lunes, 12 de octubre de 2026

Música caribeña


Los escritores caribeños han sido fundamentales al crear las denominadas “novelas de bolero”, libros estos que han quedado marcados en su ritmo, en su argumento o en su tema, por la música, las canciones, y la vida de los músicos e ídolos populares. La música caribeña sonaría en las páginas de ciertos libros, siempre  con un lugar especial para el bolero y otros géneros afines. Es que el bolero con su ritmo, en su argumento o en su tema, por la música, las canciones, y la vida de los músicos e ídolos populares, siempre el bolero rebasaría las fronteras, y no sólo se presentó como forma pan-caribeña sino también pan-latinoamericana.

Se puede analizar la presencia del bolero y su integración al texto en El beso de la mujer araña (1976) del argentino Manuel Puig, en Tantas veces Pedro (1977) del peruano Alfredo Bryce Echenique y en The Mambo Kings Play Songs of Love (1989) del cubano-americano Óscar Hijuelos. Observamos también al bolero y su reiterada presencia en Escribir en La Habana (1997) de quien subscribe Jorge García Tamayo y hemos visto el bolero integrado a la narrativa española, en El cuarto de atrás (1978) de Carmen Martín Gaite y en Te trataré como a una reina (1983) de Rosa Montero, pudiendo destacar que está por demás presente en muchas de las películas de Pedro Almodóvar…

La musica brillaría con Guillermo Cabrera Infante (https://bit.ly/3WGrcou) en Tres tristes tigres (1964), con Luis Rafael Sánchez en La guaracha del Macho Camacho (1976) y La importancia de llamarse Daniel Santos (1988). Inolvidable Parece que fue ayer de Denzil Romero (1991), y con el título del bolero de Pedro Vergés Sólo cenizas hallarás (1980) en uno de los cuentos de Raúl Pérez Torres (1994) y en Te di la vida entera (1996) de Zoé Valdés.

Recuerdo que había leído a Cabrera Infante, en sus Tres tristes tigres, en Vista del amanecer en el trópico, e igualmente en La Habana para un infante difunto, pero“Te de la vida entera” fue la primera novela de Zoé Valdés que tuve la oportunidad de leer y en aquellos lejanos años, recuerdo que el texto de la joven cubana que me cautivó por su humor ácido y el erotismo con que retrataba la la historia de Cuca, de dieciséis años en La Habana prerrevolucionaria y de su complicidad y la amistad con dos mujeres que le mostrarían el sabor y el ritmo de la noche habanera. Cuca quedó perdidamente enamorada de un hombre que desapareció sin dejar rastro y ella fiel a su promesa, lo esperó hasta ocho años más tarde, cuando reiniciarían una historia de amor, pero se quedó otra vez sola, durante la Revolución y se dedicó a su hija mientras esperaba su regreso y vivirá el desabastecimiento y la miseria, al ritmo de la música cubana. Así haciendo gala de un impresionante dominio del lenguaje, que me sonaba a mí, “cabrerainfántico”, Zoé Valdés escribió su novela sobre deseos, esperanzas hasta el desencanto final como todo lo que tiene que ver con la revolución cubana.

Rita de Maeseneer, la autora de El festín de Alejo Carpentier, crea una lectura culinario-intertexual (2003), y como profesora de literatura y de cultura española e hispanoamericana en la Universidad de Amberes (Bélgica), publicaria un interesante trabajo titulado “Denzil Romero, Enriquillo Sánchez y Zoé Valdés a ritmo de bolero”, concretandose a esas tres novelas de los años noventa; donde el bolero estuvo muy presente. En 1991 en este blog (lapesteloca) mencione (https://bit.ly/2qUoEJB) al escritor venezolano Denzil Romero quien en una novela, con título de bolero Parece que fue ayer la remarcó con el subtítulo de “Crónica de un happening bolerístico” (1991). En la dedicatoria de Parece que fue ayer, Denzil Romero menciona a un amigo bogotano que le “indujo a escribir estos textos” que él mismo califica como, “una novela en la onda bolerística”.

La novela de Denzil Romero crea la expectativa de un divertimiento donde se reproduce la letra completa del bolero Parece que fue ayer (1967) del mexicano Armando Manzanero, canción que recuerda un amor feliz que perdura, situación poco común en este género donde abunda la tristeza y los fracasos amorosos. En los seis capítulos/números, la novela relata como un grupo de bolerómanos integrado mayoritariamente por venezolanos, aunque también hay un cubano, un puertorriqueño y un costarricense, se hallan reunidos en un bar caraqueño dos días seguidos, en la noche del 13 al 14 de febrero de 1990, -día de los Enamorados-, y discurren sobre los boleros, sus medios de difusión y sus intérpretes preferidos, lo que les provocará delirios sensuales expresados en un lenguaje a veces bastante vulgar, donde los boleros les llevan a fantasías eróticas del pasado. Todos recuerdan canciones de las grandes estrellas del bolero, del mexicano Agustín Lara, o de la cubana Olga Guillot, y cantan estos boleros “tergiversando las letras; arruinándolas no pocas veces; haciéndoles segregaciones”. De este modo, todos se divierten inventando adivinanzas a las que contestan con una frase de bolero o insertan boleros en contextos nuevos, lo que les provoca la risa.

En realidad, la erudición desmesurada de Denzil Romero abruma en este texto excedido de canciones. Lo que Denzil Romero, o quizá sus editores presentaron como novela, en realidad resultó ser un palimpsesto donde la literatura sobre este género musical, se transforma en una inserción intertextual de los boleros y la introducción de ellos en los discursos, pudiendo plantear la relación entre oralidad y palabra escrita, en ocasiones puede rebasar los límites de un tratamiento realmente literario.

Para los cubanos y los puertorriqueños hay un sesgo de la literatura que se asocia a la situación política. Nueva York era visto como la capital del Caribe según el escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez (La guaracha del Macho Camacho) El sesgo político en mi novela Escribir en La Habana es innegable, sin embargo, hay más de 60 boleros intertextualizados en la novela, por lo que la música caribeña, como el cine y la literatura, forman parte muy importantes en esta novela, que fue premiada en 1994 en la Bienal Jose Rafael Pocaterra. El caso dominicano es distinto, sobre todo desde que el premio Pulitzer 2008 fue adjudicado a Junot Díaz por La maravillosa vida breve de Óscar Wao; en cierto momento le dieron al escritor Diaz una medalla para distinguirlo como ciudadano dominicano y después se la quitaron porque Junot había criticado la política del gobierno hacia los haitianos.

Maracaibo, lunes 12  de octubre, 2026  antes, “Dia de la raza”

domingo, 11 de octubre de 2026

Denzil Romero


El 29 de octubre del 2019 en este blog (lapesteloca) hablamos sobre Denzil Romero (1938–1999) un escritor que nació en Aragua de Barcelona, en el Estado Anzóategui, ciudad conocida también como “La Atenas de Oriente”. Denzil era hijo de Carmen R. Romero y Juan Vicente Cabezas. La disciplina docente de su madre y de sus tías contribuiría a que fuera el mejor alumno de su escuela, pero en el bachillerato tuvo contratiempos por el régimen dictatorial que vivió Venezuela de 1948 a 1958.

Estudió 1r° y 2d° año en el liceo Narciso Fragachán de Aragua de Barcelona y el 3° lo hizo en el liceo Fermín Toro de Caracas; el 4° en el Pedro Gual de Valencia y finalmente se graduó de bachiller en el liceo Libertador de Mérida. “Nunca aprendí a nadar, apenas elevé uno que otro papagayo y soy hijo de maestros de escuela, por lo que puedo decir sin jactancia que a los 15 años ya me había leído la literatura clásica española. Admito que en mi formación influyeron algunos escritores, de los cuales sólo te voy a nombrar a Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, José Donoso, Juan José Arreola, Reinaldo Arenas, Marcel Proust, William Faulkner... y de aquí, Ramos Sucre, Arvelo Torrealba, y Enrique Arvelo...”

Denzil se graduó de abogado en 1961 y dos años más tarde, en 1963, de profesor en el Instituto Pedagógico de Caracas. El ejercicio del derecho le dio éxito profesional y económico, con lo cual pudo formar una familia, junto con la profesora Maritza Corrales, su esposa durante 40 años. Denzil Romero abandonaría el ejercicio del derecho, y se dedicó por completo a la literatura, como narrador, ensayista y cronista literario. En 1977 publicó el cuento “El hombre contra el hombre”, que luego aparecerá, junto con otros cuentos más, en Infundios (1978). Esta obra obtuvo el Premio Municipal del Distrito Sucre ese mismo año. Siempre dentro de la narrativa corta, Romero publicaría El invencionero en 1981, con el cual ganaría el Premio CONAC de narrativa en 1983. Algunos historiadores y escritores, entre los cuales se encuentran Luis Alberto Crespo definirían el estilo de Denzil Romero aludiendo a la “exageración de lo real”. Según la opinión del escritor Juan Liscano, “los siete cuentos de Infundios sedujeron por la riqueza del lenguaje, el poder fabulatorio, la mezcla de elementos culturales ajenos al criollismo agrario o urbano», la combinación de lo histórico y lo esotérico, de lo erótico y lo seudorrealista.

La narrativa de Denzil desarrollaría una temática que va de lo raigal telúrico venezolano, al eurocentrismo medieval renacentista, especialmente destacable en sus cuentos “El hombre contra el hombre” y “La saga de Juan de Grosseteste”, respectivamente. Simultáneamente con ambas publicaciones, va escribiendo una obra de mayor aliento, La tragedia del Generalísimo, sobre el Precursor de la Independencia Americana, Francisco de Miranda, que publicaría en 1983. Para ese mismo año el libro obtiene el Premio Casa de las Américas, en La Habana, Cuba. Dos años más tarde, 1985, esta obra fue finalista del Premio Rómulo Gallegos de Venezuela, y para 1987 ya había alcanzado su cuarta edición. 

Con Lugar de crónicas (1985) se abre un remanso en la obra literaria de Denzil Romero, que trae entre otros trabajos, “El muchacho que era yo”, en el que el autor evoca su infancia; ganador del premio Mejor Artículo del año del diario El Nacional en 1985. Con Entrego los demonios, continúa “el vagavagar” de su vida entre la realidad y la ficción. Después vuelve al tema del generalísimo Miranda, con Gran Tour, novela publicada en España por Laía en 1987 y por Alfadil en Caracas, 1988. Ese mismo año, Alfadil le publica también una serie de cuentos, titulada Tardía declaración de amor de Seraphine Louis.

Tomando la historia como pretexto escribió La esposa del doctor Thorne, en una versión novelesca sobre la vida de Manuelita Sáenz, amante del Libertador Simón Bolívar, con la cual ganaría el X Premio La Sonrisa Vertical de TusQuest Editores, Barcelona, España en 1988. La vida erótica de Manuelita le permitió crear un personaje tan polémico y controversial, que un ecuatoriano, académico de la historia, lo retó a un duelo a muerte. Denzil Romero, gracias a una imaginación sostenida por sus conocimientos de la historia grande de América, se situó en una época, en unos lugares y en medio de unos acontecimientos que enriquecen aún más la lectura lúdica de sus páginas, en las que un jurado reconoció por mayoría la obra de un escritor en pleno dominio de su estilo, de sus conocimientos y de sus fantasías. En 1990 aparece La carujada, publicada por la Editorial Planeta de Venezuela, en la cual recrea la trágica vida novelesca de Pedro Carujo, considerado como un anti héroe, por su participación en la conjura contra el Libertador Simón Bolívar, el 25 de septiembre de 1828, en Bogotá; así como en la conspiración contra el presidente de Venezuela, José María Vargas en 1835. 

 Quisiera añadir algunos comentarios hechos por Luis Barrera Linares en su obra La negación del rostro(Monte Avila Ed. 2005) donde describe a Denzil con “su pelo desordenado, absolutamente informal, bromista, cuentero, fabulador insaciable, absolutamente antiparabolico”. Insiste en que su personaje (el Generalísimo Francisco de Miranda) fue apoderándose de su autor... “Si hubiera tenido un poco mas de vida, la imagen física de Denzil habría adquirido una semejanza inaudita con el personaje histórico” fallecido en 1816 en la fortaleza de la Carraca, en Cádiz. 

Como la mayoría de los escritores de su generación, Denzil Romero pasó por el mundo de la bohemia. En su novela Parece que fue ayer, publicación de Planeta en 1991, recrea esos mundos de vivencias y recuerdos. Pero no abandona lo histórico, cuando recoge una antología de cronistas e historiadores de Indias, que publicó Planeta en 1993, con el nombre de Códice del Nuevo Mundo, y una extraña y medio mítica novela, titulada Tonatio Castillán o un tal Dios Sol, que magnifica la vida de Pedro de Alvarado, el segundo de Hernán Cortés en la Conquista de México. Con su libro El corazón en la mano (1977), Denzil vuelve al cuento, género con el que se inició. Entrego los demonios. 1ª. Ed. Mérida Universidad de los Andes, 1997. Sin embargo, no olvida su propósito novelesco sobre el generalísimo Miranda, cuando publica Amores, Pasiones y Vicios de la Gran Catalina, Grijalbo 1997 y Para seguir el vagavagar, Monte Avila 1998, con las cuales prácticamente cierra el bildugnsroman sobre la vida del general. Denzil Romero venía padeciendo desde hacía varios años por un severo enfisema, y fallecerá en Valencia en el mes de marzo en 1999. 

Para finalizar este artículo que fue escrito y publicado a finales del mes de octubre del año 2019, en aquella ocasión, hace 8 años por escrito dije… “No he resistido la tentación de citar a mi amigo, el escritor Eduardo Liendo, quien amablemente aceptó prologar mi novela “La Entropía Tropical” y destacar sus favorables comentarios que expresara el día 10 de marzo de 1990 en la sede del Complejo Cultural Teresa Carreño en Caracas, durante la presentación de mi novela “Para subir al cielo…”. En aquellos momentos el escritor Liendo hablando sobre la novela que presentaba, se refirió a Denzil quien había fallecido unos días antes. Citaré aquí, parte de sus comentarios: “La escritura de Jorge es verdaderamente espléndida, es un barroco, pero no un barroco onanista, sino muy consubstancial con sus temas que son de un magnífico oficio, y explico, que el protagonista de las novelas de Jorge, es el lenguaje. Me recuerda al lamentablemente desaparecido, apenas anteayer, Denzil Romero. Hay una relación de comunicación entre ambos lenguajes. Les digo esto, para”…  etc, etc.

Maracaibo, domingo 11 de octubre, 2026

sábado, 10 de octubre de 2026

 

Breve Historia del blog   lapesteloca.blogspot.com

Funciona desde 2013 con actividad formal desde 2014. Desde enero 2019 lo publicado TODOS LOS DIAS en el blog ha venido siendo publicado también en la plataforma de FACEBOOK y la divulgación ha resultado excelente.

Hoy 10 de octubre del año 2026, no ha sido posible utilizar Facebook para mostrar lo publicado en el blog por lo que les sugiero a los habituales lectores de mi blog que sencillamente usen el procedimiento habitual para buscar la publicación:

lapesteloca.blogspot.com 

Puede también buscarse en Google para acceder a la lectura diaria del contenido del blog que seguirá funcionando a pesar de no estar siendo divulgado en FACEBOOK.

Reciban todos los lectores un abrazo fraternal.

Jorge García Tamayo

Todo esto, y hacia adelante, aunque al tratar d acceder al blog les digan que:

No se puede acceder a este sitio web

Es posible que la página web https://www.google.com/search?q=la+peste+loca.blogspot.com&oq=la+peste+loca.blogspot.com&gs_lcrp=EgZjaHJvbWUyBggAEEUYOTIGCAEQRRg80gEJNDY5NWowajE1qAIAsAIA&sourceid=chrome&source=chrome.rb&ie=UTF-8 esté temporalmente inactiva o que se haya trasladado definitivamente a otra dirección.

E igualmente diga el sistema que: No se puede acceder a este sitio web… Recuerden que SI SE PUEDE!!!

Un joven astrofísico


El premio Princesa de Girona es uno de los galardones más prestigiosos para jóvenes en España, y le ha sido otorgado a José Eduardo Méndez Delgado, un joven astrofísico mexicano de 31 años por su investigación que busca reconstruir la historia de las galaxias a partir de esas nubes de gas donde nacen las estrellas…

De niño, José Eduardo iba por las noches a un campo abierto detrás de un cerro en las afueras de Morelia, la ciudad michoacana donde nació, para ver las estrellas. No tenía equipo ni telescopios, pero sí el cielo y una incontenible curiosidad de entender qué había más allá. “Desde pequeño tuve esa relación con la naturaleza y esas ganas de ir aprendiendo”, recuerda. Años después, su afán lo ha convertido en detective de nebulosas, estudiando las inmensas nubes de gas donde nacen o mueren las estrellas. La investigación que le ha valido, el Premio Princesa de Girona Internacional 2026 en la categoría de Investigación, es para jóvenes uno de los galardones más prestigiosos que entrega España. José Eduardo Méndez Delgado posa junto al rey Felipe VI (ver) durante el acto de proclamación de los Premios Princesa de Girona

El astrofísico describe emocionado las estampas que ha podido ver en algunos de los telescopios más importantes del mundo, como el del Instituto de Astrofísica de Canarias. “La semilla del astrónomo nace cuando uno ve las imágenes espectaculares del cielo nocturno. Todas esas paletas de colores, esas estructuras difusas que uno logra observar, las estrellas, las distintas galaxias… Te ponen en perspectiva y te maravillan. Además de que te sientes un poco intimidado, te sientes atraído”, comparte en entrevista con EL PAÍS desde el Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

“Le dedico esencialmente casi todas mis tardes a entender la naturaleza”, explica Méndez quien busca reconstruir la historia de las galaxias a partir de la composición de las nebulosas. Para explicarlo mekor lo compara con la arqueología. “Uno reconstruye el pasado a partir de los vestigios que encuentra en un sitio. Generalmente no te encuentras un carro de guerra completo, sino una pieza que se le cayó. Nosotros, como astrónomos, hacemos exactamente lo mismo, pero esas huellas o vestigios son esencialmente la química”. Los resultados de su tesis doctoral aportaron indicios indirectos de creación planetaria en la Nebulosa de Orión. Más tarde impulsó el proyecto internacional DESIRED, una base de datos que ha permitido analizar la física de las líneas de emisión más débiles de nebulosas ionizadas.

Su enfoque le ha permitido participar en proyectos internacionales y relata como: “Un artículo mencionado en el premio fue uno de 2024, donde hablamos de la composición y destrucción de polvo en nebulosas”. Ese estudio lo llevó a comprender procesos que antes estaban más difusos. “Analizamos la relación entre el polvo, la abundancia de elementos pesados y la radiación ionizante en muchas galaxias. Eso permitió conectar información de estrellas y nebulosas que antes parecía desconectada”, explica el joven. Para el científico, comprender la evolución química de las galaxias es también una forma de comprender la historia del universo y del propio ser humano. “A final de cuentas, los elementos químicos que nos constituyen son también parte del cosmos”, reflexiona. Se muestra (Ver) la imagen de la galaxia Gran Nube de Magallanes, elaborada a partir de cerca de tres millones de espectros obtenidos con el Local Volume Mapper.

El premio Princesa de Girona, el más reciente reconocimiento por su trabajo consiste en una estatuilla, reproducción de una obra del artista Juan Zamora y una dotación de 20.000 euros: “Todavía no he pensado en qué los voy a invertir, (400.000 pesos mexicanos) pero se les dará buen uso”. El galardón será entregado en un evento encabezado por la familia real de España el próximo 14 de julio. El anuncio, sin embargo, fue hace unas semanas en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, con la presencia del Jefe de Estado de ese país. (Ver)“La astronomía te lleva a lugares que uno no imagina, como conocer al Rey de España”.

Su camino empezó en el sistema público mexicano: “En la escuela aprendí las cosas básicas. Ya cuando estuve en la prepa en la Universidad Michoacana fue que me adentré un poco más en las ciencias formales, la física y las matemáticas”. Esos años marcaron la decisión de buscar un lugar en la UNAM, un cambio que implicaba dejar Morelia y mudarse a la capital. “Le debo prácticamente todo a la educación pública”, asegura. Su formación continuó fuera de México, con una primera parada en el Máster en Astrofísica en la Universidad de La Laguna, gracias a una beca de la Fundación Carolina, y otro posgrado en la Universidad de Heidelberg, la más antigua de Alemania.

Más de 1,3 millones de mexicanos bien calificados viven en el extranjero, en un fenómeno conocido como fuga de cerebros. Jóvenes que, como Méndez, ven fuera mejores posibilidades de formación y empleo. Para el científico, sin embargo, un “sentimiento de responsabilidad” lo llevó de vuelta a sus orígenes. “Desde que me fui de México quería regresar para contribuir a la sociedad que apostó por mí”, asegura. Ahora, con una visión más amplia, pone sobre la mesa las condiciones para hacer ciencia en el país. “México y la UNAM están involucrados en proyectos de frontera y consorcios internacionales. Sin embargo, siempre hay incertidumbre porque dependemos mucho de cambios políticos”, lamenta. Funcionarios que entran y salen, barriendo los proyectos y el financiamiento. “Ese impacto se siente especialmente entre los investigadores más jóvenes. No solo importa cuánto se invierte, sino cómo se distribuyen esos recursos”.

Su “arqueología del universo”, como la describe, conecta la investigación básica con preguntas fundamentales: ¿de dónde venimos?, ¿cómo se formaron las galaxias?, y ¿qué procesos dieron origen a los elementos que componen la vida?. “La ciencia no está separada de la sociedad, todo parte del pensamiento crítico”, asegura y Méndez insiste en la necesidad de acercar la investigación al público. “Es importante que la gente se involucre”.

Maracaibo, sabado 10 de octubre del año 2026

viernes, 9 de octubre de 2026

Del ejercicio literario (4)


Déjenme contarles que recientemente, he concluido otra novela... Se titula, “Para subir al cielo...” En ella incursiono en temas pocas veces abordados por nuestros escritores, el envejecimiento, la muerte, la religión, y la violencia de una ciudad como Caracas. Todo conforma el marco perfecto para una novela policiaca, además plena de salsa, y ella, la novela, recrea paralelamente, la vida del pintor neerlandés Hyeronimus Bosch, el Bosco, y todo esto durante un domingo caraqueño del año 1985. Es una especie de locura, ¿verdad? Les confieso que me divertí mucho escribiéndola. El aprender cómo mover las palabras, hasta hacerlas fluir como ríos internos, se logra con la práctica, puedo garantizarlo. Ese poder mezclar en las letras los sueños con lo vivido, se disfruta ensayándolo y corrigiéndolo, hasta transformarse en una pasión, en una obsesión por el oficio de saberse capaz de jugar con lo imaginario y mezclarlo con lo real y mantener las ilusiones siempre disfrazadas por una cierta delicada ambigüedad. Todo eso es crear una novela. Claro está que se tienen que producir vasos comunicantes entre el escritor y el lector, y lograr esa retroalimentación, debe ser, tiene que ser, la parte vital y más compleja del oficio de escribir. Una cosa es muy cierta. Para poder escribir bien hay que leer bien. Cito de nuevo un párrafo de “Escribir en la Habana” “Leer siempre es difícil, es complejo, leer un libro es más complicado que leer un periódico... Un libro puede leerse dos o más veces, la literatura es para releerla... Lo que cada quien encuentre en los libros, depende más del lector que del autor, sobretodo del lector que sea capaz de releer”. Fin de la cita.

Una pregunta que la gente a menudo se hace, es: ¿Para quién se escribe? ¿A quién va dirigida la obra escrita? ¿Una novela se escribe pensando en los que la van a leer? Muchos escritores dicen escribir para ellos mismos y eso en países como el nuestro debería ser la regla, puesto que los sistemas de divulgación o de comercialización de la literatura son un desastre. Publicar una obra literaria en Venezuela es toda una proeza donde hay que luchar contra roscas, compadrazgos y tercos editores, y debe uno transarse con libreros -usureros, donde si no se gana uno un premio de literatura bien famoso, el escritor sin palancas no tiene muchas oportunidades de publicar; el nuestro, sigue siendo el propio país de las reputaciones consagradas. Esto es tan cierto que llegamos hasta el punto de que todos los escritores venezolanos tienen que ejercer otro oficio para poder sobrevivir. Este hecho, en la tierra de Bello y de Baralt da tristeza, pero es la verdad, lo cual dicho sea de paso, no debe ofender a nadie, es un hecho consumado. El escribir para uno mismo frecuentemente es producto obligado de las circunstancias, el no publicar no tiene que ser siempre por el deseo intrínseco del escritor. 

Ya lo decía el propio Guillermo Meneses en uno de sus ensayos sobre “El hecho de ser escritor”. Cito: “...No significa que el escritor tenga que ser necesariamente un explicador, ni un maestro, como tampoco lo contrario, un hermético fabricante de fórmulas ininteligibles; cuando alguien escribe, necesariamente desea comunicar su experiencia, su razonar, su comprender”. Fin de la cita de Guillermo Meneses. Debo decir también que Meneses opinaba que, en ese intento de ofrecernos su experiencia, el escritor siempre se compromete. En nuestra historia existen una serie de personajes que se han destacado por lo inquisitivo de su pluma, o luchadores contra las dictaduras quienes plasmaron en libros sus guerras, no obstante, da la impresión de que el compromiso de nuestros escritores con sus ideales no ha sido excepcional; en realidad, durante este siglo nuestra literatura ha sido bastante pacata y la referencia obligada no va más allá del escándalo de “El Inquieto Anacobero” de Salvador Garmendia, y de las noveletas algo rupestres de Argenis Rodríguez, sin comentar una onda de narrativa erótica, en la cual destaca Rubén Monasterios, aunque lamentablemente la mayor parte de ella sea de cuestionable valor literario.

Tal vez una de las preguntas claves viene a ser: ¿Por qué se escribe? ¿Para qué? Si además es cierto que, para algunos escritores, quienes se toman el asunto en serio, como un verdadero oficio, y buscan el perfeccionamiento de sus textos, escribir es un trabajo arduo, pésimamente remunerado, y difícil de dar a conocer en sus resultados... ¿Cuál es la idea que se persigue con escribir literatura como un oficio? ¿Existe acaso una sola respuesta a la interrogante de, por qué se escribe? Carlos Noguera ha dicho que “Se escribe porque no se puede no escribir. Se escribe para sustituir al mundo que nos ha tocado en suerte, y se escribe por juego y por goce. Y se escribe a la par por una inmersión inevitable en la muerte y por un insaciado anhelo de totalidad”. Laura Antillano dijo una vez:“Lo que no entiendo de la vida, paso a entenderlo cuando lo escribo”. Hay quien ha propuesto que una de las razones de la creación literaria es el deseo de trascender y yo creo que esta aseveración tiene visos de verdad.

Ya les contaba al comienzo de esta charla como fue el temor a una enfermedad que me acercaría la hora de la muerte lo que me provocó el sentimiento de temer que mis vivencias personales de una época, terminasen en el olvido, y como fueron esas las razones que me llevaron a dedicarme a escribir como un oficio. Julio Cortázar en 1947 señalaba la diferencia entre “el hombre que existe para escribir y el hombre que escribe para existir”.

Quisiera concluir esta charla con unas palabras de mi amigo, el escritor tristemente ya desaparecido, Eduardo Liendo, a quien debo el saber una buena parte de lo que les he comentado hoy : “Lo que más me fascina de la literatura es la posibilidad de ser otro, de ser yo y múltiple. Ser zorro y pez, nube y cometa, héroe y ratero, espuma y roca, eco y silencio... El escritor, por muy desamparado que se encuentre, por suicida que sea, es el amante preferido de la existencia. Por eso quizás su mayor desafío es vencer a la muerte con el filo de la palabra” .

Nota: fin de El ejercicio literario en 4 partes.

Maracaibo, el viernes 9  de octubre del año 2026

jueves, 8 de octubre de 2026

Del ejercicio literario (3)

 

Después de cuatro años de escribir y corregir “La Peste Loca” se me había transformado en un hipertrófico manuscrito de más de 700 páginas. Acepté entonces los sabios consejos de quienes me explicaron la imposibilidad para un autor desconocido, de publicar algo tan voluminoso, así que decidí separar la historia del pasado, de la del período democrático, y nacieron entre 1989 y en 1990 “La Peste Loca” y “Bajo el encaje de los uveros”. Ambas novelas, con la “Entropía Tropical”, permanecían inéditas cuando escribiría todo esto... 

Vine a “un no sé qué” a Maracaibo y conocí a Jesús Ángel Parra Semprún, quien trabajaba en La Secretaría de Cultura de la Gobernación del Estado Zulia, le entregue con curiosidad el manuscrito de “La Peste Loca”, pues Arias Cárdenas era el gobernador del Zulia, y Jesús Ángel me dijo que él lo leería y supe que le gustó, yo nunca imagine que lo aceptaría para su publicación y así fue como nació la novela “La Peste loca”, mi primera publicación cuando yo pensaba que nadie se atrevería a publicar aquello que yo había denominado “la jerigonza apocalíptica”... 

Les relate este asunto entonces a los patólogos, mis colegas, en una reunión a la que me habían invitado para hablar sobre la escritura literaria… “Les aseguro que levantará un polvero. Les dije lleno de optimismo. Esperaremos, comenté y pensando que tal vez antes de noviembre de ese año... En realidad, más que contarles sobre el contenido de mis novelas, yo quería hablarles sobre el oficio de escribir y cómo fue que caí en la trampa de las letras. En una de mis novelas más recientes “Escribir en la Habana”, uno de los personajes interesado en la literatura dice: “En eso de escribir, lo más importante es querer hacerlo. Sentarse a escribir. Claro está que no es ir escribiendo allí lo que a cada cual se le ocurra. Sartre decía que, en la literatura, el asunto no es decir las cosas, sino decirlas de cierta manera. Pienso que en el lenguaje que usa el escritor reside el éxito de su obra. No es solo el fondo del cuento, el secreto está en el tratamiento de excelencia que se le dé a las letras, porque el tema, bueno ya probablemente todo está dicho”. 

Hay otra cita, creo es de Goethe, quien afirmaba que ya todo se ha escrito, de que no hay nada que no se haya escrito… “Lo difícil es decir las cosas por segunda vez” decía Eduardo Liendo.  Uno de los aspectos singulares de la escritura literaria como oficio, es que esta es una tarea que implica leer y releer lo escrito hasta lograr el tono y el ritmo adecuados a la acción. No creo que la creación literaria pueda ser vista como un proceso sencillo. Un artículo para un periódico, podría tal vez escribirse naturalmente, con un espontaneo desenfado, pero el fenómeno de la literatura, les aseguro que exige mucho más.

En 1853, Gustave Flaubert se refirió en varias cartas al oficio de escribir, hablaba sobre la creación de su gran novela “Madame Bovary”. En ella, según cuenta Flaubert, el escribir tan solo treinta páginas de un episodio, le llevó más de tres meses para lograr, según sus propias palabras “tratar de trasladar los valores de una sinfonía a la literatura” . Julio Cortázar dijo sobre su breve relato “Continuidad de los parques”... “Ese lo he escrito quince veces y todavía no estoy satisfecho. Creo que le faltan aún elementos de ritmo y de tensión para que pueda llegar a ser diminutamente perfecto”. ¿Ven cómo escribir cuentos no es tan fácil?

Luego de pasar un par de años asistiendo al Taller de Narrativa del CONAC dirigido por Eduardo Liendo, aprendí muchas cosas sobre los escritores y su trabajo como oficio; muchas de las cosas que estoy comentándoles son fruto de esos talleres. Sin lugar a dudas, si algo es crucial en el oficio de escribir, es el hacerlo desde el fondo de cada quien; lograrlo desnudando el alma, sin afanes de pedagogía, sin ideales políticos, sin proclamas reformistas, sin ser rebasado por lo sociológico o por sus propios conflictos y esto es difícil, es muy complejo, porque además de las vivencias de cada quien, existe lo que cada escritor haya ido incorporando a su intelecto como lector de muchos autores. El escritor puede ser un testigo de su tiempo, o puede bucear investigando en otras épocas, pero es factible que él mismo se transforme en un espejo de todo lo aprendido y como decia Liendo citando a Federico Amiel, resulta que todos no somos más que “copia de copias reflejo de reflejos”. Por ello, debe el escritor evitar el transformarse en exégeta de admirados literatos. En realidad, un autor puede ser muchos autores a la vez y cada cual debe buscar su estilo, el cual vendrá dado por el tono y el ritmo de las palabras. El uso polifónico del lenguaje como instrumento, es desde los tiempos de Don Alonso Quijano creado por Miguel de Cervantes, un hermoso proceso que se produce en la mente del escritor y que se plasma en palabras, mientras él trata de reinventar realidades sobre la vida misma. Bien lo dijo Kundera al afirmar “ el novelista solo tiene que rendir cuentas a Cervantes” . Por otra parte, parafraseando a Oswaldo Trejo, es importante señalar que “lo menos que se le puede pedir a un escritor es que escriba bien”. Evidentemente hay que cuidar la ortografía, la sintaxis y la prosodia. El estilo puede ser hiperbólico como el barroco, puede ser desmesurado como los textos de Lezama Lima o de Sarduy, puede ser de una erudición apabullante cual “Palinuro” de Fernando del Paso, o como a veces pareciera querer impresionarnos nuestro Denzil Romero, pero en ocasiones, más importante que una copiosa erudición, densa como la de “Terra Nostra” de Fuentes, puede resultar la economía de los medios de expresión, en ella puede residir el secreto de la difícil sencillez que nos legara Tolstoi, o la diáfana claridad de Borges quien sin circunloquios verbales siempre nos demostró que no es lo mismo ser simple que sencillo.

Un lenguaje críptico, con frecuencia entorpece la lectura, el lenguaje debe ser claro y preciso. Al escribir… ¡Cuan problemático puede en ocasiones ser lo obvio! Es impresionante como los lugares comunes pueden degradar considerablemente un texto literario, no obstante, pueden ser usados como muletillas por el autor o buscando exagerar situaciones. Los riesgos que se corren al escribir, son numerosos y como le escuchara comentar a Eduardo Liendo, puede citarse a Santa Teresa como ejemplo, por aquello que, “de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno”. De nuevo citaré unas frases sobre el oficio de escribir, puestas en boca de una joven, personaje de mi novela “Escribir en la Habana”. “Para escribir yo no quisiera plagiar la realidad, esa está en la prensa... Yo no escribiré para relatar mis vivencias, una debe escribir para inventar la vida”. Ednodio Quintero, ha descrito al novelista como un investigador que se asoma a los pasadizos del túnel de la novela, armado con la linterna del lenguaje. José Napoleón Oropeza también ha señalado que: “La grandeza de un creador está en su poder de sugerencia, en su inventiva y en ese don de convencer al lector de que aquello que está presenciando es pavorosamente real”. Por todas estas cosas, es la novela un género híbrido que permite, el mayor grado de aproximaciones; es un arte de imprecisas fronteras, el cual curiosamente al poseer esa capacidad inquisitorial, y dada su sorprendente plasticidad, resulta ser muy vulnerable y está expuesto a los ataques de muchos aspirantes imbuidos de fanatismo religioso, de absolutismo político, y de positivismo científico. Para Ednodio Quintero “La novela no es el lugar apropiado para la prédica, ni púlpito, ni Cátedra, ni tarima, es un espacio abierto, desolado tal vez, abismo a la intemperie, donde el escritor acompañado de su cómplice, puede desplazar los múltiples registros de su voz, donde le es permitido expresar su ansia por reconocer lo que aún le resta de humano, donde acepta, al fin, su parentesco con los dioses mortales, con el agua que corre y con el polvo estelar”. 

Si vuelvo a mis vivencias, les diré, a quienes, hayan o no leído la novela “Escribir en la Habana”, que pasé un par de años trabajando en ella. Era la época cuando asistía a los Talleres de Narrativa y estos me estimularon a escribir. En aquellos días, noté que era escasa la literatura sobre la Cuba revolucionaria. Es decir, literatura de veras, no panfletaria, ni mayamera, digo, literatura, e imaginé que la razón debía estar en eso de eludir el compromiso, a favor o en contra. ¿Cómo escribir sobre la Cuba de los últimos 40 años despojándose de la pasión política? Por otra parte el argumento me obligaba a escribir desde dentro del alma femenina y no de una, sino de dos mujeres de edades diferentes. ¡Era un reto! En el fondo, la novela es una sencilla historia de amor vivida en un entorno de espías y de narcotráfico. ¿Novela polifónica? ¿Lúdica? ¡No tanto! ¿Realidades factibles? Para muchos lectores es una novela anecdótica. Para mí, es sencillamente una creación literaria de estructura lineal con un narrador-escribidor y un yo narrativo que se reparte sin rigidez alguna, el cual en momentos puede ser onírico y que va variando los tiempos, presente, pasado y futuro imperfecto, fluyendo con la acción entre los diversos personajes, sean hombres o mujeres. Al finiquitarla, la envié a la Bienal de Literatura “José Rafael Pocaterra”, en Valencia – Carabobo, y ganó el premio de Narrativa-Novela, el año 1994. Un amigo vasco y donostierra, Eduardo Blasco Olaetxea la leyó y de inmediato la hizo publicar a través de la Fundación Gipuzkoa de San Sebastián en el País Vasco. Me traje unos doscientos ejemplares a Venezuela, fueron distribuidos por las librerías KuaiMare y se agotaron; ya la primera edición se acabó, me dije y con ciertas dificultades, estuve gestionando una segunda edición en nuestro país. Al final la hice con ARS Grafica, de Maracaibo, en 1998…

Nota: Mañana finalizaran estos 4 artículos sobre el ejercicio lietrario.

Maracaibo, jueves 8 de octubre del año 2026

 

miércoles, 7 de octubre de 2026

Del ejercicio literario (2)


Pero regresemos por un instante a hispanoamérica, donde los escritores de nuestra lengua castellana, ingresarán al extraño mundo, del “realismo mágico”, ese que Carpentier definiría como “lo real maravilloso”, e irán dándole cuerpo a una escritura barroca, rica en elementos mágicos y en sucesos en ocasiones recargados en fondo y forma, pero que irán paulatinamente depurando una novelística cambiante y prometedora. Surgirán sintiendo al indio, en sus países, Rulfo y Asturias y Arguedas. Borges en Buenos Aires y desde su exilio parisino Julio Cortázar nos llevarán de la mano por senderos que se bifurcan y nacerá “Rayuela”, sin duda una de las novelas más audaces de este siglo. Carlos Fuentes hará brillar la región más transparente ante la muerte de Artemio Cruz, García Márquez nos hablará de la soledad de Úrsula Buendía viendo llover en Macondo y Vargas Llosa dejará que escuchemos a los perros de la ciudad latiendo frente a la Casa Verde; ellos con tantos otros escritores, conformarán el llamado “boom” de la literatura latinoamericana, y todos estos autores de lengua castellana ingresarán en la historia de la novelística mundial. En nuestro país algunos escritores ya nombrados y otros como Miguel Otero Silva, Alfredo Armas Alfonso, Antonia Palacios, Oswaldo Trejo, Francisco Massiani, Luis Britto García, Carlos Noguera, José Balza, Laura Antillano, José Napoleón Oropeza, Denzil Romero, Eduardo Liendo y más recientemente Ana Teresa Terán, Luis Barrera Linares y Ednodio Quintero, pasarán a ser los mejores exponentes de nuestra novelística

Quiero insistir en que tan solo pretendía, hacer un preámbulo, una especie de introducción, para situarnos en el tema de la novela. Debo decirles, que yo hablándole a los patólogos, mis colegas de profesión, el año 1997 por invitación en Maracay, Estado Aragua, atrevidamente les diría…   En esta charla pretendo discutir el tema de la escritura como “oficio”. No voy a referirme a la escritura de trabajos de investigación, o la descripción de casos anatomopatológicos, ni tampoco la redacción de ensayos filosóficos o de artículos periodísticos; deseo conversar con ustedes sobre el oficio de escribir, novelas, sobre algo que pudiéramos denominar, el oficio de escribir, literatura. (Como conservo por escrito lo previamente y hace muchos años leído, lo puedo reproducir aquí…)

No he venido a hablar sobre literatura, ni sobre la narrativa latinoamericana, esa no es mi intención; tampoco conversaré sobre la novelística venezolana. De ninguna manera. Menos aún voy a disertar sobre literatura o sobre áreas como la retórica, la poesía o el teatro, cuyos géneros darían para horas de disquisiciones sobre preceptiva literaria. Esta charla no aspira, no pretende, tener una finalidad didáctica. Quisiera, relatarles algunas vivencias personales con el fin de explicarles el cómo y el porqué, un médico-anatomopatólogo pudo llegar a involucrarse con la literatura, hasta un punto tal, que paralelamente a su ejercicio como patólogo e investigador, se haya transformado en “escribidor” de novelas.  Este asunto se ha tornado para mí en un compromiso personal con las letras y me ha llevado durante el curso de varios años, ¡unos cuantos!, a intentar trajinar la escritura literaria como si fuese un verdadero oficio. ¿Qué hace un médico-patólogo escribiendo novelas? Quiero en esta oportunidad, tratar de compartir con mis colegas, este hecho, tal vez singular, pero para mí, muy gratificante. Me agradaría que percibiesen cuanto he disfrutado este proceso y confío en que pueda ser estimulante para algunos de ustedes. 

Me he atrevido a compartir con ustedes estas vivencias a riesgo de parecer pedante o fastidioso, porque francamente, he creído que les puede interesar escuchar el porqué, para qué y cómo, he venido durante  muchos-muchos  años ininterrumpidos escribiendo novelas; como me las he planteado, como las he ensamblado y las he borroneado, hasta considerarlas listas luego de escribir y corregir hasta el cansancio, como un oficio, enfrentarse a la página en blanco y escribir, diariamente,  repito, durante años.

Escribir literatura, para mí no ha significado el abandonar el trabajo que representa la redacción, corrección y publicación de manuscritos de carácter científico, de trabajos de investigación. Indudablemente que pueden establecerse paralelismos y puntos de contacto entre el oficio de escribir ciencia y literatura, pero hoy quiero crear un hiato, una división formal entre estas dos maneras de escribir, y lo hago exprofeso. Escribir literatura es otra cosa, es algo totalmente diferente a esa pasión por la verdad que implica el ejercicio de nuestra especialidad. Don Pío Baroja, escritor gipuzkoano quien también era médico señaló una vez: “Soy un aficionado a la Biología; naturalmente sin un rigor completo, porque en literatura, el rigor científico no puede existir”. Escribir novelas es un reto a la imaginación, es un querer ser invencionero y escribidor de todas las cosas que asedian los muros de nuestra conciencia. Finalmente creo que este proceso de escribir novelas, en mi modesta experiencia, debe tener un significado importante en mi vida y pienso que el tratar de explicárselo a ustedes, tal vez me ayude a comprenderlo mejor. 

Las novelas, como los cuentos, son ejemplos de narrativa en prosa. Escribir cuentos, bien logrados, para mí, es algo muy difícil. El cuento, real o imaginario tiene un comienzo, un meollo y un final y como todos saben es mucho más breve que la novela. Escribir un cuento brillantemente, siento que es una verdadera proeza. La novela es diferente. Sin duda alguna, es uno de los géneros más sensibles y más complejos de la literatura. Decía don Pio Baroja que la novela es “Multiforme y proteica” “la novela lo abarca todo”. La novela podría definirse como la vida reinventada. Escribir una novela puede parecerse a componer música. La novela debe tener un tono y un ritmo y el instrumento de cada obra, no es otro que el lenguaje.

Pero no quisiera teorizar más, pues les prometí, que iba a hablarles de mis vivencias y lo trataré de hacer. Comencé a escribir relatos inventados cuando era niño. En aquel entonces, es bueno decirlo, leía bastante. Entre los 10 y los 16 años escribí muchas cosas y si no fuese porque guarde por años algunas poesías, cuentos y esbozos de novelas de esa época, les juro que ahora creería que todo fue un invento o que me traiciona mi imaginación.

Quisiera ser breve para poder contarles cómo, en 1983, a los cuarenta y tres años, me supe hipertenso y calculé como el espesor de mi ventrículo izquierdo sería inversamente proporcional a la vida que me restaba y, en ese momento, sentí que una de las cosas más lamentables sería que nadie se enteraría de las vivencias sobre una ardua lucha, que había librado durante siete años en mi propia tierra, tratando de hacer investigación con un microscopio electrónico sin lograr convencer a los patólogos de mi terruño, de que valía la pena dedicarse a esos menesteres. Se me ocurrió pensar que la mejor manera de relatar aquellos hechos, de “echar el cuento”, tal vez era creando una novela. Al fin y al cabo, pensé que todo iba a parecer producto de una calenturienta imaginación ya que cuanto había acontecido en aquellos años, era, ¡increíblemente surrealista!

Así comencé a escribir y a escribir y así nació “La Entropía Tropical”, era un monstruo de casi 400 páginas llenas de personajes, con nombres diferentes a los reales (evidentemente), intertextualizado, lúdico, fragmentario, con una historia mesopotámica intercalada, de la cual no era muy difícil deducir que yo parangonaba a mi tierra natal con Babilonia. Cuando creí terminarlo, acudí a mostrarlo a gente tan seria como el doctor Ildemaro Torres, o la Licenciada Mariela Sánchez Urdaneta… Unos años más tarde, le di a leer “La Entropía...” al escritor Eduardo Liendo. Todos ellos me hicieron creer que aquello que había escrito, era, una novela.

Así que después de eso, me dediqué a escribir y a escribir y a releer cuartillas para corregirlas y desde entonces he tratado de concienciar algo que dijera no sé quién, “el compromiso primordial del escritor es, escribir”. En 1986 y ya dándole los últimos toques a “La Entropía Tropical”, me metí de lleno en un proyecto acariciado desde hacía varios años. Quería escribir una novela sobre Rafael Rangel, y deseaba usar al presidente Cipriano Castro como contrafigura. Una novela que transcurriría durante los tres últimos años de la dictadura castrista, la cual culminaría con la peste bubónica en La Guaira, el suicidio de Rangel y el exilio para siempre de Cipriano Castro. Esos tres años de sucesos a comienzos del siglo XX debían ir corriendo paralelos a varias historias vivenciadas en los treinta años de nuestro sistema democrático.

Nota: este articulo continuara mañana.

Maracaibo, miercoles 7 de octubre del año 2026