Pero regresemos por un instante a hispanoamérica, donde los escritores de nuestra lengua castellana, ingresarán al extraño mundo, del “realismo mágico”, ese que Carpentier definiría como “lo real maravilloso”, e irán dándole cuerpo a una escritura barroca, rica en elementos mágicos y en sucesos en ocasiones recargados en fondo y forma, pero que irán paulatinamente depurando una novelística cambiante y prometedora. Surgirán sintiendo al indio, en sus países, Rulfo y Asturias y Arguedas. Borges en Buenos Aires y desde su exilio parisino Julio Cortázar nos llevarán de la mano por senderos que se bifurcan y nacerá “Rayuela”, sin duda una de las novelas más audaces de este siglo. Carlos Fuentes hará brillar la región más transparente ante la muerte de Artemio Cruz, García Márquez nos hablará de la soledad de Úrsula Buendía viendo llover en Macondo y Vargas Llosa dejará que escuchemos a los perros de la ciudad latiendo frente a la Casa Verde; ellos con tantos otros escritores, conformarán el llamado “boom” de la literatura latinoamericana, y todos estos autores de lengua castellana ingresarán en la historia de la novelística mundial. En nuestro país algunos escritores ya nombrados y otros como Miguel Otero Silva, Alfredo Armas Alfonso, Antonia Palacios, Oswaldo Trejo, Francisco Massiani, Luis Britto García, Carlos Noguera, José Balza, Laura Antillano, José Napoleón Oropeza, Denzil Romero, Eduardo Liendo y más recientemente Ana Teresa Terán, Luis Barrera Linares y Ednodio Quintero, pasarán a ser los mejores exponentes de nuestra novelística
Quiero insistir en que tan solo pretendía, hacer un preámbulo, una especie de introducción, para situarnos en el tema de la novela. Debo decirles, que yo hablándole a los patólogos, mis colegas de profesión, el año 1997 por invitación en Maracay, Estado Aragua, atrevidamente les diría… En esta charla pretendo discutir el tema de la escritura como “oficio”. No voy a referirme a la escritura de trabajos de investigación, o la descripción de casos anatomopatológicos, ni tampoco la redacción de ensayos filosóficos o de artículos periodísticos; deseo conversar con ustedes sobre el oficio de escribir, novelas, sobre algo que pudiéramos denominar, el oficio de escribir, literatura. (Como conservo por escrito lo previamente y hace muchos años leído, lo puedo reproducir aquí…)
No he venido a hablar sobre literatura, ni sobre la narrativa latinoamericana, esa no es mi intención; tampoco conversaré sobre la novelística venezolana. De ninguna manera. Menos aún voy a disertar sobre literatura o sobre áreas como la retórica, la poesía o el teatro, cuyos géneros darían para horas de disquisiciones sobre preceptiva literaria. Esta charla no aspira, no pretende, tener una finalidad didáctica. Quisiera, relatarles algunas vivencias personales con el fin de explicarles el cómo y el porqué, un médico-anatomopatólogo pudo llegar a involucrarse con la literatura, hasta un punto tal, que paralelamente a su ejercicio como patólogo e investigador, se haya transformado en “escribidor” de novelas. Este asunto se ha tornado para mí en un compromiso personal con las letras y me ha llevado durante el curso de varios años, ¡unos cuantos!, a intentar trajinar la escritura literaria como si fuese un verdadero oficio. ¿Qué hace un médico-patólogo escribiendo novelas? Quiero en esta oportunidad, tratar de compartir con mis colegas, este hecho, tal vez singular, pero para mí, muy gratificante. Me agradaría que percibiesen cuanto he disfrutado este proceso y confío en que pueda ser estimulante para algunos de ustedes.
Me he atrevido a compartir con ustedes estas vivencias a riesgo de parecer pedante o fastidioso, porque francamente, he creído que les puede interesar escuchar el porqué, para qué y cómo, he venido durante muchos-muchos años ininterrumpidos escribiendo novelas; como me las he planteado, como las he ensamblado y las he borroneado, hasta considerarlas listas luego de escribir y corregir hasta el cansancio, como un oficio, enfrentarse a la página en blanco y escribir, diariamente, repito, durante años.
Escribir literatura, para mí no ha significado el abandonar el trabajo que representa la redacción, corrección y publicación de manuscritos de carácter científico, de trabajos de investigación. Indudablemente que pueden establecerse paralelismos y puntos de contacto entre el oficio de escribir ciencia y literatura, pero hoy quiero crear un hiato, una división formal entre estas dos maneras de escribir, y lo hago exprofeso. Escribir literatura es otra cosa, es algo totalmente diferente a esa pasión por la verdad que implica el ejercicio de nuestra especialidad. Don Pío Baroja, escritor gipuzkoano quien también era médico señaló una vez: “Soy un aficionado a la Biología; naturalmente sin un rigor completo, porque en literatura, el rigor científico no puede existir”. Escribir novelas es un reto a la imaginación, es un querer ser invencionero y escribidor de todas las cosas que asedian los muros de nuestra conciencia. Finalmente creo que este proceso de escribir novelas, en mi modesta experiencia, debe tener un significado importante en mi vida y pienso que el tratar de explicárselo a ustedes, tal vez me ayude a comprenderlo mejor.
Las novelas, como los cuentos, son ejemplos de narrativa en prosa. Escribir cuentos, bien logrados, para mí, es algo muy difícil. El cuento, real o imaginario tiene un comienzo, un meollo y un final y como todos saben es mucho más breve que la novela. Escribir un cuento brillantemente, siento que es una verdadera proeza. La novela es diferente. Sin duda alguna, es uno de los géneros más sensibles y más complejos de la literatura. Decía don Pio Baroja que la novela es “Multiforme y proteica” “la novela lo abarca todo”. La novela podría definirse como la vida reinventada. Escribir una novela puede parecerse a componer música. La novela debe tener un tono y un ritmo y el instrumento de cada obra, no es otro que el lenguaje.
Pero no quisiera teorizar más, pues les prometí, que iba a hablarles de mis vivencias y lo trataré de hacer. Comencé a escribir relatos inventados cuando era niño. En aquel entonces, es bueno decirlo, leía bastante. Entre los 10 y los 16 años escribí muchas cosas y si no fuese porque guarde por años algunas poesías, cuentos y esbozos de novelas de esa época, les juro que ahora creería que todo fue un invento o que me traiciona mi imaginación.
Quisiera ser breve para poder contarles cómo, en 1983, a los cuarenta y tres años, me supe hipertenso y calculé como el espesor de mi ventrículo izquierdo sería inversamente proporcional a la vida que me restaba y, en ese momento, sentí que una de las cosas más lamentables sería que nadie se enteraría de las vivencias sobre una ardua lucha, que había librado durante siete años en mi propia tierra, tratando de hacer investigación con un microscopio electrónico sin lograr convencer a los patólogos de mi terruño, de que valía la pena dedicarse a esos menesteres. Se me ocurrió pensar que la mejor manera de relatar aquellos hechos, de “echar el cuento”, tal vez era creando una novela. Al fin y al cabo, pensé que todo iba a parecer producto de una calenturienta imaginación ya que cuanto había acontecido en aquellos años, era, ¡increíblemente surrealista!
Así comencé a escribir y a escribir y así nació “La Entropía Tropical”, era un monstruo de casi 400 páginas llenas de personajes, con nombres diferentes a los reales (evidentemente), intertextualizado, lúdico, fragmentario, con una historia mesopotámica intercalada, de la cual no era muy difícil deducir que yo parangonaba a mi tierra natal con Babilonia. Cuando creí terminarlo, acudí a mostrarlo a gente tan seria como el doctor Ildemaro Torres, o la Licenciada Mariela Sánchez Urdaneta… Unos años más tarde, le di a leer “La Entropía...” al escritor Eduardo Liendo. Todos ellos me hicieron creer que aquello que había escrito, era, una novela.
Así que después de eso, me dediqué a escribir y a escribir y a releer cuartillas para corregirlas y desde entonces he tratado de concienciar algo que dijera no sé quién, “el compromiso primordial del escritor es, escribir”. En 1986 y ya dándole los últimos toques a “La Entropía Tropical”, me metí de lleno en un proyecto acariciado desde hacía varios años. Quería escribir una novela sobre Rafael Rangel, y deseaba usar al presidente Cipriano Castro como contrafigura. Una novela que transcurriría durante los tres últimos años de la dictadura castrista, la cual culminaría con la peste bubónica en La Guaira, el suicidio de Rangel y el exilio para siempre de Cipriano Castro. Esos tres años de sucesos a comienzos del siglo XX debían ir corriendo paralelos a varias historias vivenciadas en los treinta años de nuestro sistema democrático.
Nota: este articulo continuara mañana.
Maracaibo, miercoles 7 de octubre del año 2026
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