Hoy, a mi edad y (como decía aquel
porro colombiano de mi infancia -Pachito Eché-, sin saber cómo ni por qué,
desperté con una repetitiva frase en mi cabeza “Estos Fabio ay dolor que ves
ahora…” y me dije… ¡Pero bueno! ¿De cuál circunvolución de mi corteza
sale este asunto si ni sé quién es carrizo
es Fabio, ni recuerdo cuando cómo ni dónde me aprendí ese asunto de… Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado, fueron un tiempo Itálica famosa.
Hoy me entero de que había más, ya
que prosigue así: “Aquí de Cipión la vencedora colonia fue; por tierra derribado yace el
temido honor de la espantosa muralla, y lastimosa reliquia es solamente de su
invencible gente”. Luego de preguntarle a “la nube¨, no por Pachito ni como cantaba Miguel Aceves Mejía cuando
las nubes lo traían muy loco, por el
lugar donde lo aprendería -pues me imagino fue en mi escuela- donde me
enseñaron la frase, pero… ¿Quién carrizo era el autor? Bien… Pues: lo he averiguado.
Resulta
que fue un poeta
del Siglo de Oro español, quien era demás de historiador, abogado y sacerdote católico. Maracuchísimamente hablando…
¡Ve que molleja!
En el
siglo XIX Marcelino Menéndez Pelayo que
si sabía sobre estos asuntos (era como de cabellos Elene Curtis “su especialidad”), escribió sobre la vida y
obra de Rodrigo Caro y señaló "sus merecimientos de arqueólogo y epigrafista,
de topógrafo, de historiador civil y eclesiástico, de mitólogo, de bibliófilo,
de filólogo clásico, de poeta latino y castellano y de excelente prosista en su
propia lengua"… Se puede
decir… ¡Que más queréis!
Rodrigo fue bautizado el 4 de octubre de 1573 en la Iglesia de Santiago de Utrera.
Su padre fue Bernabé Sánchez de Salamanca y su madre Francisca Caro, más sin
embargo, la mayoría de la familia Caro era de Carmona
(y no era estangma). Fue en 1590 cuando comenzó “ Rodri” a estudiar Cánones en la Universidad de Osuna… Tras la muerte de su
padre, hacia 1594, vivió en Sevilla, en la casa de su tío abuelo, el sacerdote
Juan Díaz Caro donde continuó sus estudios. Sería en el año 1595 cuando visitó
por primera vez las ruinas de Itálica.
Se licenció en 1596 y durante esta etapa en Sevilla escribió una elegía a su
condiscípulo Juan de Robles.
El 22 de agosto de 1527 el inventario y valoración
de la biblioteca personal de Rodrigo Caro[
en Sevilla, consta que tenía 521 obras. La mayoría de los libros son de autores
clásicos, mayoritariamente latinos, y cuando son griegos están traducidos al
latín. En 1598 ya había sido ordenado sacerdote y residía en Utrera con su
familia. En 1602 obtuvo un beneficio eclesiástico en la Iglesia de Santa María de la Mesa.
Ejerció de abogado y dedicó su tiempo libre a escribir y a coleccionar
antigüedades. Fue en los años 1604 y en 1608 cuando incluyó en su memorial las
dos primeras versiones de su Canción
a las ruinas de Itálica.
Existen un total de cinco versiones de su Canción
a las ruinas de Itálica, escritas aproximadamente entre 1595 y 1628. Se
me antoja pensar que, con tantas versiones, esa repetidera puede haber sido la
responsable de lograr hoy despertarme con las ruinas de Italia en mi cabeza.
Aunque quizás es más probable que fuese debido a que en 1610 participó con una
canción en las justas poéticas que tuvieron lugar en Sevilla con motivo de la
beatificación de Ignacio de
Loyola, coincidiendo en el evento con Luis de Góngora. Esta canción de Caro fue
publicada en la Relación de la fiesta que se hizo en Sevilla a la
beatificación del glorioso S. Ignacio fundador de la Compañía de Jesús (1610)
y ya me parecía que mis tutores jesuitas estaban metidos en el asunto, quien
sabe si digo esto para salvar un tanto mi responsabilidad de estar codificando
frases sin sentido. Todavía en el año 1618, Caro compuso una tercera versión de
su canción a Itálica, la más conocida, y un pequeño tratado sobre el apellido
Caro. Este mismo año escribió una Silva a la villa de Carmona y en 1619
fue censor de libros.
En 1620 fue nombrado por el arzobispo Pedro de Castro y Quiñones visitador general del arzobispado. En un convento de monjas de Lebrija se encontró una tablilla de bronce que parecía representar a Cupido. Esta tablilla fue regalada a Rodrigo Caro, probablemente cuando visitó el municipio en 1623. Caro también tuvo conocimiento de una Venus de bronce encontrada en Utrera que había ido a parar a una casa de Sanlúcar de Barrameda. Rodrigo Caro escribió su poema Cupido pendulus, una composición de 168 versos dedicada a su amigo Sancho Hurtado de la Puente, donde el autor mezcla sus conocimientos de mitología, historia y arqueología. Habla de Cupido yendo a Cádiz para cumplir un voto que había hecho a Hércules y, por otro lado, Vulcano retiene a Venus por la aventura amorosa de esta con Marte.
En 1621 el arzobispo Pedro de Castro le nombró
letrado de cámara, y en 1622 publicó su obra Santuario de Nuestra
Señora de Consolación. Antigüedad de la villa de Utrera dirigido a la
Inmaculada y Purísima Concepción de la Virgen Nuestra Señora. En 1624
conoció en Sevilla al escritor Francisco de Quevedo. En 1626 Caro le escribió
una carta a Quevedo acerca de una riada del Guadalquivir.
El periodo en que vivió el erudito Rodrigo Caro es
la transición entre el Manierismo y el Barroco. El 6 de agosto de 1626 le dedicó su obra Días
geniales o lúdricos a Fernando Afán de Ribera y
Téllez-Girón, III duque de Alcalá de los Gazules y V marqués de
Tarifa. En esta obra se describen 65 juegos corporales que se practicaban en la
sociedad española del siglo XVII.
También trata de la tauromaquia y sus orígenes, y fue
publicado en 1884 en Sevilla por la Sociedad de Bibliófilos Andaluces.
En 1978 fue publicada en Madrid por Espasa-Caple. Pasados
varios años y ya alrededor del 1627 compuso la quinta y definitiva versión de
su Canción a las ruinas de Itálica, que comienza: “Estas,
Fabio ¡ai dolor!, que ves aora / ruínas que esparzió rústico arado, / fueron un
tiempo Itálica famosa/ Itálica, colonia vencedora...”, que sin embargo
es menos conocida que la tercera. En 1628 Rodrigo Caro y Juan de Salinas fueron
nombrados por el arzobispo Diego de Guzmán y Haro visitadores de
conventos de monjas de Sevilla, y ese mismo año, el arzobispo nombró a Rodrigo
vicario general, así como juez de la Iglesia y letrado de fábricas. En 1631 era
censor de libros y en 1632 consultor de la Inquisición.
En 1641 murió Tomás Tamayo de Vargas, cronista de Indias, y Rodrigo Caro intentó
ocupar este cargo, sin éxito. El de 30 de julio de 1645 el arzobispo Agustín de Spínola Basadone lo nombró
visitador de hospitales y cofradías, examinador general y miembro del Consejo
del Arzobispado. En 1646 figura de nuevo como censor. Este año se le
intensificó una enfermedad hepática, no sabemos cual... El 5 de agosto de 1647
otorgó testamento, falleciendo cinco días después, a los 73 años.
En Maracaibo, el viernes 6 de marzo del año 2026
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