Quiso comunicarle Jerónimo al joven de la roja hopalanda, que él, a su edad,
no podría aceptar aquel despropósito… ¡Unicornio
tierno! Lo murmuró para sí y de
nuevo repitió mentalmente que no era un afrodisíaco lo que él deseaba… Pensó
explicarle su problema al joven barbero, y decidido sencillamente le dijo que él
pintaba, que esa era y había sido siempre su profesión y que él, la ejercía, de
pie. El fuego de San Antonio le aparecía ardiendo en su pierna derecha y esto
hacía ya un tiempo que estaba interfiriendo con su diaria labor. Las
explicaciones del ya bastante arrugado artista del blusón azul, parecieron
interesarle al joven de la hopalanda bermeja quien, no obstante, parecía tratar
de infundirle confianza hablándole nuevamente sobre sus ungüentos… Entretanto, los
cordeleros ya habían cesado sus discusiones y todos en la posada, se mantenían
atentos a las palabras del joven barbero de profesión.
Le explicaría al pintor y a sus escuchas, cuán efectivos eran sus menjurjes,
y tras informarle que él era discípulo de la prestigiosa Escuela de Salerno,
insistió en que sus conocimientos no eran en absoluto producto de la magia ni
de la improvisación, él leía en latín y conservaba un ejemplar de El Antidotarium de Nicolás Prepósitus
donde podían buscarse todos los récipes existentes en el mundo, los mismos que
sirven para la sanación de todas las enfermedades. Así se expresó el joven
médico, quien también había leído, y también lo dijo, muchas veces el libro de
Rogelio de Palermo sobre la curación de los males por el escalpelo.
Los cordeleros quienes le escuchaban silenciosos, habían suspendido la
charla con el joven comerciante, el viajero empecinado en atravesar el bosque
esa misma noche, y había cesado la música de la cornamusa mientras todos
volteaban para mirar al desgarbado sujeto del rostro surcado de arrugas. En
realidad, el pintor era conocido de Iñigo y de algunos cordeleros quienes le
informaron al joven renano sobre el trabajo de Jerónimo. El tedesco miraba con asombrada
curiosidad al enteco personaje. ¡No puede ser él! Eso exclamaba observando al
pintor que se había ido a sentar muy cerca de la chimenea y saludaba
amigablemente al posadero y a su mujer. Es él, con toda seguridad, insistió el
gordo de los pantalones rayados y la bragueta verde. Es el mismo de quien ya te
hemos hablado. Él de los infiernos, murmuro el tedesco…
Él es
Hyeronimus… Le comunicó sigiloso el del zurrón en
banderola al viajero renano, quien entonces sonrió de una manera extraña. Era
como si todavía quisieran bromear con él sobre el bosque del Duque, pero súbitamente
se puso de pie. Parecía decidido cuando dirigió sus pasos hacia la mesa donde estaba
Iñigo l posadero y la jovencita del corpiño entreabierto, quien de pie se
encontró casi ante él. Lo había visto levantarse y avanzar hacia ellos, acercándose,
y el prior de los franciscanos, de reojo, creyó notar un destello febril en su
mirada. Todo habría de sucederse de manera muy rápida.
El cálido y ambarino ambiente del establecimiento que albergaba a los
viajeros en la posada a la vera del camino de Bois Le Duc pareció condensarse
de momento alrededor de quien decidido marchaba hacia la desgarbada figura de
Jerónimo con su pelambre lacia llena de hilos platinados que contrastaba sobre
su blusón azul, todas y cada una de las hebras de su cabello brillaban lanzando
destellos rojizos y anaranjados por efecto del fuego que ardía en la gran
chimenea. Así lo veía también Iñigo. Ligia quien estaba de espaldas al
viajante, sin verlo pudo observar en su hija, un súbito abrirse de sus ojos
azules, con gran asombro, o susto, exageradamente, ante la inminencia de lo que
habría de acontecer, más ella no podía entender nada pues ella estaba dándole
la espalda al tedesco y tan solo un rictus en la expresión y la mirada de su
niña, la hicieron presentir lo inevitable. Iñigo pareció notar algún signo en
el rostro de Ligia y cuando levantó la vista fue para cruzarse con las lanzas
de fuego que emergían de las pupilas verticales y amarillentas del viajero,
cuando ya no había nada que hacer, puñal en mano se abalanzaría sobre el
pintor.
Brilló el acero en la mano del viajero tudesco, quien venía acercándose puñal
en mano cuando el posadero se irguió empujando la mesa y a Jerónimo quien
trastabillante caía sentado. El prior de los franciscanos manoteaba queriendo
alertar a los cordeleros que lucían petrificados. Apartado a Jerónimo, el puñal
se hundió en medio del pecho de Iñigo quien en ese instante notó algo que era
incongruente, en realidad, el pintor del blusón azul y las greñas encanecidas
no parecía ser Hyeronimus, eras tú mismo, tú, un muchacho sin las arrugas en el
rostro, e Iñigo se percibiría en aquel instante más joven que nunca, con una tonalidad
cetrina, ciertamente, pero lo más notorio quizás era, que en tan difícil
trance, también lucía unos ojos de asombro, amarillentos con sus iris verticales,
y con una amplia sonrisa mirabas a tu padre mientras casi a punto de
carcajearte te desternillarías de risa al comprender que ya era demasiado
tarde.
Sin oír proferir ni un quejido, aunque desde su mesa percibió la
violencia del golpe, el joven de la hopalanda bermeja pudo notar como emergía
desde el tórax del posadero un chorro de sangre casi negra, como si fuese un
surtidor que él mismo se miraba notando que tenía un gran agujero, especie de caverna
profunda en el lado izquierdo de su pecho, desde donde fluía, ahora en espasmos
con vetas violáceas, un líquido tibio y le salían chorritos espasmódicos, brotando
como si emanaran de una gran fuente e iban empapándolo todo, mientras estático,
tú lograbas aun escuchar algunas carcajadas interrumpidas y percibías unos
gritos, ya muy lejanos.
Iñigo llegó instantáneamente a pensar en poder comunicarle al joven cirujano
médico barbero su inquietud ante lo que sucedía, pues sentía un dolor intenso
en el pecho, comprendiendo que estaba desangrándose y le dolía tanto que pensó
en Alí y por allá en las serranías de Falcón mientras el juglar que cantaba aquello
de siento un gran dolor en el costillar,
tal cual lo percibía él, pero ya no era capaz ni tan siquiera de articular
media palabra y tú Ligia, estabas sonriendo, allí, viéndole doblarse, admirando
la cara también risueña de Hyeronimus el
pintor, quien sorprendido, no hacía más que reírse, mientras Iñigo ya se
resbalaba hasta el piso sintiéndose desfallecer y quiso buscar a Ligia con su
mirada y giró por el recinto de la posada pero no vio a mas nadie, pues ella ya
no estaba, y su hija también había desaparecido.
En aquel momento cuando todo comenzó a oscurecerse, y a pintarse de
rojo, como el fuego de la chimenea y sus pavesas, y las castañas asándose y mientras
él iba ahogándose, pensó que aquello era peor que el fuego de san Antonio y así
sentía como su corazón cambiaba del galope tendido al trote y luego paso a paso,
se hacía cada vez más lento. Al escuchar restallar las castañas en el fuego
deseó estar en una playa de oleaje tibio, muy larga, quizás brumosa, en un
atardecer…
NOTA: Así, todos hemos
sido tomados de sorpresa (el fuego de San Antonio, era la lesión que provoca el
virus del herpes zoster (la vulgar culebrilla en la piel ) y con este dato
médico, sí que llegamos al final de “el fuego de San Antonio” para al blog lapesteloca…
En Maracaibo, el viernes 17 de julio del año
2026
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