El análisis de numerosas cintas magnetofónicas y de varias libretas
con anotaciones sobre mis conversaciones con Ágatha Gallegos, me ayudaron a
reconstruir la verdadera historia de su prolongada relación afectiva y
profesional con José Asunción Carloni. Así le da inicio al capítulo
21 (Amores de manicomio) de la novela “Ratones
desnudos” el periodista Hernando Salazar quien es el relator de la misma
estructurada a través de sus entrevistas.
Las propias experiencias de
Agatha, fueron siempre expresadas en una tónica saturada de acotaciones mágicas
y de situaciones esotéricas, por lo que resultarían insólitas y es difícil
intentar ponerlas en sus propias palabras. En un esfuerzo por lograr una
narración convincente, decidí ofrecer los hechos en palabras de un narrador
omnisciente. Es necesario también entender que no es posible abordar el tema de
Ágatha y de Cheo Carloni en términos sentimentales, sin mencionar la vida del
psiquiatra con Ana María Acurero. Tan solo un par de meses después de graduarse
él de Médico-Cirujano, se casaron, y muchos años después, todavía ella sigue
siendo oficialmente su mujer quien vive con sus dos hijos nacidos de aquel
matrimonio. Finalmente, me ha parecido importante hablar también sobre la
prolongada relación de Carloni con Minerva y con Eurídice Romero y con sus
vástagos nacidos y criados en la casita del barrio San Francisco, de la ciudad
de fuego...
Corría
el año 1959 cuando el doctor José Asunción Carloni comenzó a trabajar como
médico-interno en el Manicomio de la ciudad de fuego. En esa época tenía tan
solo 24 años y para él, tener que lidiar con dementes era una novedad. Se había
graduado en Medicina a finales del mes de julio de 1958 y en el mes de octubre
se casó con Ana María Acurero, una niña de 17 años, estudiante de bachillerato.
Ana María era la hija de una señora vecina de los Carloni quien fungía como
enfermera en la atención y el cuidado del viejo Andrés Carloni-Corso. El
sindicalista padre de Cheo estaba parcialmente inválido por una apoplejía que
lo había fulminado en la celda de la prisión donde estuvo confinado desde 1957
cuando fue apresado y torturado en los días que precedieron al plebiscito y el
fraude electoral perpetrado por el dictador Marcos Evangelista Pérez Jiménez.
El dirigente sindical fue hecho preso en su casa de habitación, y ruleteado por
Para la época cuando se
graduó de médico, él era un joven alto, delgado y casi bien parecido. Cuando el
nuevo médico-cirujano de
Ágatha era una eficiente
trabajadora, siempre deseosa de ayudar a los enfermos de locura, y en el plano
personal tenía grandes deseos de progresar y mejorar su formación en la medida
de sus posibilidades. Ágatha Gallegos era en aquel entonces una esbelta y juncal
jovencita de 22 años. Su tez era tan blanca que parecía translúcida, de rubia
cabellera y con una mirada de un color ultramarino, a veces claro e indefinido.
Un año antes había sustituido a una tía abuela en sus obligaciones como
auxiliar en el Manicomio y era muy querida por el personal de enfermería, por
las auxiliares y por algunas monjitas que todavía laboraban en el hospital.
Ágatha estudiaba en las noches y estaba gestionando su ingreso en la Escuela de
Enfermeras con la ilusión de ser una mujer como “la dama de la lámpara”, su
admirada e idealizada Florencia Nightingale de quién años atrás había tenido la
oportunidad de leer una biografía. Cheo Carloni-Corso habría de recordar toda
su vida la primera vez que se encontró con Ágatha Gallegos. Al verla sintió que
las piernas se le llenaban de espuma helada y las rodillas se le derretían cual
barras de mantequilla al fuego. Ante ella, su corazón se le desbocó dentro del
pecho como un potro salvaje al galope tendido. Ese día había llovido
torrencialmente y el denso y asfixiante calor húmedo transformaba el ambiente
de la consulta en una caldera. En la tarde, al concluir su labor, el médico
abandonó aquel sofoco y abrió las puertas para respirar aire puro. Emergió
hacia un patio central rodeado de nardos por lo que, al sentirse envuelto en el
vaho perfumado de las pequeñas flores blancas, a su mente le llegó con los
recuerdos el aroma de las coronas del entierro de su padre. En esto estaba
cuando súbitamente la divisó, de pie, en el centro de uno de los patios
enladrillados del Manicomio, reflejada en los charcos de agua que tachonaban el
piso de mosaicos pintados con arabescos negros y amarillos. Allí estaba ella,
aureolada por la reverberación vespertina del sol de los venados que ya
anaranjeaba por todo lo alto el reborde de las tejas y destacaba su grácil
figura creando una extraña luminiscencia casi extraterrena con una corona de
reina nacida de los reflejos y destellos del sol en su dorada cabellera. Ágatha
lo miró fijamente y de sus manos se deslizaron hasta el suelo un par de sábanas
que llevaba a guardar y así transcurrieron eternos segundos hasta que ella se
percató de que la lencería estaba a sus pies ensopada de agua y que el joven
aquel, metido en su bata inmaculada la miraba fijamente y boquiabierto.
Los amores de Ágatha Gallegos
y Cheo Carloni en el Manicomio de la ciudad de fuego se prolongaron durante
todo un año y sus detalles podrían transformar la narración en un compendio de
erotismo y esoterismo regidos por fuerzas desconocidas para los mortales.
Bastaría con afirmar que tal era el grado de consubstanciación hermética entre
ambos amantes, que ni el nacimiento de su primogénito lograría sacudir a Cheo
del embrujo de la bella Ágatha. Cuando el partido del pueblo le otorgó una beca
para que se fuese a estudiar en la capital de
NOTA: esta historia que continuara mañana, es la manera como les
ofrezco la oportunidad de leer fragmentos de mis novelas publicadas en Amazon, a los lectores de este blog
lapesteloca.
Maracaibo, sábado 11 de julio del año 2026