Vos quien ya me leíste ayer, venías seguramente recordando a otro jesuita, un rubicundo belga, quien venía llegando al Colegio nada menos que desde el Congo. Vos mismo, me contaste como en aquellos tiempos te imaginabas como sería el mero Congobelga. “El Congoberes” le decían algunos. “Serán argunos” como decían otros, mientras yo, recuerdo que cuando me hablabas, en lo que pensé fue en el río tortuoso de Conrad en el corazón de las tinieblas (
Joseph Conrad (1857-1924) oficial de la marina mercante británica y novelista polaco que adoptó el inglés como lengua literaria. El corazón de las tinieblas, narra las atrocidades contra la población nativa del Estado Libre del Congo, en un viaje fluvial en busca de un personaje misterioso).De manera que debemos regresar al África, con un
Kilmanjaro nevado sin que fuese necesariamente el de Heminway (Las nieves del Kilmajaro es un
filme estadounidense de 1952 basado en el relato homónimo de Ernest Hemingway,
dirigido por Henry King y con Gregory Peck, Susan Hayward y Ava Gardner),
y de manera casi mágica volvimos al cine de nuestra infancia y por supuesto,
vos a millón, puesto que seguramente que te imaginabas todas las escenas en
blanco y negro, como si fuese película de Tarzán, con elefantes escapando hacia
una cueva llenas de colmillos de marfil y ríos plagados de caimanes y de
hipopótamos (La película, de 1932, fue la primera de
Tarzán protagonizada por Weissmuller, Maureen O'Sullivan y Chita, la mona, que
no aparece en la novela de Edgar Rice Burroughs, fue creado para la película),
y ¡es que recuerdo que me lo dijiste!
Aunque no todo era de películas, ni tan antiguas,
algunas veces vos hasta las veías, en radiante technicolor, quien sabe si entre
los guerreros de una tribu Massai, los de Las
Minas del rey Salomón, y es que me contaste como soñabas ser el Allan
Quatermain de Ridder Haggard (Las
minas del rey Salomón (1885), novela de Henry Rider Haggard (1856
-1925) rechazada por numerosas editoriales antes de su enorme éxito, en la
que aparece por primera vez el personaje Allan Quatermain)
con las patillas de Stewart Granger y hasta con una Deborah Kerr pelirroja (Las minas del rey Salomon: un filme de la MGM (1950) con
Stewart Granger, Deborah Kerr, Richard Carlson y Hugo Haas),
aunque llegó a tu mente el hermano Urrestieta, con cara de malvado, pues le
cortaba a las películas las escenas de los besos, tapándolas con su mano
durante las funciones nocturnas de cine en el colegio, y todos chiflábamos
protestando en la oscuridad, allá en el Maracaibo de nuestra tan retequelejana
infancia.
Hace seis años (2020) estaba releyendo La otra isla de Suniaga, y
entusiasmado destacaría detalles que surgieron en la relectura del capítulo
XXVI donde José Alberto Benítez conversaba con su amigo psiquiatra Pedro Boadas
sobre un sueño muy particular “porque era
en inglés”. Era tan vívido, le decía, que percibiría hasta el aliento de
quien en su oído le confiaba con acento extranjero una hermosa descripción; al
despertar, él mismo pudo transcribirla al papel y leyéndola resultó que era un
fragmento de Lord Jim, la novela de Conrad…
Luego desviarían la conversación hacia el autor de El corazón de
las tinieblas. En este blog (https://surl.li/jnueez ) ya hablamos sobre
ese tema. José Alberto había releído partes de
la novela de Joseph Conrad unas semanas antes y hasta compró el video de la
película Apocalipsis now. El paisaje descrito en
el sueño le recordaba un río (https://bit.ly/3iHuNhh) y sus meandros, como el del Congo en
la aventura de Marlow. Los amigos se preguntaron entonces, si acaso el acento
extranjero del inglés era por lo polaco de Conrad, y Boadas comentaría que
quizás podría ser todo una “parte
del continuo onírico” pues quien sueña puede ser “de lo más creativo”...
Los amigos acordarían revisar cuidadosamente el texto de “El corazón de las tinieblas” y leer con especial atención la novela, tanto en inglés como su traducción al español. Recordarían entonces como pocos escritores habían manejado el inglés con la maestría de Conrad, a pesar de ser polaco. Pedro, el psiquiatra le diría medio filosofando. “Según la carga genética, los seres humanos somos muchas cosas: artistas, deportistas”… y aseveró: “yo incluyo en esa lista, el ser de izquierda”. Boadas le confesaría a su amigo. “Yo fui comunista hasta 1968, pero soy izquierdista de nacimiento”.
El psiquiatra continuaría su historia puntualizando: “Aquí en Venezuela con la derrota de la guerrilla de la izquierda en los sesenta, de la Primavera de Praga y del Mayo Francés, la izquierda se quedó como vaca sin cencerro”… Regresando al “izquierdismo genético” le diría: “Quienes padecemos esa enfermedad incurable, tenemos el deber de buscarle vías de expresión distintas a las del comunismo, que está definitivamente cancelada” y la historia patria llevaría a que: “los más pendejos se refugiaron en el mundo de la cultura o se enquistaron en la Sala E de la Universidad Central”.
Finalmente, se explicaría como “el resentimiento” había llevado a muchos a ayudar al
militar golpista, lo que habría de terminar provocando la total devastación del
país. “Si a uno le tocó ser
genéticamente de izquierda, mientras se reconstruye la brújula enloquecida,
como la tenemos, corremos el riesgo de terminar disfrazados en cualquier
comparsa militarista y autoritaria que se proclame de izquierda”… Palabras
precisamente proféticas, que dijera yo, ya hace seis años…
Como un detalle interesante: la primera edición de “La otra
isla” se publicó en el año 2005, cuando las evidencias de lo que se
avecinaba para Venezuela estaban claras. El país no habría de transformarse
en “el mar de felicidad” a donde nos conduciría el
engendro creador del “Socialismo del Siglo XXI”. Mientras el régimen
todavía intentaba disimular las evidencias de un modelo comunista
detalladamente planificado y ladinamente le entregaban el país a la
administración y control de la dictadura cubana, el desastre que ha venido
después y desde entonces ya es de todos tristemente conocido…
“El que tenga ojos, que vea” (Ernesto dixit). Solo Dios sabe
hoy día, lo que terminará por suceder.
Maracaibo, el día jueves 9 de abril, del año 2026