En esos días yo solo tenía como treinta
años, ¡te podéis imaginar! Bueno, me convenció y le acepté su propuesta. ¿Cómo
iba a rechazar ese lomito? Pero dejame decirte que yo no quise tener nada con
él, ¡puro negocio mijo! Además yo estaba al tanto de lo que le estaba pasando,
él estaba emperrao con una carajita que se le había metido por los ojos. Ella
lo tenía chupaito. Trastornaito estaba el pobre, y yo me dije, pues ¡que se
joda! Él le había montado un apartamento de lujo y después le compró una casa
por San Francisco, y hasta la madre de ella salió favorecida porque cuando se
desligó de su hija, se arrejuntó con un tipo rialúo y se largó a vivir bien
lejos. Para nada, porque allí fue cuando a la linda querida de Cheo le cayó
encima la mosquita muerta de su prima. Bueno, chico, para hacerte la vaina
corta, la estudiante de Medicina se las tiraba de queso duro y no era más que
una lambucia y además medio putica. Yo creo que ella fue la que perdió a su
prima, y cuando Cheo comenzó a tirárselas a las dos juntas, te juro por lo que
vos queráis, él andaba como loco, como volantín sin rabo. Lo embrujaron
fácilmente. Yo que lo vi, con estos dos ojos que se han de comer los gusanos,
te puedo garantizar que lo que te digo, es la pura verdad. Bueno, pero ¡fuera!,
cancelado y transmutado está. Acepté el puesto en el INP. Me hice cargo de la
consulta, y durante varios largos años le trabajé a la institución como solo yo
sé hacerlo, en cuerpo y alma, con devoción. Te puedo asegurar que fue el
esfuerzo mío, por ayudar a Cheo, lo que sirvió para que cumpliendo sus
instrucciones, hiciéramos su santa voluntad y el INP se transformara en lo que
fue para la época, el mejor Instituto de Neurología y Psiquiatría del país.
Contrataron buenos investigadores, daban
clases de psiquiatría, compraron equipos increíbles, hasta la gorda Micaela
tenía mística en aquella época, ella era la secretaria del Señor Director y no
había caído todavía en la marisquera de la santería. ¡Epa! No es que los
yorubas sean bolsas, ¡no!, pero Micaela quería joder a María Antonia Polanco a
punta de matar gallinas negras, y de otras estupideces, y esas vainas no son
así. Pero ni me entenderéis de lo que te estoy contando. En otra ocasión si
queréis podemos hablar de Micaela o de la jefa del ienepé. La jefa era la negra
Dickson, es decir, la directora, pero llegó una mujer que terminaría sabiendo
todo sobre el INP, supervisando toda vaina, llegaría a saber más del INP que el
mismo Cheo Carloni. La Polanco
apareció para controlar la vida de todos y para manejar los cobres de la Institución, pero eso
se daría con el paso de los años, por eso, ahorita no voy a tocarte ese tema.
Además, te digo, para cuando esas cosas pasaron yo ya me había ido, bien lejos
de allí.
Más bien dejame que te termine el cuento
de los relajos del segundo frente de Cheo en el barrio San Francisco. La
zorrita Eurídice, que así se llama la doctorcita, agarró viaje cuando la Minerva salió preñada.
Ella ya no era la misma, con la barriga se había dejado engordar y sin que
llegara a los treinta años estaba escoñetaita, te lo digo yo que la llegué a
ver varias veces. Me imagino que usaba a su prima para que la relevara en la
cama. ¡No sé, véis! Así que Cheo tenía en San Francisco su harem particular y
yo en El Nuevo Mundo vivía prácticamente sola. Mi capitán de repente no regresó
más nunca. Un par de años después, alguien me contó que se había quedado a
vivir en Puerto Rico y que se había casado. Yo me imagino que se consiguió una
Iris Chacón que seguramente le daría lo que a él le gustaba. ¡Vai pues! Al
primer carajito de la Minerva,
Cheo decidió ponerle el nombre de Teofilacto, ¡inmaginate esa vaina!, y en esos
días, por María Antonia Polanco supe que Cheo, sin ningún reparo, había metido
a la Eurídice
a trabajar en el INP. Desde ese momento, ya yo sabía que no tenía vuelta patrás
con Cheo Carloni. Él me tenía miedo, eso me consta, y no sé si era por mis
poderes, o por temor a las fuerzas de lo oculto, que él sabía que yo era capaz
de desatar, pero el caso es que casi ni nos veíamos porque ya yo andaba arrecha
de verdad.
Una vez, Cheo se me metió en la casa. Esa
sí que fue la gota que rebasó el vaso. En la madrugada, como un mismísimo
ladrón, y con más palos que una caja de fósforos, dizque él quería que
hiciéramos el amor. ¡No joda! Por poco le pego un tiro. Mi marido me había
dejado su arma de reglamento y así, a punta de pistola lo saqué de la casa.
Nunca más regresé al instituto. Me fui definitivamente. Te digo que la verdad
es que el Instituto era una casa de locos, para locos. El desorden y el relajo
estaba imperando, había casos como el del profesor Mavarez, o desmanes como los
de Antonieta Polanco que se los tapaba su hermana, y ¿donde me dejáis los de la
misma doctora Eurídice?, en la mera dirección, eran para coger palco, y claro
está, Micaela venía a mi casa y me lloraba, la pobre gorda, y era que ella por
ser la secretaria del director tenía que taparear todo aquello. Al terminar el
gobierno de Carlos Andrés Pérez, los ingresos por las cuentas del gobierno
mermaron y Carloni decidió enseriar las cosas.
En ese año fue cuando contrató a Carías,
un investigador que parecía serio. Contrató a un par de doctoras que se fueron
a preparar en el extranjero y luego se dedicaron a trabajar en asuntos que, en
realidad no producían grandes ingresos, porque yo no sé de donde, pero ellos
recibían dólares para trabajar en vainas del cerebro con ratas y otros
animalitos. Maldades que les hacían a unos pobres ratones que lo que daban era
grima de lo horribles que eran. Estas
cosas te las cuento como me las dijeron, casi siempre por la vía de Micaela,
porque para la época ya yo me había largado del INP. Las consultas, y las
hospitalizaciones psiquiátricas, todos esos negocios con sus cuentas de
ingresos y egresos estaban en manos de la Polanco mayor. La Eurídice se había ido a
hacer cursos de Salud Pública en la capital y la Minervita había parido
otra vez, por allá por el año 82 creo, tuvo a Hermócrates, otro carajito a
quien Cheo le echó otra vaina bautismal con el nombrecito. Era esa obsesión que
siempre tuvo por lo griego, no sé, o por lo romano, por la vaina de las leyes y
el Derecho. Él ya se había graduado de abogado y le sacaba punta a su segunda
profesión para hacer sus negocios.
Bueno, ya te dije sobre Micaela y su
manía, siempre pendiente de la manera como MaríaAntonia Polanco la miraba y de
cómo llevaba las riendas del instituto de los locos. La santería no ayudaba
mucho a Micaela. No véis que ella estaba convencida de que la Polanco era bruja y de que
usaba sus malas artes para saber todo sobre todos. ¿Me entendéis? Ella creía
que la demonia tenía, ¡una bola de cristal!, y claro, la pobre gorda no tenía
vida. Me llegaba a la casa pidiéndome que le leyera el tabaco, que le echara
las cartas, que si el Tarot, imaginate que se empecinó en que yo tenía que,
¡aprender a echar los caracoles!, nunca lo intenté, ¡la pinga!, pero una cosa
era cierta, a través de ella me mantuve al tanto de todo cuanto ocurría en el
ienepé. En el 83, al país le cayó la mabita con burundanga. Ese fue el año del
viernes negro, de la devaluación, ¡un mierdero pues! Después del desastre del
gobierno anterior todo fue un paseo para Cheo. Estaba en las listas del partido
del pueblo y él tenía sus aspiraciones políticas. ¡De bola que salió electo!
Apareció en las planchas como Senador de la República. Con tan
buena leche, ¡siempre la tuvo el gran carajo!, que así fue como se largó a
vivir otra vez a la capital y entonces si fue cuando se vino guardabajo todo lo
que Cheo había construido en el INP. Abandonaron las consultas, dejaron los
programas de psiquiatría preventiva, la negra Dickson se fue a la Universidad, las
doctoras psiquiatras, Indira y Greta, se dedicaron a sus vainas privadas y
quedó solito Diego Carías y sus investigadores. Él como dueño y señor del INP.
¿Qué más queréis que te cuente? ¿No era todo esto lo que vos querías saber? Así
fue como el ienepé cambió su rumbo. No hay mucho más que decir. Yo estaba ya
cansada, me sentía casi seca. No volví a conocer marido y me dediqué por entero
a cultivar el espíritu. Regresé a la poesía, a ejercitar mis poderes, a ayudar
a la gente.
¡Ay, te cuento! La doctora Eurídice se
consiguió un novio, de la capital. Allá lo conoció y estaba lista para el
casorio, cuando Carloni lo supo. Él la mandó a llamar desde su Oficina de la Cámara del Senado. Se fue
con ella un par de veces a Miami, o no sé si fue a Houston, creo que a él lo
operaron de algo y ella lo acompañó. Bueno. Al regresar, él le montó un
apartamento en las Colinas de Bello Monte y allí vivió como una reina. Eurídice
en la capital, ¿Cómo te parece? Hasta un día cuando Cheo llegó y le dijo, ¡chao
pescao! No conozco los detalles, pero a Eurídice ya se le había pasado la
pepera del novio, y se regresó con sus cajas destempladas a trabajar en un
dispensario de la Sanidad,
por allá por el barrio Sierra Maestra de esta ciudad. Por allá anda todavía.
¿Te gusta o te entretiene?

Aunque vos no lo creáis, todavía te puedo
decir más. Cuando todo el vainero de los ratones feos, cuando regresó Cheo, en
esos mismos días se dio toda aquella situación del que llamaron 27 de febrero,
una revuelta en todo el país que dejó muchos muertos. Fue cuando Cheo sacó a
Carías, botó a un gentío y se dispuso a dirigir él solo la casa de los locos,
él solo. ¡Una vaina loca! ¿Dónde creéis vos que en esa época estaba la esposa
legal de Cheo Carloni?, su única mujer, la que lo cazó cuando era un coñito,
¡la que se lo tiró con velo y con corona! AnaMaría Acurero. Ella vivía, y creo
que vive todavía, en, La
Florida, en los Mayamis, ¡casi nada!, con sus hijos y sus
nietos. José Luis y Luis José profesionales de no sé qué vaina, y además ellos
casados con una gringa y con una cubana que ya hasta les han parido y que hacen
de Ana María una abuela gringa que se la mantiene todo el día en chores y
cuidando un jardín florido. ¿Minerva? Gorda, descuidada, sigue viviendo en San
Francisco, y no pudo nunca lograr que Cheo reconociera a sus carajitos.
Acordate de que él era también abogado, así que ella pasó años diciendo que
ellos necesitaban una imagen paterna y no un viejo ricachón que desde el Senado
les enviara limosnas. Después se quedó en ese predicamento. Por eso quizás se
resolvió con un jovencito que trabaja en un taller mecánico por Sabaneta, uno
que anda en moto. Yo sé quién es y me parece que él todavía está consolándola,
por lo menos de noche y de madrugada. ¡Que le aproveche! Su prima, la doctora
Eurídice vive con ella en la casita de San Francisco, y siguió durante años
esperando por Cheo Carloni. Cuando supo que había vuelto, a comienzos del año
89, por poco se vuelve loca de bola. Hubieras visto vos lo contenta que se
puso. Ella creería que lo iba a agarrar en la bajaita y ¿qué pasó? Ay mijo.
Alegría de tísica. Sigue en el mismo Dispensario de la Sanidad. ¿Qué más queréis
que te cuente criatura? ¿Verdad que ya está bueno? Ya solo me falta comentarte
sobre el doctor Carías y su mujer, la Rosalinda, ¡bicho!, o sobre él y su enfermerita,
pero eso no lo voy a hacer, ¿sabéis por qué?, porque esas cosas para mí son
chismes y yo no soy chismosa. A mí no me tocó vivirlas personalmente, y por eso
no te hablo de eso… ¡Cónchale!¡Ni que fuera el Reporter-Esso!
NOTA: aquí finaliza esta
oportunidad de haber leído sin acceder a la novela, una pequeña muestra de “Ratones desnudos”(2011) que está en Amazon.
Maracaibo, lunes
13 de julio del año 2026