El libro ‘El indio patologizado y glorificado: Representaciones del indígena andino en la medicina boliviana (1900-1950) fue escrito por Javier Andrés Claros Chavarría y publicado por la editorial El País. Esta obra fue presentada en la 30.ª Feria Internacional del Libro de La Paz (FIL La Paz, Bolivia) del 29 de julio al 9 de agosto de 2026. El libro examina la medicina científica en Bolivia, durante la primera mitad del siglo XX, y de cómo se construyeron imaginarios y discursos sobre el indígena andino en el contexto de la búsqueda de una "medicina nacional" de Bolivia, como una nación moderna.
Esta investigación, identifica dos grandes corrientes o representaciones en los textos científicos y médicos de la época: 1- El indio patologizado: bajo tonos racistas o higienistas, se representaba al indígena como un "otro enfermo" y vector o transmisor de enfermedades infecciosas (como la sífilis, la tuberculosis, la fiebre tifoidea o el tifus exantemático), convirtiéndolo en un peligro para la "raza", la "especie" y la salud de la nación lo cual justificaba la supresión de su cultura. 2- El indio glorificado: construía la imagen de un "otro" con una supuesta fortaleza biológica ancestral, una resistencia casi inmune y una armonía natural con el entorno del altiplano (la altura, el sol), diferenciándolo del cuerpo del hombre blanco o de el mestizo urbano.
El carácter exploratorio de este trabajo responde a la naturaleza misma del objeto de estudio y al estado actual de la historiografía, que permite abrir líneas de análisis y las interpretaciones aquí desarrolladas se sostienen en un corpus documental acotado y en una lectura situada, consciente de sus límites y de las omisiones que toda reconstrucción histórica implica. Corresponderá a futuras investigaciones ampliar, o incluso cuestionar estos hallazgos, incorporando nuevas fuentes, u otros actores o escalas comparativas más amplias. El recorrido propuesto aspira a ofrecer herramientas conceptuales e históricas que permitan al lector adentrarse en el texto con una mirada atenta a las complejidades del archivo médico y a los múltiples sentidos que adquirió el indígena andino en la construcción de la medicina moderna en Bolivia.
Cuando el coronavirus llegó a Bolivia, hubo grandes dudas y pánico que derivaron en racismo. Según algunos informes los indígenas denuncian no haber recibido atención porque el personal médico tenía miedo de contagiarse. Se los calificó de focos de infección por no acatar la cuarentena, ya que dependían de actividades presenciales. En el mismo periodo, en las comunidades también surgió el discurso de que el cuerpo andino resistía el virus por la dureza que desarrolló viviendo en elevadas alturas. Esta aparente contradicción de las narrativas no le sonó como nueva al sociólogo Javier Andrés Claros. Escudriñó en el archivo médico para comprobar que a la biomedicina siempre le interesó estudiar al indígena y que lo hizo desde dos perspectivas aparentemente opuestas: la patologización o la glorificación.

“Cuando surgen enfermedades desconocidas, nadie quiere hacerse cargo. La tendencia es buscar culpables en el otro. Se vio con el covid, la fiebre amarilla, la gripe española o el VIH”, declararía J.A. Claros a EL PAÍS. “Ese otro no siempre es el ideal moderno: suele ser el asiático, el indígena o el musulmán”. Las enfermedades infecciosas otorgaban al estudio el componente social del estigma alrededor de los infectados y sus comportamientos, por lo que puso su atención en la sífilis, tuberculosis, fiebre tifoidea y tifus exantemático. En lo temporal, delimitó la investigación —publicada en el libro El indio patologizado y glorificado: representaciones del indígena andino— a la primera mitad del siglo XX, desde 1900 hasta 1950.
En esa época, la producción de revistas médicas bolivianas se regularizó para intentar corporativizar una profesión que no gozaba del prestigio de hoy. “Si bien la bacteriología daba sus primeros pasos, todavía no se sabía cómo prevenir estas enfermedades o cuál era el tratamiento. Para entenderlas desde la localidad, las empiezan a vincular con la geografía y el cuerpo indígena”, explica Claros. Dos ideas parecen estar asentadas en todos los textos estudiados: que el cuerpo indígena andino es un tipo biológico singular en el que las enfermedades adquieren ciertas especificidades y que era perpetuador de prácticas antihigiénicas que ponían en riesgo la salud pública.
En las revistas médicas especializadas y boletines de ese entonces se incorporaron factores sociales y culturales a los estrictamente biológicos. Convergían así un racismo científico liberal, la herencia colonial y un indigenismo nacionalista. La infraestructura hospitalaria y el equipo técnico curativo eran precarios en Bolivia y se acentuaban aún más en las poblaciones originarias, que tenían limitado acceso a derechos. “Autores del periodo sostenían que los indígenas se encontraban en un estado de degeneración como resultado de siglos de opresión colonial, una condición concebida como patológica y que continuaba siendo reproducida por actores de poder local, como los terratenientes”. Así se lee en un pasaje del libro.

El prejuicio de los nativos como “primitivos” y “bárbaros” se extendía hasta la salud y las enfermedades y hasta llegó a plantearse la hipótesis,- en base a crónicas de la Conquista-, de que la sífilis se habría transmitido de la llama al indígena a través de relaciones coitales, como producto de estas prácticas. Fueron propuestas categorías o variantes de lsa enfermedades específicas de Bolivia, por suponer que el cuerpo del aimara y del quechua era más susceptible a las bacterias. Néstor Morales Villazón postuló la “tuberculosis indígena” y Félix Veintemillas, el “tifus exantemático altiplánico”.
El Dr Felix Veintemillas(1888-1952 presentó entre las décadas de 1930 y 1940 a la mujer indígena, por su rol de sirvienta, como el vehículo que trasladaba el tifus desde el campo a la población blanca. Consideraba a los nativos andinos como el “reservorio” de la enfermedad, del piojo transmisor, por prácticas que tildaba de insalubres. El galeno paceño se dedicó a recolectar muestras de sangre de indígenas para desarrollar sueros contra el tifus. No fue el único en impulsar una cura específica para los campesinos. Considerado el héroe contra la Peste Bubónica en 1928 cuando estalló una alarmante epidemia de peste bubónica en Vallegrande, el gobierno lo nombró Jefe de la Comisión Médica Sanitaria y Veintemillas no solo controló el brote en el terreno, sino que documentó todo rigurosamente en su célebre libro La Peste Bubónica en Bolivia (1936), una obra fundamental para la epidemiología nacional. Su investigación sobre el Tifus Altiplánico con profundos esfuerzos, su estudio del tifus exantemático y de las rickettsiasis en las regiones altas, fueron sus gestiones e investigaciones, Bolivia se convirtió en el primer país del mundo en aplicar con éxito el uso terapéutico de la cloromicetina. Veintemillas estuvo trabajando mano a mano en el Instituto de Bacteriología en La Paz y expandió su conocimiento hacia otras enfermedades tropicales y crónicas endémicas (como el mal de pinto, la leishmaniasis y la lepra). Además, fue cofundador y vicepresidente de la primera Sociedad de Cirugía en Bolivia. Su muerte en 1952 causó un profundo impacto en la comunidad científica americana. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) interrumpió sus sesiones oficiales en Washington para rendirle un minuto de silencio y emitir un voto de pésame formal al gobierno de Bolivia por la pérdida de un pilar de la sanidad continental.
El Dr.Néstor MoralesVillazón (1879-1957) fue un médico sumamente destacado, considerado el pionero indiscutible de la bacteriología y la microbiología en Bolivia, dedicó su vida a la investigación científica, la docencia y la salud pública boliviana y propuso una vacunoterapia que no solo incluía inyecciones de dosis, sino “corregir” las prácticas culturales que consideraba vectores de la fiebre tifoidea.
La racialización de las enfermedades no siempre fue patologizante. En la primera mitad del siglo XX, la biomedicina boliviana estudió el cuerpo andino como un tipo biológico singular con particularidades únicas debido al entorno en el que se desarrolló. Se argumentaba que, debido a factores como la altitud, enfermedades como la sífilis eran menos virulentas en Bolivia y que el indio ejemplificaba esta particularidad al mostrar una supuesta resistencia a las fases más avanzadas de la enfermedad. El mayor difusor de esta teoría fue el médico y geógrafo Jaime Mendoza, autor del libro El macizo boliviano (1935). En su ensayo sostiene que la geografía andina —la altitud, el clima, el aislamiento y las condiciones del territorio— moldearon históricamente a la población y a la propia Bolivia. Este concepto fue trasladado a la medicina. Mendoza encontró pocos casos de tuberculosis entre la población aimara. A su juicio, el indígena andino recibió desde tiempos ancestrales los beneficios de la altura y la luz solar, permitiendo que su organismo desarrollara una supuesta resistencia a las enfermedades virulentas.
Ya sea patologizándolo o glorificándolo, el discurso médico desde una mirada interdisciplinaria fue perdiendo fuerza hacia la mitad del siglo XX. Sin embargo, la vinculación que se hace de ciertas enfermedades con lo indígena ha permanecido. “Ambas representaciones, aunque opuestas, han dejado una huella persistente en la narrativa social y cultural de Bolivia, perpetuando dinámicas de racismo e idealización hacia los pueblos indígenas al congelarlos en estereotipos que limitan su complejidad, relacionándolos con una enfermedad”, dice el autor del libro.
La discriminación para recibir tratamiento contra el coronavirus es un ejemplo actual de la patologización del indígena, una investigación sobre el presunto “gen andino” lo es de la glorificación. La Universidad Mayor de San Andrés identificó que los pobladores andinos poseen un gen mutado que les permite una mejor adaptación a la altitud y los protege del mal de altura.
Maracaibo, jueves 29 de octubre del año 2026
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