Este
artículo con un título invertido, como “Inerte anatomía”, fue
publicado hace 4 años, en noviembre del 2021…
Veníamos de pasar el COVID 19 y parecía adecuado para los días aquellos… Después,
comenzando el final… Me refiero a que estábamos a lunes 9 de diciembre y ya era
casi terminal el convulsionado 2024,
de modo que tras rehacer “por encimita” el tema anatómico, me dije: publicaré nuevamente
sobre el anatómico asunto…No es un simple “antojo”… A propósito de mi última
novela publicada este año 2026
“La
elipsoidal y anti parabólica historia de un maracucho”, me han preguntado
públicamente del porque esa especie de obsesión mía con “la muerte”… Quizás
este viejo “refrito”, ayude a elaborar una respuesta.
Pensando en que tenía una novela inédita, aún sin buscarle un título,
publiqué unos fragmentos de un manuscrito en febrero del 2016…
- Me animé a publicar un adelanto de aquello, que escribí pensando en que
quizás existiría la posibilidad de crear una novela alrededor de un maracucho
que empezaba a estudiar Medicina. El proyecto, nunca se consolidó, y
hoy me he tropezado, ya no con un par de páginas de aquel texto, sino con el
tema derivado de lo que espero no debe ser visto como “un re, re-frito”…
-Vos me dijiste
que ibas a hablarme de realidades destacando el hecho de que tu relato, dizque estaba
insuflado por un extraño“tremor anatómico”. Por aquí teníamos que comenzar
todos, te respondí yo, recordándote aquello de... –Sí; todos comenzábamos leyendo el letrero colocado encima de la gran
puerta “Sala de Disección”. Eran los días lejanos cuando estábamos iniciándonos
en el primer año de los estudios médicos y todo era novedoso y hasta
emocionante. Vos me aclaraste que había entre tus recién conocidos
compañeros, quienes preferían llamar a aquel recinto “el anfiteatro”. Mirándome
un instante, medio de reojo, murmuraste… ¡No
era anfiteatro ni un carrizo! Repetiste entonces que me relatarías, tan solo la
pura verdad.
Era un salón muy amplio, con las paredes tapizadas
por baldosas blancas y existían unos doce mesones de concreto y granito
simétricamente ordenados para colocar los cadáveres. La idea era que los íbamos
a conocer, manoseándolos. Yo te miré, y ni abrí la boca y vos añadiste. Después
te doy más detalles. Supuse que se te había ocurrido que tenías que ir primero
a relatarme el cuento del local anexo. Así lo denominaste, vos mismo y era
aquello que existía más allá, en el fondo, con otra puerta, una de metal que se
divisaba en el extremo opuesto del salón. Me aclaraste que vos me lo querías
explicar con detalles, porque eran muy necesarios para entender lo de los
mesones... Me enteré entonces de que, al cruzar el umbral, existía un breve
túnel, y desde allí mismo se abría un área cerrada, muy oscura y poco visitada,
la del gran estanque. ¿Qué más?
Quienes se atrevieron alguna vez, -¿me entendéis?-,
a ingresar en aquel ambiente, siempre hablaban de la humedad y del olor
penetrante a formol y todo-todo, estaba muy oscuro… Me contaste entonces que,
cuando ya comenzabas a ver algo, en ese momento, te tropezaste con un hombre
muy flaco, moreno, que estaba de pie, luciendo una especie de mono de trabajo
gris oscuro. El tipo ya era famoso, desde hacía muchos años, y lo conocían como
“El pez espada”. Escuché otros detalles que narraste sobre aquel ser desgarbado
y tétrico, a quien yo imaginaba con una guadaña, pero quien realmente
complementaba su atuendo con unas botas largas de caucho. “El pez” se
encargaba, así me dijiste, de tapar y destapar el gran estanque y de remover
los cadáveres usando una vara larga con un gran gancho de acero en el extremo.
Yo me quedé pensando en que no era guadaña sino garrocha, y usado como arma
quizás podría ser el origen de su apodo, mientras vos atropelladamente me dabas
más detalles que prefiero obviar aquí. El frío y lúgubre amo de aquel
recinto, el “pez-espada” parecía ser supuestamente el único conocedor de todos
los cadáveres que ya formolizados nadaban en el gran tanque. Era él quien los
buscaba para localizar “los mejores”, en ocasiones complaciendo peticiones de
profesores o de estudiantes “preparadores”.
Todos andábamos siempre enfundados en unas batas de
color blanco ya amarillentas, así me lo recordaste o informaste y entendí que
los estudiantes las requerían para cumplir sus tareas en las disecciones
anatómicas. Vos quisiste entrar en detalles y me contaste que habías podido
presenciar varias veces las tareas del pezespada y que no siempre los magros
difuntos aceptaban su garfio. Me aseguraste que algunos se escapaban, iban
girando por su cuenta y se hundían a discreción, para resistirse al reclamo del
señor del recinto sin dejarse pescar por su garfio...
Cuando vos me explicaste detalladamente lo difícil
que era aquella diaria tarea del pezespada, especialmente cuando se
atrevía a ofrecer entregas de “un dos por
uno”, lo que llegó a mi mente -sinceramente y parecerá inverosímil-, pero
fue aquel valse peruano de vamos amarraditos los dos… Gracias
a la pericia de su manejo de pica y garfio, los cadáveres terminaban por ser
colocados en los mesones. Me dijiste, que el pezespada los secaba para
que no llorasen los estudiantes… Por el formol digo, me comentaste
esclarecedor; y al entenderte recuerdo que pensé… Llorar… ¡Ni que fuera
cebolla!
Era siempre impresionante la sensación de humedad
colándose fría a través de los guantes… Vos me lo asegurabas como si el formol
hubiese embebido ya y para siempre tus manos por la humedad de aquellos cuerpos
entecos, grises o muy oscurecidos, algunos ya con un tinte violáceo. De manera
que así, fue como vos, paso a paso me fuiste relatando tus primeras vivencias
anatómicas y quizás para humanizarlas un tanto, me decías que mirabas las inquietas
manos de tu compañera de equipo, aunque cubiertas por el látex de sus guantes,
y yo pensé en la de los ojos verdes, mientras vos supuestamente imaginabas lo
que podía estar ella sintiendo al manosear los músculos, tendones y aponeurosis
de los entecos pero fríos y remojados difuntos.
Vos dizque le atendías a sus ojos –a los de ella-
atisbando otros cadáveres y yo pensé “verdes son las esmeraldas, verde el
color del que espera, y las ondas del océano y el laurel de los poetas”…
Sobre las mesas de piedra, sus manos, -pero a vos como que ni te paraba una
micra-, ella quizás pensando decidirse por buscar alguno mejor conservado (a
los cadáveres me refiero, porsia…). “Tus
ojos verdes me matan, cada vez que los veo”… A los difuntos en las mesas me
refiero… Si acaso ella llegase a mirarte… Vos dizque lo pensaste, pero no era
posible y yo de regresé a pensar en un valsecito, y con aquellas estrofas de
ojos verdes Bequerianos, pensé: se estilan tus ojazos y mi
orgullo, como si la música en mi cerebro tratase de aplacar el olor a
formol que impregnaba tu historia del siruyo....
Vos la mirarías a ella, mientras sus manos
enguantadas reposaban tranquilas sobre una pierna negruzca y notaste como volteaban
sus ojos atisbando los rasgos de otro cadáver, una mujer delgada indígena,
escuálida, seguramente fue tuberculosa. Eso me dijiste vos, ya que dizque lucía
sus cavernas pulmonares ya curadas por años de formol. Ella dejaba ver sus
dientes con una sonrisa triste. ¿Tal vez fue madre, alguna vez? Me preguntaba
eso, cuando me contaste que sus músculos fijados, delgados como fuetes,
volarían por los aires en la oscuridad durante una clase de proyecciones
histológicas. Así habían sido las cosas, y todos, según vos afirmarías,
ciertamente eran irrespetuosos, pero valía todo en medio de la felicidad de
aprender, de salir de la ignorancia con la ayuda de ellos, los silenciosos
maestros.
En ocasiones me dijiste que te daba por
preguntarte… ¿Quiénes serían en vida aquellos muertos? Yo regresé a mi musical contraparte
imaginando algún recrujir de almidón que tal vez nacería en
sus ropas, pues seguramente ellos vivirían luciendo sus atuendos, quizás la gente los miraría con envidia por
la calle y de ellos tal vez murmuraban los vecinos los amigos y el
alcalde… Ahora tan solo eran cadáveres, que instruían
silenciosos sus lecciones. Nunca más vestidos… Mientras vos con los demás
compañeros, vivían todo aquello, impertérritos y hasta engreídos, cuando
observaban los grises y mudos maestros de anatomía, rígidos, desnudos, cada uno
seguramente con su historia personal, que terminarían siendo inventadas por los
mismos estudiantes. Ellos silentes, bajo su piel de un ocre pardo oscuro, solo
enseñaban, aunque nada decían…
¿Quién sería el misterioso gigantón de los grandes
serratos? Contaban que era un polaco cargador de bultos en el malecón. Frente a
la mesa de granito, los ojos verdes de ella te miraban, ¿interrogantes? Entonces vos, serio y
altanero, supongo yo que en tu mente le responderías…Yo sé que se
estilan tus ojazos y mi orgullo cuando voy de tu brazo por el sol y
sin apuro… Así lo quise pensar yo, mientras vos
querías explicarme todo lo que contaban las leyendas de los previos pasantes.
¿Usaría alguna vez un traje de casimir aquel polaco? Cuál si fuese un humano…
Sí, y tal vez andaría muy galante, dominguero quizás, y yo repetía mis
preguntas… Desde luego
parece un juego, que pensara en el valse aquel en vez de regresar a
Bécquer “ante aquel
contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas” pero ni pensé un momento en la
soledad de ellos, los mudos maestros, tan solos… que solos, se quedan
los muertos…
Al despedirme regresé a mi valsecito peruano y añoré no poder saludar a
mí amigo con un gesto como tocando el ala de mi sombrero mejor, pero
hube de aceptar que en estos tiempos, ya no se estila, ni tan
siquiera un sombrero para defendernos de nuestro marabino sol, tan fiero, ya
sé que no se estila, ni se acostumbra ahora que para cenar te
pongas jazmines en el ojal, y es que los tiempos han cambiado y aunque
no habría nada mejor que ser un señor de aquellos que vieron mis
abuelos, será, posible mejorar gracias a que en las universidades,
muchos apacibles cadáveres se permiten enseñarle en silencio la anatomía del
cuerpo humano a tantos bisoños estudiantes, y es así y así será, como se sigue
estudiando la inerte anatomía entre nosotros.
Maracaibo, lunes 18 de mayo del año 2026
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