lunes, 25 de mayo de 2026

Copia textual…

 

“Levantas la vista y ves cajas de plástico en la esquina de la habitación, son rojas, azules y amarillas. Hay hombres jóvenes y ellos se agrupan alrededor de tres mesas. Gritan. Ellos creen que conversan, los acalla el estridor de la rockola. El barullo tan solo es interrumpido por los tiros que nacen de las piedras. Cena tres. Tres cinco. Viiiiiirga. ¡Callate no joda! Cinco dos. Atendele al juego.

 

Las botellitas ambarinas se han multiplicado sobre las mesas y en el piso tintinean. No se caen. Aroma de cebada, ellas pululan mientras tú escuchas el rasgar de la aguja sobre la pasta negra y piensas en el perrito y la vitrola. Las cuerdas vibran, la guitarra de Carlos, ¡es Caslitos si! "Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando, su boca que era mía ya no me besa más"...


Entonces piensas en Yolanda y en tus hijos. Se apagaron los ecos de su reír sonoro... Tú evocas la sensación aquella del asiento reclinable, avión de Viasa, regreso a casa, el cielo sangrante a treinta mil pies de altura. El mayor de tres años te mira y se asoma a la ventanilla. El segundo duerme en tus brazos. El pequeñito de meses en los brazos de su madre. Con Viasa de vuelta a casa. Pañales y teteros y deudas y tu primogénito te abraza.

 

La emoción de volver. Para tí, la incógnita del futuro cercano. Regresas en Viasa, te espera la casa, la casa grande, su hogar de niña. Retornar a tu tierra, volver a que tus padres, recuerdos de tu niñez y de tu adolescencia. Regresar con esposa y tres hijos. ¡Ya tú no eres el mismo! Recuerdas como repetías tercamente incansablemente, era como una letanía, nos arreglaremos, nos adaptaremos, nos acostumbraremos, nos acomodaremos, nos amoldaremos, nos que sé yo que más, nosotros, que fuimos tan sinceros, nosotros que nos quisimos tanto…

 

Tú piensas en Yolanda, Yoli, Yolita, recordando aquellos días... En realidad, era imposible buscar una casa aparte, era necesario vivir con los suegros por un tiempo, en la casa grande, ¿Con qué se sienta la cucaracha? Tú lo dijiste, ¿lo recuerdas? Cargas con el muerto, con el cargo, ¿cuál cargo?, aquel cargo, el cargo, el puesto, el empleo, la oferta, y tú, cargando muchachos, cargando sus padres con todos, tú sin cargo y entonces cargando tus padres contigo, cargando con tus deudas. Cargar con un par de profesionales…

 

Vivir en la casa grande, meses, desempleado, esperando el cargo prometido, el puesto ansiado, esperado, prolongado, prorrogado. Meses y meses y el ya veréis allí sonando, tranquilizate, se van a arreglar las cosas, despreocupate, ¡las teclas chico!, las palancas, los contactos políticos, tené confianza, que vos, ya vais a ver, te tienen que dar el cargo, estate quieto, quedate tranquilo, aguantate, ¿y tus investigaciones?...

 

Tú piensas en Lucidio y en su verborragia incandescente. "Penetraremos el cerco ultraderechista que controla el Consejo de la Facultad ". "Hay cacería de brujas chico". Lucidio el amigo, el periodista, el locutor. ¡A baile! Tú nunca creíste que todo aquello te pudiese ocurrir en tu propia ciudad. Tú sí, tú que ahora lo analizas y lo evalúas, entre el ruido de la rockola y los latidos de tu corazón cuando lo asumes y piensas otra vez en Yolanda...

 

Moveme las piedras, ¿quién es mano?, revolvé vai, así. Tiros del dominó y el ruido te lleva de Yolita a Lucidio. Los frentes populares, la lucha armada, la abstención electoral, la guerra, la célula del partido... Tú ves unas figuras con uniformes de color verde, en una selva. No son maoistas ni barbudos, empinas tu cuartico, los ves con tu mente en unas montañas y el barullo de las voces y la rockola y los disparos de las piedras, no te impiden construir esas imágenes.

 

Otro trago largo a tu cerveza. Ahora las ves en blanco y negro. Evocas recuerdos marchitos y crees olfatear una vaharada de emanaciones sulfurosas, clorinadas, de un universo apestado y es como si se hubiese roto algún séptimo sello apocalíptico.

 

Te hayas en un instante entre sanviteros de La Cañada, pero es curioso, tus pacientes coreicos parecen embatolados, esas bartolas raídas, te lucen conocidas, son sin duda del Siglo XIV. Ellos están preparados para la guerra, cota de malla, niple, mandoble, metralleta, caballeros templarios, guerrilleros, guerra santa, liceistas, cruzados, grupito ñángara, flagelantes, marginales, desempleados, trapos raídos y cilicios, espinas y llanto. ¡Oh como lloran! A gritos, familiares y amigos, asistentes al acto del sepelio.

 

Se murió Arsenio Pino y Luis José Montiel y Aquiles Espino, peinados de perfil, los murieron... Velorio, entierro, un samplegorio, plañideras guajiras, en Paraguachón y en Potreritos, el cementerio del Moján. Lloran gritando y gimen. Se escuchan desgarradores lamentos, son de las ululantes patrullas de la Digepol, los monstruos de hierro rellenos de tombos, aúllan. Se avecina la peste.

 

Tú crees ver a Lucidio viniendo desde el solar del fondo, a contraluz y tú sabes que no es cierto, que no puede ser real, pero oyes como te dice. Dos más. Él se acerca y no te cabe duda, es él, seguramente viene desde del urinario, piensas que es bueno saber que está vivo y que fue él quien al final ganó la partida de ajedrez.

 

Mas, al pasar otra vez del contraluz a la sombra, su figura desaparece, se disfumina”...

 

NOTA: este breve artículo es copia textual de un fragmento del Capitulo I de mi primera novela publicada, en Maracaibo el año 1997, con el título de “La Peste Loca”.

 

En Maracaibo el lunes 25 de mayo del año 2026

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