jueves, 26 de marzo de 2026

Recuerdos de un taller…


Durante un par de años en la década de los años 90 del pasado siglo XX, tuve la suerte de estar asistiendo a uno de los Talleres de Narrativa del CONAC que era dirigido por Eduardo Liendo. Aprendí muchas cosas que debe ser crucial en el oficio de escribir, el poder hacerlo desde el fondo de cada quien; lograrlo desnudando el alma, sin afanes de pedagogía, sin ideales políticos, sin proclamas reformistas, sin ser rebasado por lo sociológico o por los propios conflictos.

Esto en ocasiones puede ser difícil, y complejo, porque además de las vivencias de cada quien, existe lo que cada escritor haya ido incorporando a su intelecto como lector de muchos autores y el escritor es un testigo de su tiempo, y aunque bucee investigando en otras épocas, y Liendo citando a Federico Amiel, nos decía… Resulta que todos no somos más que “copia de copias reflejo de reflejos”.

Por ello, el escritor debe evitar el transformarse en exégeta de admirados literatos, pues un autor puede ser muchos autores a la vez, y cada cual debe buscar su estilo, que vendrá dado por el tono y el ritmo de las palabras. El uso polifónico del lenguaje como instrumento, es desde los tiempos de Don Alonso Quijano creado por Miguel de Cervantes, un hermoso proceso que se produce en la mente del escritor y que se plasma en palabras, mientras él trata de reinventar realidades sobre la vida misma.

Bien lo dijo Kundera al afirmar “ el novelista solo tiene que rendir cuentas a Cervantes” . Por otra parte, parafraseando a Oswaldo Trejo, es importante señalar que “lo menos que se le puede pedir a un escritor es que escriba bien”. Evidentemente hay que cuidar la ortografía, la sintaxis y la prosodia. El estilo de cada quien puede ser hiperbólico como el barroco, puede ser desmesurado, como los textos de Lezama Lima o de Sarduy,  puede ser de una erudición apabullante cual Palinuro de Fernando del Paso, o como a veces lo hacia Denzil Romero, pero en ocasiones, más importante que una copiosa erudición, quizás tan densa como la de Terra Nostra de Fuentes, puede resultar la economía de los medios de expresión, y en ella justamente residie el secreto de la difícil sencillez que nos legara Tolstoi, o la diáfana claridad de Borges quien sin circunloquios verbales siempre nos demostró que no es lo mismo ser simple que sencillo.

Un lenguaje críptico, con frecuencia entorpece la lectura, por ello, el lenguaje debe ser claro y preciso. Al escribir, cuan problemático puede en ocasiones ser lo obvio, y resulta impresionante ver como los lugares comunes pueden degradar considerablemente un texto literario, no obstante, pueden ser usados como muletillas por el autor o buscando exagerar situaciones. Los riesgos que se corren al escribir, son numerosos y como le escuchara comentar a Eduardo Liendo, puede citarse a Santa Teresa como ejemplo, por aquello que, “de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno” .

Nuevamente, me atrevo, y citaré unas frases sobre el oficio de escribir, puestas en boca de una joven, personaje de mi novela Escribir en la Habana. Para escribir yo no quisiera plagiar la realidad, esa está en la prensa... Yo no escribiré para relatar mis vivencias, una debe escribir para inventar la vida” . Fin de la cita.   Ednodio Quintero, ha descrito al novelista como un investigador que se asoma a los pasadizos del túnel de la novela, armado con la linterna del lenguaje, y José Napoleón Oropeza también ha señalado que:La grandeza de un creador está en su poder de sugerencia, en su inventiva y en ese don de convencer al lector de que aquello que está presenciando es pavorosamente real” . 

Por todas estas cosas, la novela es un género híbrido que permite, el mayor grado de aproximaciones; es una especie de arte de imprecisas fronteras, el cual curiosamente al poseer esa capacidad inquisitorial, y dada su sorprendente plasticidad, resulta ser muy vulnerable estando expuesto a los ataques de muchos aspirantes imbuidos de fanatismo religioso, de absolutismo político, y de positivismo científico.  Para Ednodio Quintero “La novela no es el lugar apropiado para la prédica, ni púlpito, ni Cátedra, ni tarima, es un espacio abierto, desolado tal vez, abismo a la intemperie, donde el escritor acompañado de su cómplice, puede desplazar los múltiples registros de su voz, donde le es permitido expresar su ansia por reconocer lo que aún le resta de humano, donde acepta, al fin, su parentesco con los dioses mortales, con el agua que corre y con el polvo estelar” .

Una cosa es muy cierta. Para escribir bien hay que leer bien, y puedo decirlo citando un párrafo de Escribir en la Habana, donde uno de sus personajes decía: “Leer siempre es difícil, es complejo, leer un libro es más complicado que leer un periódico... Un libro puede leerse dos o más veces, la literatura es para releerla... Lo que cada quien encuentre en los libros, depende más del lector que del autor, sobre todo del lector que sea capaz de releer”.  Una pregunta que la gente a menudo se hace, es: ¿Para quién se escribe? ¿A quién va dirigida la obra escrita? ¿Una novela se escribe pensando en quienes la van a leer?

Muchos escritores dicen escribir para ellos mismos y eso en países como el nuestro debería ser la regla, puesto que los sistemas de divulgación o de comercialización de la literatura no son muy eficientes. Publicar una obra literaria en Venezuela es toda una proeza donde hay que luchar contra roscas, compadrazgos, tercos editores, y debe uno transarse con libreros que parecieran ser usureros, donde ni ganándose un premio de literatura, el escritor sin palancas tiene oportunidades de publicar; en estos avatares, y lo digo con experiencia, el nuestro, sigue siendo el propio país de las reputaciones consagradas. Esto es cierto y lo demuestra el hecho de que todos los escritores venezolanos tienen que ejercer otro oficio para poder sobrevivir. En la tierra de Bello y de Baralt da tristeza, pero es la verdad, lo cual no debe ofender a nadie, ya que es un hecho consumado.

Escribir para uno mismo es frecuentemente un producto obligado de las circunstancias. Ya lo decía Guillermo Meneses en uno de sus ensayos El hecho de ser escritor, “...No significa que el escritor tenga que ser necesariamente un explicador, ni un maestro, como tampoco lo contrario, un hermético fabricante de fórmulas ininteligibles; cuando alguien escribe, necesariamente desea comunicar su experiencia, su razonar, su comprender . Fin de la cita. Debo decir también que Meneses opinaba que en ese intento, el escritor siempre se compromete. En Venezuela existen una serie de personajes que se han destacado por lo inquisitivo de su pluma, o luchadores contra las dictaduras quienes plasmaron en libros sus guerras, no obstante, pareciera que el compromiso de nuestros escritores con sus ideales no ha sido excepcional y nuestra literatura ha sido bastante pacata. Sobre esto la referencia obligada se puede remontar al escándalo del Inquieto Anacobero, de Garmendia, o de las noveletas de Argenis Rodríguez, sin comentar la onda de narrativa erótica, de Rubén Monasterios, aunque lamentablemente sea de cuestionable valor literario.

¿Por qué se escribe? ¿Para que? Si además es cierto que, para algunos escritores, quienes se toman el asunto en serio, como un verdadero oficio, y buscan el perfeccionamiento de sus textos, escribir es un trabajo arduo, pésimamente remunerado, y difícil de dar a conocer en sus resultados... ¿Cuál es la idea que se persigue con escribir literatura como un oficio? ¿Existe acaso una sola respuesta a la interrogante de, por qué se escribe?  Carlos Noguera ha dicho que Se escribe porque no se puede no escribir. Se escribe para sustituir al mundo que nos ha tocado en suerte, y se escribe por juego y por goce. Y se escribe a la par por una inmersión inevitable en la muerte y por un insaciado anhelo de totalidad .  

Laura Antillano dijo una vez :“Lo que no entiendo de la vida, paso a entenderlo cuando lo escribo”. Hay quien ha propuesto que una de las razones de la creación literaria es el deseo de trascender y yo creo que esta aseveración tiene visos de verdad. Ya una vez creo que relaté como fue el temor a una enfermedad que me acercaría la hora de la muerte lo que me provocó el sentimiento de temer que mis vivencias personales de una época, terminasen en el olvido, y fueron esas las razones que me llevaron a dedicarme a escribir como oficio.

Julio Cortázar en 1947 señalaba la diferencia entre “el hombre que existe para escribir y el hombre que escribe para existir”. Quisiera concluir esta charla con unas palabras de mi amigo, el escritor Eduardo Liendo, a quien debo el saber una buena parte de lo que les he comentado hoy : “Lo que más me fascina de la literatura es la posibilidad de ser otro, de ser yo y múltiple. Ser zorro y pez, nube y cometa, héroe y ratero, espuma y roca, eco y silencio... El escritor, por muy desamparado que se encuentre, por suicida que sea, es el amante preferido de la existencia. Por eso quizás su mayor desafío es vencer a la muerte con el filo de la palabra”.

En Maracaibo, el jueves 26 de marzo del año 2026

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