Desde la cima de la sexta sierra entre el follaje
de los inmensos árboles, al fin logro ver lo que nos señala el baquiano. Allá
abajo, me dice, allá está Saimadoyi.
Yo sólo detecto unas chozas y cuatro bohíos que lucen gigantescos en el azul
lejano, descansan como monstruos grises, rectangulares, dinosaurios de paja
petrificados, echados sobre la tierra y circundados por un halo de turgente
verdor. Puedo notar como desde el centro del sitio, una columna de humo se
eleva y me doy cuenta de que puedo ver a los indios como hormiguitas que se
mueven entre los bohíos. Poquito a poco, inadvertidamente las mulas comienzan
el descenso y entretanto yo repaso en mi mente toda la información acumulada
desde mi niñez. Voy y vuelvo, está totalmente codificada, se refiere a los
indios motilones, hago cortocircuitos eléctricos, ellos vienen estimulando una
súbita activación de las sinapsis, mis neuronas, van vomitando impulsos que
ensamblan la nueva información, ella penetra por los ojos, los oídos, el
olfato, más mi conciencia las registra y asimila y la coteja con recuerdos e
ideas perdidas en una maraña dendrítica, fluyen, se imbrican, se van tejiendo
entre ellas, entrelazándose, como trenzas de las botas de cuero de mi padre,
botas de cacería, las botas de ir a Perijá, y mis impulsos eléctricos las
registran con mirada de niño, están llenas de barro. Sé hace presente entonces
el olor a loción mentolada, puedo ver a mi madre dedicada, frotándole el mentol
en las picadas. Es por las garrapatas, las miro y están henchidas por la
sangre. Barro seco, trenzas, mentol y garrapatas gordas. Las garrapatas de
Perijá, compañeras inseparables en los viajes de cacería de mi padre, en la
distancia de mi infancia lejana, viajes a las haciendas de sus amigos
perijaneros. Entretanto descienden las mulas montaña abajo y siento como un
olor a moho, a cordón franciscano, ¿estoy rememorando las visitas a los
capuchinos?, o más bien huele a incienso, es olor religioso, y se mezcla con
las historias sobre los motilones, cuentos sobre las tierras fértiles, perdidos
y feraces valles de temperaturas increíbles, más allá del río Negro, muy lejos
del Tukuko. Yo revivo esos cuentos y rememoro las arrugas en el rostro del
viejo obispo de Machiques, en la iglesia de los capuchinos, un templo gótico de
bóvedas ojivales, uno que nunca terminaban de construirlo, como las catedrales
medievales, eternamente, y recuerdo la barba gris de fray Cesáreo. ¿Cómo
olvidar el brillo de los cañones aceitados?, la escopeta estaba siempre en el
armero, las armas que no osábamos tocar, cajas repletas de cartuchos rojos, con
la tapa dorada, la espoleta, -ni sueñes con tocarla -, el rifle veintidós, la
escopeta con un solo cañón cuajada de arabescos, las armas, relucientes por el
aceite de la alcuza, y el cuchillo de caza, allí están en las cajitas verdes
todas las balas del rifle veintidós y debajo, van los utensilios para la
limpieza, y más abajo aún, la crema de un marrón rojizo, el trapo y el cepillo
para lustrar las botas. Descendiendo sobre mi mula, me llegan en la bruma de
todas estas cavilaciones oleadas de recuerdos, preciso la vigencia de las
viejas historias asimiladas para nunca olvidarlas, aquellas de cuando flecharon
a fray Primitivo, de la campaña pacificadora de los capuchinos, de las
avionetas lanzándoles cajas, con comida y utensilios para los fieros motilones,
¿y la aventura de fray Saturnino por el río de Oro?, ¿y la guerra implacable
que iniciaron contra los indios Motilones los peones del hato Santa Rosa?,
aquella lucha terca de los indios por defender sus territorios, ¿y los
intentos?, siempre cuando uno dice intento es un acto fallido, y eso
desencanta, pero en fin, ¡que carrizo!, los intentos fueron los de mi padre,
por convencer a sus amigos los frailes capuchinos, y uno piensa en el gesto del
hermano Francisco de Asís, por convencer decía, a los capuchinos sobre lo
necesario que era un hotel de turismo en la Sierra de Perijá, para ser ubicado
en la zona fresca del río Negro. Perdida prédica al hermano Francisco, no
funcionó con sus discípulos, intentos fallidos por una permanente negativa,
pertinaz, persistente, un no rotundo, negada la injerencia del blanco
corruptor, fuera los colonizadores. Voy descendiendo en la mula, y regreso a
los recuerdos de aquella noche oscura, no había luna, fue una huída pavorosa,
sobre el lomo de otras mulas, dos mujeres y los cinco hombres, los blancos, los
intrusos, invasores de la motilonia, trotando descendieron por tortuosos
senderos de oscuridad en la montaña, perseguidos por motilones, los indios
azuzados por quienes se decían defenderlos de la contaminación y la modernidad,
les dijeron que debían rechazarlos, a ellos, a quienes representaban el
asqueroso mundo civilizado, el progreso, y claro está, también el aguardiente,
y las putas, y todas esas cosas malas que traerían los hombres con lo que
llaman la civilización, ellos quienes seguramente solo querían la destrucción
para los indiecitos. Algunos aspirantes a encontrar el camino en el reino de
Dios, les señalaron sus acciones, y en medio de la noche, con miedo de morir
flechados como otros tantos, flechados en la sierra, escaparon de noches tras
las amenazas, ¿un viaje sin regreso? Las mulas vienen ahora casi desbocadas, al
trote van descendiendo y en la oscuridad de mis lucubraciones, pienso en mi
padre, en la oscurana de la noche aquella, dejando atrás la sierra y todos los
proyectos. Ilusiones perdidas. Llevo el cabestro en mis manos. Ahora todo es
rojo y es anaranjado, nos ilumina el sol de los venados y las mulas caminan al
fin en tierra llana, ya no trotan ni se hunden en el lodazal. Hemos llegado. Al
fin he logrado descender de la silla y me tiemblan las piernas cual si fuesen
machorros asustados. No puedo tenerme de pie y me digo que ya no puedo más. Es
lógico, uno casi se abraza con aquellas bestias, sudando aún, ensilladas,
fieles cabalgaduras. La siento resoplar y pienso, ¡que hermosa es mi mula!
Desde tan temprano en la mañana, ella y yo como un centauro, hasta un
agotamiento físico, extremoso. Es que el cansancio ya resulta tan grande que se
me ha olvidado hasta el miedo. Ya ni recuerdo las historias de los blancos
flechados, ni quiero ya pensar en mi primo, ni en mi padre, ¿para que recordar
el viaje endemoniado?, aquel escape y no volver jamás, ¡hace ya tantos años!
Uno no puede, o uno no quiere pensar en la fiereza de los motilones, uno ya ni
siente, y es por el cansancio, ya. En el atardecer de los venados, con la
esfera que se hunde tras la sierra y enciende los bohíos, aquella tarde
llegando a Saimadoyi, me lo han dicho, lo he averiguado. Es el nombre de los
primeros habitantes que llegaron del sol. Eso creen los nativos. Ellos son los
propios tesmadoyis. Vinieron hace tiempo hasta la tierra, a través de una larga
liana para colonizar los Montes de Oca y diéronle origen a las indómitas tribus de los
motilones, llegaron para fundar este pueblo, la aldea de Saimadoyi.

Hemos dormido sin temores y ya en la madrugada, he
salido con José Luís, a caminar, fuimos tan solo a dar una vuelta, un paseo de
reconocimiento. Nos acercamos al bohío más grande. Encandiladas con la luz de
la linterna, en la oscuridad de la noche, cientos de gordas cucarachas se
mueven en el interior del gigantesco bohío motilón. Se confunde el crujido de
sus carapachos y el trepidar de sus patas de sierra, con los ronquidos y los suspiros
de los indígenas durmiendo en sus chinchorros. Se mezcla todo con ese olor
efervescente de comida pasada y el que exudan como gemidos los cuerpos de las
mujeres y de los niños y de los ancianos, de los hombres de todas las familias
que allí conviven, envueltas en el humo, bajo el gran techo. Ellas, las
cucarachas, luchan por escapar, al remover algunos utensilios de cacería y
otros conteniendo alimentos, ellas se apretujan, se miran y rápidas, se van
corriendo sobre los petates, algunas son muy hábiles, van ocultándose en la
arena, otras corren furtivas, encaramándose sobre los niños, ellos duermen y
las cucarachas de nosotros escapan. Parecieran ser inteligentes, ellas sí, las
conchudas, corren desaforadas, pero nunca se atreven a acercarse a los guácharos.
Los pájaros de pico bigotudo, están allí en tierra, amarrados por las patas, en
varios sitios del inmenso bohío. Ellas se frenan, se detienen y los guácharos
retroceden espantados ante la luz de las linternas nuestras, las aves rucias y
veteadas, cazadas en las oscuras cavernas de la montaña azul, utilizando
flechas de macana negra con punta roma, aquellos pájaros, encandilados por
nosotros, miran con ansiedad hambrienta a las conchudas. Ellas aprovechando
nuestra presencia se les escapan, huyen de los pajarracos bigotudos. Son como
las gallinas en los corrales de los blancos, los guácharos están siendo
engordados con cucarachas, preparando sus carnes para ser degustadas, quizás
con nosotros en un futuro banquete motilón.

Y al examinarlos uno a
uno, en la cabeza de los motiloncitos encontramos la tiña circinada, y entre
los cabellos vimos los gordos piojos caminando entre bosques de liendres, los
animalitos andaban mordisqueando sobre las úlceras producto del rascado y claro
está, la tos perruna sacude a los niños y en los adultos pide a gritos los
rayos x. Hay que sentirla áspera, ronca y metálica, cuando resuenan las
cavernas en los ápices fibrosos, uno casi se queda esperando por la hemoptisis
de un momento a otro, e imagina como sembrar los tubos de cultivos para
reproducir millones de bacilos tuberculosos. Mientras tanto, la cámara de fotos
chasquea constantemente, José Luís va plasmando en celuloide las imágenes para
dejarlas presas, algunos temen que se les vaya el alma, quedan en cada rollo impresionadas
las lesiones y así quedan también los ojos azules de la monjita, aquella niña
joven, con los rasgos tan finos, delicados, hermosa jovencita, una imagen de
yeso, entre tantos salvajes, la hermanita, más de dos años sin salir de allí,
sin regresar a casa, noches y días trabajando duro, sin recursos, en medio de
la selva enmarañada, tan solo por amor a Jesucristo, entretenía a los niños con
canciones, por puro amor, enseñándolos a rezar, con ellos, para ellos, por
ellos, los olvidados primigenios habitantes de la patria de uno y de aquella
monjita muy joven, casi una niña de ojos azules, blanca, de mejillas rosadas,
una virgen de yeso en Saimadoyi, allá en la sexta sierra. Dispara José Luís,
quiero una foto de esta imagen sagrada, nadie me va a creer si se lo cuento,
una virgen de carne y yeso, joven preciosa, niñita sonrosada, viviendo en
Saimadoyi.
En los ojos opacos por las cicatrices no se reflejó
la luz del oftalmoscopio. En la mucosa conjuntival uno no vio las úlceras
esperadas. No encontró el exudado en las cuencas vacías, ni siquiera existía
algún discreto signo de uveítis. Así se disipó la ilusión del tracoma, como la
del cuento aquel del árabe. Uno imaginó entonces como se sentirían los doctores
de la Salpêtrière ante la lección magistral del professeur Fernandéz. Allá no
había tracoma y hubo lepra. Aquí en la sexta sierra, no hallamos el tracoma
pero para nosotros el misterio se aclaró a corto plazo. Eran pelitos rubios.
Espinas pequeñísimas, las hallamos clavadas, como las guasárabas, las sempiterna
pringamoza, como finas agujas, los alfileres naturales, protectores de la piel
delicada de los arbustos, sedosa y urticante pelambre en las hojas
aterciopeladas, ellos eran los causantes de todas las lesiones oculares, ¡tan
variadas! En tantos ojos de muchos motilones, sin mediación de virus ni de
otros gérmenes sofisticados, nada de virus nuevos, porque para microbios ya
bastaban el del sarampión, la hepatitis, la gripe y otros virus nefastos,
traídos por los blancos hasta las tierras motilonas. ¿Para que más microbios?
Estaban más bien como sobrando, demasiados microorganismos pululando entre los
compatriotas, y al final uno sintió que había sido mejor así. ¡Que bien no
hallar también tracoma! ¡Que alegría! Es lo menos que puede sentir uno en esa situación.
Me lo dije y se me aflojó un poco la garra que me atenazaba del corazón a la
garganta. Algo extraño me conmovía ante el dolor profundo de las carencias
motilonas, en aquella perdida soledad. Hay que vivir el desamparo de la selva y
sentir la precaria vida de nuestros indígenas, lo pensé e imaginé la
contradicción de querer ayudar a esa gente, asediada, invadida, por nosotros
mismos. Allá lejos en la sexta sierra, los territorios de nuestros olvidados
dueños de la patria, la nación otrora liberada para todos, ¿y ellos? Uno al
final, entonces acaba por convencerse de que si bien es poco lo que uno puede
hacer, valió la pena haber estado en Saimadoyi. Siempre conviene compartir un
poco ese dolor de ser indígena, sobre todo si uno se siente realmente hispanoamericano.
Es útil, ayuda a mitigar el desconsuelo, ante tanta incapacidad, tanta
impotencia, esa desgracia de ser tan sólo un ciudadano, nada más que un
guarismo en el censo del país, en la tierra de uno, esa que sientes tuya, que
quieres, pero que te desgarra, ese país que te obliga a enfurecerte cuando no
encuentras en tu mano el rayo positrónico, la flama que achicharra,
descuartiza, desintegra, desmembra, pulveriza, y se te van entre las dendritas
las ganas, buscando los epítetos, al pensar en la calaña de esa eterna caterva
de políticos, politiqueros, populistas, politicastros. ¡Malditos! Uno que
sueña, uno que piensa en el mañana, ese algún día, uno que se imagina, se le
ocurre que quizá con un rayo laser, ¿tal vez?, un arma poderosa que actúe, que
les obligue, sobre la misma tierra, ésta ya chamuscada y arrasada, por los
depredadores, a cumplir sus promesas. Pero a pesar de todo, uno tiene
esperanzas, es lo último que se pierde, y uno presiente que después de todo,
algo ha de renacer, quizá mañana, tal vez la tierra todavía esté húmeda por las
gotas de una lluvia caída desde un cielo limpio de nubes rojas, sin mostazas,
ni sangre, sin precipitaciones ácidas, de un cielo límpido y casi transparente,
de un firmamento que llore sobre todos para que retoñe y crezca un mundo donde
se haga justicia. Uno confía y espera, ¿tal vez será mañana? Seguramente.
Fin de SAIMADOYI : modificado de “La Entropía Tropical” novela,
de Jorge García Tamayo (2003). Ediluz Editores
Maracaibo, el
jueves 30 de julio del año 2026