sábado, 14 de septiembre de 2019

Historia Sagrada


Historia Sagrada

Las láminas estaban dibujadas cuidadosamente e iluminadas por colores intensos. Aquel rollo de papel brillante era interminable y lo hacían girar las dos monjitas con una lentitud exasperante. Ellas nos iban mostrando la tentación de Adán y Eva, siempre desnudos pero ocultos detrás de unas ramas con grandes hojas. Vuelta y vuelta y en el tronco nudoso del árbol gigantesco estaba allí presente la serpiente, gruesa, negra, con vetas amarillas y los ojitos rojos, muy brillantes, con destellos de fuego.

Vuelta y vuelta, se enrollaba la culebra aquella en la mata y luego, aparecía Adán con la manzana. Después daba una nueva vuelta, venía mordiéndola, roja y turgente y ese mordisco al instante provocaba los comentarios de la Madre Superiora, sus serias advertencias sobre el terrible pecado de la desobediencia. Luego giraba el rollo nuevamente y venía el ángel con sus alas rosadas y plumosas, tenía una espada de fuego en la diestra y vuelta y vuelta, les señalaba el camino de salida del Paraíso.

Era algo impresionante, el entender con una claridad pasmosa, a los cinco años, lo terrible del pecado de la desobediencia. Tan solo un par de días después, pletórico de incontenible energía, brincaba sobre los pupitres y de inmediato, la sobrecogedora sensación aquella, como una cachetada, tan solo provocada por el huesudo y largo dedo de la Madre Superiora señalando mi frente, recordándome el pecado de Adán y la serpiente. Si, la desobediencia es cosa mala, pero, ¿que iba yo a hacerle?

Transcurrirían los días y otra vez un arrebato de energía, alegría rebosante, genuina furia, incontrolable, arremetiendo contra mi paliducho compañero de pupitre, él con sus siete años, se atrevió, ¡que osadía!, a quitarme mi lápiz. Después del empujón y al verlo allí tirado, patas arriba, debajo de las sillas, berreando como un chivo, nuevamente sonreí triunfante, un instante después el huesudo dedo de marfil me señalaba. ¡Qué mala es la desobediencia! Otra vez, era muy necesario un escarmiento.

Entonces fui conducido a rastras hasta el cuarto oscuro, el foso bajo el escenario, entre máscaras, escobas y cientos de misteriosos harapos y rastrojos, allí quedé, tumbado. Podía, sin duda, presentir el caminar de las arañas, el riquichiqui de las cucarachas, ruñentes incisivos de las ratas, siseo de víboras reptando, y con seguridad se acercarían gordotas y peludas las tarántulas. El forcejeo fue grande, con gritos y cientos de patadas para llorar al fin ya sin remedio, entre tantos fantasmas, con el horror de poseer aquel estigma, estaba señalado por ser un niño malo.

En la penumbra repleta de medrosas sombras, respirando el aliento de brujas verrugosas, yo acurrucado, ¡niño desobediente!, y asimilar la situación, exactamente como les ocurriera a Adán y a Eva. La espada fue aquel huesudo dedo que me expulsó a la oscuridad. Arriba los telones coloreados, abajo yo, en el escenario, en un teatro que rebosaba cachivaches, en mis cinco años lloré enfrentando espectros y fieras alimañas, muecas grotescas me hacían entre las sombras algunos diablos. ¿Minutos u horas? ¿Quién podría adivinarlo? Duró hasta que el Colegio entero no pudo soportar mis alaridos. Después, con el fluir del chorro de la vida, pasaron unos días y yo sobreviví. 

Volvió a girar el rollo, y me gustó bastante saber cómo era el mundo antes del diluvio, ver a Noé con su gran barba, siempre risueño, rodeado de animales, y llovía a cántaros y era como cuando nos quedábamos en la casa, sin que valieran los conjuros a San Isidro Labrador, vencido por La Virgen de la Cueva. Cuando escampaba, y nos obligaban a regresar a la escuela, en el rollo se nos aparecía Caín con la quijada de burro en una mano. Vuelta y vuelta, las miradas de todos giraban convergiendo sobre mi pequeña humanidad. Había querido la maldita casualidad que el flacuchento, bobalicón y catirrucio idiota, a quién con los años bautizaríamos con el mote de Pavoahorcado, se llamara nada menos que Abel, el condenado!, y de nuevo a la carga, el pecado y la lección in vivo, allí, patente, un engendro del mal.
 
Era una sabandija más, y yo consideraba seriamente el asunto y le veía sentido al regresar a pie por las calles del centro, iba con mi hermano mayor, conducidos de vuelta a casa por un empleado del negocio de mi padre, Aponte era su apellido, larguilucho y desgalichado, me tomaba de su mano y yo me imaginaba rodeado de serpientes, se desprendían horrendos gárgolas desde el más alto campanario, el del convento, y desde la torre de Santa Lucía, de Santa Bárbara también, ellos bajaban, veloces, como flechas, con alas de murciélago, descendían rasantes, decididos estaban a enseñorearse en mí, tierna semilla de maldad.

Tal vez la culpa residía en aquel remolino en mi cabeza, verticilios de pelo entrecruzados en la coronilla, producto de la luna, o quizás de algún gnomo maléfico, uno de los lucífugos esbirros de Luzbel, o menos serio, puede que fuese algún diablillo de menor jerarquía, no necesariamente Lucifer, un diablito pequeño, mas no por eso ajeno a mis temores infantiles, tal vez un gnomo bien simpático, un habitante de los tupidos bosques, de esos plenos de zarzas que llegan hasta el foso de los castillos, hasta el límite del agua burbujeante donde cualquiera puede ver patas arriba reflejadas las torres y almenares, siempre cubiertas de espesa hiedra que asciende hasta los ventanales de la fortaleza, y tras las rocas negras, los dragones!, con sus siete cabezas, eternamente vigilantes…

¡Bien sabía yo que todo se debía al encantamiento de las hadas maléficas!, las brujas que te aturden al levantar su vuelo, chillando a carcajadas, cuando se van en sus escobillones sobre los techos de las casas, con sombrero picudo y sus medias de rayas, tan diferentes a las hadas madrinas, las buenas, transparentes. Parece ser que existen algunos dragones protectores, son como las iguanas, largos verdosos, con escamas y una barriguita prominente, lanzan su fuego sin calor de hoguera, ¡nunca como las llamas de aquel purgatorio!, al del rollo me refiero yo, ellos, los dragoncitos, si, emiten simples fogonazos y un breve eructo humeante de dragón buenazo, en ocasiones más chiflado que bonachón, deja salir una llamita fucsia, medio verdosa y ríe.

En el rollo, dándole vuelta y vuelta, siempre llegábamos, casi al final, afortunadamente, a las chisporroteantes escenas del colorido purgatorio. Girando se asomaban los hombres y las mujeres, retorcidos por un dolor terrible, todos llorando, mientras se iban quemando, consumiéndose en aquel candelero para purgar los pecados, ¡los de ellos y los de nosotros!, muy coloreados  todos en el rollo, cuadro tras cuadro, brillante el rollo vuelta y vuelta de la historia sagrada… ¿Temores serios?, sí señor, pocas veces a esa edad tan temprana se resuelve el asunto del génesis, y  a pesar de Goliat, y Sansón y Dalila, las preguntas acosan y preocupan, pero no hay problemas, sobre todo si se cumple el axioma, aquel que asevera que muchacho no es gente, casi nunca...

Puede que sí, en las noches, cuando la suave voz de mi madre me echaba cuentos, ¿o era Eloísa?, sí, creo que era ella, la jovencita de la crineja gruesa quien me cuidaba y me contaba sus mejores historias, los cuentos de su tierra, sobre espantos, y los aparecidos. Eló quien se extasiaba en las evocaciones de su niñez, preñada de recuerdos lejanos, entremezclados con las oscuras tradiciones de pueblitos andinos, con el nublado descendiendo, en tardes grises, lluviosas y muy frías, difuminadas en mi mente infantil, mientras Eló me murmuraba y yo le repetía, a veces mentalmente, con San Vicente mi pariente, él alante y yo atrás de él, estando yo con mi Dios, que me puede suceder.

Los ojitos de niño van rondando entre las sombras del cuarto, ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día y él allí, de pie, entre la cama y la pared, guárdame en tus alas... Pesa el cansancio y otro bostezo... Los párpados son de puro plomo y la mano se abre poco a poco y cae la pelota al suelo y se va rodando sobre el piso y ahora llegará todo, envuelto en la oscuridad de los sueños y afortunadamente se olvidará...

NOTA: este texto, que quizás ya antes lo publiqué en este blog (¿), es tomado de “Trípticos” mi libro todavía inédito con 36 relatos variados.

Mississauga, Ontario, el  sábado 14 de septiembre del 2019

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