En un pueblo lejano y muy distante, en Punta Cardón,
en la península de Paraguaná a orillas del mar Caribe, se fue a vivir
MariaAntonia sin decirle nada a nadie. Sola con su hija pequeña, en la casa de
una prima casi olvidada de su familia. Allí, frente al mar, criando Julimary
lloró hasta que el llanto se le secó con el sol, la sal y el yodo, para
interminablemente continuar “canturreando las canciones más tristes, le
diré a todo el mundo lo que tú me quisiste”... Sin poder
olvidarlo, algunas veces pensaba... “Doquiera
que tu vayas, si te acuerdas de mi, la pena que me invade, en sol se ha de
convertir, fatalidad ya no existe, tu recuerdo será, resplandor en las noches
doquiera que tú vas”... Fuiste
tomando color con tanto sol y te gustaba cantar los boleros tristones de Felipe
Pirela y las canciones de puro despecho de Julio Jaramillo. Te divertía
imaginar que tu Julio, lejos, en algún sitio, quizás también cantaría... “Yo
sufro lo indecible si te entristeces, no quiero que la duda te haga llorar,
hemos jurado amarnos hasta la muerte y si los muertos aman después de muertos
amarnos más”... En las noches y ante la luna que se elevaba
rielando en el mar, cantabas imitando a Blanca Rosa Gil... “Tengo el
corazón hecho pedazos”..: “noches y más noches sin descanso” ... y
luego, con lágrimas en los ojos decías para ti... “Más frágil que el
cristal fue tu amor por mí”... Mirabas el astro de la noche para
gimotear... “Luna, ruégale que vuelva y dile que lo quiero, que por
ti lo espero a la orilla del mar... Luna
tú que le conoces”... Seguías amándolo, y buscabas justificarlo,
pero siempre en silencio, mientras sin poder ocultar tu dolor entonabas... “Estoy
sola, irremediablemente sola... Hoy te
has ido para siempre de mi vida y has abierto una herida, que jamás ha de
cerrar”... ¡Ay Julio mío! “A tu amor mi cariño se aferró
desesperadamente y no sé por qué tus labios pronunciaron, el adiós”. En aquella soledad con el viento salobre
del Caribemar pensaste que cada día transcurría como un mes y cada mes ya te
parecía un año... “Un siglo de ausencia” y cantabas desgarrada de
amor... “Tan separada de ti, pensar que no he de verte otra vez, fingir
que soy feliz sin tu amor, llorar con mi dolor”...
Pero todo tiene un final, hasta los dolores nacidos
de amores contrariados, se acaban, y MariaAntonia pareció recapacitar. Con
Julimary ya caminando, regresó un día a su casa del Barrio Obrero en Sabaneta.
Allí se encontró otra vez con la sombra del Julio que ella había amado, un
Julio arrepentido, enflaquecido, quien había sido despedido de su trabajo y
vegetaba solo y contrito, en su casa, que parecía un mudalar de escombros.
MariaAntonia volvió para hacer una limpieza profunda, y para tomar las riendas.
En esa oportunidad fue cuando se entrevistó con el doctor José Asunción
Carloni-Corso quien estaba a punto de abrir un Instituto de Neurología y
Psiquiatría en la ciudad de fuego, y necesitaba una administradora que le
llevara las cuentas y le organizara todo lo relacionado con el personal que
estaban contratando. Así fue como MariaAntonia Polanco comenzó a formar parte
del INP y de todos los festinados preparativos destinados a inaugurar en la
cercanía del hospital y de la Facultad de Medicina, lo que debería haber sido
una prestigiosa institución.
MariaAntonia nunca pensó que en aquel cargo habría de durar más de quince años, y menos aún que sería ella quien en muchas oportunidades habría de llevar las riendas para guiar y tascarle el freno a tantas gentes como las que trabajarían y debatirían sus vidas en aquella casa de locos. Una de las críticas que siempre pesaron sobre la gestión de MariaAntonia es su querida institución, fue la protección que, desde su posición directiva, ejerció siempre sobre su hermana menor. Cuando Carloni la contrató en el INP, ella le consiguió un cargo como secretaria y quizás afortunadamente, Antonieta decidió casarse varios meses después y se fue a vivir en la ciudad de los crepúsculos con su marido nuevo, un flamante abogado más joven que ella con unas agallas de escualo depredador. En 1982, con dos hijas, de 5 y de 3 años, regresó a vivir con su madre, Chela Polanco, en el restaurante de Los Haticos. Más pronto que tarde, MariaAntonia lograría para su hermanita un cargo de secretaria en la biblioteca del INP, donde tendría bastante tranquilidad y además, sobrado margen para incumplir los horarios supervisados por su propia hermana. (…) No obstante, en el decir de Vitico Chourio, el “office boy” del INP, Antonieta lo que estaba era, comenzando, “a dar más funciones que El Variedades”.
Durante el intenso período de rebullicio, que giró
alrededor del regreso de Antonieta, la vida ordenada y metódica que
MariaAntonia había consolidado alrededor de su importante posición en el INP,
comenzó a sufrir un nuevo percance. Julio, después de una larga temporada, que
él denominaba risueño, “de paro forzoso”,
consiguió un nuevo trabajo, como supervisor de planta para el personal en una
conocida fábrica de cerveza de la ciudad de fuego, situada precisamente en Los
Haticos. MariaAntonia no había necesitado hacer de tripas corazón cuando
perdonó a Julio y regresó a vivir con él. No estaba dispuesta a criar a
Julimary sola y las letras de sus boleros la hacían cantar... “Esta vez,
ya no soporto la terrible soledad, ya no te pongo condición, harás conmigo lo
que quieras bien o mal”. Ella volvería a poner todo su empeño
para olvidar los efluvios de la negrota inmensa que le había desquiciado a su
marido, y se repetiría constantemente que tenía que creer en él, que necesitaba
amarlo como antes... “Llévame si quieres hasta el fondo del dolor, hazlo
como quieras por maldad o por amor, pero esta vez, quiero entregarme a ti en
una forma total, no con un beso nada más, quiero ser tuya sea por bien o sea
por mal”.
Un año después nacería otra niña, y Julio quería
llamarla Zulay, pero se impuso MariaAntonia para ponerla Yolanda, como la de la
canción de Pablito Milanés. “Si me
faltaras no voy a morirme, si he de morir quiero que sea contigo, mi soledad se
siente acompañada por eso sé que a veces necesito tu mano, tu mano, eternamente
tu mano”... Julio
trabajando en la cervecería, tenía la tentación al alcance de la mano...
Entonces ella habló con el doctor Carloni y le pidió dos semanas de vacaciones.
Sabía que necesitaba reflexionar y regresó a Cardón. Otra vez se hallaba frente
al mar. Con sus dos hijas pensó que estaba en una nueva disyuntiva con su Julio
y de nuevo cantó cuanto quiso, pero esta vez no lloró como antes lo había
hecho. “Me tienes, pero de nada te
vale, soy tuya, porque lo dicta un papel, mi vida la controlan las leyes, pero
en mi corazón, que es el que siente amor tan solo mando yo”... Miraste el mar hasta que los ojos
se te cansaron de otear la línea del horizonte, y pensaste... “Permíteme igualarme con el cielo, que a
ti te corresponde ser el mar”... No sabías porqué, pero tú no podías
dejar de quererlo. No obstante, Julio ya
se había atrevido a sincerarse. Te lo había dicho, había perdido el interés en
tu vida, y en tus cosas... Aunque ni
Julio ni ella se querían divorciar el distanciamiento entre los dos fue cada
día más grande... Ella confiaba en un milagro, pero sabía que él se sentía muy
mal, porque su sueldo no era ni la mitad del de ella, y la argumentación de
ella insistiendo en que esa era una actitud machista que debía superar,
supuestamente era escuchada, mas no atendida. Ella sabía que sus palabras ya no
surtían ningún efecto sobre Julio.
Al
regresar MariaAntonia de Punta Cardón, Julio comenzó a perderse de la casa por
temporadas. A ella no le interesaba el divorcio, y argumentaba que no quería
dejar a sus hijas sin padre. Antonieta discutiría con su hermana hasta
cansarse. Había jurado que la convencería, y la invitaría reiteradamente, e
insistiría en que tenía que salir, que conocer a otros hombres. Ella al fin
aceptaría sus sugerencias y saldría una noche, y bebería hasta sentirse
achispada, y su pareja que sería un hombre serio que ella bien conocía, un
divorciado que sabía lo que buscaba, no era suficiente, y al final ella no se
atrevería, y lo rechazaría. Ella no aceptaría sus propuestas, ¿cómo imaginarlo?
En la madrugada habría de regresar a su habitación y sería un llorar
interminable, amargamente, porque definitivamente ella estaría convencida de
que la sombra negra de Julio no le dejaría vida, nunca más...
Pero
de todas aquellas cosas, querida MariaAntonia, lo que más furia te daba,
ciertamente, era pensar en Julio, todo el tiempo, constantemente. Era oírte a
ti misma, musitando en las noches, “en
la multitud, busco los ojos que me hicieron tan feliz, y no logro hallar en
otros labios la ilusión que ya perdí”... Era, imaginarte a Julio, con
su melodiosa voz de terciopelo como otrora, diciéndote al oído. “Me da pena que sigas sufriendo tu amor
desesperado, yo quisiera que tú te encontraras de nuevo otro querer”. Era ya el colmo, y en medio del trabajo,
que era tu único aliciente, peor resultaría tener que enterarte cada semana de
una nueva historia de tu hermanita. Te enervaba saber que la hermosa Antonieta, día a día,
bajo tu control, y tu supuesta supervisión, estaba cortando en su trabajo, rabo
y orejas, o como ella misma lo decía, tumbando las chiritas por el cogote, iba
tirándole palo a todo mogote, dándole por donde era a tutilimundachi, no
importándole nada y haciendo su personal revolución.
NOTA: hasta aquí y para este blog (lapesteloca) la historia de MariaAntonia que es tan solo un
fragmento de la novela “Ratones desnudos”
(puedes buscarla en Amazon).
Maracaibo, el miércoles
8 de julio del año 2026