lunes, 28 de septiembre de 2020

Viena de noche (1)

 

Viena de noche (1)

Me atreveré a publicar esta historia que es un cuento escrito hace muuuchos años…

Al descender por la escalera del hotel me encuentro con mis probables compañeros de gira nocturna. Una pareja de ancianos y nueve mujeres poco agraciadas y de edades indefinidas; deduzco por sus cuchicheos que son mexicanas. Inocentemente pienso, que son maestras de escuela, o egresadas de una promoción, tal vez el grupo de las feas fueron premiadas y hoy están paseando, lejos de su patria y van, platicando le dicen ellas, hasta por los codos... Así nos meten en un “autobussete” que nos lleva dando bandazos al propio sitio, el lugar de concentración para los turistas, ¿campo de concentración?, lo pienso… Es un estacionamiento con una decena de grandes autobuses y me introduzco en uno de ellos. Un guía, flaco informa cual será el idioma que usará en el recorrido nocturno; llámelo night-tour si usted quiere. Él hablará en holandés y también en español. Una ola de típicos turistas gringos, desciende precipitadamente, chocando con otra ola, pero de japoneses que quieren salir y van tropezándose con cámaras fotográficas y maletines azules, atropelladamente, todos descendiendo...

Contracorriente ascienden tres jovencitas, típicamente españolas, llenas de salero, riendo, y se han ubicado detrás de mi asiento. Capto la entonación andaluza en una de ellas y recuerdo al gato Jims, el de las comiquitas de la tele… Así, con su tono “andalú”, las niñas se han creío que soy holandés y se han puesto “a decí” la mar de tonteras. Todo un revoloteo risueño y agitado que percibo detrás de mi asiento... Ozú MariCarmen que pa mí, hasta el Esperanto habla este tío. ¿Qué te has creío tú, que no le ves? ¡Que es de Holanda hija! Que sí, pero y... ¿Qué tal si nos está entendiendo? ¡Pili, que yo me muero de la vergüenza! Pongo cara de estúpido y volteo con mirada perdida, mientras reviso... ¿Os fijáis que es majo el holandés? ¡Qué te escucha mujé! ¡Que para mí, este tarao no entiende ni la ache! Es como si fuera sordo y mudo, te lo repito yo María José… ¡Es un pringao!

El autobús se detiene frente a un restaurante húngaro. La primera parada de la noche, nos dice el guía. Descendemos y escucho las notas dulces de violines, hay gente vestida como gitanos. Nos movemos entre las mesas en un recinto con grandes arcos encalados y vigas de madera que sostienen el techo. Sobre las mesas con blancos manteles, colocan platos de un caldo humeante. Sopa de fideos con pollo; pienso que el difunto pollo, debió darse un baño de pasada en aquella agua, tal vez se restregó con un cubito de caldo concentrado. Distraído, y todavía sin hablar con nadie, noto que estoy en la mesa ante una pareja que parecen holandeses, al final terminarán resultando portugueses, pero aunque intento captar su jerigonza no entiendo lo que cuchichean. Ante mí se sienta un joven casi albino, sin duda es holandés. Todos nos atisbamos en silencio. Pienso que debemos tener, ¡una cara de estúpidos! La parejita cuchichea y sonríe. ¿Que se estarán diciendo entre ellos? Miro al catire enfrente y se me ocurre que igual, él pensará en mi cara de imbécil, sentado, sin cruzar palabra. ¡Que estupidez! ¿Qué tal, y si no me da la gana de abrir la boca?

Acepto que todo debe ser producto de esta incurable timidez, tan mía... Las mexicanas en una mesa vecina cantan “cielito lindo”. Los violines zíngaros gimen y lloran. Las tres españolitas le han caído como moscas a un catire gigantón que no habla una papa de español e intenta hacerse entender en un inglés chapuceado que ellas tampoco parecen comprender. Torre de Babel, Arca de la Alianza, Puerta del Cielo... Después de un largo silencio post pollo húmedo y fideítos, nos levantan y cual mansos corderos sin emitir balidos, regresamos al autobús. Con el vino blanco, las españolitas se llevan al catire gigante hacia el asiento trasero. Si este tío de enfrente no fuese tan pelma, también nos lo agarrábamos Maripili. Les oigo decir. ¡Ay como nos mira! Pienso que todo el asunto es anormal y me lo repito. ¡Maldita timidez! El autobús arranca y va girando y circunvalando en ascenso una gran oscura montaña.

Vamos hacia Glizerling, una zona vinícola en lo alto de Viena. La noche es negra con el cielo estrellado. El autobús parece desenrollar un ovillo cuesta arriba, gira, cruza, asciende, tuerce y se retuerce hasta que al fin llegamos a un caserón de paredes muy blancas con un gran patio cubierto de parras y grandes racimos de uvas colgando. Posiblemente era la casona de un gran viñedo, o un Club nocturno, ¿qué sé yo? Amplios ventanales nos muestran un prodigio de luces allá a lo lejos. Es Viena, convertida en chispas de lucecitas, titilando y arriba solo las estrellas y los valses de Strauss, sonado todo el tiempo... ¡Tener Viena a los pies! Bailan y bailan las parejas, tejiendo círculos concéntricos y cuando como atraídos hacia un vórtice, llegan al centro de la pista, se repelen, y a la reversa, cadenciosamente regresan, creando nuevas ondas de música ondulante, hasta la periferia de la pista, siempre girando. Hay vino en abundancia. Viena tiembla vuelta un enjambre de luciérnagas en la distancia.  

Me alejo del grupo. No veo más a las españolitas y ni a una sola de las mexicanas. Con una cierta desesperanza atisbo buscando un prójimo que hable en cristiano. A mis espaldas escucho el castellano de una pareja de edad madura, hablan con un acento que me llena de curiosidad. Son panameños. Han venido desde su tierra a conocer al novio de su hija. Saludo a la pareja de enamorados que les acompaña. Hay otra hija, le doy la mano, mucho gusto me dice. De momento no entiendo que me sucede, más pronto capto que es ella, la imagen de mis sueños de adolescente, reiterados, la conozco desde toda la vida, me lo digo y la miro deslumbrado, y  me sonríe. Es ella, sí, especie de Liz Taylor cuando joven. Está casada con un suizo y vive en Basilea, tiene tres niñas, la menor de un año, la mayor tiene diez. Es ella. La miro y no acabo de creerlo, ¡sin duda alguna! Sus ojos grises de un azul verdoso con suaves tonos índigo violáceos, su rostro, sus labios, su sonrisa, ¡es ella!, la de mis ensoñaciones cuando tenía diez años, la esperada, la imagen de mis sueños imberbes, la inefable, quien me mira y siento que me desnuda el alma. Me habla, y estoy embelesado.

Ella me cuenta sobre los quanta de energía, es un tema que la tiene fascinada, me dice. Tiene una teoría para poder viajar por las galaxias, y es compulsiva lectora de “El Retorno de los Brujos”, devoradora de la obra de los lamas, y del tibetano que inventó el Tercer Ojo. Dice también ser fanática de Teilhard de Chardin. Su viejo padre nos interrumpe, quiere hablarme sobre Ciencias Políticas, pero a ella le interesa más la glándula pineal, la endocrinología, y en mi mente mezclo a Gregorio Marañón y el tercer ojo de los tibetanos, con el de los dinosaurios. Les escucho, rio, bebo vino, pero mis ojos no se separan de ella. Su mirada me confunde, ¿será quizás el vino?, sus palabras se escuchan claras, ¿cómo mis pensamientos?, giran los bailarines, suenan los valses, su mirada, brilla, al fin estamos ella y yo, frente a frente...

 

NOTA: Continuará y finalizará mañana. Este texto, con ligeras modificaciones, es extraído de mi novela “La EntropíaTropical”.

 

Maracaibo, lunes 28 de septiembre del 2020, año de la pandemia de Covid-19

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