miércoles, 29 de junio de 2022

En el hospital Vargas de Caracas

  En el hospital Vargas de Caracas

Este relato se inicia cuando el Director del Instituto de Patología del hospital Vargas de Caracas, había sido designado como Ministro de Sanidad en el llamado Primer Gobierno de CAP (Carlos Andrés Pérez), el Dr. Javier Arias Stella prominente patólogo peruano ocupaba su cargo vacante brillando en sus reuniones con los ginecólogos del hospital, y los Drs Héctor Vegas Rodríguez, Manuel Emilio Labrador y Felix Valderrama eran los patólogos adjuntos en el Instituto encargados de las biopsias, las reuniones con los Servicios del hospital y de la enseñanza de autopsias y patología quirúrgica a los médicos que cursaban la residencia en patología. El respeto y la veneración hacia la egregia figura de “el director en comisión de servicio”, luchando por organizar el cuero tieso que siempre ha representado el Ministerio de Sanidad del país, se percibía como algo casi místico.


En realidad, el Dr Blas Bruni Celli, era un personaje de gran prestigio, respetado por todos los patólogos del país por sus aportes académicos en diversas ramas de las ciencias. En ese ambiente aparezco yo, venido del Zulia, para cumplir con un año sabático y a trabajar casi exclusivamente como neuropatólogo. Mis primeras experiencias con los tres médicos patólogos adjuntos del Instituto, me enseñaron que las cosas no eran igual que en mi tierra natal. Fui captando prontamente ciertas novedades, como advertir que cuando hablaba y no me entendían que era por decía

cosas con esa especie de “tomadera de pelEno” que caracteriza a la gente de mi región, y entretanto me enteré de que en Caracas no existían “lampazos” sino coletos, que no se debía decir “coger” por tomar y que las cholas no eran unas chancletas.


Me parecía impresionante como ir a almorzar en algún restaurante en La Candelaria

con mis colegas patólogos era un acontecer común y luego aprendería a salir con varios residentes como Valdemar Balza, Justo Roa y Rojitas, a beber cerveza en las

inmediaciones de La Candelaria en el centro, y más tarde con los estudiantes y con mi personal técnico, y paso a paso irían quedando para el recuerdo muchas reuniones agradables y felices, informales, especialmente imborrables momentos en El Pozo Canario.


En realidad se me hace muy difícil no personalizar esta temporada de un año, desde

julio 1975 a julio del 1976, pero debo tratar de referirme en particular a la situación de

la microscopía electrónica, en el Instituto de Patología del hospital Vargas. Existía un

ME Hitachi HS-7S, y estaba abandonado en el sótano del Instituto. Con la esperanza de poder usarlo para proseguir los trabajos iniciados en mi tierra traté de ponerlo a funcionar. Me traje a un joven técnico, el hijo de nuestro técnico de ME, JesúsVivas, quien se había trasladado al Instituto de Investigación Clínica de LUZ y así, Francisco (Quico), me ayudó a entrenar a dos jóvenes recién graduadas como histotecnólogas en el mismo Instituto, Saudy Escorihuela y Teresa Cabañas, quienes se habían interesado en aprender a cortar en el ultramicrotomo y a procesar material para su estudio ultraestructural. No obstante, era poco lo que se podía hacer con el equipo HS-7S por lo que introduje una solicitud ante el CONICIT para lograr un ME Hitachi H-500 y poder proseguir los estudios sobre el virus de la EEV.


Debo explicar que mis obligaciones como neuropatólogo en el Instituto, consistían en

fijar adecuadamente los cerebros de las autopsias, examinar las biopsias neuroquirúrgicas y todos los viernes a las 9 de la mañana, hacer en la sala de autopsias una reunión para cortar los cerebros a la cual asistían los patólogos, los neurólogos y los neurocirujanos del hospital. El mismo día viernes de 10 a 12m hacíamos una reunión clinicopatológica en el auditórium del Instituto, con la presentación de un par de casos de Neurocirugía y de Neurología, los cuales se discutían, y donde los neurólogos del Dr Ponce Ducharne y su Sra, capitaneados por el incansable Jaime Boet planteaban sus opiniones logrando que los cirujanos del Dr Martinez Coll, discutiesen acaloradamente, sus diversos puntos de vista. Aquellas reuniones marcaron toda una temporada de febril actividad con gran interés por las actividades neuropatológicas en el hospital Vargas. 


Durante cada semana, uno de los residentes de Neurología permanecía en el espacio que me habían designado en el Instituto, examinando aspectos de interés sobre neuropatología, en lo que constituyó un experimento de docencia que me llevó a conocer y a querer como buenos amigos a colegas, hoy día destacados neurólogos como Freddy González Merlo, Douglas Barrios y a la diminuta y hermosa Dra Beatriz González. Estando en Caracas, aproveché para reactivar mis contactos en Virología en el IVIC con el Dr José Esparza y reactivamos los planes para hacer investigación sobre EEV, particularmente en el desarrollo del proyecto para demostrar experimentalmente el daño intrauteriono provocado por este virus.


Ya casi había transcurrido un año cuando sucedió algo que para mí resultaba impensable, pero que los patólogos del Instituto Anatomopatológico (IAP) de la Universidad Central de Venezuela (UCV) ya me habían advertido. El Director del Instituto de Patología regresó del Ministerio. El Dr Arias Stella le entregó su cargo y afortunadamente fue acogido por su amigo el Dr Luís Carbolnell en el IVIC ( Javier era para el momento un exiliado político ), y a mi se “me sugirió” que regresase a mi ciudad, con el argumento de que “es mejor ser cabeza de ratón que cola de león”. Debía pues regresar a Maracaibo, cuando casi se cumplía el tiempo de mi año sabático. 


Avisado como estaba de que esa situación podría plantearse, traté de sostenerme argumentando que había recibido la aprobación del CONICIT para un nuevo ME y que deseaba quedarme y reactivar las actividades de investigación en ultraestructura. Supe entonces que existían otros proyectos que ya incluían el regreso de un nefrólogo para hacer inmunofluorescencia en la biopsias renales y que bien podía yo utilizar el ME del Instituto del Dr Convit, puesto que un nuevo ME era un compromiso demasiado complicado para la dirección del Instituto.


Vino un fin de semana tormentoso donde los patólogos en el IAP de la UCV me recordaron lo que ya me habían anunciado, pero también se mostraron amables y amistosos de manera que tras conversar con el Dr Pedro Grases director del IAP, acepté pasar a la UCV si se hablaba en buenos términos con el director del Instituto del hospital Vargas y podía ingresar al IAP con el nuevo ME Hitachi H-500 del CONICIT. Estos trámites se cumplieron en cosa de una semana y pasé a incorporarme como “Profesor Contratado” en el Instituto Anatomopatológico de la Facultad de Medicina de la UCV hasta tanto se pudiese homologar mi cargo de Profesor Asistente en LUZ; esta tramitación duró casi tres largos años durante los cuales con 5 hijos en colegios privados, y un sueldo básico en la UCV, pasé a pintar al óleo con espátula por las noches para vender mis obras y logré hacer varias exposiciones de pintura hasta llegar a vender más de un centenar de cuadros que me permitieron sobrevivir mientras me ocupaba de organizar la Sección de Microscopía Electrónica del IAP de la UCV.

Londres, miercoles 29 de junio, del 2022


viernes, 24 de junio de 2022

Taller de Narrativa (2)

Taller de Narrativa (2)

 “Un autor puede ser muchos autores a la vez”. Escuchamos nuevamente a Eduardo y quedamos pendientes en el tiempo. Yo me extasío mirando los ojazos de la más linda y jovencita tallerista, se llama Lina y nos está leyendo su texto manuscrito. Va relatándonos, muy poquito a poco y en voz baja, después con más confianza, in crescendo, nos lee su cuento. “Me siento inútil, estoy nervioso y llueve, oigo el reloj y sé que tengo numerosos quiméricos problemas existenciales, la calle, el sweater, me desespero y corro casi dos cuadras. Me libero y ella está allí, comprando rosas y descienden sus párpados”. Yo mientras tomo notas y escribo, imagino los negros ojazos y las grandes ojeras de la lectora, pienso en su boca, delineada, ¿deliciosa?, linda Lina, preciosa, mas ella continúa. “Entonces comprendí que ella era mía, ilusión de vivir, allí en la esquina esperé su aparición”. Escuchándola me enteré sobre la dicha inmensa cuando ellos se encontraron, en el instante de estrechar sus manos, creí ver aquel rayo lunar sutilmente descrito por la muchacha narradora, saltaba cual gacela entre piedras y arbustos de un Soria tan lejano como mi infancia misma. Después fue fácil oír la voz de aquel señor quien vendía flores y andaba preguntándonos que ¿qué pasaba? Lina ya no iba a detenerse, finalizaba de leer su relato y nos contaba. “Ella se rio y lo hizo sarcásticamente y él tímido, movió sus dedos así, saludándola al verla y entonces vio que ella se encontraba con el otro, era ese jovencito...”  Le tuve que decir que no te veo más, que te fuiste de mí...  En realidad llegó hasta aquí aquel texto que Lina titulara “La dulce niña de la perenne sonrisa”. 



¿Opiniones? Pura imaginación, jamás podrá ser real algo como eso. La afirmación era del experimentado Omar. ¿Qué piensas Jorge? ¿Obsesiones oníricas? No sé, pero me ha entusiasmado este texto escrito por esta jovencita, logró atraparme en una magia misteriosa. Después vino la crítica más despiadadamente constructiva. Adjetivación exagerada, esas son las arrugas del lenguaje. Mara elogió el coraje de Lina por atreverse a escribir narrando como hombre, después describió el final como algo catastrófico y lleno de machismo. Surgen preguntas. ¿Tú le dices machista por escribir adoptando un rol masculino? Mara protesta, dice que, ¡no!, que era por la pose adoptada ante los hechos. Otra vez el texto les domina, pensé yo. Volvieron sobre los adjetivos y como y cuanta fuerza le restaban al cuento. ¡Lina machista! Pensé que Mara estaba totalmente loca. Yo casi ni detecté gazapos, a mí se me escaparon todos los adjetivos, se habían escabullido hasta los más altisonantes, sin duda era un efecto de mi ceguera por los ojazos parpadeantes, seguramente, pienso yo... Uno nos dijo que las fallas en la redacción eran producto de la juventud e inexperiencia de la escritora. ¡Váyanse pal Callao! Después era Zuleima quien hablaba, de paso ella también era una chama, pero insistía en el trabajo que se requiere para escribir un cuento, ¡uno que de verdad de verdaita sea un cuento bueno! Yo quería decir algo, más la preciosa Lina, de muy buena gana, más bien de buena nota diría yo, les aceptó las críticas, risueña, todas a todos, y nos dijo. Leí este cuento porque a mí me parece bien simple. Se rio después al comentarnos que ella no era machista. ¡Que va vale! Pero puede que me esté desahogando. Eso nos confesó, y yo quedé pensando, como será de veras esta niña, tan maravillosa, linda, sincera, ¡que de cosas!, y el brillo de sus grandes ojos negros yo admirando, me quedé allí...   

Vino Eduardo a sacarme de todo aquel marasmo con sus medicinales cucharadas. Nos comentó sobre la mujer en la literatura. Hablamos de Ifigenia y de las indagaciones que sobre el psiquis masculino hiciera Teresa de la Parra, ella hablando en primera persona trasladó sus ideas a la boca de hombres de su época. Sin llegar a ser como Flaubert, taxidermista del alma femenina, nuestra insigne Teresa fue un portento. ¡Se tejieron algunos comentarios sobre los errores de quienes pretendemos dárnoslas de escritores! Los lugares comunes pueden degradar cualquier discurso narrativo, pero cuidado, algunas veces son utilizados conscientemente por determinados autores. Goethe decía que ya todo está escrito y lo difícil estriba en decir las cosas por segunda vez. ¿Cómo escribir? Dedalus es un pasticho en el Ulyses. El comentario me sonó grotesco. ¿Debo callarme? ¡Es Borges quien lo dice! ¿Qué querés che? Joyce no parecía escribir para el placer de leerlo, no se percibe ese deleite de escudriñar lo más preciso leyendo al irlandés, no se capta lo prístino, lo impoluto de la sencillez, y es que leyendo a Joyce ¡se te forma tamaño enredo! Dentro de mÍ, yo estaba disintiendo, repitiendo muy quedo, ¡si él lo dijo!, pues claro, argentino tenía que ser. Reventé. No puedo estar de acuerdo. ¡Que pretensión la mía! Lo he dicho, temerario, sin saber de dónde me han salido tantos bríos. Con toda su paciencia Eduardo escuchó mis palabras y nos dijo. Son las cosas de Borges, ese es otro ejemplo de su dichoso tremendismo. ¿Dices que a ti te gusta Joyce? Algo turbado respondí. Sinceramente, a mí el monólogo interior de Molly Brown me parece fantástico. Escribir como fluye la mente es para mí algo portentoso y pensé en “El ruido y la furia” del sin par William Faulkner. Viene alguien y me espeta que si no será todo lo dicho un snobismo. Me parece que tú cuando quieres ser claro apelas al banal costumbrismo. Eduardo intercedió, buen referí, eso lo pensé yo. En ocasiones una frase fortuita puede pasar a ser la chispa afortunada, sino pregúntenle a Renato sobre aquel cuento al Sur del Ecuanil y Salvador allí presente hizo chin chin brindando, riendo a carcajadas y disfrutando un rato con Orlando. Bien lo recuerdo, sí...             

¿Cómo y porqué se escribe? Ya nos lo dijo Sartre. Es un pedante y presuntuoso ser, lleno de suerte el escritor quien piensa ha de vencer la muerte. ¿Qué tanto anotas Jorge? ¿Quién yo? Mis apuntes solo son puntos de referencia, detalles para recordar... “Yerma y seca la tierra. El Irak bombardeado. No les basta rezar.” Se me transforman en un asunto lúdico mis notas. Cuando uno escribe, es el propio pellejo el que tú expones. Pareciera que los venezolanos somos algo pacatos, poco nos gusta desnudarnos. Noto que estás sonriendo. ¿Es cierto, acaso entre nosotros alguno se ha atrevido a escribir como Miller? ¿El padre Borges cuando Vargas Vila? Salió con esto uno de nuestros veteranos. ¡Cónchale, digo yo, hablamos de escribir! ¡Lo menos que se le puede pedir a un escritor es que escriba bien!, cuidar la ortografía, la prosodia, la sintaxis también, pero esta afirmación en realidad no es mía, yo aquí la dejo, parafraseando a Oswaldo Trejo. 

Yo ni intentaba de reojo atenderle a mi Casio para alargar at libitum el deguste del sabroso taller. ¿Hay tiempo para otro cuento breve? Uno de esos, lleno de cosas reales, del pasado y presente, cosas de estas muy citadinas, dolorosas, historietas muy perimetrales de las que a diario se suceden en nuestros barrios marginales. El cuento era sobre Dodó y un unicornio, protectores ambos de una niña cianótica y a su lado un médico rural que se asfixiaba como un pez pulmonado. ¿Realidad de nuestra vida diaria o suerte de quiméricos castillos encantados? ¿Son acaso los anillos de Tolkein cosas del futuro o representan la inventiva de un mítico pasado? Omar salió brillante a señalar que el relato, para empezar, era muy cruel, no pareciera improvisado, indubitablemente el escritor amoratado y tal, ¡fue testigo ocular en sus tiempos de ese instante fatal. ¡No necesariamente compañero! Tú puedes ser cuál Del Paso en Palinuro, erudito en exceso, o alardear de una florida erudición como un Denzil cualquiera, o intentar como Kaffka reproducir la enajenada aventura de El Proceso, y ¡ni hablar de Cortázar en Bestiario! En la literatura todo es imaginario si así el autor lo quiere. En ocasiones puede ser la vivisección de un ciudadano lo que engrandezca un texto literario, y puede más la introspectiva imaginación atormentada de Gregorio cucaracha atrapada, o el alma de Raskolnikof perdiendo la cordura, que un bolero de Otero, o el esotérico revolotear del colibrí Sarduy. ¿Serán estas las cosas que de veras engrandecen la literatura? Definitivamente hay algo que es muy evidente, se escribe para inventar la vida y no para contarla, de otra manera cada periódico del día sería una obra literaria y debe ser innecesario concienciarlo, ¡suena tan lógico!, basta escuchar a Lavoe salseando a diario que es inútil leer lo que dice la prensa del ayer.   

Ya casi terminábamos cuando Zuleima se levantó y nos propuso leernos un texto breve. Es muy conciso, dijo, y arrancó: “Tardíos recuerdos, fragancias con olor a fuego, unas flores de entierro... Chillan los cristales, aúllan y se astillan...” Omar, a quien Eduardo apodó “la chuleta viviente” había captado la quintaesencia de la poesía y no nos dijo nada, tan solo sonreía. Abraham protestó por lo ininteligible de la moderna poesía. La gente se movía con inquietud. ¿Quizás será la hora? De frente le dijeron. ¿No eras tú quien ha rato criticaba los lugares comunes? Hemos solo escuchado un hilvanar de frases. Zuleima ni parpadeaba atenta a las intervenciones. Pensé por un instante, la están arrinconando. Es agradable, me sonó bonito, vocearon algunos en apoyo. ¡Oh poesía intimista inescrutable! Si siguen alentándola, pensé, tomará un segundo aire. Miré el desplazamiento del referí en el ring. De su esquina gritaron. ¡Ternura metafórica! El referí ya estaba mirando las tarjetas, en realidad atisbaba el reloj. En ese instante interrumpió el conteo declamando a Vallejo. “Amorosa llavera de innumerables llaves” ... Cuanto Zuleima ha escrito es pura poesía. ¿Prosa poética tan solo? Nada más son cuatro las esquinas, yo me lo dije imaginando el ensogado. Entre cuatro paredes, si tú supieras... Los poetas nos ofrecen imágenes y Zuleima ha leído algo muy expresivo, sus palabras puede que encierren un metamensaje, mas su discurso es persuasivo. Se produjo un silencio de segundos, pero bastante tenso. Escuché como Lina musitó. ¡Fue lindo! Eduardo continuó. Hay que ponerle empeño, no por hermoso o tierno, un texto tiene que estar falto de opciones, no obstante, de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. ¡Cuán problemático es lo obvio! De tan sencilla cualquier cosa puede tornarse en un defecto. El ritmo y la armonía en Neruda y en Whitman pueden estar ausentes, esconderse o latir subyacentes y no obstante, nadie negaría que sus escritos son pura poesía, y donde me dejan a Tagore? Yo pensaba en Becker, en García Lorca y en Darío, todos esos sonetos, tantísimos endecasílabos brillantes. Desde los versos libres hasta un tardío suspiro, gemidos de romántica factura, cuando ya muere el día, sabemos todos que la noche es oscura, más el sol siempre sale y alumbrará de nuevo la eterna poesía, eso pensaba yo...  

El taller culminaba cuando escuché las palabras cadenciosas de Lina. Entre la prosa, narrativa habitual y la hermosura natural que exuda el lenguaje poético de Zuleima, me pareciera presenciar hoy un encuentro, un para mi crucial enfrentamiento entre dos géneros en pugna. De un lado están los investigadores, los puristas de la prosodia y de la ortografía, muchos sabihondos en literatura, plenos de pragmatismo, y en la otra orilla. En la otra esquina me dije yo. Allí se encuentra la belleza total. Esa eres tú preciosa Lina, y era impensable no ripostar dentro de mí de esa manera. El arte de escribir, las emociones transformadas en letras, como todo en el Universo necesita de estar reglamentado. Ciencia y literatura pueden ser una combinación perfecta, ¿para qué enfrentamientos? Era tal su hermosura y su talento que yo permanecía desconflautado. Habló Lina y en silencio, con un rubor inolvidable en sus mejillas, descendieron sus párpados cuando me dije… ¡Qué maravilla es esta criatura! Creí verme en la lona, ya noqueado, casi que me olvidaba del conteo, quise recapacitar por un instante creyéndome capaz de levantarme, más la cuenta iba en ascenso, se escuchaba con ritmo, rumorosa. Estaba listo, sería un nocaut técnico, no había otra alternativa, Lina con su boquita, sus ojazos y sus ojeras, su risa turbadora, su todo todo, lo había logrado. ¿Qué hacerle ahora? Es a primera vista, me lo dije, más que noqueado, he sido traspasado por un dardo de acero, aquí en el mero pecho, puro curare, del más fino y estaba sutilmente envenenado. Estoy en crisis, sé que de Lina irremisiblemente me voy a enamorar, que vicio el mío, que tragedia esta especie de destino fatal. Sin duda alguna es esta una costumbre ociosa, no sé de donde provendrá mi singular manía, pero siempre, en cualquier circunstancia, me enamoro perdidamente y debo repetirme, ¡que carrizo!, esta lava es tan solo un Taller, es la primera vez que asisto a una de estas cuestiones y se supone que el asunto se trata de aprender a escribir, son instrucciones para poder narrar en un papel. ¿Cómo demontres me voy a enamorar? Debo tratar de escudriñarle los secretos a la narrativa, no imaginarme una pelea de box, ni entusiasmarme de modo irracional con los ojazos negros de la bella Lina... ¡Qué mala maña esta la mía de exagerar las cosas! Nos pusimos de pie, caminamos escaleras abajo y ya en la puerta de la biblioteca nos despedimos todos. Adiós, adiós, nos veremos la semana que viene. Estaba lloviznando. Ella cruzó la calle. En la otra acera me quedé yo, pensando... Se irá a su casa, eso imagino, pero, ¿y después? ¿La veré nuevamente? Ciertamente. La muchacha es hermosa, está fina la chama, tan solo son dos horas, solamente, pero ni loco he de faltar a este taller, la soñaré entretanto, pensaré en sus ojeras, en su risa radiante, estoy tranquilo pues sé que la mirada de Lina habrá de acompañarme hasta que vuelva la semana entrante.

Fin de taller de Narrativa (2) un recuerdo en homenaje al escritor Eduardo Liendo

Maracaibo, jueves 24  del año 2022

jueves, 23 de junio de 2022

Taller de Narrativa (1)

 Taller de Narrativa (1)

Acepto que este trabajo fue publicado en el blog en abril del año 2015 y luego en octubre del 2020, hace tan solo dos años, pero como la literatura se hizo para releerla, aquí está de nuevo, siempre como homenaje a Eduardo Liendo, recordando el Taller de Narrativa impartido por el escritor en el centro de Caracas en la década de los 90 del pasado siglo XX. Hoy y mañana cuando finaliza este artículo, (the last but not the least), por motivos de viaje, estaré escribiendo en al blog con menor regularidad de la acostumbrada, pero prometo, no abandonar mis escritos
al menos semanalmente, especialmente para mis fieles lectores.

Bajo tierra, por el Metro, venía entre un gentío, sin atenderle a nada. Ensimismado en la idea de asistir por vez primera a un taller literario, no logré distraerme entre todas aquellas gentes del subsuelo. Ya en la escalera eléctrica, me sentí bien al dejarles atrás. Subí a la superficie y tras caminar un par de cuadras, casi corriendo, he llegado hasta el sitio. Asciendo paso a paso, los escalones de mármol de la biblioteca pública, ¿mármol del pueblo?, siempre me han impresionado las vetas blancas sobre el gris opaco, tal vez por ese no sé qué de mi país saudita. Me detengo ante una urnita de vidrio en la pared, alberga una condecoración, son Bolívar y Bello. Simón Antonio y Andrés en una morocota, contrahechos gracias al moderno arte de nuestra Marisol. Siento que los rostros deformes de las cuasimódicas figuras esculpidas por la afamada artista, desdicen de lo hermoso de este sitio. La biblioteca pública ha sido organizada piso sobre piso, para la lectura apacible de nuestros ciudadanos en esta ciudad capital. La medalla es un galardón otorgado a la biblioteca y pienso que bien merecido lo ha de tener. El edificio en suma es de una singular belleza. Me retiro de la urna y atisbo desde arriba los pasamanos de caoba y hacia el centro, abajo, puedo ver el piso de mármol reluciente y el entrar y salir de las gentes, todo brillando, con el reflejo del vitral de Arte Deco, a todo lo largo y lo alto de la escalera, polícromos cristales, brillan con el atardecer en ocre amarillento, en siena y en magenta. Asciendo hasta el cuarto piso diciéndome que la hora ha llegado y pienso, son las cinco clavadas y luego me pregunto... ¿Por qué nadie habrá hecho acto de presencia? 

De pronto retrocedo sintiéndome un extraño, con una vibración de miedo, o de inseguridad, algo curioso revoloteándome en las tripas y me detengo meditando sobre esta anormal actitud muy personal, compulsiva manía de aparentar una impasible impaciencia, constrictiva, pero impertérrita... Nada que ver con el título del libro del cura Borge el nica, ni prójimo del genial invidente. Me excuso y a la vez me acuso por este lío de mi compulsión por los horarios y con cierta repulsión noto que ando escudándome en introspectivas explicaciones. Sí, debe ser por los años, cosas del alma naque, eso me dije, es la costumbre, sin lugar a dudas, son tantos días de llegar al trabajo a las siete, y ni que decir de esas reuniones, todas las citas y los seminarios, que lo mantienen a uno todo el tiempo cual Gary Cooper, a la hora señalada, siempre on time, como dicen los gringos y ¡bang bang! Viro en redondo. Nadie está presente. Estoy solo, tiros al aire, afortunadamente, entonces vengo y soplo displicente el humo del cañón de mi Remington. Decidí en el momento, con un supremo esfuerzo lo confieso, irme al recinto de los libros. Allí encontré a Roa Bastos, a Carpentier y a unos cuantos amigos, entre cientos de ejemplares estornudantemente apretujados, ¡tan comprimidos!, ni me atreví por miedo a despertarles a acariciar sus lomos empolvados, leía en sus amarillos cantos aquel sartal de autores, cuando escuché un lejano cucú. El tic tac solapado de mi Casio preciso me señaló las cinco, ¡ahora sí!, entonces decidí desplazarme hasta el auditorium del tercer piso. 

De las cosas que conversáramos los escasos, éramos pocos a eso me refiero, asistentes puntuales al taller, recuerdo algunas. Charlamos sobré médicos y sobre enfermedades, hablamos sobre juicios, demandas judiciales, jueces venales y esos horrores naturales de la vida cotidiana. Me dolió en la antesala del taller, el conocer la historia del amigo de Omar, descerebrado en un quirófano del Vargas, un accidente de anestesia, puede leerse error de anestesiólogo, vale lo mismo el llanto de su madre y la espera angustiosa de dos días por el cuerpo cadáver, desconectado de este mundo dieciocho días antes para ser finalmente desenchufado de la máquina. Absurda, injusta y cruel siempre será la muerte de un muchacho, ya no habrá de jugar más al béisbol con sus amigos... El dolor y otras voces fueron interrumpidos por Eduardo, nunca es tarde, ¡dicha al final!, él llegó y todos le excusamos aquellos quince minutos de retraso, porque para un escritor, siempre será justificable una cerveza y más aún si el trago es compartido con dos poetas, uno de Mérida y otro de Maturín, ¿o fue de Tucupita que nos dijo? Ahora si voy yo mismo a disfrutar de estas próximas dos horitas, aunque fallas. Eso me dije. Voy ahorita a saber, al fin, por vez primera, lo que es en realidad un taller de narrativa, o sea, estoy en la antesala, en el pórtico, en un tris, de averiguar en unas horas, que diantre es esta lavativa a la que denominan taller sin autos ni repuestos. Entusiasmado estaba, en realidad andaba henchido de curiosidad, por saber si era aquello, lo que esperaba yo que fuese...  

Abrimos las acciones con un cuento intitulado “El pobre Juan”, lo había escrito Abraham y el mismo repartió unas copias, se ve que había venido preparado. Nos leyó el cuento, cuidadosamente, una preciosa joven a quien Eduardo presentó como una veterana tallerista. Sufrió un par de tropiezos al enfrentarse con más de cuatro fallas gramaticales las cuales saltaban a la vista, zapateaban del texto por elementales. Elogiosos comentarios circularon. Hubo quien dijo. ¡El cuento me pareció una fábula de Esopo! Se comentó lo simple de la anécdota y lo sencillo del lenguaje. Yo, inexperto, salí opinando sobre lo pintoresca que me parecía la construcción gramatical estructurada como poesía, y luego de protestar por los horrores de la ortografía terminé criticando ciertas indefiniciones no muy bien afirmadas en el cuento. Eduardo atento riposto al instante: “es el espíritu del texto lo que debe prevalecer”. Me sentí cual odioso cazador de gazapos, quise decirles que no era mi intención el asumir el rol de corrector de manuscritos, pero ya no había tiempo para disquisiciones, Eduardo nos hablaba sobre el ritmo, la puntuación y como percibir las emociones y las cadencias cuando se lee en voz alta. La puntuación se escucha, se evidencia, se siente, cuando te escuchas a ti mismo en la lectura. Atiéndele a la rima y a la métrica, deja volar tu esencia, mas recuerda, lo que cuenta es el texto. Poeta, examina tu sólida presencia, acércate a ese encuentro espiritual, vale cualquier pretexto. La poesía como la religión precisa de un ritual. El escritor es la memoria de su tiempo, testigo de su época. Cualquier persona puede en un momento imitar a fulano, a un autor de su gusto o preferencia, ten tu punto de vista y cuídate, no sea que te conviertas en un exegeta Borgeano, ese riesgo lo corres en ocasiones buscando una prosa efectista. Aquí el estilo es libre y soberano, hay quienes gustan de textos hiperbólicos, tú mi hermano, expresa lo que sientas, escribe con el alma en la mano, muéstranos ese mundo interior. No te enajenes Jorge, tú, ¿quieres ser escritor?, ¿tú quieres ser poeta?, responde de una vez, hazlo muy francamente vamos, ¿conoces el secreto?, no es otra cosa sino la sencillez, la clave está encerrada en llevar al extremo la economía de los medios de expresión.  Un día oirás a la gente decirte, mira chico, no me vayas a meter en tus cuentos, te lo dirán y tú serás el escritor y se estarán allí mirándote cual un malvado bicho, esperando en silencio, con el deseo larvado de hallarse algún momento al manuscrito incorporados. ¡Es la pura verdad!, no son patrañas, ¿ustedes se emocionan con el realismo mágico? Rebelais utilizaba esos recursos hace unos cuantos años, muchos antes de nacer Alejo, y Aracatá tampoco había visto balbucear al Gabo y si tú quieres puedes considerarlos trucos, decir, son artimañas, o quizás artilugios, pero tienen su valor, tienen sentido, hay todo un bagaje cultural en las palabras, las letras, las frases sueltas, son, ¡el lenguaje! Los comentarios más banales pueden mostrarnos a un Felisberto Hernández transformando en lápices afilados puñales. Robbe Grillet por el contrario se la pasaba deshumanizando los objetos. Quizá lo que pensemos los humanos puede ser obsoleto. ¿Cómo entender al perro que a pasear saca a su amo? Amiel muy inspirado siempre nos decía, lleno de sentimiento y con profundo dejo, que solo somos “copia de copias reflejo de reflejos”. Entonces alguien viene y lo interrumpe y le pregunta, si no es posible que el lenguaje por abigarrado se transforme en una cosa obtrusa. El barroco nace precisamente de aproximaciones, crece como la verdolaga, hay quien espera siempre hallarse ante una prosa llena de destellos, fulgurante, cada vez más llena de matices, más brillante, luciendo sus excesos. Pudiésemos decir meditabundos y con un cierto tono franciscano, desconfía de aquellos que sus aguas enturbian haciendo intentos por parecer profundos. No es tan niche ese pensamiento prusiano...  

Del taller en el ángulo oscuro, pensando en Segismundo me he detenido en el recuerdo de los girasoles de la Madre Rusia de zoviets y de zares. Al anciano Tolstoi rememoramos, tal vez el viejo aspiró en sus jardines con el aroma de azahares y jazmines aquel genial secreto de la difícil sencillez. Tolstoi atrapaba las palabras precisas. Sencillo, más no simple. Diafanidad de un Borges o la de Mallarme, quien siendo un poeta misterioso pudiera compararse con aquel muchacho de Fray Bentos, Funes El Memorioso. ¿Tú ves? Se diáfano mi hermano, empátate en una de claridad absoluta, cual Borges meridiano, sumérgete en la profunda sencillez del creador del Aleph y de tantos espejos, usa un lenguaje llano, no te compliques en circunloquios pretendiendo expresar las horruras del pensamiento humano, la intelectualidad entonces te arrebata escotero, como en Madrid, en aquel Chicote postrimero y barajo a la crem de la cream.  Continúa y finaliza mañana

Maracaibo, miércoles 23 de junio del año 2022

miércoles, 22 de junio de 2022

La Oclocracia

 La Oclocracia

Aldo Mariátegui, un periodista peruano se preguntaba hace poco por “las redes”: “¿Por qué somos tan estúpidos?” para finalmente rematar un interesante artículo  preguntándose de nuevo, si acaso estamos destinados a ser una segunda URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Suramericanas) y al concluir en que Iberoamérica es el mejor ejemplo de que el concepto de OCLOCRACIA se transforma en algo absolutamente válido en Ciencias Políticas, finalizaba

en palabras más rústicas preguntándose ¿Por qué somos tan pendejos”

Oclocracia o gobierno de la muchedumbre (en griego es ‘el poder de la turba’) es una de las formas de degeneración de la democracia, así como la monarquía puede degenerar en tiranía, o la aristocracia en oligarquía. ​ A veces se confunde a la olocracia con la tiranía de la mayoría, dado que ambos términos están íntimamente relacionados.

Por ello es importante destacar lo que el filósofo Mackintosh, recordaba, y es que existe la anaciclosis (una teoría cíclica de la sucesión de los sistemas políticos, ya mencionada por Maquiavelo), donde la oclocracia parece ser el peor de todos los sistemas políticos, constituyendo el último estado de la degeneración del poder.

Polibio llamó “oclocracia” al fruto de la acción demagógica: Cuando la democracia, a su vez, se mancha de ilegalidad y violencias, con el pasar del tiempo se constituye la oclocracia”.  Polibio describe un ciclo de 6 etapas que hace volcar la monarquía en la tiranía, a la que sigue la aristocracia que se degrada en oligarquía, luego de nuevo la democracia piensa remediar la oligarquía, pero zozobra, ya en la sexta fase, configurándose como oclocracia, donde no queda más que a esperar “al hombre providencial” que los reconduzca a la monarquía.

Durante la Edad Media se diferenció el concepto de “pueblo” del de “muchedumbre” promovido por Thomas Hobbes(1588-1679) e imperante hasta nuestros días. Según Hobbes el conjunto de ciudadanos queda simplificado en una unidad como cuerpo único con voluntad única, aunque sea una muchedumbre puede ser considerada como pueblo, mientras que el concepto de multitud rehúsa de esa unidad conservando su naturaleza múltiple. De manera que no hay que confundir el concepto de “muchedumbre” con la noción de “multitud” promovida fundamentalmente por Baruch Spinoza.

Jean-Jacques Rousseau, enEl contrato social  define oclocracia como "la degeneración de la democracia", y según elVindiciae Gallicae de James Mackintosh (1765-1832) la oclocracia es la autoridad de un populacho corrompido y tumultuoso, algo como el despotismo del tropel, nunca el gobierno de un pueblo.

Aldo Mariátegui nació en Lima en diciembre de 1964. Estudió primaria en el Colegio Inmaculado Corazón y secundaria en el Colegio Santa María Marianistas de Lima. Luego estudió Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú; e hizo cursos del doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid; tras concluir una maestría de periodismo del diario El País, en convenio con la Universidad Autónoma de Madrid en España.

Mariátegui es un personaje controversial para los medios peruanos. En noviembre de 2015 publicó el libro El octavo ensayo, libro que es tanto una historia pormenorizada de la izquierda peruana como una dura crítica contra ella. En 2016 Mariátegui empieza a conducir por primera vez en radio un programa llamado Aldo Mariátegui en Capital en Radio Capital.

Fue editor de la sección de Economía del diario peruano El Comercio, subdirector del diario peruano Expreso y director del diario peruano Correo. En Latina en 2010 estuvo en el noticiero matutino A primera hora; condujo, desde 2011 hasta enero de 2017, el programa Sin medias tintas. A pesar de tener contrato vigente hasta diciembre del 2017, Latina no solo rescindió sin motivo sus servicios, Mariátegui los demandó en el Poder Judicial en lo laboral por su contrato aún vigente y el proceso legal acabó en una transacción extrajudicial a favor de Mariátegui.

En sus columnas Mariátegui popularizó el término caviar para referirse a los izquierdistas que no proceden de la clase trabajadora. Como director de Correo escribió diariamente una columna de opinión que por sus frases mordaces contra la izquierda resultaría muy polémica. Actualmente trabaja en el diario peruano Perú.21 En 2019 inició un programa de opinión llamado La Hora Caviar que fue transmitido por Willax Televisión y actualmente dirige su microprograma Yo Caviar, transmitido por Willax.

Para presentar ante ustedes a Mariátegui como un periodista combativo, regreso a copiar una parte del prólogo de mi novela “Ratones Desnudos” donde hablaba sobre el trabajo profesional de un periodista, “Él se esforzó durante un par de años por indagar sobre el meollo de esta historia, se acercó a ella buscando una aproximación íntima, y fue bebiendo de las propias fuentes. Le vi,“ir a por ellas” como me decía él riendo, una entrevista tras la otra, con la constancia y la pasión de un verdadero periodista (“comunicadores sociales” les dicen ahora, y años atrás eran, “el cuarto poder”). Hernando luchó denodadamente por esclarecer la verdad. En nuestros tiempos estos hombres y mujeres, han pasado a ser casi los únicos que afrontan la realidad de los hechos cambiantes. Ellos libran sus batallas en el plano profesional, plenos de valentía, algunas veces corren más peligros que un reportero de guerra en los Balcanes, pero salen adelante”.

Confiaremos en que los periodistas que puedan decir y escribir lo que piensen han de sobrevivir a este desparrame de populismo desbordado ya y desde hace años de las marmitas del Foro de Sao Paulo.

NOTA: La referencia al artículo es de: “La Nueva antorcha” Periodismo de verdad.com

Maracaibo, miércoles 22 de junio del año 2022

Ballenas, piratas y películas

Ballenas, piratas y películas

Cuando querer investigar era volverse submarino con ballenas, piratas y otros peces grandes del cine era todo como cuando estabas chiquito… Hace siete años, el día 24 del mes de junio del año 2015, escribí este enunciado para relatar cosas que quisiera repetir hoy, con algunas ligeras variaciones…

Años ha, me dijiste vos riendo, pero a mí me constaba que tus proyectos para hacer investigación experimental, o ultraestructural, o neurobiológica en tu tierra resultaron, un “fao al stand”. Así los describiste vos mismo. Sumadas a disparatadas complicaciones personales era por demás evidente que en las primeras de cambio ibas a tener grandes dificultades. Ya te las habían planteado precisamente tus colegas, los mismísimos compañeros de tu propia universidad.

Recuerdo que me explicaste como al estar recién llegado del norte (es una quimera, ¡que atrocidad!), a quienes les hablabas de tus proyectos, les parecían absurdos. Lo elemental (¿pensarían que era el queso?) era que a nadie le podrían interesar porque sencillamente, eran “vainas improductivas”. ¡Lo importante son los cobres mijo! Eso te lo decían y te lo repetían. Al relatarme estos hechos, recordé a mi amigo Robert SinMarcas, quien dice ser un escritor frustrado, y quien siempre insiste en que la nuestra la de esta ciudad es una sociedad de fenicios. La investigación que en principio no produce dinero, es una actividad crematísticamente improductiva, e indudablemente, entre fenicios, insistir en la investigación científica siempre habrá de parecer un exabrupto. 

Además, todos te decían que la investigación no era actividad para ejercerla en estas latitudes e insistían en que no era un trabajo compatible con estos climas tropicales, ni era posible entre nosotros como pueblo hispano-parlante. Te repetían que, deberíamos dejar esas cosas para los gringos que tienen muchos dólares. Estas y otras más y mucho peores te las machacaban a diario, todos sin excepción, como en una especie de coro en perpetua y persistente negación (perdón, sé que había una excepción: tu padrino). También sé que es muy cierto lo del rechazo a la investigación, y no ha variado mucho con el correr de los años. En los tiempos actuales es mil veces peor…

Así fue como me contaste todo aquello y así debo creértelo pues me consta que, en nuestro país, “así son las cosas”, como lo repetía el periodista Oscar Yánez, lamentablemente ya difunto. Recuerdo haber oído tus explicaciones sobre los esfuerzos por convencerles, sin lograrlo. Finalmente, para vos, tu regreso se transformó en una tragicomedia. Ni un Martín Romaña como el de Bryce lograría una constelación de eventos tan disparatados y rocambolescos como los que vos protagonizaste. Esto, lo afirmo yo. 

Cuando te preguntaban para qué puede servir tanta publicadera de experimentos, de vainas sobre animales enfermos, ¡y en revistas que están otro idioma!,(¡pa cojones!, así te decían), me comentaste que vos no sabías si reír o llorar. Estaba visto que sin existir ni una pizca de interés en tus interlocutores, tu esfuerzo no tendría mucho sentido y supusiste que sería mejor margullirte, hacerte el loco y transformarte realmente en una especie de investigador submarino. De allí surgió la idea y conquistase ese apodo, serías una especie de Maik Nelson, el investigador submarino y habrías de distinguirte cómo un personaje singular siempre errático en medio de tus elípticas elucubraciones sobre el trabajo científico, la vida y el amor.

Me lo explicaste de esa manera. Era submarino. Así sería, me dije, y recordé a James Mason en el Nautilus, para luego pensar en Ismael, el grumete de Melville, y mi mente regional me llevaba de vuelta a otro Ismael, regresaba a Ismael Urdaneta, el legionario poeta, pues era evidente que la lucha en tus predios parecía transformarse en una batalla que aparentemente científicamente tendría que ser librada a largo plazo. A propósito de Ismael y de Moby Dick, que fue uno de los libros preferidos como lectura infantil de Pablo Antonio, mi hijo en sus años de infancia allá en nuestro hogar caraqueño, en la Avenida El Parque de Las Acacias. 

Igualmente, creo recordar que utilicé el símil de la ballena blanca para uno de mis personajes femeninos, la seductora valquiria maracaibera Alicia Barrera de mi novela “Escribir en La Habana”. En realidad, he llegado hasta aquí con los recuerdos y estoy regresando a hablar más del cine que de la investigación… Es que caí, sin querer en el tema de las ballenas y de los balleneros quizás porque tuvieron siempre un poderoso atractivo para mí… Dibuje una historieta gráfica, que podrían denominar “comic” para entendernos mejor, la hice durante el bachillerato, y la tengo en cartulinas y coloreados cada cuadro con creyones prismacolor. Trataba yo el tema de un ballenero, el Forward, y en sus cuadros dibujaba con afán la caza de ballenas, antes de que existiese la película de la ballena blanca de Melville.

En realidad, ya lo dije antes, Walt Disney había creado el Nautilus de Julio Verne en 1954 para sus Veintemil Leguas de viaje submarino y James Mason como su capitán me gustó en su sobria actuación, más que Gregory Peck como Ahab al frente del ballenero Pequod, (sin duda que mejor estuvo en Matar a un ruiseñor) aunque la imagen de Orson Wells como el predicador en el Moby Dick de Disney, en una noche tenebrosa fue inolvidable. En 1956, John Huston dirigió aquella película, Moby Dick, protagonizada por Gregory Peck, con Richard Basehart, Leo Genn, James Robertson Justice, y Orson Welles en los papeles principales y el guion, basado en la novela de Herman Melville, fue escrito por Ray Bradbury y John Huston.

Ahora que lo nombro, quiero recordar que Ray Douglas Bradbury (1920-2012) un escritor estadounidense del género fantástico, (https://bit.ly/2NSNil5) de terror y de ciencia ficción, conocido por sus obras “Crónicas marcianas” y la novela “Fahrenheit 451”. Por primera y única vez, Ray Bradbury aceptó elaborar el guion final de una película y con John Houston trabajó duramente para hacerlo en Moby Dick. Estuvo ocho largos meses en Irlanda dedicado a hacer su trabajo para el que se leyó nueve veces la novela asegurando que terminó en una horrible depresión sintiéndose aplastado, casi transfigurado por la figura de Melville. Bradbury no sólo cultivó la ciencia ficción y la literatura de corte fantástico, también incursionó en el relato policial. Su prosa caracterizada por una gran universalidad también escribiría acerca de la condición humana y sus temáticas fueron logradas a través de un estilo poético. 

Regresando al tema que nos ocupa, algunas escenas de Moby Dick fueron grabadas en la costa oeste de Irlanda, pero el director decidió que en ese lugar la película tendría una atmósfera lúgubre, y sólo se filmaron allá en días de niebla. Los exteriores de Moby Dick fueron rodados en aguas de Gran Canaria y de la portuguesa isla de Madeira donde se hicieron reales tomas de la caza de ballenas, lideradas por los balleneros madeirenses. El rodaje en la bahía de Las Palmas de Gran Canaria se realizó durante la Navidad de 1954, y la presencia en la isla del director de cine John Huston y del actor Gregory Peck hizo este rodaje muy importante en las Islas Canarias.

En unos astilleros del Puerto de La Luz en Las Palmas de Gran Canaria la casa Firestone construyó la maqueta de la gran ballena blanca y para la secuencia final de la película estuvieron presentes en Canarias varios especialistas de la cinematografía norteamericana. En sus memorias, John Huston relató cómo el plano más importante de la película, aquel cuando el brazo inerte del capitán Ahab a lomos de la gran ballena blanca se mueve al vaivén de las olas como señalándole a sus marineros que prosigan la caza, surgió de forma imprevista, gracias a una mezcla de fortuna y pericia por parte de los técnicos que se encargaban de transportar sobre las aguas la gran maqueta del animal.

Curiosamente, el barco que se usó para la filmación de esta película fue la goleta de 1870 utilizada para la grabación de Hispanola, la adaptación de Walt Disney de La isla del tesoro, la novela de Stevenson (https://bit.ly/3xOwa7M). Esta observación me retrotrae a mi infancia y al libro de Stevenson. Leí muchas veces La isla del Tesoro y me aprendí de memoria un poema en su inicio que siempre pensé era del autor y que no resisto la tentación de escribirlo, aunque sea linealmente como si fuera en prosa: Si las leyendas de islas ignoradas/De tesoros ocultos, de bandidos/De naves y goletas destrozadas/De náufragos perdidos/De piratas y efigies del Averno/Que en mi mocedad fueron lectura/Te interesan a ti, lector moderno/Abre y lee este libro de aventuras. Si por lo nuevo echaste en el olvido/A los Kingston, a Cooper el viajero/Al viejo Ballantyne, tiempo perdido! / Deposítalos conmigo en una fosa/Donde reposa la musa que inspiró libros tan bellos/Libros y autores, todo en una fosa.


Regreso a La isla del tesoro que Disney produjo después de la adaptación de la novela de Robert Louis Stevenson emprendida por Victor Fleming en el año 1934. Walt Disney encargó una nueva versión a Byron Haskin conminándolo a que se centrase en la relación entre Jim y John Silver. Tal opción conllevaba cierta fidelidad no sólo hacia la historia ideada por el escritor, sino también hacia su sentido dramático y lo cierto es que para mí resultó inolvidable el papel de Robert Newton como John Long Silver con un ojo que giraba casi independientemente y de Bobby Driscoll como el niño Jim Hawkins en aquella película del año 1950. Todavía recuerdo el loro gritando “piezas de ocho, piezas de ocho”.

Con tanto mar y peces grandes no es posible dejar de mencionar la aventura de un viejo lobo de mar: Santiago en El viejo y el mar (Spencer Tracy en 1958, o Anthony Quinn en 1990), quién tras 84 días de mala suerte sin pescar, se hace a la mar con el objetivo de atrapar un gigantesco pez espada. John Sturges, Henry King y Fred Zinnemann, dirigieron el film en 1958 (The old man and the sea) basado en la novela homónima de Ernest Hemingway; la fotografía y actor (Spencer Tracy) fueron nominados al Oscar ese año 58 y ganaría la banda sonora del film dirigida por Dimitri Tiomkin. 

Pero como hemos hablado de mamíferos y peces grandes, no debo dejar de mencionar el film de Tim Burton Big Fish, con Ewan McGregor, Albert Finney, y Jessica Lange con las interminables y fantásticas historias que cuenta el padre (Albert Finney) de William Bloom (Billy Crudup) quien padece una enfermedad terminal. Como comentario final, con tantos regresos a la infancia o adolescencia y el cine, debo mencionar a Bbby Driscoll porque el niño actuó para Walt Disney en Canción del sur (1946), y en Dentro de mi corazón (1948), y ya lo mencionamos en La isla del tesoro (1950), filme donde en ese año recibió un Premio Óscar Juvenil por su excelente trabajo actoral y quien igualmente sirvió como modelo de animación y le dio la voz al personaje principal de Peter Pan la película de dibujos animados de Disney del año 1953.

El personaje inolvidable del niño que no quiere crecer y vive en la tierra de Nunca Jamás, del escritor inglés James Matthew Barrie, (https://bit.ly/3dZcnbF) famoso por haber Peter Pan, basado en sus amigos, los niños Llewellyn Davies En 1904, el año en que la obra de Barrie, “Peter Pan, o “The Boy Who Wouldn't Grow Up”, debutó en el Duke of York's Theatre de Londres y ha sido llevado al cine en más de 15 películas, algunas poco conocidas, sin duda, para mí en particular me resulta inolvidable el film de Steven Spielberg Hook: el capital garfio (1991), con la genial actuación de Robin Williams.

Maracaibo, miércoles 22 de junio del año 2022

martes, 21 de junio de 2022

Un lugar en La Habana

 Un lugar en La Habana

Linda turista de mirada clara, estarás cómodamente instalada en tu guagua elegante. Avanzarás por la avenida del malecón y en la distancia verás El Faro, El Castillo del Morro y La Cabaña y arriba el firmamento de un azul muy límpido y un mar de malaquita que se pierde en la bruma de la mañana, cuando súbitamente el autobús tuerce hacia la derecha y nos metemos entre las calles de la vieja ciudad.

 

Tú mirarás con atención los ventanales y los cables cruzados en el cielo, las rejas y balaustres de los balcones desconchándose, los portales con capas de pintura de colores absurdos y miríadas de mosaicos coloniales adornando el zócalo de las casas. Yo soñaba mirándote con volver al lugar, hallar de nuevo el sitio, la escalera, el umbral y la puerta, ingresar al recinto sagrado... Tú observarás detalladamente las paredes de hojaldre y notarás como los frisos pardos muy cuarteados muestran sus ladrillos porosos, protuberantes esponjas de granito. Pienso que estoy soñando con una escena vivida en el pasado y entretanto te detallo sentada, atenta, tú pareces ir entreteniéndote al mirar el desfile de las casas calle abajo. Ventanales opacos y rejas herrumbrosas, retorcidas enredaderas vegetales, filigranas de hierro ya oxidadas y las piedras, gibas chispeadas de nácar y los leprosos corredores ¿quizás nimbados de almizcle y de amoníaco?, oscuros, misteriosos, escondiendo el umbral, ¿la puerta que conduce al oculto lindero? Aquel lugar en el alto y las cortinas batiendo con la brisa del norte y la cama...

 

El mar te acechará en el recodo de cada esquina, te perseguirá a la vuelta de cada iglesia, en las arcadas de cada plaza y detrás de las columnas y los portones enrejados corroídos por el verdín. Jade en el horizonte y momentáneamente, la línea que se asoma a lo lejos me lleva de tu mirada clara al zaguán con sus escaleras de mármol. Ascender hasta el sitio, ¿en cuál calle?, ¿cuál fue la puerta? El mar Caribe se asoma y te sorprende. Sentirás como un vaho que acuchilla la ciudad. Son los vientos alisios, los trae a rastras ese cálido soplo desde el fondo del abismo verde, allá, distante muy al norte, donde el cañamelar es infinito y se mueve erizado de agujetas ambarinas, se te pierde de vista... Percibirás transformadas en fosforescentes erizos de ámbar todas las piedras y la argamasa toda, apegostrando el esqueleto de la vetusta ciudad colonial.




 

Yo te observaba silencioso, deseando compartir contigo cada hallazgo, cada detalle y pensé entonces que eras Alicia, joven turista de mirada clara, bajo un cielo de plomo derretido y de cinabrio y luz, y un centenar de banderolas tremolando, rojas, muy rojas ondeando al viento mientras tú, de visita en al país de las maravillas observas la ciudad en la guagua y yo examino tu perfil, hurgando entre las ruinas en pos de aquel lugar oculto, busco una pista, un indicio que me señale el rumbo hacia el sitio perdido, posiblemente en algún rincón, ¿ángulo oscuro entre los muros?, ¿o un simple vericueto de mi mente?...

 

Calcularás el paso de los siglos admirando la arquitectura que corre ante tu vista. Senilidad escrita grieta a grieta en callejuelas y portales, en las cornisas y en los frontispicios, detallarás lágrima a lágrima la redecilla de oro desdibujada sobre las fachadas, brillando encima de cada mosaico, fundida entre adoquines, sobre lajas y fragmentos de lapislázuli con estrías de mango petrificado, con chorretes de jade y aguacate de loro y de perico, alternando con salpicaduras bermejas de guayaba. Y en ese instante torcerá el autobús y en la siguiente esquina, ante un friso cuarteado ascenderá rápidamente tu mirada, ablandando oquedades magenta. Tú ansiosa, yo esperanzado, he presentido que sé cuál era el sitio, lo he hallado, pienso, es el lugar, me lo digo y subo, casi voy saltando, con desesperación avanzo escaleras arriba sobre el mármol mohoso que se pierde ascendente en la densa oscuridad del zaguán y se repite y se repite paso a paso, subo ¿hacia dónde? Muy pronto estaré ante una puerta, por la escalera voy hacia el umbral, el secreto lindero, voy hacia aquel lugar...

 

Tú distraída, suspirarás volteando a la derecha y notarás todo un desmigajarse de edificios recargados con balcones churriguerescos. Entre la luz de la mañana tibia, los paredones y filas de balaustres lucirán ante ti aureolados de un grumoso resplandor, polvo dorado encandilante, como una pátina sagrada. Es el sol tempranero que bruñe la ciudad colonial, y tú verás como todo se desplaza a tu lado y gira con la guagua circundándote. Cuando el bus tuerce nuevamente a la izquierda, el sitio se me escapa, el cuarto en aquel alto, donde el viento bate las cortinas todo el tiempo, se me va alejando y yo comienzo a preguntarme cosas.

 

¿Tú en la cama? Entonces creo sentir un soplo gris y cochambroso, pareciera adherirse a las paredes, a mis recuerdos, a todos los mosaicos de los muchos zaguanes y a los portales, siento como empegosta el piso de los vestíbulos, enrarece el aire de tantas madrigueras similares, colmenas compartidas, hambre tercermundista, ¿y las brigadas, y los cedreristas?, ¿y la legión de alfabetizadotes?, ¿los comités de base? Ecobios, compañeros, ¿dónde están todos?, y aquel sitio en lo alto, cerca del cielo, ¿yo contigo en la cama? ¿Dónde rayos se fueron? ¿Cómo hallarlos? Covachas y tugurios cuadra a cuadra, ¡gusanos del glasnot!, venceremos, es patria o muerte, mayameros, ¿internacionalistas?, marielitos, ¿qué fue de Angola?...

 

Un zumo gris y espeso cubre uno a uno cada escalón de mármol y yo te miro nuevamente, estoy pensando Alicia, te veo escudriñando con tu mirada clara tan solo un lado del espejo, cada vez más me parece que vivimos en el país esquizofrénico que inventó Lewis Carroll... Entonces en silencio tú te sorprenderás porque a pesar de todo lo existente, nada logra opacar tanta belleza subyacente. Entretanto se enrumbará el autobús por una amplia avenida y yo sigo queriendo detectar algún imperceptible resquicio hacia el pasado, el sitio aquel, ¿contigo?



 

Presiento que tú estarás inventariando una por una las farolas en los postes de hierro, los vas dejando atrás en cada cuadra, no logras entrever los personajes, tú los imaginarás examinándote, aprovechando las estrechas hendiduras en los portales, en las ventanas y en los oscuros socavones sostenidos por arbotantes y paredes cuajadas de mosaicos decorados a mano, delineados por fragmentos de ámbar. Es esa especie de fulgor de la mañana, filtrado entre las grandes piedras, fundido con los arquitrabes coruscantes, brillando en botareles de granito sobre volutas pétreas incontables, orificadas todas por el aire del mar. Tú atisbarás las entreabiertas ránulas de polvorientas celosías y tu mirada clara traspasará raídos cortinajes, desgarrados harapos que acaso esconden centenares de ojos, mirándote pasar, tú de turista fina, ¿y ellos?, ocultos para ti...

 

Desde el ángulo de mi asiento he venido observándote y estoy sugestionándome, eres Alicia, reflejada en el vidrio gigantesco de la elegante guagua. El azogue devuelve tu figura incólume. No es posible que hayas subido tú mis escaleras, que fueras tú adelante por el zaguán, ¿en otra vida?, y el viento norte y aquel amanecer de malva, y las cortinas dejando entrar la claridad sobre las sábanas y a lo lejos la CMQ soneando... Pero tú estás tranquila, linda turista de mirada clara. Detallarás las tejas, los aleros, los nidos fabricados sobre los cables de la electricidad enmarañando el cielo, hilos que van y vienen de una a otra pared y las aceras fracturadas alternando gris plomo, almagre y pura tierra con un azul de Prusia desleído, notarás como ahora todos los vertederos son riachuelos orillados con detritus y limo burbujeante en una mezcla de humedad vegetal originada en la misteriosa paz de silentes recintos, encerrados...

 

Tal vez la música vendrá a quebrar el arcano silencio, denso como el olor a vainilla, cálido aliento natural, y presiento tu voz. Aspiro las húmedas emanaciones creciendo como la malanga, se diseminan con el son y emergen por cualquier resquicio. Se percibe el ruido de timbales, tumbadora y bongó, soneando, y con el güiro, las notas del requinto emergen sibilantes, entre los muros, se filtran bajo los portales de madera protegidos por férreos alamudes, cual micciones internas, evacuadas soneando sobre las aceras, salpicando desde los orificios casi obstruidos por musgo rojinegro, eructadas, escucharás la flauta y el montuno reverberando, floreciendo entre piedras...

 

Entonces tú respirarás profundamente y yo quiero saber que estás pensando, ¿que existe en tu cabeza?, dentro de la elegante guagua de turismo, ¿acaso tú conoces el olor de la sábila?, ¿y el de la hierbabuena?, quizás sí,¿ y por qué no el perfume del humo al cocinar con leña?, ¿sabes a lo que huele el sándalo?, o tal vez el aroma de un café muy caliente, humeando, matutino café, quizás todo mezclado con el sudor espeso y salitroso de la ciudad, transpiración cristalizada por el tufo marino que nos arropa a todos y se acurruca en el lugar de los recuerdos, se agazapa acechante, en el sitio, saltará sobre ti, cancerbero vigilante, está esperándome, verme pisar el secreto lindero, la escalera y el umbral y la puerta, y luego, las cortinas que se mueven, y el son soneando, y el perfume almizcloso, amoroso, mientras miro los techos, los vitrales y los tendederos, y al voltearme estarás tú, sola tú, en la cama, sonriendo, cariñosa...




 

Tú, admirarás en las paredes de la antigua catedral las floretas de piedra, rosetones de arcilla desconchando un tinte ocre, ¡tallados en la roca desde hace tantos años!, y te imaginarás manos esclavas trabajando, techos plenos de estuco, cielos rasos cuajados de bajorrelieves en escayola pura, abarrotados de angelitos volando, frisados años atrás, ¿por cuales manos?, por dedos lucumíes, ¿mambises?, quién sabe si por blancos peninsulares. Siglos atrás, ¿maestros dirigiendo cimarrones?, garras para moldear en yeso los piñones, las naranjas en piedra, frutillas de granito y lanceoladas grandes hojas de tabaco se separan para dejarte ver regordetes y sonrientes cupidos, escondidos, trás unas matas de plátano… Hoy es absurdo verlos a todos recubiertos por capas de pintura exageradamente verde y amarilla y hasta rosada algunas veces...

 

Y de nuevo cruzamos y es el mar que se asoma a tu ventana, y muestra chispas muy brillantes, y yo admirándote como en un doble espejo, estás tú y el mercurial reflejo de tanta arquitectura colonial, por lo que pienso en don Alejo, Alicia reflejada, ¿te atreverás acaso a atravesar al otro lado del espejo?, ¿descenderás por la escalera hasta llegar al sótano de la joven Viterbo?, quizás existe un ángulo que muestre un poco más que la charanga soneando con el viento, y el cálido perfume de sus axilas de humo, ¿pudiera ser el sitio aquel donde a Oliveira se le enredaron todos los hilos de la vida? ¿Hallarlo un solo instante? Alicia de ojos claros, turisteando en este paradíso surrealista y yo aquí estoy, sentado y en silencio, disfrutando de tu perfil y el par de cielos pestañeando, de este lado conmigo aquí está el güiro, la tumbadora y el bongó. Suena el requinto y un eterno montuno desde hace rato no me dejan soneando en mis orejas...

 

De pronto, ¡unos andamios!, ellos ascienden hasta el cielo y pensarás, ¡al fín!, existe un ser intentando una restauración. Has fijado la vista en los andamios, entre portales, claveteados con pernios herrumbrosos sostienen una pared repleta de verticilados y limpios estoriles, brillan fragmentos de conchuelas marinas, entonces tú imaginarás, ¿quién sabe quién vivirá tras el zaguán oscuro de la casa?, siendo restaurada muestra los mismos escalones de mármol, desgastados y sucios, por ese gesto de los pies de la calle, ascendiendo, lamiendo paso a paso las escalinatas, para subir al sitio...

¿Hace ya cuantos años? Quizás si fueses tú, me mirarías escaleras abajo y el sol pincelaría de cadmio la puerta de la calle, y tú, desde el umbral atisbando el secreto lindero, ¿hacia aquel lugar?, ¿traspasar la cortina de azogue? Alicia volteó entonces. Me sentí descubierto. Ella sonrió y yo iluso, presentí que iba a darme alguna explicación plausible, mi corazón soneaba retumbando en mi cráneo, la orden expresa la dio la reina roja, ella volteó discretamente de nuevo hacia el espejo o ventanal y un coro como el eco cambió el ritmo del son por chachachá e iba repitiéndome absurdamente, que le corten, la cabeza, chachachá, que rico vacilón...

 

Debo estar loco, puedo jurarlo. Lo pensé con toda la seriedad del caso, esto es ya demasiado para este viaje al paradíso, un exceso de surrealismo tropical es siempre bueno, ¡pero no puedo estar llegando a estos extremos! Ya la elegante guagua de turismo va saliendo del casco de La Habana. El autobús piafando emite bocanadas de gasoil, la máquina ronronea bajo el sol. Tu mirada, querida Alicia es anodina. Ahora me convenzo de que tú no eras ella, ¡nada que ver!, sin duda alguna, linda turista. ¿Cómo hacerte entender el secreto del sitio del ventanal y las cortinas siempre batiendo con el norte? ¡Nunca jamás! ¿Tú, una bella mulata con cintura de avispa? ¡Que locura! ¡Un solo disparate! Tú no eres náñiga, ni conoces a mis amigos abakúas, ¿disfrutarás el son con los ecobios?, quizás, pero, no sé...

 

A lo lejos, después de atravesar el túnel, se divisa la ciudad frente al mar. Una vaharada de algas desde tan lejos pareciera impregnarla. La has admirado un largo rato, la has visto carcomida por el caribemar, mientras arrebujada en tu confortable sillón reclinable, una, dos, tres posiciones hacia atrás, vas paseando en la guagua y ahora cierras los ojos, se apaga la claridad de tu mirada. A la izquierda podrías detallar el mar Caribe, late lleno de luz, ¡ah!, si acaso pudiese ser posible incorporarte compañera en la milicia activa, ¡imaginariamente! No te asustes Alicia, ingresar al propio movimiento marxista y claro está, ¡a la historia!, la del hambre, perdón, ¡del hombre nuevo y me gruñen las tripas! Acaso puede ser posible, tan solo ondearte a la tropa solar, si conocieras el lugar aquel, con la escalera, la puerta y el umbral, el sitio en mi memoria, claro que sí. ¿Y la bella mulata? Desde lejos puedo escuchar la radio Habana, no más CMQ con sus timbales y el bongó, es clara la mañana...

 

Ante el espejo estás tú, Alicia, y también está el tiempo. Favorece siempre a los pequeños, a los ecobios, muchachitos desnudos, mis aseres, el sistema les ofrece todo, nunca padecerán, todos iguales, valle de lágrimas, el tiempo está a favor de sueños buenos y se pronuncia a golpes, apurado. El tiempo es la suma del coraje. Resistir, ¿hasta cuándo? Siempre te quedarán sobrando unos recuerdos, ellos nutren las ilusiones... Todo se ha vuelto incandescente, la guagua avanza rauda y tú duermes, o simulas dormir, no lo sé, tal vez estemos detenidos en el tiempo, ¿estáticos? No, yo no lo creo. Prefiero imaginar que vamos avanzando, me acompaña la música y las viejas canciones, vamos hacia ese mundo que aún permanece oculto para algunos, yo sé que está allá arriba, tras la puerta, en el sitio de las cortinas que baten con la brisa del norte y tú me esperarás bajo las sábanas, ¿sientes que es fresca y dulce la mañana?, ese es el sitio, el lugar en La Habana.

NOTA: este trabajo ya fue publicado en este blog hace 10 años, el 22 de enero del año 2013

 

Maracaibo, martes 21 de junio del año 2022