La aventura de España parecía haber finalizado para Andrés Vesalio como médico de la corte española, y según opinaba su amigo, el cardenal Granvela, él debería sentirse afortunado por estar aún vivo. Andrés Vesalio, había sido condenado a morir en la hoguera como resultado de lo que algunos consideraron como “oscuras prácticas”. En realidad, las razones tuvieron que ver con el dictamen alrededor de una autopsia y la acusación ante la Inquisición que presentaba un alegato asegurando tener evidencias de que un cadáver estaba vivo y latía el corazón mientras se autopsiaba, aquel día, el 16 de enero del año del Señor de 1564.
El
cardenal Antonio Granvela había firmado todos los documentos necesarios para
autenticarlo a él, como apoderado de los bienes de la familia Andrés Vesalio.
Extrajo de una voluminosa cartera de cuero llena de papeles, un documento y le
hizo entrega a Andrés de su pasaporte, señalándole que había sido firmado personalmente
por el rey Felipe II, asegurándole que lo ponía en sus manos, acompañado por
las cartas credenciales que le valdrían como salvoconducto ante los
representantes de la corona española en Milán y en Venecia y especialmente para
el Guardián de los Santos Lugares en Jerusalén. Todos los documentos en sobres
lacrados llevaban los sellos y la firma de su majestad imperial don Felipe
II. A quien Dios le conceda gracias por
muchos años, repetiría el cardenal, mientras Andrés, acariciando su barba,
pensó en que quizás todavía existiría para él una opción de volver a la
universidad de Padua, pero prefirió no mencionar aquella idea.
Era tan
grande el pesar y la desesperanza de Andrés Vesalio ante las noticias que le
ofrecía en confidencia su amigo el cardenal Granvela, que en sus pensamientos le
asediaban aterradoras imágenes que él conocía como “El triunfo de la
muerte”, la obra del pintor brabanzón Pieter Brueghel quien había
decidido darle ese terrible nombre a aquel lienzo en el que el mundo parecía
querer desaparecer por una guerra donde la muerte triunfaba sobre reyes y
mendigos. Pieter Brueghel de Oude, llamado también “el
Viejo”, (1525-1569) era un pintor y grabador brabanzón, fundador de una dinastía
de pintores. Brueghel era sin duda, el pintor holandés más
importante del siglo XVI.
Con Jan Van Eyck, Hyeronimus
Bosch llamado el Bosco y Pedro Pablo Rubens, Pieter
llamado “el viejo” era considerado como uno de los cuatro grandes maestros de
la pintura
flamenca y Andrés Vesalio había tenido la
oportunidad de conocer a Pieter Brueghel en Amberes.
El pintor quien era más joven que él y había
nacido en un pueblo de Brabante, y desde el año 1551 era un maestro del gremio
de pintores de Amberes. Andrés, recién había conocido a Pieter dada la gran
amistad que el pintor tenía con los maestros del grabado e impresores de
aquella ciudad. También conocía Andrés Vesalio a Pieter Coecke van Aelst
(1502-1550), un artista plástico que era considerado como el decano del gremio
de artistas, pintores y arquitectos. Pieter Coecke van Aelst era hijo del
teniente de alcalde de Aalst y
también era pintor, grabador, dibujante
y editor flamenco, y además, era el suegro de Pieter Brueghel “el Viejo”. (Pieter Coecke van Aelst se casó con Anna van
Dornicke, hija del pintor Jan van
Dornicke. Cuando este murió, Coecke heredó su taller,
y Pieter Brueghel “el Viejo”,
con el tiempo se casó con Mayken (María), la hija de van Aelst, que era su
maestro. Pieter Breughel había sido el primer discípulo de Pieter Coeck, y de
cuya hija Mayke, una niña a quien él había llevado en sus brazos, Pieter
siempre estuvo enamorado y terminaría casándose con ella).
En 1562,
a petición de la esposa de de Pieter Coeck, su futura suegra, Pieter Breughel
se había trasladado a Bruselas, para vivir en el barrio de Marolles, en una
casa con tejados escalonados de estilo medieval flamenco en el número 132 de la
principal rue Haute, justamente en el vecindario donde Anne y Andrés Vesalio
habían vivido durante muchos años. En la iglesia de Notre-Dame de la Chapelle,
Pieter Brueghel se casaría, en 1563, con Mayken Coecke, la hija de su maestro
Pieter Coecke van Aelst. Andrés Vesalio, recordaba bien al pintor por sus
contactos en Amberes… De cierta manera, le remordía la conciencia, más lo
cierto había sido que él tuvo la oportunidad de visitar al pintor en su casa de
Bruselas y allí vio algunas de sus pinturas. Fue en
esos días, cuando Pieter estaba pintando La torre de Babel,
y Andrés pudo admirar igualmente en su taller, los lienzos de “El triunfo
de la muerte” y el de “La caída de los Ángeles Rebeldes”
que le recordaron a algunos cuadros de Hyeronimus Bosch (https://bit.ly/39Wbc8E), otro artista
flamenco ya fallecido y cuyas pinturas, a pesar de sus apocalípticas escenas,
sabía él que eran muy apreciadas por el rey Felipe II.
De las visiones de los tormentos de la Inquisición, y de sus grandes
temores durante el cautiverio, a menudo Vesalio regresaba a pensar en las
escenas de los lienzos de Brueghel. Algunos personajes que él conociera
personalmente, como Servet y el doctor Cazalla, se mezclaban en su mente hasta
transformarse en pesadillas ardientes durante el sueño. Las escenas del lienzo
de Pieter llegaban a su mente como fogonazos. Había visto las horrendas escenas
de, el triunfo de la muerte, y versificados recordaba fragmentos memorizados
desde niño, de unos versos que él prefería no haber nunca aprendido y sin
embargo los repetía maquinalmente Mors stupebit et Natura, cum resurget
creatura, iudicanti responsura...
Tal vez ensañándose imaginariamente contra sus captores había visto
cientos de hombres desnudos huyendo desesperados, hundiéndose en negros
socavones, tratando de ocultarse de sus torturadores, quienes cual caterva de
monstruos les perseguían implacables arrastrando a seres desnudos e indefensos
hasta los desfiladeros donde muchos otros les aguardan al borde de los
acantilados paralizados de terror. A lo lejos donde solo hay cuerpos inanimados, los
hombres huyen hacia un túnel y el ejército de esqueletos, con sus tapas de
ataúd a modo de escudos avanza en apretadas filas sobre la masa que sucumbe al
ataque de la vanguardia, desprevenidos están otros y hay una mesa, sin
comensales, todavía repleta de manjares pero de la fiesta campestre no
sobrevive nadie, cientos cadáveres ya han sido amortajados, mientras el
tribunal de la muerte, presidido por la enseña de la cruz, contempla impasible
aquella hecatombe…
NOTA: este
texto ha sido parcialmente extraído de mi novela “Vesalio el anatomista” (Maracaibo, 2016), similar a algo que fue
publicado en este blog en octubre del año 2021.
Maracaibo,
el martes 18 de agosto del año 2026
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