domingo, 12 de julio de 2026

Amores de manicomio (2)


Fue precisamente comenzando el año 1966, cuando el doctor Carloni volvió a su terruño por unos días y sorpresivamente hizo los arreglos necesarios para regresar a Europa con Ana María y sus dos hijos, Cheito y Luisito, de 6 y 7 años respectivamente. En Edimburgo la familia disfrutaría durante un par de años de una vida plena de oportunidades y de triunfos. La buena situación económica del profesor Carloni-Corso habría de compensar el desamor  padecido como un mal crónico por su resignada esposa, y serviría para que sus hijos iniciaran su educación en el extranjero. Con el correr de los años, uno de ellos llegaría a ser representantes de la comunidad latina en el Estado de La Florida, en los Estados Unidos de Norteamérica.   


El año 1967 cuando el doctor José Asunción Carloni-Corso regresó a su tierra proveniente del Reino Unido, se mudó a una mansión en la urbanización “Virginia” y muy pronto daría inicio a un ciclo de ágapes organizados con la ayuda de su simpática esposa, la sin par AnaMaría. Después de su estadía en el Reino Unido, ella había desarrollado habilidades sociales y en esa época aceptaría el rol de acaudalada matrona, feliz esposa de su importante marido. Muchas veces haría de anfitriona para la variopinta alta sociedad de la ciudad de fuego. En una de las primeras reuniones en su nueva casa, Carloni invitó a su colega Josefina Dickson, psiquiatra conductista de origen trinitario y a su marido un pediatra de menuda estatura, el doctor Ariel Zambrano. La propuesta de colaboración laboral hecha a la morena psiquiatra, sería acogida con beneplácito a muy corto plazo, y a la larga, vendría a ser crucial en el devenir de sus vidas como profesionales. Las gestiones políticas del profesor Carloni como consecuencia de sus progresos en el marco de la sociedad de su terruño, le granjearon amistades importantes. Se incrementaron sus contactos con la gente del principal partido político opositor. Habiendo adquirido en 1969 luego de la elección del presidente Caldera un gran lote de terrenos, y ya cumplido el proceso de la pacificación de las guerrillas, sus negocios con el partido del pueblo, lo volvieron a poner en la cresta de la ola. Llegaría el momento de colocar la primera piedra del futuro Instituto de Psiquiatría en el vecindario del hospital Universitario, de la Escuela de Enfermería y de la Facultad de Medicina de la Universidad Occidental. En lo tocante al ejercicio de su profesión, la sociedad con la doctora Dickson comenzó a proporcionarle fama y a producir dinero por los exitosos tratamientos de todo aquello cuanto habían dado en denominar trastornos psicosomáticos para no usar el término de “desórdenes mentales”.

Carloni invertiría sus dividendos en mover palancas políticas con aportes de consorcios financieros y de créditos otorgados por sus amigos de la Banca Nacional. Él nunca desestimó los poderes de su vieja amiga y confidente. Al regresar a su tierra, una de las primeras cosas que hizo fue buscar una entrevista con Ágatha Gallegos. Para la época, ella había ganado algunos kilos y la juncal rubia se había transformado en una hermosa mujer de unos treinta años, casada con un capitán de la Marina Mercante. Ágatha, con claridad meridiana, decidió advertirle a su queridísimo Cheo, que todo entre ellos había concluido, y que no existía posibilidad alguna de revivir el pasado. “Lo pasado pisado está”. Con esa frase precisa y lapidaria, Ágatha le hizo saber que no había vuelta atrás. Se había mudado con su marido-marino a una casita, el hogar de ambos, rodeado de matas de mango, de guásimos, de nísperos y de aceitunos. Era, su nido de amor, en la parte norte de la ciudad de fuego, en un barrio no muy distante del Manicomio.


El doctor Carloni-Corso, triunfador en lo social, lo político, económico y profesional, quizás no hubiese accedido a acatar a pie juntillas las normas separatistas impuestas por la linda bruja, máxime cuando sabía que su marido estaba obligado a pasar largas temporadas en el mar, pero fue precisamente por esa época cuando él conoció a Minerva Romero. Con nombre de diosa, Minervita era una impresionantemente escultural mujer de 19 años de cabellera lacia y negra que le daba a la cintura y que ella lanzaba con un movimiento de torsión sobre su hombro derecho, mientras pestañeaba sus grandes ojos negros lanzando tórridas miradas que derrumbarían a cualquier ser humano. Cheo Carloni, al verla, creyó estar ante la reencarnación una madona renacentista sin saber si era idéntica a una pintura de Leonardo, de Miguel Ángel o quizás a una virgen de Rafael Sanzio. Flechado sin remedio, desde el momento mismo cuando la conoció en la Facultad de Derecho de la Universidad, el psiquiatra se lanzó al ataque y no tardó ni seis meses en convencerla para que olvidase sus estudios y viviese en un apartamento de lujo que él mismo le estaba instalando en la urbanización Isla Dorada. El médico psiquiatra, a pesar de su edad y de sus múltiples compromisos, estaba iniciándose en la carrera de leyes, y sus conocimientos y su gran capacidad de estudio, le llevarían a graduarse de abogado unos años después. Su idilio con la diosa Minerva, se concretó a través de la señora madre de ella, a quien luego de un par de consultas y un certero tratamiento, el doctor Carloni curó de una migraña crónica de años de evolución. Así fue como con su natural galantería y familiaridad con la paciente agradecida, no le fue difícil prometerle a la matrona un futuro divorcio en su desdichado matrimonio, para que ella misma intercediese ante Minervita y de paso, accediese a mudarse con su hija a un “pent-house”en Isla Dorada, frente a las playas del lago de Coquivacoa. Cuando Ágatha se enteró por un chisme del embeleco del psiquiatra por la linda carajita, se rehusó a usar sus artilugios de magia y ocultismo para deshacer el hechizo, pues segura estaba de que le había dado de beber aguas de íntima procedencia, pero en aquellos días, ella ya se había olvidado de Cheo y estaba persuadida de que su matrimonio con el capitán Salazar iba a durar eternamente.  


El Capítulo 22 de la novela se intitula: “Es Agatha quien habla” e informa el relator: he de retomar uno de los monólogos de Agatha extraído de una de mis cintas magnetofónicas y lo transcribiré -“Si vos queréis que de verdad yo te cuente sobre mi vida y la de Cheo Carloni, te la puedo resumir en dos platos. Todo comenzó antes de que existiera el INP. Inmaginate vos lo que sería el mundo en esos tiempos, cuando yo comencé a trabajar en el Manicomio de esta ciudad. Calculá no más que todavía la gente hablaba del Sabio Brujo que había curado a los locos del hospital psiquiátrico con un bisturí de brillantes con los que él les operaba el coco.  Cheo era un carajito recién graduado, y yo era nada más que una coñita que llegaba de las serranías de San Luis…


Yo nací en un pueblito tan metido en las montañas, que lo más cercano que teníamos era La Cruz de Taratara y lo que más recuerdo de los años de mi infancia, es la lluvia y ver bajar la neblina todas las tardes. Pero no te voy a hablar de cosas tristes. Más bien, ¿por qué no te cuento todo desde la época cuando Cheo Carloni regresó de hacer sus cursos en Europa? Como que es mejor…Te puedo hablar de cuando él se asoció con la negra Dickson, la trinitaria y de cuando se dispuso a echarle bola, a sacar palante su Instituto. Esa fue una época mejor. Por lo menos para él si lo fue, estoy segura. Ya me había casado con el capitán Salazar. ¡Oh mi capitán! Eso le decía yo, que era amiga de leer poemas, y él ni la puta idea tenía de nada de poesía, ¡de Whitman!, ¿de leer libros?, nada de esas cosas, pero era un buen marido, sí, que lo era. Bueno, te iba a contar que cuando Cheo regresó, me buscó como palito de romero. Él quería contratarme para que yo le dirigiera todo lo que tenía que ver con sus pacientes, sobretodo para que le llevara la consulta externa, pero yo en esa época tenía también mis ocupaciones. Yo, ganaba un buen sueldo, le trabajaba a varias casas de salud, privadas, es decir, era una enfermera bien pagada. Además estaba Eutimio, mi marido, el capitán Salazar, y él me dejaba en libertad plena, puesto que se ausentaba de a cada rato y por largos períodos de tiempo, hasta el punto que llegamos a preocuparnos porque a pesar de que le hacíamos la lucha, él no me preñaba. Yo ya presentía que no podía tener hijos, pero nunca teníamos tiempo ni disposición de ánimo para ir a ver un buen doctor. Mientras tanto, yo me había dedicado fuertemente a ejercitar mis poderes. Vos sabéis que cuando una sabe que es faculta, es por demás que le saquéis el cuerpo a ese don, porque es como una… ¿Cómo te digo?, es como una vaina de responsabilidad, una ayuda que yo sabía podía prestarle a los demás. No se si me entenderéis. Bueno, yo me la pasaba íngrima y sola en mi quintica del Nuevo Mundo, y me ganaba mis realitos, pero eran pendejaitas, que si leyendo las cartas y haciéndo sanaciones pa los vecinos, ejercitando la clarividencia, vos sabéis, y en eso estaba apareció nuevamente Cheo.


NOTA: esta historia que finalizará mañana, ofrece la oportunidad a los lectores de este blog lapesteloca, de leer fragmentos de mis novelas publicadas en Amazon.

 

Maracaibo, domingo 12 de julio del año 2026

 

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