domingo, 9 de agosto de 2026

Neuropatología en el hospital Vargas de Caracas


Quisiera iniciar este relato en la época cuando el Director del Instituto de Patología del hospital Vargas de Caracas, había sido designado para ser el Ministro de Sanidad en el llamado Primer Gobierno de CAP (Carlos Andrés Pérez). Una época cuando el Dr. Javier Arias Stella prominente patólogo peruano ocupaba el cargo del director que había quedado vacante y don Javier Arias brillaba en sus reuniones con los ginecólogos del hospital Vargas, mientras los doctores Héctor Vegas Rodríguez, Manuel Emilio Labrador y Félix Valderrama eran los patólogos adjuntos quienes en el Instituto estaban encargados de las biopsias, las reuniones con los Servicios del hospital, también de la enseñanza de las autopsias y de la patología quirúrgica a los médicos que cursaban la residencia en patología.

 

Existía un sagrado respeto, casi veneración hacia la egregia figura de “el director en comisión de servicio”, de quien se sabía estaba luchando por organizar “el cuero tieso” que siempre había -según decía él mismo-, sido el MSAS, e iba representado al Ministerio de Sanidad y Asistencia Social del país, él mismo, en su esforzada labor que percibíamos como algo casi místico. En realidad, el Dr Blas Bruni Celli, era un personaje mítico, con un inmenso prestigio, y era respetado por todos los patólogos del país por sus aportes académicos en diversas ramas de las ciencias. En ese ambiente me aparezco, venido del Zulia, un maracucho a cumplir la tarea asignada para el año sabático que me otorgaba la Universidad del Zulia y llegaba para trabajar casi exclusivamente como neuropatólogo.


 

Mis primeras experiencias con los tres médicos patólogos adjuntos y encargados del Instituto de Patología en el hospital Vargas de Caracas, fueron positivas, ellos me enseñaron -para comenzar-  que las cosas no serían como en mi tierra natal. Fui captando prontamente ciertas novedades, y advertiría cuando hablaba, que si no me entendían, era por decir las cosas sin mucha “seriedad”… Era que no abandonaba esa especie de “tomadera de pelo” característica de mi región, y entretanto me iba enterando de que en Caracas no existían “lampazos” sino coletos, que no se debía decir “coger” por tomar y que las cholas no eran unas chancletas. Me parecía impresionante ir a almorzar en algún restaurante en La Candelaria con mis colegas patólogos, lo cual era un acontecer muy común. Más tarde aprendería que salir con algunos residentes como Valdemar Balza, Justo Roa y con Rojitas, a beber cerveza en las inmediaciones de La Candelaria, o con los estudiantes y /o con mi personal técnico, paso a paso, fueron dándose naturalmente y ahora, años luz atrás, quedan para el recuerdo, muchas reuniones felices, informales, especialmente con imborrables momentos en El Pozo Canario.

 

En realidad, se me hace muy difícil no personalizar esta temporada de todo un año, desde julio de 1975 a julio del 1976, sin referirme en particular a la situación de la microscopía electrónica (ME) en el Instituto de Patología del hospital Vargas. Existía un ME que estaba abandonado en el sótano del Instituto y con la esperanza de poder usarlo para proseguir los trabajos de investigación iniciados en mi tierra, traté de ponerlo a funcionar con la ayuda de un joven técnico, el hijo de nuestro técnico de ME, Jesús “Chucho” Vivas quien se había trasladado al Instituto de Investigación Clínica de LUZ y quedaba yo en  las manos de su hijo, Francisco “Quiko”, quien me ayudó a entrenar a dos jóvenes recién graduadas como histotecnólogas en el mismo Instituto, Saudy Escorihuela y Teresa Cabañas, interesadas quienes aprenderían a cortar en el ultramicrotomo y a procesar material para su estudio con el ME. No obstante, era poco lo que se podía hacer con el equipo existente por lo que introduje una solicitud ante el CONICIT para lograr un ME Hitachi H-500 y poder proseguir los estudios sobre el virus de la encefalitis equina venezolana (EEV). En el ínterin, el director continuaba dirigiendo el MSAS del país, con toda su compleja estructura “de cuero tieso”.

 

Debo explicar que mis obligaciones como neuropatólogo en el Instituto, consistían en fijar adecuadamente los cerebros de las autopsias, examinar las biopsias neuroquirúrgicas y todos los viernes a las 9 de la mañana, hacer en la sala de autopsias una reunión para cortar los cerebros de las autopsias habidas en la semana a la cual asistían obligatoriamente todos los patólogos, los neurólogos y los neurocirujanos del hospital. El mismo día viernes de 10 a 12m hacíamos una reunión clínico-patológica en el auditórium del Instituto, con la presentación de un par de casos de Neurocirugía y de Neurología, los cuales se discutían-en ocasiones acaloradamente- y donde los neurólogos del Dr Ponce Ducharne y de su Sra, (https://tinyurl.com/4v6c4ja5) capitaneados por el incansable Jaime Boet planteaban sus opiniones logrando que los neurocirujanos del Dr Martínez Coll, discutiesen siempre acaloradamente, sus diversos puntos de vista. Aquellas reuniones marcaron toda una temporada de febriles acciones con gran interés por estas actividades neuropatológicas en el hospital Vargas.

 

Durante cada semana, uno de los residentes de Neurología permanecía en el espacio que me habían designado en el Instituto, examinando aspectos de interés sobre neuropatología, en lo que constituyó un experimento de docencia que me llevó a conocer y a querer como buenos amigos a mis colegas, hoy día destacados neurólogos –y recuerdo particularmente a Freddy González Merlo, a Douglas Barrios y a la diminuta y hermosa Dra Beatriz González.

 

Estando en Caracas, había aprovechado para reactivar mis contactos con la virología, en el IVIC con el Dr José Esparza y juntos, ambos maracuchos, reactivamos los planes para hacer investigación sobre el virus de la EEV, particularmente en el desarrollo de un proyecto para demostrar experimentalmente como se producía el daño intrauterino provocado por este virus en el cerebro de fetos y recién nacidos. Ya casi había transcurrido un año cuando sucedió algo impensable, pero que los patólogos del Instituto Anatomopatológico (IAP) de la Universidad Central de Venezuela (UCV) ya me lo habían advertido. El Director del Instituto de Patología regresó del Ministerio de Sanidad, el Dr Arias Stella le entregó su cargo y afortunadamente él fue acogido por su amigo el Dr Luís Carbonell en el IVIC ( Javier era para el momento un exiliado político ), y a mí, el director que regresaba a su posición original en el MSAS  “me sugirió” que regresase a mi ciudad natal, con el argumento de que “es mejor ser cabeza de ratón que cola de león”.

 

Debía pues regresar a Maracaibo, cuando casi se cumplía el tiempo de mi año sabático. Avisado como estaba de que esa situación podría plantearse, traté de sostenerme argumentando que ya había recibido la aprobación del CONICIT para un nuevo ME y que deseaba quedarme y reactivar las actividades de investigación en ultraestructura. Supe entonces que existían otros proyectos, que ya incluían el regreso de un nefrólogo para hacer inmunofluorescencia en las biopsias renales, y que bien podía yo utilizar el ME del Instituto del Dr Convit.  Un nuevo ME parecía ser, meterse un compromiso demasiado complicado y aquella era la opinión definitiva de la dirección del Instituto…

 

Vino un fin de semana tormentoso donde los patólogos en el IAP de la UCV me recordaron lo que ya me habían pronosticado, pero también se mostraron amables y amistosos de manera que tras conversar con el Dr Pedro Grases director del IAP, acepté pasarme a la UCV si se hablaba en buenos términos con el director del Instituto del hospital Vargas y podía ingresar al IAP con el nuevo ME Hitachi H-500 del CONICIT. Estos trámites se cumplieron en cosa de una semana y pasé a incorporarme como “Profesor Contratado” en el Instituto Anatomopatológico de la Facultad de Medicina de la UCV hasta tanto se pudiese homologar mi cargo de Profesor Asistente en LUZ. La tramitación de esta especie de “traslado” habría de durar  casi tres largos años y relato aquí, algo que creo les he contado,  y es como durante aquellos años iniciales, con 5 hijos en colegios privados, y el sueldo básico en la UCV, pasaría muchas noches pintando al óleo con espátula para vender mis cuadros con paisajes de mi tierra y logré hacer varias exposiciones  de pintura hasta llegar a vender más de un centenar de pinturas que me permitieron sobrevivir mientras me ocupaba con la ayuda de Saudy y de Abilio a organizar la Sección de Microscopía Electrónica del IAP de la UCV.


NOTA: hasta aquí llego con estas remembranzas o rememoraciones que por ser reales suenan medio truculentas

 

Maracaibo, domingo 9 de agosto del año 2026

sábado, 8 de agosto de 2026

Los Lobópodos


Lobópodo, es el nombre colectivo para dos filos de animales: Onicófora y Tardígrados. Los filos Onychophora y Tardigrada durante mucho tiempo fueron vistos como distintos de sus parientes cercanos, los artrópodos. Es que ambos grupos poseen apéndices locomotores pares similares, llamados lobópodos; una cavidad corporal ( el hemoceloma ); una cutícula ( la piel ) que es  secretada por células superficiales que se desprende periódicamente (una muda); un intestino que suele ser un tubo recto; y sexos y gónadas separados.  Los grupos también difieren, ya que  solo los onicóforos tienen sistemas de órganos bien desarrollados; mientras que los de los tardígrados están reducidos o ausentes.

Estos grupos son de interés principalmente porque guardan un fuerte parecido con los tardígrados primitivos, los cuales parecen o presentan formas de anélidos así como los del filo de Los artrópodos ( por ejemplo, insectos, o crustáceos que son los invertebrados más evolucionados. Al igual que los artrópodos, tanto los onicóforos como los tardígrados mudan periódicamente una cutícula externa, y los lobópodos en general, asi como los artrópodos a veces se agrupan bajo el nombre de Panarthropoda.

De todos estos filos tan curiosos hemos hablado en este blog en diversas ocasiones:

Ya en 2018 hablabamos (https://tinyurl.com/2v2awbda) de “los extremofilos tardígrados y en 2025 señalamos que existía una proteína, el Dsup que protegía su ADN (https://tinyurl.com/es9kvx9k). En enero de este año 2026, llamamos la atención sobre los Lobópodos (https://tinyurl.com/4zbcvkkt )... Con estos detalles les invitamos a regresar sobre estos diminutos seres muy interesantes. 

Los lobópodos, al igual que los artrópodos, se originaron en tiempos precámbricos a partir de formas marinas bentónicas que también pueden haber sido ancestros de los anélidos modernos. La evolución de los lobópodos, al igual que la de otros grupos muy antiguos con pocos o ningún fósil, es un tema especulativo sobre el que aún no se ha llegado a un consenso . La adquisición de Los lobópodos pueden haber llevado a la disolución de compartimentos celómicos separados y a la formación de unhemocele ; también puede haber permitido el desarrollo de una más firme cutícula , lo que lleva a la evolución demuda . El desarrollo de la cutícula también conllevó la pérdida de los cilios externos.

Los tardígrados evolucionaron hacia un tamaño pequeño, con la consiguiente simplificación de su organización corporal. Algunas de sus características primitivas —como la cutícula proteica, el cerebro y la ausencia de patas especializadas en la cabeza— sugieren que sus ancestros divergieron muy pronto del tronco oncopodo-artrópodo. Los tardígrados presentan interesantes similitudes con algunos asquelmintos (gusanos redondos).

La formación de un esqueleto robusto bajo una epidermis blanda es una característica de la evolución de los onicóforos y permite la deformación del cuerpo. Entre los lobópodos, los onicóforos presentan las combinaciones más extensas de rasgos primitivos —p .ej., estructura de los cordones nerviosos, persistencia de cilios,  y músculos lisos— con características anélidas o características básicas de artrópodos ( p. ej., quitina y muda, hemocele, gónadas, desarrollo embrionario) o ambas. También desarrollaron especializaciones propias ( p. ej., dermis, tráqueas, viviparidad). Según algunos autores, los lobópodos podrían haber sido el origen evolutivo de los apéndices en anélidos y artrópodos. 

Los tardígrados (Tardigrada), llamados comúnmente osos de agua debido a su aspecto y movimientos, constituyen un filo de ecdisozoos dentro del reino animal, caracterizado por ser invertebradosprotóstomos, segmentados y microscópicos (de 500 µm de media). Además se agrupan dentro del gran grupo de los panartrópodos por presentar caracteres que sugieren que comparten un antecesor común con los artrópodos, junto a los onicóforos.

Son organismos extremófilos (resistentes a condiciones extremas), con características únicas en el reino animal como poder sobrevivir en el vacío del espacio o soportar presiones muy altas de casi 6000 atm; pueden sobrevivir a temperaturas de -200 °C y hasta los 150 °C,[  a la deshidratación prolongada (pueden pasar hasta 10 años sin obtener agua) o a la radiación ionizante. 

Fueron descritos por primera vez por Johann August Ephraim Goeze en 1773, el cual los denominó “osos de agua” (del alemán Kleine Wasser-Bären, literalmente ‘ositos de agua’) y hace referencia a la manera en la que caminan, similar al andar de un oso. Más tarde, el término “tardígrado” (que significa ‘de paso lento’) fue dado por Lazzaro Spallanzani en 1777, justamente debido a la lentitud de este animal.El 1ero de septiembre del 2015 referí en este blog a la historia del cura Lazzaro Spellanzani  quien realizaba experimentos con sapos Bufus marinus. y comentaba en esa oportunidad que curiosamente, el escritor brasileño Rubem Fonseca había publicado una excelente novela negra, con el título de “Bufo & Spallanzani (https://bit.ly/3f4dOUB). 

Finalmente, en 1769, Spallanzani confirmó que los organismos unicelulares son seres vivos y refutó la generación espontánea, anticipándose a Pasteur. El sacerdote católico inglés Needham había hecho una serie de experimentos en favor de esa teoría pero Spallanzani repitió los experimentos prolongando el periodo de calentamiento y sellando con más cuidado los recipientes evitando que aparecieran las colonias, lo que contradecía la teoría de la generación espontánea. En un experimento de trasplante, Spallanzani implantó con éxito la cabeza de un caracol sobre el cuerpo de otro. Estudió la circulación de la sangre a través de los pulmones y experimentó con los jugos digestivos que, según observó, están especializados en la digestión.

Maracaibo, sábado 8 de agosto del año 2026

 

 


viernes, 7 de agosto de 2026

El elefante y la Echerchia coli…


Este ejercicio del recuerdo, les ofrece fragmentos de una Conferencia dictada por el Dr. Ruy Pérez Tamayo el 19 de abril del año 1991 en el Colegio de Médicos del Estado Zulia, en Maracaibo, para inaugurar el Primer Simposio Venezolano de Patología Ultraestructural.


… Hemos escuchado ahora al Dr García Tamayo, y todo este Simposio de Patología Ultraestructural está dedicado a un análisis concienzudo de detalles sobre esta ciencia, y yo procuraré eliminarlos y mantener mis comentarios a un nivel muy amplio, muy general

Respecto a la Medicina, los físicos filósofos, aceptaban galantemente la elegante y desde luego absurda proposición de que la Medicina es un arte. Presentada sobre todo por médicos o literatos, que probablemente pensaban de esta manera, y nos calificaban como artistas cuando lo más que llegamos, dicho sea con dignidad, es a aspirar a artesanos…

… ¿Qué entendemos cuando se habla de Patología Experimental? A primera vista parece muy sencillo; se trata del estudio de las enfermedades por medio de experimentos, casi siempre en animales de laboratorio. El análisis más detallado nos permitirá ver que tal definición aunque en principio impecable, emite problemas en los tres aspectos importantes para otorgarle valor operacional…

Mencionaré tres de sus características: en primer lugar, se trata de cambios anormales provocados por el investigador… El ejemplo…  Pasteur sumergiendo las patas de unas gallinas en agua fría con lo que las gallinas desarrollarán cólera. Si Pasteur no trata de esta manera extraña a las gallinas, éstas no desarrollarán la enfermedad. En segundo lugar, la intención de investigador es reproducir un fenómeno que ocurre espontáneamente en otra especie animal y muy frecuentemente en el hombre. Esta característica de la Patología, calificada como experimental, ocurre con frecuencia, casi exclusivamente diría yo, en la literatura paracientífica que se conoce con el término general de Literatura. Los ejemplos que vienen a la mente son naturalmente “Arrowsmith” de Sinclair Lewis o los “Cazadores de Microbios” de Paul de Krruief uy otras novelas de este tipo…

Si de caricatura se trata, me parecería más cercana a la realidad, la que representa al investigador con aspecto y en actitud sugestiva de un mono que examina una máquina de escribir, en lugar de aquella que lo retrata con una impecable bata blanca, mirada cansada y actitud mesiánicamente desprendida.

Es a través de la Patología que la casi infinita versatilidad de la materia viva encuentra una expresión más objetiva. En el Dr Faustus, Thomas Mann expresa con penetración clarividente la idea que ya asoma en su Montaña Mágica, “el genio se expresa más en la adversidad”. Lo mejor que tenemos asoma cuando la salud flaquea. Koch si tuberculosis, van Gogh sin locura, Bethoven sin cirrosis hepática. ¿Qué hubiera sido de estos genios? ¿No es acaso cierto que el ruiseñor ciego canta mejor? La Patología es una oportunidad, un teatro donde se representan obras grotescas pero todavía vivas, reveladoramente vivas. Una tribuna donde la vida dice, todavía puedo hacer esto y esto más.

Las excepciones a estas reglas generales del modo de ser de la materia viva, no hacen sino confirmar el hecho importantísimo de que la gran mayoría de los seres biológicos están hechos de acuerdo con un mismo plan fundamental. En otras palabras que  lo que vale para el elefante, también vale  para la Echerichia coli.

El postulado de la unidad del mundo biológico se opone a la objeción, tantas veces repetida, a éste y otros métodos que se apartan del hombre para estudiar la enfermedad humana. Tal objeción es que siempre existe la duda de si el modelo utilizado, generalmente animales de laboratorio, se comporta de manera idéntica a la enfermedad humana…

Por lo tanto, al simplificar los fenómenos con el objeto de entenderlos y manejarlos mejor, debe tenerse cuidado de no alejarse demasiado de las condiciones que se trata de reproducir, de modo que el modelo resulte aplicable al propósito. Aquí es donde el ingenio y los conocimientos de investigador se ponen a prueba ya que no existen límites precisos o bien definidos que indiquen el momento en que se ha simplificado más allá de la posibilidad de extrapolar al hombre. El problema no siempre se reduce a la selección de la especie animal…

 

… a veces el animal de laboratorio puede estar muy lejos de la especie humana en la escala zoológica y al mismo tiempo muy cercana a ella en el fenómeno especial que se estudia. Un claro ejemplo de esa dicotomía es el primer estudio de la fagocitosis, realizado por Metchnikoff en 1884. Este lo considero el experimento más romántico de toda la Patología. La razón es que Metchnikoff utilizó una espina de rosa y una estrella de mar para demostrar que las células ameboides se dirigen al sitio de la lesión e ingieren el agente responsable y los restos de los tejidos dañados. El fenómeno como tal ocurre a todo lo largo de la escala zoológica y sus características parecen ser idénticas o muy semejantes a pesar de que se trate de fagocitos derivados de platelmintos, de ratones o de humanos. De hecho no solo se presenta a animales multicelulares, sino que constituye uno de los mecanismos fisiológicos fundamentales de organismos unicelulares. Aquí el genio de Metchnikoff estableció una generalización biológica a partir de un modelo extremadamente simple…

Cualquier hipótesis necesita ciertas bases, un grupo más o menos amplio de observaciones, que permitan elegir una explicación susceptible de análisis experimental objetivo, o bien necesita del sueño de un genio. Por ejemplo, mientras el estudio de muchas enfermedades infecciosas se hizo posible con los descubrimientos fundamentales de Pasteur y de Koch que abrieron fecundos surcos de trabajo experimental y establecieron la teoría infecciosa de la enfermedad, los padecimientos del tejido conjuntivo como la esclerodermia o la dermatomiositis, cuya naturaleza es todavía un misterio, no han sido reproducidos experimentalmente.

Quizás lo que realmente he venido a decirles a ustedes, no es lo que creo yo que es la Patología Experimental, sino a decirles que yo creo que, si somos hombres de ciencia, si somos investigadores, nos debemos preocupar por la estructura filosófica general del área del conocimiento a que nos dedicamos. Esto no es un signo de caducación intelectual; todo lo contrario, creo que esto es un signo de reconocimiento de la postura que nos corresponde en el momento actual dentro de la evolución de la Biología. 

Muchas gracias.

 

Nota : este artículo,  es copia de uno publicado en este blog en diciembre del año 2015

Maracaibo, viernes 7 de agosto del año 2026

jueves, 6 de agosto de 2026

Un siniestro


Veníamos bordeando la cinta del mar desde Paraguaipoa cuando el helicóptero decidió depositarnos en aquella playa infinita. Finalmente habían precisado el sitio y era necesario recomenzar la búsqueda, quizás desde la falda de la lejana montaña. Mientras esperábamos por la Comisión, recordé su imagen en la pantalla chica. Esa gestualidad tan suya, y su sonrisa de oreja a oreja. ¡Él quería ser presidente! A lo lejos se perdía el añil en la bruma caliza. No hacía ni una semana que me lo habían pronosticado. ¡Les va a hacer un macuare! Ahora la situación era preocupante.

 

Contemplando el mar recordé sus planteamientos sobre la importancia estratégica del Golfo. Ese era uno de sus temas favoritos por el cual los politiqueros lo acusaban de “un exceso de nacionalismo”. Eran muchos los intereses en su contra. El oleaje gris parecía orlado de azahares. ¿Un nuevo líder? No era un político de esos de partido ¡pero era carismático! Él sabía cómo llegarle al pueblo y desde luego eso lo hacía muy peligroso. El encaje del mar era absorbido en segundos por los tornasolados gránulos de arena cubiertos cadenciosamente por el inexorable regreso de las olas.

 

Llegó la guardia. ¡Al fin! Nos encaramamos en dos grandes camiones. ¡Yo estaba tan seguro de que seríamos los primeros! Cuando todavía en el aire escuchamos la funesta noticia radiada por la guardia fronteriza, estábamos convencidos de que nadie podría llegar hasta el sitio adelantándose a nosotros. Muy pronto los camiones se metieron tierra adentro. Penetramos en el espesor caluroso de la tarde. La brisa hirviente lamía las piedras y arañaba los cardones con un gusto salobre, como si quisiera encender en chispas los resecos pajonales que emergían tercos entre las dunas.

 

Era un asunto delicado. Sin duda alguna; el candidato venía diciendo demasiadas cosas y en el fondo, yo estaba convencido de que había sido amenazado... Dejamos muy atrás la playa, entre nubes de polvo y traqueteando fuimos cogiendo el monte. Después de un par de horas saltando y dando tumbos y bandazos descendimos al pie de las montañas. El lebrel y los hombres bien entrenados comenzaron a hollar la maleza y todos fuimos penetrando en la intrincada ramazón. Grandes resoplidos acompañaban al animal husmeante entre la cada vez más espesa vegetación. Una humedad salvaje parecía haber conquistado los secos pastos de la yerma Guajira e iba espesándose y multiplicando sus enredaderas tentaculares hasta transformar el encalado infierno de arena en un retorcerse de brotes tiernos. La vegetación agigantándose emergía sobre una húmeda hojarasca de esmeraldas vrdeamarillentas y jades burbujeantes. Envueltos en una blanda y rastrera neblina gris avanzábamos respirando el soplo denso y asfixiante de la selva que iba empegostándonos hasta sofocarnos.


 

Nosotros los intrusos, insistíamos mancillando paso a paso las capas superpuestas de humus y detritus, buscando el sitio señalado. Yo iba íntimamente deseando no llegar a encontrarlo jamás. Recordé su expresión sonreída en la pantalla chica cuando nos proponía las soluciones lógicas. Hacía solo dos días al desaparecer la nave y declararla en emergencia, todos hicieron conjeturas. Se dijo entonces que el país no soportaría más marramucias…  Paso a paso íbamos avanzando durante horas con una exasperante lentitud. El lebrel se detenía por segundos olisqueando e instantes después, perseguido por nosotros continuaba adelante. Pensaba en sus mensajes por la tele, ellos le granjearon el respeto y el cariño del pueblo, él estaba sin ninguna duda desenmascarándolos. Un país de televidentes no soportaría otro cuento chino, era evidente, un siniestro, aquello nunca podría considerarse un accidente...

 

En lo alto, el cielo estaba fragmentado en hojas acuchilladas por la luz. El aliento ácido de la tierra emanaba un vaho denso, fosforescente. Destellos de arco iris seccionaban las lianas multiplicándose entre los troncos leñosos y bajo los inmensos helechos llenos de silentes recovecos umbríos, salpicados de turquesa, con trazos de celestes ignotos e índigos indescifrables. El lebrel inquieto, atendía a un lado y al otro, levantaba su testa negra y brillante, alzaba su hocico mojado y su jadear constante nos contagiaba con una desesperante incertidumbre. Se detenía, husmeaba y proseguía su búsqueda incansable. Las piedras eran negros espejos arropados con líquenes y musgo blando. Rollizos hongos bermejos, amarillos y grises aplastados por nuestras botas, lloraban gotas nacaradas.

 

Comenzaba ya a caer la tarde cuando los lagartos decidieron todos asomarse entre los montones de florecillas malva, campánulas purpúreas, clavellinas moradas y violetas magenta. Ellas se separaban y les dejaban ver el sol revolcándose entre las cenizas del atardecer. Se agitaron inquietos los machorros y los gordos tuqueques silbadores al percibir el intenso chirriante estridor de las chicharras creando una sinfonía in crescendo. Ensimismado como estaba en su olisqueante búsqueda, el lebrel no parecía prestarles la menor atención.

 

El día se estremeció agonizando entre los últimos candiles del sol de los venados. El animal súbitamente se detuvo. Su cola tensa, una pata delantera en el aire, parecía una sombra chinesca presintiendo lo irremediable. Mariposas cansadas regresaban a posarse en la tibia humedad de las grandes hojas, aleteando suavemente, sin querer despertar a los cocuyos durmiendo aún entre parásitas y helechos. Abejorros plateados y libélulas orladas de un halo azul eléctrico zumbaban fijando su posición ante el astro incandescente.

 

Haces de fuego se colaban entre las ramas impregnadas por una bruma de naranjas pasadas. Sentíamos ulular el viento sobre los árboles centenarios. Estrías rosadas y manchones violáceos remplazaban la luz empapando los cenicientos algodones de la noche inminente. Ya no veíamos ni nuestras propias manos. Yo solo percibía el brillo de las pupilas del lebrel y podía escuchar su incesante jadeo cuando súbitamente ladró. Fue un estruendo horroroso que provocó decenas de ecos centuplicados en la oscuridad de la selva.


Decidimos acampar en aquel sitio, porque la noche inmisericorde se nos había arrojado encima. Yo casi no dormí a pesar del cansancio. Las horas se me confundieron y pensando en la imagen de nuestro candidato y en sus proyectos, temía elucubrar sobre el próximo día. La madrugada todavía transpiraba un azul de maleza y rocío y se podía vislumbrar un titilar de estrellas entre las hojas, arriba, muy en alto, cuando percibí una vaharada de carroña y gasoil. Estaba aún despertándome, pero podía sentir la hedentina en mis narices y supongo que fue entonces cuando escuché los gemidos del lebrel. Era un quejido sordo, doliente, sonaba muy lejano. Me levanté en silencio y me dejé conducir por el eco lastimero del animal aullando. Así fue como casi sin darme cuenta llegué hasta el sitio. La cabina de plexiglas brillaba herida por los primeros destellos del amanecer. Habíamos acampado casi a un tiro de piedra del sitio del siniestro y podía ver las aspas de uno de los motores Allison y una parte de un ala.

 

Entonces los pude detectar bastante bien, lucían sus boinas terciadas, e iban uniformados de camuflaje, algunos descendían en rapell desde los árboles, otros se desplazaban silenciosamente en el claro abierto en medio de la verde maraña. En ese instante, desde el fondo de la maleza vi el fogonazo y abruptamente cesó el lastimero aullido del lebrel. Todavía humeaba el arma cuando de la espesura surgió el comisario. Venía rodeado por sus subalternos e iban todos de lo más pertrechados. Pude incluso, notar el brillo de sus prótesis dentales e imaginé la Escarpa Mutia, no sé por qué, pero pensé en el marfil de los colmillos de los elefantes cuando iban a morir al propio sitio donde Tarzán y yo nos conocimos en mi infancia.

 

Un hilo blanco todavía emergía en la boca del silenciador de su magnum. Se acercaron hasta las retorcidas piezas del aparato y él, aún sonriente, le asestó una patada a la mancha negra e inerte del lebrel desmadejado sobre la tierra llena de sangre. Pronto los hombres sacaron entre aquella chamusquina de hierros y de planchas metálicas, lo que andaban buscando. Entonces se alegraron. Pude notarlo, lo percibí en los gestos y el eco de las risas. Ellos usaban guantes, simulando ser títeres en la escena de un macabro teatro. Él dio la orden. ¡Nos largamos! Los guoquitoquis creaban ruidos muy extraños dentro de aquel aterrador paisaje donde como un dinosaurio herido emergía entre el follaje, terso y plateado el fuselaje de la nave. El comisario señaló el camino. Misión cumplida, se dijeron, estoy seguro de que logré escucharlo…

 

Se dieron media vuelta, a rastras se llevaron la sombra ensangrentada del lebrel y desaparecieron en el acto. Allí quedé, tan solo a una pedrada de distancia, maniatado de furia nuevamente y además convencido de que todos los hechos estaban irremediable y tristemente consumados.


Hoy es jueves 6 de agosto del año 2026.

NOTA: Este artículo fue publicado en la edición número 9 del año 2001 en “El gusano de luz” y publicado el 13 de abril del año 2007 en este blog lapesteloca.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Un discurso de clausura


XXXV   JORNADAS NACIONALES   de la SOCIEDAD VENEZOLANA DE ANATOMÍA PATOLÓGICA. Diciembre, 1991.

Tres de mis queridas colegas, encargadas del Comité Organizador de estas Jornadas de la Sociedad Venezolana de Anatomía Patológica, me escribieron una carta hace un mes, instándome a decir unas palabras y me pidieron de manera especial que tratara de expresar un mensaje de optimismo. En la Venezuela de hoy, este pedido es casi una quimera utópica, pero yo hice un esfuerzo por complacerlas, entre otras cosas porque las quiero mucho y por ello, escribí estas palabras que resumen algunos de mis deseos referidos a nuestros jóvenes patólogos...

 

He pasado un rato buscando ideas gratas y me ha tocado el ponerme a pensar en que ya tengo más de dieciséis años viviendo aquí en Caracas y que de donde yo vengo, que no es de mis soledades, hace ya casi treinta años que me inicié como patólogo. ¡Son unos cuantos años! Por eso, en este momento, más que decir lo que pìenso, debo expresar lo que siento...

Por extrañas circunstancias del destino, (pudiera parecer un desatino revolver tantos recuerdos en penumbras), pero así fue, hace años ya que me alejé de la tierra infeliz de los palmares, donde a lo lejos está esa luna que se encumbra y un cielo azul de porcelana alumbra, y en el lago, la onda medio caliente, entumecida, coronada de espuma, continúa soñando melancólica. Apartado de aquella extraña medianoche de las regiones índicas, he vivido mirando al Ávila empinado, entre edificios, humo y algunos techos rojos y hasta una blanca torre y al fondo las azules lomas que aún muestran bandadas de tímidas palomas; entre el follaje exuberante, hay ahora, diminutas ranitas silbadoras y en un instante ellas provocan que la noche gire en el cielo y cante. Todas estas cosas me hacen reflexionar y me pregunto, si en este andar cotidiano por el trillado sendero de la ciencia, no habrá llegado para mí el momento de regresar... Resuenan en mi mente las estrofas del bardo, aprendidas en mi bachillerato caletrero por la gracia de Dios. “Es tiempo de que vuelvas, es tiempo de que tornes”...

Los afanes, las cuitas y la faena del diario trajinar, frecuentemente nos impiden meditar un rato y algunas veces, hacer introspección, reflexionar, es necesario y además es grato. Pienso que existe en esa entrega a la vida académica, a la obsesiva lucha por la investigación, al amor desmedido por la Universidad y al hecho de convivir con quienes año tras año salen de nuestras manos, una parte vital de mi renuncia al lar. Son muchos jóvenes los que hemos amasado queriéndolos moldear como patólogos, presentándoles quijotescas opciones, enseñándoles, en una pose a veces francamente anormal, el cómo renunciamos un poco a lo que antes quisimos en pos de un ideal y desbarato encajes para tomar a cada rato el hilo de sus vidas, hebras que se entrecruzan, telaraña de hilazas, como las describiera en Rayuela Cortázar, y regreso al despertar del sueño, para en un socavón tener la dicha cierta, de que me estoy bañando en la savia de mis discípulos, como Sigfrido debajo del dragón, sin hojarascas interpuestas...

I es que hoy en día parece estar vigente más que nunca, aquello que nos dijera Andrés Eloy: “Lo que hay que hacer es amar lo libre en el ser humano, lo que hay que hacer es saber alumbrarse ojos y manos y corazón y cabeza y después ir alumbrando. Lo que hay que hacer es dar más, sin decir lo que se ha dado, lo que hay que dar es un modo de no tener demasiado y un modo de que otros tengan su modo de tener algo. Trabajo es lo que hay que dar y su valor al trabajo”. Aquí, en el trabajo, he tenido la fortuna de cosechar a la sombra de nuestra querida Universidad Central y con un grupo de patólogos soñadores, los frutos de muchos jóvenes médicos, sus triunfos, sus avatares, el padecer sus pesares, queriendo en todo momento disipar sus nubarrones, que llegan solos, con frecuencia cuando estudiantes y después en el correr expectante de sus vidas, esos ríos que van a dar a la mar, porque hay días de resaca, y en ocasiones las corrientes pueden ser tumultuosas, y no obstante, es allí donde está lo estimulante, en el saber que tras de cada nublado hay un lucero y que aunque se doblegue por la ruda tormenta sacudido, florece hasta morir el limonero...


Florecer es amar. Nuestras vivencias de la especialidad, no difieren de las de los patólogos de la América hispana, desde México hasta la Patagonia, incluyendo al Caribe y a Centroamérica nuestros problemas terminan siempre siendo variaciones sobre un mismo tema.Tal pareciera que necesitamos regresar al Arielismo de Rodó al observar ante nosotros el avance desmesurado del pragmatismo, el brillo de los ídolos del norte, y esa anhelante persecución por los bienes materiales, ¿cuánto valen los riales?, y sentimos la moral claudicante en desmedro de la vida interior. Ante los embates de Calibán, las ideologías derrumbadas parecieran estar como la sombra del cuervo de Edgar Allan, ellas del suelo quizás nunca se levantarán... Pero, hay que tener fe. ¿En qué y por qué? Vuelvo y repito. Florecer es amar. Año tras año, al escuchar el murmullo de la germinación, en las Jornadas, al ver trabajos de investigación que surgen de la nada, al escuchar a algunos de nuestros residentes, al sentirlos progresar año tras año, al despedirlos en diciembre, pareciera que son algunas veces tiernos brotes, flores que se abren, y son esos retoños, los que cada vez hacen parecer más cercano ese ideal que uno tiene en la mente...


Yo voy a decirles lo que yo quisiera, muy sinceramente...

Yo quiero patólogos que todo lo indaguen, que entiendan de historia, que aprecien la música, yo quiero patólogos que todo lo sepan, que sientan el soplo de la poesía, que escuchen a Mozart, a Bach y a Ilan Chester, que todos los días cuando lean la prensa les duela la patria, que al diagnosticar un tumor muy malo, de esos que no saca cualquier cacha e palo, tengan siempre en mente que ustedes trabajan para ese paciente, sin falsos alardes, sin echonerías, estudiando mucho, con tanto tesón y tal gallardía que en todos sus actos se irradie alegría.

Patólogos quiero que bien se conozcan nuestra geografía y la idiosincrasia de nuestras regiones, que capten del hombre común de esta tierra de gracia sus entonaciones. Yo quiero patólogos que sepan de beisbol y literatura, que tengan buen juicio haciendo el diagnóstico diferencial entre Omar Vizquel y Luis Aparicio, que capten como un testarazo de Hugo Sánchez es una cosa tan hermosa como una salpingitis ístmica nodosa y que, si han de enfrentarse con un tumor que es grado III, lo sepan precisar como si fuese una canasta triple del mago Sheppard, ¿Ves?  Quisiera patólogos que se entusiasmasen y se llenasen de emoción al ver publicados los resultados de sus trabajos de investigación, que les guste Chaplin, Agua Santa y la Bassinger catira y que disfruten por igual de una película de Bertolucci que de un filme de Kurosawa Akira; que consideren de los escritos de Santa Teresa, su mística grandeza, de van Gogh el colorido de su cielo arlesiano con todo y el dolor de sus retorcidas encinas y castaños, y que de Héctor Battifora sepan reconocer los ocres tonos de la diaminobencidina; que sean unos propios expertos en dar buenos diagnósticos, que sepan de estrategia, de terapéutica y un poco de logística para que semanalmente discutan y relean la columna de Alexis Márquez sobre nuestra lingüística. Quisiera patólogos que se encanten repasando los textos de Asturias, Lezama Lima y Alejo Carpentier, que no solo disfruten a rabiar con el Robbins y el Anderson y el Enzinger y Weiss, que gocen por igual con Carlos Fuentes o con el Gabo García Márquez y que también, pues claro está, se lean el Baltzakis, y de memoria, bien caletreadita se aprendan la Santa Biblia de Juancito Rosai. Confío en que logren entender la austera prosa de la doctora Dallembach, ojalá que en el Delta, vean sonriendo el reflejo de las casi setecientas palmeras que plantó José Balza y que tras sus largas medianoches de vídeo, reconozcan al mago de la cara de vidrio que creó Eduardo Liendo, que sientan palpitar la inmensidad infinita del Unare tal y como la viviera Armas Alfonso, y les alcance el tiempo para tener el goce de releer a Uslar  y al maestro Gallegos, volver sobre Canaima y Doña Bárbara, una por una, y así también quisiera que tuviesen la suerte de disfrutar de la amistad sincera de nuestro hermano mexicano Mario Armando Luna, que conozcan a Ayala y a Nelson Ordoñez, al singular Carlos Bedrossian y a varios de nuestros famosos vecinos colombianos como Carlos Restrepo, a Salazar y a Pelayo Correa, y que sepan que de los patólogos latinoamericanos, el chivo, o sea, el gran gallo, sigue siendo y será el gran maestro Don Rui Pérez Tamayo. Yo quisiera tener muchos patólogos cantantes, pero no de esos que solo lo hacen en sus regaderas, no, yo digo de los que pegan lecos con emoción sincera y a quienes siempre les sale su coro como un eco, patólogos que hagan vibrar un aria igual que una ranchera, o un suave valsecito peruano, que disfruten tanto de un cuatro o una bandola como del escuchar un concierto de viola y que gocen con un pasaje o un joropo, o una gaita de cualquier buen zuliano, y claro está, también de un buen polo coriano, que igual les guste el teatro de Breth que el de Ibsen o el de Cabrujas el brillante maestro, que se vuelvan expertos en la llamada salsa erótica, hasta que aprendan tanto como el doctor Mujica, el nuestro, a percibir los encantos de la ópera.  En fin, quisiera ver a los patólogos diciendo lo que sienten, gritando lo que quieren, que sean contestatarios, luchadores sociales, no quiero verlos encerrados en los sótanos de los hospitales; que entiendan que el secreto de la felicidad estriba en querer con pasión su trabajo y decir todo el tiempo la verdad; que limen las aristas, que pulan asperezas... Que perciban y conozcan de frente las luchas, los pesares y las grandes desdichas de nuestros inocentes y sufridos ciudadanos y que por ellos batallen sin desgano, les ofrezcan su mano para modificar tantos entuertos como se ven en el entorno nuestro... Hay un detalle en el que quiero insistir: al patólogo, nunca le estará permitido mentir. Debe ser vertical y sin dobleces, sin verdades a medias, sin mentiras piadosas, sin titubear ni pensarlo dos veces si es necesario reconsiderar una opinión juiciosa.

 

 Concluyo esta jerigonza, transformada en interminable letanía y no estoy muy seguro todavía si complací el deseo de mis queridísimas colegas, de no ser regañón y pesimista al hablar un poquito sobre como yo siento y veo nuestra patología. En el fondo de todo, mis más caros deseos son para que nuestra especialidad sé enrrumbe por una senda de perfección  gracias a ustedes, los patólogos jóvenes quienes tienen todo el futuro frente a frente, ahora, cuando ya estamos casi finalizando el siglo XX, con un ejercicio de la especialidad cada vez más decente, el cual se hará una realidad cuando nosotros mismos consideremos a nuestra profesión con mucho más cariño del que le profesamos, cuando repletos de optimismo avancemos por el claro sendero de quien asume con valor sincero, que lo importante es trabajar con amor verdadero, no solo dedicados a la investigación o a hacer diagnósticos certeros, sino a ser más humanos todavía, para poder sentir y vislumbrar como en la madrugada, bajo un cielo preñado de luceros, florece cada día, en el solar de cada quien un limonero.

 En Maracaibo -36 años después, regreso a mis palabras-, el miércoles 5 de agosto del año 2026

martes, 4 de agosto de 2026

Llullaillaco y sus momias

 


El Llullaillaco tiene una altura de: 6723 metros sobre el nivel del mar(m.s.n.m.). Es un volcán activo, y se encuentra en la Cordillera de los Andes, en la Puna de Atacama. Este gran volcán destaca por su ubicación fronteriza, su enorme altura y su historia arqueológica. Está situado exactamente en la frontera entre Argentina (Salta) y Chile (Antofagasta). El Llullaillaco es el segundo volcán activo más alto del mundo y una de las cumbres más destacadas de Sudamérica. Se trata de un estratovolcán de gran volumen, conformado por domos y coladas de lava de erupciones pasadas. Su última gran erupción registrada ocurrió en 1877, aunque en tiempos geológicos recientes ha mostrado actividad.

El Llullaillaco es considerado el segundo volcán activo más alto del mundo, luego del Nevado Ojos del Salado, y su última erupción ocurrió en 1992. En realidad, el volcán más alto de los Andes chilenos en la región de Atacama es el Nevado Ojos del Salado, el cual también se alza como el volcán activo más alto del mundo y el punto máximo de todo el territorio chileno. El Nevado Ojos del Salado es un estratovolcán a 6891 m s. n. m,  y es el volcán más alto de la Tierra, la segunda cima más alta de los hemisferios sur y occidental, siendo solo superado por el Aconcagua (6960 m s. n. m.).  Su bloque principal culmina en 3 picos, los cuales poseen una alineación oeste-este; en ese orden, Oeste (6721 m s. n. m.), Central (6752 m s. n. m.) y Principal (6893 m s. n. m.). Este gigantesco complejo volcánico está ubicado al este de Copiapó (región de Atacama) y al oeste de Fiambalá (provincia de Catamarca). Debido a su ubicación en plena Puna de Atacama, la montaña presenta condiciones climáticas muy secas, con nieve únicamente durante el periodo invernal y solo en las cotas superiores. Existen fumarolas en los alrededores de la cima, pero no se han registrado erupciones en tiempos históricos. Se ha sugerido que la ausencia de registros eruptivos se debe a la remota ubicación de la montaña, virtualmente inaccesible hasta tiempos muy recientes.

También conocidas como cima chilena y cima argentina, respectivamente, si bien ambas son cumbres limítrofes. Debido a su ubicación en plena Puna de Atacama, la montaña presenta condiciones climáticas muy secas, con nieve únicamente durante el periodo invernal y solo en las cotas superiores. Pese a que existen fumarolas en los alrededores de la cima, no se han registrado erupciones en tiempos históricos. Se ha sugerido que la ausencia de registros eruptivos se debe a la remota ubicación de la montaña, virtualmente inaccesible hasta tiempos muy recientes.

Las momias de Los Andes, son cuerpos de la época prehispánica extraordinariamente conservados de manera natural por el frío extremo, el viento seco y la altitud de las altas cumbres cordilleranas. Los casos más icónicos son las Momias de Llullaillaco (Argentina-Chile) y la momia Juanita (Perú). Los incas realizaban sacrificios humanos de niños y jóvenes elegidos por su pureza como ofrenda a los dioses (apus) en las cimas de los volcanes. Los menores eran preparados meses antes y llevados en procesión desde Cuzco hasta santuarios de altura superior a los 6,000 metros. Junto a los cuerpos se enterraban objetos de oro, plata, conchas marinas y ajuares textiles intactos. El clima gélido de alta montaña congeló los tejidos blandos, órganos, cabellos y vestimentas sin intervención artificial. Los niños de Llullaillaco (descubiertos en 1999) y la Doncella se resguardan hoy bajo estrictos controles de frío en el Museo de Arqueología de Alta Montaña en Salta, Argentina. El estudio de su ADN y contenido estomacal ha permitido conocer la dieta, el consumo de coca y chicha, y la genética de los pueblos andinos de hace quinientos años.

Los niños del volcán, son los nombres con que se conocen los cuerpos de tres niños quienes fueron hallados a una altitud de 6.739 metros sobre el nivel del mar, cerca de la cima del volcán Llullaillaco, al oeste de la provincia de Salta, noroeste de Argentina es la segunda cima de los hemisferios sur y occidental siendo solo superado en altura por el Aconcagua, que es la montaña más alta de América (6.971 metros sobre el nivel del mar es el punto más alto del hemisferio sur y se encuentra en la provincia de Mendoza, en el oeste de Argentina.

Las momias de los niños, que fueron sacrificados por los incas, y se hallan excepcionalmente conservados por alrededor de quinientos años. El 1 de diciembre de 1964 Bión González y Juan Harseim escalaron el Llullaillaco, descubriendo un Santuario de Altura. El arqueólogo estadounidense Johan Reinhard dirigió tres expediciones entre los años 1983 y 1985 investigando sitios arqueológicos en la cumbre y las laderas de la montaña. Durante una expedición dirigida por Johan Reinhard y la arqueóloga argentina Constanza Ceruti en 1999 se desenterraron los tres Niños del Llullaillaco, sacrificados en el lugar y momificados por congelación, con una antigüedad aproximada de 400 años. Los cadáveres corresponden a una niña de 11 años, conocida como «la doncella», una niña de unos 6 años, «la niña del rayo» y un niño de 4 años. Las momias son exhibidas en el Museo de Arqueológía de Alta Montaña de la provincia de Salta  en Argentina.

El excepcional estado de preservación de las momias halladas en la cima del volcán provocó la curiosidad del especialista en microbiología Steve Schmidt, de la Universidad de Colorado, EUA., quien dedujo que los microbios que podrían existir en este ambiente extremo, si había alguno, deberían tratarse de extremófilos muy especiales.]En 2009 Schmidt organizó una expedición a la cumbre del volcán a fin de tomar muestras de suelo cerca del yacimiento arqueológico. Luego de realizar pruebas genéticas sobre los microbios, su grupo encontró varias cepas únicas que no se habían descrito antes. Los más abundantes eran de un subconjunto de actinobacterias, el grupo que diera origen a los antibióticos de uso humano.

Otra historia, la relata Verónica Silva Pinto (Santiago, 49 años), quien es curadora del área de antropología del Museo Nacional de Historia Natural de Santiago de Chile. Ella reescribió la historia del Niño del cerro El Plomo, hallado intacto en 1954 a más de 5.400 metros de altura en los Andes meridionales, frente a Santiago, en la zona central de Chile. Hasta su indagatoria, el relato, que perduró por siete décadas, fue que el niño de unos ocho años había muerto por hipotermia, hace más de 500 años. Pero hoy se sabe que su deceso fue por un golpe en el cráneo, en el contexto de la ceremonia de la Capacocha, durante el Imperio inca, en una ofrenda a los dioses en la alta montaña. Para ello peregrinó desde Cuzco, acompañado de una gran comitiva y en un largo viaje de nueve meses, lo que Silva reconstruyó al analizar el cabello, peinado con decenas de pequeñas trenzas, que dio cuenta de la alimentación que recibió en el periodo de preparación. No fue su único hallazgo, en una investigación que le demoró 14 años.

Silva cambió otro relato, sobre la causa de muerte de las llamadas Doncellas del cerro Esmeralda, una joven de 18 años y una niña de nueve, también ofrendadas en una ceremonia de la Capacocha en la cordillera de la Costa. Sus cuerpos fueron hallados en 1977 a unos 900 metros de altura en Iquique, en el extremo norte chileno, cuando el terreno se dinamitó para construir un camino. Por las marcas en sus cuellos se había concluido que fueron estranguladas, pero la antropóloga del MNHN, en base a evidencia bioantropológica y tomográfica, ha determinado que aquellas huellas son producto de los textiles con los que sus cuerpos fueron envueltos. Y por el análisis de su cabello pudo establecer que su peregrinaje fue de cinco y tres meses.

La antropología es la ciencia que estudia los cuerpos humanos desde la evolución hasta hoy Veronica Silva lideró una investigación junto al profesor Domingo C. Salazar-García, de la Universidad de Valencia, en España, donde cursó su doctorado. Es un equipo multidisciplinario de distintas áreas, en el que destacan las chilenas Marcela Sepúlveda, arqueóloga; Eugenia Gayó, paleoecóloga; María Luisa Cerón, química e ingeniera y Verónica Catalán, dermatóloga.

Veronica Silva fue una niña curiosa y observadora que creció husmeando en enciclopedias, en una casa en el sector suroriente de Santiago de Chile, a mediados de los años ochenta, se convirtió en julio de 2026 en la primera antropóloga física chilena. Hija de un veterinario y una paramédica. Momia, sin embargo, es un término que, desde que estudió antropología física, ella no se permite usar. “Yo hablo de personas, con mucho respeto. Para mí, momia es objetivarlos”. El de las Doncellas fue el primer estudio de Silva, lo que le abrió una ventana para después abocarse al Niño del cerro El Plomo. Los tres murieron en la Capacocha, en las dos ceremonias de este tipo que han sido registradas en Chile. La antropóloga enfatiza que, para los incas, y “en general para los pueblos andinos”, la muerte tenía un significado totalmente distinto al que se entiende hoy, pues “no es el fin de la vida, sino un tránsito hacia otro estado, hacia los dioses y el mundo espiritual”. Y agrega: “La Capacocha era una ceremonia en la que se elegían niños, niñas y mujeres jóvenes por su belleza y su perfección. Es decir, eran los más preciado que tenía el Imperio y eran ofrendados a huacas o lugares sagrados. El poder que iban a tener era mucho más importante que el que tendrían vivos".

Maracaibo, martes 4 de agosto del año 2026