luego caerse al suelo, y Evaristo gateando, y la sal regada por el piso, sal y arena, mala suerte, los gallitos dispersos en la oscuridad cuando alguien con el mayor descaro del mundo le entreabre los párpados y alumbra con una linternita. Él pensó en ese instante que era su oportunidad, aprovecharse de la falla de sus cancerberos, el momento era crítico y no obstante él mismo lo logró, no necesitó un gran esfuerzo, íngrimo y solo como estaba fue capaz de verter por entre aquellas dos grietas unas lágrimas tibias, consiguió evacuarlas, expulsarlas de sí, eyacularlas casi, un llanto silente inexpresivo que le permitió captar desde su nacimiento el ruido de su húmedo brote, líquida gemación, hasta percibirlas cálidas, en la rodada, gotas dejando trazos como ríos, resbalando por sus mejillas, serpenteando entre los cañones de la barba y temblorosa, una de ellas, salobre, se detuvo atreviéndose a filtrarse en la comisura de sus labios.
Así estaba en aquella indefinible expectativa, en el momento absurdo de pensar y escuchar la voz de Enrico Carusso, ¡una furtiva lacrimá!, la imagen se le confundía con un Mario Lanza que luego era el gran Houdini Curtis, encadenado, ¿cómo él? En ese instante percibió la presencia de su mujer. Tenía que ser Angela, esposa, madre de sus hijos, estaría apersonándose, ¿apersogándose?, ¿con él?, estaba a su lado, oía su respiración, anhelante, me conformo con verte, sintió sus manos, la yema de sus dedos en su cara, le limpió los ríos ya casi secos, aunque sea un instante, ella gimoteaba, su Angelita lloraba también y le acariciaba la frente, masajeaba sus sienes, le apretaba su mano, se la estrujaba, ella lo sentía, ¿tal vez inerte? En aquel impávido e impresionante silencio, él desvió sus globos oculares hacia la derecha y, ¡carajo!, al fin lo logró, la detectó entonces, la enfocó, ¡la vio sí!, ella mirándolo y él goteando su lluvia de amor tibio y salobre. Frente a él, lentamente pasaron Emidgio, Ennio y Evaristo y le dijeron varias cosas, diversas, disímiles, disvariantes, diferentes, con mucho amor, pausadamente, pero él hubiese querido ver a Hercilia y a Luisito, retener un rato más el calor de Angelita y cuando quiso preguntarle a Evaristo por la pequeñita, su nieta más, ¿más que?, notó que no decía nada y que estaba muy cansado, se le iban las ideas, ¿los hijos de Emidgio?, sin poder hacer preguntas, ¿nietos?, qué difícil, ¿los negocios?, el trabajo. ¡Ay carajo! ¿Cuándo volvería al Moján? ¿Qué será de la vida de los que están afuera? ¡Maldición! Su existencia parecía estar confinada, lo habían transformado en un recluso, ¡al fin lo habían metido en una cárcel! Se acordó entonces del negro Lucidio y vociferó internamente unos coños y ¡qué clase de vaina le estaba ocurriendo! Por vez primera comprendió lo que era eso y lo peor del caso era tener la sensación, ese convencimiento de estar preso, no en San Juan, ni en el Rastrillo, ni en el Obispo, ni en el Dorado, ni en el Retén, ni en Yare, ni en Tocuyito, ni en la Planta, ni en la Pomona, ni en Sabaneta, no, ¡coño!, ¡no!, estaba preso, dentro de sí mismo.
Con el correr de los acontecimientos, él se persuadió, llegó a la conclusión, con toda la seguridad del mundo, de que no estaba viviendo una horripilante pesadilla. Allí, ante él, se encontraba la cortina verde que se desprendía plegada desde un tubo blanco y además revoloteaban ellas, ¡coño!, ese cortejo de mujeres almidonadas de blanco, con sus rostros que se le acercaban y se retiraban, con sus olores y sus colores y sus volúmenes y sus texturas y el tono de sus voces, todas tan diferentes, flotando, alrededor de su cama, iban y venían y lo movían y lo manoseaban y le decían pendejadas y lo lavaban y lo volteaban, a su edad era un irrespeto, y él solo podía lograr que brotara alguna lágrima tibia que él sentía hirviendo de la arrechera que lo embargaba, porque ¡carajo!, lo punzaban y lo palmeaban y le metían sondas y termómetros y le ponían chatas y almohadones y le decían estupideces en los momentos más inoportunos, los menos adecuados, ¿cuáles serían los menos inútiles?, los más inesperados, los instantes insospechados, dentro de lo interminable de su incontrolable situación que transcurría ante la cortina verde plegada y a su vez dentro de él mismo, percibiendo su propia respiración, profunda en ocasiones, con períodos de calma para recomenzar, aspirando una vez tras otra y el bun dum, bun dum internamente, como un reloj, que parecía no querer detenerse nunca para no dejarlo escapar de aquella maldita prisión interior.
¡Era éter! A eso olía, desde hacía rato. Ese aroma de antisepsia, ese perfume malévolo, le pegaba en la nariz y ahora cuando estaban revoloteando sobre él, lo aspiraba, y aunque trataba de olvidarse del olor, de no pensar en él, ese hálito hospitalario no se le iba de las ñatas. Le palparon el abdomen, le hundieron unas manos, casi garras, en el bajo vientre y después cuchichearon en derredor. Alcohol y jabón, ahora le duele y siguen estrujándolo hasta que se le confunden las voces y siente el frío entre las piernas, le han colocado otra vez el artefacto. ¿Qué dicen? Le molesta, duele, siente que puede estallar y le tiemplan con dolor. Es la negra de la cofia, ella huele a jabón Las Llaves. ¡Se lo agarra!, lo está acomodando, canturrea, casi con toda seguridad le meterá un tubo y le dolerá mucho, sin protestar, ¡sin poder decir un carajo!, ni pío y al cerrar los párpados todo es opaco, siente las manos jurungando, quiere pensar en ella y aprieta los ojos, duele y solo ve culebritas rojas y verdes y todo se torna rojo y luego como flores anaranjadas. Con el canturreo de la negra, viene el chorro tibio y se va desinflando el globo, con un nuevo olor, como a comida pasada, fermentada, ¿o es a vómito?, y se le mezcla con un sabor casi olvidado, ese gusto. ¡Si es eso! Es ella, otra vez, su lengua. ¡Oh la humedad! ¡Ah! Como gotas resbalando y el sabor que es de frío y de cristales y siente el mismo vaivén del chinchorro, ¿lo estarán volteando? Pensar en ella, a horcajadas, los dos desnudos, los separan pero les quedan las lenguas, late sí, bun dum bun dum y el canturreo, huele a talco y lo están moviendo a un lado y ahora al otro lado. Desnudo si, él y ella, su cuerpo tibio... Ha descubierto que puede percibir el correr de la sangre en sus venas. Lo han desinflado y late, bun dum bun dum, hasta la lengua late y él lo siente, es un moco con sabor a cobre, a centavito, almeja lejana, pero le llega, lo percibe, es su perfume, ella debe estar cerca, como no poder ahora explorar su geografía, recorrer los ríos y las cumbres de su cuerpo, otra vez y quedarse allí, unido a ella para siempre, en la muerte chiquita, sin poder entender si es la gran muerte este cansancio...
Los ojos lagañosos son una herida supurada, hendidura de luz, grieta, brecha y desgarro que le deja entrever la humanidad almidonada de la negra con su cofia blanca terciada sobre su pelambre de pan quemado y ese canturreo, discurriendo, fluyendo de sus carnosos labios que brillan fragmentados. Él los observa blandos y violáceos, velados por sus propias lagañas. Evanán Jesús mira esa boca de oreja a oreja y nota como aflora un tuqueque, sale de ella, pardo, asoma su cabeza entre la cuarteada línea de luz, su blanca dentadura, ¡da risa!, un tuqueque con estriaciones transversales, lagartija enfranelada, inicia un proceso lento de deshabillé, se va quitando su corteza escamada y transparente, se escapa fuera de su traje, estuche, camisón, ¿flux acaso?, brilla por las lentejuelas y cae en el abismo que se abre entre las grandes tetas de la enfermera y desciende hasta, ese vaho de peces, algas y mariscos, humedad hecha aroma, es ella, sal del amor de auroras, el sabor y el estremecimiento que lo recorre todo y lo llena de fosforescencias hasta rodearse de cientos de machorros, temblorosos, lagartijos celestes, lemniscatus, canaguaritas atornasoladas, unas azules, otras verde turquesa, sauria teidae, corren sobre las sábanas, el olor no se va, permanece, ese perfume sabroso, lo toman entonces del brazo y crece en él una presión que le provoca hormigas en las manos, en una mano más que en la otra, la mano que no puede mover, debe ser por la tensión arterial, se la están registrando, tomando, ¿bebiendo?, sorbiendo, escuchando, atendiendo, indagando, esculcando, ¿requisando? Él está en una estación, si vas a Calatayud, ¡que dolor en el brazo!, preguntá por ella, el dolor, la Dolores, entreabre las grietas, no hay iguanitas ni canaguaritas, solo unos rostros cetrinos, ¡estos jóvenes!, hombres y mujeres de blanco, curiosamente le miran, escépticamente y entre ellos conversan, debe ser sobre la hora, o sobre la estación, ¿es el tren que parte o el que llega?, se irá pronto, huele a mango, siente que están cerca los guayabales, los copudos aceitunos, los cotoprices, sabe que se aproxima a los cientos de miles de matas, al bosque de mangos y asoleados los rieles se le pierden de vista. Absurdamente con un ronroneo irrespetuoso ellos conversan, uno tiene el perfil de Coronado, otro de bigotes, se parece, ¿a quién?, ¡ese olor!, comerse un mango entero, ahora con esta falta de aire bun dumm, bun dumm, llega ese son, el sonsonete ese, tralalá que tralalá, pero lo que más me gusta, bun dumm, bun dumm, ¿y dejar luego el reguero? Se escucha el silbato, se acerca el tren y él está seguro de que es la hora señalada, a comerse un mango entero, él espera desnudo y embadurnado todo su cuerpo de mango, cubierto de hilachas húmedas, hebras anaranjadas, ¡amiga de hacer favores!, desnudo oliendo a trementina, dejar luego el reguero, con un frío estremecimiento en la piel, ¿por el viento será?, el que le llega, ¿de dónde?, o por el alcoholado tropical, ¿es loción Marazul?, hasta cuando tendrá que esperar por ese tren.

ICTUS corresponde a fragmentos del Capítulo IV de la novela “La Peste Loca” 1989 – Autor: Jorge García Tamayo   International Windmills Edition (Re-edición 2011)
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