Este
artículo es copia textual de uno aparecido en este blog (lapesteloca) tempranamente; en marzo del año 2013. Se ha dividido en dos partes para hacerlo más digerible para los
lectores…
Lejanas están la Sierra de Perijá y los Montes de
Oca, lejanos, sí. ¿Y uno? Uno con afición a la investigación, uno aspirando
encontrar el virus del tracoma en las ulceradas córneas de los indios
motilones, más allá del Aricuaizá, cerca de la frontera con el denominado
hermano país, en lo que llaman la sexta sierra. Uno soñando con meter bajo el
lente del microscopio el exudado fibrinopurulento extraído de los ojos de los
indígenas y ver los cuerpos de inclusión que identifican al tracoma, sí, uno
considerando la posibilidad de examinar con el microscopio electrónico las
muestras de las conjuntivas y los raspados corneales, o las muestras de la
linfa... Tal vez, en la linfa, sí… Como la que rezumaba en la oreja de aquel
árabe. Una oreja perdida en la bruma del tiempo, oreja anécdota, escuchada en
boca de mi padre varias veces. Entretejida historia que viene con recuerdos de
la infancia, sobre su amigo, su coterráneo, el doctor Arquímedes, con ese
nombre griego de maracucho autóctono, Arquímedes Fernández, siempre con una
lanceta en la mano y el lóbulo de la oreja del árabe. ¿El año? 1923. En una de
las salas del hospital La Salpêtrière, en París, ciudad luz, pero fría y
distante del suelo marabino. Entonces uno, que es niño aún, cree escuchar al
galeno, el avezado clínico de la ciudad del lago y las palmeras, uno cree oírle
contradecir al famoso Professeur Tellier, e insistir que aquel paciente
berebere, con las córneas ulceradas por las arenas del desierto, por el sol y
la infección con el microbio del tracoma como decían todos, es otra cosa. Se
hace silencio y uno casi escucha las explicaciones al morenito galeno
maracucho, de pie, ante la ventana, frente la cama y al profesor Tellier, él
está mirando a sus colegas y a los estudiantes cuando les dice. Es un leproso
monsieur le professeur. Así veía él al árabe, con sus orejas gruesas, la faz
leonina, con aquella frente nodular y prominente. Un leproso. Era un enfermo
fácil de diagnosticar para le docteur ètranger, él había visto muchos en el
ejercicio de su apostolado, allá en la isla de Providencia, un pedazo de tierra
frente a la ciudad de las palmeras azules, aquel leprocomio conocido como la
isla de los Lázaros, islote de tierra flotando entre Palmarejo y Maracaibo, en
la mitad del lago de cristal, del mismo sitio donde yo había nacido, sobre la
misma tierra, la del doctor Fernández y la de mi padre. Uno se lo imagina, es
fácil entender la curiosidad, el asombro, la risa, la incredulidad de los
colegas y estudiantes parisinos, todos situados alrededor del terco, pequeño
morenito galeno marabino. Allí atentos, atisbando risueños la cara del berebere
leonino, y uno hasta sonríe, pues le es fácil escuchar en un francés de intenso
acento maracucho, sus palabras. Aguántense un momento, o quizás diría…
¡Deteneos! Todos estaban asombrados cuando escucharon al peculiar galeno pedir
los colorantes, solicitar unas láminas de vidrio, y tras preguntar por una
lanceta, él la tomó con la diestra y con la izquierda presionó el lóbulo de la
oreja que luego cortó superficialmente, y haciendo suave expresión esperó que
fluyese la linfa. Entonces secó la oreja y luego como un malabarista se dio
vuelta y tiñó las láminas con los colorantes. ¡Voilà! El asombro de
los franceses fue genuino. Atónitos quedaron ante el microbio colorado quien
les miraba desde la platina del microscopio. El bacilo de Hansen, pululando en
la linfa de aquel árabe, hospitalizado por tracoma, en la sala 8 del Hospital
La Salpêtrière, el mismo sitio donde las grandes histèrie hicieran muy famoso
al maestro Charcot, el mismo escenario, pero ahora con aquel paciente africano
con úlceras corneales que todos creían afectado por el microbio del tracoma, y
tan solo era, un leproso.
Hay un frío otoñal que estremece la capital
francesa, enfría la historia, tan lejos de su tierra, le docteur ètranger, por
su acierto ganó prestigio y reconocimiento. Por eso, uno recuerda el final de
este cuento, casi puede escuchar los pasos del morenito médico, sobre las hojas
secas, frente a la puerta del hospital, él se acerca y está escuchando la voz
del viejo portero saludante, bonjour monsieur le professeur Fernadés… Así pues,
uno, con estos recuerdos en el subconsciente se encuentra ahora, pensando en
las córneas de los motilones, a más de cincuenta años de aquel episodio, otra vez
discurriendo sobre el microbio del tracoma, otra vez con el deseo y la pasión
de mirar a través de un microscopio, pero ahora no estamos en la ciudad luz,
ahora se trata de ascender a la sexta sierra, para conocer a los feroces
salvajes motilones, los pobladores de una lejana misión de capuchinos, una
aldea motilona con ese nombre tan musical, Saimadoyi. Uno que no ha ido más
allá del pueblo de Machiques, uno que ni siquiera conoce la misión del Tukuko,
uno que pocas veces se ha adentrado en la selva, uno entonces, antes de
decidirse, sueña y divaga, pensando en que si existirán motilones ciegos, en
motilones feroces que flechan a los blancos, en motilones tuertos con úlceras
corneales y leucomas en el blanco del ojo, y uno piensa en las muestras que ha
de tomar, como se fijarán en frío y luego podrá uno hacerles la tinción
negativa para mirarlos con el ojo grande, el ojo mágico que dispara electrones
y detectar la ultraestructura del virus del tracoma para poder decir, no es ese
un virus, es una bacteria, es un microbio raro, es así o tal vez es asao, en
realidad uno no sabe ni como es, pero confía en hallarlo. A uno la idea le ha
calado y la roe, la ruñe día tras día y hace planes, construye imágenes con su
amigo José Luís el fotógrafo, cámara de cajón y verborragia incontrolable,
ímpetus juveniles, también con Nerio, gigantón de ojos azules, oftalmoscopio en
mano, mi colega Nerio, experto en ojos. Uno siente que las cosas han de marchar
bien, se sugestiona, lo presiente, se dará el día y al final se convence de que
somos tres socios en una aventura proyectada a corto plazo, en una expedición
ya programada, en un viaje hacia la selva, en la esperanza decidida de hallar
algo, desconocido casi seguramente. Uno sueña con ubicar un foco de tracoma en
las montañas de Perijá, en los Montes de Oca, en la vecindad con la frontera,
en la sexta sierra, en Saimadoyi.
El pasto verde y turgente es altísimo en las
haciendas lecheras de las vecindades de Machiques, más allá del Palmar, cerca
de los ríos Apon y el Aponcito, más allá, donde nacen las tierras del río Negro
y en la otra dirección, todos lo saben, se encuentra la Villa del Rosario, sede
del antiguo Marquesado de Perijá, tierra de abuelos y de bisabuelos. Luego,
Machiques, así fue ese día en la madrugada y después fue, el Tukuko y ahora,
tenemos seis sierras por delante. Ensillá tu mula, apretá la cincha, acomodale
los corotos, movete rápido, apurate que se hace tarde, ya casi sale el sol, se
refleja entre las piedras blancas y amarillas del río Aricuaizá. Nosotros
salimos chapoteando un poco, paso a paso, por el cauce del río, salpicando
luego, embarrialando después, y en un instante se nos viene encima la ramazón y
entonces, sí, estamos en la montaña. Desenfundá el machete, metete en la selva,
vai hombé, que se te pierden deaparriba tantísimos guindachos, son como
curricanes que se descuelgan tupiendo la maleza, deshilachándose desde los
árboles. Cortá bejucos, cortame los arbustos, trozá las lianas, abrite paso,
andá adelante vos, vai baquiano, echepalante colombiano, cojé tu fila india,
ponele atención a cualquier jaiba, te dije que te las pusieras, que esperáis,
ponete mis polainas, no te vayan a echar una vaina las culebras. Vos si tenéis
tus botas, ¡a bichas papesadas! Fijate que los guardias, van de mauser terciado
y andan como si nada. José Luis va en su mula rucia y Nerio en la mañosa,
atendele a esa rama, así se hace, ¡esa es mi mula!, bajá un poquito la cabeza,
¡vos tenéis que fijarte!, ponele cuidado al machetero, él vadelante y vos veis
el machete, corta de lado y lado, zuas ras, ras zuas, tené cuidado, atendele a
las piedras, afincate que vamos en bajada, upa mula, pisada precisa, preciosa
mula, terca mula, más terco que una mula, ahora si entiendo el dicho, ¡ufa
mula!, sabio animal, seguro, dócil, resistente, puede aguantarlo todo, te
soporta por horas, te sostiene, mientras vais penetrando, profundamente, paso a
paso, en las oscuras bóvedas de la selva, en la sierra de Perijá.
La trocha verde se va cerrando y la maleza es cada
vez más intrincada pero se abre con los golpes del machete. Van los machetazos
a la derecha y a la siniestra. El baquiano los descarga sin consideración, ¿Por
qué tenerla? Los árboles inmensos se enredan muy arriba oscureciendo el terreno
y la luz penetra solamente a través de pequeñas hendiduras. Rayos de sol
descompuestos en sus colores pincelan los troncos cubiertos de parásitas, los
bejucos retorcidos, la superficie aterciopelada de musgos y líquenes y las
innumerables hojas con los más variados tonos de verde, van ondulando, se van
moviendo. Las mulas otra vez avanzan descendiendo montaña abajo y entonces
tienes que afincarte en el pomo de la silla cuando ya se acercan a otro río
donde la tierra es blanda. El capitán que va adelante ha decidido bajarse y
llevar su mula que no anda, la arrea, la jala del cabestro, suavemente lo
tironea y sus botas se hunden en el fango, un barro gredoso muy amarillo. Él
desaparece hasta las rodillas y la mula de José Luís parece querer sentarse a
cada rato sobre el terreno embarrialado, piafa, se levanta, se sienta de nuevo,
relincha y continúa después. Tú, desciendes cabalgando a un lado de la mula de
Nerio, cuando súbitamente ésta se le adelanta, va rompiendo la fila india y
entonces ella te tropieza, golpea tu espalda, y sientes el morro del animal,
percibes su humedad helada. A lo lejos, oteas al colombiano y a los guardias
que se han adelantado, se les oye gritar bastante más abajo, ya están llegando
al río, tú lo piensas, pero es inevitable, Nerio no puede dominar la prisa de
su mula mañosa y ves como atropella tropezando, y te rebasa mientras se le
desliza su silla de montar, la cincha cede y Nerio cae arrastrando sobre sí al
animal, todo en un instante, ya no se puede más. Los dos están chapaleando en
el barro. Se incorporan bufando y piafando, embarrialados hasta los ojos y
entretanto, tú percibes a lo lejos los gritos de los hombres quienes están
buscando un vado, les oyes cada vez más lejanos, se te confunden sus ecos con
el ruido del agua, el graznido de las aves entre el follaje y muy distante casi
percibes el gruñido de las fieras ocultas, mientras miras a Nerio ya
levantándose del suelo y ensillando su mula él voltea a mirarte, y está
sonriente. Ahora ves como el sol penetra a raudales, crea chispas, brilla en el
agua, desciende y baña las piedras gigantescas, las enciende de luz. Más allá
la corriente es cristalina y suave, tonos helados de azul aguamarina y de
esmeralda, un remanso que dibuja los inmensos árboles. Te has mojado ya hasta
la cintura. ¡Que remedio!, para cruzar el río era necesario. Tú, preocupado
sujetas el envase con el fijador, con gran cuidado, sin él no habrá como
capturar los soñados microbios en los ojos de los motilones. El estruendo te
despierta sobre tu mula, es uno de los guardias, ha resbalado en una piedra revestida
de limo y su mauser se le ha caído al agua, se le fue un tiro, el capitán lo
mira explotando con furia, cientos de imprecaciones llueven sobre su humanidad,
él está emparamado, el barro de sus botas y de sus pantalones se ha lavado en
el río. Después uno de los soldados te dice. Tan solo faltan tres montañas y
dos ríos más. Entonces notas como se ríe el colombiano. Espreocúpese cumpa, la
última vez, viniendo a Saimadoyi se ahogó un guardia y uno de los baquianos, en
el último paso se nos fue con la carga, pero eso fue purita mala suerte, fue
mala leche. Se voltea y luego grita, ¡upa mula! La fuetea con el cabestro y de
nuevo a seguir el camino de la montaña...
NOTA: este articulo continuara y finalizara mañana.
Maracaibo, miércoles 29 julio del año 2026