jueves, 2 de julio de 2026

Los espermatozoides gigantes…


Drosophila melanogaster (en griego literalmente es:'amante del rocío de vientre negro'), también llamada mosca del vinagre o mosca de la fruta, es una especie de díptero braquícero de la familia Drosophilidae, que recibe su nombre porque se alimenta de frutas en proceso de fermentación. Esta especie es muy reconocida pues es utilizada frecuentemente en experimentación genética ya que posee un reducido número de cromosomas (cuatro pares), un breve ciclo de vida (de quince a veintiún días) y aproximadamente el 61 % de los genes de enfermedades humanas que se conocen tienen una contrapartida identificable en el genoma de las moscas de la fruta, y el 50 % de las secuencias proteínicas de la mosca tiene análogos en los mamíferos. 

 

Aunque la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster) nos siga fastidiando alrededor de en nuestras cocinas cuando revolotean zumbando cerca algún alimento fermentado, en los laboratorios la mosca de la fruta es toda una estrella. Porque a pesar de su sencillez (solo tiene 4 pares de cromosomas, frente a los 23 de los humanos), comparte con nosotros el 75% de los genes que causan nuestras enfermedades, lo que la hace la candidata perfecta para estudiar dolencias que van desde el cáncer al alzhéimer.

Los espermatozoides de la mosca de la fruta son filiformes, pero no funcionan como lo que se ven, o sea, miles de hilos independientes, sino como un material vivo colectivo: ellos poseen una estructura dinámica que se mueve, se reorganiza y coopera para resolver uno de los problemas físicos más extremos de la reproducción animal. Un estudio ha desentrañado el misterio de por qué las colas de estas células masculinas, llegan a ser casi tan grandes como el propio macho que las porta, pero no se enredan unas con otras como una madeja de hilos…

Con todos los datos que se tienen sobre este asunto del que vamos a hablar hoy en el blog… Los investigadores llegaron a crear un modelo matemático en el que -cada espermatozoide está en algo similar a un 'túnel' - formado por sus vecinos, avanzando mediante ondas de flexión de su cola, algo parecido a cómo una lombriz avanza dentro de un tubo estrecho. El modelo predijo que ese movimiento colectivo genera fuerzas que mantienen el conjunto alineado y evitan los enredos. En la Universidad de Boston, con una fotografía nos han mostrado a una pareja de moscas de la fruta en plena cópula (ver


 

               Ya en el año 2023 hablamos en este blog ( lapesteloca ) sobre esta peculiar mosca (https://tinyurl.com/5n77f6ye) la Drosophila y señalábamos que había sido genéticamente modificada para que pudiese tener hijos sin que necesite de un macho para reproducirse…  Ya sabíamos que las moscas de la fruta “pierden la cabeza” por el sexo: el deseo provoca en ellas que no capten las amenazas, y de este tema que nos recordaría a JoseLuis Rodríguez cantando, ya en abril del 2024, hablamos (https://surl.li/tqaiihen este blog.


Lo cierto es que las moscas de la fruta (Drosophila melanogaster) son seres sencillos que se reproducen rápidamente sin unas condiciones muy especiales, así que es uno de los seres más estudiados y por ello resulta ser el animal perfecto para los científicos, ya que el 75% de genes asociados a determinadas enfermedades humanas tienen un equivalente en el genoma de la mosca de la fruta. Además, es fácil de mantener, con un ciclo de vida corto que permite realizar muchas pruebas en muy poco tiempo, aparte de que su tamaño permite que muchos ejemplares convivan en un espacio reducido.

 

La Drosophila melanogaster posee un 'superpoder' más, un poder que es decisivo para la investigación: una sola pareja puede producir cientos de huevos en pocos días. Es decir, cientos de posibles individuos para analizar. No obstante, en torno a esto existe un misterio: el macho posee espermatozoides gigantes que llegan a medir casi tanto como la propia mosca, con unas colas increíblemente largas que, como dicta la lógica, serían candidatas perfectas a liarse como una madeja de hilos. Pero eso no es lo que ocurre, a tenor del éxito reproductivo de esta especie. Y ahora, un grupo de científicos de EE.UU. e India acaba de resolver el misterio: los espermatozoides se mueven en una suerte de grupo de baile, o “material vivo” totalmente coordinado que se reorganiza para evitar los enredos.

Para entender la magnitud del problema es necesario conocer las medidas exactas: un macho adulto de la mosca de la fruta mide aproximadamente dos milímetros de largo, el tamaño de una semilla de sésamo. Una longitud muy cercada a la de uno de sus espermatozoides, que puede llegar a medir 1,8 milímetros (como dato: si se extrapola esta proporción, es como si una persona de 1,80 metros produjera células reproductivas de 1 metro de largo). Y la cuestión se complica aún más si pensamos que miles de estas células se almacenan en una vesícula seminal –el órgano masculino que almacena los espermatozoides antes del apareamiento– que mide aproximadamente doscientos micrómetros.

«Aunque se han estudiado las presiones evolutivas que explican estas longitudes extremas de los flagelos (colas), las consecuencias físicas de este gigantismo siguen sin estar claras». exponen los autores. «Nuestro trabajo sugiere que las tensiones activas generadas por los propios flagelos mantienen a los espermatozoides sin enredarse tanto en los órganos de almacenamiento masculinos como femeninos, y establece a los espermatozoides gigantes, en su entorno natural, como un ejemplo fisiológicamente relevante de materia activa». Los resultados se publicaron en 'Nature Physics'. Aquí observamos la comparación de la longitud de un espermatozoide de la mosca de la fruta frente a de un humano(Ver).

La ciencia conoce la razón detrás de que estas células sean enormemente largas: competición. Las hembras de la mosca de la fruta –que también cuentan con sistemas reproductivos inusualmente largos– se aparean con varios machos durante una misma cópula. Y en esta situación, el hecho de poseer más longitud tiene la ventaja de desplazar a más competidores en el camino. Lo que se conoce menos es sobre “el desafío físico”, según señalan los autores, que supone empaquetar y almacenar todas estas células. Así, para desentrañar el misterio, marcaron espermatozoides vivos dentro del aparato reproductor de la mosca y, después, con microscopía 3D, reconstruyeron cómo estaban colocados. Y ahí surgió la sorpresa: las colas no estaban enredadas en un caos, sino que estaban alineadas paralelamente, como grupos de fibras, formando una especie de material ordenado.

Un espermatozoide de la mosca de la fruta se muestra torpe; pero la situación cambia mucho cuando se unen en una suerte de fibras, convirtiéndose en «material vivo». El siguiente paso fue mirar más de cerca las colas (flagelos) tanto de espermatozoides aislados como del conjunto de ellos. Así, vieron que uno solo tenía poca movilidad y se movía de forma «torpe». Pero la situación cambiaba drásticamente si estaban en grupo, ya que los espermatozoides vecinos de empujan entre sí, se deslizan unos sobre otros y aparecen una suerte de 'corrientes' de dirección. Además, cuando introducían una 'perturbación', el movimiento cambiaba y se separaban en direcciones opuestas, apoyándose unos en otros, pero siguiendo patrones, dando cuenta de su grado organizativo.

En Maracaibo, el jueves 2 de julio, todavía en el trágico año 2026 del terremoto de Caracas.

miércoles, 1 de julio de 2026

Dos amigos . . .


Hoy desperté recordando a viejos amigos, -quizás acicateado por la tragedia que estamos viviendo por el terremoto del centro del país y en particular de Caracas y de La Guaira-, así llegaron ellos a mi mente y quise volver a escribir sobre la amistad, pues ya a esta avanzada edad, casi que se sobrevive de recuerdos... Este breve relato, es pues, sobre dos buenos amigos, quienes hace tiempo ya que no están con nosotros, y en diciembre del año 2016, se me ocurrió escribir sobre ellos, en este blog, cuando titulé “De Chucho y de Enrique, buenos recuerdos: in memoriam”.

“Chucho” le decíamos a Jesús Vivas y los tres; él, Enrique Murcia y yo, nos conocimos en diciembre del año 1968 cuando estábamos jóvenes aun y recién venía yo regresando al terruño luego de cinco años estudiando patología en Norteamérica. Conocí a Jesús cuando estudiábamos Medicina, lo había visto, era el joven andino que llevaba las bandejas con piezas anatómicas en las presentaciones del patólogo alemán Gerhard Franz en la morgue del Anatómico, y en el 68, Jesús me fue presentado como “Chucho”, un joven que había estudiado preparándose en Citotecnología, y ante el planteamiento del doctor Pedro Iturbe, -quien había logrado como donación un microscopio electrónico para su Sanatorio Antituberculoso-, aceptaría gustoso irse a el IVIC y nosotros tendríamos a su regreso al mejor técnico en ultramicroscopía de la ciudad. 

¡Enrique era un fenómeno! Un joven colombiano quien había llegado hasta Malmo sirviendo en la armada del hermano país, y era el fotógrafo del Sanatorio… Además, trabajaba en la Facultad de Ciencias Veterinarias. Cuando alguien visitaba el Sanatorio, él tomaba fotos con flash de bombillito y corría a revelarlas y así, al despedirse el personaje invitado recibiría de manos del Director del hospital, las fotografías como muestra de haber visitado la que era para la época nuestra muy prestigiosa institución. Enrique pasó a ser también el indispensable fotógrafo del microscopio electrónico. Ya he relatado como luego de 4 años entrenándome en Anatomía Patológica regresaría a trabajar en Maracaibo en diciembre de 1968 cuando estábamos pensando como instalar un microscopio electrónico (ME) en el Sanatorio y allí conocería a Enrique ya que la fotografía es parte indispensable para el trabajo con el ME. En su auto, me llevó a visitar al decano de la Facultad de Medicina de LUZ para enterarme yo, de que no existía para mí un -antes prometido- cargo… Al salir, desencantado, fue Enrique quien, tranquilizándome, me puso en contacto con el doctor Parra Atencio, decano de la Facultad de Ciencias Veterinarias de LUZ, quien me aceptó de inmediato y así fue como gracias a mi amigo, pasé a ser Profesor Asistente en LUZ y allí haría docencia e investigación durante los siguientes 8 años.

Los tres amigos, entre 1968 y 1975 rodamos por muchos sitios corriendo aventuras inimaginables. En un Volswagen amarillo pollito, manejando Enrique, asistimos a un evento científico en Mérida, y me resulta inolvidable el regreso a casa al cruzar a las 11 de la noche el pico del Águila, a 4000 metros con el cielo despejado lleno de estrellas, mientras al volante nuestro amigo fotógrafo nos contaba como él era capaz de salir desde Maracaibo a las 6 de la mañana y subir hasta el pico del Águila, con su esposa Rosina para almorzar con un minestrón y regresar a la ciudad del lago y los palmares el mismo día. Me parece vernos de nuevo, los tres, en aquel escarabajo amarillo por las costas de Falcón o en la península de Paraguaná, buscando muestras de burros enfermos durante una epizootia de encefalitis equina venezolana.

Muchas de estas peripecias estuvieron matizadas por el regusto por los tangos y por la cerveza que valían para tener las taguaras precisadas por la temperatura de las frías y sus rockolas con los tangos de Gardel. Con Jesús y su mujer, Aura, quien trabajaba como histotecnóloga en Veterinaria, y con Enrique, el batallador fotógrafo de la Facultad, quien era compadre de ambos, llegamos a conformar un verdadero equipo, posiblemente inadvertido para quienes nos conocían, incomprensible para quienes nunca visualizaron las potencialidades para hacer investigación del microscopio electrónico del Sanatorio que pronto habría de transformarse en el hospital General del Sur, desde donde durante casi siete años se publicarían numerosos trabajos de investigación en revistas indexadas y se presentarían en muchos eventos científicos nacionales e internacionales.

Un día, con un dejo de mortificación Jesús me plantearía el problema de haber recibido una oferta para irse a trabajar en la Universidad, con mejor sueldo y las ventajas de ser empleado de la Facultad de Medicina. Le dije que ni lo dudase un instante, y él me ofreció entrenar a Kiko, su hijo para que aprendiese su trabajo. En unos meses, Kiko llego a ser un excelente técnico y Chucho pasó a LUZ.

Enrique estaba trabajando a destajo con unos oftalmólogos y a muy corto plazo se transformó en un experto en angiofluororetinografía, una técnica que precisaba de una persona preparada en fotografía capaz de crear informes con fotografías para los pacientes. En menos de un año, el doctor Guillermo Pereira, brillante retinólogo marabino, se llevó a Enrique a Caracas y nuestro amigo se transformó en el mejor especialista en técnicas oftalmológicas del país. Operado del corazón años más tarde, siguió trabajando incansablemente durante años con la ayuda de sus hijos, siendo reconocido su trabajo en el país y en el exterior. Jesús y Aura, terminarían por jubilarse de la universidad y Chucho aprendió de su compadre los trucos de la angiofluroretinografía y entrenaría a una de sus hijas como también lo hiciera Enrique y todos saldrían adelante en la vida.

Pero ahora, ya han transcurrido muchos años, tantos que ya Jesús, Aura, Kiko, Enrique y Rosina y “el tío Luis” no están con nosotros. Hace ya más de veinte años que me tocaría regresar a Maracaibo luego de un largo exilio en la capital, y he vivido este siglo XXI que para mí país ha sido un tiempo de oscuridad y de tristes expectativas hacia el futuro de una patria traicionada y ahora lo que estamos presenciando, ante la catástrofe del terremoto, he preferido restañar el dolor con el amable recuerdo de mis buenos y desinteresados amigos. También me valdrá como especie de catarsis, pensar en cuanto hicimos y las tantas dificultades que vencimos y me place saber que ellos estarán siempre en mi recuerdo y en el de quienes tuvieron la suerte de conocerlos.

Maracaibo, el 1 de julio del año 2026

martes, 30 de junio de 2026

Riqui riqui riqui ran


Riqui riqui riqui ran, de los pobres era el pan, la arepa será muy noble, pero a quienes contradijeran les caían a plan. ¿A plan o a pan? ¡Vai pues! Depende de en cual taim, vivís vos, ¡¿Comprinfais?! Taima pues, y sigo… Los maderos de San Juan… Hay una boda, pero fue suspendida… ¡Ñu! Es que los novios pelando están, no tienen queso ni tienen pan, están como en San Juan. ¿Cómo decís vos que están? En la insiforia, pelando esféricas o en la propia indigencia. ¡Indigestos no están! ¡Armaos de paciencia! Los invitados, a un Ministro pesado, lo han convocado, doctorado en demencia es, de sombrero calado, luce un gabán verdoso, y medias de rayitas, ha sido contratado de primer violinista. Se ha arreglado el problema musical, los músicos, ¡qué situación!, son estudiantes del grupo cultural “vainita”, el más talentoso, de la tribu Pemón.


Con ramitos de azahar, los dos novios ardientes, resultan ser precisamente, la pulga y el piojo, que se quieren casar y no lo han logrado por falta de rial. Les darán los cobres, les darán arepas, o les darán su pan y, ¡harán raqui riqui y riqui riqui harán! ¿Pero entonces, hay pan? A que Roque hay alfandoque, queje Riqui hasta alfeñique, y riqui riqui riqui ran.  Si tú no te duermes niño inocente, te daré mere mere con pan caliente. Mamá luna, dame pan con queso. No telodoy porque está tieso. Mamá luna dame pan con mantequilla. ¡Chacho! No sea tan, fastidioso... La pulga y el piojo se quieren casar, y que maravilla, a todos invitan al acto nupcial, ya no es por el pan que ya lo tenemos, nos falta quien baile, y, ¿dónde lo hallaremos?

 

A la una está la luna, a las dos suena el reloj, que se casan la aguja (apodo que le endilgan a la pulga papuja) y el granito de arroz (sobrenombre del piojo quien por ser orillero siempre tuvo fama de ser muy arrocero). A la una la novia con el novio a las tres, en la cola colita del pianito marqués, con su música bailan y girando les ves, de cachete pegado, de danzar no han parado, hasta que dan las diez. Ya no es por el baile del piano marqués, con todas sus patas lo brincó el ciempiés, ahora es por quien cante, ¿dónde lo hallaremos? Dijeron los novios al ya no bailar, respondioles la rana desde el platanal, mi crocró yo canto, canto sin parar, su cucú las ranas no pueden callar...  La luna se asoma, y la noche se viste de cal y coral; se esconde el gorgojo en un chamizal, con la gorgojita hace riquirrán. Rielando en la toma, el brillo lunar, alumbra a los novios que brindan con vino. Del hato cercano no hubo quien no vino, un inconveniente frena a los presentes; no obstante su dicha, novios y allegados, no encuentran padrino que sea el adecuado. En el coche a las tres, los novios han venido, brillando en los esteros, los cocuyos henchidos revientan alumbrando contrayentes y amigos. A la pulga amorosa le dice el piojo querido, dame tu lucecita cual bucare encendido, vayamos a encerrarnos novio querido, le dice la pulguita, abrázame en tus alas y cierra los postigos.

 

¿Ves? Los cocuyos hermosos ya están alumbrando, son ya casi las tres, el caballito de la lluvia baja girando, ya desciende en su coche hecho con una nuez. ¿Llega rotando? La fiesta está en su punto, hay mucho queso y vino, ¡pero qué buena broma!, no aparece un padrino. Desde el matorral sale un mapurite, llegó a perfumarles el regio convite. Da vueltas la hormiguita a la sopa en la olleta, es un caldoegallina, con los palos quien quita que se ponga esta cosa bien fina ¿La fiesta? En la cocina le da vuelta al caldero la preciosa hormiguita y viene el Ratón Pérez de manera discreta, ¡pudiera ser fortuita!, y propone un asunto muy delicado, les dice que el negocio ya lo ha pensado. Encierren a la gata que yo seré el padrino. La pulga y el piojo se besan felices, tendrán un padrino con bienes raíces y un tronco de apellido, es novio de la hormiga ¿y para que más señas? Ella, que es fenomenal, de lo más servicial salió un momentito, se fue a consolar a la niña pequeña que se puso a berrear pues su pobre meñique se cayó en un dedal, desde allí el muy bandido se ha quedado dormido y roncando ya está; por eso y tal y cual, la niñita a la buena hormiguita, se le ha puesto a llorar.


Se consumió la sopa de la hormiguita. Se fugaron los novios por la puerta de atrás. Los invitados cogieron su peíta... ¡Se emborrachó el padrino! Llegaron silenciosos ronroneantes mininos, cuando todos dormían por efecto del vino, entró la gata gorda, venía ayudada por malvados felinos, ronroneó sonreída y en un santiamén, se manducó al padrino. Final de un cuento viejo que hoy, ¡se lo dedico a Tutti!

 

No me lo mate no, señor cazador, este es el guarandol de mi corazón. ¿El guaral y el corazón? Tirá tirá, tirá, tira jala, tirá del curricán, jalá el guaral, tirá de la cabuya, dale pita, el volantín cabeceará a tu antojo, palomita a tu antojo, dale, suéltale, aflójale. Mejor decile así, soltale la cabuya, vai dale, maracuchamente, andá aflojando. Ve Eufrosina, es mejor que te me vayáis pa que Beto, vos misma sí. ¡De bola que es si vos queréis! Es paqueteme encarguéis de freírme, o de fritarme como vos queráis, si, unas huevas de lisa, ¿me entendéis?, si queréis podéis usar la cocinita de gasplán o las preparáis en un anafre, cogéis unos chamizos, vos usáis kerosene y ya sabéis, de un solo viaje, con el recaíto, podéis prepararnos el mojitoecurvina, si no encontráis curvina, no importa, nos podéis preparar un jurelcito con unos cocíos y queso palmita, o de año, con un aguacatico vos sabéis, y no te importe un sebillo por la gente, ve que son todos una pila e saporabúos, vos despreocupate que ya sabéis, nos ponéis los platos bien rebosaos, con el mantelito aquel que tenéis, el de cortinaebaño… Nos acomodáis la comía y quedamos listos patirarnos esos troncos debajo del matapalo, en el solar y que no te se olviden las cervecitas, acordáte de que tienen que ser Regionales y estar como sieso e foca, ve que el jefe raja la caña que jode y que cachea… Vos me entendéis, ¿no?...


Blanca paloma de gentil plumaje… Vai, haceme la caridá, palomita. Mirá decímele a Manuel que no sea tan frijolillo, que se venga, que no diga como el gocho, que si no me vengo me matan, que se esmachetepacá y que deje la taguarita, paque nos acompañe, pero se lo avisáis con tiempo no lo vayáis a encontrar echogolilla, ve que con su carterita él se hace leña en un solo raspinflay. ¡No me lo creáis si no queréis pero así es quees! Fijatequelotrodía estaba a que Carmelo y Manuel andaba con el maifren… Vos sabéis, paloteao estaba, ¡de bola! Pero ya te voy a contar como se le pasó la pea, en un segundo, y es que nos la vimos bien pelúa… ¡Viiirga!, Maginate que le entró un ataque a Chinca, ¡páque la hubieras visto!, ¡cayó erollete chico!, y el vivalapepa del maifrén, que es él quien ha debido estar en la vaina, ¡no le paró bolas!, y yo dije, ¡a la vé!, ¡que mondinga!, pero él, ¡pataebola!, como que, si no fuera con él, ¡tiene que ser que está acostumbrao, mialma! Yolanda y Críspula se esmachetaron pagarrarla... ¡A Chinca, si! Bueno, a la paloma no sería, vos sabéis… Entonces filosofamos…

 

Cogito ergo sum ¡Así está funcionando el país! No te me descarriléis que la vaina no es así como vos creéis, eso de pienso luego existo, bueno. Con esto sí que estáis pasaoeculto. ¿Qué?, ¿Er cojito era un gozón? Fijate, ya eso pasó de moda, ahora tenéis que decir... ¡Viurga hasta pienso! ¡Quiere decir estoy vivo par coño! Aprovechá entonces tu oportunidad, después te preocuparéis por los detalles de si existís o no existís… ¿El existencialismo era como le decían a aquella regolilla?... Entonces chico, vino él y me dijo, pero restregale un sapo en la barriga, y yo le dije. ¡Vergación! ¿Un sapo? ¡Con leche e sapo! Él de lo más fresco que me lo confirma. Sí, me dijo. Vos no véis que la leche es blanca. ¿Aunque sea de sapo? Eso se lo preguntaba yo casquirrioso, entonces él, tan solo murmurba bajito, ¡de bola!

 

Yo comprendía que esa era su preocupación. ¿Me entendéis? Él estaba creyendo que la vaina se le iba a quitar de un solo mamonazo, por eso yo nuevamente pensé… ¡Vergación! ¿Tendremos que darle una frota con Bay Rum?, o, ¿Con loción Marazul? Pero el maifren no se contentó con eso, así que yo le eché coco y le propuse ron de culebra, y hasta árnica le ofrecí … ¿Unos tragos de chirrinche? Más bien un parche de caraña en el ombligo y con eso y la tacamahaca… ¡Ni hablar del peluquín! Entonces me quedé con los ojos claros y sin vista porque vino él y me explicó que cuando “se le pasara toaquellavaina”, le recomendáramos que se lavara la conserva y ni tan siquiera con Las Llaves, sinó con Neko, por una lavativa curiosa sobre las miasmas y otras explicaciones alquímicas muy difíciles de entender. ¡Te podréis figurar todaquella remolleja!, y con esa pata jinchá… ¿Paonde vais a coger? Ellos son así, con riales como cascajos, pero de huevito y no nos quedó más remedio. ¿Qué íbamos a hacer? ¡Aceptamos! No había vueltas que darle… Entonces nosotros esperamos un ratico y en lo que pasó todo aquel peo nos fuimos palataguara con Manuel Gerardo y Beto y con el mascapaila, con Mestre, Carmelo y hasta a Vinicio lo convidamos y yo los acompañé porque, ¡chico!... ¿Que creéis vos que podía hacer yo? ¡Ah! Pero atendeme, no te me durmáis, que es verdad tuestavaina que te cuento, aunque vos no me lo queráis creer.  

 

NOTA: El texto pertenece y ha sido extraído disparatadamente de “La Peste Loca”, novela publicada en 1997, por la Secretaría de Cultura de la Gobernación del Estado Zulia, hace ya más años que el carrizo, pero sigue allí en las páginas de mi novela que le dio su nombre a este blog …

 

En Maracaibo el martes 30 de este trágico mes de junio del 2026 

lunes, 29 de junio de 2026

Recuerdos en La Loca, bar…(2)


Las cosas ya comenzaban a verse borrosas cuando todo se oscureció y un chorro de luz lechosa atravesó el denso colchón de humo y fueron surgiendo La Leona de Fuego, La Diosa de Oriente, La Salvaje Blanca y un par de féminas adicionales que emergieron por una puerta mínima en el fondo del local y comenzaron a contorsionarse cumpliendo con el ritual de ponerse casi en pelota. Los japoneses distendían sus pliegues epicánticos y reían diciendo cosas ininteligibles. La rockola había enmudecido ante la estridencia de una banda sonora en competencia con los chillones comentarios de un animador afeminado que iba describiendo en detalle los atributos de cada una de las exuberantes y regordetas vedettes.

Habían comenzado a alebrestarse los japoneses, y eso era evidente para él, a quien le decían cosas en un lenguaje que le sonaba a “cuti”, y sonreídos decían, ¡Mucha mujele! ¡Oishiii! ¡Ahhhhss!... Pero todos aquellos recuerdos eran bien diferentes al sol reverberante en el enlozado y a las tapias amarillas fosforescentes brillando al otro lado de la calle. El calor del mediodía era infernal. Como el infierno que dibujaba aquel loco... Pedro, se llamaba, si…

Desde “La Loca”, la canícula había reblandecido el petróleo que sustituía la trilla arenosa de antaño. Yo rememoraba aquellos días de estudiante, vividos detrás de la muralla amarilla y era que… ¿Cómo poder olvidar la mirada del mulato Pedro de calvicie incipiente? Pedro quien sabía hacer muñequitos de papel crepé, el jovencito que vivió con las monjas de clausura, el pintor, víctima de la parálisis general progresiva, atacado por el treponema pallidum, probablemente en su adolescencia, en alguna aventura amatoria, avatares de lupanar, cuando solapadamente a través de sus mucosas rosadas por donde penetraron las espiroquetas que habían destruido su sistema nervioso.

A Pedro solo le quedaba la locura con ataxia, ese andar vacilante por la degeneración de los cordones posteriores de su médula espinal. Pedro, quien plasmaba en hojas de papel sus delirios místicos usando lápices y creyones para recrear un mundo de santos, ángeles en las nubes y demonios ardiendo en llamas multicolores, y encima de todas las escenas, Pedro siempre dibujaba un ojo. Aquel ojo que lo miraba a él y nos miraba a todos, dentro de un triangulito... 

El cielo, el ojo, los de adentro y los de afuera, lejos... ¿Por qué de los locos y de la mirada de El Señor, pasaba a la mirada rasgada de mis amigos japoneses? Cuando el show terminó en un revuelo de plumas y en gritos y chiflidos de la concurrencia sazonados con un sartal de obscenas proposiciones nacidas de voz en cuello por la mayoría de los asistentes. Llegó la hora de pagar y en la madrugada entre el whisky y el humo, la cuenta no se veía muy bien, por cosas de fallas en las pilas de una linternita, así fue como sacaron fósforos y yeskeros, necesitaban luz, dale luz al señol Ishida, quien súbita pero palsimoniosamente, ¡dice que, no tiene lial!

Les informan a mis amigos nipones que el negocio se está cerrando. ¡Caballeros por favor! Ellos insisten: No lial, uno me lobó caltela. Lobalono caltela... Los nipones protestan. Lobalon catelas. Estos chinos, ¡coño! no quieren pagar la cuenta. La policía se hace presente. Habrá una requisa. Cédula. Al amigo japonés se le perdió la cartera. Cédula ciudadano. ¡Ay viirsia! Al chinito lo robaron. ¿No tiene papeles? ¡A la perrera! Lo aclara en la Jefatura. ¡Pero hey! ¡Cuño! ¡Que le robaron la cartera! 

Era la torre de Babel... o el Arca de la Alianza, y no estábamos en la Puerta del Cielo... Con el correr de los años, todavía las altas paredes amarillas con su orla ocre estaban allí, brillando, con ese tono chillón bajo el sol inclemente del mediodía. Pero ahora, enfrente, casi diagonal y haciendo esquina, existía el bar “La Loca” y definitivamente, era una buena “taguara”. La cerveza estaba helada, como “siesoepinguino”...  Entonces, yo volví a recordar el lío vivido con mis amigos japoneses... 

-¿Guatiyusei?

No conprinfais. Déjeme a mí. Tienen que pagar. ¡Hey, esperate! Dejame oime, hey, agente, perdón, señor agente, esperate, oime, ¡viirsia! ¿Pero cómo te lo vais a llevar? ¡Ve que molleja chico! Esperate, no entendéis que este es un señor extranjero, se te va a prender un mollejero en la Jefatura… ¿La cartera? ¡Miarma, si se la robaron! ¿Que quien soy yo? Soy su abogado, el de los chinos sí… ¡Chinos no! ¡Vértica chico! Ellos son, ja po ne ses ¿Cómo va a ser la misma vaina, chico? ¡Qué extranjero voy a ser yo, chico! Bueno, casi… del Zulia, sí. ¡A jaiba pues! ¡De Maracaibo chico! ¡Ajá sí! Tenéis que dejarlos ir, si no… Viiirtica, va a ser un atropello. ¡Qué clase de mollejero se les va a armar! Internacional sí, a vaina, yo que se los digo, yo...

Al fin se escucha una voz gritando con la orden para poner el punto final a todo aquello. -Suélteme a esos ciudadanos. ¡Sí vale! Son una cuerda de chinos rascaos y un abogado maracucho que habla puras pendejeras. Suelte a los chinos y al hijoesumadre ese, que anda jurando por una Chinita, y si no se va rápido me lo mete en la perrera. ¡Que se vayan pal carajo! ¡Desaparézcanse, ya, njoda! Antes de que nos termine de volver locos a todos. Locos a todos, sí, locos…  

Yo regresé a mi botellita en mero bar La Loca ante el guajiro Luis y sus botellitas incrustadas en hielo y pensé asertivamente que no están todos los que son, definitivamente... -¡Dame otra cervecita, que me tenéis a pan y agua, como a los locos, sí, haceme la caridad!

La voz del morocho del Abasto recuerdo que fue lo que me sacó de mi ensueño introspectivo y Cheo, quien había estado discutiendo con el guajiro Luis sobre la temperatura de las Regionales que acostumbraba a mantener dentro de moldes de hielo, se volteó hacia Chucho para decirle... –¡Ve que buena jaiba!, esta taguara se está poniendo insoportable. ¡Es temprano y ya comenzaron a mandarse con los tangos, ya lo que nos hace falta es que se nos aparezca Murcia y se haga cargo él solito e la rockola… ¡Biirsia!

La animadversión de Cheo por los tangos solo era comparable con su menosprecio por todos los caraqueños, pues para él, eso era parte indispensable de ser un buen maracucho. Yo le conocía bien y sabía que esa, como otras tantas de sus exageraciones, era solo como él mismo decía “de los dientes pa fuera”, y recuerdo que le propuse entonces: -Lo que vos tenéis que hacer es adelantátele, metele cobres a esa bicha hasta que esté hasta la hoyita como crucita, y si queréis, ponenos una runfla de música venezolana pa que veáis, ¡allí tenéis todos los discos de la bolitaelmundo!, metele con Mario y con Lila, ¡dales con MariaTeresa y rematalos si queréis con Estelita del Llano!

Mientras Cheo se enfrascaba con Chucho seleccionando los títulos de las canciones, el tango seguía sonando… Escuché aquello de nuevo… descolado un mueble viejo y no tengas esperanzas en tu pobre corazón, pero Cheo y Chucho regresaban de la rockola y me comentarían sus impresiones cerveceras… Catire, no hay frías como las de La Loca, son lo mejor de esta taguara. ¿Verdad que a esta temperatura la Regional es mejor que la champaña? Entonces me dijo Cheo… -Mirá, decime... ¿A vos, te gusta la champaña?

Concluyo ya, esta mi larga reláfica sobre la locura rematando los recuerdos con el burbujear de la cerveza… Creo que le respondí a Cheo algo así como… Si supieras que no; es un burbujero loco, y ¡dulce pa cojones!, y es que eso de burbujitas en el licor no va conmigo y precisamente ahoritica mismo estaba recordando el sake, la bebida japonesa, sin burbuja alguna, que puede parecer como como el aguardiente, pero de arroz... Conclusión: ¡Pa burbujas, las de la cerveza!

En Maracaibo este es el final de la segunda parte de esta pesadilla sobre la locura, el sake y la cerveza, el lunes 29 de junio del año 2026

domingo, 28 de junio de 2026

Recuerdos en La Loca, bar…(1)


Con el nombre de “BAR LA LOCA”, en diciembre del año 2008, se me ocurrió iniciar con ese título, le escritura o la escribidera, en este blog(lapesteloca). Si, así mismo fue, y de una manera, dizque “homónima”, escribiría de lo más sentidamente, una disparatada reláfica, que me imaginé -y ahora compruebo igualmente-, que estaba llena de calenturientas ideas que deberían ir cuajándose con los años en sencillos disparates. Así es, y regreso ahora, 18 años después, -¡y dicen que 20 años no es nada! – En fin, aquí les va: con “minimal changes” (como diría cualquier “trumpista”) sobre este “viejo replay”.

La pared amarilla tenía una franja ocre sobre el enlozado de cemento pulido que brillaba reluciente con el sol del mediodía. Detrás de ella estaban los orates, docenas, cientos de ellos. Algunos eran ya viejos locos, presos allí desde la época cuando era estudiante de Medicina... Aún conservaba vivos los recuerdos de aquella larga y desquiciante pasantía por el manicomio; curas de sueño, catatonia espástica, rejas y más rejas, aullidos y excrementos lanzados una vez contra los bachilleres, en un paroxismo de furia incontrolable.

Cuando escribí todo esto, habían transcurrido meses, de la visita y era en mi época de estudiante de Medicina, cuando desinteresadamente fui apasionándome por aquellos extraños seres cautivos, por saber más sobre sus vidas trágicas, y truncadas, por escuchar sus palabreos y sus curiosas aproximaciones al mundo de los que estaban afuera. Meses de un diario discurrir con la locura, para terminar con un temor larvado de mirar escrutando en los ojos de los demás, miedo por no querer detectar en ellos, en cualquiera, de los de afuera, las desnudeces del alma que exhibían ante nosotros, los bachilleres, los pacientes de adentro del manicomio.

Habían transcurrido muchos meses en la época cuando me había tocado la suerte de irme poco a poco apasionándose desinteresadamente por aquellos extraños seres cautivos, con vidas trágicas, truncadas, sus palabreos y sus curiosas aproximaciones al mundo de los que estaban afuera. Meses de un diario discurrir sobre la locura para terminar con el temor larvado de mirar a los ojos de los demás, con miedo a no querer detectar en ellos –los de afuera- las desnudeces del alma que exhibían ante nosotros los bachilleres, los pacientes del manicomio. Días de análisis y de silenciosa introspección en la búsqueda de motivos, de pistas, de interpretaciones para cada caso, o con propuestas que pudiesen ser similares a las de un Sigmund Freud, para concluir en explicaciones sobre la herencia, las manías y las depresiones de los más accesibles y aquella enfermedad incomprensible, la esquizofrenia con sus alucinaciones y los delirios difíciles de comprender.

Años de años, habían transcurrido ya, pero las tapias estaban allí todavía, altas, las mismas paredes pintadas de amarillo chillón, las que separaban los dementes de adentro de los cuerdos de afuera, ellos y los demás, no son todos los que están, los que estuvieron, ¿cuantos habrían fallecido?, no estaban allí todos los que eran, sin duda alguna, entre los de afuera quedarían unos cuantos, llenos de problemas, de preocupaciones... 

Días de análisis y de silenciosa introspección en la búsqueda de motivos, de pistas, o de interpretaciones para cada quien, en todo caso, para cada caso, y concluir en explicaciones banales sobre la herencia, las enfermedades como la sífilis cerebral, sobre las manías y las depresiones de los más accesibles, no se sabía nada de bipolaridades, ni de medicamentos, pero siempre la impenetrable sordidez incomprensible de la esquizofrenia, llena de fantasmas con delirios sin sentido alguno…

Años de años, habían transcurrido y las tapias estaban allí todavía, altas, las mismas paredes pintadas de amarillo, que separaban los dementes de adentro de los cuerdos de afuera, ellos y los demás, todos los que están, los que estuvieron, y… ¿Cuántos habrían fallecido? No estaban allí todos los que eran, sin duda alguna -no son todos los que están-, y entre los de afuera quedarían unos cuantos, -no están todos los que son-, esos, ¡tantos!, y nosotros, llenos de problemas, de preocupaciones... 

Muchos años atrás, como en una máquina del tiempo, allí estaban las mismas tapias amarillas, ya existía el manicomio con sus calles de arena y el viento cálido iría soplando nubes de polvo, en las inmediaciones del matadero municipal, el edificio era siniestro, algo casi sangriento, rodeado de zamuros que parecían esperar olisqueando el vaho de la carroña, desde el techo, como cuervos en la cornisa, pero también se les veía formando hileras sobre el borde de la cerca del manicomio, eran zamuros.  ¿Quizás esperanzados por la carroña de alguien de allá adentro? Ahora, ante el incandescente resplandor de las tapias, y desde la barra, me encontraba sentado ante una botella de cerveza helada y escuchaba en la rockola un tango, con aquello de, “descolado un mueble viejo y no tengas esperanzas en tu pobre corazón” y la música trajo a mi mente, la enteca figura de Akai Ishida... Son cosas locas, me dije y sonreí al recordar a los japoneses y la perrera de la policía frente a aquel botiquín en Altamira, en plena capital de la República.

Muy lejos estábamos todos del sol de la ciudad del lago y los palmares y del manicomio con sus altas tapias... Por aquellas trillas de arena, en el automóvil Chysler, del año 48, mi padre me llevaba, con mis hermanos, a oír a los locos. Ocurría todo aquello, casi siempre los sábados por la tarde, casi anocheciendo y todos nos mirábamos con temor adivinando cosas al escuchar los alaridos de allá adentro. Era un ritual mágico, un juego, que servía para estimular nuestra imaginación y a mí, con mis hermanos nos provocaba un larvado terror. La diversión era una costumbre establecida por mi padre, un paseo que durante años él mismo había repetido, desde sus tiempos de mozo marabino, a comienzos del siglo XX, iniciándose en el comercio, en su “cucarachita plateada”, un pequeño auto DeSoto, de cuando llevaba a pasear a sus amigas por las tardes y en las noches de luna, tan solo para oír los alaridos tras las tapias, y ellas aterrorizadas, o muertas de la risa, abrazaban al galante protector y risueño, quien las protegía con apasionadas caricias.

Akai des ka, kom ban guá, arigato gozaimas, ahhhiss. Disparatadas lenguaradas llegaban con los recuerdos a mi conciencia. El negocio era pequeño, parecía tener más ficheras que sillas, y había también como en “el bar La Loca”, una rockola gigante. Yo estaba en la capital. Había sido invitado por los señores Ishida, Nakamura y Watanabe para negociar la adquisición de un equipo científico sofisticado y así, sofisticados parecían ser mis nuevos amigos nipones. Después de cenar pescado crudo, lame, beber sake y comer espaguetis japoneses, ellos habían decidido llevarme a ver un strip-tease en aquel socavón de luces rojas y azules, cerca de la plaza de Altamira…

Me hallaba bebiendo whisky -seguramente yodificado- pero que ellos decían estaba “ontoni oishi” e iban todos coreando, ¡campai, campai!... Era un ambiente extraño, para mi, sin duda. Las cosas cambiaban con los tiempos... Los paseos con mi padre alrededor del manicomio eran las máximas emociones muy lejanas, pero aquellos eran tiempos del tranvía de mulas, cuando el psiquiátrico era una prisión rodeada de arena por todas partes en el vecindario del matadero, con zamuros salpicando el cielo y algún buchón, o unas gaviotas desperdigadas, pues un poco más allá, estaba el muelle, con las aguas del lago chapoteando, en el mismo sitio donde una vez llegó en un hidroavión el Águila Solitaria. ¡Eran recuerdos olvidados! Más perdidos que el propio hijo del Águila misma. Fundidos ya por el calor y el sol, en la maraña de las neuronas de algunos habitantes de la ciudad de las palmas y del lago...

En el Bar “La Loca”, me encontraba sentado ante una cervecita helada mientras recordaba el humo, los efluvios del alcohol, y a mis nuevos amigos nipones con la aglomeración de la gente que quería ver de cerca el show en aquella noche mientras nos íbamos impregnando de pachulí, en una humedad mohosa con olor a aguardiente adulterado.

NOTA: vamos a continuar esta historia mañana y les prometo terminarla mañana mismo.

Maracaibo, el domingo 28 de junio del año 2026

sábado, 27 de junio de 2026

El Gordo y El Flaco


Oliver Hardy había nacido en enero del año 1892 en Harlem, un pueblo de Georgia en los Estados Unidos de Norteamérica y fallecería en Hollywood, California, en 1957. Era un actor de cine-cómico muy conocido por ser la pareja de Stan Laurel en la dupla de actores “Laurel y Hardy”, en español conocidos como “El Gordo y El Flaco”, quienes protagonizaron cerca de 100 comedias que se hicieron clásicos del cine mudo entre 1921 y 1950.

Norvel Harry era el menor de los 5 hermanos y le dieron el nombre de su padre (Oliver) en su honor cuando este falleciera en 1892. Le conocían como Babe cuando niño e hizo comedias de vodevil, pero en 1913 cuando dirigía un cine, decidiría que podía hacerlo mejor que los actores que veía en la pantalla de los cines y comenzó a trabajar en los Estudios Lubin n Jacksonville, Florida, haciendo papeles de villano amenazador…

Aparecería en más de un centenar de películas, la mayoría cortometrajes, que incluiría el rol de “el hombre de hojalata” en la versión muda de El Mago de Oz del año 1925. En 1926, él y se unieron por separado a los Estudios Hal Roach, que era una de las grandes productoras de comedia de Hollywood y participarían en varios cortometrajes cómicos. A finales del año 1927 ya eran un duo cómico y su primera comedia conjunta fue de gran éxito, con la película muda Putting Pants on Philip.

Actuaban como “descerebrados” pero eran eternamente optimistas. Laurel era ingenuo y causaba la mayoría de los problemas, mientras que Hardy era pomposo e irascibles y prepotente charlatán cuyos planes salían mal. En sus comedias, interpretaban a dos amigos El robusto, pero muy ágil Hardy, era la victima de la torpeza de Laurel, Hardy, se le solía retratar como un galán quien jugaba con su corbata, tímidamente, para quedar avergonzado por la ineptitud de Laurel a medida que la trama avanzaba. Cuando finalizo en cine mudo, la pareja de “El gordo y el flaco” (Laurel y Hardy) alcanzaba gran popularidad con comedias como The battle of the Century(1927), Leave Ëm Laughing (1928), Two Tras (1928) o Big Busines (1929). El duo cómico se adaptó fácilmente al cine sonoro y el acento sureño de Hardy encajaba perfectamente con su personaje provocando la risa del publico. El cortometraje The music box fue premiado con un Oscar en 1932. Loa cortos “Sons of the desert” y “One way West” son considerados unos clásicos del cine.


Mi estimado amigo del Facebook, José Eduardo Espinosa, escribiría el 2 de julio 2020, en su blog el cual aparecería, según su costumbre, en Facebook para esa fecha, una divertida crónica sobre estos dos personajes icónicos de quienes nuestro amigo Espinosa narraría de esta manera…

“Stan Laurel & Oliver Hardy, eran el Gordo y el Flaco, inolvidable pareja cómica de mi niñez, un tandem de procedencia y carácter opuestos. Siempre pensamos que eran ingleses y lo eran a medias, Stan era británico y Ollie estadounidense. También, equivocadamente creíamos que el corpulento Hardy tenía perreado al lloroso Flaco, pero esto era solo verdad dentro de la comedia que escenificaban, en la vida real las cosas eran diferentes, el inglés era el más talentoso, escribía los libretos de las rutinas de ambos y eso se reflejaba en su salario que era más jugoso que el del simpático Gordo”.

Ambos procedían del vaudeville y del cine mudo, con un historial que se remontaba a los años finales de la Gran Guerra. Aparecieron por primera juntos pero no revueltos durante un corto en 1917, sin embargo su primera aparición como pareja ocurre diez años más tarde en 1927, en un corto de cine silente. Con la llegada del cine sonoro la pareja pasó sin dificultad una barrera que fue ruinosa para muchos y se consolidaron como una dupla artística que duró una veintena de años. El Gordo y el Flaco eran como el punto y la “i”. El rechoncho y parsimonioso Hardy, al lado de delgado, tímido, llorón pero siempre encantador Stan. Ambos colmaban la pantalla del Baralt o cualquier cine protagonizando películas en las que las persecuciones y los accidentes provocaban nuestra cándida risa.

 

La mayoría de las escenas eran golpes y porrazos, o de increíbles distracciones que generaban situaciones risibles. Una escalera a la que le faltaba un escalón, un banco del parque recién pintado donde nuestros amigos sin mirar mucho se sentaban, si Laurel tropezaba no había torpeza de su parte todo respondía a una rutina pausada ajustada y correcta del más puro humorismo sin prisa. Eso fue lo que les permitió ganarse nuestra admiración eterna. La década de los treinta fue su mejor época de ellas recuerdo “Compañeros de juerga” (1933), “Dos pares de mellizos” (1936) “Dos bobos en Oxford” y “Marineros de Agua dulce” (1940) apenas significan una limitada vitrina de lo que fueron sus éxitos durante esa década. De la de 1933, me atrevo a decir que guardando las distancias, esta cinta sea “El Ciudadano Kane” de las películas cómicas, sobran los que piensan lo mismo, pero si me ponen a escoger entre las dos, me quedo con la de Laurel & Hardy.


Cuando muchacho fui mucho al cine y me encantaban las series, las vi casi todas, pero existe una que no pude ver y de la cual quedó el recuerdo de un personaje su protagonista "El catirito de la bala de bronce" muy popular en ese entonces hace años promovimos una discusión que terminó mal, hasta un cura participó quien sostenía que era Hopalong Cassidy, ni modo que lo convencieramos que no era, se retiró del foro y hasta el Sol de hoy nunca más supimos de él. Por supuesto tengo mi hipótesis.  Sí, ya lo sé, la cinta de Orson Welles encabeza la lista de las cien mejores películas que se han hecho, a mi discreto entender me parece sobrevalorada, cine pretencioso, pero también “La montaña mágica” de Tomás Mann y el “Ulysses” de James Joyce tienen reputación de ser obras maestras de la Literatura. La obra de Mann la terminé de leer a duras penas, pero con el Ulysses hace rato largo que levanté el gallo. Laurel & Hardy en “Compañeros de juerga”. Son Inolvidables.  Concluida su carrera fílmica, siguieron con sus giras teatrales hasta la muerte de Hardy en 1957, ocho años más tarde Stan Laurel dejó este mundo a los setenta y cinco años de edad”.

 

Publicado con la colaboración no autorizada de José Eduardo Espinosa, en aquel año 2020 que fue el de la pandemia del Covid 19, ahora como parte de este “repaso” seis años después y en lapesteloca, en :

Maracaibo, el sábado 27 de Junio del año 2026