miércoles, 29 de julio de 2026

SAIMADOYI (2)


Desde la cima de la sexta sierra entre el follaje de los inmensos árboles, al fin logro ver lo que nos señala el baquiano. Allá abajo, me dice, allá está Saimadoyi. Yo sólo detecto unas chozas y cuatro bohíos que lucen gigantescos en el azul lejano, descansan como monstruos grises, rectangulares, dinosaurios de paja petrificados, echados sobre la tierra y circundados por un halo de turgente verdor. Puedo notar como desde el centro del sitio, una columna de humo se eleva y me doy cuenta de que puedo ver a los indios como hormiguitas que se mueven entre los bohíos. Poquito a poco, inadvertidamente las mulas comienzan el descenso y entretanto yo repaso en mi mente toda la información acumulada desde mi niñez. Voy y vuelvo, está totalmente codificada, se refiere a los indios motilones, hago cortocircuitos eléctricos, ellos vienen estimulando una súbita activación de las sinapsis, mis neuronas, van vomitando impulsos que ensamblan la nueva información, ella penetra por los ojos, los oídos, el olfato, más mi conciencia las registra y asimila y la coteja con recuerdos e ideas perdidas en una maraña dendrítica, fluyen, se imbrican, se van tejiendo entre ellas, entrelazándose, como trenzas de las botas de cuero de mi padre, botas de cacería, las botas de ir a Perijá, y mis impulsos eléctricos las registran con mirada de niño, están llenas de barro. Sé hace presente entonces el olor a loción mentolada, puedo ver a mi madre dedicada, frotándole el mentol en las picadas. Es por las garrapatas, las miro y están henchidas por la sangre. Barro seco, trenzas, mentol y garrapatas gordas. Las garrapatas de Perijá, compañeras inseparables en los viajes de cacería de mi padre, en la distancia de mi infancia lejana, viajes a las haciendas de sus amigos perijaneros. Entretanto descienden las mulas montaña abajo y siento como un olor a moho, a cordón franciscano, ¿estoy rememorando las visitas a los capuchinos?, o más bien huele a incienso, es olor religioso, y se mezcla con las historias sobre los motilones, cuentos sobre las tierras fértiles, perdidos y feraces valles de temperaturas increíbles, más allá del río Negro, muy lejos del Tukuko. Yo revivo esos cuentos y rememoro las arrugas en el rostro del viejo obispo de Machiques, en la iglesia de los capuchinos, un templo gótico de bóvedas ojivales, uno que nunca terminaban de construirlo, como las catedrales medievales, eternamente, y recuerdo la barba gris de fray Cesáreo. ¿Cómo olvidar el brillo de los cañones aceitados?, la escopeta estaba siempre en el armero, las armas que no osábamos tocar, cajas repletas de cartuchos rojos, con la tapa dorada, la espoleta, -ni sueñes con tocarla -, el rifle veintidós, la escopeta con un solo cañón cuajada de arabescos, las armas, relucientes por el aceite de la alcuza, y el cuchillo de caza, allí están en las cajitas verdes todas las balas del rifle veintidós y debajo, van los utensilios para la limpieza, y más abajo aún, la crema de un marrón rojizo, el trapo y el cepillo para lustrar las botas. Descendiendo sobre mi mula, me llegan en la bruma de todas estas cavilaciones oleadas de recuerdos, preciso la vigencia de las viejas historias asimiladas para nunca olvidarlas, aquellas de cuando flecharon a fray Primitivo, de la campaña pacificadora de los capuchinos, de las avionetas lanzándoles cajas, con comida y utensilios para los fieros motilones, ¿y la aventura de fray Saturnino por el río de Oro?, ¿y la guerra implacable que iniciaron contra los indios Motilones los peones del hato Santa Rosa?, aquella lucha terca de los indios por defender sus territorios, ¿y los intentos?, siempre cuando uno dice intento es un acto fallido, y eso desencanta, pero en fin, ¡que carrizo!, los intentos fueron los de mi padre, por convencer a sus amigos los frailes capuchinos, y uno piensa en el gesto del hermano Francisco de Asís, por convencer decía, a los capuchinos sobre lo necesario que era un hotel de turismo en la Sierra de Perijá, para ser ubicado en la zona fresca del río Negro. Perdida prédica al hermano Francisco, no funcionó con sus discípulos, intentos fallidos por una permanente negativa, pertinaz, persistente, un no rotundo, negada la injerencia del blanco corruptor, fuera los colonizadores. Voy descendiendo en la mula, y regreso a los recuerdos de aquella noche oscura, no había luna, fue una huída pavorosa, sobre el lomo de otras mulas, dos mujeres y los cinco hombres, los blancos, los intrusos, invasores de la motilonia, trotando descendieron por tortuosos senderos de oscuridad en la montaña, perseguidos por motilones, los indios azuzados por quienes se decían defenderlos de la contaminación y la modernidad, les dijeron que debían rechazarlos, a ellos, a quienes representaban el asqueroso mundo civilizado, el progreso, y claro está, también el aguardiente, y las putas, y todas esas cosas malas que traerían los hombres con lo que llaman la civilización, ellos quienes seguramente solo querían la destrucción para los indiecitos. Algunos aspirantes a encontrar el camino en el reino de Dios, les señalaron sus acciones, y en medio de la noche, con miedo de morir flechados como otros tantos, flechados en la sierra, escaparon de noches tras las amenazas, ¿un viaje sin regreso? Las mulas vienen ahora casi desbocadas, al trote van descendiendo y en la oscuridad de mis lucubraciones, pienso en mi padre, en la oscurana de la noche aquella, dejando atrás la sierra y todos los proyectos. Ilusiones perdidas. Llevo el cabestro en mis manos. Ahora todo es rojo y es anaranjado, nos ilumina el sol de los venados y las mulas caminan al fin en tierra llana, ya no trotan ni se hunden en el lodazal. Hemos llegado. Al fin he logrado descender de la silla y me tiemblan las piernas cual si fuesen machorros asustados. No puedo tenerme de pie y me digo que ya no puedo más. Es lógico, uno casi se abraza con aquellas bestias, sudando aún, ensilladas, fieles cabalgaduras. La siento resoplar y pienso, ¡que hermosa es mi mula! Desde tan temprano en la mañana, ella y yo como un centauro, hasta un agotamiento físico, extremoso. Es que el cansancio ya resulta tan grande que se me ha olvidado hasta el miedo. Ya ni recuerdo las historias de los blancos flechados, ni quiero ya pensar en mi primo, ni en mi padre, ¿para que recordar el viaje endemoniado?, aquel escape y no volver jamás, ¡hace ya tantos años! Uno no puede, o uno no quiere pensar en la fiereza de los motilones, uno ya ni siente, y es por el cansancio, ya. En el atardecer de los venados, con la esfera que se hunde tras la sierra y enciende los bohíos, aquella tarde llegando a Saimadoyi, me lo han dicho, lo he averiguado. Es el nombre de los primeros habitantes que llegaron del sol. Eso creen los nativos. Ellos son los propios tesmadoyis. Vinieron hace tiempo hasta la tierra, a través de una larga liana para colonizar los Montes de Oca y diéronle  origen a las indómitas tribus de los motilones, llegaron para fundar este pueblo, la aldea de Saimadoyi.



Hemos dormido sin temores y ya en la madrugada, he salido con José Luís, a caminar, fuimos tan solo a dar una vuelta, un paseo de reconocimiento. Nos acercamos al bohío más grande. Encandiladas con la luz de la linterna, en la oscuridad de la noche, cientos de gordas cucarachas se mueven en el interior del gigantesco bohío motilón. Se confunde el crujido de sus carapachos y el trepidar de sus patas de sierra, con los ronquidos y los suspiros de los indígenas durmiendo en sus chinchorros. Se mezcla todo con ese olor efervescente de comida pasada y el que exudan como gemidos los cuerpos de las mujeres y de los niños y de los ancianos, de los hombres de todas las familias que allí conviven, envueltas en el humo, bajo el gran techo. Ellas, las cucarachas, luchan por escapar, al remover algunos utensilios de cacería y otros conteniendo alimentos, ellas se apretujan, se miran y rápidas, se van corriendo sobre los petates, algunas son muy hábiles, van ocultándose en la arena, otras corren furtivas, encaramándose sobre los niños, ellos duermen y las cucarachas de nosotros escapan. Parecieran ser inteligentes, ellas sí, las conchudas, corren desaforadas, pero nunca se atreven a acercarse a los guácharos. Los pájaros de pico bigotudo, están allí en tierra, amarrados por las patas, en varios sitios del inmenso bohío. Ellas se frenan, se detienen y los guácharos retroceden espantados ante la luz de las linternas nuestras, las aves rucias y veteadas, cazadas en las oscuras cavernas de la montaña azul, utilizando flechas de macana negra con punta roma, aquellos pájaros, encandilados por nosotros, miran con ansiedad hambrienta a las conchudas. Ellas aprovechando nuestra presencia se les escapan, huyen de los pajarracos bigotudos. Son como las gallinas en los corrales de los blancos, los guácharos están siendo engordados con cucarachas, preparando sus carnes para ser degustadas, quizás con nosotros en un futuro banquete motilón.


Y al examinarlos uno a uno, en la cabeza de los motiloncitos encontramos la tiña circinada, y entre los cabellos vimos los gordos piojos caminando entre bosques de liendres, los animalitos andaban mordisqueando sobre las úlceras producto del rascado y claro está, la tos perruna sacude a los niños y en los adultos pide a gritos los rayos x. Hay que sentirla áspera, ronca y metálica, cuando resuenan las cavernas en los ápices fibrosos, uno casi se queda esperando por la hemoptisis de un momento a otro, e imagina como sembrar los tubos de cultivos para reproducir millones de bacilos tuberculosos. Mientras tanto, la cámara de fotos chasquea constantemente, José Luís va plasmando en celuloide las imágenes para dejarlas presas, algunos temen que se les vaya el alma, quedan en cada rollo impresionadas las lesiones y así quedan también los ojos azules de la monjita, aquella niña joven, con los rasgos tan finos, delicados, hermosa jovencita, una imagen de yeso, entre tantos salvajes, la hermanita, más de dos años sin salir de allí, sin regresar a casa, noches y días trabajando duro, sin recursos, en medio de la selva enmarañada, tan solo por amor a Jesucristo, entretenía a los niños con canciones, por puro amor, enseñándolos a rezar, con ellos, para ellos, por ellos, los olvidados primigenios habitantes de la patria de uno y de aquella monjita muy joven, casi una niña de ojos azules, blanca, de mejillas rosadas, una virgen de yeso en Saimadoyi, allá en la sexta sierra. Dispara José Luís, quiero una foto de esta imagen sagrada, nadie me va a creer si se lo cuento, una virgen de carne y yeso, joven preciosa, niñita sonrosada, viviendo en Saimadoyi.

 

En los ojos opacos por las cicatrices no se reflejó la luz del oftalmoscopio. En la mucosa conjuntival uno no vio las úlceras esperadas. No encontró el exudado en las cuencas vacías, ni siquiera existía algún discreto signo de uveítis. Así se disipó la ilusión del tracoma, como la del cuento aquel del árabe. Uno imaginó entonces como se sentirían los doctores de la Salpêtrière ante la lección magistral del professeur Fernandéz. Allá no había tracoma y hubo lepra. Aquí en la sexta sierra, no hallamos el tracoma pero para nosotros el misterio se aclaró a corto plazo. Eran pelitos rubios. Espinas pequeñísimas, las hallamos clavadas, como las guasárabas, las sempiterna pringamoza, como finas agujas, los alfileres naturales, protectores de la piel delicada de los arbustos, sedosa y urticante pelambre en las hojas aterciopeladas, ellos eran los causantes de todas las lesiones oculares, ¡tan variadas! En tantos ojos de muchos motilones, sin mediación de virus ni de otros gérmenes sofisticados, nada de virus nuevos, porque para microbios ya bastaban el del sarampión, la hepatitis, la gripe y otros virus nefastos, traídos por los blancos hasta las tierras motilonas. ¿Para que más microbios? Estaban más bien como sobrando, demasiados microorganismos pululando entre los compatriotas, y al final uno sintió que había sido mejor así. ¡Que bien no hallar también tracoma! ¡Que alegría! Es lo menos que puede sentir uno en esa situación. Me lo dije y se me aflojó un poco la garra que me atenazaba del corazón a la garganta. Algo extraño me conmovía ante el dolor profundo de las carencias motilonas, en aquella perdida soledad. Hay que vivir el desamparo de la selva y sentir la precaria vida de nuestros indígenas, lo pensé e imaginé la contradicción de querer ayudar a esa gente, asediada, invadida, por nosotros mismos. Allá lejos en la sexta sierra, los territorios de nuestros olvidados dueños de la patria, la nación otrora liberada para todos, ¿y ellos? Uno al final, entonces acaba por convencerse de que si bien es poco lo que uno puede hacer, valió la pena haber estado en Saimadoyi. Siempre conviene compartir un poco ese dolor de ser indígena, sobre todo si uno se siente realmente hispanoamericano. Es útil, ayuda a mitigar el desconsuelo, ante tanta incapacidad, tanta impotencia, esa desgracia de ser tan sólo un ciudadano, nada más que un guarismo en el censo del país, en la tierra de uno, esa que sientes tuya, que quieres, pero que te desgarra, ese país que te obliga a enfurecerte cuando no encuentras en tu mano el rayo positrónico, la flama que achicharra, descuartiza, desintegra, desmembra, pulveriza, y se te van entre las dendritas las ganas, buscando los epítetos, al pensar en la calaña de esa eterna caterva de políticos, politiqueros, populistas, politicastros. ¡Malditos! Uno que sueña, uno que piensa en el mañana, ese algún día, uno que se imagina, se le ocurre que quizá con un rayo laser, ¿tal vez?, un arma poderosa que actúe, que les obligue, sobre la misma tierra, ésta ya chamuscada y arrasada, por los depredadores, a cumplir sus promesas. Pero a pesar de todo, uno tiene esperanzas, es lo último que se pierde, y uno presiente que después de todo, algo ha de renacer, quizá mañana, tal vez la tierra todavía esté húmeda por las gotas de una lluvia caída desde un cielo limpio de nubes rojas, sin mostazas, ni sangre, sin precipitaciones ácidas, de un cielo límpido y casi transparente, de un firmamento que llore sobre todos para que retoñe y crezca un mundo donde se haga justicia. Uno confía y espera, ¿tal vez será mañana? Seguramente.

 

Fin de SAIMADOYI : modificado de “La Entropía Tropical” novela,  de Jorge García Tamayo (2003). Ediluz Editores

 

Maracaibo, el jueves 30 de julio  del año 2026

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