domingo, 9 de agosto de 2026

Neuropatología en el hospital Vargas de Caracas


Quisiera iniciar este relato en la época cuando el Director del Instituto de Patología del hospital Vargas de Caracas, había sido designado para ser el Ministro de Sanidad en el llamado Primer Gobierno de CAP (Carlos Andrés Pérez). Una época cuando el Dr. Javier Arias Stella prominente patólogo peruano ocupaba el cargo del director que había quedado vacante y don Javier Arias brillaba en sus reuniones con los ginecólogos del hospital Vargas, mientras los doctores Héctor Vegas Rodríguez, Manuel Emilio Labrador y Félix Valderrama eran los patólogos adjuntos quienes en el Instituto estaban encargados de las biopsias, las reuniones con los Servicios del hospital, también de la enseñanza de las autopsias y de la patología quirúrgica a los médicos que cursaban la residencia en patología.

 

Existía un sagrado respeto, casi veneración hacia la egregia figura de “el director en comisión de servicio”, de quien se sabía estaba luchando por organizar “el cuero tieso” que siempre había -según decía él mismo-, sido el MSAS, e iba representado al Ministerio de Sanidad y Asistencia Social del país, él mismo, en su esforzada labor que percibíamos como algo casi místico. En realidad, el Dr Blas Bruni Celli, era un personaje mítico, con un inmenso prestigio, y era respetado por todos los patólogos del país por sus aportes académicos en diversas ramas de las ciencias. En ese ambiente me aparezco, venido del Zulia, un maracucho a cumplir la tarea asignada para el año sabático que me otorgaba la Universidad del Zulia y llegaba para trabajar casi exclusivamente como neuropatólogo.


 

Mis primeras experiencias con los tres médicos patólogos adjuntos y encargados del Instituto de Patología en el hospital Vargas de Caracas, fueron positivas, ellos me enseñaron -para comenzar-  que las cosas no serían como en mi tierra natal. Fui captando prontamente ciertas novedades, y advertiría cuando hablaba, que si no me entendían, era por decir las cosas sin mucha “seriedad”… Era que no abandonaba esa especie de “tomadera de pelo” característica de mi región, y entretanto me iba enterando de que en Caracas no existían “lampazos” sino coletos, que no se debía decir “coger” por tomar y que las cholas no eran unas chancletas. Me parecía impresionante ir a almorzar en algún restaurante en La Candelaria con mis colegas patólogos, lo cual era un acontecer muy común. Más tarde aprendería que salir con algunos residentes como Valdemar Balza, Justo Roa y con Rojitas, a beber cerveza en las inmediaciones de La Candelaria, o con los estudiantes y /o con mi personal técnico, paso a paso, fueron dándose naturalmente y ahora, años luz atrás, quedan para el recuerdo, muchas reuniones felices, informales, especialmente con imborrables momentos en El Pozo Canario.

 

En realidad, se me hace muy difícil no personalizar esta temporada de todo un año, desde julio de 1975 a julio del 1976, sin referirme en particular a la situación de la microscopía electrónica (ME) en el Instituto de Patología del hospital Vargas. Existía un ME que estaba abandonado en el sótano del Instituto y con la esperanza de poder usarlo para proseguir los trabajos de investigación iniciados en mi tierra, traté de ponerlo a funcionar con la ayuda de un joven técnico, el hijo de nuestro técnico de ME, Jesús “Chucho” Vivas quien se había trasladado al Instituto de Investigación Clínica de LUZ y quedaba yo en  las manos de su hijo, Francisco “Quiko”, quien me ayudó a entrenar a dos jóvenes recién graduadas como histotecnólogas en el mismo Instituto, Saudy Escorihuela y Teresa Cabañas, interesadas quienes aprenderían a cortar en el ultramicrotomo y a procesar material para su estudio con el ME. No obstante, era poco lo que se podía hacer con el equipo existente por lo que introduje una solicitud ante el CONICIT para lograr un ME Hitachi H-500 y poder proseguir los estudios sobre el virus de la encefalitis equina venezolana (EEV). En el ínterin, el director continuaba dirigiendo el MSAS del país, con toda su compleja estructura “de cuero tieso”.

 

Debo explicar que mis obligaciones como neuropatólogo en el Instituto, consistían en fijar adecuadamente los cerebros de las autopsias, examinar las biopsias neuroquirúrgicas y todos los viernes a las 9 de la mañana, hacer en la sala de autopsias una reunión para cortar los cerebros de las autopsias habidas en la semana a la cual asistían obligatoriamente todos los patólogos, los neurólogos y los neurocirujanos del hospital. El mismo día viernes de 10 a 12m hacíamos una reunión clínico-patológica en el auditórium del Instituto, con la presentación de un par de casos de Neurocirugía y de Neurología, los cuales se discutían-en ocasiones acaloradamente- y donde los neurólogos del Dr Ponce Ducharne y de su Sra, (https://tinyurl.com/4v6c4ja5) capitaneados por el incansable Jaime Boet planteaban sus opiniones logrando que los neurocirujanos del Dr Martínez Coll, discutiesen siempre acaloradamente, sus diversos puntos de vista. Aquellas reuniones marcaron toda una temporada de febriles acciones con gran interés por estas actividades neuropatológicas en el hospital Vargas.

 

Durante cada semana, uno de los residentes de Neurología permanecía en el espacio que me habían designado en el Instituto, examinando aspectos de interés sobre neuropatología, en lo que constituyó un experimento de docencia que me llevó a conocer y a querer como buenos amigos a mis colegas, hoy día destacados neurólogos –y recuerdo particularmente a Freddy González Merlo, a Douglas Barrios y a la diminuta y hermosa Dra Beatriz González.

 

Estando en Caracas, había aprovechado para reactivar mis contactos con la virología, en el IVIC con el Dr José Esparza y juntos, ambos maracuchos, reactivamos los planes para hacer investigación sobre el virus de la EEV, particularmente en el desarrollo de un proyecto para demostrar experimentalmente como se producía el daño intrauterino provocado por este virus en el cerebro de fetos y recién nacidos. Ya casi había transcurrido un año cuando sucedió algo impensable, pero que los patólogos del Instituto Anatomopatológico (IAP) de la Universidad Central de Venezuela (UCV) ya me lo habían advertido. El Director del Instituto de Patología regresó del Ministerio de Sanidad, el Dr Arias Stella le entregó su cargo y afortunadamente él fue acogido por su amigo el Dr Luís Carbonell en el IVIC ( Javier era para el momento un exiliado político ), y a mí, el director que regresaba a su posición original en el MSAS  “me sugirió” que regresase a mi ciudad natal, con el argumento de que “es mejor ser cabeza de ratón que cola de león”.

 

Debía pues regresar a Maracaibo, cuando casi se cumplía el tiempo de mi año sabático. Avisado como estaba de que esa situación podría plantearse, traté de sostenerme argumentando que ya había recibido la aprobación del CONICIT para un nuevo ME y que deseaba quedarme y reactivar las actividades de investigación en ultraestructura. Supe entonces que existían otros proyectos, que ya incluían el regreso de un nefrólogo para hacer inmunofluorescencia en las biopsias renales, y que bien podía yo utilizar el ME del Instituto del Dr Convit.  Un nuevo ME parecía ser, meterse un compromiso demasiado complicado y aquella era la opinión definitiva de la dirección del Instituto…

 

Vino un fin de semana tormentoso donde los patólogos en el IAP de la UCV me recordaron lo que ya me habían pronosticado, pero también se mostraron amables y amistosos de manera que tras conversar con el Dr Pedro Grases director del IAP, acepté pasarme a la UCV si se hablaba en buenos términos con el director del Instituto del hospital Vargas y podía ingresar al IAP con el nuevo ME Hitachi H-500 del CONICIT. Estos trámites se cumplieron en cosa de una semana y pasé a incorporarme como “Profesor Contratado” en el Instituto Anatomopatológico de la Facultad de Medicina de la UCV hasta tanto se pudiese homologar mi cargo de Profesor Asistente en LUZ. La tramitación de esta especie de “traslado” habría de durar  casi tres largos años y relato aquí, algo que creo les he contado,  y es como durante aquellos años iniciales, con 5 hijos en colegios privados, y el sueldo básico en la UCV, pasaría muchas noches pintando al óleo con espátula para vender mis cuadros con paisajes de mi tierra y logré hacer varias exposiciones  de pintura hasta llegar a vender más de un centenar de pinturas que me permitieron sobrevivir mientras me ocupaba con la ayuda de Saudy y de Abilio a organizar la Sección de Microscopía Electrónica del IAP de la UCV.


NOTA: hasta aquí llego con estas remembranzas o rememoraciones que por ser reales suenan medio truculentas

 

Maracaibo, domingo 9 de agosto del año 2026

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