domingo, 8 de septiembre de 2019

Otra vez, el Cine Francés


Otra vez, el Cine Francés 

El 16 de diciembre del 2015 publicaría en este blog (lapesteloca.blogspot.com) un artículo con este mismo título sobre el cine francés( https://bit.ly/2lGhXZa ), y como ayer sábado hablé de Atlantic City un filme que aunque norteamericano fue dirigido por Louis Malle (1932-1995), el director de Ascensor para el cadalso(1957), Los amantes(1958) y "Au revoir, les enfants" (1987), pensé que podría traer nuevamente el tema del cine francés que disfrutara en mis días de juventud en el cine Venecia, a una cuadra de mi casa.

¿Te acordáis de la época cuando jugábamos a Tarzán?, con la casa de tablas montada en lo alto del pino… Vos te tenéis que recordar que queríamos estar arriba todo el santo día y que ni siquiera queríamos bajar a comer. En lo alto del pino, Tarzán, Boy y Chita, columpiándose, como en el cine... Pero, creo que fue Con el Diablo en el cuerpo, sí, estoy casi seguro de que ese era el nombre de la película, “Le diable au corps”, cuando la vi en el “Venecia”, y desde ese instante, pienso,  creo, que comencé a querer al cine francés. Era un drama de comienzos de los años cuarenta, con una impecable actuación de Gèrard Philipe, en blanco y negro, la pantalla se veía la película cuadrada, parecía ridículamente chiquita al lado del telón cinemascópico; el director era Claude Autant-Lara y la actriz, una jovencita, Micheline Presle. Me acuerdo que me impresionó el drama y la fotografía. Unos días después nos tocó ver Rififí entre los hombres de Jules Dasin con el actor Jean Servais, y la secuencia del robo, todos en silencio, duraba casi media hora. Los automóviles lucían su trompa larga, los efectos del blanco y negro se afianzaban en la temática tajante, rápida, cruda pero llena de un sentido tan humano que me gustó. Era algo nuevo. Comencé a entender mejor cual era el sentido de aquel cine, en francés, a entender el francés y a percibir algo en esa cinematografía, que era diferente al cine gringo de los cincuenta. 

Así que poco a poco, fui tomándole el pulso y cada vez más y más, fui aficionándome al cine francés. Poco a poco supe de los actores, el nombre de los directores, que era importante; eran gente de quienes antes nunca había oído hablar, pero me impresionaba saber de Jean Renoir quien era un señor ya mayor, de Jan Luc Godard que era genial y saber que Rene Clement y Rene Clair eran dos Renés diferentes, Alan Resnais, Claude Chabrol, Francois Truffat y Louis Màlle. Moviéndose entre estos nombres estaban los personajes, inolvidables caracterizaciones, cada uno con su estilo tan particular, cada película para un papel brillantemente interpretado, Jean Gabin, Jean Pierre Aumont, Jean Marais, Jean Paul Belmondo y entre tantos Jeanes, pues Jeanne Moreau, ¡aquel gesto de su boca inolvidable!, ¿y los ojos rutilantes de Michele Morgan?

Veíamos juntos el cine, mis hermanos y mi primo, y cuando vimos El salario del miedo, con aquellos camiones cargados de nitroglicerina conducidos por Ives Montand y por otro actor de quien no me acuerdo el nombre, cruzando a través de polvorientas carreteras y de tremendos precipicios, entonces si me creyeron mis amigos que aquella cosa valía la pena, y me acompañaron a volverla a ver y así fue como todos, nos volvimos fanáticos del suspenso en el cine francés, y hasta acuñaríamos la frase, “final de cine francés” para todo aquello que resultase absurdo e imprevisto. Después vino la película famosa del director Cluzot. ¡El tipo se botó! Para todos no había película como Las diabólicas, y pasamos noches de terror porque después de la película no podíamos dormir pensando en la maldad de Simone Signoret y en la cara del hombre aquel sumergido en la bañera, cuando abría los ojos. ¡Coño! Esos ojos no nos dejaban conciliar el sueño, pero después, nos atrevíamos y  volvíamos a verla, regresábamos al Venecia para de nuevo sentir el suspenso del cine francés. Aquello era el non plus ultra, o mejor como aprendimos a decir cosas con el lenguaje de las películas, era ¡la cream de la merde! I todo por una bagatela, un cine fantástico que solo se podía ver desde las sillas del Venecia, bajo las estrellas marabinas.

¿Te acordáis de lo que llamábamos nosotros, los juegos peligrosos?, con ese nombre de película francesa, "Les jeux interdits", lo utilizaríamos en nuestros juegos, cuando decíamos “se arriesgan la vida solo por complacer al público”, y lo usábamos todo el tiempo, desde que comenzaban los ensayos y en medio de la función. Hacíamos en los columpios de trapecistas, de equilibristas y éramos bastante buenos en la cuerda floja, aprendimos a caminar por los cordeles como monos, y en el trapecio volábamos y en las argollas nos descoyuntábamos y en la barra fija girábamos sin parar, sin secretos para ninguno, dábamos vueltas para salir por el aire y caer siempre de pie. 

Por casualidad. ¿Vos te acordaréis, de la mirada de María Schell? Vos tal vez no, pero yo sí. ¡Chico, es que era tan dulce la expresión en aquellos ojos claros! La película era en blanco y negro, cuando ella hacía el papel de la cojita, "Gervaise", en una hermosa película de Renè Clement, era como ver todo lo descrito por Zolá en una paleta impresionista y lo más impresionante era que a pesar del blanco y negro, las lavanderas tenían más colores que las de Degas y el vapor en el ambiente brillaba girando como el humo en la estación de San Lázaro de Monet, y las callecitas, y los bajos fondos de Paris, parecían pintados por Camile Pissaro, y no importaba para nada la sordidez de las escenas de Casque d´or ante la joven y suculenta Simone Signoret, o la pobreza bajo techos y chimeneas de oscuras buhardillas donde se desarrollaban los grandes dramas de amor, como la tragedia del mismo Zolá, la impresionante Teresa Raquin, con Raf Vallone y también con Simone Signoret, dramáticamente humana, terriblemente real, allá, con un puñado de estrellas titilando sobre nosotros, bajo el cielo del Venecia.

Siempre recalábamos en nuestro  cine Venecia, el de la cañada atrás, y el último paga y, ¿quién yo?, nojó, yo no los conozco, y a correr tocan, a esmachetarse, dispérsense, a esmondingarse que van a prender las luces, y a escaparse saltando por la ventanita del baño… El “Venecia” fue el de la nouvelle vague y del neorrealismo italiano, el Venecia que nos presentó a Fernadel, y a Totó y al increíble Fanfán La Tulipe, el simpático espadachín para imitarlo luego… ¡En guardia! Siempre bajo las estrellas, en las calurosas noches marabinas.

El original ha sido modificado de CINEMATECA II “La Entropía Tropical”, Novela publicada por Ediluz Edits, Maracaibo, Venezuela, 2003

Mississauga, Ontario, domingo 8 de septiembre del 2019

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