Las cosas ya comenzaban a verse borrosas cuando todo se oscureció y un
chorro de luz lechosa atravesó el denso colchón de humo y fueron surgiendo La Leona de Fuego, La Diosa de Oriente, La
Salvaje Blanca y un par de féminas adicionales que emergieron por una
puerta mínima en el fondo del local y comenzaron a contorsionarse cumpliendo
con el ritual de ponerse casi en pelota. Los japoneses distendían sus pliegues
epicánticos y reían diciendo cosas ininteligibles. La rockola había enmudecido
ante la estridencia de una banda sonora en competencia con los chillones
comentarios de un animador afeminado que iba describiendo en detalle los
atributos de cada una de las exuberantes y regordetas vedettes.
Habían comenzado a alebrestarse los japoneses, y eso era evidente para él, a quien le decían cosas en un lenguaje que le sonaba a “cuti”, y sonreídos decían, ¡Mucha mujele! ¡Oishiii! ¡Ahhhhss!... Pero todos aquellos recuerdos eran bien diferentes al sol reverberante en el enlozado y a las tapias amarillas fosforescentes brillando al otro lado de la calle. El calor del mediodía era infernal. Como el infierno que dibujaba aquel loco... Pedro, se llamaba, si…
Desde “La Loca”, la canícula había reblandecido el petróleo que sustituía la trilla arenosa de antaño. Yo rememoraba aquellos días de estudiante, vividos detrás de la muralla amarilla y era que… ¿Cómo poder olvidar la mirada del mulato Pedro de calvicie incipiente? Pedro quien sabía hacer muñequitos de papel crepé, el jovencito que vivió con las monjas de clausura, el pintor, víctima de la parálisis general progresiva, atacado por el treponema pallidum, probablemente en su adolescencia, en alguna aventura amatoria, avatares de lupanar, cuando solapadamente a través de sus mucosas rosadas por donde penetraron las espiroquetas que habían destruido su sistema nervioso.
A Pedro solo le quedaba la locura con ataxia, ese andar vacilante por la degeneración de los cordones posteriores de su médula espinal. Pedro, quien plasmaba en hojas de papel sus delirios místicos usando lápices y creyones para recrear un mundo de santos, ángeles en las nubes y demonios ardiendo en llamas multicolores, y encima de todas las escenas, Pedro siempre dibujaba un ojo. Aquel ojo que lo miraba a él y nos miraba a todos, dentro de un triangulito...
El cielo, el ojo, los de adentro y los de afuera, lejos... ¿Por qué de los locos y de la mirada de El Señor, pasaba a la mirada rasgada de mis amigos japoneses? Cuando el show terminó en un revuelo de plumas y en gritos y chiflidos de la concurrencia sazonados con un sartal de obscenas proposiciones nacidas de voz en cuello por la mayoría de los asistentes. Llegó la hora de pagar y en la madrugada entre el whisky y el humo, la cuenta no se veía muy bien, por cosas de fallas en las pilas de una linternita, así fue como sacaron fósforos y yeskeros, necesitaban luz, dale luz al señol Ishida, quien súbita pero palsimoniosamente, ¡dice que, no tiene lial!
Les informan a mis amigos nipones que el negocio se está cerrando. ¡Caballeros por favor! Ellos insisten: No lial, uno me lobó caltela. Lobalono caltela... Los nipones protestan. Lobalon catelas. Estos chinos, ¡coño! no quieren pagar la cuenta. La policía se hace presente. Habrá una requisa. Cédula. Al amigo japonés se le perdió la cartera. Cédula ciudadano. ¡Ay viirsia! Al chinito lo robaron. ¿No tiene papeles? ¡A la perrera! Lo aclara en la Jefatura. ¡Pero hey! ¡Cuño! ¡Que le robaron la cartera!Era la torre de Babel... o el Arca de la Alianza, y no estábamos en la Puerta del Cielo... Con el correr de los años, todavía las altas paredes amarillas con su orla ocre estaban allí, brillando, con ese tono chillón bajo el sol inclemente del mediodía. Pero ahora, enfrente, casi diagonal y haciendo esquina, existía el bar “La Loca” y definitivamente, era una buena “taguara”. La cerveza estaba helada, como “siesoepinguino”... Entonces, yo volví a recordar el lío vivido con mis amigos japoneses...
-¿Guatiyusei?
No conprinfais. Déjeme a mí. Tienen que pagar. ¡Hey, esperate! Dejame oime, hey, agente, perdón, señor agente, esperate, oime, ¡viirsia! ¿Pero cómo te lo vais a llevar? ¡Ve que molleja chico! Esperate, no entendéis que este es un señor extranjero, se te va a prender un mollejero en la Jefatura… ¿La cartera? ¡Miarma, si se la robaron! ¿Que quien soy yo? Soy su abogado, el de los chinos sí… ¡Chinos no! ¡Vértica chico! Ellos son, ja po ne ses ¿Cómo va a ser la misma vaina, chico? ¡Qué extranjero voy a ser yo, chico! Bueno, casi… del Zulia, sí. ¡A jaiba pues! ¡De Maracaibo chico! ¡Ajá sí! Tenéis que dejarlos ir, si no… Viiirtica, va a ser un atropello. ¡Qué clase de mollejero se les va a armar! Internacional sí, a vaina, yo que se los digo, yo...Al fin se escucha una voz gritando con la orden para poner el punto final a todo aquello. -Suélteme a esos ciudadanos. ¡Sí vale! Son una cuerda de chinos rascaos y un abogado maracucho que habla puras pendejeras. Suelte a los chinos y al hijoesumadre ese, que anda jurando por una Chinita, y si no se va rápido me lo mete en la perrera. ¡Que se vayan pal carajo! ¡Desaparézcanse, ya, njoda! Antes de que nos termine de volver locos a todos. Locos a todos, sí, locos…
Yo regresé a mi botellita en mero bar La Loca ante el guajiro Luis y sus botellitas incrustadas en hielo y pensé asertivamente que no están todos los que son, definitivamente... -¡Dame otra cervecita, que me tenéis a pan y agua, como a los locos, sí, haceme la caridad!La voz del morocho del Abasto recuerdo que fue lo que me sacó de mi ensueño introspectivo y Cheo, quien había estado discutiendo con el guajiro Luis sobre la temperatura de las Regionales que acostumbraba a mantener dentro de moldes de hielo, se volteó hacia Chucho para decirle... –¡Ve que buena jaiba!, esta taguara se está poniendo insoportable. ¡Es temprano y ya comenzaron a mandarse con los tangos, ya lo que nos hace falta es que se nos aparezca Murcia y se haga cargo él solito e la rockola… ¡Biirsia!
La animadversión de Cheo por los tangos solo era comparable con su menosprecio por todos los caraqueños, pues para él, eso era parte indispensable de ser un buen maracucho. Yo le conocía bien y sabía que esa, como otras tantas de sus exageraciones, era solo como él mismo decía “de los dientes pa fuera”, y recuerdo que le propuse entonces: -Lo que vos tenéis que hacer es adelantátele, metele cobres a esa bicha hasta que esté hasta la hoyita como crucita, y si queréis, ponenos una runfla de música venezolana pa que veáis, ¡allí tenéis todos los discos de la bolitaelmundo!, metele con Mario y con Lila, ¡dales con MariaTeresa y rematalos si queréis con Estelita del Llano!
Mientras Cheo se enfrascaba con Chucho seleccionando los títulos de las canciones, el tango seguía sonando… Escuché aquello de nuevo… descolado un mueble viejo y no tengas esperanzas en tu pobre corazón, pero Cheo y Chucho regresaban de la rockola y me comentarían sus impresiones cerveceras… Catire, no hay frías como las de La Loca, son lo mejor de esta taguara. ¿Verdad que a esta temperatura la Regional es mejor que la champaña? Entonces me dijo Cheo… -Mirá, decime... ¿A vos, te gusta la champaña?
Concluyo ya, esta mi larga reláfica sobre la locura rematando los recuerdos con el burbujear de la cerveza… Creo que le respondí a Cheo algo así como… Si supieras que no; es un burbujero loco, y ¡dulce pa cojones!, y es que eso de burbujitas en el licor no va conmigo y precisamente ahoritica mismo estaba recordando el sake, la bebida japonesa, sin burbuja alguna, que puede parecer como como el aguardiente, pero de arroz... Conclusión: ¡Pa burbujas, las de la cerveza!
En Maracaibo este
es el final de la segunda parte de esta pesadilla sobre la locura, el sake y la
cerveza,
el lunes 29 de junio del año 2026