Tan solo
cincuenta años atrás, la práctica de las autopsias para la civilización
occidental era parte integral del ejercicio de la medicina hospitalaria. Ya lo
dijimos, y este hecho era por demás demostrable al comprobar cómo en los
Estados Unidos más de la mitad de los enfermos que fallecieron en el año 1950
fueron autopsiados. Nosotros, los patólogos venezolanos, cuando comenzábamos a
organizarnos como grupo de especialistas médicos interesados en el desarrollo
de esta especialidad médica, presenciaríamos como se producía el declive de las
autopsias en el mundo. ¿Nos convocaban a regresar casi sin haber ido?
Repetitivamente
habíamos llamado la atención sobre la situación del peligroso alejamiento de
las autopsias. Ante el desinterés de los clínicos y el casi nulo entusiasmo de
los patólogos mismos, decidimos ponerle atención al fenómeno. ¿Cómo revivir las
autopsias? Teníamos que insistir en considerarlas como el muy necesario control de calidad de la medicina
hospitalaria, pero las autopsias eran cada vez menos solicitadas por
nuestros colegas médicos-cirujanos, ¿y los patólogos? Como si nada estuviese
aconteciendo. ¿Cómo analizar aquella situación?
Les informo que EL CÁNCER tiene mucho que ver con todo este terrible asunto
que estamos rememorando y que gira alrededor de la desagradable tarea de “rajar
muertos” en un país donde abundan los vivos y los que se rajaban (¡que eran
unos cuantos!), era porque se iban a disfrutar sus usufructos en lejanas
regiones del globo terráqueo. La palabra
CÁNCER es casi como palabra-mágica, para los patólogos. Esa enfermedad nos
identificaba ante los colegas médico-cirujanos como algo más que “raja
muertos”. Gracias al cáncer somos aceptados por los colegas como entes
útiles a la sociedad. Gracias a él, las personas entienden lo que hacemos
los patólogos y aceptan que servimos para algo… De la capacidad que tiene el
patólogo para decir con precisión y certeza cuando una lesión cancerosa es más
o menos maligna, dependerá (algunas veces) el que sea apreciado por el entorno
médico. Gracias a la habilidad diagnóstica, producto del estudio y de la
experiencia, aunque terriblemente subjetiva, los patólogos venezolanos
deberíamos haber tenido una importancia crucial en las labores preventivas de
despistaje del cáncer por citología. Pero la realidad nuestra era y
ha sido diferente.
En rebatiña o en franco contubernio con los
citotecnólogos, formados indiscriminadamente y bajo criterios crematísticos más
que de salud pública, cada vez era mayor el número de patólogos que por la vía
del “despistaje del cáncer” lograban sobrevivir, asociándose con
citotecnólogos. Igualmente los citotecnólogos, pasaron a trabajar libremente
sin la supervisión de los patólogos o asociados a ginecólogos que les resultaba
un mejor negocio... ¡Vivíamos en lo que llaman un desbarajuste total!
Hace años ya, cuando ante la desoladora realidad de
la asistencia pública del país, hice por la prensa un llamado a los patólogos,
para que asumieran el rol de ser supervisores de los hospitales. Les propuse
hacer con las autopsias un real control de calidad asistencial para salir del
marasmo de la incertidumbre, (https://bit.ly/346wOPv)
planteando que cada defecto podría ser visto como un tesoro (El Nacional, Caracas. 1/ 4/
1991). El tema de la
autopsia en los enfermos con cáncer merecía ser revisada con especial atención.
En nuestro país era y es lamentable que no se hagan autopsias en los hospitales
anticancerosos. Esta situación no es de ahora, cuando ya nadie está interesado
en el estudio post mortem de los cadáveres. . .
¿Cómo sabíamos hasta qué punto los pacientes de
cáncer se curaban en nuestro medio con la quimioterapia?, ¿o con la
radioterapia? ¿Qué sabíamos de sus complicaciones? ¿Qué hay del trombo
embolismo pulmonar? ¿Qué tal los agentes infecciosos involucrados como parte
del compromiso inmunológico? ¿Sabemos acaso de que se mueren los enfermos con
cáncer en nuestro país? ¿Cómo podemos saberlo, si no hacemos autopsias en los
hospitales donde tratan a los enfermos con cáncer? ¿Cuánto no pudiésemos
aportar los patólogos al progreso del conocimiento de las neoplasias y de los
efectos, beneficiosos o no del tratamiento de los pacientes venezolanos con
cáncer, si hiciésemos autopsias?
Lo triste de esta historia es que la falta de interés por las autopsias, era compartida por la inmensa mayoría de los médicos clínicos oncólogos, los cirujanos oncólogos, los ginecólogos, algunos quimio y radio terapeutas y particularmente por nosotros, los propios patólogos… Se aceptan las autopsias como requisito indispensable para que el sistema judicial procese a los fallecidos por “causas no naturales”, se hacen exhumaciones, y autopsias para cobrar herencias, o para experticias sobre seguros de vida, o para llevar a la cárcel a delincuentes. Sobre las deficiencias de nuestra patología forense, publicábamos artículos por la prensa (Bello Monte sabatino, El Globo, Caracas, 8/3/ 92).
Uno de los errores en el desconocimiento del
verdadero valor de la autopsia es considerar que los métodos diagnósticos llamados
“no invasivos” resuelven los problemas de diagnóstico a través de imágenes. Sin
negar su importancia, (en 2021 lo escribí, tan solo para recordar con tristeza
los tiempos cuando existían estos equipos eficientemente trabajando en el país
ya depauperado), la única manera de demostrar cuando las imágenes no se
corresponden con realidades ya diagnosticadas y en ocasiones ya tratadas, es la
Anatomía Patológica. No han logrado las estadísticas demostrar una mejoría en
el diagnóstico de las lesiones con los métodos de imagenología cuando se
comparan con la precisión del estudio anatomopatológico macro y microscópico,
eficientemente realizado.
Hasta aquí escribo hoy, en el año 2026 del Siglo
XXI -tras revisar aquel trabajo que logré publicar hace ya una veintena de
años, y al recordarlo ahora, en lo que simula ser el final de la tragedia del
mal llamado “socialismo” que ha destruido al país y sus instituciones, nos
hemos estancado y retrocedido médica y científicamente muchas décadas sin poder
acceder a los avances más elementales para cubrir las necesidades mínimas en
este siglo XXI, Por eso insisto en repetirlo para que se lo cuenten a quienes
ilusos aspiran a volver a vivir en un país como aquel que fue un adalid en la Medicina
y en mil aspectos más, y ahora es lo que vivimos todos, quienes no han emigrado
y resisten en una tierra que sistemáticamente ha sido devastada por una cáfila
de incompetentes y desvergonzados malhechores.
Pero… ¿Que podemos hacer? Sí, o como
decían en la RadioRochela… ¿Y qué va usted a hacerle? Murmurar quizás… “No le cuentes a nadie mi historia, historia
triste”… ¿He de cantarlo, como lo escribiera en aquel valse nuestro tenor
Alfredo Sadel? ¿Tener que “fingir diciendo:
¿“Dí”? Disimulando que aquel fue un amor hermoso… Pero
estamos en el mismo país… ¿Hacerlo para proteger y perpetuar su memoria?
Puede que sea un recurso válido… En este caso, al conversar sobre nuestra
historia, habrá que finalizar repitiendo… “No
digas la verdad, la verdad que conoces, de la que siempre te arrepentirás”…
NOTA:
Aquí y así -cantando- finaliza la historia de nuestras autopsias y entendemos
que se fue mayo, el mes de las flores….
Maracaibo, el domingo 31 de mayo, del año 2026