Déjenme contarles que recientemente, he concluido otra novela... Se titula, “Para subir al cielo...” En ella incursiono en temas pocas veces abordados por nuestros escritores, el envejecimiento, la muerte, la religión, y la violencia de una ciudad como Caracas. Todo conforma el marco perfecto para una novela policiaca, además plena de salsa, y ella, la novela, recrea paralelamente, la vida del pintor neerlandés Hyeronimus Bosch, el Bosco, y todo esto durante un domingo caraqueño del año 1985. Es una especie de locura, ¿verdad? Les confieso que me divertí mucho escribiéndola. El aprender cómo mover las palabras, hasta hacerlas fluir como ríos internos, se logra con la práctica, puedo garantizarlo. Ese poder mezclar en las letras los sueños con lo vivido, se disfruta ensayándolo y corrigiéndolo, hasta transformarse en una pasión, en una obsesión por el oficio de saberse capaz de jugar con lo imaginario y mezclarlo con lo real y mantener las ilusiones siempre disfrazadas por una cierta delicada ambigüedad. Todo eso es crear una novela. Claro está que se tienen que producir vasos comunicantes entre el escritor y el lector, y lograr esa retroalimentación, debe ser, tiene que ser, la parte vital y más compleja del oficio de escribir. Una cosa es muy cierta. Para poder escribir bien hay que leer bien. Cito de nuevo un párrafo de “Escribir en la Habana” “Leer siempre es difícil, es complejo, leer un libro es más complicado que leer un periódico... Un libro puede leerse dos o más veces, la literatura es para releerla... Lo que cada quien encuentre en los libros, depende más del lector que del autor, sobretodo del lector que sea capaz de releer”. Fin de la cita.
Una pregunta que la gente a menudo se hace, es: ¿Para quién se escribe? ¿A quién va dirigida la obra escrita? ¿Una novela se escribe pensando en los que la van a leer? Muchos escritores dicen escribir para ellos mismos y eso en países como el nuestro debería ser la regla, puesto que los sistemas de divulgación o de comercialización de la literatura son un desastre. Publicar una obra literaria en Venezuela es toda una proeza donde hay que luchar contra roscas, compadrazgos y tercos editores, y debe uno transarse con libreros -usureros, donde si no se gana uno un premio de literatura bien famoso, el escritor sin palancas no tiene muchas oportunidades de publicar; el nuestro, sigue siendo el propio país de las reputaciones consagradas. Esto es tan cierto que llegamos hasta el punto de que todos los escritores venezolanos tienen que ejercer otro oficio para poder sobrevivir. Este hecho, en la tierra de Bello y de Baralt da tristeza, pero es la verdad, lo cual dicho sea de paso, no debe ofender a nadie, es un hecho consumado. El escribir para uno mismo frecuentemente es producto obligado de las circunstancias, el no publicar no tiene que ser siempre por el deseo intrínseco del escritor.
Ya lo decía el propio Guillermo Meneses en uno de sus ensayos sobre “El hecho de ser escritor”. Cito: “...No significa que el escritor tenga que ser necesariamente un explicador, ni un maestro, como tampoco lo contrario, un hermético fabricante de fórmulas ininteligibles; cuando alguien escribe, necesariamente desea comunicar su experiencia, su razonar, su comprender”. Fin de la cita de Guillermo Meneses. Debo decir también que Meneses opinaba que, en ese intento de ofrecernos su experiencia, el escritor siempre se compromete. En nuestra historia existen una serie de personajes que se han destacado por lo inquisitivo de su pluma, o luchadores contra las dictaduras quienes plasmaron en libros sus guerras, no obstante, da la impresión de que el compromiso de nuestros escritores con sus ideales no ha sido excepcional; en realidad, durante este siglo nuestra literatura ha sido bastante pacata y la referencia obligada no va más allá del escándalo de “El Inquieto Anacobero” de Salvador Garmendia, y de las noveletas algo rupestres de Argenis Rodríguez, sin comentar una onda de narrativa erótica, en la cual destaca Rubén Monasterios, aunque lamentablemente la mayor parte de ella sea de cuestionable valor literario.
Tal vez una de las preguntas claves viene a ser: ¿Por qué se escribe? ¿Para qué? Si además es cierto que, para algunos escritores, quienes se toman el asunto en serio, como un verdadero oficio, y buscan el perfeccionamiento de sus textos, escribir es un trabajo arduo, pésimamente remunerado, y difícil de dar a conocer en sus resultados... ¿Cuál es la idea que se persigue con escribir literatura como un oficio? ¿Existe acaso una sola respuesta a la interrogante de, por qué se escribe? Carlos Noguera ha dicho que “Se escribe porque no se puede no escribir. Se escribe para sustituir al mundo que nos ha tocado en suerte, y se escribe por juego y por goce. Y se escribe a la par por una inmersión inevitable en la muerte y por un insaciado anhelo de totalidad”. Laura Antillano dijo una vez:“Lo que no entiendo de la vida, paso a entenderlo cuando lo escribo”. Hay quien ha propuesto que una de las razones de la creación literaria es el deseo de trascender y yo creo que esta aseveración tiene visos de verdad.
Ya les contaba al comienzo de esta charla como fue el temor a una enfermedad que me acercaría la hora de la muerte lo que me provocó el sentimiento de temer que mis vivencias personales de una época, terminasen en el olvido, y como fueron esas las razones que me llevaron a dedicarme a escribir como un oficio. Julio Cortázar en 1947 señalaba la diferencia entre “el hombre que existe para escribir y el hombre que escribe para existir”.
Quisiera concluir esta charla con unas palabras de mi amigo, el escritor tristemente ya desaparecido, Eduardo Liendo, a quien debo el saber una buena parte de lo que les he comentado hoy : “Lo que más me fascina de la literatura es la posibilidad de ser otro, de ser yo y múltiple. Ser zorro y pez, nube y cometa, héroe y ratero, espuma y roca, eco y silencio... El escritor, por muy desamparado que se encuentre, por suicida que sea, es el amante preferido de la existencia. Por eso quizás su mayor desafío es vencer a la muerte con el filo de la palabra” .
Nota: fin de El ejercicio literario en 4 partes.
Maracaibo, el viernes 9 de octubre del año 2026