martes, 6 de octubre de 2026

Del ejercicio literario (1)


Este muy largo artículo llenará los espacios del blog “lapesteloca” por unos días y corresponde a unas charlas que se empatan unas con otras y se remontarán al “discurso de clausura” de la Semana Zuliana de la Narrativa el 28 de junio, del año 2014. Sin más preámbulos y para unos días, aquí van estas reflexiones sobre el ejercicio literario.

Quiero agradecer al Movimiento Poético de Maracaibo por haberme ofrecido este inmerecido protagonismo, dentro del programa de la Semana Zuliana de la Narrativa. Igualmente le doy las más expresivas gracias a La Alcaldesa y a las autoridades de la Alcaldía de Maracaibo por prestarnos los espacios del Museo de Artes Gráficas para haber podido desarrollar aquí las actividades de este evento.

Quise aprovechar esta oportunidad, para atreverme a relatarles cómo y por qué, un médico-anatomopatólogo llega a transformarse en “escribidor” de novelas. Este que es un hecho raro, poco frecuente, ciertamente, por eso quiero explicarles como he venido cumpliendo ininterrumpidamente, una actividad que para mí ha sido muy satisfactoria. Durante 31 años (lo decía en 2014) he redactado, corregido y borroneando palabras para escribir varias novelas, ocho en total, y debo informarles que disfruto este trabajo como un verdadero oficio. Escribir literatura, no obstante, no ha significado para mi abandonar el ejercicio de mi especialidad como diagnosticador e investigador de enfermedades, ni he dejado la redacción y publicación de manuscritos de carácter científico, los llamados “trabajos de investigación”. Aunque alguien pudiese plantear paralelismos o similitudes entre redactar artículos de ciencia y escribir literatura, quiero enfatizar que existe una división marcada entre esas dos formas de escribir. La literatura es algo totalmente diferente a la pasión por la verdad que implica el ejercicio de mi especialidad. Cito a Don Pío Baroja, escritor gipuzkoano quien también era médico y una vez señaló que “…en literatura, el rigor científico no puede existir”.  Escribir novelas no tiene mucho que ver con la verdad, es siempre un reto a la imaginación, es querer ser invencionero de cosas que asedian los muros de nuestra conciencia. Escribir una novela puede parecerse a componer música, la novela debe poseer un tono, y un ritmo, al final deberá acoplarse todo lo planeado, en palabras, como si fuese una sinfonía, solo que el instrumento no viene a ser otro que, el lenguaje.

Comencé a escribir relatos inventados cuando era niño. En aquel entonces, es bueno decirlo, leía bastante. Entre los 9 y los 16 años escribí muchas cosas y aún guardo algunos cuentos y esbozos de novelas de esa época, ¡hasta poesía escribí!, y al revisarlos compruebo que no me traiciona la imaginación. Existieron. En mi casa, en Maracaibo, puedo volver a verme, sentado, niño, o casi adolescente, leyendo a “Miguel Strogoff” de Verne, a “El último de los Mohicanos” de Fenimore Cooper, o “Los verdes años” de AJ Cronin, al “El Corsario Negro” de Emilio Salgari, o releyendo a “David Coperfield” y a “Oliver Twist” de Dickens, y recuerdo que, en esos años, me ilusionaba pensando en que cuando fuese grande, sería escritor. El amor por la literatura se afianzó en mi infancia. Mi padre era comerciante con el negocio en la Plaza Baralt y mi mamá era de SanCristóbal. Ambos nos llenaron de libros. Ella, mi madre querida, leía de todo, tocaba el piano, y puedo recordar, hace muchos, muchos años, verme niño, en mi casa escuchándola interpretar La Polonesa de Chopin, en los tiempos cuando la avenida Santa Rita aún era de tierra. En mi habitación compartida con mi hermano mayor existía una biblioteca presidida por los 12 tomos de la Historia Universal de Espasa Calpé y una colección de libros de Monteiro Lobato un escritor brasileño, también “El libro de Oro de los Niños”, y muchos otros libros y novelas algunas de las que leía mi madre y creo que todas estas cosas, despertaron en mí el amor por la lectura. Debo añadir que desde antes de los 8 o nueve años iba mucho al cine. Teníamos de un lado de la casa el CineLandia y del otro lado estaba el cine Venecia, solo a una cuadra. El cine fue un estímulo creativo desde mucho antes de que llegase la televisión. Bajo el cielo estrellado del Venecia pude admirar las películas de la Nouvelle vague francesa y el cine del neorrealismo italiano, películas que sin duda llenaron muchos recovecos de mi subconsciente. Estudié primaria y la secundaria con los jesuitas y tuve la suerte de tener como profesor de literatura a Mariano Parra León, un obispo siempre combativo muy recordado por todos en Maracaibo. Las novelas de nuestros escritores, como ya es sabido, estaban en su gran mayoría aferradas a los problemas de la tierra, al costumbrismo, muy pendientes de situaciones sociales y eran sumamente descriptivas, novelas vertidas hacia fuera, periodísticas si se quiere, pero cargadas de un tono pedagógico en las que el escritor llegaba hasta la exageración de explicarle las metáforas al lector.

En la Venezuela de los años cincuenta, ya conocíamos la prosa refrescante de las epístolas de María Eugenia Alonso, la joven creada por la genial Teresa de la Parra en “Ifigenia”, a través de una caricatura de la sociedad en la Caracas de Gómez; “Ifigenia” se editó en París en el año 1927. Precisamente ese año, 1927, Don Julio Garmendia, publicó su libro “La tienda de Muñecos” también en París, obra esta no reeditada en Venezuela hasta el año 1952. En ese libro, prologado por Jesús Semprún, Don Julio, se adelanta a la singular manera de narrar de muchos escritores latinoamericanos del presente, especialmente en un cuento titulado “El cuento ficticio” donde funde lo real e imaginario con lo ilusorio, con un humor paródico, creando nuestro primer vínculo con la literatura de la modernidad. En esa misma época y también en Europa, José Antonio Ramos Sucre publicará “La torre de timón”, “El cielo de esmalte” y “Las formas de fuego” poetizando en prosa sobre el exilio, la soledad y la muerte como ningún escritor venezolano ha logrado volver a hacerlo. La novela “Cubagua” de Enrique Bernardo Núñez fue publicada el año 1931, y mostraría  sobre el trasfondo histórico de la fundación de Nueva Cádiz, un estilo original que hace confluir los tiempos de la historia y la leyenda, adelantándose a las técnicas de la actual narrativa latinoamericana. Ya a mediados de este siglo aparecerá “La mano junto al muro”, que es el título del cuento con el cual Guillermo Meneses ganó el concurso de El Nacional el año 1951. Nunca antes se había escrito en el país un relato con una densidad y un ritmo semejantes; después vendría su novela “El Falso cuaderno de Francisco Espejo” que todavía nos sorprende con su brillo espejante, casi protagónico, el de una novela desdoblada en imágenes, donde la luminosidad de Caracas, pareciera todavía impregnar sus páginas. Serán, estas nuevas perspectivas en la manera de narrar, las que habrían de irse acentuando entre nuestros escritores, ellos reunidos alrededor del grupo “Sardio”, irán fraguando con “Las hogueras más altas” de Adriano González León en 1957 y “Los pequeños seres” de Salvador Garmendia en 1959, aquellas primeras novelas de nuestros años jóvenes. Sobre esta narrativa había dicho José Balza: “posee un rasgo que por enfático es ya casi patológico; la presencia de un narrador dentro de la narración”.

En este momento, creo que es necesario puntualizar que esta nueva manera de hacer literatura, la cual había comenzado a gestarse en el país en los años cincuenta y sesenta, no era en realidad un hecho local ni un fenómeno ultramoderno; esa manera de narrar, había sido la misma de Miguel de Cervantes y se puede percibir en Shakespeare, esa es la narrativa que desde siempre representa una especie de conciencia deslumbradora, la de los escritores magistrales. En las primeras décadas de este siglo, Jorge Luis Borges en la Argentina iba tras los pasos de Macedonio Fernández y del uruguayo Felisberto Hernández, en la búsqueda de un punto móvil, ese que conduce los hilos de la ficción y que no es otra cosa que el narrador-autor, transubstanciado e incorporado ambos en el lector. Ya en la época de la posguerra, después de Marcel Proust surgirá Thomas Mann con “La Montaña Mágica”, y Franz Kafka con “El proceso” publicadas ambas en 1925, otorgándole nuevo vigor al género de la novela; en España, Baroja se perfilaba como el renovador de la novelística, heredero de Galdós. Después vendría James Joyce, el ingenioso dublinés, con su “Ulyses” y con “Finegan´s wake”, para darle un espaldarazo a la novelística de este siglo al crear el “monólogo interior”, una narrativa capaz de trasladar a la conciencia del lector el discurrir silente del escritor-autor. La novela crecerá y se fortificará con escritores de la talla de Heminway, Miller y Faulkner en Los Estados Unidos, o con fenómenos como Lawrence, Moravia, Durrell, Camus y Sartre en Europa…  

Nota: este trabajo se dividirá en 4 partes y continuará a lo largo de esta semana.

Maracaibo, martes 6 de octubre del año 2026

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