Me han sugerido, o me han pedido, que explique cómo es ese asunto mío, de escribir… Novelas. Habiendo publicado más de un centenar de trabajos de investigación y algunos libros de patología, resulta que, desde hace casi 40 años he venido escribiendo y publicando libros de contenido literario; son más de 10 novelas y libros de relatos, los culpables de que me encuentre hoy aquí, ante ustedes, tratando de esclarecer el cómo y el por qué he adoptado esta variante escritural.
Para conversar sobre el tema de la escritura “como oficio”. No voy a referirme a la escritura de trabajos de investigación, ni la descripción de casos anatomopatológicos, ni tampoco a la redacción de ensayos filosóficos o de artículos periodísticos; deseo conversar con ustedes sobre algo que denomino “el oficio de escribir”, y que pudiéramos concretar cómo, el oficio de escribir, literatura. Por cierto que sobre este asunto del “Oficio de escribir”, el mismo Jorge Luis Borges dijo una vez que los oficios, son actividades remuneradas, y este -Oficio de escribir-para los escritores de verdad, nunca ha sido muy remunerado, o mejor dicho, ha sido siempre “mal remunerado”…
No voy a hablar sobre la literatura en general ni de la narrativa latinoamericana, no es mi intención tampoco conversar sobre la novelística; menos aún disertar sobre áreas como la retórica, la poesía o el teatro. Sencillamente, quisiera, recordar algunas vivencias personales con el fin de responder a lo consultado. Quisiera explicarles -el cómo y el por qué-, un médico-anatomopatólogo, pudo llegar a involucrarse con la literatura, hasta un punto tal, de que paralelamente a su ejercicio como patólogo e investigador, se haya transformado en “escribidor” … De novelas.
Este asunto, se ha tornado para mí en un compromiso personal con las letras y me ha llevado durante el curso de varios años, ¡casi 40 ya creo que lo dije!, a intentar trajinar la escritura literaria como si fuese un verdadero oficio. ¿Qué hace un médico-patólogo escribiendo novelas? Quiero, compartir con ustedes mis colegas, este hecho, tal vez singular – que, para mí, ha sido gratificante-. Me agradaría pues, relatarles cuanto he disfrutado en este proceso y confío en que pueda estimular la creatividad literaria en algunos de ustedes.
Me he atrevido a compartir estas vivencias a riesgo de parecer pedante, porque francamente, he creído que puede interesarles escuchar porqué, para qué y cómo, he venido ininterrumpidamente escribiendo, mayormente novelas; como me las he planteado y con toda seriedad -como un oficio-, me he enfrentado a la página en blanco para ir ensamblado y borroneado palabras, para escribir y corregir diariamente, durante años.
Escribir literatura, para mí no ha significado tener que abandonar el trabajo que representa la redacción, corrección y publicación de manuscritos de carácter científico, o sea, de trabajos de investigación. Indudablemente que pueden establecerse paralelismos y puntos de contacto entre el oficio de escribir ciencia y literatura, pero hoy quiero destacar un hiato, una división formal, entre estas dos maneras de escribir. Lo hago exprofeso, porque escribir literatura es otra cosa. Es algo totalmente diferente a esa pasión por la verdad que implica el ejercicio de nuestra especialidad.
Don Pío Baroja, escritor gipuzkoano quien también era médico señaló una vez: “Soy un aficionado a la Biología; naturalmente sin un rigor completo, porque en literatura, el rigor científico no puede existir”. Escribir novelas es un reto a la imaginación, es un querer ser invencionero y escribidor de todas las cosas que asedian los muros de nuestra conciencia. Este proceso de escribir novelas, en mi modesta experiencia, debe tener un significado importante en mi vida y espero pueda servir para que ustedes igualmente se interesen y algunos se entusiasmen, en arriesgarse a perseguir esta aventura…
Las novelas, como los cuentos, son ejemplos de narrativa en prosa. Escribir cuentos, bien logrados, para mí, es algo muy difícil. El cuento, real o imaginario tiene un comienzo, un meollo y un final y como todos saben, es mucho más breve que la novela. Escribir un cuento brillantemente, siento que es una verdadera proeza. La novela es diferente. Sin duda alguna, es uno de los géneros más sensibles y más complejos de la literatura. Decía don Pio Baroja que la novela es “Multiforme y proteica” -“la novela lo abarca todo”- La novela podría definirse como la vida reinventada. Escribir una novela puede parecerse a componer música. La novela debe tener un tono y un ritmo determinado y el instrumento de cada obra, no es otro que: el lenguaje.
Pero no quisiera teorizar más, pues prometí, que iba a hablarles de mis vivencias, y trataré de hacerlo. Comencé a escribir relatos inventados cuando era niño. En aquel entonces, es bueno decirlo, entre los 10 y los 16 años leía mucho, bastante diría yo …y escribí muchas cosas: si no fuese porque guardé por años algunas poesías, cuentos y esbozos de novelas de esa época, les juro que ahora creería que todo fue un invento o que me traiciona la imaginación.
El amor por la literatura se afianzó en mi infancia. Mi padre era comerciante con el negocio en la Plaza Baralt y mi mamá era de SanCristóbal. Ambos nos llenaron de libros. Ella leía de todo, y tocaba el piano… Puedo recordar, hace muchos años, niño, en mi casa escuchándola interpretar La Polonesa de Chopin, en los tiempos cuando la avenida Santa Rita aún era de tierra... En mi habitación compartida con mi hermano mayor existía una biblioteca presidida por los 12 tomos de la Historia Universal de Espasa Calpé y una colección de libros de Monteiro Lobato un escritor brasileño… Además del libro de Oro de los Niños, y muchos otros libros y novelas algunas de las que leía mi madre y creo que todas estas cosas despertaron en mí el amor por la lectura. Puedo verme, en mi casa, en Maracaibo, sentado, muy joven, o leyendo sobre la grama a “Valle Verde” y “Alegre” de Hugo Wast, que eran novelas de mi madre, o “Las leyendas” de Gustavo Adolfo Becquer que me regalaron en la primera comunión… Recuerdo a “Miguel Strogoff” de Verne, y a “El último de los Mohicanos” de Fenimore Cooper, o “Los verdes años” y “La ciudadela” de AJ Cronin. Me veo releyendo a “David Coperfield” y a “Oliver Twist” de Dickens, y puedo asegurarles que, en esos años, me ilusionaba pensando en que cuando fuese grande, sería escritor.
Después se me pasó todo aquello cuando empecé a estudiar Medicina, y finalmente la Patología y la investigación sobre la ultraestructura y los virus, absorbieron mi espíritu durante muchos-muchos años, creo que hasta el fanatismo.
Quisiera ser breve para poder contarles cómo, en 1983, a los cuarenta y tres años, me supe hipertenso y calculando temeroso el espesor de mi ventrículo izquierdo imaginándolo inversamente proporcional a la vida que me restaba, en ese momento, sentí que lo más lamentable para mí, sería que nadie se enteraría de mis vivencias sobre una ardua lucha, que había librado durante siete increíbles años- en mi propia tierra zuliana, luchando para hacer investigación con un microscopio electrónico, sin lograr convencer a los patólogos de mi terruño, de que valía la pena dedicarse a esos menesteres. Se me ocurrió pensar que la mejor manera de relatar, de “echar el cuento”, era tal vez, creando una novela. Al fin y al cabo, pensé que, si lo escribía, todo, y les cambiaba los nombres a los personajes, iba a parecer producto de una calenturienta imaginación… ya que… lo que había acontecido en aquellos años, había sido, ¡increíblemente surrealista!
Así que, ya viviendo en la capital (y me acostumbré a decir que vivía “en el exilio”) comencé a escribir y a escribir - y así nació un libro que habría de llamarse “La Entropia Tropical”. Yo escribía y escribía y el manuscrito crecía como un monstruo de más de 400 páginas- llenas de personajes, con nombres y apellido -diferentes a los reales (evidentemente)-… Aquella era una escritura intertextualizada, lúdica, fragmentaria, con una historia mesopotámica intercalada, de la cual no era muy difícil deducir que yo parangonaba a mi tierra natal con Babilonia.
Cuando creí terminarlo, acudí a gente tan seria como el doctor Ildemaro Torres-director de Cultura de la UCV, o la Licenciada Mariela Sánchez Urdaneta, quien unos años después sería presidenta de la editorial Monte Ávila … Años más tarde, le daría a leer “La Entropía...” al escritor Eduardo Liendo. Todos ellos me hicieron creer- que aquello que había escrito, - era, una novela.
¿I si dejamos esta charla para finiquitarla mañana? Les aseguro que mañana la terminamos…
En
Maracaibo, en el martes 19 de mayo del año 2026
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