domingo, 28 de septiembre de 2014

CONTRAPUNTEO EN BUDAPEST



Para mis amigos patólogos Miguel Reyes M.,(mexicano) y Eduardo Zambrano, (ecuatoriano), quienes también son, o fueron, jóvenes, y vivirían episodios similares a los de Rodrigo Gartán en los tiempos de la cortina de hierro, o después en situaciones de estar recién comenzando a trabajar en su país donde quizás les exigirían “tropicalizarse”…

..de  “CONTRAPUNTEO”
Uno allí, todo nervioso, mirando a la gente, pensando que si los gringos en la fila también irán al Congreso de Neuropatología, este año setenta y tres, tener uno que ir hasta Budapest y ver gringos en la cola, ¿cómo explicárselo uno?, y también hay hindúes y ¡hasta negros africanos!, con toda su indumentaria extraña con trapos de rayas de múltiples colores, luciendo una pinta de lo más folclórica y todos haciendo la fila, y uno allí, sin poder entender qué diablos irían a hacer tantas gentes, ¡y tan raras!, y ¡a Hungría!, ¿qué papel jugará cada cual por allá?, y ¿qué pensará cada uno para sí mismo en el asiento del avión?, uno haciéndose preguntas hasta el momento cuando le llega el turno de subir por la escalerilla, y al rato, ya en el aire, va uno viajando con las Aerolíneas Austriacas, ¡solo para hablar un rato sobre unas amibas!, amibas que son de vida libre, que no es lo mismo que decir amigas de vida alegre!, y también uno recuerda que deberá hablar sobre unos virus, microbios que tienen forma de bala, son los virus de la rabia y uno debe mostrarlos en el cerebro humano, y así uno, volandito, en el DC 9 de AA, sabe que en las nubes serán solo veinte minutos, un brinquito, lo que dura el paseo entre Viena y Budapest, y uno notará como se le va a ir el tiempo, por el aire, en un suspiro, lo suficiente para tratar de entender el significado, para uno la relevancia, o si quieren, la trascendencia, de haber penetrado, uno, casi nada!, uno mismo, atravesado, y por el aire, ¿la famosa “cortina de hierro”.
Uno allí, sentado pero rompiendo “el telón de acero”, por primera vez, uno rasgando el cielo, AA puñal de plata,¡al mundo socialista!, y tal vez por eso, uno es bombardeado por imágenes del pasado, el anticomunismo ancestral de mi tío y el fanatismo de algunos de mis caros amigos estudiantes de Medicina, eran las dos versiones, pin pom, como cuando cayó Berlín, y luego el Japón, eso decían los versitos y uno era bien pequeñito en ese entonces, pero los oía, cantados, pom claudicación, ¿como la de mis compañeros?, mis admirados comunistas febriles de la Facultad, transformados a corto plazo en burguesitos del nuevoriquismo, ¡ por obra y gracia de una beca disfrutada en los Estados Unidos!, ¿y el comunismo burgués de nuestros dirigentes políticos?, ¿y el de los sindicaleros?,  primero el ring y luego un molde de hielo hasta lograr nalgas azules en la Seguridad Nacional, mi inocente compañero de clase sin poder confesar lo que ignoraba mientras Gumersindo escapaba por las trochas, ¡y ahora!, ¿como entenderlo?, tal vez porque el dinero todo lo tuerce, ¿hasta el izquierdismo?, ¿lo tuerce a la derecha?, sobre todo si es de blablablá, todo se puede, hasta llegar a tener, viejo el aforismo de la bolsa, ¿para bolsas?, el que no ha tenido y llega a tener, ¿y las fotografías de la revista LIFE en español?, loco se quiere volver, mostraban tanques en las calles y jóvenes cargados de piedras con caras de consternación, era Hungría, si, la del golpe reformista de Imre Nagy y luego llegaría Kadar, tanques y represión, ¡por los bigotes de Stalin!, ¿y el zapato de Nikita?, era la ley del todo o nada, pero uno allí, entre nubes de algodón, uno va flotando, con hindúes, africanos y hasta gringos, uno va volando entre Viena y Budapest, una singladura aérea oscilante, sobre el Danubio azul...
Aeropuerto, pasaporte, vacunas, la visa, y uno, ahí, de pie, ante un viejito de amable sonrisa, ¡venezolano!, desde tan lejos!, bienvenido, pase, pase, y uno ahí, mirando a los demás, todos tratados así, con tan buenos modales, sin presiones, buenas maneras, por encimita así, pase pase, sin revisiones, también los otros así, pase pase, y uno ahí, medio extrañado, pensando en que algo raro estaba sucediendo, que tal vez no era el país como uno lo esperaba, como se lo habían pintado, o planteado, el país que uno creía, el que le contaron, y uno ahí con su maleta, esperando una requisa que no llega, si no tiene nada que declarar, pues pase pase, y uno entonces comienza a preguntarse ¿cuál era la cortina?, ¿por donde uno la cruzó?, ¿dónde estaba el telón?, y uno se pregunta cuantas sorpresas habrá de vivir en los próximos días. Todavía medio aturdido, uno va por ahí, preguntando cómo hacer para irse hasta el hotel, pues tome un taxi, ¿sí?, claro está, eso le dicen en la información y uno ahí, sintiéndose tonto, pues es lógico, debe funcionar, ¿un taxi?, ¿cualquier taxi?, pues sí, pues claro y pase pase, y todavía el recelo de pensar ¿y cómo le hago?, y va hasta una taquilla, y uno dice que quiere cambiar unos cheques de viajero, pues si, ¿cuánto necesita?, deme usted, ¿en efectivo?, ¡cuanto usted quiera señor!, y uno ahí es cuando empieza a creer que el país tras la cortina no es como le pronosticaron, que no es un misterio, que es un país machete, o es chévere, o quizás de pinga, o que se yo como, ¡pero a uno le parece todo tan diferente a lo esperado!, y uno se atreve a pensar si será un poquito como la patria entrópica y tropical de uno, y al salir a la calle y no ver lluvia, ni nada gris, sino todo brillante, con verdor de esperanza, uno ahí mismo, acariciado por una fresca brisa, en la calle,  toma un taxi y arrebujado de emoción decide enfrascarse en el paisaje...
La tierra es muy negra, los pastos son muy verdes, se ve poca gente, seguramente por ser un domingo, uno lo piensa, o a uno, ¿se lo explica el chofer?, y uno sin saber en qué idioma, pero uno le entiende. Nos acercamos a la ciudad, ya se ven más personajes y uno con admiración detalla a las gentes, van bien vestidas, pasean grupos de adultos y llevan niños, familias seguramente, una cosa es evidente, resalta, destacan las jovencitas, rubias o morenas, terriblemente atractivas, ojos como almendras, a veces claros, las faldas muy cortas, piernas torneadas, las aceras húmedas y ellas caminan por las calles de Budapest y uno va en el taxi, silencioso y las ve pasar diciéndose que Hungría debe ser un país subyugante, esta nación, este país, el de los viejos Magiares, cada vez hay más colorido y hay plazas y parques llenos de árboles, y uno piensa que ya tiene que estar acercándose al hotel...
De pronto desembocamos en una plazoleta y uno lo ve por vez primera, allí, de frente, está el río Danubio, el famoso Danubio azul, y al preguntarle al chofer, tal vez en húngaro, él lo corrobora. Uno desde el taxi ve los puentes cruzando sobre el río y detalla en la otra ribera el Castillo Real y el Monumento a la Liberación y más allá, a lo lejos y sobre un pequeño monte, divisa el Bastión de los Pescadores y la Iglesia de San Matías y después uno se enterará que no le dicen San, simplemente Matías, y como ya casi cae la noche, en ese preciso momento se encienden las luces, y toda la ribera queda iluminada y se estremecen los reflejos en las aguas del río y uno allí dentro del taxi mira como ascienden las luces por los puentes y como se multiplican en el Castillo y van  creando destellos en las sombras espliego-magenta de la ribera opuesta, y el cielo detrás y arriba, aún es azul jaspeado por trazos purpurinos, ya va a caer la noche, muere el día y entonces uno siente como si se le pusiera la carne de gallina, uno, allí mismo, en el taxi, así lo piensa, maracucho con pelos verticalizados tras la cortina de hierro, es un raro ejemplar, un curioso espécimen, un fenómeno extraño, y uno no sabe que debe hacer, si reírse de si mismo, ¿o que?...
En el río hay muchos barcos, uno ve ferrys, otros parecen remolcadores y algunas barcazas en las riberas están ancladas y parecen restoranes, están llenos de gente, todos repletos de comensales, uno detalla los comensales, ¡parecen húngaros!, no tienen caras de turistas, y ¡están cantando!, suenan violines, se abrazan amorosas algunas parejas, la gente sonríe, y uno, ¡pues claro está!, ¡uno no puede creer que las cosas sean así detrás de la cortina de hierro!, y busca uno con afán las cosas negativas, hay edificios grises, es evidente que algunos bombillos alumbran poco, ¡horror!, en la orilla opuesta, uno logra divisar, ¡un gran aviso de Pepsi Cola! Uno lo repite para sí mismo, esto tiene que verse para poder creerse, o mejor aún, debe vivirse, vivenciarse, ¿así se dice?, y uno percibe, con emoción y rubor como el mundo socialista del año milnovecientos setenta y tres, lo ha impresionado favorablemente, y a uno, puede que le cueste aceptarlo, pero allí está, ante las meras narices de uno, quien además no cesa de repetirse que, ¿cómo puede ser cierto?, uno sabe que en la guerra derribaron todos los puentes sobre el Danubio, uno está consciente de que los húngaros han vivido desde entonces pisados por los rusos, que es verdad que los alemanes devastaron la hermosa ciudad, esa que en ese instante y ante uno mismo, se esconde entre las sombras en el primer anochecer de uno tras el telón de acero, y uno allí, ante el Danubio, escuchando el gemido triste de los violines gitanos siente que todo se le está transformando en algo maravilloso, estupendo, era que uno creía otra cosa, se lo dice a sí mismo, como excusándose, uno esperaba otra cosa pero está en el sitio, allí mismo, en Budapest, por vez primera, para afirmar sin atisbo alguno de vergüenza, que está en la ciudad más hermosa del mundo, y se imagina uno lo que sería con un poco de mantenimiento, de pintura, de cariño, la ciudad luz se te ha quedado atrás, sinceramente, eso es lo que uno piensa frente al río que corre bajo los grandes puentes...
Concierto de órgano en la iglesia de Matías. La arquitectura es gótica, pero los arcos son románicos y los colores van del ocre al amarillo, rojizo, aceitunado, siena terroso, verde tierno, tonos opacos que contrastan con las altas ojivas de la nave central. ¿Pueden los colores darle un aire asiático a una iglesia?, ¿una cierta influencia turca?, ¿otomana?, ¿morisca?, y las lámparas gigantescas que cuelgan desde los alto sostenidas por largas cadenas, parece bizantinas, ¡como para pensar en Constantinopla!, ¿otra vez los turcos? En la profundidad de las naves del templo pareciera flotar una neblina gris de incienso, asciende hacia las altas bóvedas, un vaho denso nos arropa, entre el rumor profundo y sobrecogedor de los acordes del órgano que plena de sonoridades las naves, retumba en las columnas, se encrespa entre las bancadas de madera plenas de feligreses, retumba en las paredes y nos funde a todos, incienso, luz y sombras, en una masa temblorosa que se proyecta hacia las altas ojivas ascendiendo con los acordes de Juan Sebastián Bach.
Esa noche lo veías todo como en una película y te parecía irreal. Viajabas en un autobús para asistir a un banquete en La Ciudadela, un sitio histórico de Budapest. Después del concierto no habías cesado de platicar con aquel señor, el famoso argentino, rebosante de eso que llaman “don de gente”, conversador, sincero, lleno de un carisma especial. Tú eras tan solo un médico maracucho, y te sentías como un muchacho al ser tratado con tanta familiaridad, a pesar de la diferencia de edad, te sorprendías al notar con cuanta facilidad te compenetrabas con sus ideas, como coincidías con sus planteamientos, te entendías con él, con Moisés y te parecía una cosa curiosa, identidad total, y con un argentino!, era un asunto fenomenal, tras el telón de acero!, un encuentro fortuito, casual, pero de conjunción total. Las preguntas del doctor Pollack sobre los personajes de la patología venezolana no se hicieron esperar. Tuviste que hacer esfuerzos para darle respuestas, ellos estaban todos en la capital, pero lograste el cometido, los conocías algo mejor, a través de tus actuaciones al frente de la Sociedad Nacional de los Patólogos, sabías de cada uno de ellos, habías oído cosas, aprendido,  conversando con Alberto Colón, y así escuchaste a Moisés Pollack, como los iba describiendo, uno por uno, con sus características físicas y sus dotes intelectuales, a tus compatriotas y colegas, desdibujados por Pollack para ti, quien eras tan solo un simple patólogo provinciano habitante de una nación centralizada, pero Moisés te comentaba, sobre el pequeñín pero brillante cascarrabias, el apuesto italiano cuya familia cosechaba tomates, el viejo y buen patólogo pero ¡como es de cómodo y tranquilo!, el alto y engreído que ¡ahora nos dice ser científico!, el Ché que es catedrático de Anatomía ashllá en tu tierra, la neuróloga hija de un famoso político, el incansable neuropatólogo, el petiso de los honguitos... Parecía conocerles vida y milagros a todos tus colegas, tus compatriotas, en tu tierra lejana, ¡qué querés que te diga, ché!...
Estás sentado al lado del individuo. Acabas de conocerle y es un personaje. Unos minutos antes, en voz baja, aquel señor se te presentó como Moisés Pollack y tú captaste que evidentemente era argentino. Entre las tonalidades ampulosas de la música de Bach, su nombre para ti entretejía recuerdos de fotografías con curiosas impregnaciones argénticas, retorcidas prolongaciones neuronales y otras pequeñas células ramificadas, de esas que plenan el cerebro, fotos de un viejo libro, “Los blastomas del Sistema Nervioso”. Estás anonadado. A tu lado gozando del concierto está un hombre de apariencia bonachona, viste de azul marino, y es el famoso Pollack. Entonces tú comenzaste a detallarlo y sin saber por qué se te pareció al presidente Salvador Allende y te dijiste que eso era una incongruencia, ¡es argentino!, tal vez precisamente por eso, te parecía un desaguisado, que pudiera parecerse a Allende. Es Moisés Pollack, era el discípulo más famoso de Don Pío del Rio Hortega, el viejo sucesor de Cajal, el hombre misterioso quien diera continuidad a la obra prodigiosa de Don Santiago en América, precisamente en la Argentina, y Pollack quien era ya una leyenda, había desarrollado las técnicas argénticas de Cajal y de Pío del Rio Hortega aplicándolas al estudio de los tumores del Sistema Nervioso Central y había desentrañado el secreto de la misteriosas células microgliales. Un hombre envuelto en fama y en historias, suerte de eslabón perdido que unía a España con América. ¿Y tú? Estás allí sentado, analizando la conjunción americana de Don Santiago Ramón y Cajal y del como cuadrarán sus experimentos con las enseñanzas de tantos neuropatólogos alemanes, españoles, suizos, magiares  y anglosajones. Tú estás sentado, cómodamente, en la iglesia de Matías, al lado del famoso personaje, Don Moisés, y tú miras con asombro las naves del templo plenas con los acordes sonoros de Juan Sebastián Bach...
En el asiento del autobús que está frente a ti, sentado va ese hombre gordo, un latino que luce la corbata torcida y hace chistes constantemente. Dice tener más de veinte años viviendo en norteamérica y se ha presentado ante ustedes dos como el doctor Cuervo, natural del Perú. Pollack ríe de sus ocurrencias. Tú con asombro le escuchas decir con todo desparpajo cualquier disparate sobre cada patólogo latinoamericano que ha mencionado!, y continúa musitando barbaridades. Tú lo has catalogado como un renegado, es un latino despotricando de sus raíces, tú te lo dices, pero Pollack parece divertirse con el cinismo de sus comentarios. Al referirse a la baronesa Zurhausen en términos jocosos, tú te sientes molesto, estás a punto de pedirle que se detenga y cese de hablar sandeces, pero te contienes, algunas veces pareciera que tu horrible timidez fuera providencial. El aire fresco de la noche penetra por las ventanas del autobús y todavía no cesan de resonar en tus oídos las notas de Bach y de Franz Litz. El autobús frena súbitamente. Hemos llegado, estamos ante la Ciudadela, dice el obeso cuervo...
Un tropel de neuropatólogos invitados desciende por los túneles de la fortaleza transformada en un lujoso restaurante. Entre los arcos con ladrillos rojos y blancos, se destaca la voluminosa figura del Cuervo quien se ha adelantado al grupo. El obeso patólogo se te acerca para decirle a Rodrigo. Sentémonos juntos doctor Gartan, así podremos seguir conversando toda la noche. Hay muchas mesas, de ocho puestos y entre ellas circulan hombres y mujeres con trajes típicos húngaros, vestidas como gitanas las mujeres, ellas flotan, se mueven al compás de la música de los violines, gemidos zíngaros, panderetas y notas lánguidas que hacen girar a todos en un ámbito ambarino, bajo la luz de grandes candelabros. Rodrigo y Moisés Pollack son arrastrados por el gigantesco Cuervo hasta una mesa ocupada por cuatro japoneses. Los nipones se ponen de pie y se inclinan ceremoniosos. Uno de ellos es el famoso Asao Hirano, neuropatólogo del hospital Montefiori de Nueva York y a Rodrigo se le antoja que el japonés aparenta ser demasiado joven, ¡para lo que debe saber! ¡Campai! Dice el Cuervo gordo levantando su copa. ¡Campai! Corean los japoneses brindando. Rodrigo se encuentra brindando en japonés, conversando en inglés, en argentino, en maracucho, y escuchando interjecciones en peruano. Con el apoyo compulsivo del Cuervo gordo, muy pronto se han tomado cuatro botellas de vino, dos de tinto y dos de vino blanco y luego a solicitud del hombre que masculla, ¡chuchasumadre!, vienen dos botellas más. ¡Campai! Después el pintoresco neuropatólogo peruano, ¡se bebería él solito cinco botellones de agua mineral. ¿Te fijás como el menú destaca el plato principal? Es Moisés Pollack quien le pregunta a Rodrigo. El lee. “Cochino, estilo mujer buena”. Sí, que ocurrencia la de estos húngaros. Él piensa. Tal vez es como el vino del Rhin, “la leche de la mujer amada”, el dulzón liebefraumilk de los alemanes. Los violines gimen llorosos mientras una cantante interpreta “ojos negros”. El recuerda. Ochichorni, ochistranky, los tártaros sobre el río incendiado, el correo del zar viajó de Omsk a Tomsk, ochichornii, ¿donde estará Nadia?, ochistransky, ¿Miguel Strogoff todavía estaba ciego?, la madre Rusia, ¿y el traidor Iván Ogareff?...  Esa noche al regresar la luna riela sobre el Danubio y desde las colinas de Buda, Rodrigo divisa la ciudad dormida en el lado de Pest. Moisés a su lado conversa amigablemente. Cuentan los puentes hasta donde lo permite la noche, reconocen el edificio del Parlamento y tratan de identificar otros sitios. Los amigos examinan a Budapest entre las sombras. Este paisaje, amigo Gartan, le dice Moisés Pollack, es único, y hace de esta, una noche muy difícil de olvidar. El joven Rodrigo medita emocionado y dice para sí que nunca ha de olvidar a Budapest en la noche y que siempre la asociará con su nuevo amigo, el doctor Moisés Pollack.
Concierto para cuarteto de cuerdas en el Castillo. Mozart y Bartok plenan de melodías sus amplios salones. Uno, esa noche se siente cansado. El día ha sido muy largo y uno ha esperado casi hasta el final de la tarde, ya de noche, para presentar el trabajo de las amibas. Era la reunión principal, estaban todos y uno ha tenido que responder muchas preguntas. Si, uno en Hungría, respondiendo interrogantes sobre las amibas de vida libre, las que atacan a los bañistas, ellas se vieron por vez primera en las piscinas de Checoslovaquia, pero estas, las del trabajo, son maracaiberas, de la ciudad del lago y las palmeras. Suena como un clavicordio, uno tiene mucho sueño durante el concierto de cuerdas. Entre la gente, escuchado con atención está Sam Chow Wang y uno al mirarlo, trata de pensar en los buenos tiempos de Wisconsin, lots of snow, de cuando Sam le enseñaba a uno la neuropatología ultraestructural, a uno, que hace esfuerzos por no dormirse, arrullado por la música de cuerdas, ¿Bartok? Uno así, allí, siente, o ¿presiente?, que se acerca el final, en el desespero de mantener los ojos abiertos, al pestañear ve como todos se levantan de sus sillas, aplauden y uno, percibe un estremecimiento de felicidad, uno pensando con ansiedad que es el momento de partir, de regresar al hotel, ¡dormir en paz!, qué clase de día me ha tocado, se lo dice uno mientras avanza rápido hacia los autobuses y escucha como lo llaman, desde una ventanilla. Ché, vení, que te estamos guardando el puesto. Uno sonríe, es nuevamente el amigo Moisés y entonces uno se olvida del cansancio y de regresar al hotel y uno sube al autobús y se encuentra al Cuervo gordinflón quien entusiasmado le dice a uno que todos nos iremos a cenar en El Bastión de Los Pescadores.
Uno, de nuevo se encuentra viajando en autobús, escuchando a Moisés Pollack quien habla sobre la Neuropatología en Latinoamérica. Uno no tiene mucho de qué hablar cuando le preguntan sobre la Neuropatología en Venezuela. No conoce la historia de la subespecialidad en Caracas, que es como decir, en el país, uno en su terruño, recién está iniciándose. Uno, cual si el sueño del concierto le hubiese ofrecido un segundo aire, como un púgil contra las cuerdas, habla con desenfado y quiere comunicar la apasionada ilusión de su vida, hacer investigación. Moisés lo interrumpe para decirle. Mirá ché, a vos que tanto te gusta la investigación, decime. ¿Vos conocés a ese patólogo mexicano, a ese que shallama Tamascho? Uno dice que si, en realidad ni lo dice, asiente con la cabeza y seguidamente escucha. Y ché, mirá decime, a vos, ¿no te parece que es muy pedante? Y uno sonríe mientras piensa en Rodrigo Tamayo, el amigo, el paradigma de lo que significa ser un patólogo completo, y uno ya va a replicar, cuando escucha a Moisés preguntándole. ¿Y qué me decís del colombianito? Si ché, el petiso, ¿como se shllama?, ¿Pelaschito?  Uno asiente. ¿También le conocés?  Si. ¡Ché, decime! ¿No es cierto que és también insufriblemente engreído? Uno en ese instante siente como un abrazo de oso, es el gordo Cuervo quien le ha pasado el brazo sobre el hombro y lo palmotea diciéndole. ¡Puchalarechuchadesumadre! ¿Y mi compatriota Javier? Y uno abre los ojos asombrado. ¿Ché, a ese también le conocés? Uno asiente. ¡Cuando lo veás, dale mis saludos pibe! El Cuervo se carcajea y un rato después uno se encuentra enfrascado en una discusión de lo más esotérica sobre los patólogos latinoamericanos, y uno, quien tan solo recientemente los está conociendo!, y uno quien ya los considera sus amigos, uno protesta, los quiere defender y Moisés quien se ríe, le contradice a uno en todo, chispeante, risueño, muy argentino, pero amable y sonreído y uno allí, protestando, uno quien comienza a hacer una apología de su tocayo, ¡quien también es Rodrigo!, y defiende a Javier y a Pelayo y uno los denomina, las estrellas en el firmamento de la patología latinoamericana y Moisés jocoso bromeando sobre la luz que irradian esos astros. ¿Son esas tus estreshllas, ché? Eso dice, hasta que uno mismo pide silencio e improvisa... “Nosotros, los jóvenes patólogos, ¿a quienes vamos a imitar?, ¿qué mejores ejemplos tenemos para seguir que el de estos patólogos de los países de hispanoamérica?, ¿a quien vamos a mirar?, ¿a los gringos?, ¿a unos alemanes? Yo quiero seguir admirando a la gente que es como nosotros, la que habita en nuestro medio, que trabaja y lucha y publica y asiste a Congresos, que enseña y educa con su ejemplo, con su labor, con su constancia, que sabe diagnosticar y es capaz de hacer investigación, la que habita en nuestras ciudades, que estudia para resolver nuestros problemas, que siente amor por la Anatomía Patológica como especialidad médica, que vive para ella y no tan solo de ella. Eso, amigo Pollack, no se logra metido en un laboratorio haciendo maravillas, o trabajando con mucha calidad, haciendo ciencia pero oculto, no, no se obtiene encerrado, hay que salir, hay que comunicar lo que se sabe. Yo si defiendo a estas personas, a estos patólogos, mis estrellas, porque para mí, brillan en el firmamento opaco de nuestra América hispana, brillan, son rutilantes, a pesar de estar por debajo del Río Grande. Ya quisiera tener yo ejemplos así en mi país, no uno, ¡muchos! ¿Quién hace investigación en patología? ¿Quién publica? A mí me duele mucho decirlo pero no conozco este tipo de gente en mi país. Debo decirle que yo soy provinciano, soy maracucho, nosotros decimos, maracucho regionalista de la República Autónoma del Zulia, por eso no sé mucho sobre el resto de los patólogos de mi país, tal vez existan, tal vez viven en Caracas, pero yo no los conozco”... Ese es el momento cuando uno siente, cae en cuenta, recapacita y entiende que se ha extralimitado. Uno se dice al punto, ¡que caray! He hablado con el corazón en la mano, esa es una condición intrínseca de ser maracucho. Uno ve las pequeñas arrugas alrededor de los ojos del doctor Pollack, parecen multiplicarse y bajo su bigote canoso uno ve esbozarse una sonrisa sincera y uno se sorprende cuando siente el efusivo apretón de manos y le escucha decir. ¡Así se habla, hombre! Y uno ve como él voltea y le dice al Cuervo gordo. Ché, ¿sabés qué me gusta de este pibe? Y uno nota complacido que el Cuervo gordo, adormecido por el vaivén del autobús, no sabe ni de lo que estábamos hablando a su lado.
Las torres del Bastión de Los Pescadores dominan la vista de Pest. Rodrigo se acerca hasta las mesas con Moisés Pollack y el doctor Cuervo. Se detienen por un instante ante una mesa donde, otro patólogo latinoamericano, el mexicano Escobedo parece no verlos, enfrascado como está en su plática en inglés con un iraní y dos gringas. Pollack mira con picardía a Rodrigo, pareciera querer recordarle algo sobre su conversación previa. Escobedo continúa espiqueando. Cuervo salta adelante y se apodera de una mesa vacía desde donde gesticula llamando a sus amigos. Más tarde llegará a sentarse con ellos el afamado joven neuropatólogo alemán Jellinger y vendrá con el también famoso judío neuropatólogo Zimmerman. Con ellos, llegarán otras personas, entre ellos Escobedo. Todos ya sentados entablarán una  animada conversación.  Ya no hay complejos de idiomas, Moisés Pollack y Rodrigo Gartan hablarán largo y tendido, en castellano, sobre el futuro de la neuropatología en latinoamérica, sobre la investigación, sobre las coloraciones argénticas, harán planes, se intercambiarán ideas y proyectarán futuros encuentros. Jellinger le informa a Rodrigo que se irá a Heildelberg y quiere hacer contacto con los neuropatólogos venezolanos. Solo somos tres, que yo sepa, confiesa apenado Rodrigo, dos en Caracas y yo, pero vivo en otra ciudad. Donde no me quieren reconocer como tal, piensa con angustia. El famoso Zimmerman, gordo y canoso con su nariz ganchuda le cuenta a Rodrigo que en enero esperan a uno de los neuropatólogos de Caracas, irá a trabajar con ellos, la doctora Ghisa Cepeda, se irá un año a Nueva York. Rodrigo se entusiasma al oír hablar de sus colegas, aunque sean de Caracas piensa, aunque no vivan en la República del Zulia y le habla elogiosamente sobre la doctora Ghisa, él la conoce, ¡es buena! A la hora del postre Moisés y Rodrigo se miran con aire de complicidad al ver a Escobedo ponerse de pie y ensayar un brindis. Se acercan los músicos y frente a la mesa, rodeado de ocho violinistas, entona Cielito Lindo. Al final, no podía faltar La Cumparsita y Rodrigo piensa en lo curioso que se escucha la música latinoamericana en las cuerdas de los violines gitanos de Hungría. Después de esa noche, Rodrigo no volvería a ver más nunca a Moisés Pollack. Un año después el cáncer lo vencería haciéndolo desaparecer del mundo de los seres vivos. Su recuerdo permanecerá imperecedero, codificado en los ácidos nucleicos de las neuronas en el cerebro de Rodrigo y de tantos otros quienes tuvieron la suerte de conocerlo.

Tomado textualmente de LA ENTROPÍA TROPICAL, novela de Jorge García Tamayo, Ediluz, 2003.

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