Continuamos para finiquitar hoy estas reflexiones
de ayer sobre las impresiones de Diego Golombek (Buenos Aires, 1964) biólogo,
cronista y audaz divulgador de la ciencia en español, quien disecciona en 'Las
neuronas de Dios' (Siglo XXI), el fenómeno de -la tarea imposible-
para demostrar, no la tarea imposible del Creador, sino la de muy difícil de rastrear
su huella biológica en los pliegues de nuestra corteza cerebral.
Para comenzar este “finale” la pregunta puede ser, si
acaso… ¿Ha
perdido la ciencia la capacidad de consolar al ser humano de la misma manera
que lo hace la religión? Y Golombek responderá. —Desde un punto de vista práctico, creo que la ciencia no ha perdido esa
capacidad de consolar. Si estamos vivos hoy no es por la religión, sino por la
ciencia; concretamente por tres pilares: el acceso al agua potable, los
antibióticos y la capacidad de alimentar al mundo. Por eso, cuando nos sentimos
desconsolados ante el rumbo del mundo, debemos obligarnos a reflexionar sobre
todo lo que hemos logrado gracias al conocimiento científico. A veces, la
ciencia requiere de un rostro más humano. Ocurre lo mismo con un médico: aunque
nos dé un diagnóstico en términos técnicos, su valor reside en que sigue siendo
una persona y no una inteligencia artificial. Posee un grado de empatía y una
forma de comunicación, tanto verbal como no verbal, que no puede nacer de otro
lugar.
— ¿La necesidad de trascendencia es un error o la función principal de
nuestra existencia?—Existen
áreas del cerebro que se activan frente a la religiosidad, aunque no conocemos
neuronas específicas dedicadas a ello. Creo que tenemos una necesidad de
trascendencia extraordinaria y hoy somos testigos de un gran espectáculo de esa
necesidad. El fenómeno de las redes sociales responde a ese impulso de
trascender en un mundo cuya socialización lo exige. Sin embargo, me parece que
debemos distinguir entre dos tipos de trascendencia. Por un lado está la
trascendencia material: el deseo de dejar un legado o una huella de nuestra
vida sobre la tierra. Esta puede ser pequeñísima, como influir en una sola
persona, tener hijos, escribir un libro o realizar un trabajo bien hecho. Por
otro lado, está la trascendencia religiosa. Ambas nos definen como humanos,
pero seguramente sigan caminos muy diferentes
—Si la moralidad nace de la biología y no de una tabla de mandamientos... ¿Cómo decidimos qué es el bien sin una autoridad externa?—Como dice una canción del grupo de rock argentino
Divididos, «el bien y el mal definen por penal»; una forma de decir que, al no
haber acuerdo, todo parece quedar en manos del azar. Está claro que el bien y
el mal son fenómenos culturales que evolucionan. La cultura se define por el
cambio: el esclavismo, que hace apenas doscientos años no se percibía como un
mal, hoy es algo inadmisible. Lo mismo ocurre con el «ojo por ojo», presente en
casi todos los textos religiosos antiguos. Sin embargo, hay evidencias claras
de que reconocemos actos morales más allá de la cultura. Existen experimentos
con bebés que aún no hablan a los que se les presenta una situación de ficción:
si un personaje empuja a otro y le impide llegar a su meta, el bebé da señales
de entender que eso está mal. Esto sugiere que traemos un concepto de bondad y
maldad «de fábrica».
—¿Estamos condenados a buscar un líder (sea Dios, un político o un
algoritmo)?—Debido a nuestra cultura, no me cabe duda: no
habría forma de responder a catástrofes o crisis sin un liderazgo. Sin reglas y
consignas claras el resultado sería la anarquía; por mucha voluntad que
pusiéramos, no lograríamos organizarnos. Por tanto, desde el punto de vista
social, la necesidad de un líder es indiscutible. La pregunta es cuánto de esto
responde a cuestiones cerebrales. Existe una necesidad social de liderazgo y,
dado que nuestras estructuras sociales suelen ser un reflejo de nuestra
organización neuronal, es muy posible que también exista una base en nuestro
sistema nervioso que nos impulse hacia
ello...
— ¿Y qué le dice un biólogo a una persona que no duda de haberse
encontrado con Dios?—Lo
primero que le dice un biólogo es: «Qué envidia, llámame cuando te pase otra
vez». Lo segundo, sería preguntarle si está seguro de no padecer algún tipo de
epilepsia, aunque sospecho que después de una pregunta así no seríamos muy
buenos amigos. Debemos ser lo suficientemente humildes y magnánimos para
respetar esas experiencias. No podemos despacharlas como una estupidez o una
fábula, ni situarnos en una posición de superioridad asumiendo que el otro
miente. Más allá de la fe, me encantaría entenderlo desde la ciencia. Me
fascinaría comprender qué ocurre exactamente en el cerebro de una persona para
que vea esa luz o esa virgen; qué procesos reales están sucediendo ahí dentro.
—¿Siente envidia sana hacia aquel que siente la paz mental de un
creyente?—Siento
un poco de envidia, sí, y, sobre todo, una profunda sensación de asombro.
Asimov decía que esta es una pelea en inferioridad de condiciones: vemos algo e
inmediatamente queremos saber; formulamos preguntas que, a menudo, sabemos que
no podremos contestar. Por otro lado, el gran físico Richard Feynman contaba
que hay quienes ven una flor y simplemente dicen: «es hermosa». A los
científicos nos critican por buscar las leyes de la física o la biología detrás
de esa flor, pero entender cómo funciona y cómo llegó a existir es, en sí
mismo, algo bellísimo. Esa capacidad de formular siempre nuevas preguntas es lo
que me otorga cierta paz. Es probable que mi nivel de estrés sea siempre más
elevado que el de una persona creyente y que, por tanto, mi esperanza de vida
sea un poco menor; al fin y al cabo, un estrés bajo favorece la longevidad y la
recuperación. Pero es un riesgo que acepto correr a cambio del asombro.
La investigación científica, entre otras cosas, ha encontrado
circuitos cerebrales en la base de visiones y experiencias místicas, nos
sugiere que, si la creencia en lo sobrenatural está tan arraigada en nuestra
especie, quizá se deba a alguna ventaja adaptativa que tuvo a lo largo de
nuestra historia. Está demostrado que la religión reduce la ansiedad, estimula
la empatía con los demás y los lazos comunitarios y aporta mayor seguridad
personal. ¿Será que las tecnologías religiosas surgieron como un subproducto
del desarrollo cognitivo de los humanos, pero se revelaron tan beneficiosas que
siguen con nosotros desde hace millones de años?
Con sentido del humor y una claridad a toda prueba, Diego
Golombek nos propone una aventura desafiante: la búsqueda de Dios en los
pliegues del cerebro humano.
Maracaibo, 2 de marzo del año 2026