lunes, 4 de mayo de 2026

Casi al final…


Un vapor de tierra húmeda lo impregnaba todo. Los guásimos, los aceitunos y hasta los caimitos de la plazoleta dormían bajo la llovizna. Más allá, los almendrones lavados mostraban tiznes rojizos entre las hojas verde tierno tremolando altas bajo el soplo de la lluvia fina. Los goterones fueron pesando cada vez más, desgajándose de las nubes. Arrastrándose casi, los uveros se retorcían bajo el peso del aguacero.

La lluvia se había precipitado antes de que él decidiera regresar a la casucha y no había tenido más recurso que refugiarse bajo el alero. Hacia el poniente se notaba desleída una banda oleaginosa, color caramelo, como la mirada de la gringa... Los reflejos ambarinos siempre le revolvían la bilis y regresaba inexorablemente a los ojos seductores de Paulina... Es por la humedad, pensó y estremeciéndose cerró sus párpados.

Al sentir las gotas salpicando su rostro desde el alero los abrió de nuevo para ver hacia abajo como su pantalón iba empapándose con el escupiteo pringante desde las charcas grises. Oía el repiqueteo saltarín, agudo, asincrónico y mirando a lo lejos imaginó como brincarían las gotas de lluvia en el techo de zinc. La llovizna arreciaba lavando la plaza. Fue entonces que recordó los tiempos de su vida rural, en Casigua, con aquella pluviosidad inclemente de las tierras al sur del lago, la corriente encrespada del Gran Catatumbo, grandes troncos flotando río abajo, una curiara, cargada de plátanos verdes...

Las gotas reventaban como piedras en el techo de latón corrugado y para no mojarse, él se incrustaba en el vano de la puerta. Nadie le abría. Ni una hendija. Si por lo menos se hubiera podido refugiar en un zaguán... Su mirada se perdió borrosa muy lejos y entonces suspiró. De nuevo percibía la presencia de Natalia. Como quisiera poder amanecer abrazado a ella, se había acostumbrado a escuchar el rumor de la lluvia en la madrugada, tantísimas veces, abrazados...

Suspiró muy hondo queriendo creer que ella regresaría y se extasió admirando los hilos de agua que espiralados descendían del alero. Chorritos, se dijo a sí mismo e intentó sonreír. Añoraba el calor de su piel morena. ¡Oh Nata! Me he vuelto un viejo, musitó, pensando en sus adoloridas coyunturas e imaginó que sus huesos eran unas esponjas que absorbían y acumulaban la lluvia, una garúa helada de siglos y siglos. El agua lentamente había disuelto el color de las cosas. Comenzaba a soplar una brisa gélida cuando él salió de su refugio.

Emergió entumecido y se dirigió a su casa sintiendo cuchilladas de frío en las costillas. El rumor del viento creaba aullidos entre los vidrios rotos de las casas vacías. Cuando entró en el jardincito del frente a pesar del chubasco y de la lluvia prolongada, percibió el vapor de los nardos. Huele a muerto, rezongó para sí mismo y luego guiñando los ojos miró por última vez hacia la plaza. Entonces se dijo en voz baja. Estas son las vainas de llegar a viejo.

Había cesado la brisa en la calurosa madrugada de calma chicha y los zancudos venían desde las ciénagas buscando alimento, sangre tibia las hembras, polen de flores y mieles de frutos los machos con sus palpos engalanados de pelos y de plumas. Pensó en Ramos Sucre, en Blanco Fombona, en Bello y en Simón Rodríguez.

Después su mente se detuvo en El Cabito, el presidente capachero, el de “los sesenta” y los nuevos ideales. ¿Era acaso un Ulises aquel diminuto andino que jamás pudo regresar? Sin volver a Itaca... San Pedro Alejandrino y Simón Antonio, rascacielos neoyorquinos y José María enfermo y decepcionado, también estaba José Antonio, tocando violín, ¿un centauro anciano trastocado en músico? Un pulque hirviente en el recodo del camino hacia Cuernavaca, ¿un auto transformado en amasijo de hierros para Andrés Eloy?

El fantasma de Ulises le estremeció el cuerpo. Entonces, él mismo se vio sobre su mula y no supo, si él era Lucidio o si su amigo era él. Sus manos eran fuertes y morenas ciertamente pero, a él no le correspondía estar jugando ese papel... ¡No es un juego! Parecía como si Crisanto le hablase categorizando la situación. ¡Es un drama cursi! El Coquimbo con su verborrea y sus delirios de escritor posiblemente era el culpable de aquel disparate. Seguramente él escribiría sobre Penélope.

Lucidio Soto, si, ¡él leía a Joyce! Qué demonios podía saber él mismo sobre esas cosas si él escasamente era tan solo un médico, ¡un investigador! Se dijo a si mismo que nunca podría imaginarse leyendo a Proust, a Elliot o a Ezra Pound. Sí, él era diferente, él casi tan solo conocía aquello de "cuando venga el hombre de las sillas negras", y eso porque lo había leído hasta aprenderlo y memorizarlo cuando niño…

¿Cómo se iba a ver escribiendo ahora? ¡No era este su papel! Capaz era sí, de mezclar a Hegel con Rama o al maestro Cabrujas con Bretch. Sentado, en su silencio obligado, pobre carcomido de recuerdos, ahora, ¿iba a ponerse a reunir trozos deshechos? No. ¡Ese no era él! Su papel era un desaguisado, era un absurdo. ¿Qué diablos hacía interpretando al exilado? ¿Acaso había sido él un político? ¿Un hombre de partido? ¿Un banquero o un testaferro haciendo grandes negocios? ¿Un claretero metido a redentor?

Ni siquiera eso, no poseía lo que llaman un verbo encendido, ni era un luchador social como lo fue Crisanto ¡No, no era él! ¡Carajo! Era más que ridícula esa obligada situación que lo mantenía en el destierro, que lo acogotaba todo el tiempo y lo envolvía trasmutándolo en un Cipriano Castro de pacotilla sin haber nunca disfrutado ni de sus poderes ni de sus placeres. ¿Él? Precisamente él, quien se había apropiado por motus propio del rol de Rangel, dedicando su vida a la investigación…

¡Él!, era absurdo encontrarse ahora por obra y gracia de su curiosidad morbosa, o de la amistad quizás, en esto, en esta lejanía, en esta soledad. En un pueblo costero, de la tierra de nadie, donde no pudiesen hallarlo... ¡Escondido! ¡Cobarde situación! ¿Por qué no enfrentar la muerte buscando la verdad de frente? ¿Por qué no ir tras la verdad y abrazarla con guadaña, mortaja y todo?

Aquel afiche que tenía Lucidio Soto en su cuarto de joven lo expresaba bien. “Morir de pie o vivir arrodillado”. Se es o no se es decía Marcos Vargas. ¡Como era uno de iluso! Niñez, juventud, años sesenta, una década, dos décadas, ¿tres? ¿Cuántos años? ¿Qué edad tendría el año dosmil?... Cada quién posee una verdad diferente. ¿Conveniencias? Cabeceó y creyó dormirse. ¿Falsedades?

NOTA: Texto tomado sin modificaciones de la novela La Peste Loca(Maracaibo 1997).

En Maracaibo, el martes 5 de mayo del año 2026

 

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