Esta
es una historia que relaté en este blog –lapesteloca- en enero del
año 2016. Ya han trascurrido unos años desde aquel entonces, y creo vale la pena volver sobre el tema de la
novela de Cervantes y famoso director de cine, Orson Wells quien una vez proagonizaria el famoso episodio en la radio
ocurrió el 30 de octubre de 1938 cuando el joven director adaptó la novela de
ciencia ficción "La guerra de los mundos" de H.G.
Wells. Narrada en formato de noticiero de última hora, la dramatización hizo
que miles de oyentes creyeran que la Tierra estaba siendo invadida por
extraterrestres…
Orson
Wells afirmaría categóricamente que : “Don Quijote es la mitad de España
y Sancho la otra mitad. El hidalgo es el sueño español de la caballerosidad en
toda su absurda maravilla. Es la locura llena de nobleza, de dignidad y de
incorruptible galantería que ilumina el carácter español. Su escudero es la
tierra española misma. Es todos los hombres que han vivido sobre esa tierra
desde que se aró por vez primera”.
Si a
algún director de cine se le puede aplicar, el adjetivo de quijotesco es a
Orson Welles. El rodaje de sus películas fue siempre una aventura comparable a
las del ingenioso hidalgo de La Mancha. Si el personaje de Cervantes se
enfrentó con molinos de viento para dejar en alto su honor de caballero
andante, Welles, decidido a hacer arte sin la incómoda supervisión de los
productores de Hollywood; también tuvo que lidiar con obstáculos de todo tipo,
desde inversionistas que le fallaban en el último momento, hasta actrices que
se arrepentían de hacer el papel de Desdémona en su adaptación de Otelo. Así,
en una perenne falta de presupuesto se veía obligado a interrumpir sus
filmaciones y no le quedaba otra alternativa que dirigir algún documental para
la televisión con tal de poder reunir el dinero que le permitiría sacar
adelante su proyecto personal.
Los
pasajes en los que aparecían el Quijote y Sancho fueron concebidos por Welles
en el estilo de las comedias silentes. Para dar vida a los famosos personajes
seleccionó a dos excelentes artistas. Francisco Reiguera, actor nacido en
Madrid, pero enraizado en México, era el hidalgo ideal: alto, enjuto,
demacrado, con una larga barba blanca y un inusitado ímpetu. El rol del
escudero estaba a cargo de Akim Tamiroff, el versátil y carismático actor
estadounidense de origen georgiano que también colaboró con Welles en Sed
de mal, Mr. Arkadin y El proceso.
Cuentan
que Welles estaba tan entusiasmado con su Quijote que no se afectó mucho cuando
después de ver las secuencias iniciales, los productores decidieron cancelar el
proyecto. Afortunadamente, el arreglo al que llegaron le permitiría usar el
material filmado en una obra personal. Wells estaba decidido a prescindir del
personaje de la niña y hacer algo más que un simple documental. El Quijote y
Sancho hablarían. Recrearía sus andanzas. Tenía en mente todo un largometraje
inspirado en la obra de Cervantes. Pero… ¿y el dinero?
Welles
se las ingenió para continuar rodando cada vez que reunía algo de dinero. Los
fieles Reiguera y Tamiroff, enamorados también del proyecto, acudían a su
reclamo siempre que el cineasta les avisaba que podían continuar. De esa manera
siguieron filmando distintas escenas, hasta finales de los años 60, en
locaciones de México, Italia y España. Habitualmente una película tiene un
único director de fotografía; pero por la producción del Quijote de Welles
pasaron, sucesivamente, siete. También utilizó cinco editores diferentes para
montar algunas secuencias.
Mientras
tanto, Orson Wells filmaría dos de sus grandes creaciones, también basadas en
obras maestras de la literatura: El proceso (1963),
sobre la novela de Franz Kafka, y Campanadas a medianoche (1966),
adaptación de varias obras teatrales de William Shakespeare. La relación
de Orson Wells-director con El Quijote era algo intensamente personal, una
suerte de “psicoanálisis secreto” de sí mismo y así vemos que su versión dista
mucho de ser una adaptación fiel del texto de Cervantes: Alonso Quijano y
Sancho Panza viajarían por la España de Franco, y serían testigos de
procesiones religiosas y de corridas de toros, y se admirarían ante invenciones
como la televisión.
A mediados de los 1960 un grupo de periodistas le
hizo en el aeropuerto de Roma la pregunta “¿Cuándo piensa terminar El
Quijote?”, y Welles les explicó que se trataba de una película experimental,
“casera”: el tipo de trabajo que a él le gustaba hacer; “Cuando la termine,
la estrenaré”… Él aclararía que no tenía apuro por concluirla. Don Quijote y Sancho no son marionetas;
son libres, curiosamente independientes. Lo que me preocupa para poner fin a la
película es que quizás el mundo moderno les destruiría. Y sin embargo no logro
ver a Don Quijote destruido. Ése es mi problema”...
Después de más de una década de rodaje, la muerte de
los dos protagonistas paralizó definitivamente el proyecto. Reiguera falleció
en Ciudad de México, en 1969, y Tamiroff en California, tres años más tarde.
Orson Welles los sobrevivió hasta 1985 y, según parece, poco antes de su muerte
estuvo revisando las escenas editadas del más quijotesco de sus filmes, con la
intención de replanteárselo una vez más y sacarlo a la luz. Hasta
entonces El Quijote de Welles había sido una leyenda, una película de la que todos
hablaban, pero sin saber con certeza de qué se trataba.
Al año siguiente de la muerte de Wells, en el festival de cine de Cannes
1986 se estrenó una versión de 40 minutos de duración, preparada por el
cineasta griego Costa Gavras con los negativos que pudo localizar con la ayuda
de la Cinemateca Francesa. Sobre este cineasta hablamos en lapesteloca de 2018 (https://tinyurl.com/bdfsfbm2).
El público quedó admirado y sorprendido. Pero no fue hasta 1992, durante la
exposición mundial de Sevilla, cuando se pudo apreciar una versión más extensa,
de 116 minutos, preparada por el español Jess
Franco, quien había trabajado con Welles en la realización de Campanadas
a medianoche. Para presentar esta nueva reconstrucción, hubo que
realizar un trabajo de detective, pues los rollos filmados entre 1957 y 1968
estaban dispersos por distintos países.
Finalmente,
Jess Franco logró reunir decenas de
cajas que contenían más de 100 mil metros de película (un filme común y
corriente tiene unos 3 mil metros de duración) y durante varios meses se dio a
la tarea de armar el complejo rompecabezas. Para hacerlo, se guio por las
instrucciones escritas que había dejado Welles. Aunque este montaje ha sido
criticado por algunos, representa un esfuerzo admirable. Evidentemente no es
exactamente la película que Welles tenía en su cabeza, pero al menos nos
permite acercarnos a la originalidad, el humor y el humanismo de la lectura que
hizo el más grande director de cine de todos los tiempos de una novela que,
cuatro siglos después de su primera edición, sigue fascinando a lectores del
mundo entero. Welles no trató de trasladar El Quijote al cine, sino que, por
así decirlo, optó por llevar el cine al universo de El Quijote. Su aventura
fílmica, sorprendente y quijotesca de principio a fin, es uno de los más
sentidos homenajes que jamás se hayan rendido a la obra cumbre de Cervantes.
Maracaibo, sábado 25 de julio, de 2026