Un día lunes, en diciembre del
año 2016, publiqué en este blog un artículo intitulado “La palabra escrita” y casi 4 años después, pensé retomar ideas
para hablar sobre el mismo tema, de la escritura, pero al revisar publicaciones
recientes del blog en el año 2020, me vería obligado a confesar que el asunto
de la escritura, yo diría de “la
escribidera”, para mí, podría tildarse casi de obsesivo. Me puse a la
defensiva para buscarle una explicación y decidí convencerme de que, encerrado
por la pandemia, escribir a diario, era un ejercicio que puede ser aceptado
como una tarea… Para mí, ese no es el caso ya que disfruto al hacerlo; o, es
una agradable tarea.
Infinitivo: ESCRIBIR. Gerundio
ESCRIBIENDO Participio ESCRIBIDO… ¡No animal! ¡Es, -es-cri-to!,
escribido está mal dicho, ¿maldicho?, o maldecido… (?)… Mardito, es como dicen
ahora los maracuchos -según quienes se las dan de “influencers”-… ¡¿Qué va
usted a hacerle?!
Regresé a analizar
retrospectivamente los artículos había titulado ese año 2020 en el blog desde
el 21 de julio, cuando publiqué (https://bit.ly/30AyoXp),“Escribir como oficio” para
luego el 11 de septiembre (https://bit.ly/2m42G4i)
mostrando retazos de escritos de los pasados años 2002 y 2014 intitulé a aquel
trabajo como “Escritura premonitoria”…
Luego, (https://bit.ly/2Jb0wvz) el 26 de octubre, hice una breve revisión sobre la historia del
lenguaje escrito, con el título de “Escribir”
y después, el 31 de octubre y el
1 de noviembre (siempre en 2020) publiqué en dos partes un relato de mis
andanzas como escribidor de novelas con el título: “De la escritura I y II”.
Regreso al lejano pasado medieval
para recordar que hasta 1450 y aun en años posteriores, los libros se difundían
en copias manuscritas por amanuenses, monjes y frailes, quienes estaban
dedicados exclusivamente a la réplica de ejemplares por encargo del propio
clero o de reyes y nobles. Los monjes copistas creaban las ilustraciones y las
letras mayúsculas como producto decorativo y artístico del propio copista. En
la Alta Edad Media se utilizaba la xilografía para publicar etiquetas, y
trabajos de pocas hojas, y se preparaba el texto en hueco sobre una tablilla de
madera, que se acoplaba a una mesa de trabajo, donde se impregnaban de tinta
negra, azul o roja. Luego se aplicaba el papel o pergamino y con un rodillo se
fijaba la tinta. ¿Recuerdan el filme “El nombre de la rosa”?
Años antes, desde 1234 en la
actual Corea, durante la dinastía Koryo, existían artesanos quienes eran
conocedores de los avances chinos con los tipos móviles. Los coreanos crearían
un juego de tipos móviles de metal que se anticipó a la imprenta moderna. Aproximadamente
el año 1444, la imprenta nacería de la mano de Johannes Gutenberg en Maguncia,
donde inventaría la prensa con tipos móviles y publicaría la Biblia de 42
líneas considerado como el primer libro impreso con tipografía móvil. Desde
entonces, la palabra escrita se divulgó por el mundo.
Han transcurrido seis siglos y
ahora, podemos mirar las palabras escritas en medio de la revolución cultural
provocada por los acelerados avances de los medios electrónicos y la
cibernética que están modificando hasta la noción misma del Arte. Ya en el pasado siglo XX, Paul Valery
(1871-1945) escritor, poeta, ensayista y filósofo francés opinaba sobre la
transformación que sufría el arte, interesantes ideas éstas, que serían
comentadas posteriormente por Walter Benjamin (1892-1940).
Valery escribiría: “En todas las artes hay una parte física que
no puede ser tratada como antaño, que no puede sustraerse a la acometividad del
conocimiento y la fuerza modernos... Es preciso contar con que novedades tan
grandes transformen toda la técnica de las artes y operen por tanto sobre la
inventiva, llegando quizás hasta a modificar de una manera maravillosa la
noción misma del arte.” El mundo de la letra impresa ha transformado, las
letras brillan en rutilantes monitores donde los humanos pueden acceder a la
divulgación de conocimientos, el arte, la recreación y las letras… La
literatura toda, se encuentra flotando en el ciberespacio y los humanos para
acercarnos a ella recurrimos a medios electromagnéticos.
Inadvertidamente hemos regresado
a los tiempos de Pitágoras y el conocimiento no nos llega a través de las
letras, sino de los números. Los números creadores de imágenes, y son complejos
binarios que construyen códigos que pueden transformarse en palabras. Tenemos
un nuevo lenguaje, el de los números que hablan a través de las imágenes.
Hoy día, es el dedo presionando
teclas es el que escribe… El rey Baltasar ofreció un gran festín con mucho vino
a mil de sus dignatarios cuando aturdido por el vino escanciado en copas de oro
y plata que su padre Nabucodonosor se había llevado del Templo de Jerusalén,
vio aparecer una mano que, con sus dedos escribiría en la pared del palacio
real: “mené, téquel, fares”. Daniel
fue llevado de inmediato a la presencia del rey y le diría: “mené”
quiere decir “contado”: Dios ha contado los días de tu reinado y ha
terminado; “téquel” quiere decir
“pesado”: has sido pesado en la balanza y te falta peso; y “fares” quiere decir
“dividido”, es decir: tu reino ha sido dividido y entregado a medos y persas.
Baltasar ordenó entonces que
vistieran de púrpura a Daniel, y que pasara a ocupar el tercer puesto en su
reino. Aquella misma noche, Baltasar, rey de los caldeos, fue asesinado. ¿Por
qué este asunto? Aquí pueden verlo en una pintura de Rembrandt de
1635... Es que hoy día, de nuevo es el dedo… Ya no es el cincel, un buril,
ni un estilete, ni carbón de piedra o una pluma de ganso, no es un lápiz de
grafito, creyón o pluma fuente, no es la estilográfica ni el bolígrafo, es el
dedo y no ante una máquina de escribir de esas que tenían una cinta con color
rojo y negro, ni es la eléctrica con una bolita donde estaban girando todas las
letras, ahora el dedo presiona una tecla del tablero de un CPU, o de una
laptop, o de un teléfono inteligente, y son de nuevo los dedos señalando las
letras, unas letras que pueden estar flotando en una nube o encriptadas en un
microchip, pero que en un momento dado salieron de la mente de algún ser humano
habitante de esta “modernidad”.
Cada vez estamos más conscientes
de que ahora las palabras se crean a través de los números que codifican
imágenes para ser leídas en pantallas y que aquello de, el papel y la tinta, y
los libros, con sus páginas nacidas de la madre naturaleza, con su textura y su
aroma característicos, tiende a desaparecer. Tristemente pareciera de debemos
aceptar que el fenómeno de ésta inminente sustitución será lamentablemente
irreversible y la humanidad habrá de palparlo cada vez más aceleradamente.
La palabra impresa dejará de ser
manoseable, será electrónica y quizás no valdrá mucho el peso de cinco siglos
de palabras escritas en papeles entintados, ante el poder de las imágenes
creadas por los números. Tal vez no debería ser tan drástico en este tema de la
sustitución de las palabras por imágenes virtuales, quizás el proceso no
arrollará la literatura como un catastrófico tsunami. Pienso, y así lo ha
expresado Sergio Ramírez, que el acto de transferir a la mente de otro lo
creado por la imaginación en palabras escritas, nunca podrá ser sustituido por
medios electrónicos en imágenes mecánicas nacidas de números. La transferencia
a la mente de otros, de lo que algunos piensan e imaginan, es el fenómeno que
dio origen a la literatura y que depende absolutamente de la palabra escrita la
cual al arribar a la mente del lector valdrá para construir imágenes,
seguramente diferentes a la creadas por otro lector y hasta por el mismo autor,
el escritor, fuente de lo que siempre ha de permanecer como, la literatura.
Este
artículo fue escrito en Toronto, Canadá en diciembre del año 2016 y es
reproducido hoy en Maracaibo, el viernes 15 de mayo del año 2026.
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