viernes, 14 de febrero de 2020

¡Fernández Morán! (2)


¡Fernández Morán! (2)

En 1953, Fernández Morán recién había culminados sus estudios en Escandinavia, y regresó a Venezuela y el 27 de mayo cuando se incorporó a la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales, muy emotivamente, en esta reunión expresó : ”…i es el mismo exponente de una generación de facultades creadoras insólitas que yacen todavía latentes, quien ocurre hoy emocionado ante vosotros para recibir un honor y reiterar los sentimientos de esa gratitud, que solo se puede ofrendar de todo corazón en el lugar de su origen, ¡en el recinto sagrado de la Patria!” 

Su verbo encendido y su poder de persuasión, lograrían convencer al gobierno del General Marcos Pérez Jiménez para crear en Venezuela una infraestructura de científicos profesionales de renombre internacional. El costo estimado del proyecto era de unos 30 a 50 millones de dólares. En el proceso de “catequización” del General Pérez Jiménez y de su entorno militar, el Ministro de Sanidad de la época, doctor Pedro Gutiérrez Alfaro fue un factor determinante. El 25 de abril del año 1954, en Los Altos de Pipe, del Estado Miranda, se  fundaría el Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales (IVNIC), con más de 70 laboratorios de investigación proyectados para 27 edificios. Ya el año siguiente, en 1955, estaban construidos  y en 1956 se instalaría el Reactor Nuclear, un avance que atrajo hasta Venezuela al año siguiente a muchos grandes científicos del mundo, varios premios Nobel entre ellos, bajo el auspicio de la Fundación Nobel y la Sociedad Internacional de Neurología y Neurociencias.

 Cualquier biólogo celular, una profesión que estaba de moda en los años 50, se interesaba por visitar los laboratorios de Fernández Morán para saber que se estaba haciendo en ultraestructura celular. En el IVNIC trabajaron científicos de renombre internacional como Svaetichian creador de los microelectrodos, Finean un experto en Rayor X, Müller en microscopía de campo, Gernot Bergold en Virología. Se desarrollaría un taller para fabricar cuchillas de diamante para el uso de la electronmicroscopía. Para el año 1956 ya se había instalado el Reactor Nuclear, el primero en América Latina con la propuesta del uso del átomo con fines pacíficos.

De todos es conocido que ya desde el año 1957 el gobierno de Pérez Jiménez se tambaleaba. El presidente buscó al hombre de mayor prestigio científico en el país para nombrarlo Ministro de Educación y apenas duró 12 días en el cargo. El 16 de enero de 1958, Fernández Morán se dirigió a los jóvenes para decirles: "Vivimos en la era atómica y de la conquista del espacio; ésta no es una hipótesis sino una realidad que absorbe la atención de todos los pueblos… La consigna para nuestra juventud es categórica; prepararse mediante el adiestramiento adecuado para cumplir su misión en nuestra era". No le entendieron su lenguaje. Se dio el 23 de enero y ya en el mes de febrero del año 1958, Fernández Morán y su familia abandonarían el país, “entre los insultos de un pueblo que no sabía de su valor y la envidia de loe que si saben”, escribiría Jiménez Maggiolo recordando aquel triste momento.

El 23 de enero del año 1958, estábamos cursando el segundo año de Medicina, cuando cayó Pérez Jiménez. Ante el alborozo de la naciente democracia, volví a escuchar a mi padre en su firme y acongojada defensa de nuestro joven sabio. Le habían endilgado, por culpa de la malhadada política, el remoquete de "El Brujo de Pipe". Se había visto obligado a abandonar el país y se decían horrores de él. Defendía simultáneamente mi padre a un tisiólogo discípulo del doctor Baldó, el doctor Pedro Iturbe, quien había acabado con la tuberculosis que diezmaba a nuestros indígenas guajiros, pero en aquellos días era perseguido también pues le acusaban de perezjimenista y de loco. Ambos personajes eran perseguidos políticos, su reputación estaba en boca de todos por el pecado de haber cosechado éxitos en sus labores en ciencia y medicina, durante la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez

Humberto Fernández Morán llegó a los Estados Unidos e ingresaría como Biofísico y Profesor Asociado en Neurología en el Servicio de Neurocirugía del Hospital General Massachussets y pronto sería nombrado Investigador Asociado y profesor Asociado de la Cátedra de Neuropatología de la Universidad de Harvard. En el MIT (Massachussets Institute of Technology) organizó los Laboratorio Mixter para Microscopía Electrónica y con el Profesor Green de la Universidad de Wisconsin comenzó sus trabajos de investigación sobre las mitocondrias los cuales terminarían con el descubrimiento de las partículas elementales en sus crestas, un hallazgo para la humanidad. 

Años más tarde, en 1963, Fernández Morán seguía viviendo en el exilio, y brillaba en la Universidad de Chicago como una estrella rutilante en sus Laboratorio de Microscopía Electrónica ubicados en el instituto que llevaba el nombre del fallecido sabio y premio Nobel de Física, Enrico Fermi. En esa época, julio de 1963, me tocó graduarme de médico-cirujano. El doctor Pedro Iturbe no aceptó ser el padrino de nuestra promoción de médicos del 63, pero nos pidió que llevásemos el nombre de su más querida institución, el Sanatorio Antituberculoso de Maracaibo. Éramos ahijados de la promoción del doctor Iturbe y nos tocó escuchar muchas veces sus enseñanzas sobre la labor social del médico y los comentarios sobre su admiración y amistad con nuestro lejano sabio zuliano, el doctor Fernández Morán. Como mi compañero de promoción, Alfonso Ávila, yo había decidido estudiar las causas y las consecuencias de las enfermedades a través de la Anatomía Patológica.  

En ese entonces, quería creer que podía dedicarme a hacer investigación científica, como los jóvenes que rodeaban a Américo Negrette en la Universidad del Zulia. Américo era profesor de Semiología del Sistema Nervioso y cuando era médico rural había denunciado epidemias de encefalitis y había señalado un foco de Corea de Huntington en la región zuliana, por lo que se había transformado en un individuo problema para los jerarcas de la Sanidad. Negrette fundó un Centro de Investigación y una revista, Investigación Clínica que es todavía la publicación médico-científica más antigua e importante del país. Luchó contra viento y marea, y contra el fuego (una vez le incendiaron casi todos sus laboratorios), y creó el Instituto de Investigaciones Clínicas, que hoy lleva su nombre. Así se inició la microscopía electrónica en la misma ciudad donde años antes, el año 1924, naciera Humberto Fernández Morán.

En 1964, Fernández Morán era Profesor de Biofísica en la Universidad de Chicago y estaba desarrollando microscopios electrónicos de alta resolución con lentes fabricados con metales superconductores usando temperaturas ultrabajas. Mientras, yo hacía mi entrenamiento en Patología en la Universidad de Wisconsin, donde el hospital universitario estaba al lado del Mac Ardle Cancer Resarch Center, que comenzaba a desarrollar la investigación sobre la quimioterapia antineoplásica. Sus investigadores iban a las reuniones de nuestro Departamento y nos acostumbramos a escuchar a Pitot, Hartman, o a Temin quien años después recibiera el Premio Nóbel de Medicina por descubrir los retrovirus. Aprendería neuropatología con Gabreille ZuRhein y Sam Chao, dos neuropatólogos que con el microscopio electrónico habían descubierto el virus de la Leucoencefalopatía Multifocal Progresiva (PML) y examinaban el misterio de las encefalitis. Durante aquella etapa de aprendizaje de patología y microscopía electrónica, mantuve una correspondencia escrita con el doctor Iturbe, y una noche, él me sorprendió por teléfono con la proposición de que regresara a trabajar en su Sanatorio Antituberculoso, pues iba a conseguir un microscopio electrónico, a través de una donación. Me pidió entonces el doctor Iturbe, que me acercase a la vecina ciudad de Chicago para visitar al doctor Fernández Morán e intentar en mi visita, crear vínculos para lograr su asesoramiento en lo referente a la instalación y el funcionamiento de futuro microscopio electrónico en Venezuela.

En la primavera del año 1967, todavía había montañas de nieve y hielo cuando viajé desde Madison a Chicago en compañía de Narciso Hernández, mi compadre estudiante de Ciencias Económicas, evidentemente maracucho. De la entrevista que duró un día entero, mientras admirábamos los increíbles laboratorios con potentes microscopios electrónicos flotando entre nubes de nitrógeno líquido, mi compadre y yo, quedamos admirados por todo cuanto vimos en el Instituto Fermi de la Universidad de Chicago. Nuestro sabio ya estaba comenzando a trabajar para la NASA en la conquista del espacio extraterrestre. De aquella entrevista y de cuanto conversamos con nuestro famoso coterráneo, quien nos dispensó especial atención con gran sencillez y deferencia, guardo imperecederos recuerdos. Allí escuche por vez primera, hablar de "la entropía tropical", expresión de nuestro genial sabio para la desorganización que nos caracteriza. Con amable paciencia, Humberto Fernández Morán nos habló de la Segunda Ley de la Termodinámica y de cómo era necesario luchar contra la entropía, esa tendencia a la desorganización de los sistemas que pareciera incrementarse en las latitudes del trópico. 

He continuado repitiendo sus ideas que coincidían y reforzaban los planteamientos de Pedro Iturbe. ¡Cuánto hay que luchar para que las cosas más sencillas no se transformen en los mayores obstáculos en nuestro medio! Este era un tema recurrente del doctor Iturbe, y cito a Negrette en ese mismo sentido: "Hay peleas que hay que darlas aunque se pierdan, no siempre se puede ganar, pero se lucha y hay que convencerse de que mientras más ardua es la lucha, más meritorio es el triunfo". Bien nos decía Pedro Iturbe que: "En nuestro medio, en necesario soñar mucho, para lograr, tan solo, algunas cosas."

Para aquel entonces, el mundo estaba dividido en dos grandes bloques que parecían irreconciliables, el este y el oeste. Consciente de las tensiones de la guerra fría, nuestro sabio nos expresó en nuestra visita sus temores sobre el poder letal de la energía atómica. Nos habló de cómo años antes, opuestos al Proyecto Manhattan habían estado Einstein y Oppenheimer, quienes también estaban preocupados, pues conocía los peligros que asechaban a la humanidad por el manejo imprudente o ambicioso del átomo en manos de los políticos o de los militares. De todas estas cosas y más, conversó ese día con nosotros, quienes escuchamos sus conceptos sobre las emergentes naciones del Asia, sobre Mao y los millones de chinos y sobre el futuro de la humanidad ante las posibilidades de desarrollo de la ciencia en la carrera espacial. Con pesar, tocamos el tema de su paraíso perdido entre las neblinosas montañas plenas de eucaliptos en los Altos de Pipe, y como afloró su esperanzado deseo de poder servirle a su patria, nuevamente, de poder de alguna manera regresar a su tierra.  El 14 de julio de ese mismo año 1967, Fernández Morán cumpliría seis años como Profesor de la Universidad de Chicago y recibiría el Premio John Scott por su invento, el cuchillo de diamante. Este galardón tan solo había sido otorgado antes a Tomás Alva Edison, Maria Curie, Edward Salk, Thomas Fleming y John Gibbon. Era un reconocimiento universal al genial venezolano quien todavía tenía que vivir en el exilio.

En 1968, el mismo año que regresé a Venezuela, Fernández Morán también volvería a su patria. Durante los meses de junio y julio dictó algunas conferencias en Caracas, en la Academia de Medicina del Zulia, en Mérida, San Cristóbal, Coro y en Cumaná. Desde ese año daría inicio Fernández Morán a una prédica in vivo, con la intención de convencer al país de la necesidad de crear un Complejo Politécnico de avanzada para la formación científica y tecnológica de nuestros jóvenes. A finales de ese año, como una dependencia del Servicio de Patología, instalamos el microscopio electrónico en el Sanatorio Antituberculoso de Maracaibo. Tres años después, en 1971, el sabio visitaría el Laboratorio de Microscopía Electrónica de su amigo Pedro Iturbe. Ya habíamos hecho el Primer Simposio Venezolano de Patología Ultraestructural y, en el marco del VIII Congreso Latinoamericano de Patología, que se dio en el hotel del Lago en Maracaibo, habíamos dictado cursos, presentado y publicado trabajos sobre la rabia, la encefalitis equina, las amibas, tricomonas, el cáncer del cuello uterino, sobre patología tumoral y demás. El interés de nuestro sabio por todos estos temas fue grande, como fue también la complacencia del doctor Iturbe. En el curso de esta visita del año 1971, Fernández Morán también estuvo en San Cristóbal y en Valera, donde dictó una charla titulada "Las oportunidades y retos de la Ciencia y la Tecnología", en la que insistiría en sus sueños y lo haría señalando como durante 18 años había tratado por todos los medios a su alcance de interesar al Gobierno Nacional en proyectos de interés Científico y Tecnológico, sin obtener ninguna respuesta.

En esos días escribió: "…Soy un misionero y un solitario en mi propia tierra, como lo fue Miranda y como lo fue Bolívar... ...Persistiré en mi firme empeño de cumplir callado mi misión, como investigador científico y educador, ocultando con la jovialidad de Sancho mi tristeza neta de Quijote". Un hombre con su capacidad intelectual, quizás presentía que los molinos de viento eran más reales que aquellos de Alonso Quijano. Yo tuve la suerte de poder trabajar durante casi 40 años en nuestro país haciendo investigación en el área de patología ultraestructural y esa circunstancia me llevó a vivir situaciones que me acercaron y se cruzaron con la vida de nuestro genial científico. Me tocó percibir muy de cerca sus esfuerzos para llevar adelante el sueño de regresar y hacer investigación y de formar gente joven en su patria y especialmente en la región occidental del país. La amnesia política, es y siempre ha sido, una característica relevante del pueblo venezolano. No obstante, ella no se manifestó en el caso de Fernández Morán y, ciertamente, esto no puede verse como un hecho fortuito. Durante su triunfante y productivo exilio, pudiese haberse creado una matriz de opinión favorable en Venezuela, debería haberse dado esta situación en los años de la opulenta y petróleo-dependiente Venezuela Saudita. Desgraciadamente, esto no ocurrió. En medio del vórtice de aquellos años de consumismo desquiciante y falsos valores, le vimos acercarse, avanzar y retroceder, ir y volver para desencantado intentar de nuevo otra aproximación en sus esfuerzos por regresar a la patria y ser escuchado como científico por sus compatriotas. Innumerables obstáculos, culpas por omisión y deleznables mezquindades, muchas de ellas germinadas en la oscuridad y a sotto-voce desde el alma de muchos, algunos quienes eran sus herederos directos, descendientes de su primer gran proyecto científico, el Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales (IVNIC…

El sabio generoso, quien le donara al IVIC y al país la patente para la comercialización mundial de su primer gran invento, el cuchillo de diamante, volvió reiteradamente para vivir la desesperanzadora angustia de las promesas fallidas, los proyectos que no cuajaban, los compromisos incumplidos. Así, sus sueños se fueron tornando en pesadilla y con un curso tórpido. El Ulises luchador parecía condenado a no poder llegar nunca a Itaca mientras su vida se le iba deshilachando, hilo a hilo hasta el final. Cualquiera que haya intentado en nuestro medio, dedicarse por entero a la investigación científica, seria y productiva, sabe que este, el de Humberto como el de Rafael Rangel, ha sido el fatal desideratum de los científicos soñadores en nuestro entrópico paraíso tropical.

Final de la segunda parte, continúa y finaliza mañana sábado 15 en ¡Fernández Morán! (3)
Maracaibo, viernes 14  de febrero, 2020

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