Dónde están las llaves, matarile rile lero, dónde están las llaves, matarile rile ró, en el fondo del mar, matarile rile lero, ¿los aviones a volar?, matarile ya les dieron, ¿aeroplanos en el cielo?, matarile rile ró, palestinos en el suelo, ¿es un sueño?, ¡inación!, ¿quién los va a buscar?, matarile rile ró. De Bouillón es Godolfredo, ese nombre no me gusta, lo pondremos avechucho, matarile a mí me asusta, si parece maracucho, vos estáis de mollejón, lo pondremos Absalón, ¡igación!, ese nombre no me agrada, que lo llamen Salomón, ¡pero qué nombre usaremos?, llaménlo Cuello Rondón.
Jacobito no es tan pobre, el año sesenta y siete lo que le sobran son cobres, era un presagio divino, la guerra de los seis días, pobre pueblo palestino, desmantelen los cohetes, ¿es el día?, bereberes claudicantes, ¿que querías?, los egipcios, los romanos, mahometanos, ¡Jeremías!, los cristianos, antes fueron babilonios, ¡por Alá!, ¡son el demonio! Scherezada echáme un cuento...
No más llantos ni lamentos, en las marismas de Gaza, las arenas del desierto, ¿cuántos árabes han muerto?, los sacaron de sus casas, Jerusalén dividida, ¡que tragedia!, es tu destino, ¡sufre pueblo palestino! Escuchemos al rabino, él señalará la clave, ¿dónde están las llaves?, matarile rile ró, en el fondo del mar Rojo, yacen tan solo despojos, los beduinos, sus camellos, ¿sus cabellos?, sus caballos de metal, perecieron, se murieron, los aviones en acción, es dinero americano, ¿dólares de la nación?, en el fondo del mar, ¿hebraica?, judaica és, pago y gano, así sí, ¿vos veis?...
Abraham Cuello tomó una ruta que a todos nos pareció de lo más extraña, ciertamente era poco prosaica, ¡idea tamaña!, ¡irse a vivir a un kibutz!, su familia lo esperó, durante meses, no llegó, sus amigos lo esperamos, durante años, ¡se jodió!, servir a la madre Israel, natural y procedente del barrio de la Pomona, ¡hay que ver! Mangos verdes, guásimos negros, aceitunas moradas, redondas y dulces las cotoperices, encaramarse en las matas, montados allá arriba, a comer mamones, y el olor del níspero y de los limones, miel de hicacos, dulce de limonsón, pepas de tamarindo y semillas de almendrón...
Le dolía no haber vivido el holocausto europeo, ¡que bolas!, era tropical, ¡pero qué lindo por lo burdo le quedó balurdo! Absurdo desvarío por una sangre que para nosotros era ajena. ¡Ni me lo discutáis! Daba pena… ¿De verdá verdaíta? Y vos, decime, ¿hallaría las llaves?, ¡en el Arca de la Alianza sería!, y ¿vos que querías?, él siempre se consideró un hebreo, vivir con Jetzabel, circunciso y en confianza, con Deborah o con Raquel, mi amiguito de la infancia, ¡cómo se enrolló de feo!
Aquí, hasta lo creíamos medio bolsiclón, en realidad no lo asociamos nunca con las hurís del profeta, ella, pudo llamarse en vez de Ercilia, Rita, o más vulgar tal vez Sara, sin la hache intercalada. A propósito, te digo como sin querer la cosa, que Clara Rosa la madre de Robertico y de Abraham, no puede disimular el perfil de Don Jacobo. César, dicen algunos cristianos que de puro vivito se dejó circuncidar, ¡se anegó el Jobo!
La verdad sea dicha, eran muchos los
cobres, no tan solo el cuerito de la dicha, lo que sea dizque dijo el viejito,
ahora los que disfrutan son los hijos y sus nietos. David el primogénito, como
negociante multiplica los cobres, es perfecto, y ¿los otros?, ¡la gran vida!,
pero ellos gastan poco, poquito, Abraham fue el más bolsa, se las dio de
romántico y se largó, a Israel fue a parar, fue -a tener dicen otros- ¿y el más
joven?, ¡Robertico!, ese tiene bien puestos sus riñones, él si le dará matarile
a esos millones.
Robertico es doctor, y muy inteligente, sabe gozar la vida, estudiante de loquería en Nueva York, él es gente, si tú lo necesitas, te consigue querida, rápidamente, tiene un auto, ¡belleza de motor!, aquí están las llaves, tiene cobres parrato, más que el rabino Samuel, más que el viejo Gugenheim, él es Estrada y es Cuello, ¿Rossellestrada?, ¿tal vez Belloso?, quizás Kublic, o, ¿Fornefeld?, ¡CuelloRossell! Muy estirados ellos, de los judíos con hijos bien, vos sabéis, tardes en la Sinagoga, con los Henríquez, los Domínguez, Lerner y Benaim, ¿los Sefarditas? ¿vos, a cuál Sinagoga váis? Lo miraban de reojo…
Todas aquellas historias, de los campos de exterminio nos salvamos, ¡vos sabéis! ¿Escapaste de los rojos? ¡De los hornos crematorios! Mis historias son más crudas, no me gusta hablar de aquello, mi hermanito, mis abuelos, mis amigos, ¿veis la marca en mi muñeca?, Ruthie y Clara, ¿Blumenfeld?, o es Blumerfel, Blumerson tal vez... Blumer es pantaleta, ¡que jareta!, su marido es Raymond Morris, ¿Morrisón? Son familia de Jacobo, llegaron vendiendo telas, pasaron de la maleta al almacén, ahora tienen telares, gente criada en Nueva York, ¡vos sabéis!, todos amigos de Robertico, el doctor. Él es asiduo del ghetto. ¿Será la sangre materna? El olor de los pepinos, col agria, con mostaza y vino, ajos y la cebolla sempiterna, pan de centeno y el aroma rancio de la tía Elvira, por la línea materna.
Allá en el Bronx, danzan miríadas de hojas secas, ellas se apilan en la calle, unas se mueven con la brisa, es amarillo y es naranja, es siena y es un verde jade, se deslizan y es un ocre rojizo, van cayendo de los árboles, se agitan en el cielo que eternamente luce un gris plomizo. Caminar por los alrededores, vivir a un par de cuadras, blocks les dicen, del hospital Montefiore, así denominado, como la flor del monte, Robertico, vive en el Bronx.
A míster Morris, el tabaco en la boca le cuelga, adherido a su labio inferior, fresa con crema sobre la mancha leucoplásica, la saliva marrón, comisuras de un sepia burbujeante, lo mueve, se lo traga, reaparece, lo asoma al exterior, la entonación afásica de su inglés neuyorkino y ese gesto, las palmas de sus manos hacia arriba, fabrica mil arrugas cuando sonríe, encoje los hombros y protruye esa giba, zapatos de Charlot, el pantalón manchado, judío de Nueva York…
Conocerte Roberto ha sido un gran honor, eso le dijo, pero aquello, nunca lo quiso creer el doctor Cuello. No tengo cobres, la mala situación, ¿vos sabéis?, eso le respondió. El pariente alzó sus hombros y su cara arrugó. Para Pauline, Roberto siempre fue el más bello. Pauline en la ventana, desde tu cuarto Robertito, se observa el elevado, ella se despoja de su cofia de enfermera, relampaguea con destellos dorados, son las ventanillas del tren que pasa haciendo ruido, chas tras tras tras.
Vos estáis entre los libros en la penumbra amarillenta del rincón, estáis sentado, arropado en la cama, envuelto en sábanas. Cesa el rítmico estruendo del elevado y ella con suavidad desliza sus medias blancas, las desenrolla… Vos te quedáis extasiado admirando sus piernas que parecen de seda, de un blanco transparente, de un rosado cerúleo, las coloca sobre la silla donde desordenada está tu ropa, las pone arriba, sobre el tibio radiador deposita su sweater de lana virgen y el gorro protector, un erizo de pelos, luego, suavemente sus ropas se deslizan y quedan en el suelo.
Tú miras a Pauline en la bañera, tú escuchas las malditas cañerías que suenan anunciando el sabath, trompetas que pregonan todo el año que ese es el día del baño, tú observas con un dejo de ternura como se te enjabona tu judía, es solo tuya, es tu enfermera. ¿Fuiste tú el elegido? Baby, tú le dijistes, Polin sweet heart, llevo en mis venas sangre del Rey David, puedo probarte que era latino Salomón, ven, te lo demostraré. Matarile en el Bronx. Tú eres experto, tú calculas siempre todas las pisadas, las cosas las precisas, tú eres culto y hermoso, ¿qué más?, eres inteligente, ¿quizás un tanto delicado?, resabios de tu infancia, quizás un exceso de celo de tu madre, preciosa Clara Rosa, a ella no le hubiera gustado saberlo, Robertico empatado con una enfermera gringa, ¡una judía enfermera! Para ti lo soñado precisamente eso no era, pero es la suerte, ¡hace juegos curiosos!, suerte rima con muerte…
Tú eres un ser ocioso, ¿y tus amigos? Tan lejos, allá, ¿cerca del Ecuador?, en tu país lejano, tú patria tropical reverberante, ¿y que nombres les damos?, si por un instante piensas en ellos, si los recordamos, ¿cómo les diremos? A Emidgito el doctorcito, ¿a tu colega?, solo aspira a transformarse en investigador, como el otro, cual su maestro, el profesor, llámenlo el doctor Crisanto, ese tipo es un fastidio, no lo aguanto. Tú aquí lejos, estudiando psiquiatría los recuerdas y te dices... Entre estos rascacielos, estoy bien lejos de mi tierra, allá, tengo muchos amigos, ellos son de espanto, amigos que son chéveres, me aceptan como soy. De mí siempre murmurará la gente, nada puedo hacerle...
NOTA: esta especie de reflexión actualizada, de palestinos y judíos, está tomado casi textualmente de mi novela “La Peste Loca” (Maracaibo 1997).
Maracaibo, viernes 8 de mayo del año
2026