El 26 de agosto de este año 2026,
Miguel Ángel Criado periodista del diario El
País, España, nos mostraría como un
fósil de 324 millones de años, el 'Chosa praecursor' que tenía partes
de los crustáceos marinos, pero también de los primeros insectos terrestres,
según reportaron Tihelka et al., valdría para descubrir como conquistaron la tierra los insectos.
Para los navajos (o diné,
como se llaman a sí mismos estos indígenas americanos), los primeros pobladores
del mundo fueron los insectos. En su mito de la creación, existían unos seres
como insectos quienes son los protagonistas de la emergencia hacia la Tierra
actual, descendiendo de ellos todos los demás pueblos.
Esta historia inspiró a un grupo de paleoentomólogos para ponerle nombre
a un ser que salió del agua para vivir en la tierra hace unos 324 millones de
año, y lo han llamado Chosa
praecursor. La primera palabra identifica el género y viene de ch′osh,
el término que en navajo usan para referirse a los insectos. La segunda se refiere a la especie y, en latín, quiere
decir predecesor o pionero.
Pero “Chosha no fue el primer insecto que pisó la Tierra”, aclara
Erik Tihelka, un paleobiólogo de la Universidad de Cambridge (Reino Unido)
quien es el primer autor del estudio en detalle de esta publicacion
de Nature. En un
principio, durante millones y millones de años, solo hubo vida compleja en el
agua. Fue necesario esperar a que hace unos 405 millones de años cuando algunos
hexápodos (seis patas) se aventuraran en la superficie terrestre. “Ya
lucían completamente terrestres: poseían extremidades prensiles y un intestino
lleno de material vegetal terrestre con esporas de hongos”, añade Tihelka. La datación genética
apunta a que divergieron de sus antepasados, los crustáceos marinos, varias
decenas de millones de años antes. “Chosha vivió hace unos 324 millones de
años. Llegó más tarde a esta historia por 80 millones de años o más”,
completa.
Pero esta especie es especial: “Aún conservaba el conjunto completo de
herramientas ancestrales: patas articuladas y funcionales que recorrían su
vientre, en nueve de sus once segmentos”, cuenta Tihelka. Ningún insecto vivo posee algo similar. “Esas
patas son las mismas extremidades que un camarón usa como aletas para nadar.
Los insectos vivos las han reducido a muñones inútiles, las han fusionado en un
resorte de salto o las han perdido por completo”, añade el investigador. Su relevancia, por tanto, no está tanto en
su antigüedad, “sino en ser nuestra mejor ventana para comprender la transición [hacia
la vida terrestre]”. Todo apunta a que C. praecursor era
un animal anfibio que no estaría aún totalmente adaptado a la tierra.
“En el proceso por el que los animales colonizaron la tierra han podido
haber diversos intentos en el pasado, pero fructíferos han sido poquísimos”, recuerda el investigador de la
Universidad de Barcelona y coautor del estudio, Jesús Lozano. Uno de esos casos
de éxito fue el
de los primeros
tetrápodos terrestres, de los que provienen todos
los vertebrados posteriores, humanos incluidos. “Lo interesante que tienen los
artrópodos es que, como mínimo, tres de sus grupos: arácnidos (arañas,
escorpiones,…), miriápodos (cienpiés y milpies) y hexápodos (que incluye a los
insectos) han colonizado el medio terrestre de manera independiente",
añade Lozano, especializado en paleobiología de invertebrados y el proceso de
terrestrialización de estos animales. “El registro fósil indica que lo hicieron
los primeros”, completa el investigador.
Como recuerda Lozano, “hace ya unos 30 años que se estableció que los hexápodos no
son más que un linaje, increíblemente exitoso, de crustáceos que colonizaron la
tierra”. Pero entre el primero, el de hace unos 405 millones de años, y los
tiempos de C. praecursor pasan otros 80 millones que los
expertos llaman el vacío de los insectos. Todo indica que deberían estar ahí,
pero el registro fósil aún los esconde. “Nuestra opinión es que es un artefacto
del registro fósil; creemos que tal vez hubo pocas posibilidades de
preservación de ecosistemas terrestres durante esa época”, opina el científico
español. Por eso reunieron y reanalizaron los ejemplares hallados (no más de
cinco) de ese periodo, de los que se tiene aún muy poca información, para
intentar llenar el vacío.
“El papel
del fósil principal que mostramos, Chosa
praecursor, es que acortamos ligeramente ese vacío de los hexápodos por
un millón de años (no obstante, sigue quedando uno de muchísimos más años)”, destaca Lozano. Pero, para él, como para Tihelka,
lo relevante es que demuestran que C. praecursor es un
hexápodo y no un crustáceo, “concretamente un insecto, que posee tanto
características específicas de insectos, como división del tórax o tipo de
antenas, y de crustáceo, como son extremidades en el abdomen, que
potencialmente se utilizaban para nadar”. Según creen, tenía vida
terrestre y podía hacer incursiones en medio acuático. “Es posible que durante la
evolución haya habido muchos experimentos fallidos de transición agua-tierra, y
pocos hayan resultado exitosos”, termina.
Poco
después de que aquel ser medio insecto, medio gamba, viviera en las cercanías
de algún lago o poza de lo que hoy es el oeste de Texas, se produjo la
definitiva explosión de los insectos, apareciendo por cientos en los estratos
fósiles inmediatamente posteriores. De aquel tiempo son los primeros insectos
alados. Hoy, con un millón de especies descritas y quizá veinte veces
más por descubrir, es el mayor grupo de animales que hay, siendo
también los que mayor biomasa suponen. Lo llamativo es que, habiendo surgido del
mar, solo haya cinco especies marinas de entre tanto millón.
“Todas
pertenecen a un único género, Halobates, conocido en inglés como patinadores
marinos. Son parientes cercanos de los patinadores de estanque que se ven en
cualquier estanque de España”, cuenta
Tihelka, el primer autor. “Son animales extraordinarios. Viven
permanentemente en la capa superficial del océano abierto, a cientos de
kilómetros de tierra firme, sin tocarla jamás, completando allí todo su ciclo
vital”. Como detalla Tihelka, estos seres diminutos tienen mucho que
ver con las ballenas: “Abandonaron el mar, pasaron 400 millones de
años teniendo un éxito espectacular en tierra y en agua dulce, y luego un
pequeño grupo regresó. La familia de los patinadores marinos tiene solo unos 55
millones de años, así que este regreso ocurrió muy recientemente en términos de
insectos. Las ballenas comenzaron a regresar al agua hace unos 50 millones de
años. Los dos viajes son esencialmente contemporáneos”. Pero hay una
gran diferencia, que destaca el científico: “Las ballenas se adentraron
completamente. Los patinadores marinos solo llegaron hasta la superficie.
Caminan sobre el mar; nunca entran en él”.
Maracaibo, jueves 3 de septiembre
del año 2026