domingo, 9 de febrero de 2020

El Zorzal (2)


El Zorzal (2)

Es el tiempo que no volverá y la bola del mundo gira, o yira y solo te queda el parloteo de las estrellas, si, te basta con parpadear y ya lo tenéis allí, lo que vos queráis, la mirada aquella, la boquita y el cabello rizado, recién lavado, es que chico, yo la vi tan de cerca, estaban tan juntos... Te queda el recuerdo, ¿y que más queréis?, cuando tengáis mi edad veréis cuanto vais a depender de ellos. Convencete de que el tiempo viejo, no vuelve. A mi afortunadamente me resulta fácil recordar. Yo prolongué aquellos segundos en años de una búsqueda infructuosa, revivir la ilusión permanente de tropezarme otra vez con su mirada.

Es fácil, para mí, es sencillo regresar a los días de la llegada del vapor "Libertador"... El catirito, brillando bien arrecho sobre nuestras cabezas, la gente se arremolinaba desde temprano, habían llegado a pie, en mulas, en el tranvía, todos en el malecón, ¡qué mollejero!, como cientocincuentamil personas por lo menos, peor que una procesión por la calle derecha. Todavía no era el mediodía cuando se vio movimiento allá arriba y vos hubieras visto el jaibero que se prendió entre la gente cuando apareció en la barandilla del vapor, sonriente, de casimir gris, con su sombrero de lado y la gente no hacía más que aplaudir y chiflar, entonces saludó con la mano y poco a poco comenzó a bajar por la escalera. ¡Bértica hermano que rebullicio!

Nosotros nos habíamos acercado tanto que casi lo hubiéramos podido tocar, pero llegó como una ola de esa marea humana, cuando ya el tipo casi pisaba tierra, el empellón del negro Charleston nos sentó a Majarete y a mí en el suelo y después nos pisotearon. ¡Pero que nos iba a importar!  De allí, salimos esmachetaos, logramos adelantarnos al hormiguero humano y fuimos a dar frente a la Curazao Trading. En medio de la calle estaba el ring de boxeo y allí entre una sola arrempujadera y pisotones nos situamos en una de las esquinas. Nos sentíamos como si fuéramos los second del morocho y desde allí, apretujaítos, sudando como unos cocíos, lo vimos subir a la lona y la gente gritando y pidiéndole canciones. Que si, cántame ésta, que si esta otra, vai cantá este tanguito, el otro, vos sabéis…

Ya encaramao, el morocho se arreguindó del micrófono, que era un bicho de esos grandes plateado, él sonriendo, como si la multitud que hervía a su alrededor no tuviera nada que hacer con él y comenzó a cantar... La gente enmudeció y él se mandó de un solo tarrayazo tres tangos de esos bien conocidos. Vos tendrías que haberlo vivido para creerlo. Después entre el vainero de los gritos y los aplausos, casi lo sacan en hombros. Nosotros nos fuimos con la corriente hasta la plaza Bolívar. El río humano reverberaba. Sonaba todavía en mis oídos la musiquita de una de aquellas canciones, muñequitas perfumadas, con sus boquitas pintadas, Mary, Julie, chicas de Nueva York y nosotros las habíamos conocido a Nelly y a Julie, ¿te podéis imaginar chico?, salidas de su propia boca, bajo el ala de su sombrero, casi debajo de él mismo, en aquel ring de boxeo, brillante su sonrisa con el sol y nosotros en ese jaibero entre cuerdas y los cables del micrófono...

Llegamos en medio del río humano hirviente hasta la emisora Ecos del Caribe y esperamos fuera, en medio de la calle, los entrevistaba un perifoneador que se llamaba Luis García Nebot, eso nos dijeron y allí fue donde oímos la noticia. El sábado del debut, la emisora pondría altoparlantes hacia la plaza y en la calle íbamos a poder oír todo lo que ocurriera en el teatro Baralt. La entrada al teatro era sólo dos bolívares, bastante, pero uno como muchacho no tenía ni esperanzas de colearse, por eso la noticia nos abrió una nueva expectativa y la cuerdita hicimos planes para esperar hasta el sábado. Ese día, el gentío comenzó a llegar desde temprano, se llenaron las calles y la plaza y ya era casi de noche cuando apareció el automóvil del Presidente Pérez Soto.

Antes de entrar al teatro, no más estaba descendiendo del carro cuando saludó a la gente y todos los aplaudimos con furor. Esperamos un rato... De pronto comenzamos a oírlo. "Cuesta abajo", "Mano a mano", "Mi Buenos Aires querido", "La Cumparsita", "Por una cabeza", todas las que tenían que ser... ¿Qué más queréis que te cuente entonces? Así fue y nosotros unos carajitos vivimos unos días de delirio, gozamos una y parte de la otra. Con Majarete y Cachafloja yo lo volví a ver frente al Metro y desde afuera lo oímos otra vez en la calle del vecindario del Odeón, le oímos todas las canciones que ya nos sabíamos. En uno de los últimos días de su gira nos fuimos una tarde, cargados de mamones y cotoperices que acabábamos de bajar de las matas a que el padrino de Leche Fría, andábamos la cuerdita completa, nos sentamos en la acera frente al hotel Granada y allí nos dedicamos a pelar ese pepero.
 
El Granada nos quedaba cerca, porque de la carretera Unión a nuestras casas en los Valles Fríos era solo un brinco de dos cañadas. Entonces le montamos una cacería, comiendo mamones. Al fin lo vimos llegar, en un coche descapotado, venía con aquella jovencita, no era una mujer de mundo, un instante después nos tocó verlos muy de cerca... Era una tierna maracuchita de ojos negros, muy grandes, boca pequeñita, cabellera de negros crespos, recién lavada, envueltos los dos en un aura de flores, descendieron de la máquina, todo fue tan breve, en ese momento, no recuerdo lo que pensé, uno no se imagina las cosas cuando las ve, creo que nos pareció como una representación teatral, el bacán que la acamala, dentro del hotel estarían los cafishos milongueros, hasta no sé si pensamos en su buena suerte. A mí, con todo y la pila de años que han pasado no se me olvida la mirada de la pebetica criolla, la busqué durante meses y luego en todo el curso de mi vida, chiquilla de mi barrio, estaba seguro de que podría encontrarla, sus ojos, su sonrisa velada, cual si hubiera sido una aparición irreal, aquella criatura primorosa, casi niña, descendió del automóvil ante la sonrisa de Carlitos y el asombro nuestro y desapareció para no volver.

Recuerdo que nos miramos, primero Majarete y yo, el Perico y Bolaequeso sonrieron cómplices. Leche fría se molestó cuando el Perico le dijo, creo que le dijo, ar coño creí que era tu hermanita Zulima... Todos nos levantamos como si nos hubieran dado una orden y cogimos la ruta de la cañada que baja del Granada hacia los Valles Fríos, atrás quedaron las pepas de mamón y un conchero verde. Entre los cujíes, bajando hacia la casa, el Perico me detuvo y trató de convencerme para que regresáramos y los viéramos otra vez, cuando salieran del hotel. Yo no acepté. Sentía que algo me había golpeado bajo y no sabía si era un asunto de mi amor propio. No quise volver. No nos pudimos reunir más. Parecía como si se nos hubiese cortado la inspiración y ni siquiera fuimos al malecón al final de Bella Vista cerca del manicomio, no estuvimos presentes el día que despegó el hidroavión con el zorzal. Se nos fue. Así que vos veis, yo nací detrás de San Juan de Dios y me pasé la vida oyéndolo y cantando con él pero creeme lo que te digo, hasta hoy, nadie supo de la jaiba que le echó a este carajito, hace más años que el siruyo y por culpa de Charles Rumualdo, aquella pebetica marabina, de ojos grandes y negros, de boquita pequeña y cabellera negra, llena de crespos recién lavados, esa es la pura verdad.
Fin

Maracaibo domingo 9 de febrero del año 2020



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