martes, 7 de julio de 2026

María Antonia (1)


Extraña manera esta de comenzar la historia de las hermanas Polanco en el INP, (así comienza el capítulo 10 de la novela “Ratones desnudos) pero es, al fin y al cabo, diferente, como casi todo este asunto. Sabemos que ambas dos, estaban bien preparadas, especialmente MariaAntonia, graduada de Contaduría Pública y de Economista, y Antonieta tenía también varios cursos de Secretariado Comercial, aunque en realidad la menor se dedicaría a ser la esposa de su marido, un joven abogado de la ciudad de los crepúsculos a donde se marchó a vivir la pareja en el 76, un año después de haberse casado tras un breve noviazgo. MariaAntonia era una mujer con una personalidad fuerte y decidida, de una eficiencia ejecutiva poco común, por lo que no le fue difícil transformarse en el cerebro pensante de las finanzas del INP. Carloni supo reconocer estos dones en cuanto la conoció y la contrató de inmediato durante el año 1975 cuando recién se había inaugurado el INP. Hablar sobre MariaAntonia obliga a asociarla con la música y especialmente con los boleros. Esto puede parecer extraño, puesto que ella es una fiel exponente de su signo astrológico, Libra, exageradamente equilibrada, precisa hasta hacer impensable una equivocación en cualquier renglón de su vida, y menos aún en el desempeño de su trabajo. Desde su ingreso al Instituto, y durante más de 15 años, esta mujer con gran capacidad de trabajo y un espíritu aparentemente ponderado, demostró poseer un alma romántica, que la llevó silenciosamente a ser víctima de una pasión melomaníaca incurable. Con una inquebrantable firmeza sería ella quien llevaría los hilos conductores de las finanzas del Instituto de Investigación Neurobiológica más importante del país nacional.

 

Julio Díaz era un sujeto moreno, alto y delgado, de labios gruesos y con una voz de locutor de radio que lograba tonos sedosos y registros profundos, acariciantes, sobre todo al desplegar su sonrisa, permanente e impecable, de nívea blancura. Julio era un tipo especialmente elegante. Vestía siempre con un flux de pana gris y corbata de colores radiantes, lucía un sombrerito adornado con una pluma de loro y fumaba cigarrillos “Camel” o “Chesterfield”, pero nunca en su sitio de trabajo. Desde hacía una década, era chofer exclusivo de una línea de taxis de las más antiguas y prestigiosas de la ciudad de fuego. En su diario trajinar “haciendo carreras”, Julio había conocido a MariaAntonia Polanco. En aquellos tiempos, ella era estudiante de la Universidad, ya se había graduado de Contabilista, estaba empleada en la Tesorería de la Municipalidad, y estudiaba por las tardes y noches Ciencias Económicas. Sus gastos por traslados desde la Tesorería en la plaza Bolívar hasta la Universidad en autos de la línea “Concordia”, eran costeados por el tesorero del Municipio, un viejo amigo de la señora Chela, su madre, quien de paso sea dicho, abrumaba a la hija con sus propuestas y galanteos. Para la época, la hija mayor de Chela Polanco de veinticinco años, se había transformado, de linda joven en una bella mujer, y sus amigos nunca le habían conocido novio fijo ni duradero. A pesar de no haber querido nunca comprometerse, asegurando que primero estaban sus estudios, MariaAntonia era una enamorada de la música romántica. Ella aseguraba conocer la letra de todos los boleros y, además, los cantaba magistralmente. (…) Por su buena educación, fluida conversación, y su natural elegancia, Julio Díaz, fue día a día, viaje tras viaje, envolviendo con su charla a la estudiante. Con rumorosa trama, el moreno arrullaba a la despierta muchacha, quien comenzó queriéndolo como un buen amigo. Lentamente, el elegante y conversador chofer, casi una década mayor que ella, se atrevió a insinuársele, y posiblemente él fue el primer sorprendido cuando la hija mayor de Chela Polanco aceptó su propuesta matrimonial. Antonieta objetó a aquel señor viejo, ¡de casi treinta y cinco años!, y con una sospecha pendiente sobre su vida, el hecho curioso de no existir ni una mácula en el historial del cumplido chofer de la línea “Concordia”. A pesar de los resquemores y de los chismes, Doña Chela les dio su bendición, y se casaron en la iglesia de San Judas Tadeo, para irse a vivir en una casita del Barrio Obrero, en el sector de Sabaneta, una populosa barriada de la ciudad de fuego... 


Estabas viviendo el amor de tu vida. Habías hallado en Julio algo especial, un no sé qué antes no conocido. Enamorada, cantabas las canciones de Benny Moré, preguntándote que como había ocurrido todo aquello... “Como fue, no sé decirte como fue, no sé explicarme que pasó, pero de ti me enamoré”. Así llegó hasta ti la felicidad, y se querían como locos, y se respetaban con una seriedad casi de personas mayores, y se amaban en el inmaculado apartamento del Barrio Obrero. Eran almas gemelas en el orden y en la pulcritud, en lo metódicos y comedidos, en lo desenfrenados en la cama, y era que no podías olvidar sus palabras, con aquella, su voz melodiosa de terciopelo, y por tantas cosas como eran, le creíste, confiaste en él con los ojos cerrados... “Muy juntitos los dos hallaremos un rincón cerca del cielo”, con un amor que prometía ser eterno, o al menos para toda una vida, “estaría contigo, no me importa en qué forma ni cómo ni dónde pero junto a ti”, y cantabas todo el tiempo, emocionada, “sin un amor, la vida no se llama vida, sin un amor, le falta fuerza al corazón, sin un amor el alma muere derrotada, desesperada en el dolor, sacrificada sin razón, sin un amor no hay salvación”. Eran, la pareja perfecta. Salían casi todos los fines de semana, tomados de la mano y se iban a sitios diferentes. Les encantaba tomar cerveza, o bailar, y se miraban lánguidos, perdidamente enamorados. No faltó la oportunidad de cantar a duo... “Cuando se quiere de veras, como te quiero yo a ti, es imposible mi cielo, tan separados vivir”... Ya les conocían en varios sitios nocturnos de la ciudad de fuego. Con tanto amor y romanticismo, vivías tus boleros, emocionada... “Por algo está el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti...”  En tu casa, jugando entre las sábanas, le decías a Julio... “Tus besos se llegaron a recrear aquí en mi boca, llenando de ilusión y de pasión mi vida loca... tus labios me enseñaron a sentir lo que es ternura y no me cansaré de bendecir tanta dulzura”. Tú y Julio parecían estar convencidos de que, “una vez nada más, se entrega el alma, con la dulce y total renunciación, y cuando ese milagro realiza el prodigio de amarse, hay campanas de fiesta que cantan en el corazón”.


Así llegaron al embarazo y a la fecha cercana al nacimiento de Julimary, cuando en medio de tanta felicidad se produjo el accidente. Un camión con parachoques tipo “mataburros”, de esos usados para transportar ganado en zonas fronterizas, atropelló por detrás al LTD de la línea “Concordia” conducido por Julio Díaz y el atildado chofer habría de pasar varios meses en cama y luego otros tantos envarado, con un collarín, sin poder regresar a su trabajo. El seguro pagaría los daños del auto y sus gastos médicos, pero en la larga convalecencia, Julio comenzó a salir con varios amigos. Al nacer Julimary, todavía estaba incapacitado para conducir, mas no así para empinar el codo y para opinar con unas cervezas y unos rones de más, que él hubiese querido un varón como su primer hijo y no aquella bebé morena y regordeta. Como era de esperarse, estas cosas descontrolaron a MariaAntonia quien se sintió muy afectada por el comportamiento de su marido. Él, continuó llegando tarde con tragos encima, y ella comenzó a pelear, de manera que las cosas fueron empeorando. Antonieta estimulaba la querella mientras la abuela Chela suspiraba y la madre sufrida cargaba a su hija todo el tiempo dándole de mamar, y se pasaba las noches en un ir y venir, llorando, examinando camisas en busca de señales y husmeando la ropa de su marido quien dormía a pierna suelta con trepidantes ronquidos. MariaAntonia a pesar de que comprendía que algo anormal estaba sucediéndole a su Julio, no quería aceptar que los curiosos vahos que desprendían su ropa interior y sus camisas, pudiesen tener algo que ver con otra mujer. Ella seguía por lo bajito, cantando... “Entre tu amor y mi amor, debe existir la verdad, ya no podemos jugar, con nuestras almas los dos”... Pero era evidente que algo más que unos amigos y unas cervezas estaban trastornando la vida de su marido. Algo estaba creando un conflicto en la pareja, y ella no sabía cómo hacer para intentar una reconciliación. MariaAntonia cantaba amargada... “La distancia entre los dos es cada día más grande, de tu amor y de mi amor no está quedando nada, sin embargo el corazón no quiere resignarse, a escuchar el triste adiós que sea tu retirada”... Estaba dándole la teta a Julimary cuando una vecina chismosa vino a contarle que era una negra. Una negra grandota, más alta que él, ¡ y así de doble!, ¡así!, le decía su amiga de lo más expresiva, mientras ella lloraba en silencio convencida de que hasta allí había llegado su linda historia de amor y de cariño sincero. Pasaron varios días hasta la noche cuando Julio, medio borracho, con la camisa pintada “de creyón de bemba” como le dijera MariaAntonia, llegó, y sin escucharla se derrumbó rendido en la cama, antes de que ella tomase una decisión trascendental. Cargó con su hija y se fue de la casa sin decirle ni una palabra más. Esa misma noche desaparecería de la ciudad de fuego.

NOTA: esta historia que es parte de una novela, continuara y finalizara mañana miércoles para los lectores de lapesteloca.blogspot.com.

 

En Maracaibo, el martes 7 de julio del año 2026

 

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