Hoy
desperté recordando a viejos amigos, -quizás acicateado por la tragedia que
estamos viviendo por el terremoto del centro del país y en particular de
Caracas y de La Guaira-, así llegaron ellos a mi mente y quise volver a
escribir sobre la amistad, pues ya a esta avanzada edad, casi que se sobrevive
de recuerdos... Este breve relato, es pues, sobre dos buenos amigos, quienes
hace tiempo ya que no están con nosotros, y en diciembre del año 2016, se
me ocurrió escribir sobre ellos, en este
blog, cuando titulé “De Chucho y de Enrique, buenos recuerdos: in
memoriam”.
“Chucho”
le decíamos a Jesús Vivas y los tres; él, Enrique Murcia y yo, nos conocimos en
diciembre del año 1968 cuando estábamos jóvenes aun y recién venía yo regresando al terruño luego de cinco años estudiando patología en Norteamérica. Conocí
a Jesús cuando estudiábamos Medicina, lo había visto, era el joven andino que
llevaba las bandejas con piezas anatómicas en las presentaciones del patólogo
alemán Gerhard Franz en la morgue del Anatómico, y en el 68, Jesús me fue presentado como “Chucho”, un joven que
había estudiado preparándose en
Citotecnología, y ante el planteamiento del doctor Pedro Iturbe, -quien había
logrado como donación un microscopio electrónico para su Sanatorio
Antituberculoso-, aceptaría gustoso irse a el IVIC y nosotros tendríamos a su regreso al mejor técnico en ultramicroscopía de la ciudad.
¡Enrique era
un fenómeno! Un joven colombiano quien había llegado hasta Malmo sirviendo
en la armada del hermano país, y era el fotógrafo del Sanatorio… Además,
trabajaba en la Facultad de Ciencias Veterinarias. Cuando alguien visitaba el
Sanatorio, él tomaba fotos con flash de bombillito y corría a revelarlas y así,
al despedirse el personaje invitado
recibiría de manos del Director del hospital,
las fotografías como muestra de haber visitado la que era para la época nuestra
muy prestigiosa institución. Enrique pasó a ser también el indispensable
fotógrafo del microscopio electrónico. Ya he relatado como luego de 4 años entrenándome en Anatomía Patológica regresaría
a trabajar en Maracaibo en diciembre de 1968 cuando estábamos pensando como
instalar un microscopio electrónico (ME) en el Sanatorio y allí conocería a
Enrique ya que la fotografía es parte indispensable para el trabajo con el ME.
En su auto, me llevó a visitar al decano de la Facultad de Medicina de LUZ para
enterarme yo, de que no existía para mí un -antes prometido- cargo… Al salir,
desencantado, fue Enrique quien, tranquilizándome, me puso en contacto con el
doctor Parra Atencio, decano de la Facultad de Ciencias Veterinarias de LUZ, quien
me aceptó de inmediato y así fue como gracias a mi amigo, pasé a ser Profesor
Asistente en LUZ y allí haría docencia e investigación durante los siguientes 8
años.
Los
tres amigos, entre 1968 y 1975 rodamos por muchos sitios corriendo aventuras
inimaginables. En un Volswagen amarillo pollito, manejando Enrique, asistimos a un evento científico en Mérida, y me resulta inolvidable el regreso a casa al cruzar a las 11 de la noche el pico del Águila, a
4000 metros con el cielo despejado lleno de estrellas, mientras al volante
nuestro amigo fotógrafo nos contaba como él era capaz de salir desde Maracaibo
a las 6 de la mañana y subir hasta el pico del Águila, con su esposa Rosina para almorzar con un minestrón y regresar a la ciudad del lago y los palmares el mismo día. Me parece vernos de
nuevo, los tres, en aquel escarabajo amarillo por las costas de Falcón o en la
península de Paraguaná, buscando muestras de burros enfermos durante una
epizootia de encefalitis equina venezolana.
Muchas
de estas peripecias estuvieron matizadas por el regusto por los tangos y por la
cerveza que valían para tener las taguaras precisadas por la temperatura de las
frías y sus rockolas con los tangos de Gardel. Con Jesús y su mujer, Aura, quien
trabajaba como histotecnóloga en Veterinaria, y con Enrique, el batallador fotógrafo de la Facultad,
quien era compadre de ambos, llegamos a conformar un verdadero equipo,
posiblemente inadvertido para quienes nos conocían, incomprensible para quienes
nunca visualizaron las potencialidades para hacer investigación del microscopio
electrónico del Sanatorio que pronto habría de transformarse en el hospital
General del Sur, desde donde durante casi siete años se publicarían numerosos
trabajos de investigación en revistas indexadas y se presentarían en muchos
eventos científicos nacionales e internacionales.
Un
día, con un dejo de mortificación Jesús me plantearía el problema de haber
recibido una oferta para irse a trabajar en la Universidad, con mejor sueldo y
las ventajas de ser empleado de la Facultad de Medicina. Le dije que ni lo
dudase un instante, y él me ofreció entrenar a Kiko, su hijo para que
aprendiese su trabajo. En unos meses, Kiko llego a ser un excelente técnico y
Chucho pasó a LUZ.
Enrique
estaba trabajando a destajo con unos oftalmólogos y a muy corto plazo se
transformó en un experto en angiofluororetinografía, una técnica que precisaba
de una persona preparada en fotografía capaz de crear informes con fotografías
para los pacientes. En menos de un año, el doctor Guillermo Pereira, brillante
retinólogo marabino, se llevó a Enrique a Caracas y nuestro amigo se transformó
en el mejor especialista en técnicas oftalmológicas del país. Operado del
corazón años más tarde, siguió trabajando incansablemente durante años con la
ayuda de sus hijos, siendo reconocido su trabajo en el país y en el exterior.
Jesús y Aura, terminarían por jubilarse de la universidad y Chucho aprendió de
su compadre los trucos de la angiofluroretinografía y entrenaría a una de sus
hijas como también lo hiciera Enrique y todos saldrían adelante en la vida.
Pero
ahora, ya han transcurrido muchos años, tantos que ya Jesús, Aura, Kiko,
Enrique y Rosina y “el tío Luis” no están con nosotros. Hace ya más de veinte
años que me tocaría regresar a Maracaibo luego de un largo exilio en la capital,
y he vivido este siglo XXI que para mí país ha sido un tiempo de oscuridad y de
tristes expectativas hacia el futuro de una patria traicionada y ahora lo que
estamos presenciando, ante la catástrofe del terremoto, he preferido restañar
el dolor con el amable recuerdo de mis buenos y desinteresados amigos. También me
valdrá como especie de catarsis, pensar en cuanto hicimos y las tantas
dificultades que vencimos y me place saber que ellos estarán siempre en mi
recuerdo y en el de quienes tuvieron la suerte de conocerlos.
Maracaibo, el
1 de julio del año 2026
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