jueves, 16 de julio de 2026

El fuego de San Antonio (1)

 

A la hora nona, las castañas se tostaban en el fuego de la gran chimenea. La lozana posadera secó sus manos en el delantal y atendió a los fuelles, ella iba soplando para que el pan caliente estuviese a punto. Su marido retiraba un plato con fiambres de la mesa del prelado. Entonces él se dio media vuelta, y notó como los cristales esmaltados del ventanal crujieron, pensó entonces que posiblemente era el viento provocando el roce de las ramas de los árboles. El vitral emplomado impedía que se colase la helada brisa. El hombre imaginó como seguramente el cierzo del noroeste recorrería los campos esa noche impidiéndole a cualquier ser humano arribar hasta los senderos que penetraban el bosque del Duque.  Es una noche de mil demonios, lo dijo para sí, y al recapacitar sobre su invocación rápidamente se santiguó.

Sentado en un sillón de cuero, el prior de los franciscanos captó un gesto cristiano del posadero, hizo una mueca frunciendo el entrecejo y torció la boca. En ese momento, la mujer cesó de atizar el fuego y atisbando desde lejos trató de interpretar el movimiento de los labios del prebendado. ¿Tal vez él está mascullando letanías? Ella lo pensó al notar como el fraile, todavía medio envuelto en una colcha de retazos, parecía hacer pucheros mientras entrecerraba los párpados. Está muerto de sueño se dijo ella y luego miró hacia el fondo de la gran sala donde su robusta hija batía sobre el mesón en una gran escudilla los huevos para hacer una tortilla con setas y habichuelas... Su marido, Iñigo, lentamente se acercaba hasta los cordeleros que tenían un rato alborotando, el les interrumpió ofreciéndoles un vino fuertemente especiado.

Ya algo más calmados, ellos aceptaron su invitación y unos gustosos y otros a regañadientes continuarían su discusión. Entonces, haciendo gestos de resignación, Iñigo se dirigió hacia otro de los mesones donde recién se sentaban dos sujetos desconocidos para él, uno ya entrado en años con barba poblada y entrecana quien le pareció al tabernero un hombre del campo, su rostro lucía curtido por el sol… Él notaría sus manos cuarteadas empuñando la jarra de cerveza y frente a él, su compañero, más joven, quien seguramente era, o le parecía ser al acucioso tabernero, un actor, o un estudiante, quizás hasta un bufón retirado, y eso también lo pensó concluyendo rápidamente que ambos debían ser tan solo unos juglares desempleados. Hasta médicos podrán ser, imaginó Iñigo mirando de soslayo en derredor y frunciendo el ceño, mientras interpretaba su postrer razonamiento al atenderle al color bermejo de la ancha hopalanda que vestía el jovencito...

El franciscano abrió sus ojos y se bebió de un solo trago un cubilete de agrio vino tudesco. Parecía haber despertado. Acariciaba la botella sobre la mesa y de soslayo atisbaba el corpiño entreabierto de la moza que batía los huevos; la boca del fraile se abría y su lengua sobresalía repasando los labios de izquierda a derecha. Se diría que se relame el desgraciado… Iñigo lo pensó algo molesto, notando como el religioso dejaba caer al suelo la colcha y al retirarse el capuchón de estameña dejaba ver su calva sudorosa. El posadero Iñigo, le sonrió a su mujer y ambos se acercaron hasta el mesón de la cocina donde la jovencita había vertido el contenido de la escudilla en un caldero que burbujeaba rumoroso. Los rescoldos de la chimenea arrojaban destellos gualda sobre todos los presentes.

La faz abotagada del prelado se contrajo al beber otro trago de vino. Sus ojillos migraron de las redondeces de la joven hasta el mesón vecino donde los parroquianos habían comenzado nuevamente a alborotar. Aquellos artesanos eran los empleados de una cordelería y reiniciaban su cháchara discutiendo con un joven comerciante de especies. Nunca antes le habían visto, más él insistía, venía desde la lejana Renania y les aseguraba que pretendía cruzar el bosque para pernoctar en la ciudad. Los cordeleros intentaban disuadirlo. No será posible si quieres seguir con vida, le decía uno de ellos, mientras el joven se reía a carcajadas y persistía en su idea mientras todos hablaban al unísono haciendo ininteligible la jerga flamenca. Se escuchaban restallar interjecciones y palabrotas entre la retahíla de dimes y diretes queriendo convencer al comerciante del disparate que sería adentrarse solo en el bosque. El tabernero Iñigo, siempre curioso, creyó atisbar en aquel joven un curioso tono bilioso en sus ojos muy claros y quiso pensar que algún problema tendría el renano con su salud, más pensó que ellos le convencerían y él estaría obligado a darle cobijo. Al final tendría que quedarse a dormir con los cordeleros y los demás en la posada. Lo pensó. Un corpulento cordelero que portaba un zurrón en banderola, insistiría en los peligros del bosque fastidiosamente, mientras a su lado otro hombretón obeso, sonreía y sostenía una cornamusa sobre su hombro izquierdo. Sin inmutarse infló sus carrillos soplando su chirimía y la gaita emitió un gemido profundo. En ese momento el joven viajero volvió a reírse soltando una sonora carcajada.

El prelado pareció despertarse y tras secarse el sudor de su cabeza pelada, volteó a mirar al grupo que continuaba discutiendo acaloradamente mientras la cerveza y el vino parecían haber encendido sus rostros. Afinó el sonido el gordinflón aplicándose nuevamente y estuvo resoplando por el caramillo unido al odre de cuero. El ambiente ambarino se inundó al instante con quejumbrosos sonidos musicales. En ese preciso momento la puerta se entreabrió, y rechinaron sus goznes para dejar entrar el viento y un remolino de hojas secas con un sujeto desgarbado vestido con un blusón azul, llegaba protegido por un jubón de estamilla y portando un sombrero de cuero muy lustroso. En un instante, se había hecho silencio y el personaje se despojó de su sombrero como para saludar a todos los sorprendidos presentes. Iñigo, el posadero, presto le reconoció. Era Jerónimo el pintor.

El hombre estremecido y tembloroso, seguramente por el frío, se acercó hasta la mesa más cercana donde dos extraños individuos bebían cerveza y con un murmullo le preguntó al hombre joven de la roja casaca si acaso conocía algún remedio para un fuego en la piel. El interpelado volteó a mirar el rostro surcado de arrugas y le pidió que le mostrase su piel enferma para saber cuál era el mal que precisaba de su ayuda. Comentó casi para sí mismo, que no cualquier ungüento o brebaje que él le indicase podía resultar el más apropiado… Todos los presentes hicieron silencio y escucharon la explicación que el hombre de la hopalanda roja le ofrecería al desgarbado viejo del blusón azul. Escucharían todos entonces, hablar al sujeto sobre los efectos contraproducentes que según dijo, ya estaban descritos cuando los preparados no eran utilizados para curar determinado mal. En el silencio absoluto de los cordeleros, el posadero Iñigo y su mujer presenciaban con interés aquella escena y todos verían como el sujeto del jubón azul se despojó de una de sus calzas y al remangarse el pantalón, pudo notarse como encendido sobre una pierna y parte del pie, su piel lucia el rubicunda con el fuego de San Antonio.

El joven de la hopalanda bermeja quien diría ser un experto en purgas y en eméticos, y señalaría que era además especialista en aplicar ventosas para extraer humores corrompidos. Sin rubor alguno, hizo alarde de su destreza con la lanceta, y no sólo para las sangrías soy bueno; lo aseguró alzando la voz como para que se escuchase más allá de quien con su pierna al aire oía sus palabras. Todos le escucharon con atención decir entonces, que él era uno de aquellos barberos cirujanos de batalla, de los que tasajeaban las heridas para limpiar los trayectos dejados por las hojas filosas de cuchillos o de espadas, siempre necesariamente lavadas con vino tinto especiado y con vinagre, lo advirtió señalando con su dedo índice al cielo, especificando las cosas que prefería él hacer seguramente antes de usar el escalpelo como cauterio. Explicó entonces ante aquella atónita y silente concurrencia, que ya con las quemaduras las cosas habían pasado a ser algo muy diferente. En esas circunstancias –y señalaba la pierna descubierta de Jerónimo el visitante - hasta en el campo de batalla, él se las ingeniaba para aplicar compresas empapadas en agua de rosas y siempre contaba con algún bálsamo, quizás uno especial, como el que pudiese recomendarle para la piel de aquella pierna, con su superficie focalmente enrojecida, ardiendo por el fuego de San Antonio.

Pero el fuego de San Antonio, era otra cosa y él lo sabía. El ungüento, si así usted lo desea, puede ser preparado en su casa, terció el joven barbero mirando directamente a su nuevo paciente e insistió. Usted mismo lo fabricará con cera de abejas y con miel y habrá de humedecerlo con vino de hipocrás, y es que, Micer, escúcheme, funcionará mucho mejor si usted le añade alguna raspadura de cuerno tierno de un unicornio, puedo garantizarle que con esto podrá lograr un doble efecto… Hyeronimus se cubrió la pierna y se rio con un estremecimiento gangoso. ¡Cuerno de unicornio tierno! Otra vez el asunto, pero… No era un afrodisíaco lo que él deseaba…

NOTA: este relato parece ser parte de uno de los “Doce relatos siniestros”, o de “Jeronimo el pintor”, libros ya publicados en Amazon. Para saber cómo termina, los lectores de lapesteloca, podrán enterarse mañana, del final de esta historia.

Maracaibo, el jueves 16 de julio del año 2026

No hay comentarios: