La 'Bestia
del Terror': han denominado a el mayor depredador prehistórico,
el mayor del Cámbrico, que era desconocido hasta ahora… La prueba
acaba de aportarla un fósil extraordinario, el Amplectobelua symbrachiata,
(Ver) un
superdepredador de la época que, extrañamente, muestra una gran herida, ya
cicatrizada, producida cuando 'alguien' le propinó un tremendo mordisco en el
costado. Pero…¿Quién depreda al depredador? Este nuevo hallazgo acaba de
demostrar que, en los incipientes mares del Cámbrico de hace unos 520 millones de años, ni siquiera
los mayores cazadores podían vivir tranquilos. Alguien… ¿Pero
quién? Toda esta situación la describió José Manuel Reyes, periodista de ABC,
en ABC Ciencia, España.
El ataque se produjo en una época en la que la vida
en la Tierra ensayaba sus formas más insólitas. En aquel
ecosistema, el grupo al que pertenece nuestro protagonista, eran los amos
absolutos de las aguas. Se trata de un extraño cruce entre un calamar y una langosta gigante, una criatura que hoy, sin duda,
nos parecería un 'alienígena'. Estos artrópodos, hoy extintos, lucían dos
apéndices fuertemente armados en la parte frontal de la cabeza, perfectamente
diseñados para atrapar y despedazar a sus presas. Además, poseían una hilera de
aletas natatorias a los lados, que disminuían progresivamente de tamaño hacia
la cola.
Mientras que las presas más comunes, como los
pequeños y acorazados trilobites,
medían apenas unos centímetros, los mayores especímenes de Amplectobelua symbrachiata
podían alcanzar casi el metro de longitud. Puede que hoy, acostumbrados a las
ballenas modernas, no nos parezca gran cosa, pero en el Periodo Cámbrico esa
envergadura te convertía en el equivalente a un gran tiburón blanco. Eran los
colosos indiscutibles de un mundo en el que aún no existían los gigantes.
Las aletas natatorias del Amplectobelua symbrachiata eran blandas y carnosas, motivo por
el que resulta extremadamente raro encontrarlas fosilizadas. Sin embargo, un
equipo de investigadores asiáticos halló recientemente una aleta aislada en la
Formación Yu'anshan, en China. El yacimiento es un lugar excepcional donde el
fango primitivo preservó de forma milagrosa incluso los tejidos blandos de los
animales.
El paleontólogo Stephen Pates, del University College de Londres es un experto mundial en lesiones de criaturas extintas, y los investigadores comenzaron a estudiar la aleta a fondo. (Ver
) Su tamaño original indica que perteneció a un animal que rondaba entre los 23 y 35 centímetros de largo. Pero lo verdaderamente fascinante era una extraña muesca en forma de 'W' en el borde del apéndice. Se trata de una incisión de casi 16 milímetros, exactamente el tipo de perfil geométrico que dejan dos colmillos al rasgar la carne de una dentellada.
En ciencia, la simple imaginación no
basta. ¿Cómo estar seguros de que aquello era un mordisco y no un simple daño
sufrido durante los millones de años que la roca estuvo enterrada? «Queríamos
descartar que se hubiera roto durante el proceso de fosilización», explica Pates. Para confirmar lo que
pensaban, sometieron la pieza a un mapeo por fluorescencia de rayos X: la zona
de la herida estaba recubierta de calcio, fósforo, níquel y manganeso, en claro
contraste con la roca circundante, compuesta de hierro, silicio y aluminio. «Esto
nos dice que probablemente sea una aleta que se conservó así desde el
principio, en lugar de haber sido alterada más tarde», confirma el
científico británico. Bordeando la incisión en forma de 'W', los sensores
detectaron una franja oscura inconfundible. Era una cicatriz en toda regla. «En
los artrópodos modernos se observa esta melanización, este oscurecimiento
alrededor de las áreas donde se están regenerando -señala Pates-. Creo
que podemos estar bastante seguros de que esto sucedió mientras el animal
estaba vivo». Y de que logró sobrevivir para contarlo.Encontrar un daño
así en un 'superdepredador' radiodonto es algo histórico. «Nunca habría esperado ver algo
semejante preservado en el registro fósil», confiesa Pates.
El hallazgo, presentado en una
plataforma científica, plantea un último enigma: ¿Cuál fue la criatura que se
atrevió a atacarlo? Algunos sugieren con cautela que los artrópodos suelen
lastimarse al cambiar de exoesqueleto, y que con un único espécimen, no se
pueden descartar otras causas para la herida. Pates, sin embargo, se decanta
por la estadística matemática: «No se puede descartar, pero es un
equilibrio de probabilidades. Una herida de muda suele ser un desgarro
lineal y aleatorio, mientras que esa perfecta forma de 'W', ubicada justo en la
zona por donde el animal intentaría huir, delata una agresión. Para
nosotros, la mejor interpretación de esta lesión es un ataque depredador» Pero…
¿Qué terrible y desconocida criatura fue capaz de atacarlo y de arrancarle un
pedazo?
Pero sabemos que existieron los llamados "monstruos
del Cámbrico" que eran extraños animales que aparecieron hace unos 541 millones de años durante
la explosión cámbrica, un evento evolutivo se conoce por los
esqueletos de los animales ya que ellos desarrollaron conchas, caparazones
y exoesqueletos duros para protegerse. Nuevos sentidos y la movilidad que
existió se reconoce por grandes extremidades articuladas, ojos compuestos y
sistemas nerviosos avanzados que permitieron nadar, cazar y excavar a estas
formas corporales extrañas, cuando muchas criaturas tenían diseños
simétricos bilaterales complejos pero diferentes a cualquier grupo moderno
conocido
Lo que está claro es que esto
demuestra, por primera vez, la existencia de 'bucles tróficos' de alto nivel
hace 520 millones de años Incluso en la lejana aurora de la vida compleja,
hasta el mayor de los cazadores siempre podía convertirse en presa. Esta es
la historia de “El cazador cazado” que un
fósil de 520 millones de años se repite el extraño caso del
superdepredador del Cámbrico que sufrió y sobrevivió a un ataque mortal…
Maracaibo, el viernes 18 de
septiembre el año 2026