viernes, 17 de julio de 2026

El fuego de San Antonio (2)

Quiso comunicarle Jerónimo al joven de la roja hopalanda, que él, a su edad, no podría aceptar aquel despropósito… ¡Unicornio tierno! Lo murmuró para sí y de nuevo repitió mentalmente que no era un afrodisíaco lo que él deseaba… Pensó explicarle su problema al joven barbero, y decidido sencillamente le dijo que él pintaba, que esa era y había sido siempre su profesión y que él, la ejercía, de pie. El fuego de San Antonio le aparecía ardiendo en su pierna derecha y esto hacía ya un tiempo que estaba interfiriendo con su diaria labor. Las explicaciones del ya bastante arrugado artista del blusón azul, parecieron interesarle al joven de la hopalanda bermeja quien, no obstante, parecía tratar de infundirle confianza hablándole nuevamente sobre sus ungüentos… Entretanto, los cordeleros ya habían cesado sus discusiones y todos en la posada, se mantenían atentos a las palabras del joven barbero de profesión.

Le explicaría al pintor y a sus escuchas, cuán efectivos eran sus menjurjes, y tras informarle que él era discípulo de la prestigiosa Escuela de Salerno, insistió en que sus conocimientos no eran en absoluto producto de la magia ni de la improvisación, él leía en latín y conservaba un ejemplar de El Antidotarium de Nicolás Prepósitus donde podían buscarse todos los récipes existentes en el mundo, los mismos que sirven para la sanación de todas las enfermedades. Así se expresó el joven médico, quien también había leído, y también lo dijo, muchas veces el libro de Rogelio de Palermo sobre la curación de los males por el escalpelo.

Los cordeleros quienes le escuchaban silenciosos, habían suspendido la charla con el joven comerciante, el viajero empecinado en atravesar el bosque esa misma noche, y había cesado la música de la cornamusa mientras todos volteaban para mirar al desgarbado sujeto del rostro surcado de arrugas. En realidad, el pintor era conocido de Iñigo y de algunos cordeleros quienes le informaron al joven renano sobre el trabajo de Jerónimo. El tedesco miraba con asombrada curiosidad al enteco personaje. ¡No puede ser él! Eso exclamaba observando al pintor que se había ido a sentar muy cerca de la chimenea y saludaba amigablemente al posadero y a su mujer. Es él, con toda seguridad, insistió el gordo de los pantalones rayados y la bragueta verde. Es el mismo de quien ya te hemos hablado. Él de los infiernos, murmuro el tedesco…

Él es Hyeronimus… Le comunicó sigiloso el del zurrón en banderola al viajero renano, quien entonces sonrió de una manera extraña. Era como si todavía quisieran bromear con él sobre el bosque del Duque, pero súbitamente se puso de pie. Parecía decidido cuando dirigió sus pasos hacia la mesa donde estaba Iñigo l posadero y la jovencita del corpiño entreabierto, quien de pie se encontró casi ante él. Lo había visto levantarse y avanzar hacia ellos, acercándose, y el prior de los franciscanos, de reojo, creyó notar un destello febril en su mirada. Todo habría de sucederse de manera muy rápida.

El cálido y ambarino ambiente del establecimiento que albergaba a los viajeros en la posada a la vera del camino de Bois Le Duc pareció condensarse de momento alrededor de quien decidido marchaba hacia la desgarbada figura de Jerónimo con su pelambre lacia llena de hilos platinados que contrastaba sobre su blusón azul, todas y cada una de las hebras de su cabello brillaban lanzando destellos rojizos y anaranjados por efecto del fuego que ardía en la gran chimenea. Así lo veía también Iñigo. Ligia quien estaba de espaldas al viajante, sin verlo pudo observar en su hija, un súbito abrirse de sus ojos azules, con gran asombro, o susto, exageradamente, ante la inminencia de lo que habría de acontecer, más ella no podía entender nada pues ella estaba dándole la espalda al tedesco y tan solo un rictus en la expresión y la mirada de su niña, la hicieron presentir lo inevitable. Iñigo pareció notar algún signo en el rostro de Ligia y cuando levantó la vista fue para cruzarse con las lanzas de fuego que emergían de las pupilas verticales y amarillentas del viajero, cuando ya no había nada que hacer, puñal en mano se abalanzaría sobre el pintor.  

Brilló el acero en la mano del viajero tudesco, quien venía acercándose puñal en mano cuando el posadero se irguió empujando la mesa y a Jerónimo quien trastabillante caía sentado. El prior de los franciscanos manoteaba queriendo alertar a los cordeleros que lucían petrificados. Apartado a Jerónimo, el puñal se hundió en medio del pecho de Iñigo quien en ese instante notó algo que era incongruente, en realidad, el pintor del blusón azul y las greñas encanecidas no parecía ser Hyeronimus, eras tú mismo, tú, un muchacho sin las arrugas en el rostro, e Iñigo se percibiría en aquel instante más joven que nunca, con una tonalidad cetrina, ciertamente, pero lo más notorio quizás era, que en tan difícil trance, también lucía unos ojos de asombro, amarillentos con sus iris verticales, y con una amplia sonrisa mirabas a tu padre mientras casi a punto de carcajearte te desternillarías de risa al comprender que ya era demasiado tarde.

Sin oír proferir ni un quejido, aunque desde su mesa percibió la violencia del golpe, el joven de la hopalanda bermeja pudo notar como emergía desde el tórax del posadero un chorro de sangre casi negra, como si fuese un surtidor que él mismo se miraba notando que tenía un gran agujero, especie de caverna profunda en el lado izquierdo de su pecho, desde donde fluía, ahora en espasmos con vetas violáceas, un líquido tibio y le salían chorritos espasmódicos, brotando como si emanaran de una gran fuente e iban empapándolo todo, mientras estático, tú lograbas aun escuchar algunas carcajadas interrumpidas y percibías unos gritos, ya muy lejanos.

Iñigo llegó instantáneamente a pensar en poder comunicarle al joven cirujano médico barbero su inquietud ante lo que sucedía, pues sentía un dolor intenso en el pecho, comprendiendo que estaba desangrándose y le dolía tanto que pensó en Alí y por allá en las serranías de Falcón mientras el juglar que cantaba aquello de siento un gran dolor en el costillar, tal cual lo percibía él, pero ya no era capaz ni tan siquiera de articular media palabra y tú Ligia, estabas sonriendo, allí, viéndole doblarse, admirando la cara también  risueña de Hyeronimus el pintor, quien sorprendido, no hacía más que reírse, mientras Iñigo ya se resbalaba hasta el piso sintiéndose desfallecer y quiso buscar a Ligia con su mirada y giró por el recinto de la posada pero no vio a mas nadie, pues ella ya no estaba, y su hija también había desaparecido.

En aquel momento cuando todo comenzó a oscurecerse, y a pintarse de rojo, como el fuego de la chimenea y sus pavesas, y las castañas asándose y mientras él iba ahogándose, pensó que aquello era peor que el fuego de san Antonio y así sentía como su corazón cambiaba del galope tendido al trote y luego paso a paso, se hacía cada vez más lento. Al escuchar restallar las castañas en el fuego deseó estar en una playa de oleaje tibio, muy larga, quizás brumosa, en un atardecer…

NOTA: Así, todos hemos sido tomados de sorpresa (el fuego de San Antonio, era la lesión que provoca el virus del herpes zoster (la vulgar culebrilla en la piel ) y con este dato médico, sí que llegamos al final de “el fuego de San Antonio” para al blog  lapesteloca

En Maracaibo, el viernes 17 de julio del año 2026


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