viernes, 25 de septiembre de 2026

Diógenes

 

Según Laercio, Diógenes era natural de Sinope, donde su padre Icesias fue un acuñador de monedas, pero fue exiliado por el delito de adulterar las piezas, y decidiría enviar a su hijo a Atenas, acompañado de un sólo sirviente, Manes. Las fuentes no son precisas ya que parecen indicar que éste huyó, o bien que Diógenes el filósofo cínico, le despidió rápidamente, aseverando que "si Manes podía vivir sin Diógenes, Diógenes puede vivir sin Manes".

 

En lugar de enojarse o buscarlo para denunciar la fuga como le aconsejaban, Diógenes lo tomó con humor e indiferencia, demostrando que quien necesita de otra persona para vivir no es verdaderamente libre. Para él, la dependencia de un sirviente convertía al amo en un esclavo de sus propias comodidades.

 

En nuestros días, resulta difícil hacerse una idea del carácter extraordinario de esta conducta en un miembro de la aristocracia; sin embargo, pone de manifiesto un ideal ascético que se vio pronto atraído por las enseñanzas del filósofo cínico Antístenes quien afirmaba sobre nuestras carencias: "Observa a tus enemigos, porque son los primeros en descubrir tus defectos". Al principio, Antístenes se negó a aceptar a Diógenes como alumno, llegando a golpearlo con una vara; Diógenes le respondió que ninguna vara sería lo suficientemente fuerte para apartarlo de un hombre cuya enseñanza era digna de oírse. Apaciguado por la respuesta, Antístenes lo acogió.

 

El rigor con que Diógenes hizo suyos los ideales de privación e independencia de las necesidades materiales parece haber superado con creces el de su maestro, llevando una dieta sencilla y austera, una vestimenta rústica y descansando en los pórticos y plazas públicas. Juvenal, Luciano y Séneca recogen la anécdota de que dormía en un pithos o tonel, junto al Metroum, el templo de Cibeles; si encerrara algo de verdad, es probable que la medida fuera sólo temporal, puesto que otros autores que hablan del filósofo no la mencionan. Se dice también que, tras ver beber a un niño del cuenco de sus manos, destruyó el cuenco de madera que era su única posesión además de su capa, su zurrón y su báculo.

 

Relatan que en un viaje a Egina, el barco en el que viajaba cayó presa de piratas, y la tripulación fue reducida a la esclavitud y vendida en Creta. Antes de subastarlo, los vendedores inquirieron acerca de su profesión y Diógenes afirmó que no tenía ningún otro oficio que el de conductor de hombres y pidió que lo vendieran a alguien que necesitara un amo. Un rico corintio llamado Jeníades, impresionado por la agudeza de la respuesta, lo compró. Fue manumitido al llegar a Corinto y encargado de la tutoría de los hijos de Jeníades y de sus asuntos domésticos, que dirigió el resto de su vida con gran habilidad. Sin embargo, no abandonó sus hábitos ascéticos ni dejó de predicar la doctrina de la  autarkeia durante las congregaciones de los juegos ístmicos y su audiencia era numerosa y dedicada.

 

La más conocida de sus anécdotas data probablemente de esa fecha. Se cuenta que el emperador Alejandro Magno visitó a Corinto y acudió a ver al filósofo en su tonel. Presentándose como Alejandro el Magno, Diógenes le respondió sin inmutarse que él era Diógenes el Cínico. Alejandro le ofreció cualquier favor que Diógenes quisiera, a lo cual Diógenes le pidió que se apartara del sol ya que le impedía disfrutar de él.

 

El poeta español Ramón de Campoamor y Campoosorio (Asturias 1817- Madrid, 1901) considerado un poeta de poca relevancia, es conocido por sus Doloras y Humoradas, y publicó en un poema, este encuentro entre las dos personalidades, Diógenes y Alejandro y lo tituló : “Dos grandezas”. Yo, personalmente recuerdo habérselo escuchado cuando era niño, a mi padre. El poema, linealmente reza así:

 

 Uno altivo, otro sin ley, así dos hablando están:

-Yo soy Alejandro el rey.- Y yo Diógenes el can.

- Vengo a hacerte más honrada tu vida de caracol.

¿Qué quieres de mí?- Yo, nada; que no me quites el sol.

-Mi poder… es asombroso,-pero a mí nada me asombra.

- Yo puedo hacerte dichoso. - Lo sé, no haciéndome sombra.

-Tendrás riquezas sin tasa, un palacio y un dosel.

- ¿Y para qué quiero casa más grande que este tonel?

- Mantos reales gastarás de oro y seda. – ¡Nada, nada!

¿No ves que me abriga más esta capa remendada?

- Ricos manjares devoro. - Yo con pan duro me allano.

- Bebo el Chipre en copas de oro. - Yo bebo el agua en la mano.

- Mandaré cuanto tú mandes. ¡Vanidad de cosas vanas!

-¿Y a unas miserias tan grandes las llamáis dichas humanas?

- Mi poder a cuantos gimen va con gloria a socorrer.

-¡La gloria!, capa del crimen; crimen sin capa, ¡el poder!

-Toda la tierra, iracundo, tengo postrada ante mí.

-¿Y eres el dueño del mundo, no siendo dueño de ti?

-Yo sé que, del orbe dueño, seré del mundo el dichoso.

- Yo sé que tu último sueño será tu primer reposo.

- Yo impongo a mi arbitrio leyes- ¿Tanto de injusto blasonas?

- Llevo vencidos cien reyes.- ¡Buen bandido de coronas!

- Vivir podré aborrecido, mas no moriré olvidado.

- Viviré desconocido, mas nunca moriré odiado.

- ¡Adiós, pues romper no puedo de tu cinismo el crisol!

- ¡Adiós! ¡Cuán dichoso quedo, pues no me quitas el sol!

    Y al partir, con mutuo agravio, uno altivo, otro implacable:

- ¡Miserable! – dice el sabio; y el rey dice: – !Miserable!

 

Es probable que la anécdota sea apócrifa, pues en aquella fecha, Alejandro no tendría más de veinte años y no había aún adquirido el epíteto de Magno, que recibió con la conquista de Persia (tras la cual ya no regresó a Grecia) y no hay registros de que Diógenes volviese a utilizar un tonel como vivienda en Corinto, pero gracias a Diógenes, Laercio formaría parte de la imagen folclórica del filósofo.

 

Muchos cuentos de Diógenes hablan sobre su comportamiento como el de un perro, y sus alabanzas a las virtudes de los perros. Ésto tiene su razón de ser en la palabra cínico. El nombre de cínicos tiene dos orígenes diferentes asociados a sus fundadores. El primero viene del lugar donde Antístenes, su maestro, fundó la escuela y solía enseñar la filosofía, que era el santuario y gimnasio de Cynosarges, cuyo nombre significaría kyon argos, es decir perro ágil o perro blanco. El segundo origen tiene que ver con el comportamiento de Antístenes y de Diógenes, que se asemejaba al de los perros, por lo cual la gente les apodaba con el nombre kynikos, que es la forma adjetiva de kyon, perro. Por tanto kynikos o cínicos sería similares al perro o aperrados. Está comparación viene por el modo de vida que habían elegido estos personajes, por su idea radical de libertad, su desvergüenza y sus continuos ataques a las tradiciones y los modos de vida sociales.

 

Se supone que Diógenes murió en Corinto, en la época de la 114ava Olimpiada con unos noventa años de edad. Laercio asegura que murió el mismo día que Alejandro, en el año 323.

 

En Maracaibo, el viernes 25 de septiembre del año 2026

 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Mascarones de proa


Mascarón de proa fue el nombre que se les dio a unas figuras escultóricas talladas en madera y pintadas, que lucían los barcos antiguos, especialmente entre los siglos XVI y XIX, y las llevaban en la parte delantera exterior de la proa. Servían como elementos decorativos, como amuleto protector contra los peligros del mar y como símbolo de identidad para una tripulación que era mayoritariamente analfabeta.

Desde los comienzos de la navegación se podía ver en las proas de los barcos diversos elementos, normalmente esculturas que eran los mascarones de proa. Tenían diferentes significados dependiendo de la época y del lugar. Podían tener un sentido religioso, totémico, propagandístico, decorativo o de cualquier otro tipo. De manera que, durante muchos años, los adornos, formas y líneas en la proa de algunas embarcaciones, podían indicar la nacionalidad y aún más, casi hasta la localidad donde se había construido un buque. Pero el mascarón de proa nos podía revelar algo más, algo mucho más íntimo de los moradores de una nave: sus creencias y hasta su religión. A lo largo de los tiempos los mascarones de proa fueron sufriendo modificaciones que han sido paralelas a los desarrollos tecnológicos, hasta que ya en el siglo XIX y principios del siglo XX, la aparición de la propulsión a vapor y los cascos metálicos de los navíos, llevaría a que desaparecieran los marcarones, quedando relegados a los museos o a coleccionistas de proas de grandes veleros.

Estas esculturas que remataban los tajamares adornando las proas de los buques, las cuales fueron durante siglos un símbolo representativo de las embarcaciones, llegaron a destacar por encima incluso del nombre de la embarcación, como si el mascaron fuese un sello distintivo que representaba todas aquellas cosas existentes conectado el barco con en la vida de la mar, con supersticiones, creencias religiosas, miedos, virtudes, sufrimientos y alegrías, grandeza y miseria. Por ello los mascarones de proa estuvieron siempre rodeados de un cierto misterio y de un halo poético, donde cada figura guardaba una historia diferente: temporales, batallas, viajes extraordinarios, infortunios, aventuras e incluso un naufragio como capítulo final de su vida.

El problema de la conservación de estos figurones de madera, radica en el ambiente en el que han vivido, la gran cantidad de agua salada a la que se han enfrentado, el ardor del sol, diferencias de temperaturas, en resumen, las inclemencias meteorológicas, sumadas a los balances y cabezadas de cada nao, iban destruyendo la madera que podía representar una figura humana, un dios, o un ser fantástico, colocado como adorno en lo alto del tajamar de las embarcaciones, luciendo un aspecto imponente con una cierta arrogancia que pudiese pretender que ese elemento, quisiera de estar realmente vivo, con un ferviente deseo de lanzarse de un a salto a la mar.

La postura arrogante de los mascarones de proa, formada por un cuerpo rígido y una cabeza erguida, obedecía a la necesidad de adaptar la silueta del figurón a las formas del buque, y de esta forma mantener la armonía de las líneas. Los mascarones se tallaban generalmente con maderas de poco peso, intentando que fueran poco sensibles a la humedad, para evitar la putrefacción. La escasez de este tipo de maderas contribuyó a la reducción del tamaño de los mascarones, con su posterior eliminación. Los figurones inicialmente se pintaban y se doraban, aunque posteriormente también se barnizaron, y como base se utilizaban los colores azul y verde. Los mascarones, a partir del romanticismo, ya no se doraban. Se pintaban de blanco o del color marrón claro que fue tan propio de los palos y vergas, desapareciendo a partir aproximadamente del 1915, año en que comenzaron a pintarse de gris.

El tajamar de los navíos del siglo XVIII, curvados hacia dentro, llevaba un mascarón casi vertical. Posteriormente se fueron curvando en contra, con su concavidad al mar e inclinándose el mascarón hacia éste, apareciendo el eje principal ya casi paralelo al botalón. A mediados del siglo XIX, con excepción de las fragatas de hierro de espolón, cuyas formas de proa se diferenciaron francamente de los mercantes, comenzó posiblemente el origen de esa fisonomía, la de los buques comerciales y de guerra. Los mascarones de proa de los buques más antiguos, representaban los dioses del mar o de la guerra o figuras de animales puestas en la proa para preservar al buque y a su tripulación. Era para recordar que la mar representaba para ellos el fin de todas las cosas, el límite del pequeño mundo conocido, y para adentrarse en él, debían encomendarse a todos los seres divinos y sagrados.

Los fenicios considerados los descubridores de la navegación, guardaron celosamente los secretos de sus navegaciones y de la construcción de sus naves. Se sabe a través de unas piedras halladas en Sidón, que la proa de aquellas naves, ostentaban la cabeza de un animal de aspecto ambiguo y largo cuello curvo como el de los cisnes. Los griegos no crearon grandes obras de ese género. Sólo podemos reseñar un relieve de la época en el cual se conmemora la construcción de una nave célebre. Se ve el astillero y a diferentes artesanos trabajando en su respectivo cometido, entre ellos aparece un carpintero tallando la proa.

Los barcos recibían el nombre de la zona donde eran construidos, llamaban Semena a la nave de Samos y Parona a la de Paros. También era común darle el nombre de algún animal o el de alguna divinidad protectora. La grababan o pintaban en el sitio más visible del barco, es decir la proa, el signo o señal que habían escogido para distinguirlas de las otras y para hallar protección. Los egipcios, con su afán de poseer una tumba fastuosa, en sus tumbas no sólo pintaron con todo detalle los Baris, embarcaciones de recreo del Nilo cuyo mascarón era un loto y las naves de guerra con una cabeza de león, sino que con el personaje difunto enterraban pequeñas naves funerarias, talladas con todo detalle, halladas intactas miles de años después, han permitido contemplar en la roda de ellas cabezas de gamo, armoniosas volutas y en algunas, una cabeza de toro. Para los egipcios, un navío se debía asemejar a un pájaro de vivos colores deslizándose sobre las aguas.

En la India y Ceilán, en el momento de la botadura, el barco se consagraba o ponía bajo la advocación de una diosa (Amman, Ramaswami, Lakschmi) y en la proa siempre aparecía esta divinidad tallada primorosamente. En China la parte más noble o sagrada era la popa, por tanto se daba más importancia a la decoración de esta parte de la nave. En China como en Indochina fueron corrientes las regatas de remeros, con unas embarcaciones muy angostas, cuya forma y ornamentación imitaban las figuras de serpientes y dragones. En las cortes imperiales de Indochina las embarcaciones llevaban tallas de gran calidad artística, policromadas y doradas. En las costas de Bali se utilizaban pequeñas piraguas con la talla en la proa de la cabeza del pez elefante Makara y en ocasiones la cabeza de un cocodrilo.

El máximo exponente de la cultura naval de todos los tiempos puede atribuirse al Bucentauro, la galera o gran falúa de los desposorios de Venecia con la mar, que tuvieron origen en la victoria de cabo Salvore, conseguida por los venecianos en 1117, sobre las fuerzas de Federico Barbarroja. El Bucentauro de entonces debía su nombre al hecho de llevar en la proa un centauro montado sobre un buey, y cuando por el paso de los años amenazaba con irse al fondo fue sustituido por la Nave de Oro, denominación esta por la riqueza de sus elementos decorativos. En 1795 se acabó la bella y tradicional ceremonia veneciana cuando los revolucionarios franceses entregaron la república adriática a Austria. Napoleón, ordenó arrancar todo el oro del Bucentauro y entregárselo al tesorero de Milán..

Pablo Neruda tenía una fascinación profunda por los mascarones de proa, a los que cariñosamente llamaba "mascaronas". Los rescataba de anticuarios, puertos australes, ferias de pulgas y naufragios para darles un nuevo hogar. Estas figuras de madera eran piezas centrales en su vida y en su famosa Casa Museo de Isla Negra, inspirarían gran parte de su poesía oceánica. Estos remanentes de los antiguos buques a vela, que surcaron los océanos del mundo hace 200 años atrajeron el interés de Neruda, quien deslumbrando su imaginación con estos fragmentos de embarcación, que guardan el misterio de la totalidad del mar y del viaje oceánico con historias envueltas en misterios, lo que no hacía más que aumentar sus encantos ante la mirada del poeta.

Estos mascarones, de proa pasaron de navegar los mares, para terminar en desguazaderos, naufragios y cementerios de barcos. O escondidos en ferias de las pulgas y anticuarios, antes de ser descubiertos y reunidos por Neruda en su casa de Isla Negra encendiendo los sentidos e imaginación del poeta con historias en un mundo pretérito del que sólo observamos sus huellas. “A una estatua de proa”: Canto General de Pablo Neruda. “En las arenas de Magallanes te recogimos cansada, navegante, inmóvil bajo la tempestad que tantas veces tu pecho dulce y doble desafió dividiendo en sus pezones… …” Para mí tú belleza guarda todo el perfume, todo el ácido errante, toda su noche oscura. Y en tu empinado pecho de lámpara o diosa, torre turgente, inmóvil amor, vive la vida…

Maracaibo, jueves 24 de septiembre del año 2026

miércoles, 23 de septiembre de 2026

En el mar todo es felicidad


Carlos Argentino cantaba con la Sonora Matancera “En el mar la vida es más sabrosa, en el mar te quiero mucho más, con el sol la luna y las estrellas en el mar todo es felicidad”.  Józef Teodor Konrad Korzeniowski, o más sencillamente Joseph Conrad, era un polaco y para llegar a tener una conexión con el mar no le fue tan fácil; tras obtener la nacionalidad británica, pudo presentarse a los exámenes de aptitud para hacerse oficial de la marina mercante británica, y entonces navegaría en el Duke of Sutherland, el Highland Forest, el Loch Etive, el Narcissus y el Palestine, hasta que obtuvo su título de capitán, cargo que desempeñó en los barcos Torrens y Otago, este último de bandera australiana…

“El mar no se puede amar” diría en una oportunidad Vila-Matas y añadiría, “se le teme, simplemente”. Entre la elocuencia de los literatos y el silencio de los marinos, hay afortunadamente unos cuantos marinos que decidieron escribir, y como ejemplo podremos siempre citar a Melville (https://bit.ly/3JLxSKW) y a Conrad.

Hablaré de este escritor que sí que amó intensamente el mar. Józef Teodor Konrad Korzeniowski, más conocido como Joseph Conrad. Era polaco y había nacido en diciembre de 1857 bajo el Imperio ruso, en un pueblo de la actual Ucrania. Como novelista y siendo un ciudadano polaco, Conrad adoptó el inglés como lengua literaria y pasaría a ser considerado como uno de los más grandes novelistas de la literatura inglesa.

Conrad escribió sobre el inmenso mar que amaba, y describiría la lucha de los hombres contra su desaforada y terrible dureza. Conrad en realidad amó a los hombres del mar, a esos hombres brumosos ángeles, o cínicos criminales, o vagabundos y ambiciosos, a todos quienes se forjaron luchando en el mar y manipularía la verdadera vida de los marineros envolviéndola en un aura de misterio como aquella que Mallarmé volcaría en sus textos de poesía pura. Así Conrad, utilizando una técnica mezcla de instinto y de sus personales formas, crearía una especie de fusión extraña de Dostoievski y de Flaubert pero él, escribiría en inglés.

Escribiría silenciosamente hasta un día, cuando estando en alta mar, decidió pasarle a un rudo marino llamado Jacques el manuscrito de su primera novela, La locura de Almayer y le preguntó si le aburriría leer algo con una caligrafía como la suya, a lo que Jacques respondió que en absoluto y añadiría, “lo leeré esta noche”. Cuando al día siguiente Joseph Conrad se acercó a Jacques y le preguntó si le había interesado lo que había leído su respuesta fue: “¡Ya lo creo!” y Jacques no añadió ni una palabra más…

El género de novela que Conrad cultivó es muy peligroso, pues sabemos que la novela de aventuras está generalmente basada en algún melodrama sobre un fondo de exotismo y de lejanía; por otra parte, Inglaterra ya había tenido al mayor escritor de aventuras conocido: Robert Louis Stevenson (https://bit.ly/3OgL260). Siempre que Stevenson evocó el mar en sus escritos, lo habría de lograr con un convincente vigor expresivo.

Conrad es un Stevenson más literario, de cualidades más misteriosas, las que lo hacen más profundo. Conrad ha sabido, por ejemplo, extraer toda la sensación de un paisaje, toda su sugestión y su misterio; él es capaz de transmitir la angustia que producen determinados parajes de la Tierra, incluso de ciertos ambientes conocidos él logra extraer esa aura de misterio de los trópicos, de la lejanía y de la tenacidad colonial, callada o muda, pero esa que ha sido contada por Conrad con un léxico de poeta creando una mezcla angélica y a la vez, diabólica.  

Para un escritor, el mar es algo inasible¸ conocemos el mar de Chateaubriand y el de Víctor Hugo, el mar en tono mayor, el mar profundo y azul, mar elocuente que parece haber sido creado expresamente para almas gigantescas, y también está el mar de los malos poetas, cuyo número es incontable, casi infinito. Pero siempre existirá el mar auténtico, ese mar sin lirismos de academia y sin balbuceos, el mar de los misterios desorbitados y eternos que hay que vencer por la fuerza. Ese es el mar de Conrad.

Los ensayos marítimos de Joseph Conrad expresan una calidez y proximidad sorprendentes al repasar sus vivencias marítimas, primero como marinero en Francia y más adelante en la marina mercante británica. Son textos los suyos, que crean un vivísimo retrato de la relación entre el hombre y el mar en una época cuando la llegada del vapor supuso el fin de la hegemonía de los barcos de vela. El espejo del mar es la insuperable reminiscencia de una forma de vida y una obra imprescindible para comprender la relación de su autor con el mar. Cuando joven, y de eso hace ya unos cuantos años, yo dibujaba “comics” sobre cazadores de ballenas y todavía existen evidencias (ver) de esos devaneos marinos…

Conrad tras escribir su primera novela, La locura de Almayer, en 1894, a la vuelta de su último viaje a Australia, conoció a su futura mujer, Jessie George, con la que se casó dos años después, residiendo en los años siguientes en el sur de Inglaterra, dedicado exclusivamente a su labor literaria. Publicaría Un paria de las islas (1896), al año siguiente, Salvamento, El negro del Narcissus y Una avanzada del progreso. Durante estos años conoció a Rudyard Kipling, a Henry James y a H. G. Wells. En 1898 tras dificultades económicas debido a su afición al juego, trató infructuosamente de regresar a la marina.

 En 1900 escribiría Tifón y Lord Jim, una novela en la que evoca el traumático accidente que sufrió a bordo del vapor "Palestine", y que estuvo a punto de costarle la vida. Los años siguientes se publicaría Nostromo, El espejo del mar y de El agente secreto. Tras depresiones y otros problemas de salud, además de continuar sus dificultades económicas, con una fuerte carga de pesimismo con respecto a la condición humana, en su último relato (https://bit.ly/3OiBtn5) El corazón de las tinieblas, obra publicada inicialmente a través de tres entregas de Blackwood's Magazine, entre febrero y abril de 1899, para celebrar la milésima edición de esa revista, y en 1902 aparecería como parte de su libro "Youth: a Narrative, and Two Other Stories". Posteriormente fue editada de manera separada y traducida a numerosos idiomas la obra que narraría indirectamente las atrocidades que se estaban cometiendo contra la población del el Estado Libre del Congo.

En 1914, durante un viaje por Polonia, estalló la Primera Guerra Mundial y los Conrad tuvieron que regresar a Inglaterra por Austria e Italia. Al término de la guerra Conrad se trasladaría a Córcega y en 1923 viajó a los Estados Unidos. Poco antes de morir, el 3 de agosto de 1924 de un ataque al corazón, aún tendría la oportunidad para rechazar un título nobiliario que le ofrecería el primer ministro laborista RamsayMacDonald. Joseph Conrad fue enterrado en el cementerio de Canterbury.

NOTA: los dibujos son de cuando siendo muy joven dibujaba “comics” sobre cazar ballenas…

Maracaibo, miércoles 23 de septiembre del año 2026

martes, 22 de septiembre de 2026

Club de Lectura


“En las novelas, lo que es verdad es también mentira. Los autores construyen a la noche los mismos mitos que han destruido por la mañana”. Tomás Eloy Martínez (Santa Evita). Con este epígrafe se inicia mi novela “Ratones desnudos” publicada en 2012. Al año siguiente, en 2013 recibí telefónicamente una invitación del Club de Lectura del Banco Exterior, en Caracas, para saber si podía acompañarles en una reunión del Club pues los empleados que querían hacerme preguntas sobre la novela. 


Una semana después viajé a la capital y me acerqué al edificio del Banco para sorprenderme al comprobar que el auditórium del Banco Exterior, había reunidas allí unas 30 personas, todos empleados de la entidad, personal administrativo, secretarial y obrero, miembros del Club de Lectura quienes se habían leído la novela con un mes de antelación y estaban interesados en poder conversar con el autor. Aquella que resultó mi primera vez cuando conocería “in vivo” que cosa era y cómo funcionaba “un Club de Lectura” que resultaría para mí una experiencia inolvidable. Años más tarde, tuve la oportunidad aquí en Maracaibo de enfrentar a un grupo grande de lectores miembros de un antiguo Club de Lectura local, con otra novela “Vesalio el anatomista” y nuevamente resultaría una muy interesante y grata experiencia.

 

Para los amables lectores del Banco Exterior, la novela de los ratones, hablaba de una ciudad de fuego (que era Maracaibo) donde “ya no existe un edificio blanco con columnas de capiteles corintios sosteniendo un frontispicio con las siglas INP”, y de cómo quien escribía (el periodista Hernando Salazar) lograría con la ayuda de las doctoras María Eugenia y Marianela, organizar el rompecabezas de un instituto desaparecido 10 años atrás, cuando el autor tomó la decisión de concretar en una novela lo que le parecía “una jerigonza sicalíptica”, tras largas conversaciones con Ágatha Gallegos (una curandera con poderes mentales conocida y respetada en los populosos barrios de la parte norte de la ciudad de fuego).

 

Les muestro aquí el índice de sus 32 capítulos: 1.A orillas del río Orinoco/ 2.Los poderes de la bruja/ 3.El pibe de la Guajira/ 4.Felisberto el hembriólogo/ 5.Estudiantes de Medicina/ 6.Una gatita de ojos azules/ 7.Confidencias/ 8.La ciencia en “las taguaras”/ 9.Un restaurante en Los Haticos/ 10. MariaAntonia/ 11.Las hijas de Chelita/ 12. Entre gatos y ginebra/ 13.Con la mirada del amor/ 14.Vitico y Bobures/ 15.El poder de los Orihas/ 16.Organizándose/ 17.El embrujo telúrico/ 18.La tragedia de “El Brujo”/ 19.Tumores cerebrales/ 20.¿Un oasis?/ 21.Amores de Manicomio/ 22.Es Ágatha quien habla/ 23.Cilicios y amistades/ 24.Milonga sentimental/  25.Sarita sin rencores/  26. Cita en “El Chicote”/ 27.Noches del Kristoff/ 28.Cantos gregorianos/ 29.Las armas y la docta toga/  30.Quosque tándem/  31.La herencia de “El Brujo”/ 32.Los Tres Caballeros/ 33.La savia del petróleo/ 34.Regreso del más allá/  35.Días de ira I -Días de ira II -Días de ira III -Días de ira IV - Días de ira V- 36.De visita en la isla de Toas.  Al final hay un Epílogo y una evolución cronológica.

 

Con éste prolegómeno, me ha preocupado un lector local, de quien supe que al enfrentarse a la lectura de la novela “Ratones desnudos”, “se había rajado”… Es decir, “no pudo con ella”… Yo suponía que cualquier común lector si vive en esta, la “ciudad de fuego” debería al menos en interesarse por saber, -como dicen los españoles- “de que va la novela”… La mencionada actitud, no la puedo llamar desinteresada, pues mi amigo es un consistente y buen lector (otra razón tendrá!) y contrasta -a mi modo de ver- visiblemente con el interés que su lectura despertó en los ciudadanos empleados de un Banco, hombres y mujeres habitantes de la ciudad capital, con variables niveles culturales, y quienes gratamente me sorprendieron con sus preguntas derivadas de la lectura, algunas realmente emocionadas, otras llenas de curiosidad… Por este motivo regreso al tema de mis ratones “en pelota”.

 

Explico así el motivo, por el que he querido compartir esta historia con los lectores de este blog lapesteloca. Regreso a comentar algunas de las preguntas y comentarios más relevantes de los que me hicieran en aquella oportunidad los amables lectores caraqueños: 1-¿Es real todo lo que dice en este libro? 2-¡Fui a Google y averigüé que Fernández Morán si existió! 3-Su interés por los ojos me llamó mucho la atención. 4-¿Por qué se tardó 10 años escribiendo la novela? 5-¿Qué le sucedió a Diego? ¿Se murió? 6-Son muchos personajes y cada uno es diferente…¿Cómo logra hacer eso? 7-¡La ciudad de fuego!¿Podría ser Ciudad Bolívar? 8-Me llamó mucho la atención el lenguaje; ¡No había visto antes “escribir en maracucho”! 9-¿Pueden verdaderos científicos actuar así, tan despiadadamente? 10-¿Cómo hace con tantos nombres? ¿Los inventa, o son reales? 11-¿Algún familiar lo ayudó a construir la novela? 12-¿Se pueden escribir varias novelas diferentes a la vez? 13-¿Por qué toca cosas religiosas?, santería y así…14-Usted dijo que antes tenía otro nombre para esta novela. ¿Es verdad que se llamaba “Cabeza de ratón”? 15-Al saber que usted es pintor uno entiende porque hay tantos detalles, los colores y texturas son como si uno los estuviera viendo…

 

Al responder a estas y otras preguntas, me tocó dar algunas explicaciones adicionales, como; decirles que escribo a mano antes de llevarlo a la computadora, que tardé muchos años escribiendo la novela por problemas familiares, pero que lo importante fue no abandonar la escritura. Sobre los personajes les aclaré que todos fueron creados y que usé mezclar la personalidad de gente que he conocido, y les conté que uno termina por crearle a cada quien un curriculum-vitae y llevarlo a través de los años. Como dato adicional, las hojas de Excel ayudan en esa labor. 


Cuando tenía listo el manuscrito de “Ratones desnudos” recuerdo que se lo di a leer a una joven querida amiga que siento como mi hija y ama a los gatos. A ella le pareció muy divertida, y me hizo anotaciones al margen que me hicieron muy feliz. Todavía regreso y me emociona mirar ese manuscrito con sus observaciones. Curiosamente, me enteré años después que no le había regalado un ejemplar ya publicado; quizás esa es otra de las razones por las que recordé que en la ciudad de fuego había un lector con el libro sin haberse decidido a entrarle a su lectura… No sabía de lo que se perdía.

 

Pero, no me mortifica este detalle pues le llegará su momento y leerá la novela, aunque luego no me cuente si le gustó, o no… Al fin y al cabo, hay que recordar siempre la sabia opinión de Tomás Eloy Martínez de que “En las novelas, lo que es verdad es también mentira”, entendiendo que “los autores construyen a la noche los mismos mitos que han destruido por la mañana” y de esa manera vamos creando vidas y conflictos de personajes que nacieron de nuestro subconsciente. Gracias por leerme.

 

Nota: a) este artículo, o uno muy parecido, fue publicado ya en este blog con el título de “El Club de los ratones desnudos” en mayo del año 2021. b) el Club de Lectura de la ciudad de fuego, tiene pendiente por analizar una de mis novelas que fue premiada en una Bienal de Literatura el año 1997… (¡No se deciden!...¡ ¿Por qué será?)

 

Maracaibo, martes 22 de septiembre del año 2026